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Blog autobiográfico." Cuando escribo no pienso en el lector. Olvido que no todos somos cerdos. Ese es mi gran error. Y el de ellos." Martin Petrozza.

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jueves, 21 de abril de 2011

Eres un mentiroso.



Bueno, pues Sara resultó ser una belleza peculiar. Era hermosa por fuera y te pensabas tendría una gran autoestima. Sin embargo la autoestima la tenía por el suelo. De allí le vino el amor por mí. Y de allí le venía su adicción a las drogas. Y su adicción al glamur. Y su adicción a todas las cosas, entre las que terminé yo. ¡Soy adicto a ti!, decía. Adicción era su palabra favorita. La  conjugaba en cada enunciado. Para Sara era un orgullo ser adicta a algo. Lo decía en español y lo decía en ingles: I´m adicted to you, baby. Confundía la adicción con el amor. Y tenía razón. Nunca me amó. Aunque todos dicen cómo te amó esa mujer, la verdad, nunca me amó. Su amor era una adicción psicológica. 

Aquella ocasión en que le dije mi fantasía sexual es darte un beso, en Cuernavaca, todo se fue a la mierda. Quiero decir que durante toda la noche y durante todo el día siguiente, no me dirigió la palabra y no me miró y no quería saber de mí nada. Yo por mi parte tiré la toalla. No iba a rogarle a un imposible. Para Sara, la bella Sara, estaba bien un tío tipo Brad Pitt o Leonardo DiCaprio. No un Martin Petrozza, estudiante mediocre de universidad. Nunca me pensé que yo tuviera una oportunidad con semejante bombón. Y si la tenía, si la tuve, pensé, la he cagado ya. No iba a rogar a un caso así. Si no deseaba hablarme era igual. Pero las personas como Sara, de bajo autoestima, somos impredecibles y nos gusta la mala vida. Aquel día en Cuernavaca ya no llegamos a más, pero después…

 En el aula del colegio, pasada la fiesta, Jeremías me dijo te pasaste con tu comentario. Yo no entendía por qué. Sara estaba ofendidísima según Ricardo, quien se lo dijo a Jeremías, quien me lo dijo a mí. Deberías hablar con ella, me aconsejó Jeremías y yo lo mandé al cuerno, yo no tengo nada que hablar con ella, que se vaya a la mierda, dije. Jeremías insistió tanto en el asunto, que lo supe: aquí hay algo.  Algo que este cabrón sabe, o algo que este cabrón sospecha, y no me quiere decir. Habla con ella, yo sé lo que te digo, insistía. Vale, dije al fin, ¿pero cuándo? Jeremías me invitó el sábado próximo a una fiesta en casa de Ricardo, que era la casa de Sara también, y donde yo tendría oportunidad de encontrarla. No le diré que vas, dijo Jeremías, para que no tenga nada preparado, ya sabes, las mujeres, se hacen sus planes y sus artimañas y sus cosas. Será mejor así. Ya dije, muy bien. Acepté el trato y el próximo sábado me presenté a la fiesta, y allí estaba Ricardo, y los amigos homosexuales de Ricardo, y Sara, terriblemente bella. Enfunda en un texano pegado que le hacía saltar el culo. Bella, coño. Bella. Tanto que me lo tuve que pensar dos veces antes de acercarme a ella. 

