viernes, 16 de diciembre de 2011

París no es una fiesta: Wanda de mi vida y de mi amor.



Me encuentro en La selva, el Café del Centro de Tlalpan. Espero. Mientras espero garabateo en la libreta un nombre: Verónica. Lo hago como un acto reflejo, no presto demasiada atención al hecho. Me dejo llevar. Los garabateos se convierten poco a poco en bien intencionados trazos. Pasan al menos veinte minutos en los que no dejo de dibujar el nombre de Verónica. Entonces me percato de lo que estoy haciendo. De lo que he hecho. He dibujado su nombre decenas de veces, y he dibujado un corazón. También he dibujado mi nombre: Salmoneo, y un lazo le une al nombre de ella. Me siento estúpido. Desde la secundaria que no me permito algo así. 

 Cuando la mesera se acerca escondo la libreta. No quiero que la mire. Pero la ha mirado, lo sé. Me pregunta si todo está bien. Lo hace con una charola en las manos. La miro reír. Seguramente ríe de mí, pienso. Lo ha hecho descaradamente. Quizá no ría de mí, nadie ríe de un desconocido descaradamente. Sí, todo bien, contesto. Acto seguido se marcha. Entonces abro la libreta y arranco la hoja donde he dibujado mi vergüenza. 

 A los dos minutos llega Verónica, con un retraso de media hora, a la cita que acordamos. Me alegro de haber arrancado la hoja, porque lo primero que hace (incluso antes de saludarme), es coger mi libreta y ponerse a leer. Llega, se sienta a la mesa, coge la libreta y se pone a leer. ¿Nada nuevo el día de hoy?, pregunta. Hola, le digo sarcásticamente, y sólo así acerca su mejilla a la mía en salutación. No, respondo a su pregunta. No he escrito nada nuevo en tres semanas. Me pregunta por qué, y no le digo la verdad. Le digo que no lo sé. La verdad es que no he podido pensar en otra cosa que en ella. ¿Tú has escrito algo?, pregunto. Mueve la cabeza afirmativamente. Le pregunto qué, y me responde que un texto sobre el principio de la vanidad. No le preguntó más, pienso que ya lo leeré luego. ¿Has ordenado algo?, me pregunta, a lo que respondo que sí, que unas enchiladas y un par de cafés. Verónica hace una mueca. Dice que es lástima, que desea irse de allí lo antes posible. Luego se corrige. Quiso decir que ambos (ella y yo) nos fuésemos de allí lo antes posible. Entonces suspiro. No hay problema digo, ya me he comido las enchiladas y los dos cafés. Menos mal, exclama. 

 Levanto la mano para llamar a una mesera, o a un mesero (lo que sea), y pedir la cuenta. Pero no lo logro. Al parecer todos los meseros están ocupados, o me ignoran. Es algo que suele ocurrirme siempre que deseo llamarlos de verdad. Verónica alza la mano y en un segundo está un mesero delante de nuestra mesa. Le sonríe y le pregunta qué es lo que desea. Verónica pide la cuenta y en dos minutos la cuenta esta sobre la mesa. Dos minutos es demasiado para traer una cuenta, pienso.

 2

Petrozza, el viejo lobo Petrozza, ya me había advertido, y me recordó que ya me había advertido cuando se enteró, cuando se lo conté. Me advirtió que uno no pude enamorarse de una mujer porque las mujeres no son piezas únicas en el engranaje de la vida de un hombre, sino piezas sustituibles, y piezas a montones. Dijo que pensar que una mujer va a estar ahí para siempre, es como pensar que cualquier cosa va estar ahí para siempre. Las mujeres sobre todo, enfatizó, nunca están ahí para siempre. No sé, le dije, hay parejas que envejecen juntas. Ya, dijo Petrozza, el cuerpo de una mujer puede estar ahí hasta la muerte, pero la mujer… amigo, eso es otra cosa. Las mujeres pueden estar a miles de kilómetros de distancia, incluso cuando su cuerpo está a tu lado.  

