lunes, 25 de abril de 2011

El fantasma escritor de Bob Dylan, que no era fantasma ni era escritor, ni mucho menos Bob Dylan.



Se dice muchas cosas de los muertos pero todas son mentira. En serio. Te lo digo yo, que he muerto. 

 Morí en un accidente automovilístico, forma común y patética (ni siquiera era yo quien conducía) de morir. Tenía diecisiete años. A mis diecisiete años ya me sentía bastante grandecito pero Madre no dejaba de gritar: ¡tan sólo diecisiete años! Para mi pésima suerte fui el único que murió en el accidente. Aquella noche, la noche en que me llevó la chingada, Ana, la chica más linda del colegio, y de la que por supuesto estaba perdida y secretamente enamorado, dio una fiesta en la casa de su padre, en Acapulco. Y se adivina la cosa: yo jamás llegué a la fiesta (vivo). 

 Arturo y Carlos, quien se auto apodaba Carlo Magno, amigos de la adolescencia, decidieron pegarle al trago antes de partir a la fiesta. Lo hicieron sin mí. Yo no bebo. O yo no bebía. Como sea. Ahora que estoy muerto me da igual. Me pongo tremendas guarapetas. Total, qué es lo peor que me puede pasar. Cuando Arturo y Carlo Magno me recogieron en la esquina de mi casa, de la cual escapé para poder irme a Acapulco, venían hasta el culo… de caballo. Me recogieron en el coche de Arturo. Lo más sensato es que yo manejara el auto. No sabía manejar. Madre siempre creyó que yo aún no tenía edad. Apenas diecisiete años. Carlos deseaba pegar ojo en el trayecto así que me cedió el asiento copiloto y se mudó a la parte de atrás. Se acostó a todo lo largo del asiento. Si alguna vez has escuchado que el copiloto siempre muere en un accidente, es cierto. Arturo dijo vamos retrasados, la fiesta comenzó desde las ocho; y no quería perderse demasiado. Pisó el acelerador a fondo. Todo bien los siguientes veinticinco minutos. Tenía el control del auto. No te pensabas que la siguiente curva, en menos de un segundo, todo se fuera a la mierda. Arturo perdió el control. Se estampó en la barra de contención. Como mosquito en el parabrisas. Y de los tres tenía que morir yo, el copiloto, que iba en la pendeja cambiando las canciones en el estéreo. Ni tiempo tuve de reaccionar. No llevaba el cinto de seguridad y en un segundo, o en fracción de segundos, estaba muerto. Mi cráneo se hizo pedazos en el muro. Era cosa de verse, enserio. Un verdadero espectáculo. Ahora lo cuento y me cago de la risa pero en ese momento casi me cago del susto. Casi me muero. De un infarto. Otra vez. Del susto. Del impacto de ver todo eso, ya saben, los sesos desparramados y el río de sangre. Arturo se desmayó o cayó en coma o lo que sea. Se fracturó la clavícula, el brazo, quebró algunas costillas y se rompió todo el hocico. Carlos salió prácticamente ileso. Apenas unos moretones y unas torceduras. Pero en el instante también se desmayó. El Yaris quedó deshecho. 

 Me di cuenta que ellos no habían muerto cuando traté de despertarlos y no despertaban, y sobre todo, y aquí me pasó lo del infarto, cuando miré mi cuerpo y mi cráneo deshecho. Dicen que los muertos, los fantasmas, no pueden coger objetos. Mentira. Cogí mi teléfono móvil y llamé a una ambulancia. Yo quería marcar a casa pero no había señal telefónica y sólo me dejó llamar a la ambulancia. Les di nuestra ubicación y les dije que se apresuraran, que había un tío con el cráneo abierto. No les dije que era yo, no lo iban a creer. 

 Antes de la ambulancia llegó un par de autos-patrulla y llamaron a otra ambulancia. Traté de explicarles el asunto pero no me escuchaban. Los miré hacer muecas al ver mi cadáver y me ofendí; estaban hablando mal de mí en mi cara. Qué puto asco, decían. No me escuchaban y desde entonces nadie más volvió a hacerlo. Incluso he intentado con el teléfono y no, nada. Aquella llamada fue la única que me permitió la Muerte. La muerte es algo así como quedar encerrado. Te encierran y tienes derecho a una llamada, no más. Tiempo después esa llamada se convirtió en un misterio. Nadie supo quién demonios llamó a la primera ambulancia.  Madre dijo que había sido Dios. Las madres de Arturo y de Carlos dijeron que un ángel llamó, lo que es la misma chorrada que la de Dios. ¡Fui yo!, ¡fui yo!, gritaba en los pasillos del hospital. Los paramédicos se hicieron cargo de mis amigos y a mí me dejaron embarrado hasta que llegó un forense o algo y me recogieron como a mierda de perro: con guantes y bolsas negras. No sé si soy yo o así es con todos; acepté la muerte de buena manera. Me trepé a la ambulancia donde llevaban el resto de mi cuerpo y me pensé que en el hospital encontraría otros muertos y alguno me daría explicaciones de cómo vivir mi nuevo estado. No. La muerte es como estar encerrado. En la celda de tu propia muerte. Es más o menos como la vida, acompañado pero solo; en la muerte te rodea la gente viva pero no te escucha y no le importas un carajo. Más o menos como la vida. ¿Me explico? 

2

Por cierto, mi nombre es Bob Dylan. Vale, vale, no es verdad. Mi nombre era Roberto Guzmán Alcántara. Siempre quise llamarme Bob Dylan y aproveché la libertad de la muerte para cambiar mi nombre. Fallecí en el verano de 1994, como ya les dije, estampado contra la barra de contención en la autopista del Sol. Vivo (vivir es un decir, un vicio de lenguaje) en una vieja casona en Acapulco. Sí, en la casa del padre de Ana. Hace más de catorce años que me mudé aquí. O sea que llevo existiendo trintaipocos años.  Claro que a mi edad me da lo mismo llamarse Bob Dylan que Roberto o Snoopy o Supermán. En mi condición de muerto los nombres no significan nada. 

 Después del accidente, del velorio, del entierro y de ver a Madre lamentarse, de mirar a Arturo y a Carlos lamentarse; y a los tíos lamentarse, los parientes y todo eso, decidí alejarme de tanta miseria. No tenía adónde ir. No podía quedarme en casa con tanto lamento y tanta misa y tanto Dios. Cuando uno muere, igual que cuando uno vive, hay que establecerse. Así que me fui para Acapulco. Me fui caminando. Los que se piensan que los muertos volamos o nos teletransportamos o algo, están equivocados. Los muertos viajamos en coches o camiones o caminamos. Aunque ya no poseo un cuerpo de materia prefiero seguir las leyes de la física y no ocupar un espacio, el mismo espacio, al tiempo que otro cuerpo. Podemos hacerlo, los muertos, ya saben, eso que ustedes llaman posesión infernal. La posesión es incómoda. Sentarme en el bus sobre el cuerpo de un hombre vivio, Dios, es como ser penetrado. 

