viernes, 9 de diciembre de 2011

Perros de la calle: Mucho odio en el corazón.



Debo tener mucho odio en el corazón, dijo Alberto al tiempo que se daba puñetazos en el pecho. Mucho odio dentro de mí, dijo. Lo decía apretando los dientes, como si realmente sintiera dentro de sí todo ese maldito odio. Supongo que lo sentía. Entonces comenzó a llorar. Fue un llanto seco, como si se resistiera a soltar las lágrimas, como si cada lágrima quemara dentro de sí, y al mismo tiempo, purificara su alma. Era la primera vez le veía llorar. Alberto no solía hacerlo, era, digamos, un tíoduro. Había estado en la cárcel por más de siete años en dos ocasiones diferentes. La primera por robo a mano armada; la segunda por pandillaje. Me había enseñado a pelear, y me había enseñado que en la calle hay que estar bien despierto. Me había mostrado dónde comer, donde dormir, y donde cagar. Sin embargo, ahora me estaba mostrando su ser. Un ser lleno de rencor. Un alma ensangrentada. 

 Alberto era un tío de calle al que conocí luego de una farra monumental en Las Escaleras, un antro de mala muerte en la calle de Donceles, en el centro de la ciudad. Aquella ocasión terminé hecho una cuba, sin un centavo, y rondando la ciudad. Recuerdo que caminé mucho, y no supe cómo o cuando llegué a la Glorieta de los Insurgentes, por la madrugada. Entonces me topé con Alberto. Le dije que andaba sin blanca y hambriento hasta los huesos. No sé por qué se lo dije. El caso es que me llevó bajo uno de los puentes de la Glorieta, y me alimentó con las sobras de comida que uno de los restaurantes cercanos regala cada noche a los indigentes. Había trozos de huevo y arroz, algunos frijoles, salchichas y tortilla molida. Todo en una charola de unicel. Comí con las manos, y cuando estuve satisfecho agradecí a Alberto, que me ofreció una birra. Le dije mi nombre pero no le importó demasiado. Y cuando le pregunté el suyo, dijo que depende, que para la policía es Alberto González, pero aquí, le llaman Sanino. Le pregunté por sus ocupaciones. Alzó los hombros, y dijo: soy libre, es todo lo que sé. Me preguntó por las mías, y le dije soy escritor. En adelante, Sanino y la pandilla cogieron la costumbre de llamarme el Escritor. Cada que me llamaban así soltaban una risilla. Creo que se pensaban que yo estaba loco. 

 Dejé la birra a un lado, sobre la banqueta, y rodeé con los brazos a Alberto. Le dije que no se preocupara, que todas las personas están llenas de odio. Le dije que los policías están llenos de odio. Que las mujeres están llenas de odio, y que los padres  y los hijos están llenos de odio. Que el ser humano en general, está lleno de odio. Pero ya no me escuchaba, se apretaba a mí y decía que deseaba morir pronto. Que no soportaba tanta mierda dentro de sí. Era un caso embarazoso, Sanino, el líder de una pandilla de callejeros, el tío más duro de la colonia, estaba en mis brazos, llorando, y deseando la muerte. Estábamos solos, pero sabía que bastaba que llegara alguno para que se hiciera el pleito. En la calle, cuando uno llora, y sobre todo cuando el líder llora, hay que secarle las lágrimas a puñetazos. Es parte de la ley. Aquí nadie llora (eso es mentira, aquí todos lloran), aquí todos somos Hombres, y el que no, debe hacerse Hombre cuanto antes. 

 Además del Sanino estaban Adrián, un indigente homosexual que se ganaba la vida jineteando en la Zona Rosa; Pancho, un Oaxaqueño que llegó al D.F. con la esperanza de un mejor futuro, y que por alguna extraña razón que nunca supe a ciencia cierta, no hablaba. Tenía una guitarra y tocar la guitarra era todo lo que hacía. No era precisamente bueno, y no tocaba por unas monedas, tocar era su medio de comunicación. Y también estaba el Lepra, un niño de doce años que nació en la calle. Nadie sabía su nombre (dudo que tuviera un nombre), y le apodaban el Lepra por su mal aspecto. Llevaba la cabeza rapada. Incluso él me llamaba Escritor, y se reía. Se reía sin saber por qué. Una vez le pregunté si sabía qué es un escritor y dijo que no. Acto seguido se echó a correr. Y también había otros que llegaban y se iban esporádicamente.

