lunes, 2 de enero de 2012

A veces se llama Nancy.




Cuando yo los miré, eran tres. No sé muy bien de dónde salieron. Yo había salido de la Puerta Negra, un bar, a eso de las dos de la madrugada. Iba camino a casa, a pie, y decidí tomar el atajo. El atajo era un oscuro callejón por el que nadie en su sano juicio se hubiese arriesgado a entrar. Sin embargo yo era un tío ebrio y sin blanca. ¿Qué cosa podían quitarme? Y además, pensaba, “un hombre no puede poseer todo aquello que puede perder en un naufragio”. 

 Bueno, como ya dije, eran tres y no sé de dónde diablos salieron. Los miré hasta que los tuve encima. Venga, tío, dijo uno de ellos cerrándome el paso, estíranos una moneda. Mieeerda, exclamé echándole todo el aliento al que tenía en frente, todo el tufo a cerveza, a pocos centímetros de la jeta. Me tenían rodeado. ¿Qué?, preguntó alguno de ellos. Ya dije, supongo que esto es un asalto, ¿no? Ninguno dijo nada. Luego uno dijo: estíranos unas monedas, es todo. Asentí con la cabeza. Me llevé las manos a los bolsillos y los volteé. No salió un solo alfiler. Los tres se miraron entre sí. Me tenían acorralado, cualquiera que nos mirase de lejos sabría que algo no andaba bien. Pero no había nadie que mirase de lejos, en ese callejón oscuro, a las dos de la mañana. Y además, en México, uno puede ser violado en medio de una plaza pública y nadie hará nada. Por temor a involucrarse. Entonces uno dijo: ya, vámonos, éste no trae nada. Pero había otro, uno particularmente colérico que dijo que le estirara alguna moneda o me partiría la cara. Acto seguido, los otros dos se hicieron a un lado. El macho quedó frente a mí. Alcé los brazos y dije: pues vale, soy todo tuyo. Realmente lo esperaba. Un puñetazo en la cara, o en el hígado. No me importaba. Llegué a pensar que me sentaría bien. A veces pensaba cosas así. Pensaba que una pelea me caería bien de vez cuando. Lo miré a los ojos con los brazos abiertos, retándolo a que lo hiciera. No supo cómo reaccionar, y lo que hizo, el cabronazo, es que me escupió los zapatos. Sí, Dios, el tío me lanzó un escupitajo a los pies, y luego, él y todos echaron a correr. Yo no lo podía creer. Levanté el pie y lo acerqué a los ojos. Ahí estaba. Un enorme escupitajo. Amarillento. Hijo de puta, hubiese preferido que me partiese la cara. 

 2

Al día siguiente regresé a la Puerta Negra y allí estaba Nancy, una jebita que atendía el lugar por las mañanas. Le ordené una cerveza bien fría y me la trajo. Yo era el único cliente. Supongo que eso ayudó a que Nancy se acercara a mi mesa y se dejara hacer conversación. Me dijo que estaba harta de trabajar allí. No era sorprendente, Nancy siempre hacía una mueca cuando le ordenabas algo. Como si le costara mucho traer una cerveza del congelador, que estaba a menos de diez pasos de cualquier mesa. Dijo que trabajaría el resto del verano y después se iría a Tlaxcala, de donde era oriunda. Dijo que la paga era pésima, y que ya no soportaba lidiar con tanto borracho. Algunos le pellizcan el trasero. Dijo que más le hubiese valido quedarse en casa y ayudar en el hogar a Madre. Dijo que mucha razón tenía su madre cuando le recomendó casarse con Agustín, el pretendiente más serio que tuvo en su vida en Tlaxcala. Sin embargo Nancy era una chica con pretensiones de gran señora, y de libertad. Dijo que ella nunca se casaría pero que ahora se lo pensaba dos veces. Dijo que regresaría y que si Agustín continuaba empeñado en hacerla su mujer, esta vez daría el brazo a torcer. Dijo que así no tendría que trabajar y ganar dinero por su cuenta en este pútrido bar, ni en ninguno. Dijo que estaba dispuesta a todo con tal de no regresar a la Puerta Negra. Es curioso, pensé, yo daría todo por poder regresar siempre a la Puerta Negra. 