 El caso es que me fui caminando. Tardé un par de semanas. El tiempo importa poco cuando has muerto. Cuando has muerto tienes el tiempo en tus manos. Todo el futuro de la humanidad en tus manos. No me costó demasiado dar con la casa. Aún conservaba en el bolsillo la servilleta donde Ana apuntó la dirección y trazó un croquis. Bueno, dije una vez frente a la casa, más vale tarde que nunca. Es una casa grande, de tres plantas y jardín y jardín trasero y sótano y alberca y cochera para doce coches. Está sola y amueblada. Está bien iluminada. Es la vieja casa de descanso del padre de Ana. Por 1998 y 99 solía venir a menudo. Dejó de hacerlo. Se pensó que la casa estaba embrujada cuando dejé caer sin intensión un trasto de la cocina. Él no lo miró. Él no lo escuchó. Lo hizo su mujer. La mujer con la que se casó después de divorciase de la madre de Ana. Se casó con ella luego de tres años de vivir en concubinato. De lo que se entera un muerto, caray. La vieja bruja rondaba la cocina cuando tiré el trasto. Pegó un grito como no había escuchado uno jamás. Salió corriendo y dijo: ¡la casa está embrujada! La bruja, Dios, la vieja bruja dijo la casa está embrujada. El padre de Ana, que era uno de esos tíos machos, se asomó a la cocina, cigarrillo en boca y dijo aquí no hay nada, mujer, debió ser tu imaginación. Pero la mujer estaba duro y dale con que no, si no estoy loca, decía. El padre inspeccionó de mala gana el sitio. Yo lo miraba todo desde la alacena. Me cansó el asunto. A la mierda, pensé. Cogí un cajón entero. El cajón de los cubiertos, lo saqué del mueble y lo estampé contra el suelo. El estropicio fue tremendo. Lo macho se le esfumó. ¡Carajo!, gritó él y abrazó a la mujer, como una mujer abraza a un hombre y, paradójicamente, la mujer tomó el papel de macho. ¡Quién anda ahí!, gritó ella. Se quitó al marido de la espalda y caminó al centro de la habitación. Cuando miró atrás el padre de Ana ya había corrido. Ella corrió tras él y los miré salir al jardín, coger el auto y salir como alma que lleva al diablo. No volví  a miraros hasta el año siguiente cuando clavaron en la entrada el letrero: SE VENDE ESTA PROPIEDAD. Lo clavaron y se largaron. No entraron a la casa ni nada. Capullos de mierda, pensé. 

 Se instalan en un hotel cercano y sólo entraban  a la propiedad cuando alguno estaba interesado en comprar el inmueble. Vino primero una familia, padres e hijos. Dos críos de cinco y siete años. Revisaron cada una de las habitaciones y estaban muy interesados. Estaban en su derecho, iban a pagar la casa, pero, bueno, yo me sentía el dueño del lugar y decidí que no deseaba vivir con esos críos andando por ahí. Todo el tiempo. Hice de las mías. Justo cuando acordaban el precio, en el jardín, abrí la llave de las regaderas y el agua saltó a todo lo alto, por todos lados. El padre de Ana, nervioso, dijo debe ser una falla en el grifo, ya lo arreglo. Caminó hasta la llave de paso y la cerró con fingida naturalidad. La pareja de compradores no miró nada extraño en eso y retomaron el tema de la transacción. Entonces tuve que actuar. Tomé la sombrilla de la mesa de jardín y la blandí por todo el jardín. Me puse a correr con ella, agitándola de un lado a otro. Nadie podía explicar aquello. Se quedaron mudos. Los críos exclamaron sorprendidos, alucinados y emocionados, riendo de la impresión. Los pares de los críos dijeron ¡qué diablos¡ Y el padre de Ana les pidió que salieran inmediatamente. No regresaron. La familia no regresó. Vinieron otras parejas, con otros críos y a todos hice algo parecido. No me agradaba para nada la idea de compartir mi espacio con algún gilipollas. El rumor del fantasma de la casa se extendió por todo Acapulco. Nadie quería comprar la propiedad. Había algunos interesados en inspeccionar, tíos caza fantasmas, médiums y esotéricos. Ninguno fue recibido. El padre de Ana ya tenía suficiente de aquello. Colocó otro letrero: SE REMATA ESTA PROPIEDAD. Fue en 2004 cuando llegó Otto Dédalus. Otto Dédalus era un excéntrico millonario inglés o algo. Compró la casa sin chistar. No pasó siquiera a mirar los cuartos. Dijo que la casa era perfecta, es justo lo que busco, dijo y  así, el padre de Ana por fin se deshizo de la propiedad. No tuve tiempo de ahuyentarlo. La primera vez que lo vi, ya era el nuevo dueño del asunto. 

 Otto Dédalus era un hombre de cincuenta y tantos años, obeso y siempre vestido de frac. Al parecer el calor costeño no le afectaba en absoluto. Llevaba también un inseparable sombrero y un fiel bastón. Para ser un millonario excéntrico dejaba mucho que desear. Era más bien aburrido. Se lo pasaba en el estudio de la casa, donde instaló un catre individual, con las narices metidas en los cientos de libros que trajo. Fue lo único que trajo. Cajas llenas de libros. A decir verdad era una compañía agradable. Pasaba desapercibido. Dormía por las mañanas y pasaba toda la noche leyendo, escribiendo y fumando de una pipa de caoba. A veces bebía alcohol. Nadie venía a visitarlo. Supuse que su familia estaría en Inglaterra o de donde quiera que fuese Otto. Por mi parte me dedicaba a pensar. Un muerto no tiene mucho a qué dedicarse. Cuando mueres entras en la vida eterna, si es que es eterna la muerte, nadie me ha dicho lo contrario, y te das cuenta que la promesa de una vida sin fin, promesa bíblica, es un tedio y un castigo. Hasta el momento no había tenido señales de Dios. Ni de nada sobrenatural. La vida pasaba frente a mis ojos como una película interminable. Miraba a los vivos actuar la vida sin poder intervenir. Como en una película. Me daba paseos por la playa, quien haya dicho que los fantasmas no pueden salir de casa, tiene muy poca imaginación. Recorría toda la costera Miguel Alemán sin preocuparme de nada. De nada. Lo que es muy preocupante. La vida es una sucesión finita e ininterrumpida de preocupaciones, y eso, eso es la vida. Cuando mueres las preocupaciones se terminan y entonces sí, a preocuparse porque viene el tedio mortal. Sin necesidades básicas, alimentación, sexo, etc., ¿qué sentido tiene la existencia? Por cierto, morí virgen. Ahora ya no me importa. No extraño el sexo porque nunca lo tuve. Y no siento el deseo de tenerlo. Es igual. Una gran parte de tu instintos muere contigo. No toda la parte, no por completo, o sea que sí, a veces tengo el deseo, pero es como el deseo de algo que sabes no ocurrirá, y no te preocupa demasiado. Ana fue el único amor de mi vida, platónico. Pero no quiero ponerme melancólico…

 A los dos meses de vivir con Otto ocurrió lo inesperado. El cabronazo se encontraba en el estudio, estudiando o algo, y escribía. Escribía con pluma y tintero. Era un viejo aburrido y arcaico. Yo merodeaba por allí sin tener qué hacer y me acerqué a mirar lo que escribía. Me acerqué por en frente del escritorio. Me acerqué demasiado. Derramé el tintero sobre el trabajo de Otto. Otto no se impactó. Alzó la mirada y me miró, justo a los ojos. Quiero decir, posó la mirada en la mirada mía. No me miró. Pero posó la mirada en mi mirada y me asusté. Sí, yo, el muerto, me asusté. Por un segundo pensé que el tío realmente me había mirado. Dijo: ¿quién anda ahí? Lo dijo con naturalidad, como muy acostumbrado al asunto de los muertos. No contesté. No intenté contestar; sería inútil. ¿Quién anda ahí?, repitió Otto y di unos pasos atrás, él se levantó y caminó hacia donde yo, y yo retrocedí. En verdad pensé que Otto podía mirarme o algo. Sentirme. Qué sé yo. La tinta escurría por todo el escritorio. Hasta caer al suelo. La miré escurrir y me vino la idea. Otto, repito, lucía a la mar de tranquilo. Quizá allí radicaba su excentricidad, en saber guardar la calma ante lo sobrenatural. Caminé hasta el escritorio, esquivando el enorme cuerpo de Otto y metí el dedo a la tinta, y estampé mi huella en la libreta sobre la que antes escribía él.  Otto corrió al escritorio y miró la huella estampada. Levantó la libreta para ello, la llevó hasta sus narices y exclamó: ¡Dios mío! Cogió un monóculo del cajón del escritorio y volvió a mirar la huella. Y volvió a exclamar Dios mío. ¿Quién eres?, ¿Qué eres?, preguntó esta vez sudando. Perdía la calma. Tardé unos minutos en decidirme: cogí la pluma y la mojé en la tinta. Escribí sobre una hoja de papel suelta (la libreta la tenía Otto pegada al pecho): Bob Dylan. Otto se acercó a la hoja, cuidadosamente, leyó estupefacto y dijo: ¿Bob Dylan? 

