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Blog autobiográfico." Cuando escribo no pienso en el lector. Olvido que no todos somos cerdos. Ese es mi gran error. Y el de ellos." Martin Petrozza.

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viernes, 28 de enero de 2011

El celoso impertinente. Parte I: Todas las mujeres son unas putas.

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Era sábado de whiske en las rocas. Cada sábado solíamos reunirnos Martin Petrozza, Garrison, Rey Hernández y yo, en casa de Garrison, a beber whisky en las rocas y pasar la noche. Jugábamos Maratón, platicábamos las buenas o las malas nuevas; Garrison contaba el descubrimiento de alguna teoría literaria; Petrozza contaba de cómo se folló alguna mujeraza; Rey nos mantenía al tanto de la nota roja; y yo narraba mi última correría con algún hombre mayor, o del asunto Scott. También discutíamos al infinito en tertulias literarias donde Garrison perdía los estribos por algún comentario o alguna opinión de Rey. No solíamos invitar a nadie más. Éramos un grupo hermético de amigos. Nos importaba poco la sociedad y la moda. Éramos cuatro desadaptados sociales bebiendo y hablando de banalidades intelectuales y existencialistas. 

Sin embargo, aquel particular sábado faltó Rey Hernández so pretexto de la abuela enferma, y en su lugar vino un tal Anselmo, amigo de Garrison. Se conocieron en la universidad y hace un par de años no se miraban. No sabían nada el uno del otro y el cabrón de Garrison pensó buena idea reencontrarlo una noche de whisky en las rocas, lo que me pareció terrible. Aquella noche dejamos el Maratón y la tertulia para otra ocasión, pues Anselmo llevaba en el corazón una felicidad desbordante: habíase casado seis meses ha con una mujer a la que dibujó ante nosotros, perfecta. Maribel, dijo, es bella, discreta, atenta y fiel. Lo contó todo a la primera ronda de Whisky, sentado a la mesa, con los codos sobre ella, y fumando un cigarrillo. Lucía realmente encantado. 

 Garrison le felicitó, yo le felicité… y Petrozza, alma escéptica por naturaleza, dijo: ¿y cómo sabes que en verdad es fiel? Garrison y yo nos miramos. Sabíamos lo que se avecinaba. Martin era experto en hacerte dudar hasta de tu propia existencia. Anselmo no se dejó intimidar. Cogió el vaso de whisky, dio un sorbo y dijo: lo sé porque lo ha demostrado desde el noviazgo. Lo sé porque desde siempre la sociedad la ha tenido en buena estima. Asentí con la cabeza dando la razón. Garrison propuso un brindis por la buena mujer, y por la boda de Anselmo. Todos levantamos el vaso en brindis, incluso Petrozza que lo hizo apáticamente, y bajándolo, inmediatamente dijo tengo mis dudas, todas las mujeres son unas putas. Garrison y yo enmudecimos. Hubo un silencio de alarma al final de cual esperaba la reacción de Anselmo. Petrozza suele meterse en problemas por ser tan bocazas. Garrison rompió el silencio comentado: que todas tus mujeres sean unas putas no quiere decir que todas las mujeres lo sean. Petrozza lanzó una llamarada de humo de tabaco, y se defendió: Enserio. TODAS sin excepción. Unas más otras menos. Tarde o temprano. Lo dijo con tal seguridad, como si se tratase de un viejo sabio, que Anselmo dudó. Bueno dijo, Maribel no lo es ni lo ha sido al menos hasta el momento. Cuestión de tiempo, apuntó Martin moviendo la mano como si estuviese diciendo la cosa más elemental del universo. Y lo dijo directo a los ojos de Anselmo quien desdibujo una sonrisa. Vale dije, pasemos a otro tema. El ambiente comenzaba a tensarse. Esperaba que en cualquier momento Anselmo preguntara cabreado y amenazando a Petrozza si el cabrón estaba insinuando que Maribel… Pero no lo hizo. Garrison me siguió el hilo y propuso jugar algún juego. Anselmo sin embargo prefirió escuchar el por qué de los razonamientos de Martin. ¡Error que le costó la tranquilidad! Está bien dijo, no hay problema, dejemos que Petrozza nos diga, según él, por qué las mujeres son todas unas putas. Garrison y yo nos miramos de nuevo negando con la cabeza. Garrison levantó los hombros rendido, y yo dije vale señor sabelotodoenlavida, ¿por qué las mujeres son putas todas? Petrozza terminó lo que quedaba en su vaso de un trago, lanzó un sonoroso ¡Ahhh!, encendió un cigarrillo, y mientras se servía más whisky, comenzó: Muy sencillo. Las mujeres son todas unas perras del Infierno porque llevan en los genitales el veneno del pecado. Veneno inyectado por la lengua de la serpiente luciferina, allá en el origen de la humanidad. No hay mujer sobre la faz de la Tierra que no lleve incubada la semilla de la mentira. Y una mujer fiel es como una leona mansa: no existe. Puedes enjaular una leona desde cría pero nunca matar el instinto feroz de su especie. Tarde o temprano ¡zaz! Yo tuve ganas de reír al escuchar aquello. Me contuve al mirar la cara de asombro de Anselmo y el semblante frío de Garrison. Garrison estaba de acuerdo, lo sé, pero no dijo nada. No quería convertir la felicidad del amigo en tristeza. Y yo estuve de acuerdo cuando Petrozza remató con un: ¿o no, Pinciotti? 

 Veamos, continuó Petrozza, dime Anselmo, ¿cómo diablos puedes estar seguro de que en este momento no está ya Maribel en brazos de otro? Hablaba como detective que busca la clave. Porque la he dejado personalmente en casa de su madre, contestó Anselmo ufano de no ceder tan pronto. La has dejado personalmente en casa de su madre, repitió Petrozza y jaló una bocanada de tabaco. Fumaba con todo el estilo de un detective que busca a través de la mayéutica la contradicción en los razonamientos de su víctima. Se divertía el hijoputa descorazonando al prójimo. Así es, afirmó Anselmo. ¡Maravilloso!, ¡Maravilloso!, has hecho bien, dijo Martin. Y dime, Anselmo, ingenuo Anselmo, ¿tienes tanta seguridad cómo hoy de mantener siempre en cautiverio a la bella leona? Claro, respondió Anselmo como si tal cosa. Pasamos todo el tiempo juntos dijo, trabajamos en el mismo sitio y vivimos en la misma casa. Aquí todos hicimos una mueca de asco. No es sano dije yo. El Infierno, dijo Garrison. ¡Eureka!, ya lo tienes, dijo Petrozza apuntando el índice al pecho de Anselmo. Ninguno comprendimos nada. Díganme todos ustedes, explicó Petrozza, ¿es acaso santo aquel que no habiendo probado jamás el alcohol, se vanagloria de ser abstemio? O para explicarme mejor: ¿es acaso santa la mujer que sin tener jamás tentación, la ha librado? Nadie tuvo nada que decir en contra y siguió: dudo de toda mujer y si piensas que Maribel es tan perfecta, no puedo creerme de esta verdad sino probándola de manera que la prueba manifieste los quilates de su bondad como el fuego muestra los del oro. Pues no posee valor el alma buena a la que no den ocasión  de probar su bondad. Un alma buena en dichas condiciones es como el perro atado, que atado es el mejor de los perros, pero una vez suelto… ¡Vaya demonio! Así, la mujer que es buena por temor o falta de ocasión yo no la tengo en tanta estima, en que tendré a la perseguida y solicitada que salió con la corona del vencimiento. Aplastó la colilla de un cigarrillo sobre el cenicero y Garrison tomó la palabra: Tiene razón dijo asintiendo con la cabeza y frunciendo los labios. Anselmo lo pensó seriamente y confesó notar en Maribel cierta proclividad al coqueteo, no llevada a más por falta de tiempo. 

 Increíblemente Petrozza lo logró. A base de razonamientos filosóficos le hizo ver que ninguna mujer está exenta de caer en tentación. Y que si Maribel es tan buena como él cree, tendría que probarse. Y claro, Anselmo jamás la había probado. Anselmo vivía convencido de una verdad posiblemente falaz, pues según el hijoputa de Petrozza, una mujer puede decir mil cosas y comportarse de mil maneras, como un demonio puede transmutar la materia de la que está compuesto, a la de una bella doncella o una bruja o un dragón. Poco a poco Petrozza taladró hasta llegar al nervio. Y una vez llagado Anselmo enloqueció. Calma, Anselmo, tienes una buena mujer y lo sabes, decía Garrison para dar ánimos al buen amigo. El alcohol corría por las venas de Anselmo y acalorado daba la razón a Petrozza: ¡todas las mujeres son iguales!, juzgaba sin pensar. Garrison no sabía qué hacer con un hombre desesperado en casa. Petrozza bebía alegre de la elocuencia con la que venció la poca fortaleza de su interlocutor. Ahora regrésalo a la felicidad, susurré al oído de Martin. Vamos dijo, que se dé cuenta de la realidad. Cabrón de mierda, susurré de regreso. Lo tomé del brazo y lo saqué al patio. Le dije: no todos tienen criterio suficiente para mantenerse firme en sus ideas. Ni todos poseen fortaleza de carácter. ¡Lo has vuelto un desdichado! Qué va dijo, era un desdichado ya. Claro que no contesté, era un hombre felizmente casado. Nadie es felizmente casado respondió, felizmente casado es un oxímoron. Como sea dije, más te vale que resuelvas el problema. Vamos, Pinciotti, dijo, te has vuelto mi madre. No supe qué contestar. Hasta cierto punto tenía razón. ¿A mí qué me importaba el asunto de un desconocido? Nada. Si actuaba así era más por controlar a Martin que por interés en Anselmo. Está bien dije, olvídalo. 