 Le pedí que me trajera otra cerveza. Esta vez no frunció los labios. Le sentaba bien desahogarse conmigo. Regresó con la cerveza y un par de limones. Le di las gracias por los limones. Se sentó a mi mesa y comenzó a contarme otro montón de cosas. Está vez de sus sueños. Dijo que deseaba hacerse bailarina profesional. Dijo que había estudiado algo de baile en un instituto en Tlaxcala. Utilizó la palabra instituto. Supongo que para dar seriedad a sus estudios. Dijo que se matriculó en ese Instituto, y que había venido al DF a probar suerte. Pero que hasta ahora no había encontrado nada, pura encueradera, dijo, y que ella era una bailarina pro-fe-sio-nal. Por eso tenía que trabajar aquí, y pagarse la renta. Ya dije, qué puta suerte la tuya. 

 Nancy se levantó de la mesa, y fue al sanitario. Dijo que le permitiera un momento, que tenía algo que hacer. Le dije que sí y la miré encaminarse al sanitario. Tenía un culo que no la desmentía, esa jebita había estudiado baile, o al menos había hecho mucho ejercicio en los últimos años. 

 Cuando regresó del sanitario le ordené una cerveza más, y fue por ella volando, y cuando regreso otra vez, se sentó a la mesa. Le dije que trajera un vaso, que le convidaría de mi cerveza. Pensé que me diría que no, pero lo trajo, y le serví cerveza. Entonces me dijo que le contara algo. Ya dije, no sé qué. Pero insistió en que le contara lo que sea, nomás pa´ no aburrirme, dijo. Saqué un cigarrillo de la chaqueta y lo encendí. Al mismo tiempo trataba de pensar en algo que contarle, pero no me venía nada a la mente, excepto la idea de follarla. Estaba pensando muy bien qué decir, algo que me encaminara a follarla. Entonces dije: dicen que las bailarinas son muy buenas en la cama, que el baile es como hacer el amor. Nancy dijo que eso era cierto, que era muy cierto. 

 Así fue como supe que Nancy era una mujer para mí. Una mujer que acepta una cosa así, y que además dice que esa cosa es muy cierta; y que lo dice en el tono y la manera en que ella lo dijo, es una puta, joder. Y esas son mi especialidad, Dios.

 A la cuarta cerveza Nancy comenzaba a aflojarse. Ella y yo éramos los únicos en el bar. Aunque la Puerta Negra no es un bar, sino una casa adaptada a bar. Nancy no era muy buena bebedora, bastó muy poco para que las risas desmedidas y las manos sobre las piernas o sobre los hombros, comenzaran. Le toqué varias veces las piernas, y ella ponía su mano sobre mi hombro. Con naturalidad. Como cuando se es muy amigo de alguien. Sin malas intensiones; al menos de su parte.

 No paraba de hablar, Dios. Dijo un montón de cosas, hasta que otra vez pidió que le contara algo. Dijo que el dueño del bar era una mala persona. Que vivía allá arriba, en el piso de arriba de la casa, con su familia. Dijo que a ella (a Nancy) la trataba bien, que le decía hija, pero que sabía que ese hombre no era un hombre bueno, que estaba segura que andaba en malos pasos. Dijo que la policía venía continuamente, y que el dueño atendía a los oficiales allá arriba, y que siempre bajaban dando risotadas y al despedirse, en la puerta, abrazaban al señor Carmelo, y le daban palmadas en la espalda. Ya, dije. Y Nancy suspiró, como si se hubiese arrancado un peso de encima al contarme aquello, y pidió que le contara algo.