 Cogí la cerveza y le ofrecí un trago a Alberto, para calmar el llanto. Le palmeé la espalda y le dije que todo iría mejor en adelante. Era mentira. Sin embargo se lo dije porque no tenía otra cosa que decir, y porque eso es más o menos lo que se dice en estos casos. Le estaba diciendo que no había problema, que podía estar lleno de odio, y aún así, no había ningún problema. Que más vale estar lleno de odio que de mierda. Eso dije aunque supongo que no hay mucha diferencia… cuando se acercó a nosotros un tío lleno de cadenas. Un punk. La pandilla del Sanino tenía problemas con los punks. Todos tenían problemas con los punks. Incluso otros punks. Estos hijos de la gran puta guerreaban por territorio. Se decían dueños de la calle. Hasta cierto punto era verdad, lo eran. Pero Alberto y yo (sobre todo Alberto), teníamos tanto derecho como ellos a estar allí. El punk nos miró desde su altura (nosotros estábamos sentados en la banqueta) y cuando miró el rostro de Alberto empapado en lágrimas, adoptó un aire de superioridad. Llorar es un símbolo de debilidad. Entonces aparecieron otros punk detrás del primero. Blandían sus malditas cadenas. Venga, tíos, dije yo, no queremos problemas, estamos por irnos, ¿qué no?, le pregunté a Alberto. Alberto se levantó y echó una mirada a todos esos pelos parados. Jaló los mocos con la nariz, y se secó las lágrimas con el antebrazo. No pasó un segundo cuando el Sanino se abalanzó contra el primero de los punks. Lo tiró al suelo. En un instante lo tenía bien sujeto y le daba en la cara como una máquina de golpear. Los otros punks, que eran dos, trataron de quitárselo de encima. Para cuando llegaron a él, el Sanino ya había acabado con el primero. Uno de los otros lo cogió por la espalda, deteniéndole los brazos. Yo no tuve tiempo de reaccionar, y de haberlo tenido me hubiese cagado en los calzones. El tercero se acercó a Alberto, que estaba cogido por el segundo, y cuando estuvo suficientemente cerca, el Sanino le pegó tremenda patada en el estómago. Esto bastó para dejarlo fuera de combate. A decir verdad los punks no eran buenos peleadores. Eran buenos para pegarte en grupo pero solos no eran la gran cosa. En el segundo siguiente, el Sanino se zafó de su contrincante y le abofeteó la cara. ¡A la mierda, le gritó, a la puta mierda! ¡Largo, hijos de su perra madre¡ ¡Largo o los mato a todos! Incluso yo tuve miedo de que me matara. Los punks se levantaron y echaron a correr. ¡Vámonos!, me gritó el Sanino cuando estuvieron lejos, vámonos de aquí, van a regresar.

 Todos me aceptaron porque el Sanino me aceptó. Cuando le pregunté por qué lo había hecho me dijo que porque sabía que yo era un tío noble. Le dije que yo no era un tío de calle, que nunca había estado en prisión y que mi última pelea fue en la preparatoria, hace muchos años. Contestó que daba lo mismo, y que no me preocupara, que él se encargaría de enseñarme la calle. Entonces me quedé con ellos un par de semanas, que fueron como una travesía por el Infierno, y una lección de supervivencia intensiva. Por ese entonces yo estaba a punto de perder mi apartamento por falta de pago de alquiler, así que la propuesta estuvo muy bien. Regresé a casa a sacar algunas cosas (muy pocas cosas) y a llevarlas a casa de mi abuela, donde planeaba instalarme hasta mejores tiempos. Sin embargo boté las cosas en su casa, y regresé a la calle. Había algo allí que me atraía mortalmente. 

 Caminamos a la calle de Tonalá, donde solíamos estar, y dormir, sobre un colchón de desperdicio, todos juntos, como perros. Allí estaban Pancho y los demás. Al vernos llegar nos recibieron con envases de aguardiente y churros de marihuana. Alberto preguntó si habían tenido problemas con los punks, y Adrían dijo que no. Bueno, dijo Alberto, pues los tendremos. Recojan las cosas. Nos vamos. Pancho corrió a coger su guitarra y tocó algunos acordes desesperados. Alberto dijo que ya les contaría, pero que ahora debíamos darnos prisa. Caminando y meando pa´ no hacer charco, dijo, y todos partimos. No había mucho que recoger. El colchón lo cargamos entre dos, por turnos. 