 Pero no pudimos olvidarlo. Regresando dentro Garrison nos dijo este cabrón está loco. ¿Por qué?, pregunté desinteresada. Diles, anda, diles lo que quieres hacer, dijo Garrison a Anselmo. Anselmo lo contó: pidió a Garrison ser el artefacto de la prueba de fuego. Según el plan de Anselmo era perfecto. Siendo Garrison un completo desconocido para Maribel, y un amigo para Anselmo, fungiría como carnada. Intentaría ligar a Maribel. Anselmo daría pie y ocasión para ello. Y sólo así se convencería del valor de su mujer. Una mujer no vale por lo mucho que apriete el coño, dije. Ya lo sé dijo Anselmo, pero de todos modos. Petrozza dijo tiene que ser broma, ¿te has creído todo lo dicho por mí? Anselmo no bromeaba y ya no importaba si Petrozza habló enserio o no. Estaba decidido. Maldición dije, a ver, es mi turno, siéntate Anselmo, cálmate, y si este hijoputa te volcó la cabeza, yo la volveré a su sitio. Anda, platiquemos el asunto. Dime, ¿qué esperas que ocurra al probar la fidelidad de Maribel?  Anselmo se sentó, cuando entramos a la habitación ya estaba de pie enfrente de Garrison con el vaso de whisky en la diestra, planeando el complot. Estoy seguro de que Maribel pasará la prueba, dijo. Muy bien dije, y dime, ¿si estás seguro de la victoria de Maribel, vale en algo la prueba; será ella mejor de lo que ya es pasándola?... O es que tú no la tienes por santa como dices, interrumpió Petrozza, empujando aún más la inseguridad de su víctima. Anselmo llevó la mirada hasta Martin que se acercaba hacia la mesa con el vaso recién lleno, agitando los hielos y fumando. Rápido capté su atención y continué: Anselmo, lo que deseas hacer es tan estúpido como aquel que poseyendo finísimo diamante, certificado y aprobado por lapidarios expertos, halagado por la muchedumbre y estimado por reyes y principales, duda de sus garantías y lo expone a yunque y martillo para convencerse a sí mismo de la durabilidad, fortaleza y resistencia de tan maravilloso objeto. Y así, a fuerza de brazo y martillo quiebra lo que más quería. Piensa que por esa prueba puedes perderlo todo. ¿No es acaso mejor conservar la dignidad de una mujer que bien ganada la tiene, que poniéndola a prueba, obligarla a ceder a un mal innecesario? 

 Anselmo pensó la cosa pero no pude moverlo de su actual estado de ánimo. Garrison, deseoso de librarse de la empresa que le proponía Anselmo, se unió a mí recitando un poema que dijo llegó a su memoria y es un fragmento acorde a la situación, y que te hará entender, dijo a Anselmo y recitó: 

“Es de vidrio la mujer;
pero no se ha de probar
si se puede o no quebrar, 
porque todo podría ser.

Y es más fácil el quebrarse,
y no es cordura ponerse
a peligro de romperse
lo que no puede soldarse.

En esta opinión estén
todos, y en razón la fundo
que si hay Dánaes en el mundo
hay pluvias de oro también. 

 Anselmo no entendió la última parte del poema. Dánaes dijo Garrison, de Dánae. Como si eso lo explicara todo. Y al no entender la última parte, lo ignoró completo y continuó rogando a Garrison le ayudase con la prueba. Se negó rotundamente diciendo que aquello era una ofensa a la mujer que ama y una ofensa a él mismo, Garrison, pues pedir a quien sea que se someta a tan bajo nivel, el nivel de un conquistador de lo ajeno, es humillante. ¡Nadie lo haría!, gritó Garrison. Allí él y yo volteamos a mirarlo. ¡Petrozza! Tú lo metiste en esto, tú lo sacas, dije a Martin. Fumaba tranquilo sentado en el sofá. Con la pierna cruzada. Echando la ceniza del cigarrillo directo al suelo. ¡Coge un cenicero, cabrón!, gritó Garrison llevándole uno. Anselmo lo miró angustiado. Con ojos de súplica. Hagamos una cosa, dijo Martin, bebamos hoy y dejemos el tema, si mañana continúas deseando probar a tu mujer te echaré una mano. Me pareció lo más sensato que había dicho en toda la noche. Anselmo estuvo de acuerdo. Garrison estuvo de acuerdo. Y yo estuve de acuerdo también. Continuamos bebiendo hasta que Anselmo cayó rendido en el sofá. 

 Garrison subió a su habitación. Recogió algunas cosas de la mesa y subió a su habitación. Ignorándonos. Martin se quedó sentado fumando sin decir una palabra, y yo me quedé sentada frente a él mirándolo fumar, sin decir una palabra. Terminó con el cigarrillo. Colocó la colilla entre el pulgar y el anular, y la catapultó por los aires. Cayó sobre la mesa. Cabrón dije y me levanté. Petrozza se levantó y me siguió. Comenzó a darme alcance y lo entendí: corrí. Corrí hasta la habitación de huéspedes y él corrió detrás de mí. Ambos brincamos a la cama y yo grité: ¡Gané! Petrozza se me echó encima y jugueteamos a ganar la cama. Al final cedió. Vale dijo, la compartiré contigo. ¡Si gané yo!, exclamé. Ya dijo, entonces la compartirás conmigo. Nos recostamos y mirando el techo le pregunté: ¿qué esperas de todo esto? ¿De qué?, preguntó desentendido. Tuve que explicarle de qué: del asunto Anselmo. Me explicó lo que esperaba: pues que es un gilipollas, y que va a ponerme en bandeja de plata a una mujer. Su mujer. Y yo no dejaré pasar eso. ¿Por qué eres así?, pregunté en tono de profundidad. Suspiró y contestó: no lo sé. Acto seguido llevó una mano hasta mi vientre. Me sobó. Lo dejé hacerlo unos segundos y luego le aventé la mano. ¿Qué ocurre? dijo asombrado. Como si le asombrara. Si vas a pasar la noche aquí más te vale estar quieto, advertí. Pinciotti, Pinciotti, dijo, ¿cuándo cederás? 

2

Al día siguiente nos levantó Garrison. Llamó a la puerta de la habitación. Lo escuché llamar pero no quise abrir. Entonces empujó la puerta y se abrió. Asomó la cara. Yo lo miraba por debajo de la sábana. Fingía dormir. Traje el desayuno dijo. Alcé la cabeza y dije vale ya voy. Garrison se fue. Moví a Petrozza pero estaba muerto. Martin, le decía quedo, Martin, vamos, despierta, Martin. El desayuno está listo, Martin. Movía el cuerpo de Petrozza en todo eso. Martin, vamos, despierta. ¡Martin!, grité. No se movía. Al diablo pensé y me levanté. Una vez vestida entré al sanitario y saliendo bajé a comer. 

 Abajo estaban Anselmo y Garrison. La mesa estaba servida. Garrison compró dos kilos de barbacoa y todo estaba listo. ¿Y Martin?, preguntó Anselmo. Ese cabrón duerme hasta tarde, respondió Garrison. ¿No lo esperamos?, preguntó Anselmo. Tú come dije yo dando el primer bocado. En eso apareció Martin haciéndonos quedar como unos farsantes. Bajó las escaleras bostezando y estirando los brazos. Sin pronunciar una sola palabra, uno buenos días, qué tal, etc., tomó asiento y comenzó a zamparse unos buenos bocados de carne.  Hola, sí, buenos días, dije sarcástica. ¿Y bien, Anselmo, tuviste tiempo de consultar la almohada?, preguntó sin hacerme caso. Anselmo contestó que sí. Dijo seguir interesado en el asunto Maribel. ¡No!, ¿enserio?, exclamó Garrison. Anselmo tenía un plan desarrollado. Tomé un poco de salsa y pedí los detalles. Anselmo pasó una tortilla a Martin y comenzó: me citaré con Martin en algún café. Llevaré a Maribel, por supuesto (Anselmo recibió el salero que le alcancé), lo presentaré como a un viejo amigo (Garrison destapó la coca-cola y sirvió en mi vaso y el suyo. Gracias le dije). Martin intentará ligarla… ¿En presencia tuya?, ni la más puta de las putas lo haría en presencia de su marido, señaló Garrison. La más puta de las putas supongo que sí, dije yo. Martin dijo: cambia el café por algún bar. Anselmo dijo bueno sí, lo que sea, un bar o un café o lo que sea… No, interrumpió Petrozza, UN BAR, dijo tajante. Está bien, está bien dijo Anselmo dando una mordida al taco. Una vez en el bar Anselmo encontraría la manera de dar tiempo a Martin para trabajar. Se ausentaría bajo algún pretexto que ya inventaría al momento. Una llamada telefónica, comprar cigarrillos, no sé dijo Anselmo. ¿Cuánto tiempo te puede llevar eso?, preguntó Garrison exprimiendo un limón a su carne. Puedo tardarme unos veinte minutos; me invento un contratiempo y ya, contestó Anselmo. Tiempo suficiente dijo Petrozza con la boca llena. No la vas a seducir en veinte minutos dije y bebí soda. No, respondió Petrozza, pero es tiempo suficiente para saber si lo lograré en un futuro. Claro dijo Anselmo, eso ayudará bastante. En ese tiempo es necesario que intentes una cita a solas con Maribel. Así sabré si es capaz de mentirme. Moví la cabeza negativamente. No es posible que la pruebes como a una cosa dije. Pásame la cebolla dijo Martin a Garrison y éste lo hizo. Yo había terminado así que llevé mi plato al fregadero. Anselmo terminó en seguida e hizo lo suyo con el plato. Garrison y Petrozza comían bastante. Salí a mirar el cielo y pensar. 

