jueves, 31 de marzo de 2011

El regreso de Carolina.


 ¡El problema contigo es que no tomas nada en serio!, gritó Carolina llegando al clímax de la histeria. Sí, Carolina, aquella mujer que fue mi látigo, que me domó a base de regaños, chantajes y estrategias. La mujer que consideré el amor de mi vida y que al final, como todas, me abandonó. No, no como todas. Su abandono, la forma en que terminó conmigo, fue y será la forma más vil de los acaboses de toda la historia de las historias de amor. O desamor, como se quiera ver. Carolina regresó del Infierno para acabar con mis nervios. Una vez más. Y tenía razón; el problema conmigo es que no tomo nada demasiado enserio. Probablemente tú que lees esto piensas yo tampoco tomo nada enserio, todo me vale madre. Pero, tío, no estoy hablando de valemadrismo. Quiero decir no tomar las cosas enserio. Que no es lo mismo que valerte las cosas. Cuando algo te vale no lo tomas y ya; cuando no tomas las cosas enserio, sí las tomas (que es peor), te involucras, das los primeros pasos en el asunto, y luego, de pronto, un día cualquiera, te das cuenta que no te importa demasiado. O no te importa en absoluto. Y ya es tarde. Estás con los pies en el lodo y hubiese sido mejor no comenzar siquiera. Generalmente eres el último en notarlo. Lo notas cuando te lo grita tu mujer al borde de un ataque. 

 ¡Te estoy hablando de casarnos!, gritaba Carolina, ¡casarnos!, ¡para SIEMPRE!, y no lo estás tomando enserio. O sea que sí, acepto, dije a Carolina pero según ella no hablé enserio. No lo tomé enserio y dije sí, vale, como si nada, como si cualquier cosa. ¿Qué quieres que te diga?, dije, ¿qué no?, ¡pues entonces no!, grité con los nervios de punta. Estábamos en el café La Selva del centro de Tlalpan y la gente nos miraba. Todos nos miraban. Era una escena absurda. Carolina me proponía matrimonio, yo aceptaba, y la muy puta se cabreaba como si yo la hubiese ofendido en algo. Carolina bufó y pegó sobre la mesa. Harta. No entiendes nada, dijo. Y la verdad no entendía un carajo. Hace año y medio o dos o más no miraba a esta mujer. Me dejó. Dijo que yo era una mierda y un pendejo y se largó a hacer su vida de supuestos éxitos lejos de mí, el fracaso encarnado, y ahora, de la nada, regresa a mi vida sin ningún éxito y en cinco minutos me lo propone: casémonos; y le digo que sí, que yo aún la amo (cosa ciertísima), ¡Dios cómo la amé!, y la bruja enloquece porque acepto sin pensarlo dos veces, así como si nada, cuando, carajo, es ella la que así como si nada reaparece y lo suelta como decir vamos al cine o vamos a la feria. 

 Lo discutimos un par de horas. Ella quería casarse, yo quería casarme, pero no nos casaríamos. No así, dijo. Carajo, ¿Entonces cómo?, dije. Cruzó los brazos y enmudeció. Definitivamente yo no entiendo a las mujeres, pensé. Vamos, nena, dije, tranquila, amor, calma esos nervios y mejor cuéntame qué ha sido de ti. Carolina me contactó por teléfono, me cito en La Selva y lo primero que dijo es me quiero casar contigo. No se tomó la molestia de contarme siquiera el motivo que la impulsó a tomar dicha decisión. Lo que sí es que lucía muy decidida. Hasta que acepté. Allí se le fueron las ganas. Ordenó un americano más y me lo contó: apenas un mes ha estuvo a punto de casarse con lo que creyó el hombre de su vida. Todo el tiempo que no estuvo conmigo estuvo con ese hombre. Y planearon casarse en febrero, que fue hace un mes más o menos, pero al final todo salió mal. El muy cabrón se arrepintió. El muy puto se arrepintió, dijo Carolina. Y como febrero es el mes de mi cumpleaños, cosa que ella lleva tatuada en el consciente (y en el inconsciente), se acordó de mí. Así nomás. Y se pensó que sería buena idea casarse conmigo que la amé con el alma y que tengo cojones; así lo dijo ella: tú tienes cojones y sé que no me fallarías, si tú dices sí, es sí hasta el final, hasta que la muerte nos separe. Me sentí halagado, debo confesar, y respondí: pues te estoy diciendo que sí, nena, que sí, que me caso contigo, hasta que la muerte (o cualquier puta) nos separe. Pero no, no, ya me lo pensé mejor y no, dijo, no es lo más conveniente. Coño, mujer, dije, llevas un mes pensándolo, convencida que es lo mejor y en cinco minutos piensas lo contrario, qué son cinco minutos de arrepentimiento contra un mes de certeza. Lo siento dijo, no quise molestarte, es sólo que aquello me afectó, tenía la vida planeada y de pronto... No me sorprende dije y no me sorprendía, Carolina es capaz de planear la vida de un hombre desde las seis de la mañana del día de hoy hasta el último día de su vida. Es una mujer posesiva, histérica, loca, bruja, arpía, y con todo eso yo me hubiera casado con ella sin pensarlo un segundo. Ya dije, dejemos esto, me canso, vayamos a por un trago, yo invito. ¿Tú invitas?, preguntó sorprendida. Vale dije, yo invito la primera ronda, tú te haces cargo de las demás. Sonrió y aceptó el trato. Conservaba su bellísima sonrisa de encanto. 

2

 Fuimos al bar de la calle de al lado. Ordené la primera ronda de whisky en las rocas. Brindamos. Por nuestro amor. Un amor mallugado ya como papel crepé pero un amor. Nuestro amor. Si es que aún quedaba algo de amor entre nosotros. Una vez leí en algún lado, creo que en la obra cuentística completa de Fitzgerald, en algún cuento, que el amor es un quantum; nacemos con un quantum de amor que distribuimos entre padres, hijos, hermanos, amigos y pareja. Se entiende por supuesto que es una gran cantidad de amor la que tenemos para dar. Después de Carolina yo quedé seco, pensaba, con Carolina agoté mi quantum de amor. Durante nuestra relación le entregué todo mi amor. Todo. Y de verdad creí que yo jamás volvería a amar. Con Carolina allí, enfrente de mí, hablando de nuestro amor, yo realmente me sentía seco. Le entregué todo aquella vez e incluso ahora, a su regreso, yo ya no tenía más qué darle. Ella se lo llevó todo. Luego pasaron los años y me enamoré de nuevo. Lo del quantum de amor es una chorrada. Lo que quiero decir es que aquella noche lo supe: mi amor por Carolina expiró. Ya no siento por ella más que el deseo de follarla, pensé. Entristecí. Y como ya no sentía por ella sino las ganas, ¡y qué ganas!, a la tercera ronda le propuse ir a mi casa. Carolina, durante mi ausencia, dejó el trago y ya estaba en el punto exacto. El punto donde lo último que necesitas es un trago más o se acaba la magia y vienen los mareos y viene el vómito. El punto donde está muy bien un poco de sexo. Un buen polvo. Y eso hicimos. Fuimos hasta mi casa que no estaba lejos y tuvimos un buen polvo. Un polvo estupendo. Como todos los polvos con Carolina. Al terminar recapitulé en la mente todo el sexo que Carolina me había dado y recordé que siempre sostuve que el mejor sexo de mi vida fue con esa mujer. Comencé a extrañar su trasero, sus tetas y sus enormes pezones. Como dedos de bebé. Y su maravilloso clítoris. Recién terminamos de hacerlo yo ya extrañaba todo el asunto. Porque lo sabía, Carolina saldría de mi vida a la mañana siguiente. Se iría con el alba como en una canción de amor. O desamor. Su propuesta de matrimonio fue un arranque, un impulso, una estupidez. Estupidez que tuve yo que pagar. Ella lo sabía. No importa cuántas veces dijera yo que sí, acepto, ella ya no deseaba el sueño. Eso era. Un sueño. Mi destino no era esta mujer. Mi destino era joderme. Todo el tiempo ese ha sido mi destino. Joderme. Joderme y joderme cada vez más. La vida, cabrona, justo en el momento en que yo había superado lo de Carolina, me la estampa en la cara, dejándome probar las mieles de placer, una vez más, sólo para arrebatármela al día siguiente. Joderme, ese era mi puto destino. 

 A la mañana siguiente Carolina no se fue. Lo que no significa que se haya quedado. En cuanto a mi destino no cabía la menor duda. Me levanté y encontré el desayuno hecho. No había mucho en mi alacena así que tuvo que salir y comprar todas esas cosas. Recuerdo que eso fue lo que pensé, que tuvo que salir a por las cosas. Huevo, pan, miel, jugo, cereal, leche y todas esas cosas. Porque en mi casa definitivamente no había nada de eso. Un par de cervezas, un cuarto de whisky y siete cigarrillos. Esa era mi despensa. Se esforzó. Carolina se esforzó comprando y preparando el desayuno. Pero Carolina estaba peor que nunca. Siempre fue de carácter fuerte pero ahora estaba hecha una loca completamente. Preparó todo eso para que justo en el momento de llevar el bocado a la boca, explotara y mandara todo a la mierda. Y al instante siguiente, me amara. Estaba rematadamente loca. Tomé asiento a la mesa, donde estaba el desayuno, esplendoroso. Carolina lucía radiante. Con los pezones marcados en la playera (mi playera interior). Con la melena alborotada. Con los píes descalzos. Hermosa. Hizo memoria de algunos recuerdos bellos. Recuerdos de nuestro noviazgo. De cuando reímos aquella vez. O de cuando lloramos y luego reímos. O reímos y luego lloramos. O cuando hicimos el amor en tal o cual lugar. Cosas así. Hablaba a la mar de tranquila. Hasta parecía una mujer cuerda. Por un momento olvidé que estaba loca y me entregué a las ensoñaciones del pretérito. Hice mi parte. Recordé algunas anécdotas más, reí y la miré a los ojos con nostalgia y alegría al mismo tiempo. Si es que eso es posible. Con todos esos recuerdos saliendo de su boca y entrando a mi cerebro, Dios, ¿qué quería hacerme sentir? Sentí lo inevitable: un ardiente deseo de recomenzar con Carolina. Un ardiente deseo de tomarla entre mis brazos y no soltarla, no soltarla jamás. Fundirme con ella y si nuestro destino (porque el de ella también lo era) es jodernos, jodernos juntos. Y se lo dije. Le dije: ¿qué harás? No supo responder. Por primera vez en su vida no tenía un plan. Había planeado toda su vida con el hombre que la dejó plantada ante el altar (no la dejó plantada ante el altar, es un decir) y ahora no tenía ni idea de cómo demonios volver a empezar. No tenía empleo, casa, dinero. Nada. ¿Regresaras con madre?, pregunté ingenuo. Carolina nunca mencionó gran cosa de su madre. Durante nuestra relación fue como si su madre no existiese o como si hace mucho mucho tiempo que no se miraban. Por supuesto no le agradó el comentario. No le agradó escucharlo de mí. Le dolía aceptarlo pero estaba jodida. Le propuse si no casarnos al menos regresar conmigo. No pierdas el tiempo, dije, yo te amo. Carolina explotó en la parte de no pierdas el tiempo. Explotó enserio. Se levantó de la mesa, caminó a la sala y con los brazos alzados y dando vueltas en círculo gritó un sinfín de pavadas. Cosas como tú qué sabes. Tú qué me vas a decir a mí. Primero mírate. Etc. Entonces lo comprendí: Carolina dejó de amarme hace mucho tiempo. No hizo el amor conmigo y no preparó el desayuno por amor. Me tenía por un fracasado. Un ser inferior. Ya sabes, todas esas frases. Tú qué sabes. Ella sabía más que yo, según ella misma. Tú qué me vas a decir. Ningún consejo mío podía ser bueno. Primero mírate. Se pensaba mejor que yo. Y me miré. Y le dije no soy yo al que plantaron el día de la boda. ¡Por algo ha de ser, bruja!, abrí mi bocaza. Metí la pata. Y todavía seguí: ¡eres insoportable!, ¡te crees mejor que todos!, ¡tienes siempre el plan perfecto!, ¡No aceptas tus errores! Estás podrida por dentro, buscas desesperadamente a quien dominar, necesitas dominar. Tienes tantas carencias. ¡Me das lástima, arpía! Sí, yo también exploté. ¿Y saben qué pasó después? Debí suponerlo. Quizá ella lo sabía, quizá lo tenía planeado. Después de explotar, lo hicimos. Follamos como los animales. Allí mismo. En el suelo de la sala. Dejamos el desayuno y nos pusimos a templar.  