 Lo primero que me enseñó Alberto fue dónde comer, y cómo ganar algunas monedas. La cena la patrocinaban algunos restaurantes, como ya dije, y el dinero provenía de recorrer la línea 1 del Metro, la que va de Observatorio a Pantitlán, acostándose sobre vidrios, o simplemente pidiendo una moneda por el amor a Dios. Es un negocio redondo. En una hora cada uno de la pandilla sacaba al menos setenta pesos. Lo que equivale a decir que en una jornada de ocho horas se obtienen ganancias mínimas de cuatrocientos sesenta pesos, que es más de lo que gana un empleado mediocre. Es lástima que el vicio no deje tiempo a trabajar esas ocho horas. Todos trabajan una hora o dos a lo más, y se gastaban la plata inmediatamente en cerveza y en drogas. Se vive al día, me dijo Alberto, y nunca sabes qué te depara el día siguiente. Por mi parte jamás me acosté sobre vidrios ni pedí una sola moneda. Alberto me lo impidió, dijo que no era necesario, que yo únicamente me dedicara a escribir. Sí, a escribir. Y esto es lo que nos lleva a todo esto. Alberto, que curiosamente sabía muy bien lo que significa ser un escritor me pidió que escribiera sobre ellos. Dijo que yo debía decir la verdad sobre sus dos encarcelamientos, que fueron injustos. Y que debía hacer saber a la gente que los tíos de la calle también tienen sueños. El sueño de Alberto era estudiar Antropología. Tenía treintaitantos años (él mismo no estaba muy seguro), y no tenía un sólo papel. Acta de nacimiento, etc. 

 Nos fuimos hasta el Ángel de la Independencia, rodeando por Praga. Recorrimos avenida Chapultepec hasta Praga y luego Praga hasta Reforma. De ahí, al Ángel. No estuvimos en el monumento, sino en una de las calles. La más oscura (creo que Estocolmo). Esa noche no dormimos, estuvimos alerta, aunque es sabido que los punks no visitan el Ángel. 

   Lo segundo que me enseñó Alberto fue dónde dormir cuando andas solo. Hay un pasaje en Insurgentes, no recuerdo a qué altura, por donde pasa el Metro debajo, y sobre la calle hay unas rendijas que cada que el Metro pasa avienta aire caliente. Alberto me dijo que les llaman Los hornos. Vimos algunos indigentes encartonados, sobre las rendijas. Allí se pasa menos frío. Otro sitio acogedor son las cabinas de los cajeros automáticos de los Bancos. Por la madrugada son poco visitadas y son cálidas. Las mejores son las de Scotiabank; nadie las utiliza. Estos sitios hay que usarlos cuando no vas acompañado, de lo contrario la policía puede levantarte por pandillaje. Todo el tiempo la policía te levanta por pandillaje si te ven acompañado, dijo. No importa si no has hecho nada. Ir acompañado es un delito. 

 Al día siguiente no regresamos a la Glorieta. Los punks nos están buscando, dijo Alberto. Pancho comenzó a tocar una melodía triste, algo así como La marcha fúnebre de Chopin (pero no La marcha fúnebre), a modo de sarcasmo y enfatizando nuestra desgracia. Adrián, el indigente maricón, dijo que él tenía que regresar a la Zona rosa, que si no lo hacía podía perder a sus clientes. Era prostituto de baja calaña. Sus clientes eran viejos homosexuales a los que gustaba follarse jóvenes o niños de la calle. Adrián no era un niño. Tendría unos diecinueve años. Entonces le dije que yo regresaría con él. Mientras tanto el Sanino pagaría un cuarto de hotel, de a setenta pesos cinco horas, para que él y el Lepra pudieran pegarse una ducha. Esto lo hacían una vez cada dos meses o más. Así, estarían ocultos de los punks. Y cuando le preguntamos a Pancho qué haría él, hizo sonar unos acordes alegres, un Re y un Si, y dimos por entendido que se las arreglaría solo y sin problemas. 