 Hola, le dije cuando me envalentoné, ¿cómo estás? Me ignoró. Sara platicaba de pie, en el patio de la casa, con un par de tíos, y me ignoró. Y repetí el saludo. Contra toda su voluntad dijo hola, bien gracias. Y regresó a la charla, que era una charla banal, nada para dejarme a un lado, pero así son las tías, son capaces de dejarte a lado por una nimiedad. Siempre creen que una nimiedad vale más que tú. Venga, Sara, dije, ¿puedo hablar contigo? Los tíos que platicaban con Sara me miraban como a un paria. Iban bien vestidos. Sara iba bien vestida. Y todos en esa fiesta. Todos todo el tiempo iban bien vestidos. Y yo llevaba mi viejo texano, y mis viejos zapatos, y mi vieja chaqueta. Tú y yo no tenemos nada que hablar, contestó ella. No, dije yo, enserio, necesito hablar contigo. Los tíos intercambiaron miradas y comentarios entre sí, y se alejaron. Ahorita venimos, dijo uno de ellos y Sara y yo quedamos solos. Y bien, ¿qué quieres decir? Lo dijo despectivamente. Dio un trago a una cerveza que llevaba en la mano. Vale dije, es sobre… Bueno… Tengo entendido que un comentario mío te ha ofendió y… Para nada, interrumpió, no hay problema, olvida eso. Eso quisiera, dije, pero me es imposible… Ya, dijo, olvídalo. No, insistí, es importante, lo que dije es muy enserio. ¿Cómo? Preguntó interesada pero ocultando el interés tras una cara de hastío. Sí, dije, lo de darte un beso, es enserio, ese es mi… bueno… quiero decir, me parces la chica más linda que he mirado y… Comenzó a reír nerviosamente y dijo estás loco, no te creo nada. Ya dije, estás en tu derecho a no creerlo, pero… Los amigos de Sara la llamaron y quedé con las palabras en la boca. Se largó. Agité mi cerveza (yo también llevaba una en la mano) y le pegué un buen trago. ¿Y bien?, preguntó Jeremías apareciéndome por la espalda, ¿asunto arreglado? Sí dije, asunto arreglado. ¿Qué te dijo?, preguntó Jeremías. Alcé los hombros y no dije nada. 

 La fiesta, al igual que la fiesta en Cuernavaca, era una fiesta de locos. Todos allí eran adictos a la marihuana o a la cocaína. Entre otras cosas. Había unas cincuenta personas. En el televisor de la sala se reproducía una película pornográfica. Era una buena película. De una tía y cinco tíos. Ya se sabe, la trama de siempre, al final la bañan en semen. Y en medio de la pieza había un colchón inflable, sobre el cual, un par de parejas, lo hacían. Y sobre los sillones también. Había tías y tíos haciéndolo por todos lados. En el baño, en la cocina, en la sala. Si no lo hacían se magreaban o fumaban marihuana. La música, por supuesto, era esa chorrada de música electrónica que tanto gusta a los homosexuales. Le dije a Jeremías me dejara en paz y me fui a pasear por la casa. En la cocina, al horno de microondas, decenas de tíos hacían fila. Llevando en las manos platos de porcelana con rayas de cocaína, y popotes cortados. Calientan la cosa para quitar la humedad, me explicó Ricardo que estaba formado. Ya dije. ¿Quieres probar?, preguntó y me negué. No sabes lo que te pierdes dijo entusiasmado y algunos tíos rieron. ¿Hablaste con mi hermana?, preguntó después, y le conté el asunto. Le conté cómo me dejó parado en medio de la nada. Ay, Sarita, Sarta, dijo Ricardo, ¿quién la entiende? No dijo más y me largué. Lo dejé con lo suyo. Quitando la humedad a la cocaína. 

 Encontré a Jeremías en el patio. Platicaba con una par de jebas tremendas. Mujeres de verdad. No travestidos ni nada. Mujeres de verdad pero lesbianas. Me acerqué a él y se lo susurré al oído. Le susurré: tío, no pierdas el tiempo, son gay. La escena lucía como un hombre ligando a dos mujeres. Ellas reían coquetas y tocaban l hombro de Jeremías, y Jeremías reía, y las miraba de arriba abajo. Perdía el tiempo. Me uní a la conversación. Hablaban sobre antros y bares. Se recomendaban lugares y decían en el antro X ponen buena música. O en el antro Y te puedes drogar en los sanitarios. O en el antro Z no cobran la entrada. Etc. Yo no tenía ni idea. Me mantuve callado un buen rato. Luego Jeremías dijo a mí me gustan las motos. ¿Les gustan las motos? Eso dijo, pero el pobre no tenía idea, yo lo conocía bien y el imbécil jamás había tocado una moto. No digamos conducir una moto. O comprado una moto. Las jebas contestaron nos encantan las motos y mencionaron algunas marcas de motos, y cosas de motos. Jeremías asentía con la cabeza. Yo lo sabía, el cabronazo no entendía un carajo. Yo dije odio las motos. Me parecen el invento más idiota del universo. Hay que ser un macho cabeza hueca para excitarse con eso. Increíblemente las chicas estuvieron de acuerdo. Y Jeremías quedó como un lelo. Bebí el resto de mi cerveza de un trago y me fui a la cocina a por otra cerveza.  