 Y luego, el destino, mi destino y el suyo, se la llevó. Entró al cuarto de baño, se arregló, salió y se largó. Dejó el desayuno. No dijo nada. No dijo adiós ni nada.  Yo la miré irse sentado en el sofá. No me pensé que estuviera largándose. Simplemente la miré salir del cuarto de baño, coger su bolso y largarse, pero no me pensé que eso pudiera estar pasado, quiero decir, que en verdad se fuera. Y se fue. Para siempre. Desde aquella vez no la he vuelto a ver. Cada siete u ocho meses la llamo por teléfono. Para ver cómo está. Siempre está todo bien. ¿Cómo estás?, pregunto al auricular. Bien, contesta invariablemente. Todo el mundo contesta siempre invariablemente bien. No importa si no es verdad. A veces me cuenta cosas, muy por encima del asunto. Superficialmente. Encontró un hombre y se casó. No estoy seguro si encontró un hombre, otro, o es el mismo, el exprometido. Esta vez sí que se ha casado. Es muy feliz, dice. Esperan un crío. Han comprado un auto y esperan un crío. Regresó al trabajo pero eso fue antes del crío. Ahora le dieron incapacidad. No le pregunté si el crío es mujer o varón, al caso es lo mismo, dice que es verdaderamente feliz. Tampoco pregunté en qué parte de la ciudad vive. Quizá sea vecina mía y yo no lo sé. No creo. Ella lo hubiera mencionado. O quizá no. Quizá sea mejor así. Ahora ella y yo somos una especie de enemigos. Mejor dicho, yo soy para ella una especie de enemigo. Pone todo  empeño, consciente o inconscientemente, en demostrarme que va a lograr sus sueños. Y sobre todo, que yo no lograré los míos. Pero, vamos, ella tiene ventaja. Sus sueños son los sueños de cualquier pelmazo. Una casa, un coche, un crío, un perro, una pareja y un empleo. Sus sueños son logrados por millones de personas, al infinito, una y otra vez. Ni siquiera es su sueño. Es el sueño de la naturaleza. “El sexo es una trampa de la naturaleza para no extinguirse” (Nietzsche). Cualquier imbécil logra eso. Lo logran todo el tiempo. Basta con coger un empleo; el que sea, todos deshumanizan al grado de hacerte pensar que tu sueño de familia es lo mejor que te puede pasar en la vida. Y lo peor es que termina siendo cierto. Basta con follar a lo pendejo. No hay que ser demasiado inteligente para embarazar a una mujer. Y la pobre de Carolina va por buen camino para llegar a la meta de la mediocridad. Para acabar en la fosa común. Junto a todos esos anónimos. Un empleo de toda la vida (porque te ata el crédito de la casa), una casa de toda la vida (porque el crédito dura toda la puta vida), una mujer de toda la vida (porque te acostumbras a esa mujer). Una vida de toda la vida. Al infinito. Una tras otra vez. El hombre nace, crece, se reproduce y muere. Es lástima que Carolina, la Carolina que alguna vez admiré termine su vida de esa manera. Y entonces lo supe: Carolina se puede ir a la mierda. Se acabó. Tras años de arrastrar la cadena, finalmente, Carolina se puede ir a la mierda. 


martes, 29 de marzo de 2011

Una de vaqueros, ¡ajúa!


No quitaba la vista del paso un segundo, no pestañeaba siquiera; tenía lista la diestra al revólver (que para el caso era el remoto del televisor). Con nervios de acero esperaba. Sí, era Tony Tormenta, el más temido villano de todo el Viejo Oeste, desde la frontera de los Estados Unidos de América hasta las costas del Pacífico. Y no estaba solo. Tony Tormenta vigilaba escondido en el risco (entiéndase por risco el refrigerador en la cocina), y tras la mesa (mesa vicaria de montaña), la pandilla Tormenta asechaba cautelosa. Eran Chico Tormenta, mano derecha de Tony Tormenta y famoso por ser el villano más joven de la banda (en realidad apenas tres años), Tormenta McClaude, el vaquero peor hablado de todos los vaqueros, de todos los marineros y de todos los seres humanos, capaz de pronunciar quince groserías en un enunciado de catorce palabras (un escuincle grosero como su puta madre), y Tuerto Tormenta, que literalmente, donde pone el ojo, pone la bala (tenía un parche en el ojo pues recién se picó con un lápiz). Estaban atentos. Esperaban el momento. Sabían que dentro de poco pasaría por allí el carro que transportaba a la bellísima Rosa Pinciotti (carro hecho con cajas de cartón). La esperaban. Rosa Pinciotti se dirigía a casa de su prometido Perro Petrozza, famoso excomisario del pueblo; famoso por su intolerancia a la injusticia y su crueldad hacia los villanos. Todos los bandidos temían caer en sus manos y a decir verdad, mantuvo la cosa tranquila unos buenos años. Menos robos. Menos asesinatos. Lo único que continuó como siempre fueron las violaciones. Sus castigos eran ejemplares. Es un sádico hijo de puta, decían algunos. Es un ángel, decían otros. Sí, un ángel, pero un ángel del Infierno, apuntaban algunos más. Disfrutaba sacar los ojos a los mirones. Cortar la lengua a los soplones. Matar a los matones. Y… a los violadores… castrar. No conocía la piedad. No tuvo piedad ni de su madre, cuando ésta, acusada de robar un terrón de azúcar fue puesta tras las rejas por el mismo Perro Petrozza. ¡Soy tu madre!, gritó la mujer cuando cerraron la celda. Mi única madre es la justicia, dijo Perro Petrozza y dando media vuelta ordenó echaran la llave de la reja al pozo. Todo el tiempo que duró el reinado de Perro Petrozza se granjeó el aplauso y admiración del pueblo, sobre todo, por la captura, tan anhelada, de Tony Tornado, asaltante de bancos y violador de jovencitas, hermano de Tony Tormenta. Todos fallaron en su captura y Perro Petrozza lo puso tras las rejas. Así que ahora el momento de la venganza para Tony Tormenta estaba cerca. Le arrebataría los más preciado. ¡Ojo por ojo, diente por diente!, gritó para sí Tony Tormenta al momento de saltar en medio del camino. Apuntó al cielo y soltó un par de tiros, estropicio que causó el desconcierto de los caballos (palos de escoba) que jalaban en el carro de Rosa Pinciotti. Rosa Pinciotti pegó un grito al sentir el ajetreo del carro desde dentro. El chofer bajó revolver en mano (el remoto del estéreo) apuntando a su adversario. Ni lo pienses dijo Tony Tormenta y su secuaces se hicieron visibles. Te tenemos rodeado, dijo Tony Tormenta. El chofer levantó las manos. Rosa Pinciotti asomó la cabeza por la ventana y al mirar la situación, y al mirar a Tony Tormenta, soltó un gritito y se desmayó.

2

¡Vamos!, gritó Cachorro Pedraza, discípulo y fiel amigo de Perro Petrozza, ¡vamos, tienen a Rosa Pinciotti! Perro Petrozza estaba tirado en la banca del jardín bebiendo whisky en las rocas y fumando un cigarrillo. ¡Vamos, vamos!, insistía Cachorro Pedraza jalándolo del brazo. Ya, ya, decía Perro Petrozza, nomás me acabo éste y vamos. 

 Petrozza, Martin Petrozza, había venido a mi casa a pesar de mi advertencia sobre la estadía temporal de una pandilla de niños, hijos de los amigos del Sr. Pinciotti, quien daba una fiesta familiar (con familiar quiero decir señores con sus señoras esposa; la única familia que mi padre tiene en México soy yo), a beber unos tragos. Mi reserva de whisky se ha terminado, dijo por el teléfono (su reserva de whisky SIEMPRE estaba terminada) y le dije vale, está bien, pero te advierto que la casa está llena de niños y de visitas. Ya contestó, soy bueno con los críos. Y sin decir nada más se vino para mi casa. Dijo soy bueno con los críos pero cuando la manada de escuincles nos obligó a jugar a los vaqueros no quería mover un dedo. Se aplastó en la banca del jardín  a beber su whisky (que es mi whisky) y su tabaco. ¡Vamos!, le grité, ¡me han capturado, Perro Petrozza, has algo! La pandilla Tormenta me tenía cogida de brazos y piernas y Tuerto Tormenta ya venía a mí con una cuerda que no sé de dónde diablos sacó. ¡Perro Petrozza, Perro Petrozza!, gritaba yo muerta de la risa. Mas que vaqueros parecían un grupo de pequeños cavernícolas. Danzaban a mí alrededor montados en sus caballos (más palos de escoba) y gritaban aaaooo tapando y destapando las bocas intermitentemente, al estilo apache. No diferenciaban entre un vaquero y un piel roja. Petrozza lo miraba todo un poco hastiado. Desde la banca. Desparramado. Distaba mucho de ser el  héroe de la historia. Era un héroe acabado. Y lo dijo el cabrón. Dijo: soy un excomisario, Pinciotti, EXcomisario. Hace mucho estoy retirado. Cachorro Pedraza, un niño de cuatro o cinco años, hijo de la señora Betancourt, insistía en hacer algo. Vale dijo Petrozza ante la angustia de Cachorro, prepara los caballos. Cachorro corrió por un par de palos. Encontró un palo oxidado de golf y nada más. Petrozza bebió de un trago el resto del whisky de su vaso y tiró la colilla del cigarrillo al césped (hijoputa, pensé). Se levantó, cogió el palo e hizo espacio para que Cachorro Pedraza montara atrás. Cabalgaron hasta nosotros. Mejor dicho, Cachorro Pedraza cabalgó hasta nosotros. Petrozza caminó sin hacer el movimiento de trote alusivo a la cabalgata. 