 Pensé cómo el hombre es capaz de juzgar a la mujer. Al grado de ponerla a prueba. ¿Qué esperaba realmente Anselmo? Decía tener a Maribel por buena mujer y al tiempo, la probaba. El destino de aquello era funesto se le mirase por donde se le mirase. Si Maribel lograba vencer los intentos de Martin, ¿Anselmo quedaría satisfecho? No. Pensaría: bueno, no le gusta Martin; ¿pero qué haría ella si la solicita alguien que sí sea de su agrado? Entonces Anselmo buscaría otro candidato. O inventaría un plan más elaborado. Y si fracasa… ¿Llegarían al divorcio? Definitivamente Anselmo estaba loco. No entendía de dónde le vienen los celos. No me creía que el discurso de Petrozza fuese el único acicate de su locura. Posiblemente Anselmo era de la clase de hombres que hablan contrario a sus pensares. Y así, al decir que confiaba tanto en su mujer, pensaba al revés. Y las palabras de Martin no le fueron novedad. Se identificó con ellas y el asombro le venía de encontrar un ser que las pronunciara sin escrúpulos. Todas las mujeres son unas putas, decía Martin y Anselmo lo había pensado siempre sin decirlo jamás. No lo sé…

Terminaron con el desayuno y Anselmo se fue. Se despidió de nosotros y se largó dando un fuerte apretón de manos a Martin. Sellando el trato. La próxima semana dijo. Martin Asintió con la cabeza encendiendo un cigarrillo. Y antes de que Anselmo saliera, agregó: el whisky corre por tu cuenta… es tu prueba y es tu mujer. Anselmo asintió repetidamente y dijo que no se preocupara por eso. El cabrón de Petrozza había conseguido una mujer ajena con el beneplácito del marido, y trago gratis. “Hombres necios que acusáis a la mujer sin razón, sin ver que sois la ocasión de lo mismo que culpáis…” (Sor Juana Inés de la Cruz), recité resignada de las locuras de este par. 





jueves, 27 de enero de 2011

Ansiosa.

Escritor invitado.
Texto por: Dan Silva.
Blog: http://dandanash.blogspot.com/

Me había preguntado constantemente ¿qué hijo de puta podría amarme siendo como soy?...
¡Listo!, compré unas medias y unas botas para la fiesta del viernes,  no suelo usar botas, pero esta vez tenía unas malditas ganas de botas para aquella noche…

Amigos, conocidos, familiares, etc., se sorprenden de mi alterada vida sexual a mi edad, ¿qué va?  Sólo soy una chica que disfruta su sexualidad, que le pueden decir PUTA, PERRA, PROMISCUA, como ustedes quieran, y que al final del día sólo yo sé a quién meto a mi cama, y a la cama de quien me meto.
Pagué con lo poco que había ahorrado el tiempo de estar trabajando y salí de aquel lugar, al caminar seguía pensando en aquel hijo de puta, (pensé: si algún día llegará a tener  un hijo, cualquiera le podría decir hijo de puta, y Sí, claro que lo sería)… Llegue a paseo de la Reforma y sentí necesidad de verlo, saqué el celular y escribí en un texto:

Estoy cerca de tu trabajo, ¿tendrás tiempo de acariciarme un poco?
Mensaje enviado. 

Seguí caminando esperando a que me respondiera, y recordé todos mis encuentros con él, en realidad es alguien a quien empecé a ver constantemente, no voy a negar que me encanta despertar en su cama escuchando aquella música, tampoco voy a negar que me gusta sentir su cuerpo a lado mío mientras duerme y claro mucho menos voy a negar lo buenos que somos en la cama juntos. Me di cuenta que algo andaba mal en mi; comencé a pensar demasiado en él, comencé a sonreír… ¿qué va? Sólo es otro aman… ¿a quién carajos engaño? En verdad me gusta… seguí caminando mientras esperaba su mensaje… Volví a pensar en él y la noche del día anterior que había pasado en su casa.

Trate de recordar otras cosas, y a mi cabeza llego aquel chico de la universidad con el que me había acostado días atrás, habíamos tenido contacto visual anteriormente y sólo una vez había ido a beber a su apartamento, es un buen chico, bebedor como yo los prefiero y debo admitir que me sorprendió en la cama (pronto relataré lo sucedido en su cama), Tiene 22 años, como yo y eso aún me detiene a verlo de nuevo, y claro su corazón, él vive en medio de un dolor que regularmente distrae de los deseos del cuerpo, no sé si a él pudiera pasarle, pero suele ser así con todos los hombres enamorados y destrozados. 

Sonó mi celular, Nuevo Mensaje: Hola bonita, mucho trabajo, ¿te parece si nos vemos a mi salida y duermes de nuevo conmigo?

Pfff  ¡carajo!  Él Sabe que voy aceptar, sólo tenía ganas de verlo antes de que se ocultara el sol… 
Seguí caminado y no respondí aquel mensaje, llegué al metro Hidalgo, comencé a caminar pensando en nada, Revolución, San Cosme, Normal, salí de la estación del metro, Taxi… Subí a mi apartamento, me quite la ropa, conteste el mensaje: “Si, claro. Te veo donde siempre a las 7:00pm”, me di un baño caliente, y entonces me vi frente al espejo, me vi ansiosa por estar dentro de su cama, ansiosa por gemir su nombre en la madrugada, ansiosa por probarlo y por su tibio semen,  ansiosa por dormir de nuevo a su lado, ansiosa por que al despertar escuchando aquel disco me diga: ¿tienes frio?...  Por las mañanas amanezco un poco muerto, “tieso” ya sabes… 

Sé que él no será el hijo de puta que pueda amarme, dice quererme pero como siempre, al que yo puedo amar no es capaz de atreverse y brincar a ese abismo que es sinónimo de atarme…



Nota: 
Si quieres participar en el blog con un relato entre 5,000 y 20,000 caracteres (contando espacios) manda tu texto a: redaccion@whiskyenlasrocas.com Las bases y más detalles están al final del Blog. Gracias.

martes, 18 de enero de 2011

Perras del Infierno. Parte 1.

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Perras del Infierno. Parte 1: Le génesis de las perras del infierno.

En el mundo hay toda clase de mujeres; las hay dulces o agrias. Bellas o espantosas. Las hay astutas, o libres, o tontas, o perras… o perras del Infierno. E. era una perra del infierno. Esta clase de mujeres surge siempre del báratro de un corazón. Podemos culparlas eternamente pero jamás habrá más culpable que el alma desquebrajada de los hombres que las aman.  

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Me eché al viejo sofá. Eran tiempos de soledad. Todas las mujeres de mi vida, los grandes amores, y las guarras que sacaba de algún bar, me habían dejado. No tenía una sola mujer ni una sola oportunidad. Si quería follar debía recurrir a los servicios de una puta, cosa que no estaba mal, pero aparte de la soledad, estaba la pobreza. Andaba roto la mayor parte del tiempo. Así que puse a Malher en el estéreo y pensé en cómo me gustaría lamer el culo del alguna jeba. Me llevé la diestra a los genitales y comencé a mover el asunto. Terminé la cosa con E. en la mente. Me tenía cogido la condenada. Pensaba en ella todo el tiempo y de algún modo se colaba en mis pensamientos al momento de hacerme una puñeta. Creo que esto es amor, pensé. 


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En la vida he mirado ojos hermosos de mujeres hermosas. Ojos esmeralda o cerúleo rebajado con blanco. Ojos que hipnotizan y pueden acabar con tu vida, tu alma y tu corazón. Por los que puedes perderlo todo. Sin embargo, todos esos ojos bellos, son siempre pura estética. Estética que Dios o algo puso en mujeres terribles que sacan provecho diabólicamente. Los ojos de E., ¡Dios!, eran realmente bellos. No eran verdes ni azules ni miel. Eran oscuros como la obsidiana. Simples como la obsidiana. La belleza de este par radicaba en otro lado: en su forma, ¡en su viveza! Los ojos de E. eran seres vivos y hermosos que se expresaban por sí solos. ¡Diamantes! Algo mejor que los diamantes. Y todo el rostro luminoso de aquella mujer me tenía prendado como dogal al cuello de un ahorcado. El rostro de E. era el rostro más bello que había mirado en mi lastimera vida. No era el rostro de Scarlet Johanson ni el rostro de Natalie Portma, pero era un rostro de pómulos juguetones y labios exquisitos. Movíase al compas de sus pensares y emociones. E incluso llegué a sorprenderme, avisado por ella, de la emulación mía de sus gesticulaciones. O sea que si ella brillaba la cara en expresión de asombro, todos los músculos de mi rostro seguían a los suyos. ¡Me tenía hipnotizado!

