viernes, 25 de febrero de 2011

Y el amor (Fragmento de novela).

Escritor Invitado. 

La sencillez.

 Tío Gregorio, el filósofo de la cuadra, murió sin decir nada interesante. Trabajó cuarenta años en la metalúrgica maniobrando calderos de plomo. Cuarenta años que no guardan en la hoja laboral ninguna queja, extrañamiento, o ausencia injustificada. Los escasos documentos de aquel tiempo lo acreditan como un empleado ejemplar; digno del recuerdo que aun abrigan esos compañeros de época que, henchidos de nostalgia y orgullo ajeno, celebran el mítico rigor de sus horarios, esa extraña felicidad, el espíritu de servicio con que realizó su labor de menestral impasible de las seis de la mañana a las cuatro de la tarde.

 Nunca aprendió a manejar. Los vecinos de la cuadra ajustaban sus relojes a las cinco menos quince, tranquilos porque el mundo giraba puntual cuando el tío aparcaba junto a los rosales su bicicleta de veterano: símbolo de la orden comunal donde fluía sin prisa nuestra vida monótona y feliz. Los vecinos respetaban su extraña capacidad para imponer el tiempo. Cuando murió -el tío, que no el tiempo- expropiaron su bicicleta y con ella hicieron un extraño monumento, un icono de la constancia, un símbolo pagano para celebrar a su filósofo local con músicas tropicales y fritangas. Pero al final se rindieron ante las estocadas -del tiempo, obviamente- y se entregaron al olvido, a la negligencia de abandonar esa máquina extraña –la bicicleta, que no el tiempo- a su suerte, a la condición de un pertrecho oxidado sobre un nicho de cemento.
El tío saludaba poco. Solía despabilar al canario con un par de golpecitos en la jaula. Al abrir la puerta su silueta oscura dominaba el umbral; el sol de las cinco caía sobre sus hombros como una cascada de luz que le daba un aspecto místico, aterrador; de negativo enmarcado en un portarretrato gigante (así era como Gabriel imaginaba que debía verse Dios, en caso de que Dios se dignara a entrar por la puerta, «como toda entidad que se respete, y no por los pasillos oscuros de la fe»). El tío cerraba la puerta y cortaba de tajo esa masa convulsa de luz derramada. Ya en la sala, me saludaba con una expresión -jocosa pero solemne- que nunca pude resolver. Se acercaba de puntitas, con el dedo en la boca, y sacaba del overol un chocolate que yo contemplaba como un objeto sagrado; entonces la voz de tía Lula atravesaba la cocina y decía clarividente «no, hasta después de la comida» y había que esperar -como se espera todo lo sagrado- hasta después de la comida. El tío encogía los hombros, acatando esa orden inapelable.

 En dos semanas me habitué a su juego de rutinas y a la religiosidad con que se reguardaba el chocolate. Me quedaba con la mano al aire, con la congoja de aprender a la mala que lo sagrado puede venir en forma de chocolatinas, o de pulsiones que sólo pueden disiparse en la virtud de la contemplación o la paciencia.

 El tío arrojaba su juego de llaves al platón. Si caían dentro, hacía un gesto soberbio, con un golpecito en la barbilla. Si caían fuera, su rostro era el de un hombre derrotado, y yo corría a ponerlas en su lugar.

 Entre su lista de objetos sagrados, nada me intrigó tanto como su caja de cerillas inservibles para el fuego: un artefacto de madera sólida como un ataúd diminuto. Al frente lucía la leyenda de una vieja aseguradora iberoamericana, «Cervantes S.A», escrita en caracteres semigóticos. Al reverso la imagen de un libro abierto, y una viñeta de Alonso Quijano trazado al gusto de Doré. Parecía tan antigua como el tío, incluso tan antigua como Cervantes.
El tío colocaba la cajetilla sobre la mesa de centro, esparcía los fosforitos de cabeza verde sobre el vidrio, los ordenaba muy juntos, hombro con hombro –mejor dicho, cabeza con cabeza-; tomaba uno y lo recostaba lentamente dentro de la cajita, con cuidados de enfermera. Me impresionaba el excesivo cuidado, la profunda concentración de quien maniobra explosivos inestables. Yo me limitaba a contemplar la peligrosa operación –ahora sé que era peligrosa-, e incluso respiraba muy bajito para no interrumpir la proeza –ahora sé que era una proeza-. Cuando todos los fosforitos estaban de nuevo en la cajetilla, la cerraba y la envolvía en un viejo trozo de piel curtida, se la regresaba al bolsillo del corazón y cerraba los ojos; suspiraba, se daba palmaditas en el pecho, como si acabara de salvar al mundo –ahora sé que realmente lo hacía para salvar su mundo-. Todo eso me resultaba un acto de oligofrénica ociosidad, una manía (¿Para qué sacar y volver a meter algo que ya estaba dentro?) y es que entonces no estaba enterado, pero el tío había realizado la misma operación día con día, a la misma hora, durante cuarenta años. Guardar cerillos en la misma caja durante tanto tiempo era, por decirlo de algún modo, la actividad fundacional de su vida. El tío Gregorio había logrado lo que hasta el filósofo más rutilante anhela en secreto: que toda su filosofía quepa en una caja de cerillas.

 Prosigamos con sus rutinas para sostener el mundo: prender el televisor, quitarse los zapatos-tanque, la camisa de franela, el overol del día; y ya en calzones, como un bebé de sesenta y siete años, giraba los canales hasta dar con viejas comedias y documentales de la vida salvaje. Si algo llamaba su atención, gritaba emocionado «¡Mira, Lula! Descubrieron en África una araña idéntica a una hormiga; le llaman La araña-hormiga» y ante tal obviedad que raya en la estupidez, la tía gritaba sin descuidar el picado de cebollas «¡Qué interesante!», el tío levantaba el pecho y me daba golpecitos en las costillas con su codo enorme, diciendo «¿Ves? te dije que eso era interesante» y yo terminaba asumiendo que una araña-hormiga era lo más interesante del mundo sólo porque él había insinuado que lo era, y porque todo lo que decía guardaba en esencia un hálito de misterio. Había dos razones para ello: la primera, que el tío nunca dijo más de tres frases juntas, (hablaba como si tuviera contadas las frases de su vida), por eso cualquier cosa que dijera se elevaba al rango de acontecimiento. La segunda razón es menos lógica pero más poderosa: estaba convencido que el tío era un loco. Pero no un loco ordinario, sino esa clase de locos que se entretienen convenciendo al mundo que no lo son. En mi labor de enfermero psiquiátrico –próximo adjunto al área de agitados- he visto muchos locos: algunos se empeñan tanto en convencer al mundo de su cordura, que terminan por convencerse ellos mismos, y se curan sin quererlo (no, la verdad es que no se curan nunca, sólo se acostumbran a una falsa lucidez), claro que el tío no era de esa estirpe: cultivó y protegió su locura hasta el final (la verdadera locura es tan escasa y tan frágil que uno debe  protegerla a toda costa). Nunca presumió de ella, y tampoco negó lo contrario. Estar loco era su manera de sentir el mundo.

 Terminadas las comedias y/o documentales, se paraba frente a mí y decía muy solemne:
-Toma, te doy el control absoluto… del televisor  -. Sacaba las llaves del platón y bajaba al sótano. 
Cuando regresaba ya traía pantalones.

 El tío Gregorio era muy grande y con el gesto duro de los hombres nobles; robusto y óseo, poco hábil para la muerte. Una especie de tótem vivo que en mi infancia representó al guardián de eso que Julieta y yo nombramos «la dimensión pequeña».

Ese hombre que rozaba la tercera edad (la tercera adolescencia, como él decía) tan lleno de vida, murió un año antes de que lo enterraran. Quiero decir que su alma se murió tan de repente, que al cuerpo le tomó un año asumir la pérdida. Entonces vino la transformación: se fue marchitando en la pura soledad, obsesionado por la visión de que a los muertos les crece el pelo y las uñas y los dientes con la misma naturalidad con que lo hacían en vida. 
-La naturaleza y la parca no siempre se ponen de acuerdo -dijo alguna vez, siendo eso, quizá, lo más cerca que estuvo de una frase interesante.

 Luego se desentendió del mundo. La realidad –o esto que llamamos realidad- orbitaba como un satélite borracho sobre su mecedora de mimbre. En ese mueble horrible se empeñó en esperar la muerte del cuerpo, envuelto en una cobijita roñosa que no era ni fría ni caliente, pero sí muy eficaz para recolectar las marañas de pelos que regaba al descuido. Cuando se hacía ovillo en la mecedora comenzaba a menearse como un péndulo, un velero, un metrónomo; un reloj desganado que le gustaba fumar sin prisa, contemplar el azul calichoso de las paredes o el gris del televisor apagado.

 Se desentendió de los vecinos, y los vecinos se desentendieron del tiempo, cada vez más enrarecido: Llegaban tarde a sus trabajos y citas, y poco a poco se resignaron a entenderse con la frialdad de las horas producidas en serie por esclavizantes máquinas de precisión amarradas a sus muñecas.

 La sala se convirtió en un hoyo más hermético y profundo que el sótano, con un  aire venenoso como el de una mina. Quizá por eso a nadie le acongojó la muerte súbita del canario, y que el tío lo siguiera espabilando a fuerza de golpecitos curiosos, con más ahínco que cuando estaba vivo. Luego de un rato, el tío notaba que el canario ya era un amasijo de hormigas y plumas secas, entonces se echaba la cobijita al hombro, como un reboso, y arrastraba los pies hasta la mecedora.