 Y así fue. El cuerpo de Verónica estuvo a mi lado pero su alma, o su espíritu, o sus hormonas, no. Saliendo del Café la Selva nos fuimos a un bar en Insurgentes, que era un bar donde Verónica se había citado con un par de amigos suyos (cosa que me dijo una vez allí), sacados de ve tú a saber dónde, los cuales yo nunca había visto o escuchado hablar de ellos, pero saludaron a Verónica como si fuesen amigos de toda la vida. A mí me saludaron como si tuviese sarna. Apenas y me dieron la mano, y en toda la velada, si me dirigieron la palabra un par de veces, fue mucho. La primera vez fue para preguntarme quién era y a qué me dedicaba. Les dije que yo soy Salmoneo Gutiérrez, amigo de Verónica, y que me dedico a la poesía. Después de eso no volvieron a hablarme. 

 Nos sentamos en una mesa en el centro del lugar. Un sitio incómodo, pues por allí pasaba todo el mundo, y me llevé algunos empujones. Sin embargo ellos parecían muy contentos de estar en ese sitio, en medio de todos. Quizá reflejaba sus personalidades extrovertidas, al mismo tiempo que mi molestia reflejaba mi personalidad introvertida. Quizá sea esto por lo que lo nuestro, es decir, lo que quiera que exista entre Verónica y yo (algo tan delgado y tan enteléquico), no pueda llegar a más. Quizá no puede llegar a más. Quizá estoy batallando una batalla perdida de antemano. Todo esto no lo pensaba sino hasta aquel día, cuando miré a Verónica desenvolverse con esos amigos suyos. Yo conocía una parte de ella, la parte que pertenecía a Petrozza y a Garrison, la parte de Verónica que la incluía en el grupo Whisky en las rocas.  La parte humana e intelectual de Verónica. Desconocía la otra parte, o una de las otras partes. La Verónica de mundo, la Verónica de antros y de bares. La Verónica interesada. La Verónica zorra. La Verónica que ella misma describe en sus textos, me era ajena. Y quizá por ello pensé que yo, ja, ¡yo!, sería capaz de conquistarla. 

 Hablaron de viajes a lugares que yo jamás habría imaginado ir, como Egipto o Argelia. Obviaron lugares como París, a los que consideraban básicos, y casi no podían concebir que hubiese personas que no han pisado jamás suelo francés, o suelo español. Y hablaban de tal modo que te hacían pensar que si tu familia no tiene unos buenos millones en el Banco, eres un idiota. Una Verónica elitista asomó ante mis ojos. 

 De ese ser yo había leído, y había escuchado. Martin Petrozza me confesó alguna vez que no llegó a vincularse sentimentalmente, al menos no profundamente, con Verónica por ese motivo. Por esa parte oscura y desagradable de un ser angelical. Verónica podía ser bellísima y culta; podía ser el sueño de todo intelectual, o de todo escritor, y también, su peor pesadilla: una mujer frívola,  superficial e interesada. Algo así como una sirena, me dijo Petrozza, que es un encanto, y es un monstruo. Que te llama y te atrae, al tiempo que te come. Y como Petrozza siempre ha mirado a la Literatura como a una sirena, también dijo que Verónica era una mujeraza, porque era como la Literatura: una trampa donde podía perderse el más habilidoso de los hombres. Una droga. Algo que te procura placer antes de matarte. 

 Pero todo esto me lo dijo después de mi desgracia, de la desgracia que me ocurrió en aquel bar de Insurgentes cuando Verónica, a la que había confesado mi amor, y que había estado dispuesta a acostarse conmigo en un par de ocasiones frustradas por causas situacionales, y con la que según yo mantenía una relación un paso delante de la amistad, me hizo ver mi suerte. 