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O sea, eres un borracho que escribe, dijo E. cuando se lo conté. Estábamos en la esquina de 5 de Mayo y la carretera Federal a Cuernavaca. Esperábamos el transporte público que nos llevaría a casa y la luna caía sobre el rostro de ella, haciéndola parecer realmente hermosa. Y un chulo, añadió. Lo mismo de siempre, pensé: la mujer desaprueba mi vida y al mismo tiempo, me da una oportunidad de ligarla. Yo nunca he conquistado a una mujer dije, defendiéndome del último juicio. De los dos primeros no había modo, era un borracho y un escritor.  Y encendí un cigarrillo. Ella rió bellamente. No es presunción, corregí, quiero decir: la mujer escoge al cazador, es ella quien sinceramente seduce al dejarse seducir; es ella quien conquista al permitir que la conquisten. E. me dio la razón y luego desvió la conversación. Ya, pensé, ahora está evitando mi entrada. No desea en absoluto nada conmigo. Aunque solía hacerlo. Me sumergía en una charla llena de intimidades y luego, de pronto, se mostraba desapegada del asunto, desinteresada, indiferente. Otra cosa que me enloquecía era su manía de preguntar el porqué de algo pasado. Por ejemplo, yo decía: me gustaría mirar tus pies y ella no respondía. Me dejaba pensando es sus pies y no mostraba interés en mi comentario. Como si fuese la cosa más natural, rutinaria y aburrida. Y después, quizá un par de horas o de días, clavaba sus hermosísimos ojos en los míos y con lindísima sonrisa, preguntaba: ¿te gustaría mirarme los pies? Lanzaba la pregunta en lugares y ocasiones inesperadas. Mientras yo fumaba un cigarrillo y conducía hacia el bar más cercano, pensando en Pascal y su máxima: “La infelicidad del hombre se basa en una sola cosa: que es incapaz de quedarse quieto en su habitación.” 

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Me enamoré de E. por todas aquellas razones por las cuales un hombre, generalmente, no se enamora de una mujer. E. era varios centímetros más alta que yo, delgada como una lombriz, y con la dentadura de un tiburón. Con delegada quiero decir, ya se entiende, que las tetas y las nalgas eran tan parcas como las tetas y las nalgas de un palo de escoba. A pesar de todo ello, E. poseía una belleza increíble. Con increíble se entiende: que no te creías que yo, o cualquiera, estuviese enamorado de esa hebra de hilo blanco. Era de piel blanca. Puede pensarse: entonces E. irradiaba belleza interna y pavadas. Y así era. Pero la belleza interna de E. tampoco era la belleza interna convencional. La etopeya de esta mujer pude resumirse en dos palabras: niño pequeño. E. poseía el encanto y la dulzura de un niño pequeño. No de una niña porque no era precisamente melosa o cursi, sino juguetona, risueña y bromista. Caminando a su lado era capaz de meter su pie entre los míos y hacerme tropezar. Era capaz de pegarme en el hombro, o morderme, o reírse de mí en público. Aunque esto llegaba a ser cansado, era al tiempo, encantador. Me cautivó de esa manera. No era la mujer hecha a molde que busca una feminidad exacerbada, o que peca de vanidad injustificada. Vestía modestamente, lo que no impedía que me levantará los ánimos, pues en verdad, era a mi parece una mujer realmente hermosa. 

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El secreto de las perras del infierno es que se alimentan de nuestra sangre. Y somos para ellas tan necesarios como ellas lo son para nosotros. Son vampíricas, súcubas, diabólicas. La más grande habilidad de estás mujeres es hacernos creer que no existen las perras del Infierno. Y que no nos necesitan. No hay nada más alejado de la verdad. En el fondo son almas débiles acuciantes de cariño. Cancerberos. Desde el origen del Mundo la serpiente luciferina incubó en el vientre de la mujer la mentira, y las perras del Infierno mienten, mienten siempre y a toda costa. 

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Cuando la conocí me sedujo de ella una cosa abstracta, que por raro que parezca, no era de ella; sino una serie de abstractos adjetivos que yo le adjudicaba un tanto injustamente. Ella, día a día me hacía ver que era imposible que tal cosa le perteneciera. Sin embargo me gustaba engañarme y creer que era como yo quería que fuera, y así, poco a poco, terminé enamorado de esa cosa que no era ella, ni lo será.

 Una vez enamorado tuve que envalentonarme y confesar que toda ella era una ilusión, linda y metafísica ilusión mía. La defendía haciéndome creer que valía más que las demás por el simple hecho de ser compatible con mis fantasías, y porque a ninguna otra le podría yo adjudicar tan bellas características entelequicas. Con eso se conformaba mi pobre alma como quien se conforma con abalorios, tan bellos, tan deslumbrantes abalorios sin valor a los que  se les adjudica las mismas virtudes de las verdaderas joyas. Y es que encontrar una joya-mujer me parecía inaudito, más increíble y menos probable que el hecho de que ella no fuera “ella”. Que fuera tan sólo ella. De ser así yo no podría amarla; ¡y la amaba! La doté de un poder infinito que no merecía (o merecía porque no hubiese podido dotar a nadie más), y ese poder fue quizá el culpable inconsciente de la terrible ruptura.

 Viajando mentalmente al pasado encontré que no era la primera vez que hacía subir al pedestal enorme a una mujer, y que anteriormente había revestido ya de maravillosas virtudes que no poseía realmente a alguien más. Me había enamorado antes y terminado la magia justo en el mismo momento: momento en que ella tomaba consciencia del poder infinito que tenía sobre mí.

 Así descubrí que jamás he amado a una mujer, sino a falsas, quiméricas e irreales ¡perras del Infierno!


jueves, 13 de enero de 2011

Todo el mundo quiere follar.

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Lo miré unos diez metros ha. Rascaba la puerta de mi casa y había rasgado la pintura con las garras. Corrí hacia él con la intención de darle una patada o algo. Me contuve. Era un Fox Terrier con cara de asesino. Temí me pescara los cojones con semejante hocico. ¡Alá, ya, largo!, grité sin acercarme demasiado. El cabronazo no se movía un centímetro. Se acomodó sobre las asentaderas y me miró a los ojos jadeando con la lengua de fuera. Tenía un collar. Lo tomé del collar y lo arrastré despacio unos cuantos pasos. Entonces lo vi. El collar decía: Bobby. Dejé al perro allí y entré a casa. Había pasado la mañana bebiendo en La Puerta Negra y no había logrado nada bueno. Así que deseaba descansar echado sobre el viejo sofá. Pero mis ánimos cambiaron. Abrí el cajón y encontré trescientos pavos. Justo para una botella de whisky y un par de burritos de frijol con queso. La buena vida. 

Salí a la tienda de licores a por el whisky y allí estaba Bobby. Echado a la puerta de mi hogar. Al verme se levantó y caminó detrás de mí todo el camino a la tienda y todo el camino de regreso. Una vez en la puerta de la casa me miró triste y lo hice: lo dejé entrar. Bueno, Bobby le dije, creo que esta tarde serás tú mi compañero de farra. Entró hecho una furia. Olfateaba cada rincón moviendo el muñón de cola que llevaba. Los cabrones dueños se la habían cortado. Parecía una rata loca yendo y viendo por toda la casa. Debió escapar del barrio vecino, pensé. Yo vivía en el barrio pobre. Allí todos tenían cruzas de perros. Bolas de pelo amorfas que llamaban “Solovino”, o “Estopa”, o “Canela”, etc., y que no valían su peso en serrín. Bobby lucía muy bien. Sin mucha inteligencia sabías que era un perro de buena raza. Con pedigree y todo. Debía valer unos quince mil pavos. Me puse un whisky en las rocas y me senté sobre el viejo sofá. El perro se paró justo frente a mí. Me observaba o algo. Buen chico, dije dando un par de palmadas a la cabeza del animal. Buen chico. Tenía cierta gracia y cierto encanto. Parecía un perro noble. Buen chico, Bobby. ¡Entonces lo hizo! ¡El cabronazo levantó la pata y se orinó! ¡Perro del Infierno!, grité, ¡Largo! Había perdido toda la gracia y todo el encanto. Me levanté a por un trapo para limpiar el asunto. Cogí a Bobby por el collar  y lo eché. ¡Fuera, cabrón!  

2

 En aquel entonces yo deseaba meter el asunto en Betty. Quiero decir que deseaba follar a Betty. Era una mujer atractiva hasta el último poro. No era la clase de mujer que gustaba de invitarme a comer o pagarme el trago. Y la hubiese botado al saberlo, pero en verdad, yo quería meter el asunto en Betty. Así que compré un ramo de rosas, la invité un par de veces, le telefoneé constantemente, le recité poemas al oído, le llevé hasta su hogar, me comporté en su presencia como un hombre decente, y no veía resultados. Quiero decir que el chocho de Betty no me parecía más a la mano que en un principio. Así que aquella noche la cité en un barecillo de avenida Miramontes, y se lo dije. Le dije: nena, no veo claro. ¿Qué quieres decir?, preguntó Betty. Ya dije, pues que todo este tiempo he estado cortejándote y no veo claro el momento de acostarnos. No se lo podía creer. ¡Hiciste todo esto sólo para!… ¡para!… ¡Dios! Di un trago a mi cerveza y alzando los hombros dije: dejémonos de pavadas, vayamos a un hotel. Betty salió corriendo de allí. Me dejó. Se largó y no quiso saber más de mí. 