-Deberíamos enterrarlo -decía yo, mirando con asco ese cuerpecillo descompuesto.
-¡No, déjalo ahí!
-Pero ya esta muerto.
-¡Yo también estoy muerto! –gritaba, sin perder el ritmo de la mecedora, mirando por la ventana las rosas que se iban marchitando en cámara rápida, como en esos documentales que dejaron de importarle. Para entonces era evidente que el tío ya no quería entenderse con los vivos, y que le urgía terminar con el delirio del cuerpo. Se había convertido en una especie de medusa, un Rey Midas sentimental: todo lo que tocaba, aunque fuera con la mirada, lo convertía en un objeto de la tristeza. (Muchos años y muchas personas con sus muertes y desapariciones tuvieron que pasar para comprender que el tío no sufría, sino que disfrutaba todo eso como parte de una decisión  bien determinada).

Un día lo encontré con un espejo en la mano, tratando de mirarse las orejas.

-Tío ¿qué estás…
-Son los pelos. Mira, están creciendo -dijo, señalando algunas canas que se exhibían maliciosas por el pabellón. Luego retiró el dedo, temiendo que las canas lo escucharan, y con un gesto de los ojos me urgió a mirar ahí dentro. No sé si lo que vi era real, o producto de la sugestión que el tío generaba en la gente,  pero aun hoy día no logro explicarlo: un grupo de pelillos blanquecinos le iban creciendo lentamente, como si la naturaleza invisible los estirara.
Sus huesos también perdieron la noción del espacio: ambas rodillas y el codo izquierdo persistían en crecer dentro de un cuerpo que se encogía sin remedio, dándole al tío un aspecto de fenómeno de circo, un niño hecho de arrugas, envuelto en un traje de piel mal cortado. Parecía resignarse a todo eso. Yo no; yo estaba angustiado, porque ante las señales inminentes de su muerte final, cada día se alejaba más la posibilidad de conocer el sótano.

 Desde los cinco años mi única obsesión era el sótano (¡Qué maravilloso recordar la edad en que el mundo era un sueño inocente, inmaculado y eterno! «Uno empieza a morir cuando se incuba en el cerebro, aún blandito, la idea virulenta de la muerte» escribió Gabriel en sus primeras invenciones). Si hubiera tenido que escoger entre conocer el sótano o conocer a Dios, es un hecho que Dios habría perdido («Dios pierde todas las apuestas» decía Gabriel «porque nadie es tan ingenuo para apostar a favor de un ente que oscila entre la totalidad y la inexistencia»). En la infancia de mi mundo nada era más seductor, más aterrador, que ese lugar gobernado por un hombre aferrado a sus rutinas inapelables. Parecía ser el hombre más aburrido del mundo, y a la vez, parecía no aburrirse nunca. Pero todo cambiaba cuando cruzaba el umbral: dejaba en su camino un ruido sordo, de pasos amaderados. Su peculiar silbido entonando a Louis Armstrong me hacía pegar la oreja en la puerta; la oreja se adhería como un molusco que se alimentaba de suposiciones que caían –todas- en la misma hipótesis: el tío escondía una pequeña dimensión en el sótano.

 Era sin duda un pensamiento tímido, limitado. A los cinco años no entendía la dimensión de la palabra dimensión, y ante tal estreches de conocimientos, cualquier trivialidad era un asunto maravilloso (cómo duele aceptar que la adultez nos coloca en el terreno contrario, y entonces cualquier asunto maravilloso se torna, sin remedio, en una dolorosa trivialidad). Sin embargo, me alivia escribir todo esto sabiendo que su importancia, puertas afuera, es nula. Hablar de los asuntos del tío es un mero ejercicio personal, alpinismo catártico, periodismo familiar, esfuerzo del minero en busca de diamantes memoriales por la veta de sus vivencias. Virgilio –compañero de guardias, amigo en proceso de ser entrañable, y promotor de este fárrago- está convencido que para encontrar los hechos que el inconciente ha venido ocultando, debo hacer un recuento de las restricciones de mi infancia. Según Virgilio, esto definirá los resultados del ejercicio.

 La restricción más vieja que recuerdo es clara e inapelable: tenía prohibido bajar al sótano. 

 El tío se guardaba ahí abajo hasta la hora de la comida-cena, y regresaba un poco más feliz el primer jueves del mes, porque era día de chuletas bañadas en tomate (a tantos años de distancia, aun cuelga del especiero una lista amarillenta de treinta comidas regulares que apenas variaron una pizca su porción de sal y carnes rojas, según la edad y las restricciones médicas). A las ocho, la sobremesa duraba lo que un par de cigarrillos y una bola de helado. Los tíos disfrutaban mucho fumar y charlar de asuntos domésticos: visitas al dentista, listas de despensa, jardinería, herramientas. La tía nunca cuestionó el por qué de las cosas o las próximas decisiones. Era un portento de mujer abnegada (o eso pensé hasta que abrí el baúl del tío… pero me adelanto a las cosas); nunca escuché a la tía cuestionar las decisiones, o entregarse a la duda, la frustración o el fastidio.

 A ratos cuchicheaban y reían muy fuerte. A ella le gustaba llamarlo «Gordo», pellizcar sus brazos peludos y burlarse de su cara furiosa. Si había gente por ahí, reían igual, como si no les importara. Eso me hacía creer que el amor entre ellos era algo con lo que ya habían nacido, y que eso no cambiaría nunca.

 Tía Lula era muy bella, con el cuerpo pequeño y ojos de gota verdiazul, enormes. Parecía una niña con arrugas. Era quince años menor que el tío. Le gustaba tararear boleros mientras limpiaba la cocina. El tío odiaba los boleros, pero se empecinaba en ayudar con los trastes, acercarse tímido con la franela de secar los platos hasta que la tía se negaba diciendo «¡Deja! ya lo harás cuando me muera», y así todos los días, sin cambiar el tono de voz ni de rutina. El tío se fingía triste por el rechazo y volvía al sótano, arrastrado por una tristeza simulada.

 Había una extraña felicidad del alma imaginar lo que hacía el tío ahí abajo («El placer no nace de la certeza sino de las posibilidades» escribió Gabriel en su diario de invenciones; o sea que mi placer no consistía en saber exactamente qué hacía el tío, sino en imaginar las posibilidades de sus hechos). La poca relación con los vecinos, con mis padres, o con alguna diversión ajena a los documentales y Los tres chiflados, me daba libertad para imaginar al tío Gregorio, tan gregario y común, convertido en un científico loco, un brujo ancestral, miembro de una cofradía secreta de tíos taciturnos, agente secreto o explorador de reliquias extraterrestres. Alguien que al salir del sótano se colgaba el disfraz de aquello que todo filósofo circunspecto envidiaría ser: un obrero que durante cuarenta años manipuló calderos de plomo.

 Presa de un mal presentimiento, el día de mis trece años de mala suerte me atreví a preguntarle qué hacía en el sótano (Digo «mis trece años de mala suerte» porque ese día el tío decidió morirse con todo y cuerpo). Estábamos tomando el sol en la azotea, mirando desde nuestras tumbonas de playa el tránsito impasible de las nubes.

-Tío: qué hay en el sótano –fingió no escucharme. Siguió vigilando las nubes.
Convencido que el sótano albergaba una dimensión pequeña, y que el tío moriría en cualquier momento (no por un percance del azar, ni extraviados gigantismos de su cuerpo mal cortado, sino por mera convicción determinada), presintiendo que luego de mis trece años de mal agüero no volvería a verlo con vida. Insistí en la pregunta:
-Tío: qué hay en el sótano –el tío se encogió de hombros. 
-No hay mucho. Libros viejos. Algunos discos.
-Bueno, en realidad quiero saber qué haces tú ahí abajo.
-No mucho –repitió, se volvió a encoger de hombros y regresó la mirada al cielo, ocupado en agitar su cerveza. Yo insistí una vez más, hasta que me dijo con un gesto gruñón –falso- «pero qué bonito chingas», y me reveló al fin sus actividades secretas: 

Las increíbles actividades secretas del tío Gregorio:
* Encender el tocadiscos.
* Recostarse en el sillón a escuchar álbumes vinílicos.
* Beber dos cervezas. 
* Leer un libro. 
* Fumar un cigarrillo. 

Por la noche [fuera del sótano] 
* Recoger al canario. 
* Ducharse.
* Acostarse. 

Antes de dormir [opcional]
* Fumarse otro cigarrillo.

 Esas eran las cosas increíbles que hacía el tío desde la pequeña dimensión. 
Se me cayó el mundo. Su respuesta fue un puñetazo que derribó el placer de la posibilidad, y sobrevino el dolor de la certeza.

 Era absurdo que alguien tan común y corriente mereciera algún respeto, ¿Cómo considerar filósofo a un anciano que jamás dijo tres oraciones juntas,  y que al final de sus días no lograba distinguir a un canario vivo de otro lleno de hormigas? Pero los vecinos le tenían respeto ¿por qué?; quizá el tío se traía algo grande entre manos –pensaba- o los vecinos eran grandes idiotas –repensaba-. 

 Para Gabriel la humanidad se dividía en dos tipos: la que es idiota y la que está muerta [a tantos años, esa taxonomía no ha variado gran cosa].
Sin dimensiones pequeñas que descubrir, el misterio se redujo al tamaño de una broma, el sótano se volvió un nido de trivialidades y el tío Gregorio me pareció el hombre más pobre y vulgar de la tierra. ¿Qué de mágico había en todo eso? ¿Cuál dimensión se escondía en el acto de leer y escuchar discos viejos? (¡Peligrosa es la ignorancia! No imaginaba que leer y escuchar discos viejos sería la única actividad que, en el presente, realizaría con placer y melancolía).

 Me resigné a la lógica: un hombre dedicado a hacer lo mismo toda la vida sólo podía tener placeres corrientes e inalterables.

