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Blog autobiográfico." Cuando escribo no pienso en el lector. Olvido que no todos somos cerdos. Ese es mi gran error. Y el de ellos." Martin Petrozza.

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domingo, 4 de diciembre de 2011

Uruman.


 Escritores invitados. 
Texto pot: Fontani.


Demasiado ruido afuera. Las dos de la mañana en un lugar así, se convierten en las dos de la tarde en cualquier centro urbano. Es hora de darse un respiro. Las calles de Uruman son extremadamente oscuras y sin embargo hay, se oye movimiento por todas partes: Autos, bicicletas, tractores, gente. Gente por todos lados. Me voy hacia la zona baja del pueblo, atravesando como puedo a los muchachos que traen los carros de fusiles. Prendo un cigarrillo de tabaco irlandés y la lumbre espanta algunos murciélagos.

Jessica sabe que voy. Me espera con una vela prendida bajo el pórtico de su casa. La habitación no es más grande que una sala de espera y entre la heladera y la cocina no queda mucho espacio para distenderse, pero Jessica sonríe. Y es buen signo para empezar la noche. En esta parte el ruido es lejano y casi no se oye, puedo concentrarme solo en la boca de Jessica y en el desaville que le cubre apenas el cuerpo. Sentado en el borde de la cama, casi no participo de su acto memorizado, salvo por algún comentario sobre las sabanas nuevas o sobre su parecido con aquella actriz de esa película, que daban en aquel canal... Sus movimientos son suaves, lentos, sensuales. Es parte del juego, desabrochar unos botones de mi camisa, volver a la sombra y dejar caer ese pedazo de tela en el suelo, cubrirse los senos y bailar quedadamente. Su pelo cobrizo le cubre el rostro y los ojos verdes que me miran de reojo y se cierran despacio al ritmo de su cintura. Después lo acostumbrado, se abalanza sobre mí, con sus manos pequeñas acariciando mi entrepierna y buscando con su boca cada rincón de mi cuerpo. Logra que me olvide de todo. De Uruman, de las calles, del trabajo, de mi país, de la tarifa. Jessica sabe que estaría perdido sin estas dos horas que me dedica semanalmente. Tal vez por eso, me besa los ojos y me envuelve con sus piernas la espalda, me dice que soy hermoso y el más grande que ha tenido. Jessica sabe y por eso la dejo jugar con mi piel y con mis deseos.  Pasan las horas y ella me abraza más fuerte que otras veces y le digo que no tengo dinero suficiente para quedarme, pero ella me besa y cierra los ojos. Debería volver al taller, entregar esas crónicas que prometí hace dos semanas. Debería terminar mi trabajo aquí y volver a casa. Pero Jessica huele tan bien y su cuerpo se ha ceñido mágicamente al mío y el aire que entra por la ventana es tan fresco que puedo limpiar mis pulmones y respirar profundamente y olvidarme de todo lo que pasa ahí afuera.

 Ver a Jessica, semidesnuda preparar café a unos pasos de la cama donde dormimos y en la que todavía estoy echado, vale cada minuto que paso en esta ciudad. Tiene el pelo mojado y unas pantuflas blancas con ositos, parece más joven que nunca. Me sale una carcajada,  ella se da vuelta y me dice, ¿en qué pensás?  En vos, le digo, en que así mojada pareces más joven, como de unos diez o veinte... meses menos. Y me río divertido de mi chiste mientras ella mueve la cabeza y se acerca con la taza de café y una rodaja de brochzumë. Podés volver esta noche, me gustaría que vuelvas. El café transpira un aroma denso y fuerte que me cala los orificios de la nariz y me obliga a resoplar, cierro los ojos y dejo  que Jessica me acaricie la cara y el pelo. Su mano se mueve con insistencia sobre mi, bajando al pecho y a mis piernas. Me mira a los ojos y dejo que siga. Después me voy, no hay nada que decir.

Intento mirarla menos, no pensar en los otros como yo, que se escapan entre los barriles de pólvora y las botellas de vodka y encuentran en la pequeña cama de la calle Urkmeir un oasis llamado Jessica. Los he visto entrar y salir rutinariamente con las caras largas, hundiendo los ojos bajo la boina o escondiendo las manos en el fondo de unos bolsillos vacíos. Es tal vez la única vela encendida en toda la calle, en  toda la ciudad, quizá. La habitación donde Jessica duerme a estas horas, es el único lugar en donde todos los hombres se ponen de acuerdo, donde todos los pantalones han caído uno tras otro en el mismo rincón.


Mientras Jessica duerme, respiro el humo de mi cigarrillo y sigo camino hacia los cuarteles del centro.