 Había vaciado los bolsillos en aquel bar de Miramontes. Caminé a casa. Fue por la calle de Acoxpa donde me vino la infernal necesidad de vaciar la vejiga. No tenía muchas opciones. Entraba la madrugada y no había un sólo establecimiento público. Me saqué la cosa y lo hice allí mismo. Sobre la avenida. Las consecuencias no tardaron en llegar. Escuché el sonido de la sirena de una patrulla, que es como el sonido de las sirenas de los argonautas: vaticinan la desgracia. Y la luz rojiazul me cayó encima. Corrí al complejo habitacional de la calle de enfrente y me interné entre un montón de edificios y callejuelas. Uno de los cerdos policías bajó a darme alcancé. Jamás lo lograría. Era obeso como una ballena y torpe como un borrego. Me escabullí. Me refugié bajo las escaleras de una casa y permanecí quieto unos buenos quince minutos. Terminé de sacar las sales en un árbol alejado de las calles principales. ¡Diiiooosss, ya lo necesitaba! 

 Continué el regreso y pensaba en el gran culo de Betty y en cómo perdí aquella mujer, cuando lo vi. Era Bobby. Estaba al final de la calle entre un grupo de pequeños gilipollas, críos, que le aventaban petardos al animal. Con la cola entre las patas. Asustado. Corrí hacia ellos y grité: ¡cabrones! Pararon el juego y voltearon a verme. ¡Vamos, Bobby, ven!, grité al perro y corrió hasta donde yo. Todos comenzaron a reír. Por el nombre del perro. Bobby en verdad era un hilarante nombre para el semblante, el porte, y los colmillos de semejante Fox Terrier. No vuelvan a molestar al perro, dije y di media vuelta. Eran cinco pequeños demonios con petardos en las manazas y no iban a dejar que yo les arruinara la diversión. ¡No es tu perro!, gritó alguno de ellos. Volteé y dije: mira, tío, si vuelvo a… ¡No soy tú tío!, contestó el mocoso al que me dirigí. Ya lo sé dije, es sólo una expresión. El caso es que si vuelo a mirar que maltratan a Bobby (nuevas risas) ¡yo mismo me encargaré de meter petardos en el culo de cada uno de ustedes! Eran valientes. Otro de ellos dijo: ¡no te tenemos miedo, borracho! Todos en el vecindario conocían mi manera de beber. Las madres aconsejaban a sus hijos alejarse de mí. Y los padres me ponían de ejemplo, terrible, al que coge el trago. No me respetaban. Se pensaban que era un holgazán muerto de hambre y un borracho. Y lo era. Pero era un holgazán muerto de hambre y un borracho, que escribe. ¡Más vale que lo tengan!, dije amenazándolos con el puño. Todos dieron algunos pasos atrás. Y uno de ellos, el más alejado a mí, amenazó con lanzarme un petardo. Pensé lo haría. Justo en ese momento apareció la madre de alguno de ellos gritando que era muy noche para que su hijito de puta anduviera de vago. Los demás corrieron y se olvidaron de la cosa. El hijo de la señora se convirtió en un pan de Dios y la tomó de la mano para regresar a casa. La señora me echó una díscola mirada y yo dije al perro que no se separaba de mí: vamos, Bobby, hoy no fue una buena noche. 

 Instalé al perro en la sala. Coloqué una vieja colcha y le dije que ese sería su lugar. Allí podría dormir tranquilo. Pero no le gustó la idea. Ignoraba la colcha y prefería dormir pegado a la pared que daba al patio de la casa vecina. No entendí porqué. Por mí estaba bien. Yo dormía en el sofá o en la cama o en la colcha de Bobby. Donde me tumbara el sueño o la farra. Despertábamos a eso de las once y desayunábamos. Decidí hacerme cargo de él. Compré algunos kilos de imitación de comida para perro y le vaciaba esa cosa en su esquina favorita. Bobby prefería la comida para humano. Olfateaba las croquetas y nunca las comía. Lo que sí comía era el asado que preparaba para mí. Podía comerlo todo y buscar más. Era una máquina incesable de tragar. Me lo pensé dos veces antes de adoptar al Bobby. Sin embargo no daba muchos problemas. Por las tardes yo salía a dar mis paseos vespertinos por la ciudad, y Bobby se largaba a sus respectivos paseos vespertinos por el vecindario. Al anochecer nos reuníamos para cenar (aunque generalmente era él quien cenaba) y dormir. Puede que yo llegara antes y rascaba la puerta, o que lo hiciera él, y me esperaba sentado con la lengua de fuera. Éramos buenos compañeros de cuarto. Aprendió a no cagar dentro y no tuvimos problemas con el aseo. 

3

Bobby parecía amar mi casa. Parecía amara mi compañía. Y parecía amar, sobre todo, aquella pared que daba al patio vecino. Corría hacia ella y se acurrucaba allí como un maldito fetichista enamorado de la barda. Yo no entendía por qué. Hasta que una noche lo entendí todo. Me disponía a pegar el ojo y lo hubiese logrado de no ser porque Bobby se pasó la noche chillando, aullando, y gruñendo. No estaba solo. Del otro lado de la barda aullaba, gruñía y chillaba orto animal. Y lo entendí: la perra de los vecinos andaba en celo. Bobby deseaba follarla. Condenado cabrón pensé, todo el tiempo me creí que  había un vínculo especial entre nosotros. ¿Por qué había elegido mi casa? Bobby terminó siendo un cabronazo de su raza, como cualquier cabronazo de la mía. Lo único que quería era meter la salchicha al bollo. Me levanté de la cama y fui a mirarlo. Lucía desesperado el pobre. Ya, Bobby, ya, calma, pensaremos en algo, le decía mientras lo acariciaba. 

 Ahora yo tenía dos misiones en la vida: follar a Betty y hacer que Bobby follara a la perra vecina. Las dos eran una odisea. Los dueños de la perra jamás la sacaban a pasear. Jamás la sacaban del patio de la casa. Vivía encerrada en un espacio de cuatro por cuatro. Lleno de mierda. Vamos, Bobby, ¿qué le ves a esa perra?, pregunté al perro. Subí a la azotea y miré el espectáculo. Era una cruza de Pastor Alemán con alguna otra cosa. Incluso puede que se tratara de la cruza de una cruza con otra cruza. Era color miel debajo de la mugre. Llevaba goma de mascar pegada al cuerpo. Semejaba costra de cochambre. ¿qué le ves, Bobby? Aunque pensándolo mejor, Bobby jamás la había visto. Era algo como yo. Sabía que atrás de los ladrillos había un chocho, y eso bastaba. Subí a Bobby a la azotea. Le mostré el error. No era una linda perra. Bobby casi se lanza por los aires cuando la miró. Vamos, Bobby, ¡abajo!, ¡abajo! Tuve que arrastrarlo a la sala. Dios, Bobby, no puedes perder la cabeza por una falda, le dije. Pero Bobby era un zoquete.  Estaba perdidamente enamorado. Hay que estar perdidamente enamorado para desear a una perra como aquella. Tenía que idear la manera de hacer que Bobby follase a esa hembra. Pensé en simplemente aventar a Bobby por la azotea y que pase lo que tenga que pasar. Quizá saldría en las noticias. Los dueños de la perra lo platicarían a los medios, y los medios, hábiles, dirían: perro follador cae del cielo. O: Un perro cae del cielo y viola a una perra. Los fanáticoreligiosos pensarían que es el demonio transmutado. Y yo me divertiría de lo lindo escuchando todas esas chorradas. Me iría a los bares y preguntaría: ¿escuchaste lo del perro follador, el que cayó del cielo? Sí dirían, el que parchó a una perra allá en Tlalpan. Ajá contestaría yo, ese mismo. He sido yo. ¿Cómo?, se sorprenderían. Contaría el asunto y luego ellos correrían a decir a sus cerdas esposas: conozco el secreto del perro volador. ¡Qué pavada!, dejé de pensar en todo eso y llamé a Betty. 

 …Vamos, muñeca, no te pongas así. Betty estaba en un plan realmente duro. Me obligó a ser directo. Sí, nena, sí, quiero follar contigo, ¿qué hay de malo en eso?... Te va a gustar… ¡Plast! Colgó la perra. Sería más difícil de lo que esperaba. Decidí aplicarme al asunto Bobby. 

4

Venga, Bobby, calma, tiene que pasar. Bobby y yo nos ocultamos tras una maceta frente a la casa de la susodicha. Esperábamos el momento. Quizá la perra escapara o alguien la sacara a pasear. Entonces yo soltaría a Bobby (lo tenía sujeto por el collar), y él correría como alma que lleva al Diablo a hacer lo suyo. Todo sería muy rápido. Un acto brusco. Una violación. Hasta ahora no sé de ningún perro que haya sido encarcelado por violación así que estaba bien. Si pudiera hacer lo mismo a Betty pensaba, la esperaría escondido fuera de su casa, y cuando saliera camino al curro, saltaría sobre ella y se lo haría allí mismo. Sobre la banqueta o sobre la calle. Es igual. Luego me largaría con la lengua de fuera y contoneado el rabo. Fumé algunos cigarrillos mientras esperábamos. Esperamos catorce cigarrillos y nada. Vamos, Bobby, es hora de ir por un trago, mañana será otro día.