 Cansado de tanta monserga, de las rutinas del tío, de los estúpidos fosforitos y sus viajes en calzones al sótano, me floreció el rencor: No existía dimensión alguna, y su negativa a dejarme entrar al sótano era el juego de un anciano patético, simplón; un borrachín huevos blandos que disfrutaba hacerse el interesante frente a un niño de cinco años ¡Viejo engreído! pero no previó que el mocoso ingenuo crecería, y sin el menor reparo le reclamaría tantos años de burla.
-Yo nunca me he burlado de ti, ni de nadie.
-¡Me ocultaste la verdad!
-Nunca te oculté nada.
-Claro que sí.
-Claro que no. Jamás te dije nada sobre el sótano porque hasta hoy me lo preguntaste –dijo con indiferencia, concentrado en la nube. Cuando la nube se desvaneció, el tío agarró su cobija roñosa y regresó al limbo de su mecedora. Yo me quedé sobre mi tumbona, callado, pensando que tenía razón: jamás le había preguntado, verbal y explícitamente, qué hacía en el sótano. Fui yo quien se inventó la gran  monserga de la dimensión pequeña para no enfermarme de realidad («La realidad es algo de lo que uno puede enfermarse sin remedio, a la menor provocación» escribió Gabriel), y como esta idea de lo dimensional era mía, y el tío jamás se ocupó de lo ajeno, consideró un ocio revelar sus actividades.

 Seguía tirado en mi tumbona, decepcionado de que el sótano no abrigara ningún misterio, ningún asunto extraordinario… ¡Qué ingenuo! Debí advertir que el gran misterio del sótano consistía, precisamente, en esa labor silenciosa de no producir ningún misterio (escribo esto desde el sótano, hojeando al viejo señor Edmund T. Que desde una vieja edición me dice con desenfado: «…yo estoy en mi casa, hablo mi lengua, odio las cosas extraordinarias. Ellas son la necesidad de los espíritus débiles…») El tío, recuerdo, se levantó y se recogió a sí mismo, como una bolsa de huesos malechos. Ya lo imaginaba roncando en su mecedora, pero minutos después regresó con más cerveza y se dejó caer en su tumbona.

 Tuve entonces la oportunidad de presenciar –por segunda vez- la última transformación del tío. Quedé sorprendido: ya no era ese fenómeno esmirriado que se enrollaba en su cobijita. Era el tío Gregorio carismático y vital que conocí en la infancia, como si al viajar a la cocina por más cerveza hubiera viajado en el tiempo para recuperar ese cuerpo de hombretón poco hábil para morirse. No pude cuestionarlo. El tío se regodeó en la silla. Estar ahí parecía lo más placentero del mundo. Destapó dos latas. Yo jamás había probado cerveza (cómo leerían esto las nuevas generaciones de adolescentes que, a los trece años, ya lucen un gesto de hombres derrotados, de mujeres con el corazón aburrido), pero no pude negarme, porque el tío puso la cerveza en mi mano con la naturalidad de dos viejos compañeros de cantina.

-¿Quieres un limón con tu cerveza?
-Sí, por favor -de su chamarra sacó un limón. Lo partió con los dientes. Me dio una mitad y la otra la escupió al suelo.
-Yo la prefiero sin limón. La cerveza con limón es para maricas –dijo, con una risita burlona, como si fuera algo realmente gracioso. No sólo estaba rejuvenecido, sino radiante, imbuido por la inagotable felicidad de otros tiempos. Notó que su excitación me perturbaba. Suspiró profundo y ralentizó el ritmo de sí mismo. Se recostó en la tumbona; cerró los ojos. Dijo:
–No me hagas caso.
-Está bien.
-No hagas caso a un anciano. Un anciano sólo es un anciano ¿Entiendes?
-Entiendo.
-Tampoco hagas caso a los que dicen que saben, o a los que parecen saber pero no lo dicen, ¿entiendes?
-Entiendo.
-Nadie es sabio, ni tiene la verdad de nada. Nadie sabe la respuesta de nada. Un anciano sólo es un anciano ¿entiendes?  
-Entiendo.
Se inclinó y comenzó a observarme con un aire teatral. Lo deduje borracho. Volvió a recostarse; cerró los ojos:
-Trabaja y sé constante, siempre. No preguntes por qué lo haces ni esperes recompensa, tampoco esperes una certeza ¿entiendes?
-Entiendo.
-Tú eres tu única certeza. No esperes la verdad de otros, ni su certeza. Nadie lo necesita ¿entiendes?
-Entiendo.
-¿Quién diablos necesita una certeza? ¿Tú quieres una certeza? 
-Bueno... no sé.
-Yo te daré una certeza: sufrirás.
-¿Sufriré?
-Y será maravilloso -dijo, y dio un trago profundo.  

 No entendí nada. Tampoco las entiendo ahora. Dejé que hablara y hablara porque era la primera vez que se dirigía a mí por más de un minuto.
¡Cómo quisiera recordar cada palabra de aquella tarde! Pero estaba absorto en lo que él era, y sólo puedo recordar la seguridad de sus gestos cuando decía que la vida es tal cosa y que la muerte era esto y aquello, y el amor… el amor era esto y esto otro. Lo recuerdo hablando con la seguridad de quien ha vivido inmerso en todo ello.
¡Cuánto perdemos en el camino por no apreciar el valor de un momento!, los momentos son efímeros, de ahí su valía incalculable; en vano exprimimos la vida queriendo recuperar lo que hemos extraviado para siempre.

 El tío siguió hablando y hablando, convencido de que yo recogía sus palabras, las más largas de su vida, cuando en realidad estaba idiotizado por el movimiento de su mano agitando la cerveza. 

-¿Entendiste lo que dije?
-Sí –mentí.
-Es importante que lo recuerdes.
-Lo recordaré –rementí. No cuestioné por qué me pedía recordar las palabras de un  viejo cuando me había pedido no confiar en nadie. Volvió a cerrar los ojos y a recostarse.
-Un hombre debe hacer lo que tiene que hacer ¿entiendes?
-Entiendo –dije.
-Un hombre debe hacer lo que tiene que hacer… –dijo, ahora con el gesto más cansado, porque sus cinco minutos de juventud se fueron desinflando, dejando de nuevo sobre la tumbona ese montón de huesos esmirriados que ya me había acostumbrado a mirar. Quise acercarme y abrazarlo, porque nunca lo había hecho, y porque estaba seguro que no tendría otra oportunidad de hacerlo, pero antes de que me atreviera, exclamó:  
-¡Mira qué maravilla! –entonces desplegó la mano sobre el horizonte. Las colinas y las casas y todo lo que su mano alcanzó a tamizar, reverberó como un cuadro sumergido en un agua profunda.

 Sacudió su cabeza, luego del trance destapó dos cervezas más y metió la mano al bolsillo. Pensé que sacaría otro limón, que lo partiría con los dientes como un mequetrefe de cantina. Sacó una llave con un moño rojo.

-Sé que odias los cumpleaños. No hagamos fiesta de esto –colocó la llave en mi mano y se levantó sin prisa. Comenzaba el frío. Sonrió cuando tomé la llave y seguimos mirando el cielo. Él sabía lo que yo intuía: que era la última vez que compartíamos el asombro por la inmensidad del cielo, y que esa tarde de nuestra despedida llegaría de nuevo –y por última vez para él-  esa nube oscura y enorme como la muerte, y lo envolvería en su neblina. El tío sonreía con la satisfacción de quien realiza un trabajo exhaustivo. Imaginé que era  Dios mirando con orgullo la construcción de un milagro.

-Cuando te vayas, recoge este desastre ¿quieres? –Fueron las últimas palabras que el tío pronunciaría en vida (claro, nadie pronuncia palabras en muerte; qué expresión más absurda esa de las palabras en vida). No contesté; seguí admirando la oxidada llave del sótano [me interrumpo ahora para meter la mano al bolsillo y apretar su cuerpo de cobre oxidado]. Como sea, nada de eso importa ahora, a tantos años de distancia, cuando ya hemos comprobado que el tío efectivamente guardaba una pequeña dimensión en el sótano, mucho más impresionante que la construida por nuestros ladrillos de hipótesis. Ahora sabemos que el acto de beber cerveza, leer o escuchar música, sólo era el preámbulo para entrar en todo eso que marcaría el curso de nuestra vida. Al final lo comprobamos. Sacrificamos la cordura de unos y la locura de otros, pero lo comprobamos.






Nota: 
Si quieres participar en el blog con un relato entre 5,000 y 20,000 caracteres (contando espacios) manda tu texto a: redaccion@whiskyenlasrocas.com Las bases y más detalles están al final del Blog. Gracias.

viernes, 18 de febrero de 2011

Una verdadera lastima, ¡qué maravilla!

Audiotexto.

 “…No debería contarlo y sin embargo / cuando pido la llave de un hotel / y a media noche encargo un buen champagne francés / y cena con velitas para dos / siempre es con otra, amor, nunca contigo / Bien sabes lo que digo…”
“Y sin embargo”
Joaquín Sabina.


Es lástima cómo pasan las cosas. Por lo general las buenas cosas pasan que da lástima. Y las cosas que pasan de maravilla, si se les mira de cerca, no son tan buenas. Por ejemplo con Marisol, esa bella mujer. Todo con ella es bueno excepto una cosa; es lástima. O con Penélope, todo con ella es tan malo; y parece tan bueno. Uno no puede hacer nada en estos casos donde por una futilidad todo se arruina y hay que recomenzar en otro lugar, en otro momento, con alguien más. No me gusta para nada la idea de echar todo por la borda y dejar la vida así, como si nada, como si nada hubiese pasado, o como si nada hubiese tenido que pasar. La nadería lo es todo y es un enorme obstáculo en la vida de las personas acostumbradas a lo común. Para mi desgracia, esas personas son la mayoría y luchar contra corriente es un riesgo que hay que correr (a veces, sabiendo de antemano que todo está perdido).  No se trata de ganar o perder; el amor no es un juego de azar. Uno se enamora (no me detendré en aspectos psicológicos o filosóficos), no importan los motivos, y Marisol aparece en todos lados, y se desea tanto su compañía; un estar juntos sin nada más que estar juntos. Todo empieza un día que no se le espera, se continúa por sobre toda consecuencia y luego hay que pensar, detenerse en el acto y pensar. Pensar no siempre es bueno, se vuelve costumbre con el tiempo y es algo que hay que hacer o no hacer pero siempre se hace. Si no se hace se vuelve uno un animal. ¡Que bello ser un animal! No detenerse a pensar y llevarlo todo hasta final. ¿Los animales llevan todo hasta el final? Qué bello llevarlo todo hasta el final sin pensar y disfrutar de las consecuencias; tan terribles las consecuencias, tan temidas y tan pensadas.