 Durante los primeros días no tuve necesidad. Luego, aguanté lo más que pude. Y cuando no pude aguantar más, le dije a Alberto que necesitaba cagar. Riendo, dijo que por qué no se lo había dicho antes. Me llevó a un camellón, y me dijo que podía hacerlo allí, bajo la sombra de un árbol. Hasta ese entonces yo jamás había mirado a nadie hacerlo allí ni en ningún otro lado sobre la calle. Pero ellos lo hacen todo el tiempo. No sé, dije. ¿Qué no sabes?, preguntó adelantándose y bajándose los pantalones. No le importaba que yo y todo el mundo (aunque la calle era más bien solitaria) le mirásemos el culo. No sé… si pueda… dije. Si no puedes no lo hagas, dijo sabiamente. El caso es que yo me estaba cagando, y tendría que hacerlo. Miré a Alberto arrojar un trozo de mierda. Lo miré cortar el trozo con el ano, apretando las nalgas, y me dije que más me valía darme prisa y dejar de ver aquel espectáculo. Me coloqué a lado de Alberto, para evitar que nos mirásemos el ojete. Me bajé los pantalones con todo y ropa interior (Alberto no llevaba ropa interior) y con todo el pesar del mundo, lo hice. Primero me salió sólo un pedo, y Alberto río. Pero luego la cosa fluyó y no estuvo tan mal. Se sentía bien hacerlo allí. Estar allí, con el aire rosándote el culo, Dios, todos deberían hacerlo al menos una vez. Sin embargo, en adelante opté por entrar a los centros comerciales. Ellos no lo hacían porque les negaba el acceso, pero yo aún no estaba tan jodido. 

 Regresamos Adrián y yo por la calle de Florencia, y luego avenida Chapultepec. Acordamos separarnos en Génova para que él pudiese trabajar, y reunirnos por la noche en Tonalá, donde siempre, y si la cosa no estaba caliente, ir a por los demás e instalar el colchón en su lugar, que era a las afueras de un establecimiento público abandonado. El colchón se lo había llevado Alberto. Lo cuidaban como a la niña de sus ojos. 

 Las primeras veces que Alberto me enseñó a pelear, acabé con hematomas en el cuerpo y en la cara. Su método era duro. Consistía en pelearse conmigo, casi en serio, y en darme una tras otra paliza. Le encantaba hacerme la China, una llave donde te aprietan el cuello con el brazo al tiempo que te inmovilizan. Alberto decía que con eso se puede desmayar a alguien y siempre trataba de desmayarme, pero yo se lo impedía con gritos de piedad. En ocasiones también practicaba con Pancho o con Adrián, y todos eran muy buenos y amantes de esa maldita llave China. Incluso el Lepra, con sus doce años, era mejor que yo. Era un escuincle escurridizo, hábil y muy rápido. Nunca sabías de dónde te vendría el golpe de su pequeño puño mortal. Y tenía una manía por pegarte en los cojones, el muy hijoputa. Sólo una vez pude derrotar a Alberto y estoy seguro que se dejó ganar. 

 Por mi parte rondé la Glorieta cuidadosamente, en busca de eso malditos punks, pero no vi a uno sólo. Luego me fui al Parque México. Era un lugar que yo odiaba porque estaba infestado de perros. Perros con mucho glamur y de razas de nombre impronunciable, muy alzados. Había una biblioteca y yo solía meterme allí. Me leía a Hemingway, y a Juan Rulfo. A José Agustín, y a Manuel Altamirano. Leí todo lo que pude aquel día. Recuerdo que fue un libraco de Carlos Fuentes, La región más transparente, que me pareció malo, como todo Carlos Fuentes, y pretencioso. Luego leí unos poemas de César Vallejo que me parecieron estupendos, y luego me fui a comer unos tacos de carnitas cerca de la Glorieta. Junto a un bar. Los tacos costaban cuatro pesos; los tacos de carnitas más baratos que he probado, y la verdad no eran tan malos. Alberto solía correrme un poco de pasta, de la que sacaba mendigando y acostándose sobre vidrio trucado para no cortar. Unos veinte o treinta pesos al día, y con eso me pagaba alguna comida barata. A veces compraba cigarrillos sueltos, pero las más de las veces los pedía regalados a los fumadores. A quien sea. Nadie te niega un cigarrillo en la ciudad de México. 