 ¡Alto bandidos!, ¡suelten a mi prometida Rosa Pinciotti!, gritó Perro Petrozza una vez en la escena del crimen. Tony Tormenta le encaró mientras el resto de la pandilla vigilaba a los rehenes, mi chofer; hijo de la señora Covarrubias, al que ataron a mi espalda, y yo. Tony Tormenta, presto, apuntó con el revólver a Perro Petrozza. Te estaba esperando, Perro Petrozza… O debo decir, Rata Petrozza… Perro Petrozza hizo ademán de sacar un arma pero, ¡Dios mío!, el muy imbécil no llevaba una. Apuntó con el dedo. ¡Eso no se vale!, gritó Tormenta McClaude, ¡tienes que tener un arma, la mano no se vale! Petrozza miró su mano y dijo vale, vale, dame un segundo. Giró sobre su propio eje en busca de algún objeto. Cachorro Pedraza, fiel compañero, había corrido ya en busca de algo. Trajo una rama y se la estiró a Petrozza. Era una rama bastante larga para ser pistola. Excelente dijo Petrozza, ¡una metralleta! ¡No, dije yo, no puedes usar una metralleta, estamos en el Viejo Oeste. ¿Una bazooka?, preguntó Petrozza ingenuo. ¡Menos!, dije. Todos lo miraban. Esperaban. Ya sé dijo e intentó romper la rama en dos, para dar una parte a Cachorro, con la rodilla. Era una rama dura. No pudo. Se lastimó. La pandilla Tormenta, impaciente, se lanzó sobre Petrozza. Olvidaron las armas y se lanzaron a la lucha. Treparon por el cuerpo de Petrozza. ¡Auxilio, Pinciotti!, gritaba y luchaba torpemente. Cachorro se unió a la lucha. Era un niño bajito, no lograba gran cosa. Trataba de impedir que demolieran a su mentor. ¡Aaaa!, ¡Auxilio!, ¡Monstruos!, gritaba Perro Petrozza. En poco tiempo acabaron con él. Lo tiraron. Le tenían sujeto de brazos y piernas. Cachorro Pedraza, que era el más inteligente de aquel dúo maravilla, aprovechó la ocasión para desatarnos. Rápido, cogí el par de remotos vicarios de revólveres que yacían en el suelo. El chofer tomó una roca y Cachorro Pedraza la rama que empuñó como espada. Los vaqueros no tenían espadas pero ya no dije nada. El chofer y yo apuntamos contra la pandilla y Cachorro blandía su arma. ¡Basta!, grité, no contaban con la astucia de una bella dama. ¡Entréguense! Los niños voltearon a vernos, asombrados, sin soltar a Perro Petrozza que jadeaba como un cerdo. ¡Han escapado!, gritó chico Tormenta. Tony Tormenta se levantó y comenzó a disparar con el dedo. ¡Pishiú, Pishiú!, onomatopeyaba. Toda la pandilla le siguió. Soltaron a Petrozza pero de todos modos no se movió. Soltaron una ráfaga. No se vale, dije, dijimos que con el dedo no. Todos me ignoraron y tuve que defenderme. Abrí fuego. ¡Pum, pum! ¡Pum pum pum! Y del otro lado: ¡pishiú, pishiú! ¡pishiú pishiú! Me tiré al suelo. Rodé en el suelo. Esquivando las balas y tirando a diestra y siniestra. Tengo que aceptar que fue muy divertido.

 De pronto todos corrimos. Cada quien por su lado. Escondiéndonos donde podíamos. Tras un árbol. Tras la banca. Tras la mesa. Tras un auto. Todos corrimos menos Perro Petrozza que no podía ni con su alma. Cachorro Pedraza corrió conmigo. Tras la fuente. Desde allí lanzábamos tiros; le di un remoto, y Cachorro era muy bueno. Hirió a casi toda la pandilla Tormenta. En las piernas, en los brazos. Pero esos cabrones se recuperaban en un instante. ¡Petrozza!, ¡Corre!, grité al ver que Tony Tormenta se acercaba a él. Cachorro y yo le disparamos errando todos los tiros. Los esquivaban sin moverse un centímetro. Éramos terribles tiradores después de todo. Tony Tormenta estaba cerca. Petrozza se sentó y Tony Tormenta lo encañonó. En la frente. Este es tu fin, Perrito, dijo Tony Tormenta. Anda, cobarde, contestó Petrozza, tira, la vida no vale nada… ¡Nooo!, gritó Cachorro Pedraza corriendo hacia Tony. Le pegó tremendo palazo. Con la rama. Le pegó enserio. Su desesperación por salvar a Petrozza iba enserio. Le pegó en el costado. Tony Tormenta se llevó las manos al costado y chilló. Corrió hasta su madre que estaba en el salón. Chillando. Cachorro Tormenta se había pasado. Y todos los demás corrieron con sus madres también. Cachorro corrió también con la suya. Corría y gritaba: ¡es juego, es juego! 

 Levanté a Petrozza y nos sentamos en la banca. Puse un par de whisky en las rocas y le dije eres el peor vaquero que he mirado jamás. Son unas fieras, se defendió. A pesar de todo Petrozza lucía muy bien. Quiero decir, allí, en la banca, despeinado, acalorado, desfajado, sucio y acabado, lucía lindo. Bebía el whisky despacio. Ya no estoy para estos juegos, dijo. Ay, pobrecito, dije yo sentándome en sus piernas y acariciándole la cabeza. Tranquila, nena, dijo, vas a provocar una erección y luego tú te tendrás que encargar de ella. Me bajé de encima de él. Los niños regresaron. Todos menos Tony Tormenta. Pidieron, suplicaron jugáramos otro juego. Caray exclamó Petrozza, ¿qué estos niños no tienen videjuegos?  Tuerto Tormenta dijo que sí y corrió a por el suyo. Trajo un videojuego portátil. A ver, presta, dijo Petrozza y se lo arrebató. Era un juego de peleas. Mortal Kombat o algo. Ahora entiendo todo dijo Petrozza, de aquí nace su locura. Se lo regresó al niño y todos se pusieron a jugar por turnos. Sentados en el césped. En círculo. A nuestros pies. ¿Podrían jugar en otro lado?, dije harta, Perro Petrozza y Rosa Pinciotti desean algo de intimidad, anden, vayan a otro lado. El videojuego los enbobó. Sin responder palabra corrieron dentro. Así que Rosa Pinciotti desea intimidad con Perro Petrozza, eh, me dijo Petrozza. Caya, patán, era un decir, dije yo. Anda, nena, dame un beso, dijo. ¡No!, dije. Acercó su boca a la mía y me negué. Ya dijo, cómo quieras. Y se levantó a servirse más whisky en las rocas. 

3

¿Sabes, Petrozza?, yo realmente deseaba ese beso. Y la intimidad. Lo deseaba como no te imaginas, cabrón de mierda. Pero eras demasiado hijoputa para merecerlo. Sí, ahora lo confieso. Es una pena que tenga que confesarlo, deberías saberlo, ¡pendejo! Aquella tarde de juego me pareciste el hombre más tierno del mundo. Yo sabía que eso era un ilusión. Todo el tiempo yo estuve enamorada de ti, ¡ogete miserable!, y te quiero, sí, te quiero, ¡patán del Infierno! Pero, maldición, ¿cuándo dejarás de ser un pitofácil? ¿Cuándo dejarás el trago? ¿Cuándo tomarás las cosas enserio? ¿Cuándo tendrás ojos para ver? Te he mirado llegar con el corazón roto decenas de veces. Te enamoras siempre y en cada esquina. De todas. De cualquier puta de bar. ¿Cómo vas a encontrar al amor en una cantina? El amor, Petrozza, ha estado todo este tiempo en tus putas narices. Pero ahora, querido, es demasiado tarde. Ya me cansé del asunto. Así que puedes irte a la mierda con tus ligues baratos de cabaret. Es demasiado tarde, ¡imbécil! ¡Miope! Y no te deseo lo mejor ni lo peor. Te deseo, Petrozza, lo que te mereces. Disculpa la parquedad de mis palabras, no soy buena con los sentimientos. No soy buena pero tú, Diablos, eres un pendejo con los sentimientos. Cuídala, Petrozza (ella sabe a qué me refiero) y no dejes que una vez más te vean la cara. Pero sobre todo, por esta vez, no se la veas tú. Entrégate como sólo tú sabes, sin temor. Hazla lo más feliz que puedas, cabronazo, y por favor, por amor a Dios, no regreses. No regreses lastimado suplicando que tengamos sexo porque te sientes fatal. El sexo, Petrozza, tú y yo lo sabemos perfecto, es algo que está de oferta en todos lados. Pero el amor… el amor es otra cosa. Cuídala. Y que te vaya… como te tenga que ir. 


domingo, 27 de marzo de 2011

Convocatoria Chaquespeare.


Esta historia sucedió en México D.F. poco antes del fin del fin del mundo. O de lo que según una profecía Maya sería, o debería ser, el fin del mundo. Es decir, esta historia sucedió en 2011, poco antes de 2012, año en que el mundo se acabaría según los Mayas, o según alguno que dice que dijeron. Los Mayas se perdieron hace mucho tiempo, desaparecieron, y lo más grande que nos legaron (dejando a una parte la cultura maya, las ruinas maya, los códices maya, etc.) es la terrible angustia de saber que el mundo se va a acabar en unos meses más. Así que demos prisa al asunto: 

 El protagonista de esta historia (que no es una historia fantástica, todo lo contrario; tan ordinaria como el ponerse y quitarse el Sol) se llama Ángel Estrada, mejor conocido en aquella época suya de estudiante cono el Pequeño Chaquespeare. Es bajo, apenas unos metro cincuenta y tantos, tiene diecisiete años y es poeta. Es poeta. Lo que eso signifique a los diecisiete años. Por su puesto es un poeta desconocido (que no es lo mismo que ser un poeta fracasado). Es desconocido hasta por su madre a la que jamás ha enseñado un sólo verso. Se ha acostumbrado al anonimato, cosa terrible para cualquier poeta. No muestra sus poemas a nadie. Se avergüenza de ellos las más de las veces. Escribe, todos en el colegio saben que escribe; le han visto hacerlo en la biblioteca, en el comedor, a la sombra de un árbol, en las canchas de basquetbol, y por ello le apodan el Pequeño Chaquespeare. Se burlan de Ángel porque es tímido. No es bueno en ningún deporte y, contrario a lo que podría esperarse, no es bueno en el colegio. Reprueba todo el tiempo y al paso que va terminará la preparatoria en siete años. Aunque es poeta y se dice que verbo mata carita, Estrada no es bueno con las mujeres. Es pésimo con las mujeres. No bebe, no fuma, no asiste a fiestas porque no le gustan y de todos modos nadie lo invitaría a una. Del baile desconoce lo elemental. Incluso para caminar deja mucho que desear. Ya de por sí bajo, encorva la espalda y tropieza más veces que un anciano miope. Es un bueno para nada dice su madre que no ve en Ángel ninguna cualidad, ningún talento. Lee a Rimbaud con orgullo y respeto. Lee algunos modernistas, y  algunos modernistas mexicanos con admiración y asco al mismo tiempo. Con envidia. Lee a Paz con respeto pero ninguna admiración. Lee a Auden como el poeta de ensueño que jamás rosará si quiera. Lee a César Vallejo. Lee a Calderón de la Barca un poco hastiado. Lee a Enrique Lynch. A Neruda. A Parra. A los chilenos con modesta idolatría. Lee a Borges como a una momia de museo. Lee a Benedetti sin admiración ni respeto. Y lee a Martin Petrozza, que no es poeta ni es precisamente conocido, como ejemplo a seguir y como imagen a seguir. Por su lucha constante, dice, por retratar el sufrimiento del escritor infame. Y sobre todo; y aquí comienza la historia; porque es el único escritor en forma (en forma quiere decir que ha dedicado su vida a escribir y ha publicado en el óbolo de medios impresos para ser considerado un escritor) que se ha dignado leer su trabajo. Y aunque a decir verdad Martin Petrozza es el único escritor en forma al que ha enviado su trabajo (la única persona, el único ser humano al que ha enviado su trabajo), es seguro que sería el único en leer, analizar y sanamente criticar. Todo un honor para Ángel Estrada, el Pequeño Chaquespeare. 