 Una cosa es cierta y es que Marisol me encanta con todo y sus consecuencias. Todo comenzó como comienzan las cosas (nunca se sabe bien) y habrá que continuar y ser un animal o no serlo pero siempre continuar, con todo lo bueno y todo lo malo y llegar al final. Porque no llegar al final es peor que el aterrador desenlace de un algo que nunca debió comenzar. Dejar las cosas en suspenso está bien para los temeroso, pero no cuando se quiere a  Marisol, no, cuando se le quiere a ella no es justo parar en seco y abandonar. Nadie que no haya amado a Marisol sabe esto. Me basta saberlo a mí para que el mundo gire en torno al sol sobre su órbita y mi mundo sobre Marisol y en torno a la historia que da lástima por una insignificante. Marisol no es para los que temen; es para los que se atreven. Aunque hable en plural sabemos bien  que no es la intención y que creo (como creyó Romeo) que Marisol es para mí únicamente. No soy poeta y me aterra que la mujer de mis deseos termine siendo una Beatriz: inalcanzable en la vida telúrica. No creo en la reencarnación, no en el paraíso, el cielo. Creo en Hacer lo que deseo; deseo estar con ella.

 Hay cosas a las que el hombre les ha dado tanta importancia que son casi inquebrantables. Allí está mi oportunidad: ¡casi inquebrantables! Marisol es casi inquebrantable y hay que seguir, adelante con todo y no desistir hasta que la inquebrantabilidad sea quebrada. O morir en el intento (cosa que nunca pasa, no hay de que preocuparse). Una de esas cosas importantísimas en la vida humana es la que hace que todo sea una lástima. Como cuando es lástima que la súper-modelo Laetitia Casta, sea una súper-modelo y no nuestra vecina, hermosa y conquistable. Pero si existe un hombre capaz de llegar a ella,  hacerse su vecino a toda costa (obviemos la dificultad de esto) y convertir a esa súper-modelo en algo conquistable, entonces, mi tarea es sencilla; la nadería se vuelve nadería y la felicidad está al alcance de la mano. Hay que ser sinceros y adjudicarle a esa dificultad de hacer las cosas, el motivo por el cuál se llevan a cabo las grandes hazañas; sabiendo que si la vecina fuera sólo la vecina y Marisol, sólo Marisol, todo cambia y se pierde el sentido de la aventura, la emoción del reto, y esto se vuelve algo maravilloso (como ya dije, lo que pasa de maravilla, si se le mira de cerca, no es tan bueno). Así que después de todo no es lástima, sino excelente que Marisol sea Marisol y Laetitia, Laetitia.

 La posibilidad de arrepentimiento es inexistente cuando se trata de ella. Es deprimente comenzar, terminar y arrepentirse cuando se hace algo que siempre se deseó. No se puede llegar a Marisol con el corazón en la mano para luego salir arrepentido y disculpándose. Marisol exige que se le quiera desde el principio hasta el final con plena convicción y enfrentando los reproches de esa mayoría que vive sumergida en la costumbre. No hablamos de una mujer de costumbre, de un caso acostumbrado ni de la mediocre tarea de conquistar a la vecina. Esta exigencia nace no de ella sino de la situación, insignificante para mí pero capa de acero para el mundo que nos rodea. Si Marisol fuera sólo Marisol…

 Me iré pronto y habrá, muy a pesar mío como ya dije, que recomenzar en otro lugar, en otro tiempo, en otra vida. Ser otro y ser el mismo, y olvidar, y dejar que las heridas sanen. Antes de partir, las promesas: No olvidar, no dejar de sentir y sobretodo: las visitas. Antes las cartas o las llamadas, pero sobretodo las visitas, que son lo importante. El tiempo pasa a través de nosotros sin preguntar, sin echarnos un vistazo y ver lo bien que lo pasamos juntos, y el cariño, y el amor. El viaje viene con el tiempo y tampoco espera. Es cruel. Hay que soportar, eso se sabe, lo que no se sabe es cómo no soportar. No quiero soportar, me gustaría llevarla conmigo, o que me detuviera ella; no creo que se atreva, es tan buena, no podría o no querría. Yo no soy tan bueno y la llevaría. La llevaría conmigo a todos lados en todas partes. Siempre quedarán las visitas, lejanas, vagas, escasas, nunca suficientes y siempre hay que regresar. Y el tiempo es cruel y poco a poco todo lo derrumbará y llegará la última visita. No tan dolorosa gracias al tiempo, pero terrible por la indiferencia. Si ella se atreviera a detenerme. Sólo ella podría detenerme. Marisol. No sería una detención con todo lo negativo de las detenciones; no, sería un acto positivo, creceríamos, lo pasaríamos bien y nos olvidaríamos del miedo de perdernos (si es que ella me tiene el óbolo de cariño) y entonces seguiríamos luchando contra-corriente. Ella es valiente, lo sé. Vaya que es lástima cómo pasan las cosas bellas. Pero esa cosa de impedimento, esa sensación de opresión, es la que le da un sabor asombroso a la vida. 

 Mientras tanto queda disfrutar de su compañía, que siempre deja algo que desear, unos minutos más, unas palabras más, otro abrazo, un beso, ¿por qué no? Un beso, una caricia, de nuevo un abrazo, la basurita en el ojo y por fin adiós. Todo pasa tan rápido cuando se le recuerda, cuando se le mira atrás de nosotros, de cosas que ya pasaron; los recuerdos siempre están allí para hacernos ver, para recordarlos, y duele que sean recuerdos y no presentes. Y el futuro incierto, equívoco, opaco y traidor. Todo está perdido de antemano pero se lucha por lo que se siente, por lo que se quiere, “todo ideal es verdadero para quien lo profesa” y ella es mi verdad: Marisol. También es mi mentira, “tu mentira es tu verdad”.  Realidad o ilusión no es importante, lo importante es que todo esto es una verdadera lástima, con los pros y los contras de las verdaderas lástimas. Ojalá fuera diferente. Pero si fuera diferente, ¡qué diferente sería!; y me gusta así, lastimero el asunto y todo. Que maravilla que todo sea una verdadera lástima y no lo de siempre: el amor correspondido, los novios, el verse diario y la monotonía. Luego de la monotonía todo se acaba porque no la soporto. ¡Al diablo con la monotonía y las cosas que pasan siempre como pasan las cosas!, como prediseñadas, como hechas en serie y como muy repetidas y predecibles. Mejor que todo pase así tan mal, porque las cosas que pasan así de mal no están hechas con molde, y son más ricas, como hechas en casa, a la medida, con sal al gusto; y uno no es chef pero que bien saben, y uno no es chef y allí esta lo emocionante, a ver cómo nos quedan; pero las comemos con alegría de saberlas nuestras, únicas y nuestras.  

 Es increíble. Marisol es maravillosa y si no fuera por un detalle de poca importancia, todo sería de otro modo, muy feliz y muy normal. Ya dije que la prefiero así, con detalles que rompen lo común. No he tocado el punto y prefiero no hacerlo directamente y habrá que ser perifrásticos y darle vueltas al pozo para que desde allí lo mire el público y sin saber lo que hay dentro lo imagine y lo haga su verdad. Para unos no es gran cosa, dirán que estoy exagerando y espero que así sea (siempre me ha gustado exagerar). Lo que Marisol tiene de malo no está dentro de ella, ella es preciosa, una bellísima persona y una bellísima mujer. O sea, que tampoco está fuera. Su rostro es angélico; amo esa pequeña nariz perforada, me encantan sus ojos y la mirada, dulce mirada que lo explora todo. Su cabello, su aroma, sus labios, sobretodo sus labios, y ese cuello. ¿Y dónde está el defecto? Es inteligentísima, no está en la mente. Lo pecado del asunto está en sus venas. Y es por esa cosa microscópica que todo se torna complicado. ¡Es lástima caray! Hay que decidir, actuar y no desistir. Unos dirán que es malo, otros que no tanto. No hablamos de malo y bueno, hablamos de soportar o no soportar, de cometer un acto anti-social o no cometerlo pero por ningún motivo cometerlo a medias. La mediocridad no cabe en esta historia (ni en ninguna otra; la gente suele olvidar). La distancia es un arma de dos filos, bien puede ayudar a olvidar, a sacarle a uno del caso, o sacarla a ella de uno; y hacer que todo quede como antes, tan como antes, tan normal, tan feliz y tan aburrido. O puede hacer sufrir a un alma sensible como la mía ¡Odio la distancia! Y la ultima vez, y la próxima y el nos vemos luego.  

 Pasando a la sujeción de sentimientos a voluntad, diré que sí, algo hay de eso. Así empieza uno, sujetando fuerte y si logra terminar así, que maravilla. Soy un hombre sensible, repito. Mi alma se inunda de Marisol fácilmente. Ella resbala por mi cuerpo, entra en él, se aloja en la mente, se aloja en esa cosa llamada corazón (metafóricamente hablando), la respiro, la saboreo, la escucho, la miro extasiado, la pienso, la sueño, la imagino, la platico, la recuerdo, la presumo, la escribo, le escribo, la convierto en ideal, la desconvierto, todo a voluntad. Pero ¿a voluntad de quién? ¿De mi razón, como se pretende en todo caso de amor sujeto a voluntad? ¿O a voluntad de mis emociones? Esto último es carecer de voluntad, de mí voluntad y volvemos al inicio: amor desmesurado, increíble amor que llega de golpe y se estampa en uno y se queda adherido como una masa gelatinosa de la que no me quiero despegar. ¿Allí está la verdadera voluntad? En ese no querer curarse, en esa terquedad de seguir enfermo, enfermo de amor: estado de embriaguez que maximiza las virtudes del objeto de deseo y minimiza los defectos, haciendo del paciente un ente carente de razón e idealista. Ya de por sí soy idealista (vaya pretexto; la mediocridad asoma en todos mis dientes) y ya de por sí me conozco y me considero un amante, romántico y cursi (los dientes se defienden con eso de romántico). Así que sujetaremos a voluntad el sentimiento, a mí voluntad, hasta que la voluntad pase a manos de otra cosa.  