 En una ocasión le pregunté a Alberto qué prefería si yo le hacía un obsequio: un libro, o una botella de ron. Increíblemente elegiría el libro. Fue allí donde me contó sus dos sueños. El de ser antropólogo; dijo que le gustaría tener un libro de antropología. Le dije que podía tenerlo si quería, si no gastara todo su dinero en alcohol y en marihuana, podría ahorrar para un libro. Contestó que era verdad y que no sabía por qué no lo había hecho. El otro sueño de Alberto era tener un espacio, así lo dijo: me gustaría tener mi espacio, con mis cosas. Se refería a un apartamento o algo, y tener un estéreo y discos. Dijo que le gustaría llegar a casa, y pegarse un baño. Cocinar y hacer fiestas para sus amigos. Esto era más complicado de lograr. Nadie sería el fiador de un indigente, y nadie le rentaría un cuarto a un expresidiario. Principalmente por prejuicios, y por su facha. Ningún vecino lo aceptaría. Y muy probablemente, con los vicios de Alberto, no podría pagar el alquiler al primer mes. Si trabajara ocho horas al día, podría pagárselo. Pero no basta con poder pagarlo. Hay que ser socialmente aceptado, lo mínimo, para una cosa así. Entonces me dije que yo era muy afortunado, y que si estaba tan roto era porque quería. Yo mismo podía tener una vida mejor, como Alberto podía tener una vida mejor, pero hay veces que uno mismo es autor de su propio Inferno. Y de uno mismo no hay quien nos libre. 

 Por la noche llegué a la calle de Tonalá, me encontré con Alberto en una de las esquinas. Estaba espiando. Justo en nuestro sitio habían pintado con pintura en aerosol el símbolo del anarquismo. Sobre la cortina del local abandonado. Le dije a Adrián que nos acercáramos con mucho cuidado. La pintura estaba fresca. Nos estaban buscando y no debían estar muy lejos. No volverán esta noche, dijo Adrián, saben que nos escondemos y que no seremos tan idiotas de pasar la noche allí con esa pinta que nos advierte. Entonces podemos pasar la noche aquí, dije, pero Adrián opinó que no debíamos arriesgarnos. 

 El primer arresto de Alberto fue una injusticia (según él, no me consta) porque no atracó a nadie. Simplemente le cogieron caminando, y para su desgracia, portaba un desarmador. La herramienta fue considerada arma blanca (y lo era en el caso de Alberto), y se le acusó de haber asaltado a una anciana, cosa que Alberto me juró ser falsa. Sin embargo nadie abogó en su defensa. Nadie aboga por nosotros, dijo. La policía tiene que justificar su trabajo y para eso estamos nosotros. Si un joven de veinte años, de casa, conduce borracho, sus padres le sacarán de la bronca sobornando. Lo mismo si un narcotraficante es detenido, o si un asesino a sueldo mata. Pero a nosotros nadie nos defiende, y somos presa fácil, dijo. Los policías saben que hay que meter gente a la cárcel y se aprovechan de nuestra situación. Las cárceles están llenas de inocentes y de mendigos. Le dieron cinco años pero cumplió condena por tres. Le sacaron por buen comportamiento. La segunda vez lo detuvieron por pandillaje. Andaba con el resto de la pandilla pero todos lograron escapar. Alberto no. Alberto se quedó para salvar al resto. Sobre todo para salvar a el Lepra. Le acusaron de vandalismo. De pintarrajear las calles con latas de aerosol. Yo nunca he tenido una lata de pintura, dijo, pero la cosa sucedió del mismo modo: nadie le defendió. No había pruebas en contra, ni a favor. Y en un caso así, más vale no arriesgar y encerrar al supuesto culpable. El delito fue menor pero le dieron cinco años por reincidencia. Logró salir a los cuatro años y medio por el mismo motivo. En la cárcel fue muy trabajador. Hacía esculturas con material de reciclaje (basura) y no se metía en líos. 