3

Aquello ocurrió una tarde de Abril, y fue el comienzo de mi carrera como escritor. Otto Dédalus y yo entablamos una relación, al principio, puramente laboral (Otto dedicose al estudio de los entes), y una amistad, o lo más cercano a una amistad, al final. La cosa era sencilla: él hablaba y yo escribía. Y cuando digo que fue el inicio de mi carrera como escritor (nótese que no digo: como escribidor) es porque Otto Dédalus se propuso guardar todas las libretas de nuestras conversaciones, y, editarlas, agruparlas, y ponerlas a la venta en formato libro. Cuando me lo comunicó comencé a poner más cuidado en lo que escribía. Pero Otto dijo: escribe con naturalidad, como hasta ahora, ya me encargaré yo de la edición. El tío se pensaba que yo era un mal escritor (cuando intentaba escribir) y lo único que de mí quería era la certidumbre y la veracidad del libro, que rezaría: una historia verídica.  En lo tocante a este punto, Otto era muy estricto. Es decir, al punto laboral. Pero luego se sensibilizó y comenzó a contarme su vida y aquí nació la amistad. Estas conversaciones las agrupaba aparte, para el segundo tomo de la saga: MI ESTANCIA CON EL FANTASMA DE BOB DYLAN. Le confesé a Otto mi verdadero nombre  pero no le importó en absoluto, creyó buena idea dejarlo como Bob Dylan. Así me llamaba. Decía: Bob, Bob, ¿estás allí? Aquí estoy, anotaba en el cuaderno que Otto me regaló y que yo llevaba a todos lados, y se sentaba en una mesa del jardín dándome la espalda. Yo tenía que rodear la mesa para sentarme frente a él. En una ocasión el idiota se sentó en la misma silla que yo, encima de mí, y carajo, a ninguno nos gustó la sensación. Tratar con Otto era como tratar con un ciego. 

 Otto Dédalus era un hombre solitario. Perdió a su familia hace unos quince años; primero a la esposa, que murió de una enfermedad respiratoria; y luego a Cathy, su hija de seis años. La pequeña Cathy falleció ahogada en un río. Esa era toda la familia de Otto. La manera en que perdió a las dos mujeres de su vida me pareció tan anticuada como él mismo.  Pero no dije nada. Al año de la muerte de Cathy, Otto comenzó el estudio de la muerte. Se leyó cientos de tomos sobre esoterismo, espiritismo, y cosas. Intentó con la tabla Ouija y hasta contrató un par de médiums espiritistas para contactar a su mujer y a su hija. Todo eso era un timo, me dijo Otto melancólico. Nunca llegó a nada. Ya lo dije yo: de los muertos se dicen muchas cosas, pero todas son mentira. Partió de la vieja Europa para olvidar el pasado, una vez convencido de que era inútil y vaya, dijo, quién iba a pensar que justo aquí, lejos de mi tierra, encontraría lo que tanto busqué: hablar con los muertos. Escuchaba a aquel hombre conmovido. Me preguntaba si Madre o alguno de mis amigos, o Ana, intentó aluna vez buscarme más allá de la vida. No lo creo, me dije, eso es cosa de locos. Hay que estar loco para hacer algo así. Para creer que algo así puede ser verdad. Y le conté de Ana, la bella Ana de la que me enamoré en la adolescencia. Otto me miró, tenía esa manía de atinar la  mirada a la mirada de mis ojos, y dijo: te ayudaré a encontrarla. El trato se adivinaba: yo le ayudaba a contactar a su familia y él… Pero se lo dije: la muerte es como quedar encerrado. Hasta ahora jamás he sabido de otro muerto. No he tenido contacto con otro muerto. Su mujer y Cathy debían estar encerradas en la prisión de su propia muerte, allá en Inglaterra o en algún lugar. Otto, a pesar de sus desesperados intentos jamás sintió la presencia de laguna de ellas. Posiblemente seas tú un caso especial, dijo, pues si ellas tuvieran la misma facultad que tú, ya se habrían manifestado a mí, ¿no crees? Quizá, anoté. Como sea, dijo, te ayudaré a buscar a Ana, ¿Ana qué? Ana Rivera Palacio, escribí en la libreta con mano temblorosa. 


jueves, 21 de abril de 2011

Eres un mentiroso.



Bueno, pues Sara resultó ser una belleza peculiar. Era hermosa por fuera y te pensabas tendría una gran autoestima. Sin embargo la autoestima la tenía por el suelo. De allí le vino el amor por mí. Y de allí le venía su adicción a las drogas. Y su adicción al glamur. Y su adicción a todas las cosas, entre las que terminé yo. ¡Soy adicto a ti!, decía. Adicción era su palabra favorita. La  conjugaba en cada enunciado. Para Sara era un orgullo ser adicta a algo. Lo decía en español y lo decía en ingles: I´m adicted to you, baby. Confundía la adicción con el amor. Y tenía razón. Nunca me amó. Aunque todos dicen cómo te amó esa mujer, la verdad, nunca me amó. Su amor era una adicción psicológica. 

Aquella ocasión en que le dije mi fantasía sexual es darte un beso, en Cuernavaca, todo se fue a la mierda. Quiero decir que durante toda la noche y durante todo el día siguiente, no me dirigió la palabra y no me miró y no quería saber de mí nada. Yo por mi parte tiré la toalla. No iba a rogarle a un imposible. Para Sara, la bella Sara, estaba bien un tío tipo Brad Pitt o Leonardo DiCaprio. No un Martin Petrozza, estudiante mediocre de universidad. Nunca me pensé que yo tuviera una oportunidad con semejante bombón. Y si la tenía, si la tuve, pensé, la he cagado ya. No iba a rogar a un caso así. Si no deseaba hablarme era igual. Pero las personas como Sara, de bajo autoestima, somos impredecibles y nos gusta la mala vida. Aquel día en Cuernavaca ya no llegamos a más, pero después…

 En el aula del colegio, pasada la fiesta, Jeremías me dijo te pasaste con tu comentario. Yo no entendía por qué. Sara estaba ofendidísima según Ricardo, quien se lo dijo a Jeremías, quien me lo dijo a mí. Deberías hablar con ella, me aconsejó Jeremías y yo lo mandé al cuerno, yo no tengo nada que hablar con ella, que se vaya a la mierda, dije. Jeremías insistió tanto en el asunto, que lo supe: aquí hay algo.  Algo que este cabrón sabe, o algo que este cabrón sospecha, y no me quiere decir. Habla con ella, yo sé lo que te digo, insistía. Vale, dije al fin, ¿pero cuándo? Jeremías me invitó el sábado próximo a una fiesta en casa de Ricardo, que era la casa de Sara también, y donde yo tendría oportunidad de encontrarla. No le diré que vas, dijo Jeremías, para que no tenga nada preparado, ya sabes, las mujeres, se hacen sus planes y sus artimañas y sus cosas. Será mejor así. Ya dije, muy bien. Acepté el trato y el próximo sábado me presenté a la fiesta, y allí estaba Ricardo, y los amigos homosexuales de Ricardo, y Sara, terriblemente bella. Enfunda en un texano pegado que le hacía saltar el culo. Bella, coño. Bella. Tanto que me lo tuve que pensar dos veces antes de acercarme a ella. 