 Le conté de lo de anoche, del atraco o lo que sea. Le conté de cómo salieron de la nada tres tíos. De la nada, Dios. Yo entré al callejón y no miré que alguien estuviese allí (aunque es difícil ver cualquier cosa en ese callejón), ni sentí que alguien entrara después de mí. Preguntó si pude reconocerlos. No dije, la verdad iba muy tomado y era de noche, no pude reconocer a ninguno. Preguntó si me había quitado algo de valor. Contesté que no, que ni un centavo, porque no llevaba nada encima. Todo me lo había gastado aquí, pero en la noche. Nancy únicamente atiende el bar por las mañanas. Preguntó si me habían violentado y dije que no… que solamente… me habían… escupido en el zapato. ¿Escupido en el zapato?, preguntó extrañada. Sí dije, mira. Levanté el pie. El escupitajo se había secado pero había dejado una mancha, como un lago seco, en la punta de mi zapato. Nancy lo miró unos buenos segundos, como si de verdad fuese algo extraordinario. Un escupitajo en un zapato, ¿cada cuando se ve algo así? No lo sé, para mí era la primera vez. Traeré un trapo húmedo, dijo Nancy y antes de que pudiese decir algo, estaba de vuelta con un trapo húmedo en las manazas. Se agacho y comenzó a frotar mi zapato con el trapo. Yo estaba sentado en la silla y ella agachada, con una rodilla en el suelo y con la cabeza inclinada hacia mi zapato. Dios, no pude evitar pensarlo. En cómo sería. Al menos la vista sería más o menos ésta, pensé, si Nancy me pegara una mamada. Le dije: sabes Nancy, luces muy bien desde aquí. Ella no entendió la cosa, no dijo nada, tallaba la macha con mucha fuerza. Tardó demasiado. Estuve a punto de decirle que lo olvidara, que no me molestaba ver la mancha en mi zapato. Al menos me recordaría que no debo tomar atajos por la madrugada. Pero antes de que me decidiera a decirlo, se levantó. La mancha había desaparecido. Le di las gracias y ordené otra cerveza, y le serví en su vaso, y bebimos de lo lindo. 

3

Nancy y yo entablamos amistad. O lo que es lo mismo, me decidí por emprender el camino al coño de Nancy. Nancy era una mujer solitaria, y gustaba mucho de hablar y hablar y no la callabas con nada. Más o menos como todas las mujeres, con la diferencia de que Nancy tenía un culo muy bonito. 

 Todas las mañas me pasaba por la Puerta Negra. A veces bebía alguna cerveza y otras tan solo platicaba con Nancy. Comencé a decirle que me parecía una chica muy bonita, y que me encantaría verla bailar. Y ella solía contarme un montón de cosas, hasta que se lo propuse. Le dije que definitivamente, yo tenía que verla bailar. La invité a mi casa saliendo del curro. Le dije que yo vivía a unas pocas cuadras del bar. Era cierto. Y aceptó ir conmigo. 

 Bueno, pues aquel día bebimos más de cuatro cervezas, de a litro, y saliendo nos fuimos a mi casa. Todo el camino a casa yo estuve insistiendo en lo mucho que encantaría hacérselo. Nancy no se molestaba. Se reía, y me abrazaba, o se reía y se sonrojaba, o se reía y me pegaba el trasero a la entrepierna. Cualquiera en mi lugar hubiese pensado que la cosa estaba hecha. Que era cuestión de tiempo, muy poco tiempo, para que Nancy fuese mía. 

 Una vez en mi casa, Nancy no bailó. Se dedicó a husmear. Recorrió toda la casa, que era de apenas cinco piezas, y a abrir todos los estantes y gavetas. Era un comportamiento extraño, y era la primera mujer a la que yo miraba abiertamente esculcar mis pertenecías. No se medía. Pensé que todo era un síntoma de la borrachera. Preguntaba muchas cosas, por ejemplo, que en dónde trabajaba yo. Le expliqué que yo no trabajo, que soy escritor y que cobro los raquíticos giros postales de algunas revistas latinoamericanas, que me mandan la pasta suficiente para beber todas esas cervezas que me bebo en la Puerta Negra. Esto la decepcionó. Me pensé que otra vez, mis pocos centavos iban a alejarme del enamoramiento. Nadie se había enamorado de mí debido a mi falta de dinero. Así que cuando me preguntó que qué guardaba en esa maleta, le dije que allí guardaba los ahorros de toda mi vida, y que serían al menos unos cincuenta mil. 