 El resto de la noche pasó sin nada interesante. Homosexuales por aquí, homosexuales por allá y yo me aburría monumentalmente. Lo que no significa que la fiesta fuera mala. Todos lucían a la mar de divertidos. Fue antes del amanecer cuando me topé con Sara. Yo estaba bajo el arco de la puerta principal, bebiendo, fumando y mirando pasar a la gente excitada y drogada hasta no poder más. Era una gran fiesta. Era una gran fiesta si eras homosexual, o drogadicto. Para mí, era la peor de las fiestas. No es gran cosa si tomamos en cuenta que yo odiaba las fiestas. Todas. De todos tipos. No soportaba el bullicio y la estulticia de tanto gilipollas junto. Entonces pasó Sara. La miré venir de dentro de la casa. La miré un segundo y luego desvié la mirada. Se colocó junto a mí, para mi sorpresa, y dijo: eres un mentiroso. Venía bastante ebria. O bastante drogada. O ambas cosas. Sin embargo lucía hermosa con el cabello suelto y un poco desaliñada. ¿Cómo?, dije. Sí dijo, eres un mentiroso. Yo sospechaba la cosa pero me hice el desentendido y le pedí explicaciones. Sobre tu comentario dijo, no te creo nada. Ya dije, eso ya lo sé, ¿qué quieres que haga? Sara me miraba con esos ojos suyos que abrazan al mirar. Tienes el resto de la noche para cumplir tu fantasía. Lo dijo mirándome a los ojos. Así como miran las mujeres que seducen. Y luego añadió y dijo: es cosa tuya. Yo no pienso mover un dedo. Excitado me incliné para besarla. Me rechazó. El resto de la noche, sentenció, y se marchó. 

 Carajo, pensé al verla irse y mover ese maravilloso culo carnoso y blanco como el mármol, con que eso quieres mujer. Me quedé allí en la puerta idiotizado. Terminé con mi birra. Cogí otra del frigo y me lancé a la caza de mi predispuesta presa. No la encontraba por ningún lado. Pregunté a todo mundo por ella y nadie sabía darme respuesta. Nadie la había mirado y nadie sabía dónde coños estaba. Encendí un cigarrillo y recomencé la búsqueda. En la sala. En la cocina. En el baño. En el patio. Fue en el patio donde la miré. Pero no estaba en el patio. La miré por la ventana. La ventana de su habitación. Hasta ese momento no lo había notado. La casa era una casa grande pero de una sola planta y la habitación de Sara, la ventana de la habitación de Sara, daba justo al patio. Me asomé por el interciso de la persiana y allí estaba ella, sentada en la cama, haciendo algo sobre una pequeña mesa de madera.  Corrí a buscar la entrada de la habitación. Dentro de la casa. La entrada no está dentro de la casa, me dijo Jeremías, al que encontré, o el que me encontró, entusiasmado y hecho un loco. Le expliqué la jugada con Sara y me llevó a la puerta de la recamar. En el patio. Junto a la ventana. Mi entusiasmo me cegaba la cabeza. Bueno, le dije a Jeremías, pues aquí voy. 