 Mientras todo eso, hay que saber qué quiere ella. Lo que yo quiero está claro: la quiero, me gusta estar con ella, le admiro, me parece hermosísima, y deseo poder decírselo y abrazarla y las caricias y los besos: expresiones del sentimiento. Quiero compartir parte de mi vida (no toda porque ya pasó un cuarto de ella y es irrecuperable) y aprender a amarla, y aprender de ella y llenarla de cariño y hacerle ver que ella vale mucho para mí, que es muy importante y que al ¡diablo con todo!: ¡la amo! (En mi concepto de amor, no existe el amor completo, es decir, no puedo amarla hoy y amarla así siempre, sino que el amor es un proceso de amar, y amarla es un querer amarla día con día y siempre distinto, siempre un poco más. Un estar dispuesto a todo lo que venga, a conocer sus defectos (las virtudes sobran pues por algo se enamora uno), sobretodo conocer los defectos y amar sus defectos, respetar sus vicios, su libertad, y entregarle a ella parte de mí, con mis aciertos y defectos sin mentirle, y llegar a ser uno los dos; amalgamar sentimientos y pensamientos sin porciones exactas, sin prejuicios y con plena responsabilidad, voluntad, consciencia y cariño. En pocas palabras: amarla a ella es para mí, simplemente, estar con ella, que cuente conmigo para todo, y respetarla exactamente, tal cual es, sin cambiarle un sólo cabello, una sola pestaña. Porque a Marisol se le ama en su totalidad). 

 Y ella puede no querer nada, cosa que no afecta mi sentir; no busco el amor en su definición vulgar: Casamientos, lunas de miel y resignaciones. (“…yo no quiero / que viajes al pasado / y vuelvas del mercado / con ganas de llorar…”) Una cosa es segura y es que luego de expresar mis sentimientos, con todo el abanico de opciones abierto (Cachetadas, sustos, traumas, rechazo, no verla nunca más, indiferencia, pensar un poco, ceder un poco, alegría, correspondencia total), escoja la que escoja, para nada va a cambiar mi postura. Muy a su pesar, (en el peor de los casos) soy un hombre de pocos amores, poco amores pero grandes y fieles amores, nada cambiará y le guste o no, a la distancia o la cercanía, la voy a querer muchísimo. Porque una vez que se conoce a Marisol, no se le puede olvidar. (Todo eso no lo sabe, pero yo se lo enseñaré, si la vida lo permite).

 Ahora que todo se va tornando diáfano, aclarémoslo de una buena vez.  Aunque estoy declarando un sentimiento, y eso es lo que comúnmente se conoce como declaración de amor, o como declarársele a una mujer, conmigo la cosa siempre es un poco distinta. Me encantaría hacer de Marisol mi novia, claro, eso no se dude por favor. Pero adaptándome a la situación, sé que eso es lo menos importante. Lo importante de todo esto es lo intangible y no los títulos que tratan inútilmente de hacer “cosas” a las “ideas”, que se desviven por darle un poquito de materia a lo inmaterial. Ser novios o no serlo es cosa de parco valor cuando dos personas se quieren. Ser novios es un compromiso. Yo no le exijo compromiso alguno; ella es libre. (Aquí quiero hacer una pequeña explicación, para evitar equívocos. Que yo otorgue libertad, no significa, que yo otorgue libertinaje. Le exijo que sea libre, es decir, que si su concepto de cualquier cosa (ya sea, de noviazgo, de matrimonio o de enchiladas) es de un manera, ¡pues que por favor, no se limite ni se detenga y actué conforme a su querer!, y que sea una novia como novia crea que debe ser, una esposa, y que haga las enchiladas como piense que deben hacerse; para nada hay que confundir libertad con “obligación de libertinaje” Y por otro lado, que se despreocupe de mí, que mi concepto de querer es siempre muy fiel y muy comprometido; no soy un libertino ni lo seré; soy hombre de una sola mujer porque me tomo la libertad de ser así, porque así lo quiero. Allí radica la libertad que yo otorgo: un, puedes quedarte si quieres, si no, no. Pero no se confunda con un acto de correr a la persona; repito: puedes quedarte si quieres, si no, no. Con toda la sinceridad que se le puede imprimir a la frase). Aclarado el punto, regresemos a lo que nos atenía: “Ser o no ser, he allí el dilema” Un noviazgo es, como ya dije, un compromiso, un verse diario, hablarse por teléfono, regalarse cosas, etcétera. Notemos que todos eso actos no son el noviazgo, (o no debería serlo) sino síntomas (que en estos tiempos se confunde con obligaciones) de un sentimiento. Y es claro que algunos de estos síntomas parecen imposibles en esta historia que es una lástima. No, Marisol querida, no. Todo esto son pequeñeces. (Ya mes estoy adelantado mucho a una respuesta que tiene todas las de perder) Le diré que si usted tiene la idea de que a un novio se le debe ver diario (cosa que si  la tiene, yo le respeto rotundamente y le admiro)  no hay ningún impedimento para eso. Si cree que se le debe ver diario sin ocultársele, tampoco lo hay (ya le explicaré eso en persona). Todo lo que usted imagine lo podemos hacer porque ya verá que mi ingenio es más grande que los obstáculos que cualquiera puede poner. Mi ingenio aunado al suyo y a las ganas de estar juntos (si es que la tiene; repito que ya me estoy adelantando demasiado). Si le preocupa la sociedad, pues que no le preocupe que le aseguro, al ser una masa, se le puede controlar cuando se le trata con total confianza. Cuando uno habla y dice las cosas como son, sin preocuparse (sin verdaderamente preocuparse) del qué dirán, todo se convierte en cosa simple y pasa por muy normal (para ejemplo las chicas que salen con señores de cuarenta-y-tantos (risa de chiste local) que lo cuentan como si nada, y en efecto, no pasa nada, ¿a quién le importa? Que bueno, que aprenda lo que pueda y bien por ella. Cosa distinta sería que lo contara temerosa, pues entonces sí, los cerebros de la masa huelen el miedo y se entregan al compendio inútil de consejos y puntos de vista, insoportables cuando se está convencido de lo que se quiere). Bueno, todo lo anterior es en el caso de que no se quiera ocultar nada, que si se quiere se puede hacer también, el caso se presta para ello. Y eso lo hace tan interesante, tan anormal (anormal es un adjetivo bellísimo cuando se le mira de cerca, es lástima ¿no? Como todo en esta vida) y tan fuera de la monotonía, porque, claro que este caso dará ocasiones, situaciones, eventos e historias, que mutarán según el caso y romperán con todo lo monótono de una relación  tediosa y normal (el adjetivo normal, que suena tan bien, si se le mira de cerca, es un despectivo: sinónimo de “promedio”, sinónimo a su vez de “mediocre”).

 Así, sin querer la cosa, ya le dije lo que siento y la perífrasis me sirvió de poco. Hay tanto que hablar, tanto que pensar, pero sobre todas las cosas, tanto que disfrutar y querer y pasarlo bien y aprender y ayudar y crecer. Esas cosas son las cosas buenas de todo esto. De esto que denomino: un sentimiento sincerísimo y  sin pretensiones. Un amor que se acepta como es, con limitantes, (que a mi modo de ver, como ya dije, hay pocas) con ventajas (la ventaja de la a-monotonía y de la anormalidad y de la emoción y de la sinceridad) y con edades y cosas de las venas. Un sentimiento noble, sencillo, que no exige nada y que todo lo da. Una locura para muchos, quizá también para Marisol, pero una muy buena locura, que vale la pena por usted, Marisol, por usted. 

 Transcribo un párrafo que escribí luego de verla, de estar con ella, por tercera vez: 

 << Hace apenas dos cafés y una fiesta y ya me he tomado la libertad de quererla. Espero no lo tome a mal; hablo en el sentido que se le tiene que dar a las cosas en estos casos. Un sentido opaco y velado por la consanguineidad de la situación. Como dije, los lazos me son indiferentes, mera formalidad, mera suposición. Suposición de que debemos… o de que no debemos. Pero repito: me son indiferentes. He decidido quererla; como dice Nietzsche: “amor sujeto a la voluntad” Y como digo yo: si no está sujeto a voluntad, es involuntario y como tal no puede uno hacerse responsable, ni por otro lado, obtener crédito alguno. Hemos pasado de trece a dieciséis horas juntos, repartidas en tres semanas, es decir, veintiún días, y no diré que he “reencontrado”, pues no he reencontrado nada, sino que he encontrado por vez primera a una persona muy especial. Una linda chica con la que me identifico, la más bonita de todas (más bonita que sus amigas morenas y blancas, por ejemplo) y por la que siento no la obligación de los lazos sino el verdadero sentimiento de los desconocidos que se acaban de conocer y no se pueden olvidar…>>