 Lo llevé a La Puerta Negra. Pasé con él y nadie dijo nada. Era un buen perro. Se quedaba quieto a mi lado mientras yo le pegaba al trago. Pedí un vaso extra. Para el perro, dije a la mesera. La mesera rió y dijo que quería ver aquello. Trajo el vaso. Era un vaso plástico como todos los vasos de ese lugar. Serví algo de cerveza en él y lo puse junto al hocico de Bobby. Vamos, muchacho, le dije, te ayudará olvidar las penas. Se levantó y comenzó a beber. Primero un poco y luego lengüeteó como un buen bebedor. La mesera se cagó de la risa. ¡Qué lindo!, dijo, ¿cómo dices que se llama? Bobby, contesté. La chica se agachó para acariciar al perro. Era una mesera nueva y yo aproveché la situación. ¿Por qué no nos acompañas con un trago?, pregunté aludiendo al animal. Claro dijo, dame un segundo. Se levantó y fue a hacer algo. Buen trabajo, Bobby, has encantado a esta jebita, si la logro follar juro por mi vida que encontraré el modo de ponerte a la vecina en bandeja de plata. La China regresó. Quiero decir la mesera regresó. Le pregunté el nombre y dijo llámame China. Era de cabello rizado. Era delgada. Eso es todo lo que yo necesitaba. Tiene unos rizos hermosos, le dije a La China. Ajá dijo, gracias. Toda su atención estaba en Bobby. Lo acariciaba, le servía alcohol y le decía precioso. Vale, Bobby pensé, ya es suficiente, déjame un poco. No te había mirado por aquí, eres nueva… Sí, llevo poco en esto. ¡Qué lindo pehocho!, decía a Bobby. Ya dije, ¿eres de por aquí?... ¿Quieres másh bonito, quieres másh? No, soy del Norte. Se refería al Norte de la ciudad. Estábamos en el Sur. ¿Tienes dónde quedarte?... Sí, claro, ¿qué edad tiene el perro?... Dios, no lo sé… ¿No lo sabes?... Lo encontré de esa edad… Vaya, es muy tranquilo y obediente… Sí… Es simpático… Tú eres simpática… ¿Lo crees?... Claro que lo creo y también creo que eres muy bonita… Dejó de manosear a Bobby y se acomodó hacia mí. ¿Cómo te llamas?... Martin Petrozza, contesté estirándole la mano. Me la estrechó. Pareces amigable, dijo. Lo soy dije, y tú pareces una mujer tremenda. ¿Qué quieres decir?, preguntó. Quiero decir que eres tremendamente bella, dije. Gracias, contestó con una sonrisa sincera. ¿Fumas?,  pregunté sacando un cigarrillo para mí y extendiendo otro para ella. Lo tomó y yo tomé el mío. Lo tomé con la izquierda. ¡Eres zurdo!, exclamó La China, como si fuera la gran cosa. Ya dije, sí. Mentí. Mentí porque intuí que en ello estaba el secreto al chocho de esta mujer. Mi padre era zurdo, dijo. Y me lo contó: el padre de La China fue boxeador semiprofesional. Con una zurda tremenda. Lo mataron a balazos una noche de farra. Lo entendí: La jeba tenía metido en el cerebro algún trauma y yo podía sacar ventaja. Pelé fue zurdo, dijo. Y también Rafael Nadal lo es, dijo. Y Maradona, dijo. Vale dije, te gustan los zurdos. Lo dije enfatizando cómo yo fumaba con la manaza izquierda. Incluso comencé a coger el vaso con la izquierda. Despacio. Todo el tiempo lo había hecho con la diestra. No notó el cambio. Tenía un trauma. Y abusé del asunto. Dijo: me agradan los zurdos. Y yo dije maliciosamente: ¿quieres ver cómo folla un zurdo?  La China hizo una mueca y rió nerviosa. Tengo que atender las mesas, ahora vuelvo, dijo y no volvió. Era una tía fácil. Era cuestión de escuchar toda la noche cómo su padre era el héroe de su vida y luego a la cama porque he sido un hombre diferente que la entiende. Pero no me salió bien la cosa. Vale, Bobby, le dije al perro, la he cagado, vayamos a casa.

5

Me cité con Betty en un bar del centro de Tlalpan. Venía más tranquila. Ordenamos whisky en las rocas y bebimos despacio. Me contó lo feliz que era ahora. Había encontrado un buen hombre. Uno que la amaba, la respetaba, y no deseaba follarla por sobre todas las cosas. Escuché todo ese rollo sin decir una sola palabra. Se llamaba Alejandro y la invitaba al cine y al teatro, la tomaba de la mano, y jamás le había insinuado nada malo. ¿Nada malo?, pregunté. Ya sabes dijo, nada… malo. Querrás decir que no te ha insinuado beber veneno, o algo, eso sí sería… malo, dije. No dijo Betty, quiero decir nada MALO. Vamos, Betty dije, se dice FOLLAR, FOLLAR, no te ha insinuado FOLLAR. Eso, contestó ella, no me ha insinuado nada malo. Dios, dije, ¿qué hay de MALO en FOLLAR?, no hay nada malo en follar. No me gusta dijo Betty, ya sabes, que todo el mundo quiere… FOLLAR, Betty, F-O-L-L-A-R, interrumpí, ¿qué hay de malo en ello? Quiero un hombre que me respete por lo que soy y no por lo que pueda hacer conmigo, dijo. Encendí un cigarrillo y respiré profundo. Vamos, Betty, ¿crees que los hombres que respetan a las mujeres no las follan?, dije. Quizá dijo, pero no es lo PRINCIPAL. Tuve que explicarle: verás, nena, en verdad espero que algún día encuentres al manso que deseas, pero puedo asegurarte que hasta el tío menos libidinoso tiene un límite y algún día querrá follar, sólo FOLLAR, y olvidarse de todo lo demás. Alejandro es diferente, se defendió ella. No hay nadie diferente dije, follar no tiene nada que ver con las personas, es un necesario del ser humano, no seas tonta, todo el mundo quiere follar con o sin su voluntad, y si no te lo dice es un hipócrita, y si en verdad no lo desea es un degenerado, un tío con problemas mentales, un loco o un eunuco. Me invita al cine y al teatro, insistió Betty, me toma de la mano y no me ha insinuado nada malo. ¡Vamos, Betty, ¿no era YO así al PRINCIPIO? Sí contestó, luego saliste con las malas intenciones. Ningún hombre es diferente, ni ningún ser humano, me defendí, tarde o temprano la carne llama a la carne. Hasta tú lo desearás un día. Y los tíos te llamarán puta, y créeme, no lo serás. Serás una mujer como las mujeres deben ser. ¡Es lo más normal del mundo! No logré convencer a Betty. Enmudeció y cambió de tema. Ya no estuvo mucho tiempo. Que te vaya bien, Martin, dijo al despedirse. Para siempre. Vale, nena, dije, espero que algún día me cuentes lo maravilloso que te lo hace Alejandro. 

6

Estuvimos dos días más esperando la oportunidad de Bobby. Jamás llegó. Aquella perra no salía de casa para nada. Los dueños eran unos inconscientes. Preferían tener el patio lleno de cagada que tomarse la molestia de sacar al animal. Eran dueños de una perra, y de un enjambre de moscas. Un criadero de moscas y bichos. Si la mierda valiera algo, serían ricos. Me cansé de esperar. Caminé hasta la puerta de la casa y llamé a ella. Abrió una señora horrible, con un chongo de pelos en la cabeza, gorda y en chanclas. Me reconoció como el borracho de la calle de atrás y preguntó qué quiere, un tanto molesta. Me barrió con la mirada y luego miró a Bobby. Buenas tardes, señora, quiero hablar con usted, dije. Dígame, dijo ella extrañada. No sabía cómo empezar ni qué decir así que lo solté directo: mi perro (y miré a Bobby) desea follar a su perra. ¿Cómo?, contestó sorprendida. Le expliqué el asunto: vengo a pedir permiso para cruzar a mi perro con su perra. En ese momento salió de la puerta un tío enorme. Gordo, moreno, pelón y en chanclas. Tuve que explicarlo todo de nuevo. El gordo se llevó la mano a la barbilla. Sobaba la barbilla. Lo pensó un minuto y contestó te cobro trescientos, puedes quedarte con uno de los cachorros. ¡El hijoputa pensaba cobrarme, quedarse con la camada menos uno, y vender los cachorros! Vamos dije, no puedes cobrarme a mí, es Bobby quien la follará. Hubo un silencio incómodo. Dame dos y medio y asunto arreglado, dijo. ¡Dos y medio!, ¡Por una perra como aquella! ¡Ni una mujer vale tanto! Miré al pobre de Bobby. Tenía la salchicha de fuera. Era un gran y delgado pene de perro. Rojo como el fuego. Sabía que la perra estaba allí, tan cerca pero tan lejos. Vamos dije, esto es asunto de perros, no de humanos. No puedes cobrarme por ello, dales una oportunidad, déjalos vivir su perruna vida. Si me das doscientos dejaré que lo hagan ahora mismo, dijo el pelón. La señora se entrometió: ¿Cómo crees?, eso se tiene que arreglar, no siempre se puede. La perra debe ir a casa del perro y… No, no, interrumpió el obeso, el perro va a la casa de la perra y… Yo no lo podía creer. El ser humano se había inventado toda una serie de chorradas para controlar el comercio sexual de los perros. ¡Son sólo perros grité, déjenlos follar y ya! El pelón adoptó una actitud agresiva. Estás loco si crees que voy a dejar que tu perro preñe a mi perra así como así. ¡El sexo de los animales no es negocio humano, joder!, dije yo, ¡es sólo sexo animal! El pelón me cerró la puerta en la jeta. Todo estaba saliendo mal. No era una buena temporada. No logré follar a Betty. No logré follar a La China. Y no lograba hacer que Bobby remojara la salchicha. 