 Abrí la puerta y entré. Sara levantó la vista de la mesa y me miró. ¿Qué haces?, pregunté al mirarla concentrada en la tarea. Armo un basuco, dijo, ¿quieres? Un basuco, según me explicó, es un cigarrillo de cocaína. Ya dije, sentándome a su lado, en la cama, no gracias. Tú te lo pierdes, dijo encendiendo esa cosa y dando una chupada al cigarrillo. Fumaba placenteramente. Daba bocanadas con los ojos cerrados y echando la cabeza atrás. ¿Seguro que no quieres?, preguntó casi susurrando. La imagen de Sara haciendo esas muecas de placer me excitó bastante. Vale dije, por qué no. Me pegó el cigarrillo a los labios y jalé. La verdad no sentí gran cosa. Expulsé el humo rápido, como con cualquier tabaco y dijo no, así no, así, y me enseñó a retener el humo lo más que se pueda. Di otra chupada, mantuve el humo unos buenos segundos. Entonces lo sentí. El placer relajante de un basuco. Dios dije, ahora entiendo por qué se hacen adictos a esta mierda. Sara rió y fumó de nuevo. El cigarrillo duró algunos minutos. Sara lo fumó hasta el último milímetro. Lo sostenía con las uñas y fumó hasta que no quedó más que una diminuta bacha de él. Lo aplastó sobre la mesa de madera, sacudió el cuerpo y dijo, bueno, supongo que vienes por tu beso. Yo no dije nada. No me dio tiempo de decir algo. Antes que lo pensara ya tenía los labios de Sara, la lengua de Sara, dentro de mi boca. Nos besamos mucho tiempo. Despacio. Y ese beso, el primer beso que Sara me robó, lo llevo tatuado en el alma. El besó más placentero y sabroso que jamás me han dado. Cuando nos separamos Sara comenzó a sonreír. Una sonrisa larga y muda, como la sonrisa del pecado. No lo puedo creer, dijo. ¿Qué no puedes creer?, pregunté. No contestó. Me besó de nuevo. Se separaba durante el beso y reía y decía no lo puedo creer. Vale, pensé, no lo puede creer. Me lancé a besarla deseando que nunca acabara. La habitación estaba oscura y los ojos azules de Sara brillaban con la luz que se filtraba por la ventana. Yo no lo podía creer. Estaba besando a Sara. ¡A Sara! Y la estaba llevando a la cama. Lentamente. Muy lentamente. Terminamos acostados, abrazados y dormidos.

 Me despertó un ruido de gemidos. Y eran gemidos de verdad. Alcé la cabeza para mirar y en la otra cama (la habitación de Sara tenía dos camas) un tío y una tía lo hacían. La tía estaba sobre el tío, montada, desnuda, y yo le miré todas las tetas. Un hermoso par de peras, y ella me miró y sonrió, y luego miré al tío. Dios, el tío era Jeremías. Lo hacía con una de las chicas lesbianas, si es que era lesbiana o bisexual o algo. Ahora tenía mis dudas. Y cuando me miró, y miró que Sara reposaba la cabeza sobre mi pecho, alzó el pulgar y sonriendo dijo: qué buena noche, ¿no compadre? La tía no dejaba de moverse sobre Jeremías y reía a carcajadas. Eso despertó a Sara. Sara los miró en la otra cama y se tapó con las sábanas. Toda ella, y me tapó a mí también, y me dijo: ¿me quieres? ¡Carajo, te amo!, contesté. Comenzó a besarme otra vez y se monto sobre mí. Se levantó, justo como la chica de Jeremías, sobre mí y se quitó la blusa. Casi muro de un infarto. De infarto de placer. ¡Las tetas de la Venus de Milo! Sara tenía las tetas perfectas. Simétricas y hermosas. Y los pezones rosados eran un encanto. Le acaricié las tetas, embelesado, y Sara gemía como si ya se la estuviera metiendo. Jeremías por su parte había cambiado de posición: él sobre ella. Hice mi parte y volteé a Sara para dejarla debajo de mí. La besaba, le lamía el cuello y las tetas y ella me desnudaba. Jeremías le daba duro y me excitaba los gemidos de la lesbiana. Desabotoné el pantalón de Sara, lo saqué junto con las bragas y llegué a la gloria: un precioso coño castaño, dulce y suave. Le hice sexo oral un buen rato. Y luego me saqué los calzones y cuando se la iba  meter me detuvo. No, amor, eso no, dijo, aún no. Me congelé. Calma, dijo y me acostó en la cama. Me besó desde el cuello hasta la polla. Se detuvo en la polla. Sentía su cálida lengua recorrer la circunferencia de mi glande. Después toda mi polla dentro de su boca. No me costó correrme. Me corrí en la garganta de Sara. Subió hasta mi boca y me besó con el licor de mi virilidad escurriéndole por los labios y ambos tragamos el semen de mis pelotas. ¿Me quieres?, preguntó otra vez y otra vez dije amarla y me abrazó y se quedó dormida allí, encima de mí, mientras yo le masajeaba el culo. 