 Hola, le dije cuando me envalentoné, ¿cómo estás? Me ignoró. Sara platicaba de pie, en el patio de la casa, con un par de tíos, y me ignoró. Y repetí el saludo. Contra toda su voluntad dijo hola, bien gracias. Y regresó a la charla, que era una charla banal, nada para dejarme a un lado, pero así son las tías, son capaces de dejarte a lado por una nimiedad. Siempre creen que una nimiedad vale más que tú. Venga, Sara, dije, ¿puedo hablar contigo? Los tíos que platicaban con Sara me miraban como a un paria. Iban bien vestidos. Sara iba bien vestida. Y todos en esa fiesta. Todos todo el tiempo iban bien vestidos. Y yo llevaba mi viejo texano, y mis viejos zapatos, y mi vieja chaqueta. Tú y yo no tenemos nada que hablar, contestó ella. No, dije yo, enserio, necesito hablar contigo. Los tíos intercambiaron miradas y comentarios entre sí, y se alejaron. Ahorita venimos, dijo uno de ellos y Sara y yo quedamos solos. Y bien, ¿qué quieres decir? Lo dijo despectivamente. Dio un trago a una cerveza que llevaba en la mano. Vale dije, es sobre… Bueno… Tengo entendido que un comentario mío te ha ofendió y… Para nada, interrumpió, no hay problema, olvida eso. Eso quisiera, dije, pero me es imposible… Ya, dijo, olvídalo. No, insistí, es importante, lo que dije es muy enserio. ¿Cómo? Preguntó interesada pero ocultando el interés tras una cara de hastío. Sí, dije, lo de darte un beso, es enserio, ese es mi… bueno… quiero decir, me parces la chica más linda que he mirado y… Comenzó a reír nerviosamente y dijo estás loco, no te creo nada. Ya dije, estás en tu derecho a no creerlo, pero… Los amigos de Sara la llamaron y quedé con las palabras en la boca. Se largó. Agité mi cerveza (yo también llevaba una en la mano) y le pegué un buen trago. ¿Y bien?, preguntó Jeremías apareciéndome por la espalda, ¿asunto arreglado? Sí dije, asunto arreglado. ¿Qué te dijo?, preguntó Jeremías. Alcé los hombros y no dije nada. 

 La fiesta, al igual que la fiesta en Cuernavaca, era una fiesta de locos. Todos allí eran adictos a la marihuana o a la cocaína. Entre otras cosas. Había unas cincuenta personas. En el televisor de la sala se reproducía una película pornográfica. Era una buena película. De una tía y cinco tíos. Ya se sabe, la trama de siempre, al final la bañan en semen. Y en medio de la pieza había un colchón inflable, sobre el cual, un par de parejas, lo hacían. Y sobre los sillones también. Había tías y tíos haciéndolo por todos lados. En el baño, en la cocina, en la sala. Si no lo hacían se magreaban o fumaban marihuana. La música, por supuesto, era esa chorrada de música electrónica que tanto gusta a los homosexuales. Le dije a Jeremías me dejara en paz y me fui a pasear por la casa. En la cocina, al horno de microondas, decenas de tíos hacían fila. Llevando en las manos platos de porcelana con rayas de cocaína, y popotes cortados. Calientan la cosa para quitar la humedad, me explicó Ricardo que estaba formado. Ya dije. ¿Quieres probar?, preguntó y me negué. No sabes lo que te pierdes dijo entusiasmado y algunos tíos rieron. ¿Hablaste con mi hermana?, preguntó después, y le conté el asunto. Le conté cómo me dejó parado en medio de la nada. Ay, Sarita, Sarta, dijo Ricardo, ¿quién la entiende? No dijo más y me largué. Lo dejé con lo suyo. Quitando la humedad a la cocaína. 

 Encontré a Jeremías en el patio. Platicaba con una par de jebas tremendas. Mujeres de verdad. No travestidos ni nada. Mujeres de verdad pero lesbianas. Me acerqué a él y se lo susurré al oído. Le susurré: tío, no pierdas el tiempo, son gay. La escena lucía como un hombre ligando a dos mujeres. Ellas reían coquetas y tocaban l hombro de Jeremías, y Jeremías reía, y las miraba de arriba abajo. Perdía el tiempo. Me uní a la conversación. Hablaban sobre antros y bares. Se recomendaban lugares y decían en el antro X ponen buena música. O en el antro Y te puedes drogar en los sanitarios. O en el antro Z no cobran la entrada. Etc. Yo no tenía ni idea. Me mantuve callado un buen rato. Luego Jeremías dijo a mí me gustan las motos. ¿Les gustan las motos? Eso dijo, pero el pobre no tenía idea, yo lo conocía bien y el imbécil jamás había tocado una moto. No digamos conducir una moto. O comprado una moto. Las jebas contestaron nos encantan las motos y mencionaron algunas marcas de motos, y cosas de motos. Jeremías asentía con la cabeza. Yo lo sabía, el cabronazo no entendía un carajo. Yo dije odio las motos. Me parecen el invento más idiota del universo. Hay que ser un macho cabeza hueca para excitarse con eso. Increíblemente las chicas estuvieron de acuerdo. Y Jeremías quedó como un lelo. Bebí el resto de mi cerveza de un trago y me fui a la cocina a por otra cerveza.  

 El resto de la noche pasó sin nada interesante. Homosexuales por aquí, homosexuales por allá y yo me aburría monumentalmente. Lo que no significa que la fiesta fuera mala. Todos lucían a la mar de divertidos. Fue antes del amanecer cuando me topé con Sara. Yo estaba bajo el arco de la puerta principal, bebiendo, fumando y mirando pasar a la gente excitada y drogada hasta no poder más. Era una gran fiesta. Era una gran fiesta si eras homosexual, o drogadicto. Para mí, era la peor de las fiestas. No es gran cosa si tomamos en cuenta que yo odiaba las fiestas. Todas. De todos tipos. No soportaba el bullicio y la estulticia de tanto gilipollas junto. Entonces pasó Sara. La miré venir de dentro de la casa. La miré un segundo y luego desvié la mirada. Se colocó junto a mí, para mi sorpresa, y dijo: eres un mentiroso. Venía bastante ebria. O bastante drogada. O ambas cosas. Sin embargo lucía hermosa con el cabello suelto y un poco desaliñada. ¿Cómo?, dije. Sí dijo, eres un mentiroso. Yo sospechaba la cosa pero me hice el desentendido y le pedí explicaciones. Sobre tu comentario dijo, no te creo nada. Ya dije, eso ya lo sé, ¿qué quieres que haga? Sara me miraba con esos ojos suyos que abrazan al mirar. Tienes el resto de la noche para cumplir tu fantasía. Lo dijo mirándome a los ojos. Así como miran las mujeres que seducen. Y luego añadió y dijo: es cosa tuya. Yo no pienso mover un dedo. Excitado me incliné para besarla. Me rechazó. El resto de la noche, sentenció, y se marchó. 

 Carajo, pensé al verla irse y mover ese maravilloso culo carnoso y blanco como el mármol, con que eso quieres mujer. Me quedé allí en la puerta idiotizado. Terminé con mi birra. Cogí otra del frigo y me lancé a la caza de mi predispuesta presa. No la encontraba por ningún lado. Pregunté a todo mundo por ella y nadie sabía darme respuesta. Nadie la había mirado y nadie sabía dónde coños estaba. Encendí un cigarrillo y recomencé la búsqueda. En la sala. En la cocina. En el baño. En el patio. Fue en el patio donde la miré. Pero no estaba en el patio. La miré por la ventana. La ventana de su habitación. Hasta ese momento no lo había notado. La casa era una casa grande pero de una sola planta y la habitación de Sara, la ventana de la habitación de Sara, daba justo al patio. Me asomé por el interciso de la persiana y allí estaba ella, sentada en la cama, haciendo algo sobre una pequeña mesa de madera.  Corrí a buscar la entrada de la habitación. Dentro de la casa. La entrada no está dentro de la casa, me dijo Jeremías, al que encontré, o el que me encontró, entusiasmado y hecho un loco. Le expliqué la jugada con Sara y me llevó a la puerta de la recamar. En el patio. Junto a la ventana. Mi entusiasmo me cegaba la cabeza. Bueno, le dije a Jeremías, pues aquí voy. 