 Este párrafo lo escribí hace tiempo ya y quedó guardado en algún documento sin nombre. Lo hice para arrancarme del pecho esa sensación que se tiene cuando se quiere demasiado a una persona, a una mujer, a Marisol. Ahora lo copio y lo pego, precisamente porque quiero pegarlo de nuevo a mí. No lo quiero exorcizar, no aún, no aún que no ella no lo sabe, que no he dado ni el primer paso. Qué cobarde sería tirar todo al fuego de la chimenea.  Pienso que hay que ser valientes y que hay que decir la verdad y no fingir y no engañar y antes que todo, no reprimir. Me ha tocado demostrar que lo que pienso es acorde a lo que hago, que soy una persona íntegra y que no soy un hablador: demostrarle a ella lo que siento es cosa de miedo para muchos, y para mí también, debo aceptar que los músculos se tensan, que el corazón late más rápido y que la boca se seca; síntomas éstos del nerviosismo, del miedo a no verla nunca más; a la distancia, que ya dije: ¡odio! La distancia, es decir, la privación de “momentos de Marisol”, el no verla nunca más, es un riesgo que se tiene que correr; porque si se logra obtener el beneplácito (aceptación) de esa mujer, todo habrá valido la pena y le juro Marisol, le prometo rotundamente que no se arrepentirá, que nadie la ha querido como yo la quiero, ¡nadie! (estas cosas se saben a priori cuando se confía y se conoce lo que uno siente; y se siente tan fuerte que se sabe imposible que alguien lo haya sentido más intensamente) Dese (y deme, claro) la oportunidad de correr el riesgo, de probar lo hermoso de un sentimiento honesto, que no busca de usted nada que no sea su compañía y su cariño; algo tan simple, tan bellamente simple. Permítame decirle lo muchísimo que he llegado a quererla sin que todo sea un caos, permítame demostrarle que es usted quién ha ganado mi cariño, y por favor, por favor, no se rompa la cabeza pensando en porqué, porqué usted. No lo haga, no llegará a ninguna conclusión, mejor lo explico (o trato vagamente de explicarlo, ya que estas cosas no se explican con letricas, letras ni párrafos): 

 Bueno, aquí vamos con el intento de explicación, que dicho sea de paso, es una explicación que dirijo tanto a usted, como a mí que tampoco lo entiendo (ni quiero entenderlo, sobra la razón, la lógica y la lucidez). Conocer a Marisol no fue indiferente, es una persona a la que ya se le quería de antes, sí, y que regresó convertida en algo perfecto, lindísima. Una guapísima mujer. Hasta aquí todo va normal (puedo soportar eso sin perder la cabeza. Bueno eso creía hasta que llegó usted). Aunado a su lindura (y aquí va lo realmente importante), encontré en ella una personalidad tranquila, sincera, sin pretensiones, simple, transparente, honesta; una personalidad que siempre he buscado, que se aleja del común de las personalidades femeninas interesadas en cosas de poco valor. Es ella una mujer introspectiva, atraída por el conocimiento de sí misma y de las cosas que le rodean, inteligente, diferente (que bonito es ser diferente) y capaz de reflejar una ternura y belleza interna impecable (¿cómo lo hace?, no lo sé). Observadora, humilde, consciente, madura (de verdad es usted una persona madura, tanto que sabe que aún le falta madurar, y he allí su paradójica madurez). Valiente, muy valiente diría yo (si yo viera algo extraño en la noche, sea lo que fuere, muero del susto (risas)) Con una experiencia, me atrevería a decir, mayor de la esperada. Sin prejuicios (sobre drogas o estilos de vida, sobre religión o filosofías, sobre personas, amistades y sobre todo lo que puede no tenerse prejuicios) Cariñosa, cosa que me gusta tanto. Es una mujer súper natural, sin excesos, con buen gusto, de la que se puede hablar de absolutamente todo. Transparente (no sé si me explico con este adjetivo, me cuesta trabajo pero me viene a la mente, ella es transparente, y blanca y pura, no entiendo bien pero eso me pasa por la cabeza cuando la pienso a ella; creo que es algo relacionado con “sincera”, con que ella es quién es sin querer ser alguien más). Una de las razones de más peso: es una excelente amiga, sabe escuchar, de verdad sabe escuchar. Esto es importante porque considero que todo lo que sigue de la amistad es mejor con una buena amistad previa, que implique confianza y respeto (la gente no quiere ennoviarse de sus amigos porque son amigos, pero se equivocan, los amigos son los mejores prospectos. Claro que si todo termina, termina todo, la amistad y el noviazgo, pero hay que ser valientes y correr el riesgo) Con todas estas características, metidas en una licuadora, mezcladas con lo bien que lo paso a su lado, las cosas que nos hemos contado,  lo mucho que me gusta su sonrisa, ¡y sus labios!, es imposible, entienda Marisol, ¡es imposible! no sentir nada por usted. Es una persona admirable y le digo de todo corazón, vale tanto para mí que por eso hago lo que hago y tomo los riesgos que tomo y prefiero no verla nunca más a verla siempre y estar fingiendo que usted es para mí una simple amiga, como cualquier otra, no, jamás como cualquier otra; ¡única!

 Marisol, antes de que diga cualquier cosa, sepa que no estoy loco, que lo que siento no lo decidí yo, que esto pasó porque así tenía que pasar o porque así pasó y ya, no lo sé. Es lástima verla leer estas líneas y saber que todo es una verdadera lástima, ¡qué maravilla!


México D.F. a 29 de Agosto del 2008.





viernes, 4 de febrero de 2011

El celoso impertinente. Parte II: ¡La he cagado!

AudioTexto
Y bien, ¿cómo te fue?, pregunté a Martin Petrozza. Estábamos en el café La Selva del centro de Tlalpan y Petrozza recién había salido con Anselmo y Maribel, la mujer de Anselmo. Anselmo era un celoso impertinente que pidió a Garrison probar a su mujer. En cuestión de fidelidad. Garrison se negó. Y Petrozza, por supuesto, se ofreció amablemente. Petrozza dio un sorbo al americano que ordenó y dijo: No lo sé. ¿No los sabes?, pregunté sin creerlo. Según el plan de Anselmo Martin debía cortejar a Maribel, y en algún momento de la cita, él, Anselmo, se ausentaría. Para dar oportunidad a Petrozza de concertar una cita a solas con su mujer. Si Maribel aceptaba, sería una puta y la teoría de Petrozza, de que todas las mujeres lo son, quedaría comprobada. ¿Obtuviste la cita?, pregunté ansiosa de conocer el resultado de semejante tontería. Encendió un cigarrillo y mirando la flama encender el tabaco, asintió con la cabeza y luego, expulsando todo el humo de la primera bocanada dijo: sí. ¡No lo puedo creer!, exclamé totalmente asombrada. Anselmo pintó ante nosotros a Mrible como la mujer más fiel sobre la faz de la Tierra. Y si llevaba a cabo esta prueba era porque el hijoputa de Petrozza le había lavado el cerebro asegurando que todas las mujeres, tarde o temprano, caían en tentación. Bueno dijo Petrozza, eso no significa nada. Y dio otro sorbo al café. ¿Cómo que no significa nada?, dije yo. No voy a follarla en la primera cita, dijo. Sonriendo dije ¿no?, pero si tu eres de los que… Sí, pero ella no, interrumpió Petrozza. Vale dije, aún así, no puedo creerlo.

 ¡Qué hay!, apareció Garrison saludando y se sentó a la mesa. Habíamos quedado todos: Garriosn, Petrozza, Anselmo y yo. Para escuchar el resultado de todo esto. ¿Cómo te fue?, preguntó Garrison  a Petrozza inmediatamente. No lo… iba a decir pero interrumpí: Bien. Le fue muy bien dije, ¡obtuvo la cita! ¡No!, ¿enserio?, dijo Garrison tan sorprendido como yo. Petrozza dijo ya, paren, no es la gran cosa. Nos veremos de nuevo, a la ausencia de Anselmo, lo que no significa nada. ¿Y ya sabe Anselmo?, preguntó Garrison recibiendo el café que le trajeron. Quizá dijo Petrozza, probablemente Maribel ya se lo contó a su marido. ¿Probablemente?, preguntó Garrison, ¿o sea que la cita se concertó sin Anselmo? Sí, contestó Petrozza aplastando la colilla de un cigarrillo sobre el cenicero. ¿Y dices que no significa nada?, insistí. Bueno dijo, a decir verdad Maribel me parece una buena mujer, sólo un poco curiosa, ya saben, la típica chica que se casa con el primer novio de su corta vida. Entiendo dije, quizá tengas razón. Aún así dijo Garrison, ¡qué puta! Vamos, vamos dijo Petrozza, no seas tan duro. Petrozza no parecía Petrozza. Él, el primero en prejuzgar a toda mujer de fácil, defendía tímidamente a la buena de Maribel. Algo no andaba bien. Lo sospeché al observar la poca seguridad con que Petrozza contestaba nuestras preguntas. No era característico en él. Respondía como si no deseara decir nada más al respecto. Lo único que logramos sacarle fue un sí, sí obtuve la cita. Cuando ahondamos en el asunto se mostró hermético. Eludía las preguntas y llevaba la conversación por otro lado. Por ejemplo, Garrison preguntó cuándo y dónde se verían a solas. Petrozza únicamente dijo no sé, no sé, ya veremos. ¿Ya verán?, pregunté, ¿no quedaron ya? No exactamente contestó Petrozza. Y fue todo lo que dijo. Garrison lo notó también. No queriendo llevar a más la cosa por el momento preguntó cómo piensas decírselo a Anselmo. No pienso decírselo dijo Petrozza y bebió de golpe el resto de café. Acto seguido levantó la mano para llamar un mesero y ordenó una cerveza oscura. ¡Tienes que decírselo!, grité. No, dijo tajante, Maribel no ha sido infiel y decirlo sólo acabaría con los nervios de Anselmo. Garrison y yo callamos. Tenía razón. Lo sorprendente era que él, el Hijoputa Mayor, se preocupara por los nervios de alguien. 