 La poesía en 2011, en México, en el D.F., puede dividirse solamente en dos ramas: verso libre y prosa poética, que no es precisamente poesía, y la única diferencia es el corte de enunciados en la primera, que forman versos, y la unión de enunciados en la segunda, que forman párrafos. Fuera de eso es la misma cosa. Es un año y un lugar pobres en poesía. Hace mucho tiempo que no surge en México, ni en ningún otro lado del mundo, un Baudelaire o un Rilke. Bien, Ángel estrada permanece a la primera división estructural y en cuanto a género él mismo se considera un outsider, que para fines de este relato traduciremos como subversivo, importándonos poco los reclamos. Ángel estrada se considera a sí mismo un poeta subversivo. Y consideraba también que Martin Petrozza es un escritor subversivo. En 2011 no hay mucho donde estar. De algún modo todos los escritores jóvenes y desconocidos son subversivos. Lo que por supuesto, filosóficamente, elimina todas las posibilidades de serlo. Mete a todos los poetas subversivos en una habitación y acabarás con lo subversivo. Son tiempos de vagancia literaria. Cualquiera escribe como Dios le da a entender y todos, todos, nos creemos a la mar de originales en género y estilo. Ángel Estrada no es la excepción. A sus diecisiete años considera necesario, tras tres años de escribir, localizar a otros escritores subversivos, contactarlos y formar una corriente, crear un movimiento. A lo que Martin Petrozza responde, cuando el Estrada finalmente se entrevista con él y se lo propone: molto bene, ¿qué tienes pensado? Aquí acaban todos los planes del Pequeño chaquespeare. Pensó que Petrozza tendría una idea más clara. Lo hacía de antemano líder, portavoz y estrella guía del movimiento que aún no definía siquiera. Pero Petrozza no tiene una idea clara al respecto de nada. Ni siquiera de su vida. Vive al día en todos los aspectos. No conoce al menos el tema de su próximo texto. No importa, digo yo, algo se nos ocurrirá. 

 Cuando Ángel Estrada se entrevistó por primera vez con Martin Petrozza (para ello localizó los datos de Petrozza en Internet), y le comentó la idea del grupo de escritores, fui yo la primera persona a la que llamaron. Llamó Petrozza y me lo contó y el asunto se me antojó interesante en la medida que estos asuntos son interesantes, es decir, que no esperaba nada más que un par de charlas de café y luego, la mayoría de las veces, hasta allí llegan los movimientos literarios subversivos. Me preguntaron qué opinas y yo tampoco tenía una idea clara. ¿Cómo vamos a transgredir los estándares literarios, los cánones, si no hay tales? Hoy día todo mundo es poeta. Basta cortar los enunciados a modo de verso y listo, dije. Ya dijo Petrozza, entonces no cortemos los enunciados en verso. Estructuremos los poemas. Regresemos a la vieja escuela italiana. Hagamos tercetos, hagamos sonetos, hagamos… Estrada lo detuvo. No tenía una idea bien clara de qué quería hacer pero sí, una idea clarísima de qué NO quería hacer. Y una cosa que no quiero hacer, dijo, es regresar al pasado. 

 La segunda persona a la que llamamos fue Garrison, viejo amigo nuestro; de Petrozza y mío, escritor academicista que propuso el Neoromanticismo. Garrison había trabajado ya el Neoromanticismo en un grupo de escritores al que perteneció Petrozza también (ridículamente se hacían llamar Abrapalabra, pero esa, es otra historia) y poseía un texto que pensaba novela situado en Italia, México, España y un país imaginario, país que representa la cuna simbólica del Neoromanticismo. Nos platico de la novela y no prestamos mucha atención. De antemano sabíamos que no regresaríamos al pasado ni con la partícula Neo en el nombre de nuestra corriente. Garrison dio un montón de argumentos pero no logró nada. 

 Rey Hernández, al que contactamos finalmente y que es periodista de nota roja y escritor, abogó a favor de escribir novela policiaca, detectivesca. Otro que ponía la mira al pretérito. Y dijo también, nos dijo, a Petrozza y a mí, a solas, que Ángel Estrada no es un buen poeta, que debemos sacarlo del grupo. Sacarlo del grupo que él inició. Petrozza y yo reímos. No estuvimos de acuerdo. En tal caso te sacamos a ti, dijo Petrozza y Rey enmudeció y no volvió a mencionar nada. 

2

Todos estuvimos de acuerdo. Sobre todo Ángel estuvo de acuerdo: tenemos que reclutar nuevos escritores, con  nuevas ideas y quedarnos con los mejores. Los mejores escritores, según Petrozza, no son los que escriben mejor, sino los que podrían morir si algo los obliga a dejar de escribir. Los escritores con los que debemos quedarnos, dijo, son aquellos que nos superan, almas atormentada por el monstruo que es literatura, anónimos, encerrados en cuevas, escritores con genialidad literaria o sin genialidad pero que entregan el alma. Estos tíos, dijo, no publican, no están en los directorios, no están en Internet. Viven alejados del bullicio de sociedad. Vamos dijo Rey Hernández, si todos esos Macedonios no se encuentran en ningún lado, ¿dónde los buscamos? Sin importar el discurso anterior abrimos convocatoria vía Internet a todos aquellos escritores en lengua hispana

El Pequeño Chaquespeare estaba muerto de miedo al tiempo que estaba emocionado y contento. El miedo poseía del temor a la crítica. Hasta ese momento Petrozza era el único que leía sus poemas. Sí, el juicio de Rey Hernández fue un juicio injustificado. Lo basa en la poco sólida teoría de que un niño de diecisiete años, con el aspecto de Ángel, con la timidez de Ángel, pero sobre todo con la edad de Ángel, no puede escribir algo de valor. Martin jamás mencionó crítica ni comentario al respecto de la poesía de Estrada. No es importante, dijo cuando le pedimos explicaciones al respecto, no importa si es el peor de los poetas, tiene fe, tiene ganas, tiene entusiasmo y anhelos y fuerza, tiene el deseo y  ¡tiene diecisiete años! Crecerá, madurará, y llegará a ser de pésimo a malo o regular o bueno o excelente. No podemos exigir a un tío de su edad que plasme la verdad del universo en unos cuantos versos. No aún. Lo que sí podemos exigir, lo que sí debemos exigir, es que entregue su alma para que quizá un día plasme la puta verdad el universo en un solo verso. Asentimos con la cabeza y nunca más tocamos el tema, nunca más dudamos, juzgamos o prejuzgamos, criticamos ni molestamos directa o indirectamente al Pequeño Chaquespeare. Y la contentura le venía de encontrar personas que comparten su pasión por las letras. Leyó minuciosamente el trabajo de Petrozza, el trabajo de Garrison, Rey y el mío. Guardaba un altar especial para Petrozza, al que consideraba su mentor, su maestro de letras y su maestro de vida. Petrozza le enseñó a no rendirse. Le enseñó a desapegarse de la sociedad. A no intimidarse ante la crítica. La crítica literaria y la crítica personal. A defenderse de las burlas del colegio con la indiferencia. Le enseñó a mandar al carajo a los tíoduros, a los payasos, a las tías superfluas que le menospreciaban, a los profesores de educación física que lo llamaban fracasado (siendo ellos los verdaderos fracasados), a su madre que lo jodía y lo jodía, a Dios, a todo el mundo. Petrozza le enseñó a confiar en sí mismo. Cuando no nos reuníamos a discutir el rumbo de nuestro movimiento literario, Ángel y Petrozza se iban de putas, se metían a bares y centros nudistas y rentaban prostitutas de las afueras del Metro Hidalgo. Petrozza le enseñó el arte de procurarse los placeres elementales del hombre (alimento, bebida y sexo) sin necesidad de mucha plata. 

3

Los días que siguen son de júbilo. Estrada intenta continuar con su vida y su colegio como si nada hubiera ocurrido. Sin embargo eso es imposible. Intenta escribir, excitado, todas las emociones de sus correrías con Petrozza. Petrozza no lo sabe, nadie lo sabe, pero antes de las prostitutas del Metro Hidalgo Ángel era virgen. Nadie lo sabe pero no es difícil de imaginar. Intenta escribir pero no le sale nada. Intenta releer a sus autores favoritos pero las letras se desmoronan ante sus ojos, ante los recuerdos de las sensaciones, los recuerdos de la sensación de su pene entrando en la vagina de una desconocida. Todo esto dotó a Estrada de un aura de tremenda seguridad, que, aunada a los consejos de Petrozza de mandar al coño a todo mundo, endereza la espalda y comienza a hacerse visible a los ojos de las personas para quienes Ángel no existía. Asiduamente comienzan a encontrarlo en todas partes, y lo que es peor para ellos, comienzan a mirarlo con curiosidad e interés. Ahora el Pequeño Chaquespeare fuma, bebe y folla. Le han visto fumar a las afueras del colegio. Le han visto llegar con resaca. Y le han visto el brillo ocular, la sonrisa y el esplendor de aquel que acaba de hacer el amor. Las chicas lo miran, ahora lo miran como a un enigmático ser por el que mueren por descifrar el misterio. Y parte de descifrar el misterio (y el porqué de esto es otro misterio) incluye acostarse con él. 

 Al poco tiempo Ángel Estrada se acostumbra a su nueva vida. Fuma todo el tiempo. Compra cajetillas de cigarros  y cada que Petrozza le pide uno, que es cada veinte minutos o menos, coge uno él también. Y cada que Petrozza da un trago a su licorera llena de whisky, que es cada quince minutos o menos, Ángel, ese Pequeño Chaquespeare que hace un par de meses no sabía ni qué es whisky en las rocas, pide, apurado y nervioso, un traguito, tío (porque ahora dice tío y coño y joder y follar todo el tiempo), no seas hijoputa, que me seco. Y Petrozza le corre un trago, jamás le ha negado un trago, porque es un borracho sí, pero un borracho que comparte a los amigos. Estrada aprende rápido, en menos de cuatro semanas de recorrer el bajo mundo tiene ya su puta favorita, Susana, que es un niña de dieciocho años con un culo tremendo, aunque a Estrada lo que más le gusta no es el culo sino la edad, la complicidad y la cercanía que experimenta al penetrarla. Cualquiera otra puta podría ser su madre, pero Susana podría ser su hermana y eso, de algún modo, le prende más. Ángel se ha enamorado de Susana. No lo ha dicho a nadie, ni a Petrozza, pero lo sabemos. Sabemos la mayor parte de sus sentimientos y pensares porque es como una semilla que crece o como una tortuga que recorre el camino al mar, camino que alguna vez Petrozza y nosotros ya recorrimos, a modos distintos pero el mismo camino al fin y al cabo, el camino que recorre todo mundo, toda la humanidad, porque somos tan iguales todos, y todos nos hemos enamorado a los diecisiete años, y muchos lo han hecho de una prostituta, dice Petrozza, todo al menos una vez en la vida nos enamoramos de una prostituta. ¿Al menos una vez en la vida?, pregunta Garrison horrorizado. A mí me pasa todo el tiempo responde Petrozza, me enamoro de toda mujer a la que follo. E incluso de las que no logro follar. Me enamoro todo el tiempo, en cada esquina. 