2

Sara era una mujer hermosa. Ella lo sabía, yo lo sabía, y todo mundo lo sabía. Sin embargo nadie se lo había dicho. Nadie se había acercado a ella y le había dicho: Sara, eres una mujer terriblemente bella. Esa es la diferencia entre cualquier pelmazo y yo, que pudiera ligarla. Con Sara ocurrió el fenómeno de la mujer extremadamente bella. Antes de mí ningún otro hombre se había atrevió a ligarla, pues intimidados por su belleza, se sabían incapaces de lograr algo con ella. Antes de mí, Sara hace mucho tiempo que no tenía pareja. “Un amor es tan grande como la soledad que le precede”. La soledad de Sara era tremenda. Vivía con su madre y con Ricardo. Padre murió cuando ella tenía once años y aquello le traumó ensimismándola en su soledad. Sentíase perdida y desamparada en un mundo de hostilidad e hipocresía. Y yo, que era un veinteañero lector de Schopenhauer, tenía mucho que decirle sobre la soledad y el absurdo. Me convertí en su padre. Siendo menor ella le aconsejaba  yo en todo (a ben árbol se arrimó la pobre), y terminó amándome con el alma. Si de alguna mujer puedo decir me ha amado más que nadie, es de Sara. Se entregó a mí con los ojos cerrados. Siempre he dicho que yo nunca me he esforzado por nada. Las mejores cosas de mi vida, y las peores cosas de mi vida, me han sido entregadas en las manazas. Como Sara. La vida me entregó a la mujer más bella que yo he mirado jamás, sin que yo m esforzara por tenerla. “El hombre y sus circunstancias” (José Ortega y Gasset). En el lugar indicado, en el momento indicado. No hay más. Lo mismo pudo ser Sara que cualquier otra. Gracias a Dios, fue Sara y no otra. 



sábado, 16 de abril de 2011

Mi fantasía sexual es darte un beso.



Ricardo Soza, al que apodaban Ricky Martin, no por guapo sino por joto, era un homosexual declarado de Atizapán de Zaragoza. Tenía veintiún años y era más afeminado que una mujer de verdad. Aunque se dice que en México, un país subdesarrollado, aún se discrimina a los gays, Ricardo Soza se lo pasaba en grande. El ochenta por ciento de sus amigos eran invertidos, el diez por ciento travestidos o transegénero y  entre el diez por ciento restante estaba yo, los amigos heterosexuales de Ricky Martin. Lo conocí en la universidad. Era amigo de un amigo y terminó siendo mi cuñado. Tenía una hermana tremenda. Enserio. La tía más guapa (y lo pongo por escrito) con la que yo he salido. Ojo azul, tez blanca, cabello castaño y cuerpo de a diez. Todo el mundo me decía cómo le hiciste para ligarte una mujer así. Y yo siempre respondía “ya ves”, pero la verdad no tenía idea. La cosa sucedió más o menos así: 

 Jeremías, el amigo de Ricardo y amigo mío también llamó y me invitó a una fiesta en Cuernavaca. Dijo que irían unos amigos suyos; lo dijo nervioso y me lo advirtió: irá Ricardo Soza, ya sabes dijo, Ricky Martin. No tuvo que explicarme más. Todos en la universidad sabíamos de la homosexualidad de Soza. Ya dije, no hay problema. Y no lo había, a mí me daba igual si a Soza le gustaba la polla. Dijo que Ricardo corría con los gastos. Lo dijo tratando de convencerme. Vale dije, que sí, que no hay problema. Justificaba su amistad con Ricky Martin. Era un pelmazo. No se atrevería a decir este es Soza, es mi amigo y es homosexual. Me citó en la esquina de Tlalpan y Periférico, sí, donde está el Superama, y llegué unos minutos tarde. Allí estaba Jeremías con el coche aparcado en el parabús, recargado en el coche y esperando. Dentro estaban Ricardo, la hermana de Ricardo y un par de lesbianas obesas. Supe que eran lesbianas cuando las miré besarse por el retrovisor en algún momento del viaje. Contrario al disgusto de las gordas, que aparte de lesbianas eran feministas o algo, ocupé el lugar de copiloto que hasta ese entonces ocupaba Soza. Ellas peleaban que Sara debía ocupar el asiento copiloto por no sé qué razones estúpidas sobre Sara y su vagina, y los derechos de la vagina de Sara; un rollo de género y caballerosidad. Yo abogué que era mejor así; ellas dos podrían ir juntas, Ricardo y su hermana podrían ir juntos, y Jeremías y yo podríamos ir juntos. Era lo más lógico tomando en cuenta que yo no conocía a prácticamente nadie. Sara, la hermosa Sara, dijo estar de acuerdo y no tener problema alguno. Ricardo tampoco tenía problema alguno; ni Jeremías. Las gordas eran las únicas con problemas. Tenían problemas todo el maldito tiempo. Problemas de género, de diversidad sexual, de entorno familiar, de discriminación racial y social, de todo, de todo. ¡Me tenían hasta la madre! Así que me trepé al asiento copiloto y tuvieron que tragarse el coraje.  