 Justo en ese momento llegó Anselmo. Lucía nervioso. Pidió permiso para tomar la silla de una mesa desocupada y se sentó con nosotros. Dijo: hola, hola, ¿qué pasó? La pregunta, evidentemente iba dirigida a Petrozza. Anselmo se había citado con Petrozza en un bar de la calle de al lado, llevando a Maribel y presentando a Martin como un viejo amigo. Petrozza, según lo acordado, se lanzó directo y con todo a seducir a su mujer. De pronto, a propósito, Anselmo desapareció unos buenos cuartos de hora, dejando actuar a Petrozza. Luego regresó y la puesta en escena continuó. Al final Petrozza se despidió de ellos y se largó. Dejándolos solos. Desde aquel día Anselmo no sabía lo que hablaron a solas, y ahora, desesperado, había maquinado las más atroces ideas. No dudo que incluso imaginase a Maribel follando con Petrozza esa misma tarde en el cuarto de baño del lugar. No pasó nada dijo Petrozza desinteresado. ¿Cómo?, preguntó Anselmo. Qué no pasó nada tío, nada de nada, contestó Petrozza irritado. ¿Entonces qué hicieron todo ese tiempo?, preguntó Anselmo. Seguramente el tiempo de ausencia se le hizo eterno. ¡Qué íbamos a hacer!, pues nada, platicar de la cabrona de tu suegra, eso fue todo, respondió Petrozza molesto. Anselmo notó el enojo y ya no dijo nada. ¿A ti qué te dijo Maribel?, preguntó Garrison a Anselmo. Nada dijo, sólo dijo que Petrozza era muy agradable. Pues ya lo tienes dijo Petrozza, no pasó nada. Anselmo, al recordar cómo Petrozza aseguraba soberbio que ninguna mujer, ni Maribel ni ninguna, resistirían la tentación del adulterio, supuso que viéndose derrotado, Martin, estaba furioso. Bueno dijo Anselmo, exhalando aire, creo que nos debes una disculpa… Garrison bajó la mirada y yo bebí al café; pedir disculpas a Petrozza era como pedir uvas al peral. Vale dijo Petrozza, te ofrezco una disculpa, tienes una buena mujer; no todas las mujeres son unas putas. Casi se ahoga al decir el último enunciado. Con el humo de tabaco. Entonces lo supe: Petrozza no creía en lo que decía. Algo ocultaba el cabrón y yo estaba dispuesta a sacarle la verdad costara lo que costara. Aquella tarde no hablamos más del asunto.  Para Anselmo era caso cerrado. Estaba orgulloso de Maribel y eso era todo. 

2

A los cuatro días visité a Petrozza. Me recibió en casa y le exigí contara todo a detalle, pues no te creo nada, dije. No le sorprendió mi incredulidad. Vamos por un trago dijo, ya te contaré. Fuimos a la cantina Jalisciense  y me lo contó: sabes que la gente suele confiarme cosa dijo, no me interesa lo que la gente tiene que decir y no digo nada y se piensan que soy un excelente escucha. Sí dije, ¿eso qué tiene que ver? Pues Maribel me confesó el asunto, dijo Petrozza, me dijo: sospecho estar embarazada. Ajá dije, ¿y luego? Lleva una relación cerrada con Anselmo, contestó Petrozza, no tiene amigos, fuera de Anselmo no habla prácticamente con nadie. Sospechó estar embarazada y no quiso decirlo a él. No pudo decirlo a la madre porque correría con el chisme a los padres de Anselmo, quienes inevitablemente lo enterarían. No estaba segura y no deseaba dar falsa alarma en caso de no estarlo; y en caso de estarlo, deseaba dar la sorpresa pero primero debía estar segura. Yo no entendía nada, Petrozza hablaba de un embarazo y no entendía nada. No ligaba eso con la cita. Continuó: entonces me ofrecí de confidente. Quedé acompañarla a realizarse los estudios correspondientes. ¡Dios mío exclamé, entonces Maribel sí es una buena mujer después de todo! No, dijo Petrozza, después de todo es una puta como todas. ¿Qué?, dije. Verás Pinciotti, dijo Petrozza, ayer por la mañana… ¡Por la mañana!, ¡tú! Petrozza solía dormir por las mañanas. Hasta bien entrada la tarde. Sí, sí dijo, ¡Yo!, ayer por la mañana, acompañé a Maribel. Se realizó una prueba de embarazo. ¿Y qué pasó?, pregunté. Negativo dijo Petrozza, salió negativo. Bueno dije, qué bien. Sí dijo pero eso no es lo importante, el caso es que al ver la felicidad que le causó saberse libre de concebir, en aquella sonrisa, atisbé lo que llamo el Instinto de libertad. Un instinto que hace de la mujer que se sabe libre Gracias a Dios, luego de creerse atada, una condenada puta. Carajo dije yo, no puedes creerte todas tus teorías, ya ves, acabas de errar con Maribel… Petrozza movió la cabeza negativamente. No, Pinciotti, no es así dijo, probablemente yo no soy psicólogo pero sé reconocer el Instinto de libertad cuando lo veo. No estoy equivocado: Maribel es tan puta como cualquiera y lo puedo demostrar. ¿Se acostó contigo al saberse libre?, pregunté sarcástica. No, confesó, conmigo no. Maldición dije, ¿qué quieres decir? Suspiró, bebió al whisky que habíamos ordenado y comenzó a narrarlo: 

 Saliendo victoriosa de los designios de la naturaleza, y mirándola radiante de alegría, poseedora de aquel instinto; o mejor dicho, aquel instinto poseedora de ella, le propuse celebrar con una copa.  Ajá dije escuchando atenta. Aceptó dijo Petrozza y la llevé a La puerta Negra. ¡A La Perta Negra!, exclamé, ¿cómo pudiste? La Puerta Negra es el bar de mala muerte favorito de Petrozza. Es igual dijo, déjame terminar. Vale dije. Recomenzó: Fuimos a la Puerta Negra  donde yo me apliqué vehementemente en ligarla. No precisamente ligarla, ya sabes: acostarme con ella. Todos mis intentos fueron banales. Maribel respondía a mis insinuaciones estupendamente. Como algunas mujeres saben hacer. No te rechazan abiertamente ni te dan entrada del todo. Te mantienen en suspenso. Sin embargo conozco a estás arpías. Uno puede perder la vida atrás de ellas y jamás te entregan nada. Son las más peligrosas de las mujeres. Una vez perdí meses enteros tras una jeba así…  Sí, sí dije, ¿qué diablos pasó con Maribel? Me rechazó, en pocas palabras me rechazó, dijo. No era yo el indicado para hacerla caer en tentación. Lo que no quiere decir que nadie lo sea. ¿Cómo?, dije, ¿de qué hablas? En algún momento de la cita, continuó Petrozza, Maribel recibió una llamada telefónica. Supuse sería Anselmo. Sin embargo no lo era. Lo supe por la forma en que, apenada, se levantó de la mesa y caminó hasta donde yo no pudiera escuchar nada. La miraba sonreír con esa manera coqueta que se sacan las mujeres cuando hablan con un amante. Hablaba y bailaba como quien no aguanta las ganas de orinar. Con la cabeza ladeada y sonriendo en todo momento. ¡Un asco! ¿Me explico? Claro respondí, con la culpa en la entrepierna. ¡Exacto! dijo Petrozza, así. Regresó a la mesa y pregunté quién era, siguió Petrozza, a lo que respondió cortante luego de unos segundos: un amigo. Pensé que no tenías amigos, eso dijiste, dije yo para confrontarla un poco. Maribel enmudeció. Bueno dijo al fin, casi no tengo amigos, de hecho, éste, es un amigo de la secundaria. Ya dije, qué bien, dejando a un lado el asunto pero sin cesar mis sospechas. Saqué un cigarrillo de la chaqueta y el móvil de Maribel volvió a sonar. Miró el identificador antes de contestar y se levantó a hacerlo lejos. Se colocó junto a la entrada del sanitario, así que hábilmente, con la intención de captar el óbolo de la conversación, me levanté y fingí ir al sanitario. Pasé junto a ella y no lo notó. Se concentraba en la llamada como si fuera la llamada de Dios o algo. Y alcancé a escuchar lo siguiente: miércoles por la mañana. Eché una meada (una vez dentro del sanitario me vinieron verdaderas ganas), y salí. Al hacerlo Maribel ya estaba en la mesa. Después de un rato de llevar la plática por banalidades absurdas, encendí un cigarrillo y echando el humo de la primera bocanada a la cara de Maribel, dije: ¿qué harás el miércoles por la mañana? Enrojeció y preguntó a la defensiva por qué. Ya dije, sólo pregunto. No, enserio, dijo Maribel, ¿por qué? Entonces supe que algo andaba mal. Quería invitarte el desayuno dije, eso es todo, pero si no puedes… ¡Ah!, eso, dijo Maribel, sí, bueno, es que el miércoles… iré… con Anselmo a comprar unas cosas. Vale dije, no hay problema. Pero vaya que lo había. Bebimos un par de cervezas más y nos despedimos. 

 Hay una cosa que no entiendo dije, ¿no se supone que Maribel y Anselmo pasan todo el tiempo juntos?, ¿cómo es que se permitió beber contigo?, ¿y si la cita era secreta, qué pretexto pondría al aliento alcohólico? Lo mismo me pregunté, Pinciotti, dijo Petrozza, y tengo la siguiente hipótesis: Maribel no regresó a casa. Dijo a Anselmo iría a pasar la noche a casa de la madre. Y como Anselmo personalmente la ha llevado allá, no sospecha nada. Maribel tiene la confianza ganada, toda la confianza de Anselmo ganada; ha sabido construir perfecto la máscara de un rostro que no tiene. En lugar de ir con la madre se fue de puta, sentenció Petrozza dejando caer de golpe el vaso de whisky sobre la mesa. Puede ser dije, pero, ¿no es el próximo miércoles la cita? Quizá tenga dos amantes dijo Petrozza, fueron dos llamadas. Eso me parece demasiado dije yo. Quién sabe, dijo, no se sabe… tú tienes decenas de amantes… ¡Cállate!, dije ¡es diferente! 