 Abrí la puerta y entré. Sara levantó la vista de la mesa y me miró. ¿Qué haces?, pregunté al mirarla concentrada en la tarea. Armo un basuco, dijo, ¿quieres? Un basuco, según me explicó, es un cigarrillo de cocaína. Ya dije, sentándome a su lado, en la cama, no gracias. Tú te lo pierdes, dijo encendiendo esa cosa y dando una chupada al cigarrillo. Fumaba placenteramente. Daba bocanadas con los ojos cerrados y echando la cabeza atrás. ¿Seguro que no quieres?, preguntó casi susurrando. La imagen de Sara haciendo esas muecas de placer me excitó bastante. Vale dije, por qué no. Me pegó el cigarrillo a los labios y jalé. La verdad no sentí gran cosa. Expulsé el humo rápido, como con cualquier tabaco y dijo no, así no, así, y me enseñó a retener el humo lo más que se pueda. Di otra chupada, mantuve el humo unos buenos segundos. Entonces lo sentí. El placer relajante de un basuco. Dios dije, ahora entiendo por qué se hacen adictos a esta mierda. Sara rió y fumó de nuevo. El cigarrillo duró algunos minutos. Sara lo fumó hasta el último milímetro. Lo sostenía con las uñas y fumó hasta que no quedó más que una diminuta bacha de él. Lo aplastó sobre la mesa de madera, sacudió el cuerpo y dijo, bueno, supongo que vienes por tu beso. Yo no dije nada. No me dio tiempo de decir algo. Antes que lo pensara ya tenía los labios de Sara, la lengua de Sara, dentro de mi boca. Nos besamos mucho tiempo. Despacio. Y ese beso, el primer beso que Sara me robó, lo llevo tatuado en el alma. El besó más placentero y sabroso que jamás me han dado. Cuando nos separamos Sara comenzó a sonreír. Una sonrisa larga y muda, como la sonrisa del pecado. No lo puedo creer, dijo. ¿Qué no puedes creer?, pregunté. No contestó. Me besó de nuevo. Se separaba durante el beso y reía y decía no lo puedo creer. Vale, pensé, no lo puede creer. Me lancé a besarla deseando que nunca acabara. La habitación estaba oscura y los ojos azules de Sara brillaban con la luz que se filtraba por la ventana. Yo no lo podía creer. Estaba besando a Sara. ¡A Sara! Y la estaba llevando a la cama. Lentamente. Muy lentamente. Terminamos acostados, abrazados y dormidos.

 Me despertó un ruido de gemidos. Y eran gemidos de verdad. Alcé la cabeza para mirar y en la otra cama (la habitación de Sara tenía dos camas) un tío y una tía lo hacían. La tía estaba sobre el tío, montada, desnuda, y yo le miré todas las tetas. Un hermoso par de peras, y ella me miró y sonrió, y luego miré al tío. Dios, el tío era Jeremías. Lo hacía con una de las chicas lesbianas, si es que era lesbiana o bisexual o algo. Ahora tenía mis dudas. Y cuando me miró, y miró que Sara reposaba la cabeza sobre mi pecho, alzó el pulgar y sonriendo dijo: qué buena noche, ¿no compadre? La tía no dejaba de moverse sobre Jeremías y reía a carcajadas. Eso despertó a Sara. Sara los miró en la otra cama y se tapó con las sábanas. Toda ella, y me tapó a mí también, y me dijo: ¿me quieres? ¡Carajo, te amo!, contesté. Comenzó a besarme otra vez y se monto sobre mí. Se levantó, justo como la chica de Jeremías, sobre mí y se quitó la blusa. Casi muro de un infarto. De infarto de placer. ¡Las tetas de la Venus de Milo! Sara tenía las tetas perfectas. Simétricas y hermosas. Y los pezones rosados eran un encanto. Le acaricié las tetas, embelesado, y Sara gemía como si ya se la estuviera metiendo. Jeremías por su parte había cambiado de posición: él sobre ella. Hice mi parte y volteé a Sara para dejarla debajo de mí. La besaba, le lamía el cuello y las tetas y ella me desnudaba. Jeremías le daba duro y me excitaba los gemidos de la lesbiana. Desabotoné el pantalón de Sara, lo saqué junto con las bragas y llegué a la gloria: un precioso coño castaño, dulce y suave. Le hice sexo oral un buen rato. Y luego me saqué los calzones y cuando se la iba  meter me detuvo. No, amor, eso no, dijo, aún no. Me congelé. Calma, dijo y me acostó en la cama. Me besó desde el cuello hasta la polla. Se detuvo en la polla. Sentía su cálida lengua recorrer la circunferencia de mi glande. Después toda mi polla dentro de su boca. No me costó correrme. Me corrí en la garganta de Sara. Subió hasta mi boca y me besó con el licor de mi virilidad escurriéndole por los labios y ambos tragamos el semen de mis pelotas. ¿Me quieres?, preguntó otra vez y otra vez dije amarla y me abrazó y se quedó dormida allí, encima de mí, mientras yo le masajeaba el culo. 

2

Sara era una mujer hermosa. Ella lo sabía, yo lo sabía, y todo mundo lo sabía. Sin embargo nadie se lo había dicho. Nadie se había acercado a ella y le había dicho: Sara, eres una mujer terriblemente bella. Esa es la diferencia entre cualquier pelmazo y yo, que pudiera ligarla. Con Sara ocurrió el fenómeno de la mujer extremadamente bella. Antes de mí ningún otro hombre se había atrevió a ligarla, pues intimidados por su belleza, se sabían incapaces de lograr algo con ella. Antes de mí, Sara hace mucho tiempo que no tenía pareja. “Un amor es tan grande como la soledad que le precede”. La soledad de Sara era tremenda. Vivía con su madre y con Ricardo. Padre murió cuando ella tenía once años y aquello le traumó ensimismándola en su soledad. Sentíase perdida y desamparada en un mundo de hostilidad e hipocresía. Y yo, que era un veinteañero lector de Schopenhauer, tenía mucho que decirle sobre la soledad y el absurdo. Me convertí en su padre. Siendo menor ella le aconsejaba  yo en todo (a ben árbol se arrimó la pobre), y terminó amándome con el alma. Si de alguna mujer puedo decir me ha amado más que nadie, es de Sara. Se entregó a mí con los ojos cerrados. Siempre he dicho que yo nunca me he esforzado por nada. Las mejores cosas de mi vida, y las peores cosas de mi vida, me han sido entregadas en las manazas. Como Sara. La vida me entregó a la mujer más bella que yo he mirado jamás, sin que yo m esforzara por tenerla. “El hombre y sus circunstancias” (José Ortega y Gasset). En el lugar indicado, en el momento indicado. No hay más. Lo mismo pudo ser Sara que cualquier otra. Gracias a Dios, fue Sara y no otra. 



sábado, 16 de abril de 2011

Mi fantasía sexual es darte un beso.