4

De la convocatoria llegó poco material. Contactamos algunos escritores pero ninguno verdaderamente entregado a la literatura. "Un poeta lo puede soportar todo. Lo que equivale a decir que un hombre lo puede soportar todo. Pero no es verdad. Un poeta, en cambio, lo puede soportar todo. Con esta convicción crecimos. El primer enunciado es cierto, pero conduce a la ruina, a la locura, a la muerte." (Roberto Bolaño). Y ninguno de los escritores que contactamos puede soportarlo todo. Pueden  y están dispuestos a escribir cuentos y novelas y poemas desde la comodidad de sociedad, pero ninguno, ni uno sólo de ellos está dispuesto a escribir cuentos, novelas o poemas desde la locura. Escribir poesía desde la poesía, escribir novelas desde la novela de su vida, cuentos desde la muerte. Todos desean salir del anonimato pero ninguno desea pagar el precio. 

 Aquí termina el texto pero no termina la historia. Si estás leyendo esto y eres o quieres ser escritor, y estás dispuesto a luchar por ello, bienvenido. Sí, esto que lees ahora es una convocatoria, y es un texto, y estás invitado a formar parte del subversivo movimiento literario del Pequeño Chaquespeare. 




martes, 22 de marzo de 2011

El prototipo perfecto, del lector imperfecto.


Laura era una mujer bella a su manera. Estoy seguro que enfundada en un vestido elegante pasaría por la más bella de las mujeres de la alta sociedad. Sin embargo yo no entendía dos cosas. Primera, cómo es que andaba por la vida tan descuidada. No se maquillaba, usaba sandalias o jeans o pantalones de pana, blusas que parecían el recorte errado de un gran trozo de trapo. Y segunda, por qué demonios era novia del pendejo de Petrozza

Aparqué el Audi en la entrada de la casa, bajé y llamé a la puerta. Me recibió la señora de servicio, anunció mi llegada, y salió a recibirme Verónica Pinciotti. Hola, Rubén, bienvenido, dijo y me hizo pasar. Conozco a Verónica seis meses ha. Le conté de mi amor a la literatura y decidió presentarme a sus mejores amigos, que eran un grupo de escritores o algo así. Los presentó a todos. Estaba Garrison, Rey Hernández, Martin Petrozza y Laura, la novia de Martin, que no era escritora pero gustaba de leer los textos de Petrozza. Tomé asiento y Petrozza preguntó antes de que mi trasero llegara al sofá: ¿con agua o en las rocas? No entendí nada y lo dije. Entonces Verónica me explicó que si quería un whisky con agua o un whisky en las rocas. No acostumbro beber, cosa que preferí callar y acepté el whisky en las rocas. Verónica propuso un brindis y tuve que hacerlo. Beber esa cosa, quiero decir, y el whisky me quemó la garganta y casi lo regreso todo. Gracias a Dios pude contenerme sin que nadie sospechara. Coloqué el vaso en la mesa de centro decidido a no tocarlo nunca más. 

 Rey Hernández comenzó con las preguntas. ¿De dónde conoces a Verónica?, preguntó desconfiado. Lo noté de inmediato, eran un grupo hermético de amigos que celaban las amistades fuera del grupo. La conozco de la empresa de su padre, respondí. Yo recién ingresé a laborar allí. Soy Administrador de empresas. Vivo en Polanco, en la calle de Ibsen,  y tengo veinticinco años, agregué respondiendo a las nuevas preguntas de Rey. Acto seguido regresé las preguntas a todos ellos. Garrison era estudiante de Letras Modernas Italianas, Rey Hernández estudiaba Periodismo, Petrozza era escritor desconocido y Laura, la bella Laura, era una fanática de Petrozza y no podía decirse más. Había dejado la escuela antes de terminar la prepa y aunque le gustaría estudiar teatro, no había tomado la decisión. ¿A ti te gusta leer?, preguntó Garrison. Contesté que sí e inmediatamente Rey Hernández preguntó qué te gusta leer y yo enlisté a mis autores favoritos: Cuauhtémoc Sánchez, Paulo Coelho, García Márquez, Carlos fuentes, Vargas Llosa… No había terminado aún cuando Petrozza lo hizo. Lanzó el comentario como mordida de lobo. Riendo, lanzando humo de tabaco por la nariz y petulante, dijo: eres el prototipo perfecto, del lector imperfecto. Y todos estallaron en una sonora carcajada. Laura se lanzó a Petrozza y lo besó. Premiándolo por humillar al prójimo. El comentario me hirió sinceramente. Hasta ese entonces yo estaba orgulloso de mi hábito de lectura y de la calidad de mis lecturas. Podía leer doscientas páginas en un par de días y poseía una nada modesta biblioteca personal. Enrojecí. Debo aceptar que en ese momento, con la mirada de todos encima de mí, pero sobre todo, con la mirada de Laura encima de mí, enrojecí. Tomé el vaso de whisky y di un trago rápido. Acto seguido pregunté, pues qué leen ustedes. Lo hice dejando escapar toda la inseguridad en mis palabras. Entre todos mencionaron un montón de nombres que yo ni siquiera había escuchado mencionar. Hay cosas que debes leer, y cosas que NO DEBES leer, dijo Petrozza y se ganó otro beso de la bella Laura. Allí terminó toda la conversación. Se negaron a continuar conmigo. El resto de la noche lo pasaron platicando entre sí. Me dejaron fuera. Como si no valiera la pena perder el tiempo conmigo. Incluso Verónica me dejó fuera. 

 Hablaron de anécdotas personales, encuentros, citas, sexo. En todas ellas aludían a Petrozza y a sus aventuras con mujeres desconocidas que sacaba de algún bar o de la calle o de fiestas o de donde sea. De sus borracheras monumentales (lo cual no era difícil imaginar; bebía a grandes tragos y llenaba el vaso dos o tres veces por cada una de todos los demás), de sus desventuras en la ciudad, etc. Todos reían acalorados, brindaban por las victorias sexuales de Petrozza, y yo me preguntaba cómo demonios, o por qué demonios, Laura salía con él. Martin no censuraba la lengua, hablaba desinhibidamente sobre cómo folló a tal o cual chica. Incluso contó abiertamente sobre su acostón con una mujer tremenda, así lo dijo: una mujer tremenda, el sábado pasado. Laura reía con él y no mostraba el menor atisbo de celos o reclamos. Garrison y Rey reían también y paradójicamente Verónica era la única que sonreía tímida, como si no lo disfrutara. Me convertí en espectador del cuadro. La situación incómoda en que me sumergieron dejó de ser incómoda y se tornó interesante. Yo no dejaba de mirara a Laura. Debo confesar que las mujeres hippies no son mi tipo, pero Laura era de tez rosada, rubia y ojos azules. Era una mujer de encanto. De no ser por su poco arreglo personal, bien hubiese sido una Scarlett Johansson. Así que aproveché el momento que todos, borrachos, se levantaron y esparcieron por toda la sala para acércame a Verónica y preguntar por los detalles de la relación entre Laura y Petrozza. Llevan tres meses de noviazgo, me explicó, y aunque así lo parece, no llevan una relación abierta. Petrozza se acuesta con Laura y con cualquier mujer que se lo permita, pero a su vez, Laura no se acuesta con nadie que no sea él. Qué injusto, dije. Sí, dijo Verónica, ¡qué injusto! Pero Verónica no aludía a la misma injusticia que yo; su injusticia estaba llena de celos. Cosa que me sorprendió sobremanera. Ella, Verónica, celosa de un imbécil como Martin Petrozza, ¡no lo podía creer! Comencé a odiar a Petrozza enserio. Era un ebrio de cantina barata, un vividor y un patán, y salía con la versión hippie de la Scarlett Johansson del DF, y por si fuera poco, encendía los celos de Verónica Pinciotti, que era una especie de Catherine Z Jones mexicana. No pudiendo más con la incógnita, me acerqué a Laura que estaba echada, literalmente echada en el sofá; Petrozza platicaba con Garrison en la esquina de la habitación, y Verónica, al dejarme, se acercó a Rey y lo llevó aparte. 

Laura era una mujer sociable. Sin necesidad de preámbulos me platicó de su amor al teatro. Le encantaría estudiar teatro y  si no lo había hecho ya era porque no tenía dinero para pagar un buen colegio. Y tu novio, dije, ¿no te ayuda? Qué va dijo riendo, Petrozza no tiene ni dónde caerse muerto. Yo soy la que las más de las veces corre con los gastos. Sentí unas ganas de... al cabrón de Martin Petrozza, al tiempo que una extraña admiración. Mi educación, mis principios. Yo jamás... Laura no merecía aquello. Jamás en la vida podría yo tratar a una mujer así. Jamás podría yo. No podría. Primero los principios y luego... NO PODRÍA. Con todo el dolor de mi orgullo personal tuve que aceptarlo: ninguna mujer me amaría al grado de soportarlo. De allí nacía la equívoca admiración.

 Petrozza llamó a Laura y ella corrió dócil a sus brazos. Quedé solo. No tenía nada más que hacer allí. Me despedí de Verónica Pinciotti y el resto de los presentes. De Petrozza no. Me fui sin despedirme de Petrozza. Me despedí de Verónica, de Rey, de Garrison... y al final me despedí de Laura. Aparte. Me pegó un beso en la mejilla y enrojecí. Ella rió sin aludir a nada. Y como ya había demostrado la pena y no tenía nada que perder, pregunté si nos volveríamos a ver. A solas. La invité a salir. Como amigos, añadí antes de dejarla responder. Laura lo pensó un par de segundos y finalmente aceptó. Me apuntó el número de su teléfono móvil en el brazo, con una pluma fluorescente que sacó de un pequeñísimo bolso floreado. 

2

Crecí en una familia disfuncional. Padre nos abandonó cuando yo cumplía los siete años y no le he vuelto a ver. Me entero por conducto de Madre, con quien vivo en un pequeño apartamento en la delegación Tlalpan, que continúa siendo el mismo borracho de mierda que siempre fue. Tras separarse de Madre ha tenido cuatro intentos, todos fallidos, de matrimonio. Todas las mujeres le abandonan por el mismo motivo: alcoholismo. Todas y todos (su familia, etc.) le han abandonado excepto Madre, la mujer que el desagradecido abandonó, y la única de todas, las más pendeja de todas, que sigue enviando dinero cuando llama desesperado, al borde del llanto (o llorando a moco tendido), porque necesita dinero para un trago. O moriré, se atreve a decir el hijo de puta. Así lo conoció Madre y ese fue el pretexto eterno de aquel cabrón. Así me conociste, mujer, gritaba a Madre todas las noches que ella, apenada, pedía explicaciones sobre su manera de beber. O cuando le sugería parar un poco el vicio. Siempre quiso hacer de él un hombre decente. Los tres años de noviazgo, antes de mi llegada a este mundo se empeñó vehementemente en cambiarlo. No lo logró. Se casaron cinco meses después debido al embarazo. Cuando Madre lo dijo a Padre, éste, contentísimo, fue el primero en proponer la boda. Madre se pensó que al fin Dios se apiadó y que el bebé, un ángel enviado del Cielo, lograría calmar la sed incesable de Padre. No fue así. Siete años. ¡Siete malditos años de infierno durante los que Madre no perdió nunca la esperanza de hacerlo entender! Padre nos abandonó y a la fecha Madre guarda la ilusión, muy en el fondo de su corazón, de que algún día regrese cambiado y rehabilitado.  