 Había un tal Ruvalcaba, o un tal Betancourt, creo que era Betancourt. Alejandro Betancourt, dentro del círculo de amigos ocasionales de Verónica, que estaba allí, y que era blanco, rubio y alto. Y además, podías notarlo en las ropas que vestía, y su actitud, adinerado hasta la médula. Me recordé a mí mismo dibujando en mi libreta barata el nombre de Verónica. Yo mismo desentonaba tanto en ese ambiente, que todos mis sueños de poesía se desvanecieron. ¿Qué era un poema bien logrado contra una cuenta millonaria en suiza, o contra un BMW aparcado en el valet? Nada. ¿Qué muestra de amor podría yo darle a Verónica?, ¿los garabateos de su nombre en mi libreta? ¿Y qué eran esos garabateos parvularios contra un recorrido por el Oriente? ¿O contra un saco de pieles colgado de un perchero de caoba, en el recibidor de una residencia en las Lomas de Chapultepec? Cualquiera de ellos hubiese podido comprar toda mi producción poética, por mucho menos de lo que contenían sus billeteras, y hacer con ella lo que le viniera en gana, verbigracia, prenderle fuego y largarse con Verónica Pinciotti a las Bahamas. 

 Todos estos pensamientos de mediocridad rondaban mi mente como moscas sobre la mierda. Moscas sobre la mierda, ¿de dónde habría yo sacado tal expresión? Tengo que dejar de influirme por ese Petrozza, pensé. Pero no estoy exagerando, la situación no era para menos: Verónica reía y se pegaba al cuerpo de ese HIJO DE PUTA (cada día que pasa comprendo más a Petrozza, que de algún modo pasó por lo que yo pasaba en ese instante, cuando él mismo se enamoró de Verónica). Reía de sus chistes, que eran chistes sin una pizca de ingenio, y todos imitados de los programas cómicos de televisión. Era evidente que ella reía sobreactuando; el más tonto se hubiese dado cuenta, pero Alejandro Betancourt no se daba cuenta, o no le importaba con tal que Verónica continuase pegando los senos a su tórax. 

 Hubo otro intento de comunicación entre ellos y yo. Alguno mencionó la palabra hipótesis, que yo confundí con la palabra hipóstasis. La confundí porque alguno otro preguntó que qué quería decir esa palabra, y yo supuse que se refería a hipóstasis, pues cualquiera sabría lo que significa hipótesis. Se lo preguntaron a Verónica, a la que consideraban super-erudita, o conocedora de todas esas cosas. Entonces Verónica explicó que significaba, según la RAE: suposición de algo posible o imposible para sacar de ello una consecuencia. Y que en la ciencia se establece provisionalmente como base de una investigación que puede confirmar o negar la validez de aquella. Entonces Alejandro Betancourt afirmó con la cabeza, unas mil veces, y dijo que eso era muy cierto. Aunque era claro que Alejandro no tenía idea de nada, y que simplemente quería no pasar como un ignorante ante Verónica. Y aquí fue donde yo metí la pata. Dije que quizá la persona que preguntó aquello, no se refería a la palabra hipótesis, sino a hipóstasis, que como todo el mundo sabe proviene del latín hypostăsis, y este del griego ὑπόστασις, "sustancia". La hipóstasis, continué, se emplea de forma habitual en religión para referirse a las tres personas de La Trinidad, dogma central de la esencia de Dios según la mayoría de las iglesias cristianas, que afirma que Dios es un ser único en el que se funda la verdad, pero que existe con simultaneidad como tres personas o hipóstasis distintas: Padre, Hijo y Espíritu Santo. Además, cambiando de contexto y ámbito de aplicación, la filosofía neoplatónica o neoplatonismo (escuela que destacó en los primeros años del cristianismo en Alejandría) tenía como base la teoría de las tres hipóstasis: la Inteligencia, primera hipóstasis que estaba por encima de todo; las Ideas, segunda hipóstasis que contenía los tipos eternos y el Alma, la tercera hipóstasis que producía el mundo sensible según la Inteligencia y las Ideas.

 Luego de terminar mi explicación, el que preguntó dijo que no, que en realidad sí se refería a la palabra hipótesis, que había explicado Verónica, y que de lo demás (o sea de lo que dije yo) no entendía nada. Aquí todos rieron, y me tomaron por una especie de bicho raro, que Verónica había sacado de quién sabe dónde. 