 Jeremías puso el coche en marcha. Seguimos derecho por calzada de Tlalpan hasta la autopista México – Cuernavaca. Recliné el asiento hacia atrás a pesar de las quejas y las indirectas de las gordas (que iban justo detrás de mí). En el estéreo sonaba música pop y a los pocos minutos me cansé de eso. Estiré la manaza y cambié de estación. Al 94.5. Transmitían el concierto para violín y piano de Beethoven. Cerré los ojos y eché atrás la cabeza. No pasaron ni cinco minutos para que Jeremías dijera no mames, qué es eso, y cambiara la estación. Sara se quejó. Para mi sorpresa (grata) y para la sorpresa de todos, se quejó, dijo la música que estaba era muy bonita, ¿por qué le cambias? Le pregunté te gusta la clásica y respondió sí, cosa que después confirmé: no tenía ni puta idea. Tú sí sabes, nena, dije. ¡Nena!, exclamó una de las gordas. Eran un par de gordas lesbianas y amargadas. Sara rió y nadie dijo nada más. 
En algún tramo de la autopista la señal radiofónica se esfumó. Ricardo sacó un disco y se lo pasó a Jeremías, quien me lo pasó a mí para que lo metiera en la raja del estéreo. Era un disco de música electrónica. A todos en ese auto les gustaba la música electrónica. Excepto a mí. Yo odio la música electrónica. Metí el disco y pasé de canción en canción en busca de algo que no fuese esa maldita música. Todo el disco eran los mismos ruidos sin sentido. Ya deja una, dijo Ricardo y eso hice. No tenía remedio. 

 Nadie decía nada. Las gordas cuchicheaban entre sí y nadie decía nada. Oye, Sara, nena, rompí el silencio, ¿de qué color son tus ojos? Lucían azules, grises, verdes, según la luz. Azules, ¿por qué? Por nada dije, son muy bonitos. Gracias dijo y las obesas rieron. A ustedes qué les importa, pensé. Se rieron de mi vago intento de seducción, que no era un intento de seducción sino un simple comentario. Tenía bonitos ojos y se lo dije y eso fue todo. Se pensaron que yo era un naco y un macho. ¿Y tienes novio, bonita?, pregunté a Sara. Dijo no, aún no encuentro a mi media naranja. Ya dije, ¿quieres ser mi novia? Lo dije bromeando, por supuesto. Las gordas estallaron en risa. Una de ellas dijo ya quisieras y yo dije pues claro, es una muñeca, y le guiñé el ojo. Sara dijo no gracias (con ese tono de asco que te hacen las tías buenas) y Jeremías dijo: ándale, Sarita, Petrozza es un buen chico. ¿Petrozza?, preguntó sorprendida Sara. Sí dijo Jeremías, este tío se llama Martin Petrozza. ¿De dónde es tu apellido?, preguntó Soza interesado. No sé dije, creo que es un apellido alemán pero puede que yo esté equivocado y no sea alemán. Está padre dijo Sara, ¿cómo es?, ¿Pedrozza? Petrozza, corregí, Pe-tro-zza. Una de las gordas, nunca supe diferenciar a una de la otra, dijo yo tengo un amigo que se apellida Gauloise, se pronuncia Guló y ese sí es un apellido bonito. No sé que se traían las gordas conmigo. Ricardo dijo a mí me gusta más Petrozza, tiene fuerza. Jeremías estuvo de acuerdo, dijo que Gauloise sonaba muy afeminado. Y Sara también prefirió la eufonía de mi apellido. 