 Conocí a Martin Petrozza en el Café la Selva del Centro de Tlalpan. Yo bebía café y leía Moliere cuando de la nada se acercó a mí, se sentó a mi mesa y no sé exactamente cómo, entró a mi vida. Salimos un par de semanas, semanas que bastaron para saberlo: este hombre es el Diablo. Al tiempo que me seduce no esconde su verdadera naturaleza: hijoputa. Pero era un cabrón con ángel. La mayor parte del tiempo me hacía enfurecer. Salía con otras mujeres, yo lo sabía, y mi presencia no evitaba que se pusiera a ligar a cuanto culo pasara. Meseras, señoras delante de nosotros en la fila de equis lugar, vendedoras de perfumes, recepcionistas, vecinas, hijas y madres por igual. Aunque al final, como él mismo decía: es puro juego, nena, no me acostaría con las madres de las hijas. Me dejaba plantada. No contestaba las llamadas y jamás, por ningún motivo, él llamaba. La mayor parte del tiempo yo sufría. A todo esto había una parte buena, claro; un motivo para soportar aquello. El mínimo detalle para seguir con él. Y es que era noble. En el fondo(?). Podía verlo en sus ojos, en su sonrisa, en sus maneras. No era un hijo de puta nato, sino el monstruo que una sociedad de hijoputas había creado. Hacerse el duro es una forma de sobrevivir, decía, y era cierto. 

 Fue al segundo mes de relación cuando caí en la cuenta del asunto: Martin Petrozza era la viva imagen de mi padre. El subconsciente me estaba jugando una broma y yo, redondita, caí en ella. Estaba forjando un destino idéntico al de Madre. A priori podía saber que jamás, JAMÁS, cambiaría. Se moriría siendo el borracho hijoputa que es ahora. Eso pensaba. Pero también pensaba: sí su verdadera naturaleza es la bondad, y su maldad es adquirida, existe la posibilidad...  Continué saliendo con él aunque tomaba mis precauciones. Salía con él porque me gustaba estar con él pero ya no buscaba cambiarlo a toda costa. Me resignaba y me deslindaba de la responsabilidad de hacerlo. No me quedaría en esa relación más del tiempo necesario para encontrar otro noviazgo. Deseaba evitarme la parte de soledad, donde se sufre y se extraña. Con Martin me comportaba linda y comprensiva. No le celaba sus aventuras con mujeres ni sus borracheras y le permitía hacer lo que la gana le diera, pensando en todo momento, que posiblemente este sería el último día que lo mirara. Así todos los días. Buscaba una salida. No podía hacerlo por mí misma, era demasiado débil para ello; necesitaba el lazo salvavidas de algún tercero. Un tercero que fuese todo lo contrario a Petrozza sería estupendo. No quiero decir que engañaba a Martin o que me buscaba desesperada algún hombre más. Simplemente dejé la puerta abierta.  

3

Nos citamos en Miguel Ángel de Quevedo a las dos de la tarde. Llegué a la una y aproveché para echar un vistazo a la librería. Recorrí los estantes sin buscar nada particular. Paré en un libro de Cuauhtémoc Sánchez, La fuerza de Schecid, que faltaba a mi colección Sánchez. Lo puse bajo el brazo y continué. Entonces me llegó de golpe. El comentario de Petrozza. ¿En qué podía compararse la pseudofilosofía de Sánchez con las titánicas ideas de Wittgenstein? Libré una lucha interna ante la situación. Era complicado. No deseaba llegar a Laura con algo como La fuerza de Schecid, y al tiempo, no hacerlo implicaba reconocer (cosa que no haría por orgullo personal) que los comentarios de Petrozza y sus amigos influyeron en mí. La decisión me costó un gran esfuerzo. Cogí a Sánchez y corrí a la caja. Tenía que pagarlo antes del arrepentimiento. Lo aventaría al portaequipaje y no lo sacaría de allí hasta llegar a casa. Laura no se enteraría jamás. 

 Salí de la librería y me topé con ella. La vida no me dio oportunidad de llegar al auto. Saliendo, justo saliendo de la librería Laura chocó conmigo. ¿Qué haces aquí?, pregunté asombrado. La pregunta fue estúpida, lo sé, y Laura dijo no te preocupes, tranquilo, no hay preguntas estúpidas… sólo estúpidos que preguntan, terminé la frase. Ambos reímos a mandíbula suelta. Caminamos, la encaminé hacia el lugar donde había aparcado el Audi y luego de algunos pasos sucedió lo inevitable: ¡qué traes ahí!, preguntó Laura curiosa por saber qué escondía bajo el brazo. Un libro dije rápido sin dar importancia. ¿Qué libro?, preguntó  y yo no sabía qué decir. Era inevitable. Laura lo sabría, soy el prototipo perfecto del lector imperfecto, ya lo sabía; quizá deseaba comprobarlo una vez más. ¿A ver?, insistió ante mi mutismo. Se lo estiré contra toda mi voluntad. Laura lo cogió, sacó de la bolsa el libro, lo miró y luego, sin decir absolutamente nada, lo regresó a la bolsa y me lo regresó a mí. No dijo nada. Yo tampoco dije nada. Llegamos al auto. 

4

 La oportunidad llegó al tercer mes. En casa de Verónica, la amiga rica de Petrozza. Aquella noche Verónica se tomó el atrevimiento de invitar a un extraño. Para ese grupo de amigos cualquiera era un extraño. Incluso yo misma me sentía una extraña. No eran precisamente hostiles pero tampoco eran precisamente acogedores. Mantenían una delgada línea entre ellos y tú. No importa lo amable que fuese Verónica, no importa lo mucho que te dijera buenas tardes, cómo estás, pasa, no te preocupes o se interesara por ti. No importa. Algo te dejaba ver que jamás llegarías a ser parte de su mundo. Y te dabas cuenta: no le importas un carajo, su amabilidad es compromiso. Y aquella noche llegó un extraño, un chico ajeno al grupo: Rubén. Era bien parecido, educado y con un futuro prometedor. Justo el tipo de hombre que puedes imaginar muerto de ganas por salir con Verónica. Estudió Administración de empresas en el Tecnológico de Monterrey y recién ingresó a trabajar para una de las empresas del padre de Verónica. No bebía frecuentemente, no fumaba y no estaba loco. El polo opuesto de Martin Petrozza. Deseaba ser alguien productivo en la sociedad, comprar una casa, un perro, una mujer para toda la vida, hijos, etc. Todo esto me lo contó en un café de Miguel Ángel de Quevedo. Hasta ese entonces yo jamás salí con nadie que no fuese Petrozza, mi novio oficial (?). Me pregunto si yo era la oficial, o la de cajón o la peor es nada o la qué de Martin. Rubén me invitó a salir y acepté gustosa. Mis intenciones no eran ningunas en particular. Saldría con Rubén y dejaría el resto a él o al destino. No me preocuparía por nada; por si Verónica se entera y se entera Martin o por si a Martin le importa. Aunque esto último era tan o poco probable que daban ganas de estampárselo en la cara a ver si así… Pero siendo sincera no creo aquello cambiara algo. 

5

La primera cita fue un éxito. Reímos. Para mí es importante reír, dijiste y nosotros reímos todo el tiempo. Laura se mostró como una mujer sencilla, amable, divertida, sincera. Comimos en un lugar llamado City Café, que era un café y un restaurante. El logotipo del lugar era una manzana. Te dije que lo notaras y hablé de la manzana en la historia. Comenzando por la Biblia. Asentías con la cabeza sin seguir la conversación. No te interesaba en absoluto. Y reímos. Dejé las manzanas y te tomé la mano. ¿Recuerdas? Fue la primera vez que te tomé la mano. Puse mi mano sobre la tuya y la dejaste allí, sonriendo, mientras yo te acariciaba el dorso. Y tomé tu mano muchas veces más. Sí, la primera cita fue un éxito. Pasamos de las manzanas al teatro, tu pasión. Me contaste lo mucho que te gustaría hacer teatro. Actuar, escribir, dirigir. ¡Hacer teatro!, decías. Hablamos de Pintura, de Cine, de Arquitectura. En todo tú parecías saber más. Siempre tenías la última palabra. Y eso me gustó. No eras una niña idiota llena de telenovelas. Eras una mujer de verdad. Con una personalidad definida, un criterio y mucha razón. Comimos crema de calabaza, pollo y ensalada. Y hablamos de tu cariño por los animales. Me contaste de Camilo, tu gato y de Andrea, tu canario. Como Silvestre y Piolín dije yo y reímos. ¿Por qué sales con Petrozza?, pregunté y tardaste en contestar. No lo sé dijiste y te supe triste. ¿Cómo ibas a saberlo? Yo mismo no sabía porqué salía contigo. Debí saberlo: tú no eras para mí. Con tus ideas subversivas. Con tus faldas de colores, tus sandalias, tu adicción a la hierba. Fue hasta la segunda cita que descubrí tu adicción a la hierba. Fuimos a C.U., a la Facultad de Filosofía y letras, a Teatro. A entrevistarnos con un profesor de Teatro que un amigo tuyo te recomendó.   No lo encontramos y dijiste necesitar un toque. No nos costó encontrar quién nos corriera un toque. Cincuenta pesos de marihuana. De la buena, dijo el vendedor, Golden Acapulco, de la buena. Nos internamos en el bosque y liaste un cigarrillo de esa cosa. De tu bolso sacaste papel para ello y lo liaste. Tenías todo menos lo más importante. Tenías sábanas, encendedor, un manzana, por si se acababan las sábanas, tenías pastillas de menta y perfume para el olor. Tenías todo menos la marihuana. Te lo dije. Y reímos. Allí, colocada de hierba confesaste odiar a Petrozza. Es un hijo de puta de mierda, dijiste y llorando me abrazaste, me besaste y prometí que yo jamás...


 Continuamos saliendo. Continuaste clavando la espina en mi pecho. Diciendo que lo tuyo con Petrozza era una estupidez. Lo decías cada que la nostalgia te llegaba y jurabas que eso acabaría. Jurabas que acabaría pero nunca decías cuándo. Decidí ser paciente. Salimos a museos, bares, al teatro, vimos Hamlet en el teatro, y yo me aburrí bastante y la verdad es que tú también. Amabas el teatro pero te aburriste al grado de bostezar más de una vez. 

Yo lo sabía. Te escuché. No dije nada pero te escuché. Fingías ir al sanitario. Llamabas a Petrozza. Le decías que estabas conmigo. Le contabas todo lo que hacíamos, incluso que nos besamos. Era tu manera de suplicar cariño. Al final siempre cortabas la llamada. Enfadada por su desinterés. Y regresabas conmigo. Con tu máscara de felicidad y de alegría. Me besabas y decías quererme. No sé cómo ni por qué, decías, pero te quiero. Decías quererme cuando un segundo antes te confesabas con Petrozza. Sí, le gritabas estoy saliendo con Rubén, y es cosa que a ti no te importa. Pero yo lo sabía. Después de quererme a mí volabas a sus brazos y le hacías el amor y le rogabas perdón, un perdón absurdo pues él jamás te reclamó nada, y asombrada por ello regresas conmigo, para castigar lo que no tiene castigo.