3

Petrozza y yo nos convertimos en detectives del crimen amoroso. El miércoles por la mañana nos vimos y llamamos a Maribel. No contestó. La llamamos de un teléfono público; decenas de veces, y no contestó. Debe estar follando con su amante dijo Petrozza. En algún momento Petrozza recordó haber escuchado “Revolución” en la conversación telefónica de Maribel. Así que subimos a mi auto y fuimos allá. Avenida Revolución es muy grande, dije al llegar, jamás la encontraremos. Petrozza insistió y recorrimos la calle ida y vuelta durante cuarenta minutos. Mientras tanto Petrozza llamaba al móvil de Maribel desde mi móvil. Jamás contestó. Fue una tarea cansada. No logramos nada. ¿Qué hacemos?, pregunté a Petrozza rendida. Ya sé, dijo y llamó a Garrison. Pidió la dirección de Anselmo, que era la dirección de Maribel. Conduje hasta el domicilio y aparqué en la esquina. Dentro del auto, esperamos. ¿Qué esperamos? Nada y todo. Supongo que esto es lo que hacen los detectives de verdad, dijo Martin encendiendo un cigarrillo, ¡y encima les pagan! Riendo dije deberíamos comprar rosquillas y café. No sería mala idea, muero de hambre, dijo Petrozza. Pero claro, no había ningún sitio para ello. Esperamos, esperamos, esperamos. A eso de la una de la tarde lo vimos: Maribel llegó a casa. Venía arreglada. ¡Puta de mierda!, gritó Petrozza. Entró a casa y desaparecimos. ¿Qué habíamos obtenido? Nada. Pero si fuésemos detectives de verdad, ya hubiésemos cobrado algo de pasta.

 Anselmo trabajaba como informático en alguna empresa. Trabajaba en ella Maribel también. Sin embargo, so pretexto del posible embarazo, Maribel solicitó vacaciones. Aprovechó el tiempo para analizarse en busca de esperma fértil, y para hacer sus puterías agregó Petrozza. A partir de aquel miércoles rondamos la casa de Anselmo cada dos o tres días. Obtuvimos la siguiente información. 

1. Maribel sale de casa, todos los días (al menos los días que estuvimos) antes del medio día. Visita a la madre, hace compras, toma un café. Nada fuera de lo normal. 
2. Regresa siempre antes del atardecer. Antes de que Anselmo llegue a casa. Luego de eso no vuelve a salir para nada. 

 Perdemos el tiempo dije a Petrozza, quizá todo fue un error. No dijo Petrozza, estoy seguro, Maribel se trae algo. Con alguien. 

Un jueves a las doce con treinta Maribel salió de casa. Llevaba falda corta, escote y zapatos de tacón. La seguimos. Era una cosa complicada. Yo debía conducir tras los camiones que abordaba. Estar pendiente de dónde bajaba, y al mismo tiempo, esconderme para que no sospechara. Y justificar las paradas. Los conductores que venían detrás de mí enloquecían. Paraba en cada esquina para dar tiempo al camión de avanzar. Olas de pitazos se nos venían encima. Petrozza sacaba la mano por la ventanilla y gritando ¡Ya cabrones!, mentaba la madre. Nos vas a meter en un lío, dije. Qué va dije, dedícate a no perderla. 

 No lo pudimos creer. Aunque eso es lo que esperábamos, no lo pudimos creer. Maribel  entró a un edificio domiciliario. Tocó el timbré. Se abrió la puerta principal y entró a alguno de los apartamentos. ¡Lo sabía! gritó Petrozza. Así que aquí vive el amante. Tardó cuarenta minutos en salir. Tiempo suficiente para un polvo, dijo Petrozza. Luego la seguimos y regresó a su casa. 

4

Ya no había dudas. Maribel engañaba a su marido. Una vez libre del embarazo utilizó el periodo vacacional para dar rienda suelta al Instinto de libertad. Quizá el embarazo lo sospechaba del amante, pensé, y por ello la necedad de no avisar a nadie en casa, ni a su madre ni a Anselmo. Y claro, tampoco era buena idea dar falsa alarma al amante. Así que utilizó a Petrozza. ¿No pudo hacerlo sola?, preguntó Petrozza. Sí dije, pero a veces las mujeres preferimos un poco de apoyo en esos casos. Cabronas dijo Petrozza, para putas se pintan solas y luego quieren ayuda. ¿Qué harás?, pregunté a Petrozza. Lo pensó unos segundos y dijo tener que decirlo a Anselmo. No pude vivir engañado dijo, él confió en mí para probar a su mujer y debe saber la verdad. Estuve de acuerdo. Citamos a Anselmo ese mismo día.

 ¿Cómo se lo dirás?, pregunté y dijo que lo mejor sería decir que él mismo folló a Maribel. ¡Estás loco! dije eso es una mentira. Su argumento era bueno: si decía a Anselmo la verdad, no la creería. Se pensaría que derrotado, se inventaba eso para justificar su teoría. En cambio, si decía yo mismo la he follado, sería creíble. Si encaraba a Maribel ella por supuesto, lo negaría todo. Y Maribel tendría dos opciones: negarlo hasta al infinito, cosa que sólo agrandaría la verosimilitud de la mentira, o  decir la verdad que era confesar, de cualquier modo, su infidelidad. Cualquiera de las dos opciones dejaría a Petrozza como un alma honesta y limpia que ha cumplido su trabajo al pie de la letra. Podría lavarse las manos sin dificultad.

 Anselmo llegó y Petrozza fue al grano. Follé a tu mujer. No tenía cojones para decírtelo pero ya no puedo más con esto, dijo. Anselmo se fue destrozado. Estaba hecho una furia y destrozado. Incluso tuve miedo por Maribel. Anselmo no quiso escuchar nada más. Agradeció de todo corazón al hijoputa de Petrozza y se fue. Martin suspiró y dijo: pobre, pero tenía que saberlo.

5

Garrison llamó desesperado. Habían pasado tres o cuatro días después de aquello. Me pidió lo visitara en su casa urgentemente. Y exigió llevara al cabrón de Petrozza. Tenía algo que decirnos.  

 ¡Qué has hecho!, gritó a Petrozza al recibirnos. Nada río, ¿qué coños pasa?, dijo Petrozza asombrado. Y yo dije asombrada también, ¿por qué tanta urgencia? Pasamos a la sala y nos acomodamos en los sofás. Maribel ha llamado dijo Garrison. Ya dijo Petrozza, te has enterado, Maribel es una puta. Yo tenía razón. ¡Razón!, gritó Garrison, ¡razón! ¿Qué pasa?, pregunté, ¿qué ha dicho Maribel? Garrison lo explicó: 

 Maribel llamó a Garrison llorando y reclamando, pues por un chisme del pendejo de tu amigo, dijo Maribel, Anselmo se ha marchado. Petrozza y yo nos miramos. No es un chisme dijo Petrozza, Maribel tiene un par de amantes. ¡Un par de amantes dijo Garrison!, ¿no dijiste que tú mismo la habías follado? Eso dije para no agravar la cosa, se defendió Petrozza. ¡No agravar la cosa!, ¡pues vaya que lo has hecho!, gritó Garrison. ¡Eso es mentira! Lo es dijo Petrozza pero no importa, el caso es que Maribel engaña a Anselmo y ese es el punto. ¿Y cómo lo sabes?, preguntó Garrison. Es cierto dije yo, lo hace. ¿Qué?, preguntó Garrison más calmado, podía desconfiar de Petrozza pero no de mí. Le explicamos el asunto de nuestras investigaciones. ¡No sabe lo que han hecho!, gritó al escucharlo todo. ¡Han destrozado un matrimonio por nada! ¿Por nada?, preguntó Petrozza acelerado, no le agradaba que Garrison lo culpara injustamente (?) Yo no tengo la culpa dijo, Anselmo deseaba saber la verdad y yo se la he traído: su mujer es una… ¡No!, dijo Garrison, el edificio al que entró es el edificio de la oficina de Recursos Humanos de la empresa, ella fue allí a entregar el papeleo correspondiente a las vacaciones que solicitó. Se puede comprobar fácilmente. Martin y yo pasamos saliva. Bueno dijo Petrozza, eso está bien, pero, ¿qué hay del otro amante? ¿Cuál otro amante?, preguntó Garrison. Petrozza enmudeció. No tenía algún dato, prueba falsa o veraz, sobre la existencia de otro amante. 

 Entonces lo entendí. El celoso aquí era Martin. Al ser rechazado por la mujer en que particularmente puso la mira para comprobar su teoría “todas las mujeres son unas putas”, los celos se apoderaron de él, y no acostumbrado a ello, maquinó un sinfín de ideas que pretextaran la falta de interés por Maribel hacia su persona. Si no sale conmigo es porque sale con toros, pensó inconscientemente. 

 Vale dijo Petrozza, la he cagado. No importa, ya se arreglaran. Nada de eso dijo Garrison, tú mismo irás a ofrecer una disculpa y arreglar el asunto. Vamos tío, ya se arreglarán solos, además… eso tenía que pasar tarde o temprano. ¿Tenía que pasar?, ¿qué tenía que pasar?, preguntó Garrison sin creer que Martin aún no lo entendiera. Eso dijo Petrozza, de la infidelidad. ¡Pero si no ha pasado nada!, gritamos al unísono Garrison y yo. No sé, no sé, dijo Martin, no podemos estar seguros. Garrison y yo bufamos. Vale dijo Petrozza, posiblemente no ha pasado… es igual… ya pasará. Todas las mujeres son unas… ¡Cállate!, gritamos Garrison y yo. 

 Una vez más en la vida un matrimonio se vio afectado por los celos.  Aunque en este caso… celos ajenos (?). 



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