 Pasamos la velada platicando, Maldita sea, y todos mis intentos de despojarla de sus ropas y hacerle el amor, fracasaron. Era muy hábil, de verdad. No te rechazaba de tajo, sino que te hacía pensar que a cada movimiento estabas más cerca de lograrlo. Por ejemplo, cuando me acerqué para tomarla por la cintura, en la cocina (cuando ella entró a la cocina y yo la perseguí) no me esquivó. Me recibió de lleno, y se dejó tomar por mí, pero de pronto, sorprendida por la ventana, se fue hasta ella y me preguntó que si por allí podía llegar a la calle. Es la ventana de la cocina, dije, da al patio del vecino, ¿por qué? Por nada dijo, curiosidad. Y otra vez la seguí hasta la sala, donde me preguntó si los ruidos de los vecinos se escuchaban muy fuertes dentro de la casa. No lo sé, dije al tiempo que le rodeaba la cintura con los brazos, creo que no, no estoy seguro, yo casi nunca estoy en casa. Aquí bajé las manos por su espalda hasta llegar a las nalgas. No me quitó las manos de encima. Al menos no bruscamente. Lo que hizo fue zafarse y caminar, con toda naturalidad, hasta el cuarto de baño. Repito: daba la impresión de que lo ibas a lograr.

 Me parece que fue después de ir al sanitario. Nancy entró al sanitario y cando salió (pero no la escuché jalar de la cadena), fue directo a mi habitación. Yo la seguí (pensé que estaba cerca de follarla) y la encontré tumbada en la cama. Me recosté a su lado (de verdad pensé que lo haríamos). Sin embargo, a los pocos segundos de que yo me recosté, ella se levantó. Se sentó en el borde de la cama, y me preguntó por aquella maleta, la que estaba a un lado del buró, muy bien cerrada. Estaba así porque yo solía usar esa maleta como armario, y allí tenía toda la ropa que nunca uso. Un pantalón de mezclilla negro y una camisa café, todo esto lleno de quemaduras de cigarrillo. Me inventé la mentira de los ahorros de mi vida porque no deseaba que Nancy pensara que yo era un jodido escritor anónimo, sin un céntimo. No es que me importase lo que ella pensara de mí, pero era importante que pensara que yo tenía algo si quería acostarme con ella. Las mujeres son así. Se sienten seguras si saben que el tío que las está montando tiene algo en qué caerse muerto.  

4

Aquella vez fue la última vez que la miré, y a la maleta. Al día siguiente me fui a la Puerta Negra, a buscar a Nancy, como de costumbre, y Nancy no estaba. En su lugar estaba la esposa del dueño, y le pregunté por Nancy, y dijo que había faltado a trabajar. Entonces ordené una cerveza a la señora, y esperé un par de horas o más. Pero Nancy no llegó así que me largué de allí, a otro bar, al centro de la ciudad, y cuando regresé a casa no lo noté, pero al día siguiente, cuando me desperté, algo me hizo voltear hacia el rincón donde estaba la maleta. Bueno, pues ya no estaba la maleta. Era una maleta de broche con combinación. Sin embargo no es complicado abrir esas cosa por las fuerza. Así que supuse que Nancy la había robado, por lo que le dije, de los cincuenta mil. Aunque al mismo tiempo, no podía creerlo, que ella, que Nancy… 

 Entré a la Puerta Negra y la esposa del dueño me recibió otra vez. Dijo que Nancy había faltado de nuevo, y que no había avisado, ni había telefoneado nadie en su nombre. Le dije que quizá había regresado a Tlaxcala. ¿A Tlaxcala?, preguntó la señora. Sí dije, de allá es Nancy, ¿no es cierto? No que yo sepa, dijo, según yo viene de Oaxaca. Ya dije, no importa.

 Me senté a una mesa y ordené una cerveza. La señora me la trajo y me preguntó si yo era amigo de Nancy. Ya dije, pues más o menos. Entonces dijo que esa Nancy, desde que llegó, no le había caído nada bien, y que no le daba buena espina. Me dijo que llegó a pedir trabajo porque según ella, necesitaba dinero para estudiar baile en México, y había venido de Oaxaca. Me contó que llegó a al bar recomendada por un cliente frecuente, un muchacho, que dijo ser su novio. Sin embargo, desde que Nancy entró a trabajar, el muchacho no había venido una sola vez. Dijo que lo había visto rondar por la colonia, con otros dos muchachos, de muy mal aspecto. Gente mala a simple vista, dijo. Ya dije.