Ricardo Soza, al que apodaban Ricky Martin, no por guapo sino por joto, era un homosexual declarado de Atizapán de Zaragoza. Tenía veintiún años y era más afeminado que una mujer de verdad. Aunque se dice que en México, un país subdesarrollado, aún se discrimina a los gays, Ricardo Soza se lo pasaba en grande. El ochenta por ciento de sus amigos eran invertidos, el diez por ciento travestidos o transegénero y  entre el diez por ciento restante estaba yo, los amigos heterosexuales de Ricky Martin. Lo conocí en la universidad. Era amigo de un amigo y terminó siendo mi cuñado. Tenía una hermana tremenda. Enserio. La tía más guapa (y lo pongo por escrito) con la que yo he salido. Ojo azul, tez blanca, cabello castaño y cuerpo de a diez. Todo el mundo me decía cómo le hiciste para ligarte una mujer así. Y yo siempre respondía “ya ves”, pero la verdad no tenía idea. La cosa sucedió más o menos así: 

 Jeremías, el amigo de Ricardo y amigo mío también llamó y me invitó a una fiesta en Cuernavaca. Dijo que irían unos amigos suyos; lo dijo nervioso y me lo advirtió: irá Ricardo Soza, ya sabes dijo, Ricky Martin. No tuvo que explicarme más. Todos en la universidad sabíamos de la homosexualidad de Soza. Ya dije, no hay problema. Y no lo había, a mí me daba igual si a Soza le gustaba la polla. Dijo que Ricardo corría con los gastos. Lo dijo tratando de convencerme. Vale dije, que sí, que no hay problema. Justificaba su amistad con Ricky Martin. Era un pelmazo. No se atrevería a decir este es Soza, es mi amigo y es homosexual. Me citó en la esquina de Tlalpan y Periférico, sí, donde está el Superama, y llegué unos minutos tarde. Allí estaba Jeremías con el coche aparcado en el parabús, recargado en el coche y esperando. Dentro estaban Ricardo, la hermana de Ricardo y un par de lesbianas obesas. Supe que eran lesbianas cuando las miré besarse por el retrovisor en algún momento del viaje. Contrario al disgusto de las gordas, que aparte de lesbianas eran feministas o algo, ocupé el lugar de copiloto que hasta ese entonces ocupaba Soza. Ellas peleaban que Sara debía ocupar el asiento copiloto por no sé qué razones estúpidas sobre Sara y su vagina, y los derechos de la vagina de Sara; un rollo de género y caballerosidad. Yo abogué que era mejor así; ellas dos podrían ir juntas, Ricardo y su hermana podrían ir juntos, y Jeremías y yo podríamos ir juntos. Era lo más lógico tomando en cuenta que yo no conocía a prácticamente nadie. Sara, la hermosa Sara, dijo estar de acuerdo y no tener problema alguno. Ricardo tampoco tenía problema alguno; ni Jeremías. Las gordas eran las únicas con problemas. Tenían problemas todo el maldito tiempo. Problemas de género, de diversidad sexual, de entorno familiar, de discriminación racial y social, de todo, de todo. ¡Me tenían hasta la madre! Así que me trepé al asiento copiloto y tuvieron que tragarse el coraje.  

 Jeremías puso el coche en marcha. Seguimos derecho por calzada de Tlalpan hasta la autopista México – Cuernavaca. Recliné el asiento hacia atrás a pesar de las quejas y las indirectas de las gordas (que iban justo detrás de mí). En el estéreo sonaba música pop y a los pocos minutos me cansé de eso. Estiré la manaza y cambié de estación. Al 94.5. Transmitían el concierto para violín y piano de Beethoven. Cerré los ojos y eché atrás la cabeza. No pasaron ni cinco minutos para que Jeremías dijera no mames, qué es eso, y cambiara la estación. Sara se quejó. Para mi sorpresa (grata) y para la sorpresa de todos, se quejó, dijo la música que estaba era muy bonita, ¿por qué le cambias? Le pregunté te gusta la clásica y respondió sí, cosa que después confirmé: no tenía ni puta idea. Tú sí sabes, nena, dije. ¡Nena!, exclamó una de las gordas. Eran un par de gordas lesbianas y amargadas. Sara rió y nadie dijo nada más. 
En algún tramo de la autopista la señal radiofónica se esfumó. Ricardo sacó un disco y se lo pasó a Jeremías, quien me lo pasó a mí para que lo metiera en la raja del estéreo. Era un disco de música electrónica. A todos en ese auto les gustaba la música electrónica. Excepto a mí. Yo odio la música electrónica. Metí el disco y pasé de canción en canción en busca de algo que no fuese esa maldita música. Todo el disco eran los mismos ruidos sin sentido. Ya deja una, dijo Ricardo y eso hice. No tenía remedio. 

 Nadie decía nada. Las gordas cuchicheaban entre sí y nadie decía nada. Oye, Sara, nena, rompí el silencio, ¿de qué color son tus ojos? Lucían azules, grises, verdes, según la luz. Azules, ¿por qué? Por nada dije, son muy bonitos. Gracias dijo y las obesas rieron. A ustedes qué les importa, pensé. Se rieron de mi vago intento de seducción, que no era un intento de seducción sino un simple comentario. Tenía bonitos ojos y se lo dije y eso fue todo. Se pensaron que yo era un naco y un macho. ¿Y tienes novio, bonita?, pregunté a Sara. Dijo no, aún no encuentro a mi media naranja. Ya dije, ¿quieres ser mi novia? Lo dije bromeando, por supuesto. Las gordas estallaron en risa. Una de ellas dijo ya quisieras y yo dije pues claro, es una muñeca, y le guiñé el ojo. Sara dijo no gracias (con ese tono de asco que te hacen las tías buenas) y Jeremías dijo: ándale, Sarita, Petrozza es un buen chico. ¿Petrozza?, preguntó sorprendida Sara. Sí dijo Jeremías, este tío se llama Martin Petrozza. ¿De dónde es tu apellido?, preguntó Soza interesado. No sé dije, creo que es un apellido alemán pero puede que yo esté equivocado y no sea alemán. Está padre dijo Sara, ¿cómo es?, ¿Pedrozza? Petrozza, corregí, Pe-tro-zza. Una de las gordas, nunca supe diferenciar a una de la otra, dijo yo tengo un amigo que se apellida Gauloise, se pronuncia Guló y ese sí es un apellido bonito. No sé que se traían las gordas conmigo. Ricardo dijo a mí me gusta más Petrozza, tiene fuerza. Jeremías estuvo de acuerdo, dijo que Gauloise sonaba muy afeminado. Y Sara también prefirió la eufonía de mi apellido. 

 Entramos a la curva de la Pera y una de las lesbianas gritó ¡cuidado con la Pera! Jeremías tomó la curva con precaución y yo dije no sean ridículas, no es para tanto. ¿Perdón?, dijo la voz de la gorda que gritó, o puede que haya sido la voz de la gorda que no gritó, no sé, indignada, ¿no es para tanto?, no sé si lo sepas, pero esta curva es peligrosísima, ha muerto mucha gente en ella. Lo dijo en todo de horrorizada. Todos reímos. No seas exagerada, Mónica, dijo Ricardo y así supe que una de las dos se llamaba Mónica. Mónica dijo no soy exagerada, es cierto, mucha gente ha muerto en esta curva. Y a todo esto dije yo dejando a un lado el tema de la Pera, ¿qué edad tienes Sara? La miraba por el retrovisor. Miraba sus preciosos ojos azules y su sonrisa de comercial. No me pensé que yo tuviese la mínima oportunidad de ligarla. Enserio. Un hombre lo sabe. Sabe cuando tiene una oportunidad o cuando no hay oportunidad alguna. Y según yo, no existía la mínima posibilidad de nada. Eso no se pregunta a una mujer, dijo Jeremías y las gordas, las malditas gordas, estuvieron de acuerdo. Ya sé dije, pero enserio, ¿qué edad tienes? No es que me importara demasiado pero al mismo tiempo, todo sobre Sara me importaba demasiado. Sabía que no tenía la mínima oportunidad pero aún así deseaba saberlo todo de ella. Dieciséis contestó Sara desinhibida, ¿y tú? Veinte, dije. En ese entonces yo tenía veinte años y no conocía a Carolina y nunca debí conocer a Carolina. Pero no nos adelantemos…

Sugerí comprar unas cerezas para el camino. En la próxima gasolinera. ¡Cervezas!, exclamó Jeremías, ¿trajeron las cervezas? Sí, contestó Ricardo, están en la cajuela. ¿Y qué hacen allí?, dije yo. Sara se volteó para quitar la tapa de la parte de atrás del auto y sacar las cervezas. Sacó una bolsa llena de birras y nos pasó una a cada quien. A mí me dieron la de Jeremías. La destapé y la coloqué en el portavasos. La dejaré aquí por si quieres un poco, le dije y asintió con la cabeza. Sí gracias, dijo. 