 No me sorprendió cuando yo mismo se lo dije a Petrozza. Lo cité en el centro de Tlalpan, tengo que hablar contigo, le dije, sobre Laura, y con todo el pesar del mundo aceptó ir únicamente si yo prometía pagar la cuenta. Imbécil, pensé, sólo le importa el trago y su literatura. Está perdiendo a una bella mujer y sólo le importa sacar el trago y su literatura. Su maldita literatura. Todo el tiempo no paró de hablar de su maldita literatura. Yo le escuchaba esperando el momento de soltarlo. De decirle, tío (justo como él me decía a mí todo el tiempo), salgo con tu mujer y la he follado. Para que se le cayera la cara de mamón y se supiera menos vulnerable. Para que viera que no a todas las mujeres es irresistible. Ardía por lanzarle ese comentario. Ojo por ojo, diente por diente. No pude. No porque todo eso era mentira. No miraba a Laura como un objeto que arrebaté a Petrozza. No la follé. No, Laura, no. Aquella tarde en mi apartamento yo hice el amor. Así que lo que hice fue decir a Petrozza con todo el tacto posible, titubeando y sudando, que Laura es una mujer bellísima, encantadora, alegre y que estos  últimos días… no sé cómo decirlo… hemos salido juntos y… No. No iba a decir que lo hicimos en mi apartamento. Eso te dejaría como a una cualquiera, Laura, y tú no eras una cualquiera. No aún. ¿Sabes que me contestó? ¿No lo imaginas? Sí, me dijo: vale tío, muy bien, pero si piensas follarla debes saber que no le gusta por detrás. Cogió el medio cigarrillo que tenía en el cenicero, dio una fumada y continuó hablando de sí, de sí de sí mismo. Y tú sabes lo que pasó después. Corrí a ti y te dije lo que pasó, y lo poco que le importas a aquel cabrón y te pusiste a llorar. No sé por qué lo hiciste. Ahora sé que no amabas a Petrozza. Lloraste y me pediste no volver a verte. Corriste. Te detuve del brazo y te dije no llores, yo te quiero. Lo pensaste dos segundos y dijiste lo siento, esto no puede ser. Y yo no supe qué no puede ser, si no puede ser lo nuestro, o no puede ser que Petrozza no te quiera. Te marchaste. Para siempre. 

6

Hasta aquí, Laura, ¿qué puedo yo decirte?, ¿qué puedo yo contarte? Conoces la historia mejor que yo. Excepto el final, querida, pues  saliste corriendo, huyendo. Helo aquí: 

 Me entrevisté nuevamente con Petrozza. Le conté con lujo de detalle lo sucedido. Esta vez confesé haberte follado en mi apartamento. Le conté que desapareciste y creyendo que continuabas con él, le pedí una oportunidad para hablar contigo, la última dije y si no me quiere me quitaré del camino. ¿Sabes qué me contestó? Yo tampoco sé nada de ella, dijo. Lo dijo con la melancolía del hombre que sabe ha perdido a una mujer. Y el muy mamarracho, sí, ese cabronazo, fue él quien me instó a buscarte. Me animó a localizarte heroicamente. Me convenció de jugar al detective. Rondamos tu casa día y noche, Laura, discúlpame si te ofende; éramos dos locos detrás de una loca. Y lo supimos: Alejandro. Te miramos en el parque, en la plaza, en el restaurante. Te miramos feliz, bella, radiante. Te miramos, Laura; lo sabemos, nos dejaste por otro. Uno más. Dime, Laura, ¿no es Alejandro ocho años mayor que tú, o diez o quince? ¿No es el tendero del mercado, el borracho conocido por el barrio como el adicto al juego más patán de todos los tiempos? Ay Laurita, de mal en peor. Ya lo entiendo, nena, te gusta la mala vida. ¿Petrozza no fue tan malo después de todo? Esto no puede ser, dijiste y no sabes cuánta razón tenías. Yo me olvidé de ti, sencillo, después de todo fue bello mientras duró pero no podía ser, yo soy de otra clase social, querida, y Dios se encargó de quitar de mi camino la podredumbre, pero, ¿sabes que hizo Petrozza cuando lo supo? ¿Crees que no le importó? No lo sé Laura, no me lo dijo. Dejé de mirarlo antes de que escribiera esto que lees ahora. Dime tú si me importas, Laura. 

P.D.

 Laura, sábete que te amo estés donde estés. 

Atte: Martin Petrozza.  




viernes, 18 de marzo de 2011

Obertura 2011.


Escritor Invitado:


En el horizonte pude apreciar, tan sólo por unos instantes, aquel destello ensordecedor y después las cenizas del universo volando a mi alrededor, entrecruzándose con la sangre que escurría desde mi frente. Mientras un par de ojos cafés centellean en mi cerebro.

     El personaje de la película interroga a su hija: "¡¡¿Tu madre me llamó jodido pendejo?!!…¿Cuándo?" - pregunta Joe Hallenbeck totalmente cabreado y la pequeña le responde- "Cuando charlaba por teléfono con el tío Jay". El protagonista grita: "Tal vez soy un jodido pendejo pero el tío Jay, jaja, ése sí que es un verdadero ejemplo de gran tipo. El muy cabrón evade impuestos. ¡Anda!, pregúntale a tu madre, por qué Mr. Maravilloso aún no está en la cárcel por evasión de impuestos."  La cámara regresa al rostro de la niña, quien mirando el televisor da la sentencia final en este diálogo: "…Porque él no es un jodido pendejo." El personaje pierde la sonrisa, prende un cigarro y arroja un vaso contra la pared.

     Sin la menor intención de seguir escuchando las chorradas de perdedores manufacturados por el imaginario de Hollywood y, ante el riesgo de no llegar a conocer el final de la película, cambié el canal de un manotazo. Le di la espalda al monitor y me hice un ovillo en el sofá. Todavía era madrugada.

     El malestar en mi cabeza era insoportable, yo casi podía sentir como si fluyera todo el endemoniado dolor del cosmos a través de mi cuerpo. En las noticias hablan sobre catástrofes naturales a lo largo y ancho del planeta: miles de muertos, explosiones y, sobre todo, la posibilidad inminente del fin, la destrucción de la humanidad; el jodidamente añorado fin de todos los tiempos a la vuelta de la esquina, al parecer. Jodido Apocalipsis. El locutor de las noticias dice que en África ha sucedido un cataclismo y que, además, se teme que en las próximas horas suceda otro en alguna parte de Asia. ¡Esto es lo de siempre! Ya deberían inventarse algo nuevo estos cabrones. Últimamente se habla demasiado sobre los puñeteros fenómenos sobrenaturales que supuestamente están afectando al planeta y sobre un montón de otras mariconadas. Lo de siempre con estos putos mentirosos. Cierro mis ojos con la seguridad de que la realidad es inagotable.

     El calor y el zumbido de una mosca me despiertan. Sin prestar más atención al universo le doy un buen trago a una Tecate abandonada que yacía en la mesa de centro. Al instante tengo que escupirlo todo porque me he tragado una colilla. Me incorporo sólo para percatarme de que mi bufanda está un poco manchada de vomito. Tal vez por ello un olor ácido inunda el cuarto. Camino arrastrándome a través de la sala y poco a poco comienzo a cobrar conciencia de lo sucedido. Hay una manta arrumbada sobre una silla en medio de la sala, lo que me recuerda que Natalia y su novio debieron haberse ido hace un par de horas sin que nadie se diera cuenta. Llevo dos días encerrado en este departamento, bebiendo sin parar, festejando el fin…el fin de mi quincena.

     La recámara de mi amigo Pedro se encuentra con la puerta abierta y desde la estancia puedo ver su silueta y la de Polyn sobre la cama. Los percibo algo borrosos desde este otro cuarto y no trato de averiguar si están vestidos o no. De todos modos no hallo mis lentes.

     Mis pasos me regresan al sofá, más bien me conducen en círculos alrededor del sillón. So órbita me jala. Antes de tirarme de nuevo a dormir me preparo otro trago para apaciguar el dolor. Esta vez un Whiskey. Apago la tele, apago mi mente, mientras me las arreglo entre sorbos y cigarro, pienso en las ganas que tengo de acabar de leer el libro que traigo en la maleta (una jodida historia del cine) o de regresar a mi casa. Guardo mis cosas en mi mochila pensando que en cuanto esté en casa haré todos mis deberes. Debo cambiar de página urgentemente. Acabar esta película.

     Hace algunas semanas, antes de pedir asilo político en esta prisión etílica, hablaba con una desconocida sobre temas triviales. Ella, desde la profundidad de aquellos ojos cafés, me peguntó a qué me dedicaba. ¿En la vida? "Odio esa maldita pregunta", pensé. Así fuese yo un gran señor o un simple vago hediondo, creo que nunca dejaría de odiar esa jodida pregunta. "Prostituto profesional", le dije y cambié de tema.

     En la acogedora atmósfera de aquel cafecito de porquería, intercambiamos miserables palabras sobre nuestras vacías existencias. Ambos, un par de diletantes, adoradores ciegos de la magia ajena, incapaces jamás de producir algo con nuestras propias manos; estamos solamente allí sentados, frente a frente -charlando sobre David Lynch y otros mierdosos cineastas que con el tiempo se han vuelto aborrecibles para mí- con la esperanza puesta en el deseo de ser reconocidos por el mundo o tal vez de concretar un mediocre beso, una momentánea unión pasajera que nos permita seguir respirando. La miseria más patética que se puedan imaginar.

     "Si el cielo se transformase en una gran pantalla, (pregunté para quebrar un silencio incómodo) una tela sobre la cual pudieras materializar tus mayores fantasías -lo más insólito del mundo-, qué mierdas te gustaría que apareciera sobre éste. ¿La cara de tu abuelita fallecida, una película porno, el hongo nuclear, una nave extraterrestre, un calamar gigante, el culo de Dios?" Ella miraba hacia otro lado, como distraída. No pareció captar la pregunta. "Pueees…nada, creo", me dijo con una mueca mitad ingenua mitad desdeñosa, como quien no quiere hablar de necedades, sino pasar a algo serio.

     Tocó mi mano con sus pequeños dedos y mis oídos con sus palabras melodiosas (¿Te gusto?), subí la mano por su delicado muslo de niña rubia (qué raro es salir con rubias en estos días y sobre todo siendo yo), sus piernas hicieron un par de movimientos curiosos e incitantes y en ese momento sentí que alguien nos miraba desde cerca. Como desde dentro de nuestras cabezas. Unos dedos chasquearon a lo lejos y la magia terminó. De pronto perdí el interés en aquel revolcón, dejé de esforzarme, detuve la estúpida hipocresía del momento. Mis dedos se detuvieron y escaparon de entre su falda negra. Cerré los ojos y del aire, con un rápido aspaviento, tomé al niño volador -al jodido hijo de Venus- entre mis sucias manos y poniendo el cañón de mis palabras (modelo 9 mm.) en su bocaza de marrano, le introduje una bala llena de decepción, lo reventé contra el suelo. Luego aplasté sus sesos con mi bota de estupidez, de áspera indiferencia y escondí el cadáver bajo la mesa. Casi derramo nuestras bebidas con la violencia de mis pensamientos. Ella pareció sobresaltarse un poco ante mi repentino desgano. Yo, en cambio, pagué la cuenta en tres movimientos y, a los pocos segundos, ya estábamos fuera del lugar. Ésta va de mi parte, pensé. Su sonrisa nerviosa desapareció por completo cuando le dije que ya me iba a una reunión, pero solo. Ella se marchó en dirección contraria a la mía. Sus ojos eran cafés.