7

Me levanté a las once de la mañana porque el pelmazo de Bobby rascaba la puerta. De adentro hacia fuera. Era un escándalo. Quería salir y estaba bien. Rascar la puerta era nuestra señal para ir a orinar la ciudad. Podía orinarse en toda la puta ciudad y no me afectaba. Pero tenía prohibido hacerlo dentro de la casa. Yo no era un dueño demasiado consciente después de todo. Pero a mí nunca me ha importado la ciudad. Ni el país ni el continente ni la Tierra. Puede irse al carajo todo el planeta y por mí está muy bien. El caso es que aquella mañana Bobby me levantó para salir. Lo dejé partir. Anda, Bobby, la Tierra es u territorio. Solía salir a las once y estaba de vuelta a la una o dos. Regresé a la cama y dormí hasta las tres con treinta. Bobby no había regresado aún. Ya, me dije bostezando, quizá encontró una linda perrita. Tomé la ducha y cuando estuve listo me puse un whisky en las rocas. Sólo bebí uno. Me gusta comenzar el día moderadamente. Encendí un cigarrillo y tomando la chaqueta, me largué a recorrer los bares del centro de la ciudad. Quizá yo encuentre una linda perrita, pensé. 

 Caminé a la estación del camión. Tardé un par de minutos en notarlo. La cara de Bobby estaba pegada en uno de los postes. Era un cartel. Decía: “Hemos perdido a un miembro de nuestra familia. Si lo ves, comunícate al… Es importante para nosotros. Gracias.” Y abajo decía: “RECOMPENSA $5,000.00” ¡Dios mío! prensé, tengo que encontrar al perro. Regresé corriendo a casa. Entré gritando: ¡Bobby, Bobby, amigo, Bobby! Lo recordé: es imposible que esté dentro. Bobby había desaparecido.  Debía encontrar al puto perro antes que otro puto perro lo encontrase y cobrara la recompensa. Recorrí todo el vecindario inútilmente. Peiné la zona incesablemente. Dos a tres vueltas por manzana. Miré un grupo de críos y pregunté por el perro. Miré en el mercado. En la zona de carnes. En el tiradero de basura. Miré en el parque. Había otros perros pero ninguno era Bobby, Dios. Nadie había visto a Bobby. Llegué a casa hecho polvo y rendido. Me puse un whisky y me olvidé del asunto. 

 Sonaban las Valkirias de Wagner cuando llamaron a la puerta. Serían las ocho o nueve de la noche. Abrí y era el obeso pelón de la casa de atrás. Traía a Bobby sujeto por el collar. ¡SU PERRO SE HA TIRADO A MI PERRA!, gritó cabreadísimo. ¿Cómo?, pregunté sin creerlo. Mi hija lavaba la banqueta, explicó, dejó la puerta abierta y Dorothy escapó. Dorothy era el nombre de la perra. Mi hija fue a por ella y justo dando la vuelta a la calle encontró a su perro encima de mi perra. ¡Vaya dije, por fin pasó, la oportunidad de Bobby! Al tío no le agradó mi comentario. ME DEBES TRESCIENTOS PESOS, dijo. A mí no me agradó su comentario. Quedamos doscientos, dije. ¡TRESCIENTOS!, gritaba el cabronazo. Vale, vale dije, deme al perro. Primero el pago, dijo. ¡Qué!, dije yo. Sin dinero no hay perro, dijo. Tranquilo, tío, dije, te pagaré, es sólo que justo ahora no tengo la plata. La tendré mañana por la tarde. Sin dinero no hay perro, repitió y se marchó con Bobby. Era un tío alto y corpulento. Obeso y malencarado. Yo no iba a romper la cara de semejante cosa. 

 Piensa, Petrozza, piensa, me decía. Tenía que recuperar a Bobby, cobrar la recompensa, pagar la cruza y beber el resto del dinero.  Pero sobre todo, ¡debía evitar que la familia del obeso mirara el cartel! Vamos, Petrozza, piensa, piensa. ¡Lo tengo! Corrí al poste donde miré el anuncio y lo arranqué. ¡Uff!, me dije. Pero la cosa no había acabado. Caminé de vuelta y lo miré. Otro cartel. Y otro más allá. Y otro. ¡Y otro! Habían llenado la avenida. ¡Y toda la colonia! ¡En cada poste, en cada esquina, en cada teléfono público! Me llevó tres horas acabar con ellos. Eché la pila de carteles al sofá y me senté. Muy bien, me dije. Me puse un whisky en las rocas, lo bebí de un trago, y me fui a dormir. 

 Al día siguiente cogí uno de los carteles, caminé al tragamonedas más cercano, y llamé: Ya dije, buenos días… Llamo por el anuncio sobre el perro… Sí, gracias… He mirado al perro… Sí, lo he cogido… Centro de Tlalpan, sí… Estoy totalmente seguro… Lleva un collar al cuello… El collar dice Bobby, sí… Sí… Ajá… ¿Qué hay de los cinco mil?... Muy bien… En una hora… Sí… Centro de Tlalpan, sí… Vale… Vale… Muchas gracias… Me citaron en el kiosco del centro de Tlalpan. Era un negocio sencillo. Entregaría al perro y recibiría la pasta. 

 Llegaron puntuales. Yo llegué con un ligero retraso. ¿Y bien, dónde está Bobby?, preguntó un señor adinerado. Venía con un adolescente adinerado. Ya dije, primero la pasta. Queremos ver al perro, dijo el adolescente. Verán dije, el perro está bien, denme el dinero y regresaré con él en veinte minutos. ¿El perro está bien?, preguntó el señor, ¿acaso eres una especie de secuestrador de perros?, ¿dónde demonios está el perro? Ya dije, no lo traje conmigo, está en casa. Ya saben, por seguridad. ¿Es una broma?, preguntó el adolescente. No dije, si quieren vamos juntos a casa a por él. Dudaron un segundo. ¿Cómo sabemos que no es una trampa?, preguntó el adolescente. ¿Cómo sabría yo que esto no es una trampa?, dije. ¿Pero qué demonios quieres decir?, preguntó el señor. Ya sabes dije, traigo al perro, lo cogen y ¡Plast! (chasqué los dedos), desaparecen. ¿Cómo haríamos eso?, preguntó el adolescente. Qué sé yo, respondí, ¿cómo hacía Houdini para…¡Basta!, me paró el muchacho, ¿tienes al perro sí o no? Claro dije, vamos, vamos por él, no está lejos. Se miraron entre sí. Finalmente aceptaron y me llevaron en una Audi último modelo. 

 Llegamos a casa del obeso. Los hice aparcar en la esquina de la calle. Bajé del auto y dije es allí, señalando la casa. Vayamos, dijo el adolescente. No, no, esperen, yo me encargo solo, dame el dinero. El padre enfureció. No te daré el dinero hasta ver al perro. Ya dije, al menos un adelanto de trescientos pesos, ya sabes, es lo justo, me da trescientos ahora y el resto con el perro, es justo… Toma, toma, dijo el padre estirándome trescientos pavos. ¿Qué tal si ya no sales?, se entrometió el hijo. Qué importa dije, ahora sabes dónde vivo, puedes buscarme o algo… Está bien dijo el padre, ya ve por el maldito perro. Calma, tío, no tardo. Esperen aquí, mi mujer está loca, será mejor que esperen aquí, dije. Ambos fruncieron los labios y yo me encaminé a hacer lo mío. Llamé a la puerta. Nadie salía. Llamé de nuevo. Nada. ¿Todo bien?, gritó el padre desde la esquina. Toqué de nuevo a la puerta. Nada. ¡Usa la llave!, gritó el condenado adolescente. ¡La he perdido!, grité en respuesta. Toqué la maldita puerta una vez más. Comenzaba a ponerme nervioso. Por fin abrieron. Era el gordo. Vengo por mi perro, dije. ¿TU PERRO?, dijo estampándome un cartel de SE BUSCA en la cara. ¡El cabronazo lo había mirado! La idea me vino a la mente pronto y pude esquivar el asunto: ¡Lo he puesto yo, tío, cuando secuestraste a mi perro me pensé lo había perdido! Se llevó la manaza a la barbilla, la sobó y dijo, está bien, dame la recompensa, después de todo yo lo encontré encima de mi perra. ¡Vamos dije, no es justo! Sin dinero no hay perro, dijo. El adolescente se acercaba a nosotros. ¿Todo bien?, gritó. Vamos dije, te daré quinientos más, dame al perro. El gordo se llevó la maldita mano a la barbilla. El muchacho venía hacia nosotros. Vamos decía yo, setecientos más, ¡pero dame al perro ya! Se sobaba la puta barbilla. El muchacho estaba a dos pasos. ¡Mil más!, vamos, ¡Mil más! Vale, dijo el gordo y gritó que soltaran al perro. Cuando el chico estuvo donde nosotros Bobby salió como un cohete sin rumbo. Miró al chico y se fue sobre él. Venía a la mar de contento. El padre se acercó también. Cogieron al perro y lo subieron al auto. ¡Mi dinero!, dijo el gordo. Vale dije, lo tengo en ese auto, dame un minuto. Corrí al auto. El padre me entregó cuatro mil setecientos pavos y se largó. Repartí el dinero: mil para el bastardo obeso, y el resto para mí. ¡Lo había logrado!