 Entramos a la curva de la Pera y una de las lesbianas gritó ¡cuidado con la Pera! Jeremías tomó la curva con precaución y yo dije no sean ridículas, no es para tanto. ¿Perdón?, dijo la voz de la gorda que gritó, o puede que haya sido la voz de la gorda que no gritó, no sé, indignada, ¿no es para tanto?, no sé si lo sepas, pero esta curva es peligrosísima, ha muerto mucha gente en ella. Lo dijo en todo de horrorizada. Todos reímos. No seas exagerada, Mónica, dijo Ricardo y así supe que una de las dos se llamaba Mónica. Mónica dijo no soy exagerada, es cierto, mucha gente ha muerto en esta curva. Y a todo esto dije yo dejando a un lado el tema de la Pera, ¿qué edad tienes Sara? La miraba por el retrovisor. Miraba sus preciosos ojos azules y su sonrisa de comercial. No me pensé que yo tuviese la mínima oportunidad de ligarla. Enserio. Un hombre lo sabe. Sabe cuando tiene una oportunidad o cuando no hay oportunidad alguna. Y según yo, no existía la mínima posibilidad de nada. Eso no se pregunta a una mujer, dijo Jeremías y las gordas, las malditas gordas, estuvieron de acuerdo. Ya sé dije, pero enserio, ¿qué edad tienes? No es que me importara demasiado pero al mismo tiempo, todo sobre Sara me importaba demasiado. Sabía que no tenía la mínima oportunidad pero aún así deseaba saberlo todo de ella. Dieciséis contestó Sara desinhibida, ¿y tú? Veinte, dije. En ese entonces yo tenía veinte años y no conocía a Carolina y nunca debí conocer a Carolina. Pero no nos adelantemos…

Sugerí comprar unas cerezas para el camino. En la próxima gasolinera. ¡Cervezas!, exclamó Jeremías, ¿trajeron las cervezas? Sí, contestó Ricardo, están en la cajuela. ¿Y qué hacen allí?, dije yo. Sara se volteó para quitar la tapa de la parte de atrás del auto y sacar las cervezas. Sacó una bolsa llena de birras y nos pasó una a cada quien. A mí me dieron la de Jeremías. La destapé y la coloqué en el portavasos. La dejaré aquí por si quieres un poco, le dije y asintió con la cabeza. Sí gracias, dijo. 

2

Llegamos al municipio de Jiutepec, a un fraccionamiento cuyo nombre no recuerdo pero es el único fraccionamiento, o el fraccionamiento más conocido o algo. La fiesta era de los amigos de Ricardo así que estaba llena de travestidos y homosexuales. Jeremías, Sara y yo éramos los únicos normales. Nos instalamos en una mesa en el jardín. Ricardo nos presentó con un par de tíos y nos trajeron botellas de Ron, Vodka, Tequila y Whisky. Ricky Martin era influyente. Era el novio del dueño de la casa y nos atendieron como se merece. También trajeron tacos de canasta. Lo primero que hicimos fue comer. Me atiborré tacos. La obesa que no era Mónica susurró que yo era un cerdo. Ella se atiborró de tacos también pero decía que yo era un cerdo porque manchaba los dedos de salsa y tenía en el plato un batidillo y no me importaba. No te has visto en un espejo, susurré para que me escuchara. 

 Terminando de comer se sirvieron un trago. Sara de Vodka, lo noté, y yo un whisky en las rocas. Al poco rato quedé solo. Todos se fueron a bailar esa mierda de música electrónica. Me puse otro whisky en las rocas y caminé en busca de alguna jeba. Entré a la casa. Busqué en la sala, en el comedor, en las habitaciones. Por todos lados. Sólo encontraba grupos de lesbianas, parejas de lesbianas o lesbianas solas. Era la casa de la perdición. Abrías una puerta y encontrabas a algunos haciéndolo o chupándose la pija. En el sofá magreaban un par de tíos peludos. Cosa de locos. ¿Cómo pueden ser marica con tanto vello? En el sanitario, uno de los sanitarios, un cabrón de catorce años o algo se la chupaba a otro entrado en edad. Podría ser tu padre, pensé. Abrí la puerta del sanitario y allí estaban ellos. Vale, lo siento, dije y cerré la puerta. Ni lo notaron. Subí a los dormitorios. Luego de encontrarme con un par de escenas cuatro equis más encontré uno desocupado. Entré y eché en la cama. Era una buena cama. Me puse a pensar en Sara. Era una mujer realmente bella. Enserio. Tenía dieciséis años y era tan hermosa como Scarlett Johansson. Pero no la pensaba a ella como a una jeba cualquiera. Cuando una mujer es tan bonita como Sara nace de mí un deseo de cuidarla. Es como si eso de follar quedara en segundo término. Supongo que es este sentimiento el que las coloca en grado de diosas. Tendrían que verla para entender a lo que me refiero. Era perfecta. Los rasgos de su rostro, de su nariz, de sus labios, todo, los pómulos, dientes, cejas, todo era perfecto, marcado por líneas delgadas como pintadas con un pincel finísimo. La piel era blanca, blanca rosa o algo, como la piel de las supermodelos, sin una sola mancha o imperfección. Los ojos azules eran del azul del cielo. Su cabello sin teñir, castaño y suave y brillante. De comercial. Y su cuerpo bien proporcionado. No un cuerpo exuberante, un cuerpo perfectamente bien proporcionado. Y en ese bikini, ¡Dios! Miré por la ventana de la habitación y Sara ya tenía puesto un bikini tremendo. Más de una lesbiana le echaba una mirada. Bailaba cerca de la alberca con Ricardo y Jeremías. Era una mujer de ensueño. Era una de esas mujeres que miras en la televisión y te preguntas dónde están esas mujeres, dónde viven, dónde crecen, dónde se reproducen, ¡y con quién! Enserio tío, tendrías que verla para creerlo. Y esa mujer, ese encanto de mujer fue mi novia y se enamoró de mí hasta la locura y yo fui tan idiota para perderla. 