 Con la luna cruzando el horizonte me suben las cosquillas por el cuerpo, la botella va y viene cada vez más rápido y me aferro al vaso con más fuerza, en mi mente se dibuja una silueta, un color de cabello, un suspiro que lleva su nombre y no me puedo separar la idea de oír su voz en la galería de casa, allá lejos. Oír las palabras que dijo anoche salir de mi habitación allá en Flores. Siento los pies tensionarse, las piernas moverse, algo le digo al muchacho de la barra y cuando abro los ojos estoy en la oscuridad de las calles, apretándome la camperola, decidido a sacar a Jessica de todas las manos que la tocan, de este pueblo a oscuras que se dispone a suicidarse.

 No me voy con vos, no quiero. Jessica mira por la ventana al sujeto que se incorpora de a poco, asustado. Los hombres somos muy vulnerables cuando estamos con los pantalones bajos. Cuando lo vi, no me importo que fuera el capitán de la cuadrilla que hace las rondas donde trabajo, tampoco me importo mucho el revólver que colgaba de su pantalón caído. Lo tome del cuello y lo apreté tanto que el pobre muchacho se puso medio morado. De dos empujones lo tire a la calle, le tire el gamulán y cerré la puerta. Para cuando me calme y pude explicarle a Jessica lo que me pasaba, ella ya se había cubierto y miraba al muchacho alejarse, todavía confundido. No te creo Jessica, anoche te dormiste en mis brazos, anoche te enamoraste de mí. Decime que tenés miedo, pero no me digas que no querés. Mira ahí afuera, este no es tu lugar, no es tu vida. Esto, lo que haces, te lo impusieron ellos, el día que empezó esta maldita guerra. Jessica, vos no te mereces esto, venite conmigo. Jessica. La lluvia comenzó después de mi última palabra, llenando el vacío que el silencio deja. 

 Jessica tiene el rostro entre las piernas y sostiene un cigarrillo con su mano izquierda. Piensa. Deja correr los minutos y las imágenes por su cabeza, las lágrimas le brotan lentamente, y su respiración entrecortada interrumpe la distancia que nos separa. Le acaricio el pelo con mi mano huesuda al pasar hacia el tocadiscos que hay junto a la cama. Hay un solo disco de pasta en la gaveta: Luz suave y música dulce... Lindo tema para un lupanar pienso y la miro acurrucarse más en la silla donde llora. Me tiro en la cama y digo en voz alta: No me voy. Sin vos, no me voy. Ella se levanta y apaga la vela.

 Entre la lluvia que entra por la ventana con un sonido sordo y mezclado y el hit hat del disco de pasta, se me han embotado los oídos. Busco en la cama señas de Jessica, pero no hay nada. Me incorporo y en la oscuridad veo dibujarse su silueta en la silla. Todavía llora.
Sos un fantasma vos. Un hermoso pero idiota fantasma. No sé quién te ha vendido la idea de que me enamoré de vos. No necesito salvadores ni Ingrütkes[1]. Vuelve tú a tu país, a tu paraíso de Flores, como repetías anoche mientras dormías. Por supuesto que sé lo que quieres, eres un hombre como cualquier otro, sé que cosas decirte para que dejes tu dinero en mi cómoda. Eres un imbécil. Has firmado mi sentencia de muerte. Ese hombre me dejaba trabajar sin molestarme. Ahora van a venir a buscarme y espero que no estés aquí cuando eso suceda, no sabes de lo que son capaces.

 No me voy. Sin vos de acá no me voy. Repito suavemente mirándola a los ojos. Soy un hombre grande, peso más de 90 kilos y los golpes que ella me da en el pecho no son nada. Sus pequeñas manos me golpean la cara una y otra vez, mientras llora desesperada. No soy un fantasma, le digo. Soy un hombre. Soy tu hombre. Me mira los ojos buscando algo que la convenza. Ha dejado de pegarme y tiene los brazos colgados de mi cuello. No quita los ojos de los míos y sus lágrimas han cesado. Soy yo Jessica, no va a venir otro. Soy yo y no me voy de acá, sin vos.

 Hacer el amor en la oscuridad, buscar su pelvis con mi boca una vez más y entrar en sus rincones más sombríos. Dejar que me muerda las orejas y soplarle el pelo de la cara mientras se retuerce entre mis piernas. Meterla bajo la ducha en el pequeño baño y arrinconarnos contra la pared. No acabar más. Desear con todas las ganas que ese momento no termine más. Y sin embargo terminar tendidos en el piso, jadeando, riéndonos. La miro y ríe, me acaricia la cara. Sos vos y de acá no te vas sin mí, dice.


[1] hombres que se hacían cargo de las viudas de los soldados muertos en el frente. Por lo general, hombres viejos y con dinero.



 Escritores invitados. 
Texto pot: Fontani.

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