2

Llegamos al municipio de Jiutepec, a un fraccionamiento cuyo nombre no recuerdo pero es el único fraccionamiento, o el fraccionamiento más conocido o algo. La fiesta era de los amigos de Ricardo así que estaba llena de travestidos y homosexuales. Jeremías, Sara y yo éramos los únicos normales. Nos instalamos en una mesa en el jardín. Ricardo nos presentó con un par de tíos y nos trajeron botellas de Ron, Vodka, Tequila y Whisky. Ricky Martin era influyente. Era el novio del dueño de la casa y nos atendieron como se merece. También trajeron tacos de canasta. Lo primero que hicimos fue comer. Me atiborré tacos. La obesa que no era Mónica susurró que yo era un cerdo. Ella se atiborró de tacos también pero decía que yo era un cerdo porque manchaba los dedos de salsa y tenía en el plato un batidillo y no me importaba. No te has visto en un espejo, susurré para que me escuchara. 

 Terminando de comer se sirvieron un trago. Sara de Vodka, lo noté, y yo un whisky en las rocas. Al poco rato quedé solo. Todos se fueron a bailar esa mierda de música electrónica. Me puse otro whisky en las rocas y caminé en busca de alguna jeba. Entré a la casa. Busqué en la sala, en el comedor, en las habitaciones. Por todos lados. Sólo encontraba grupos de lesbianas, parejas de lesbianas o lesbianas solas. Era la casa de la perdición. Abrías una puerta y encontrabas a algunos haciéndolo o chupándose la pija. En el sofá magreaban un par de tíos peludos. Cosa de locos. ¿Cómo pueden ser marica con tanto vello? En el sanitario, uno de los sanitarios, un cabrón de catorce años o algo se la chupaba a otro entrado en edad. Podría ser tu padre, pensé. Abrí la puerta del sanitario y allí estaban ellos. Vale, lo siento, dije y cerré la puerta. Ni lo notaron. Subí a los dormitorios. Luego de encontrarme con un par de escenas cuatro equis más encontré uno desocupado. Entré y eché en la cama. Era una buena cama. Me puse a pensar en Sara. Era una mujer realmente bella. Enserio. Tenía dieciséis años y era tan hermosa como Scarlett Johansson. Pero no la pensaba a ella como a una jeba cualquiera. Cuando una mujer es tan bonita como Sara nace de mí un deseo de cuidarla. Es como si eso de follar quedara en segundo término. Supongo que es este sentimiento el que las coloca en grado de diosas. Tendrían que verla para entender a lo que me refiero. Era perfecta. Los rasgos de su rostro, de su nariz, de sus labios, todo, los pómulos, dientes, cejas, todo era perfecto, marcado por líneas delgadas como pintadas con un pincel finísimo. La piel era blanca, blanca rosa o algo, como la piel de las supermodelos, sin una sola mancha o imperfección. Los ojos azules eran del azul del cielo. Su cabello sin teñir, castaño y suave y brillante. De comercial. Y su cuerpo bien proporcionado. No un cuerpo exuberante, un cuerpo perfectamente bien proporcionado. Y en ese bikini, ¡Dios! Miré por la ventana de la habitación y Sara ya tenía puesto un bikini tremendo. Más de una lesbiana le echaba una mirada. Bailaba cerca de la alberca con Ricardo y Jeremías. Era una mujer de ensueño. Era una de esas mujeres que miras en la televisión y te preguntas dónde están esas mujeres, dónde viven, dónde crecen, dónde se reproducen, ¡y con quién! Enserio tío, tendrías que verla para creerlo. Y esa mujer, ese encanto de mujer fue mi novia y se enamoró de mí hasta la locura y yo fui tan idiota para perderla. 

 Bajé al jardín y me senté en mitad del césped. Encendí un cigarrillo y me puse a pensar en los juicios sintéticos de Kant. Por ese entonces yo penaba mucho en Kant. Lo descubría recién. No me duró mucho el gusto. A los pocos minutos se acercó Jeremías botella en mano y con él, Sara, y con ella Ricardo y con él las gordas lesbianas. Todos se sentaron junto a mí y sacaron cigarrillos y sirvieron vodka y whisky y lucían a la mar de alegres. Yo lucía preocupado. Al menos eso dijo Jeremías. Dijo: qué tienes, hombre, luces preocupado, ¿no te estás divirtiendo? ¿Crees que el juicio “la casa es azul” sea sintético, que de verdad no se piense en el color de la casa o sus dimensiones como conceptos intrínsecos de una casa?, dije. ¿Cómo?, dijo Jeremías y le pedí que olvidara el asunto. Continuamos bebiendo. Continuaron bebiendo a mi alrededor y hablando de cosas que no entendía; no ponía atención, yo seguía mis discernimientos sobre el juicio sintético a priori. Y en algún momento, no supe exactamente cómo, llegamos a la parte de las fantasías sexuales. Todos se preguntaban entre sí cuál es tu fantasía sexual. No recuerdo las fantasías de ninguno pero conociendo a Jeremías debió decir hacerlo con dos tías o algo así. Era un tío bastante normal. Sin imaginación. La de Ricardo es de adivinarse y de las gordas no me importa en absoluto. Yo estaba atento a la fantasía de Sara. Pero Sara se negó rotundamente a contar algo así. Cuando fue mi turno, cuando Ricardo Soza me preguntó cuál es tu fantasía sexual, lo pensé un segundo, segundo en que todos me miraban a la expectativa, y dije: mi fantasía sexual es darte un beso. Se lo dije a Sara. Lo dije mirándola a los ojos. Ricardo y jeremías rieron y las gordas se horrorizaron. Aquellas malditas ballenas m miraban como el peor de los males. Y Sara, ¿qué hizo Sara? Se levantó y se fue. Indignada. Molesta. Yo no sé por qué, enserio. No era para tanto.

 Jeremías dijo y ahora qué le pasa. Ricardo contestó, déjala se pone sus moños. Y las gordas dijeron que yo me había pasado de listo, que cómo me atrevía si ella tenía dieciséis años y yo veinte. Que yo era un mamarracho. Me levanté de allí y me fui a buscar a Sara. 

 La encontré hablando con un grupo de gente. Sonreía y pasaba una botella de cerveza. No quise acercarme demasiado. Regresé con Jeremías y le dije que todo esto era una estupidez, que no podía ofenderse por algo así, que hasta tuve cuidado y no dije mi fantasía sexual es hacerlo contigo o algo más pesado. Quizá por eso se enojó, dijo Jeremías en burla, porque sólo deseas besarla. Ya dije, quizá. 




jueves, 14 de abril de 2011

Hoy antes de dormir.

Escritor invitado: 

Hoy, antes de dormirme, escribiré esto como si fuese un diario, pero con ánimo de petición, de súplica, de llamado a esas fuerzas que controlan el universo, a esas energías místicas que rigen cada movimiento en la vida. Escribiré hoy, y será con el mismo fervor de las personas que han escrito cartas, para luego ponerlas en el Muro De Los Lamentos.


Algún trauma debo de tener para que mi descanso nocturno se vea perturbado por pesadillas. Y me sorprende mi valentía al no orinarme en la cama. Cuando estas cosas empezaron me pareció muy normal, no me preocupé para nada; tal vez esa indiferencia hizo que ese mal se apoderara tan fácilmente de mí.

Ahora es una tortura, una muestra de terrorismo y de suicidio de parte de mi psique, o viéndolo por otro lado, más romántico, es como una lección, algo amarga, que me estoy dando yo mismo, porque en el fondo sé que soy un tonto, que estropeo mi vida, o que la podría estropear si sigo como voy. Esas pesadillas serían como una ventana al futuro, al destino, un Deja Vu, una premonición, una profecía, y eso explicaría el por qué no me orino.