 Adrián y yo queríamos regresar por el el Sanino y  por el Lepra pero se nos atravesó un bar, con sus luces oscuras, y su cerveza. Aquel día Adrián había sacado cuatrocientos pavos de hacer tres mamadas a tres señores, y dijo que podía regalarse unos tragos, e invitarme. Adrián no tenía pinta de indigente, a lo más, de clase media. Vestía lo mejor que podía y solía ducharse en las duchas de los hoteles a los que llevaba a sus clientes. O en todo caso, pagarse un hotel. Sus ingresos eran considerables. Cobraba a ciento cincuenta la mamada, y a doscientos cincuenta el polvo. Aunque a veces hacía descuentos, según me confesó aquella vez en el bar. Se hizo homosexual cuando un albañil lo violó en la casa que sus padres construían. Se lo dijo a sus padres pero no lo creyeron, o no les importó, que es lo mismo, y sintiendo un gran odio hacia ellos, se marchó de casa, a los nueve años. Sus padres vivían en Veracruz. Se vino al D.F., y desde entonces ha hecho la calle. Irónicamente, hizo de su tortura y el motivo por el que abandonó su casa, su sustento. Jamás ha estado con una mujer, y no le interesa estarlo. Si por mí fuera, me corto el pito, dijo. Pero hacerlo implica mucha sangre, agregó, y no me gusta la sangre. 

 Del Lepra nadie conoce la historia a ciencia cierta. Se cree que nació en la calle. Al menos, allí lo encontró Alberto cuando tenía tres años. Andaba vagando, casi desnudo, y lloriqueando, me contó. Tenía hambre. Así que lo llevé a comer unos tacos y desde entonces no se ha separado de mí, dijo. Es como un perro, rió. Casi no hablaba, y cuando lo hacía sólo sabía decir puto o chinga tu madre. Esto último lo hacía levantando el brazo exageradamente, haciendo el ademán de la mentada de madre. También sabía decir sí o no, y era muy obediente. Alberto solía mandarlo a conectar. O sea, a comprar droga. Le apodaban Lepra porque tenía innúmeros raspones por todo su pequeño cuerpo. Costras. Nunca se le quitan, me dijo Alberto. En efecto, daba la impresión de tener lepra. Además llevaba el cráneo rapado; se lo rapaban constantemente en las peluquerías para indigentes, porque se le pegaban los piojos y era una lata para él estarse rascando, y eso implicaba más costras, en la cabeza. 

 Bebimos hasta bien entrada la noche. Nos acabamos todo el dinero de Adrián y más. Adrián era cliente asiduo de ese bar, que no era un bar abiertamente gay, pero iban muchos homosexuales, como en toda la Zona rosa, y pedimos fiado unos cuantos litros de cerveza más. Nos olvidaos por completo del Sanino, y de el Lepra,  y de Pancho…

 Pancho era un chico de unos veinte años, pero no estoy seguro. En la calle nadie está seguro de la edad de nadie. Ni uno mismo. Era moreno como lo sugiere su nombre, y de aspecto indígena. Labios gruesos, nariz gruesa y chata, y ojos color obsidiana. Le pregunté por qué había dejado de hablar. Intenté hacer conversación. Insistí mucho. No logré arrancarle una sola palabra. Sí muchos rasgueos de guitarra. Le pregunté de dónde había sacado el instrumento. Nada. No hablaba nada. Entonces Alberto me dijo que lo dejara en paz, y eso hice. No quería llegar a perturbar las cosas. Posteriormente le pregunté a él, a solas, por el extraño caso de Pacho el de la guitarra. Fue parco al respecto. Me dijo que Pancho había salido recién de prisión, y que había vuelto tocado. Se llevó el dedo a la sien e hizo círculos con él. ¿Por qué lo ingresaron?, pregunté. Alberto me miró como si ya me lo hubiese contado. Por lo mismo de siempre, dijo, por vandalismo. Es decir, por nada. Ya dije, qué pena. 

 Salimos a las tres de la madrugada, lo sé porque antes de salir escuché decir al tío de la mesa de al lado que eran las tres de la madrugada y que debía irse. Caminamos hasta Reforma, hasta el Ángel, hasta la calle de Estocolmo,  o esa calle oscura donde pasamos la noche anterior. Allí estaban todos, y nos reprendieron por llegar a esa hora, y por haber bebido sin ellos. Nos reprendieron en broma. Acto seguido nos presentaron a Lucas, un tío que yo no sé de dónde salió, peor venía cargado con una botella de Bacardi blanco, de las que les dicen patona. No traía vasos ni soda, así que tuvimos que beber directo de la botella pasándola por rondas. 