 Bajé al jardín y me senté en mitad del césped. Encendí un cigarrillo y me puse a pensar en los juicios sintéticos de Kant. Por ese entonces yo penaba mucho en Kant. Lo descubría recién. No me duró mucho el gusto. A los pocos minutos se acercó Jeremías botella en mano y con él, Sara, y con ella Ricardo y con él las gordas lesbianas. Todos se sentaron junto a mí y sacaron cigarrillos y sirvieron vodka y whisky y lucían a la mar de alegres. Yo lucía preocupado. Al menos eso dijo Jeremías. Dijo: qué tienes, hombre, luces preocupado, ¿no te estás divirtiendo? ¿Crees que el juicio “la casa es azul” sea sintético, que de verdad no se piense en el color de la casa o sus dimensiones como conceptos intrínsecos de una casa?, dije. ¿Cómo?, dijo Jeremías y le pedí que olvidara el asunto. Continuamos bebiendo. Continuaron bebiendo a mi alrededor y hablando de cosas que no entendía; no ponía atención, yo seguía mis discernimientos sobre el juicio sintético a priori. Y en algún momento, no supe exactamente cómo, llegamos a la parte de las fantasías sexuales. Todos se preguntaban entre sí cuál es tu fantasía sexual. No recuerdo las fantasías de ninguno pero conociendo a Jeremías debió decir hacerlo con dos tías o algo así. Era un tío bastante normal. Sin imaginación. La de Ricardo es de adivinarse y de las gordas no me importa en absoluto. Yo estaba atento a la fantasía de Sara. Pero Sara se negó rotundamente a contar algo así. Cuando fue mi turno, cuando Ricardo Soza me preguntó cuál es tu fantasía sexual, lo pensé un segundo, segundo en que todos me miraban a la expectativa, y dije: mi fantasía sexual es darte un beso. Se lo dije a Sara. Lo dije mirándola a los ojos. Ricardo y jeremías rieron y las gordas se horrorizaron. Aquellas malditas ballenas m miraban como el peor de los males. Y Sara, ¿qué hizo Sara? Se levantó y se fue. Indignada. Molesta. Yo no sé por qué, enserio. No era para tanto.

 Jeremías dijo y ahora qué le pasa. Ricardo contestó, déjala se pone sus moños. Y las gordas dijeron que yo me había pasado de listo, que cómo me atrevía si ella tenía dieciséis años y yo veinte. Que yo era un mamarracho. Me levanté de allí y me fui a buscar a Sara. 

 La encontré hablando con un grupo de gente. Sonreía y pasaba una botella de cerveza. No quise acercarme demasiado. Regresé con Jeremías y le dije que todo esto era una estupidez, que no podía ofenderse por algo así, que hasta tuve cuidado y no dije mi fantasía sexual es hacerlo contigo o algo más pesado. Quizá por eso se enojó, dijo Jeremías en burla, porque sólo deseas besarla. Ya dije, quizá. 




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