 La señora no dejaba de especular al respecto de Nancy, y yo la escuchaba, y en ese momento no ligue una cosa con otra, pero cuando le conté de cómo conocí a Nancy, y del intento de atraco la noche anterior, y de cómo alguien había entrado a mi casa, dijo que ya se lo sospechaba, que esos cuatro (los tres tíos que me encontraron en el callejón y Nancy) no eran buenas personas. Ya dije, ¿y quién es realmente una buena persona? La señora me miró estupefacta, ¿es que acaso yo no sentía odio o desprecio por ellos, que habían robado mi maleta llena de dinero? 

 Seguí con el cuento del dinero, le dije que la maleta, con los cincuenta mil, había desaparecido el día siguiente de que Nancy entró en mi casa, y que Nancy había actuado muy singularmente dentro, husmeando y preguntando todo. Entonces la señora me recomendó, y casi me obligó, a ir a la policía, y declarar. 

 5

No, la chapa no había sido forzada (aunque esa puñetera chapa era muy fácil de abrir, incluso sin llave) y no había nada que delatara una entrada forzada. Y por supuesto que no se trataba de un autorobo. ¿Es que acaso estos oficiales realmente se creen que uno irá a la policía y que declarará, con la simple pregunta: ¿seguro que no se trata de un autorobo?, que uno mismo se ha robado?

 La policía fue hasta mi casa, inspeccionó el lugar en dos minutos, y luego me llevó a mí, que era la víctima, a ser víctima de un brutal interrogatorio, intimidante, que te hacía pensar que quizá lo mejor sería declararte culpable de ese maldito supuesto autorobo, y pagar la condena con lo que te quede de dignidad. 

 Me preguntaron tantas cosas, y tantas veces las mismas cosas, que fue inevitable que yo tropezara un poco con mis razonamientos. Su intención era que yo tropezara con mis razonamientos. Era la segunda ocasión en la vida que yo tenía algo que ver con la policía, y esta vez tampoco me estaba gustando. 

 Me mantuve sobre la línea de los cincuenta mil dentro de la maleta. Ellos tenían duda acerca de la veracidad de esa cantidad de dinero, y tenían razón de dudar, no pude decirse que no fuesen inteligentes, pero yo me mantuve firme (qué otra cosa podía hacer a esas alturas) y firmé mi declaración, sosteniendo que una mujer llamada Nancy, procedente de Tlaxcala o de Oaxaca, con tales señas particulares, y  que trabaja o trabajaba en la Puerta Negra, había entrado a mi casa la tarde del 17 de abril de 2010, y robado una maleta marca Samsung, modelo S-210, color azul, de medidas cercanas a los 40 por 60 centímetros, que contenía un pantalón negro de mezclilla, una camisa café y cincuenta mil pesos en billetes de a cien, doscientos y quinientos, envueltos en una bolsa plástica. 

  ¿Las señas particulares de Nancy? Bueno, pues medía alrededor de un metro con sesenta, muy poco, ahora que lo pienso, para hacerse bailarina profesional. Era de piel blanca, cosa rara, ahora que lo pienso, para haber nacido en Tlaxcala. Los ojos los tenía cafés, oscuros. Y tenía una cara ligeramente bonita, como una chica que debió nacer muy bonita pero algo no salió bien, o como una escultura bonita, inacabada, a la que le falta pulir o algo. Era delgada, con una cintura muy estrecha, y un culo tremendo. Pero no quiero decir que era un culo enorme y graso. Era un culo realmente estético, muy bien formado, muy ejercitado. 

 También firmé que la ladrona Nancy, no actuaba sola. Dije que poco tiempo antes del atraco, fui víctima de un asalto, en el callejón Osaka, o algo así, que está a dos calles de la Puerta Negra, por tres hombres, de edad aproximada entre los veinticinco y los treinta años. Dije que me despojaron de un peluco marca Casio, y de cuatrocientos pavos (de lo contrario no iban a creer que yo tuviese todo ese dinero en la maleta).

 Luego de todo eso, salí de la Delegación con jaqueca. Me metí a la Puerta Negra. Le conté a la señora que yo había declarado, y esto la satisfizo mucho. Como si el caso fuese un caso personal, suyo. Me llevó una cerveza, por cuenta de la casa. Dijo que yo sí era un buen muchacho, que ya me había visto muchas veces antes aquí, y que nunca se había enterado (y por cómo lo dijo, me dio la impresión de que se entera de muchas cosas) de que yo estuviera involucrado en un solo problema. Era verdad, yo no solía meterme con ningún vecino, ni con nadie. Los sorprendente es que alguien me considerase buen muchacho. Con mi carrera de escritor, que solían confundir con holgazanería.