     Prendí un cigarro, mientras intentaba no oír los sonidos de mis amigos que jugaban a matar el calor de este abril (siete de la mañana) con sexo. "Tal vez eso es lo que yo mismo necesito", pensé, "quitarme el frío de la cabeza, buscar a alguien y matarme un poco con el calor de otro cuerpo". Miré en el celular el número de la rubia de ojos cafés. Pero yo mismo sabía que la cosa no iba por ahí. Volví a dormitar.

     Desperté pasado un largo rato (lleno de sudor) y me senté un momento a recordar. Todos los buenos revolcones de mi vida acudieron a mi memoria en un segundo. Mientras me rascaba el estómago recordé mi primer y más bobo romance de colegiala. Acaecido cuando yo tenía unos catorce años. No duró ni un día la cosa pero bastó para obsesionarme por todo un mes: recuerdo que entre lágrimas fantaseaba durante horas con una mujercita llamada Gaby. Recuerdo que era la única de la clase que aún no tenía pechos. Tal vez por eso me gustaba, era una mujer sui generis. También fantaseaba con caricaturas niponas y comics gringos; y una cosa no pudo funcionar con la otra, por eso un buen día Gaby se fue con un tipejo de mayor edad que tenía una jodida cadena en el cuello y que brincaba todo el día en una estúpida patineta. Sin lugar a dudas creo que desde aquel primer fracaso hasta la llegada de mi primera gran revolcada hubo un gran progreso en cuanto a experiencia pero en esencia la cosa siguió siendo lo mismo. Ves a la mujer de lejos, o ella te ve. La conquistas o la pierdes. Si la conquistas o te conquista, inmediatamente viene el efecto fetiche, que se da cuando sientes en tu sangre hirviendo, el placer de la novedad. A veces una pequeña parte de ese placer puede suscitarse con tan sólo rememorar lo sucedido, como lo intento justo ahora. Después de la etapa fetiche -en la que sobra decir que uno dice y hace demasiadas cosas, cosas estúpidas- viene un leve viento de realidad y posteriormente el colapso definitivo del edificio de la relación. Claro que aunque Roma esté en ruinas, no es razón para abandonar la ciudad y muchas personas se quedan a vivir, en calidad de indigentes, en las ruinas de lo que alguna vez fue una relación afectiva. Y, en el fondo, creo que las ruinas no son tan malas; pueden llegar a ser muy cómodas. ¿Pero acaso eso es todo? ¿Debemos conformarnos con tan miserables destinos? Nada de esto es cierto. Nada es cierto en verdad, todo es absurdo y el cielo es una gran nada, como (casi) dijo la rubia del café.

     ¡Mierda! A veces en días como éste recuerdo la voz de una chica -dando brinquitos con la blusa empapada- gritando y llamándome para correr entre la lluvia de mis diecisiete años. Recuerdo los ojos rojizos de otra mujer más tímida, preguntándome si deberíamos aventurarnos a correr entre la lluvia nocturna de un lunes en Coyoacán…

     Pude haber seguido rememorando hasta la deshidratación pero en aquel momento preferí tomarme un buen trago de Passport con refresco rojo (los hielos se habían derretido) y dejarme tirar de nuevo sobre aquel sofá polvoriento. Me arremoliné durante unas horas allí. Me sentía lleno de pereza. Últimamente me siento más ebrio que vivo, siento que debo beber algo para vivir o tal vez vivir para beber algo, da igual, esto es un mero retruécano.

     Seguramente serían más de las dos mientras me autocompadecía aquella tarde. Pensé que no podía seguir así. Sorbí un poco de scotch con soda y me tapé los oídos para no escuchar los berridos que emitían mis compañeros de cuarto. Su amor me daba asco, por ello me di cuenta que era inútil seguir allí. A esa hora el aire estaba húmedo en el exterior, como si fuese a llover fuego y el cielo se anunciara rojo y lleno de ironía. Lancé al aire una plegaria por la humanidad, tomé mi cajetilla de cigarros, la botella de Passport y me decidí por regresar a casa. 
     (Le doy una ligera peinadita a mi cabello aplastado, antes de salir a la calle de mis pensamientos). En ocasiones la mente parece confinarse en un solitario encierro. Como si estuviera recluida en una jaula de oro, una jaula sin ensoñaciones ni esperanzas. Pero algo puede acabar con tal letargo: Esto sucede en los momentos en que aquellas tres cosas se combinan para formar una sola sustancia. El cine no debe expresar con rigor una verdad intelectual, la imagen no debe ser una jaula del espíritu.

     (Cierro la puerta con cuidado y me dirijo hacia la salida del edificio) Las tres cosas, tres punzantes cuchillos tan letales como si las manejara la diestra mano de un asesino: asesino, tal vez, pero artista a fin de cuentas. Sólo el artista sabe dónde cortar para liberar así lo más oculto del espíritu. Es por ello que frente a nuestros ojos, en ocasiones prevalece una sola visión. Un recuerdo íntimo, un sueño, qué sé yo, algo. Una jodida fe ciega. Pongamos el caso de Kurosawa, poeta que a partir de un sueño recreó en imágenes una de las mayores pesadillas de su gente. El terror a la destrucción nuclear. Cada pueblo conoce, en el interior de su espíritu el síntoma de aquello que habrá de borrarlos, de renovarlos. Kurosawa lo vio a través de la representación del monte Fuji cubierto de fuego nuclear. Y de pronto, el sueño amenaza con materializarse, como si el universo hubiese conspirado para poner una determinada visión dentro de la mente de un simple mortal. Un sueño en el que la mente del artista penetra, sin entender siquiera cómo llegó allí, al núcleo del miedo, para así, escapar al final a través de la compuerta de otro sueño. Sueños dentro de otros sueños, como en un laberinto. Con el tiempo esa visión se convierte en cine, se convierte en terror, en fantasía, en mierda, en olvido, en realidad…

     (Pongo un cigarro en mi boca, mientras observo el cielo) Es por ello que frente a nuestros ojos un recuerdo con tales características, a pesar de parecer una ingenuidad (como muchas otras que la mente llega a concebir), se instala violentamente en nuestro interior. Sólo esas tres cosas, que se han gestado de tan peculiares vaticinios pueden lograr la jugada perfecta dentro de este caos: Lograr la visión única.

     (Palabras de canciones lejanas entre estelas de humo). Para lograr la visión única, la lógica del sueño fílmico debe pertenecer "… a la estructura de las asociaciones visuales o audiovisuales que tienen por meta determinar ideas en el conocimiento del espectador. Estas asociaciones deben seguir el paso del sentimiento a la idea, perseguirlo, provocarlo en caso de necesidad. Deben construir las ideas según el proceso del pensamiento en sí, calcando el mecanismo complejo, de tal modo que mientras estas ideas se elaboren en la conciencia del espectador, la actividad mental de éste no sea de ningún modo más que el reflejo, el 'doble' del proceso fílmico" (Jean Mitry).

     [Comienzo a caminar hacia la avenida Tlalpan] Aquellos experimentos como la emancipación de la imaginación en el espectador (sobre quien, por un momento, se posan todos los reflectores del universo, unos reflectores más allá de la realidad) pueden lograr más que una simple distracción banal de los sentidos. Sólo tales experimentos no pueden ser aprisionados en el flujo de la mera forma.

     (Olvidé mis lentes en casa mi amigo. Aún me duele la cabeza. Son las cuatro de la tarde y el cielo está muy rojo pero borroso, como si fuera a oscurecerse o explotar…) Pensar este número Tres -un número cualquiera, al parecer-, percibirlo, comprobarlo, nos devuelve la sonrisa del mundo; así este mundo comienza a reinaugurarse a partir de ello, a través de las imágenes producto de dicho trinomio. Todo sucede justo ante nuestros ojos. El cine, su invención, se cristaliza en una materia similar a la forma del pensamiento a través de la potencia mágica que la imagen le confiere. Todo se cifra en estas tres puñeteras nociones: realidad, imagen y espectador. Que me den por culo si miento. 

     Rojo. El cielo estaba enardecido, hinchado de forma rara, aquel día. Is the end of the World, as we know it, it's the end and I feel fine…, repetía una canción en mis audífonos. Tal vez alguien un tanto quisquilloso hubiera alegado que lo que sucedía en el firmamento se debía a la fusión entre rojo y rosa que se produce en la víspera de un gran aguacero. Pero el elemento que definitivamente se apoderaba de la mirada del espectador sensible, era aquel curioso arco de luz y nubes que proyectaban una enloquecedora gama de formas, sobre el rostro de la ciudad. La casualidad me había llevado a presenciar tales sucesos, aquel día en que me encontraba en medio de una cosa irrelevante. Le di un gran sorbo a la botella de whiskey y seguí avanzando en dirección a la estación de metro Portales. Me quité el cigarro de la boca y lo apagué contra una pared llena de pintas mientras dejaba que la mirada se deslizara a través del panorama. Algo se movía en el cielo.

      Un perro que cruzaba en divino vuelo me distrajo un instante de la contemplación de tales fenómenos celestiales.  El suspenso de todas las posibilidades latentes me hacía seguir caminando, al tiempo que también observaba las reacciones de los transeúntes. Era como caminar en un sueño pero durante la vigilia, lo cual me hacía no poder evitar seguir mirando, mirándolo todo. Mirando al cielo mientras éste me devolvía la mirada.

     Me sentí fascinado ante aquella viva imagen de la muerte que se desplegaba ante mis ojos. Entonces me percaté de la figura de un hombre que me observaba desde lejos. Su fisonomía se recortaba contra el marco de una ventana, situada en un lejano edificio en construcción. Desde mi distancia, aquel hombre parecía sonreír. No entendí por qué mierdas se sonreía el muy cabrón, pero un temor comenzó a roer mi interior. ¿Era todo aquello una pequeña mirada hacia las puertas del abismo o una simple broma de alguien? Tal vez de alguien muy poderoso.

     La luz roja era demasiado fuerte y lo único que me vino a la mente mientras caminaba fue maldecir como un chiquillo: "¡Pito, dios!, haz lo que quieras, no me importa. Yo te desafío, marica", gritonié sin mucha convicción. El perro de hace un rato regresó corriendo hacia mí, pero esta vez tenía algo en su hocico… ¿una mano mutilada? Nos miramos un segundo y él se alejó corriendo y gimiendo.

     Saqué otro cigarro de mi chamarra y lo encendí para intentar calmar los nervios mientras pretendía seguir caminando. "Todo era absurdo, como un luto, y las princesas de los sueños de otros paseaban sin claustros definidos". Escupió el viento sus palabras.

     Una detonación me sobresaltó, mi cigarro seminuevo cayó al suelo. Automáticamente, como si aquello fuese a protegerme de algún enemigo invisible, saqué el último tabaco de la cajetilla. Al parecer la bala del destino había perforado la realidad en un instante, inundando todo el orbe de terror y confusión. Mi celular comenzó a sonar como una endiablada cabra dentro de mi bolsillo y cuando por fin estuve a punto de entender lo que ocurría, alguien a mis espaldas chasqueó sus dedos invisibles. Sólo entonces, al acercarme la mano a la boca, me di cuenta de que no había fuego, ni cigarrillo, ni siquiera una calle para caminar. 




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