 En algún momento de la velada, Alberto González me llevó aparte, a un rincón alejado de los demás, y comenzó con la perorata del odio dentro de sí, y con los puñetazos al pecho. Esta vez no lloró pero no por ello sentía menos odio. Creo que yo era al único al que se atrevía a confesar sus sentimientos más oscuros, o sus sentimientos, su único sentimiento: el del odio. Quizá porque yo no era parte de ellos. Quizá porque en el fondo sabíamos que yo acabará por largarme de allí, y podía llevarme su secreto. El secreto de su alma. Y sobre todo, me dijo, porque tú tienes que escribir esto. Alberto confiaba en mí como escritor, mierda. Ese indigente confiaba en mí como testigo de la podredumbre de su alma y de su mundo. Y él depositó en mis manos el mensaje, y toda su esperanza. ¿Esperanza de qué? De ser escuchado. De expresar su maldito odio a través de mí, y de la literatura. No podía fallarle. Alberto debía exorcizar su demonio, y yo, era el exorcista, y la literatura el hechizo y el medio.

2

No pasó mucho tiempo, así que calculo que ocurrió a eso de las cuatro de la madrugada. Un montón de punks llegaron a la calle Estocolmo, todos con palos y cadenas, y con mucha sed de venganza. Quizá eran quince punks. O quizá eran diez, pero eran más que nosotros, y esta vez, no podíamos correr, ni podríamos escondernos. Esta vez tendríamos que pelear. Y yo tenía mucho miedo. Todos teníamos miedo. Incluso Alberto tenía miedo. Alberto tenía mucho odio pero también mucho miedo. Lo miré de reojo, y él me miró. Con los puños levantados, me dijo: no hay pedo, ellos son punks, pero nosotros ¡PERROS DE LA CALLE! Acto seguido se abalanzó sobre ellos... Si al menos hubiese aprendido a hacer esa maldita China, me dije…  





13 comentarios:

  1. super interesante y muy muy bueno me gusto mucho!! saludos!!

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  2. Propuestas de contenido literario y de manifestaciones artísticas interesantes!!!

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  3. He leído alguno más de Martín y me encanta!!!!
    Para cuando el proximo?
    Marisa Arias (España)

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  4. Angelica Maria Gonzalez13 de diciembre de 2011, 21:55

    Buen relato

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  5. La calle lo tenía estropeado y mal enseñado...no tenía limites en su corazón, pero una vida asi...tan ajetreada no trae nada bueno para quien se embrutece a golpes de martillo y cartón.

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  6. Saludos!!; Recientemente me he unido a vosotros con el gusto de saber que las letras nos unen; Seré un asiduo seguidor y empedernido contribuyente en lo que concierne a estos menesteres....

    Me despido con un par de lineas de mi autoria (derechos reservados): Latiendo lento:

    He vuelto; Tan abierto se ha vuelto este espacio, que aveces no lo siento mío.....
    Se ataja el silencio de noche, se apagan las velas galantes,
    se enferman de vicios las sendas, se aloja el virtuoso en su alcoba................
    y la niebla nubla mis labios; Secos miedosos los bosques me tornan vacio...........
    seco mi pelo y secos mis labios, cualquier brisa toca el secante aroma del otoño...........
    siento los cambios sin mascaras, medrosos los cambios los siento, solitarios.........
    siento mascaras neuroticas violentas, ebrias y sin dormir, fantásticas, de plástico, sin sombra...............
    y la gente normal, moral, juiciosa, politica, sin dinámica, frígida............
    algunas almas lloran, por que saben amar.........

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  7. Excelente relato !una dura realidad , un relato desgarrador muy bueno , saludos

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  8. ojalá tengan tiempo de mirar esta propuesta de narrativa literaria, interesante primero porque ve en la literatura un medio para exorcizar nuestros demonios, y porque rescata la cotidianidad!

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  9. ayyy esta muy bueno pero me quede en la parte 2 y una foto? en que termina??

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  10. Este texto, me ha hecho cambiar mi perspectiva sobre los indigentes. Si antes admiraba su fuerza,ahora los admiro más y más. Excelente relato.

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