6

Me olvidé de la maleta, y del asunto. No volví a pensar en ello durante los dos meses siguientes, hasta que un buen día, en la Puerta Negra, me recibió una rubita de unos quince años, y dijo que era la nueva mesera. Le pregunté por la señora y ésta bajó a saludarme, con un diario en las manos. Allí venía una fotografía de tres tíos, pero era una fotografía oscura, casi no se identificaba a nadie. La nota era sobre esos tres, que habían detenido en la colonia Atizapán de Zaragoza, por robo de casa. Yo no encontré ningún nexo, Atizapán de Zaragoza estaba a más de cien kilómetros de aquí. Sin embargo la señora juraba que esos eran los tres con quienes andaba Nancy. Yo le dije no estaba seguro, que mi parecer, esos tres, los que me atracaron a mí, no tenían nada que ver con ella, y mucho menos con éstos otros tres, que estaban en el diario. Pero la señora no paraba de jurar, y de dar gracias a Dios, de que esos estaban detenidos. 

 Yo nunca supe qué sucedió realmente. Me daba exactamente igual. Yo había sido atracado, o al menos intentado atracar, había conocido a una tía llamada Nancy, y había perdido una maleta sin ningún valor, todo en menos de dos semanas, y eso era todo. Sin embargo la señora de la Puerta Negra, y poco a poco todo el barrio, se empeñaban en consolarme, y en pensar en todo el dolor que debí sentir al ser deprendido de mis cincuenta mil pavos imaginarios. Lo único que yo lamentaba era no haberme cepillado a esa tal Nancy, que al cabo de tres meses, se había convertido, de una mesera ordinaria de bar, en una leyenda. En una especia de Reina del Sur (realmente estábamos al Sur de la ciudad), o algo así. 

 Iba a la tienda y escuchaba a las señoras hablar de Nancy, la asaltante de casas, y darse consejos de cambiar cerraduras, etc. Algunos decían que vino de Reynosa, aunque esto era improbable, porque no tenía el acento de Reynosa. Otros decían que vino de Guanajuato, y de un montón de lados. Otros dijeron que la habían mirado ya, hace mucho tiempo, en otros bares, y vinculada a otros atracos de mobiliario y tesoros familiares, y que se hacía llamar Laura, pero a veces se llamaba Nancy. Se dijeron decenas de chorradas al respecto de una pobre tía de veinticinco años que deseaba hacerse bailarina profesional. Sin embargo, pensé, ese cuento quizá sea tan real como las hipótesis de su carrera delictiva, y de su banda (por que resultó que Nancy era la cabecilla de la banda) que eran los tres que me encontraron en el callejón. No volví a mirar a ninguno de ellos. Quizá sí existía relación ente ellos y Nancy, o quizá todo fue una casualidad. Yo qué sé, Dios, y a mí qué me importa. 

 Pero supongo que la vida es así, una leyenda más que una vida real. 

 7

Otros que se olvidaron del asunto, fue la policía. Jamás obtuve la resolución de mi caso, ni me enteré de la captura, o de los avances en la captura de los criminales que yo había denunciado. Estamos en México, compadre



3 comentarios:

  1. Eduardo Fernandez2 de enero de 2012, 10:09

    Esta muy bueno...

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  2. Noemi Enciso Valencia2 de enero de 2012, 23:07

    Hola queridisimo Martìn espero hayas pasado un buen fin de año en compañia de tus seres queridos, FELICIDADES porque me doy cuenta que escribes muy bien, esa no es mi habilidad, sin embargo admiro a todos lo que la han desarrollado y uno de esos eres tù. Buen comienzo de año y que todo lo que escribes se publique, saludos y abrazos. atte. Noemi Enciso v.

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  3. Muy bueno
    recreas totalmente la forma en operan esas personas en México (mi México querido triste pero real)
    Gusto mucho de leerte en especial me gustaron mucho las de betty
    Gracias un afectuoso saludo

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