Le podría dar varias respuestas o explicaciones, (de eso me di cuenta en el tercer párrafo), pero en realidad me atormentaría más, no estoy seguro, pero de verdad me gustaría osar hablar de esto, como cuando en la finca de mi papá me adentraba en el monte y me ponía a explorar, creyéndome Tarzán o el Cazador de Cocodrilos, cogiendo cualquier tipo de animal, ¡Valla que tenía futuro en eso! Y me gustaría tener de nuevo esa misma sensación, ese miedito, esa ligera parálisis que recorre el cuerpo, esa adrenalina al dominar a un animalito presuntamente peligroso, así me gustaría sentirme si me arriesgara ahora a hablar de las pesadillas, quizás sea por mi espíritu de lucha, o mi error humano de vengarme, o mi actitud de mofarme con el peligro dándome la mano, de reírmele en la cara a la muerte; como se dice por ahí. En fin, no sé por qué sea en realidad, pero si me pongo a adivinar, podría traer alguna de dos consecuencias;

Una, que me traume más de lo que estoy, por pensar en lo que no quiero, eso haría que atrajera más de ese miedo. Y la segunda consecuencia, que me desahogue tanto que pierda el miedo y quede en absoluta confianza con mis pesadillas, o sea, que nos tomemos un café juntos y charlemos largo rato, e incluso haga una alianza con ellas y me ponga a joder a mis angelitos en los sueños. Siendo sincero conmigo mismo, no sé qué hacer, hasta podría intentar las dos… pero es un asunto demasiado delicado como para jugar a la gallina ciega con él.

La mayor razón y que me hace frustrar tanto por esto de tener pesadillas, es que estoy enamorado, y no puedo soñar con la mujer que amo, ¡cuando seria la premisa perfecta!, ya que no la tengo cerca, y es redundancia decir que me hace falta sus besos, sus caricias, sus susurros, su calor, sus miradas, sus palabras, su aire y respiración, sus abrazos, su peso, la textura de su pelo, de su ropa, me falta todo de ella… y una forma de sentirla, aunque sea ficticiamente, sería en un sueño. Y en serio que eso fuera genial, aunque no haya un contacto físico real en los sueños y obviamente puede que no sea ella, pero se puede tocar y sentir, y correr con la suerte de que al siguiente día que uno se despierte acordarse de esa chimba de sueño.

Estoy inspirado, y con ganas de resolver mi problema, pero tengo sueño. Me empieza a asustar la calma que se siente, como si mi ambiente estuviera haciendo una coalición con mi mente, arrullándome, para dejarme dormir pero para luego despertarme bruscamente... La ansiedad de este momento empieza a ser otro problema, me parece que estoy cerca de la meta, pero la pereza y el sueño me tienen incómodo. Exagerando el momento, diría que estoy acurrucado contra una pared, y en frente mío hay 5 leones, los cuales muestran una tranquilidad sabihonda, esperando a trate de escapar, para ellos hacer más divertida su merienda.

Ya empiezo a desviarme, y comienzo a pensar en lo placentero de dormir, gracias a estar enamorado aun me aferro a una imagen borrosa: mi problema. En este momento estuviera en la profundidad de mi quinta pesadilla si no fuera por esa mujer, que incluso me hace luchar tanto despierto, como apunto de dormir. Recuerdo la frase “resistir es vencer” y me esfuerzo por dejar de desvariar, me doy una cachetada mental y recupero un poco el aliento, lo suficiente para seguir escribiendo en búsqueda de mi solución. Chistosamente y mareado aun por ese tropezón, me sentí por un instante como si estuviera en una aventura, aquí en mi silla, yo solo, volando…


Pasaron días...
A la final esa vez dejé de escribir porque no podía, y 40 minutos después me dormí, porque de un momento a otro no sentía ese miedo, lo reemplazó la presencia o la sensación de estar acompañado por mi mujer. Han pasado varios días, creo que ya dos meses, y efectivamente se redujo el número de pesadillas, y me alegra por esa parte, lástima que las que quedaron son más fuertes y mas bruscas. No sé qué quiere decir todo esto, si el limbo existe yo estoy en él en este momento. Mi actitud entusiasta me dice que escribir sobre este trauma está ayudando a que desaparezca. Mi pesimismo me dice que cada vez se reducirán más las pesadillas, pero que serán más fuertes a medida de su reducción, por lo ya ocurrido; si ayer soñé que luche contra 100 demonios, y hoy que luche contra el diablo, pasado mañana soñaré que lucho contra el diablo acompañado por 100 demonios.

El caso es que no tengo fijo cual es la realidad, eso me lo comentará el tiempo en uno más de sus juegos.

Esperen… tengo tantas ansias que me da pereza esperar a que el tiempo, y no yo, resuelvan mis problemas. Bueno, acabé de pensar otra cosa y me dio más pereza: estoy buscando una respuesta del por qué tengo pesadillas, al mismo tiempo que pido que se calme esa situación. La respuesta a esto es para solucionarlo más fácil, pero ¿qué tal si la respuesta no me ayuda en nada? Y, ¿si pedir y luchar un poco por detener este problema no sirve de nada? Quizás lo esté exagerando, y me esté volviendo loco. Pero sinceramente prefiero seguir exagerándolo a que me siga intimidando, ya que me estoy asumiendo como un Supermán que está en una lucha… con esta simplicidad de embrollo.

Las pesadillas y los sueños en general sí son una especie de profecías, concluidas o asumidas por uno mismo, que algunas veces no dicen lo que va a pasar, sino lo que uno quiere que pase, otras veces, solo son el reflejo de lo que no quieres que pase, o del miedo que tienes, o del deseo que busca ser satisfecho. Sólo que el sueño te protege, no deja que te rindas, y aunque todos los días caigas en errores, seguirás con ese deseo, con el pensamiento de que obtendrías mucho placer al conseguir o al mantener lo que amas. Las pesadillas atormentan, te dicen una y otra vez lo mierda que eres, lo voluble de tu vida, o de tu personalidad, y lo frágil que es lo que ahora tienes.

Si, ¡logré conseguir mi respuesta!, aunque encontré otra duda: ¿Por qué si anhelo tanto no perder lo que tengo y que quiero, tengo pesadillas y no sueños?

Pero, concluí otras cosas para mi beneficio, o bien, para mi superación personal. Sé qué hay que hacer: si quiero tanto algo, y veo que no estoy obteniendo resultados, tengo que luchar el doble por conseguirlo, o si lo tengo quedarme con tal cosa… Al diablo el Muro de los Lamentos, (ojalá que lo tumben como al Muro de Berlín), al diablo las muy bien supuestas fuerzas del universo, al diablo las Ánimas del purgatorio, al diablo Dios, al diablo la virgen y los santísimos santos, al diablo el diablo si es el caso de los satánicos. Uno sólo precisa de uno mismo para solucionar la mayoría de los problemas mentales, personales o sociales, aunque no se debe de rechazar a alguien que solo quiera ayudarte, o la presencia de una hermosísima y completa mujer (cuerpo y mente) a la cual tomar como bastón, y a la cual dedicarle un pequeño relato... 

Ahora, a disfrutar de sueños húmedos…


PD: No crean en mentiras que dicen acerca del significado de sueños, dejen de creer en el horóscopo, investiguen y analicen eso y se encontrarán con que son falsas, así que no se dejen engañar, no solo porque les roben su dinero timándolos, sino porque eso hace parte de una cultura de manipulación que no nos deja ser libres y pensar las cosas como verdaderamente son.

Gracias a todos los que leyeron.



Texpo por: Escritor invitado: 


Nota: Si quieres participar en el blog con un relato entre 5,000 y 20,000 caracteres (contando espacios) manda tu texto a: redaccion@whiskyenlasrocas.com Las bases y más detalles están al final del Blog. Gracias.
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