8

¡Lo logré!, pensé al llegar al centro nudista. Cogí la pasta y de inmediato me largué al centro de la ciudad, a un bar de bailarinas nudistas. Me ordené decenas de whisky y me emborraché a los brazos de dos bailarinas. Conté lo mucho que extrañaría a Bobby y se largaron. Todo estaba saliendo mal. No había follado nada en veinte días. No pude ni con las putas del bar. 

martes, 11 de enero de 2011

28 de diciembre.

Era eso de las cuatro de la madrugada cuando llegué a casa ligeramente borracho. Había pasado la noche en La Puerta Negra. Vacié los bolsillos y no logré ligar ninguna mujer. Entonces recordé tener tres cuartos de whisky en casa. Así que regresé a por ellos. Tenía ánimo de continuar la farra echado sobre mi viejo sofá. Abrí la puerta y tropecé con aquella cosa: un sobre blanco. Lo levanté y leí. No tenía remitente ni destinatario. Quiero decir que no llevaba impresa en ninguna parte ninguna dirección. Ya, pensé y lo eché sobre la mesa sin dar importancia a la cosa. Me puse un whisky en las rocas. Dejé sudar los hielos e hice zonas al bueno de Bach en el estéreo. Mientras todo eso me descalcé y me quité la camisa. 

 Todo estaba saliendo de maravilla. El trago hacía su efecto en el cerebro y comenzaba a desear el sueño. Al levantarme por el cuarto whisky lo noté: el sobre seguía sobre la mesa. Lo tomé y lo traje conmigo hasta el sofá. Lo inspeccioné detenidamente. La únicas palabras impresas eran: Martin Petrozza. ¡Ese soy yo!, pensé. Estaban escritas a tinta azul, en cursiva. De una cosa estaba seguro: ese sobre no venía de ninguna Institución a la que deba dinero. Pero tenía mis dudas. Los cabronazos de cobranza son astutos. Llaman a todas horas con voces diferentes. De hombre o de mujer. Te piensas que es alguna examante. Luego sueltan las amenazas y exigen el dinero. No son tan distintos a las examantes. Me decidí. Abrí el maldito sobre. 

 Era una carta impresa a 12 puntos, Times New Roman. Decía: 

Querido, Martin Petrozza. 

Me llamo Estefany Vélez.

Soy una mujer de treinta y dos años. Tengo todo en su lugar. 
Permite que te hable de tú. 

Vale pensé, háblame de tú…

He seguido todas tus publicaciones, ¡y me excitan!
No puedo evitar imaginarte a cada línea. 

Vaya cabrona, pensé…

No te conozco pero estoy enamorada de ti. Me apasiona tu manera de vivir. Te imagino como el mejor de los amantes. Disculpa si sueno demasiado directa. Sé que lo entenderás. 
Me gustaría tomar una copa contigo. Si quieres, claro. Y quizá… ¡Qué digo quizá! Que me hagas el amor como a una zorra. 

 Mi dirección es: 
Calzada de Tlalpan 4698, 
Edificio A, 
Departamento 701.

Si algún día tienes tiempo puedes pasarte por allí. Estaré esperándo con ansias. 

P.d.

Si esta misma noche pudieras venir…

Besos. 

Estefany Vélez. 


¡Dios, qué puta esta Estefany!

Yo había leído que a algunos escritores famosos les llovían mujeres sólo porque escribieron un par de libracos cursis y pegajosos. Jamás imaginé que algo así me sucedería a mí. Terminé con la botella pensando en Estefany. La imaginaba toda una mujeraza. Con tremendas piernas. Toqué mis genitales algunas veces y finalmente caí rendido. 

2

A la noche siguiente tomé una ducha y fui a Calzada de Tlalpan 4698. Me puse mi mejor camisa. Limpié los zapatos. Engominé el cabello. Me eché encima media botella de perfume que jamás había tocado y cepillé la dentadura. Vamos, papi chulo, me dije, Estefany tendrá lo suyo. 

En cuanto miré el edificio tuve una erección. Tranquilo, nene, dije a mi asunto. Había un interfón. Presioné el botón del 701. No funcionaba. ¡Maldición!, pensé. Saqué un cigarrillo de la chaqueta y fumé. Fumé cuatro cigarrillos hasta que una obesa señora salió del edificio. ¡No cierre!, grité corriendo hacia ella. Se asustó. Puse la manaza para evitar que la puerta sellara y dije a la señora: ¡hay una mujeraza esperando por mí en el 701! Subí las escaleras despacio. No podía hacerlo de otra forma con mi manera de fumar. Llegué al apartamento. Tomé aliento y llamé a la puerta. Escuché una risa y una voz preguntó ¡Quieeén! Ya dije, soy Martin Petrozza, estoy buscando a la señorita Este… La puerta se abrió. 

¡Estefany Vélez era justo como la imaginé! Tenía un tremendo par de peras. Una cintura que cabía en mis manos. Y un culo del tamaño del mundo. ¡Dios mío, dije cuando la vi, estás de a diez! Pasa, dijo seductoramente y pasé. La habitación estaba oscura. A penas iluminada por un par de velas sobre la mesa de centro. Me hizo tomar asiento sobre un sillón negro y trajo un par de vasos. Whisky en las rocas, dijo. Ya dije, ¡cómo supiste! Reímos. Se sentó junto a mí y me acarició la pierna. Bien, dije, ¿quieres contarme la historia de tu vida, o prefieres hacerlo inmediatamente? Prefiero saltarme la historia de mi vida, dijo, ya habrá tiempo por la mañana. Excelente, dije y me fui sobre ella. 

 Gracias al cielo soy un desesperado. Lo primero que hice fue llevar la mano hasta el chocho. ¡Y  carajo! ¡No había chocho! ¡Qué demonios!, grité levantándome. Estefany comenzó a reír. Escuche abrirse una puerta y más risas. Las luces se encendieron. ¡Y allí estaban parados los cabrones de Verónica Pinciotti, Garrison y Rey Hernández. Cagándose de la risa. ¡Qué pasa!, dije asustado. Verónica entregó mil pavos que sacó de su bolso a Estefany. La puta los tomó y se largó. Dijo, ¡lástima papi, hubiese sido un buen polvo! Los tres hijoputas no paraban de reír. Hablaban entre ellos. Garrison: les dije que vendría. Rey Hernández: no mames qué chingón. Verónica: no le dices sexo dos veces. 

¡Qué demonios!, pregunté de nuevo y los tres dijeron al unísono: ¡Feliz día de los inocentes! Yo entendía nada. Es 28 de diciembre, dijo Rey. Suele hacerse bromas a los amigos, completó Verónica. Ya dije, es cierto, qué cabrones. Nos la debías dijo Garriosn. Me lo explicaron. Hace un tiempo aquellos tres sufrieron una suerte de bromas pesadas. Nunca descubrieron al culpable pero todo el tiempo me culparon a mí. Juré ser inocente. Y lo era. No lo creyeron y me jugaron aquella broma. Contrataron un travestido prostituto para ello. Echaron la carta personalmente bajo la puerta de mi casa. ¿De dónde salió el apartamento?, pregunté. Es de mi tía, contestó Rey, lo ha tenido abandonado por lustros. No sé cómo no lo noté. Los únicos muebles eran el sillón y la mesa de centro. ¡Y la mesa de centro era la mesa de centro de Garrison! Debí saberlo. La calentura te cegó, dijo Verónica. Tenía razón. No pensé con la cabeza. 

Trajeron algunos vasos y sirvieron whisky en las rocas. Pasamos la noche bebiendo en el apartamento. No dejaban de burlarse. ¿Lo besaste?, preguntó Garriosn. No, contesté tajante. Cómo no, dijo Rey. Enserio dije, todo fue muy rápido. Me fui directo al grano. ¡Vaya grano que te tocó está vez!, dijo Verónica. Calla dije, me las van a pagar. Aquí enmudecieron. Realmente se creían que yo era el autor intelectual de las bromas que sufrieron. Fueron buenas bromas. Muy bien planeadas. Y tuvieron miedo de mi venganza. 


 


Te recomendamos leer también: El misterio de los inocentes. Donde se hizo las bromas a las que alude Petrozza. 
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