 La velada fue, desde mi perspectiva, aburrida hasta el hartazgo. Sentados todos a una mesa, bebiendo bebidas de más de setenta pesos la copa, y hablando una y otra vez de lo bello de París por la mañana, o de la incomodidad de viajar por ciertas aerolíneas. De la preferencia mayoritaria a cierta marca de ropa italiana, o de las delicias de la gastronomía oriental. No dudo que cosas interesantes, pero… ¿qué interesante puede ser un guisado popular del lejano Japón (interesante para todos menos para los japoneses) comparado con el interés de la gramática, de la morfología, la sintaxis o la fonología de la palabra hipóstasis? Desde mi perspectiva no hay comparación. Basta con ir a Japón para probar cualquiera de esos platillos, servidos por el más mediocre de los japoneses: un camarero; análogo a un camarero mexicano que sirve enchiladas a un japonés extasiado con la comida latinoamericana. En cambio aquí o en Japón o en China, la palabra hipóstasis, y toda su etimología, son y serán siempre cosa interesantísima y emocionante.

 La velada fue aburrida hasta que se volvió insoportable: Verónica y Alejandro Betancourt desaparecieron de escena. ¿Adónde fueron? Nadie lo sabía a ciencia cierta, y todos estábamos seguros de adónde (o / y a qué). Un hombre y una mujer sólo desaparecen en una velada de bar por una razón. 

 Me sentí presa del pánico. Primero por imaginar a Verónica en brazos de otro, haciendo lo que yo no había logrado hacer. Segundo porque lo estaría haciendo con alguien a quien considero intelectualmente inferior a ella, cosa que me dolía en demasía. Y tercero porque me encontraba solo  en medio de esas personas de apellidos rimbombantes. 

 Me preguntaba cómo era posible que Verónica, la misma Verónica que se mostró cálida conmigo, interesada en mi persona y con la que una vez confesado mi amor se creara un vínculo especial, fuese capaz de llevarme hasta allí y de dejarme solo mientras ella… Sobre todo, me preguntaba cómo es que aceptó verse conmigo y verse con ellos el mismo día a la misma hora, y haciéndolo, ¿por qué los prefirió? Era evidente que había preferido a ellos que a mí, y que en esta situación yo era algún pequeño mal del que no podía librarse.  Incluso la imaginé ofreciendo disculpas a sus amigos por llevarme allí con ellos, en alguna llamada telefónica secreta. Secreta para mí. 

 A cada minuto de su ausencia, yo desesperaba. Incluso tuve los pensamientos más machistas, por ejemplo, ir a buscarla y traerla del brazo. Reclamarle su bajeza y su liviandad. Hacerle ver que a mí no podía tratarme de ese modo. ¡Pegarle una buena surra por golfa! ¡Uxoricida! Sí, consideraba en el mundo fantástico de mi mente a Verónica, como mi mujer. ¿Con qué derecho? Era una batalla. Una parte de mí quería someterla, como a un objeto, o como a una presa. Y otra parte, la racional, sabía que me estaba volviendo loco. Que aquello era demencial e imposible. Sin embargo aquellas charlas en el jardín de su casa, la vez que confesé sentirme enamorado de ella, y la vez que dormí en su casa, ¿me daba todo eso derecho a poseerla? Y ellos, bueno… yo no los conocía, lo que no quiere decir que verónica no los frecuentara. Quizá eran más amigos de ella que yo, posiblemente ese tal Alejandro Betancourt tuviese más derecho a ella que yo. Pero yo sabía que no era así, que si el derecho se mide por las cosas que ya dije, yo tendría más derecho. Más derecho pero menos acción. ¿Iba a quedarme cruzado de manos mientras alguno se besaba con mi mujer? 

 Sí, iba a quedarme de manos cruzadas mientras… 

3

Bueno, dijo Petrozza, en algún momento, tarde o temprano te la tenía que hacer. Si no se la hiciera a todo el mundo no sería Verónica Pinciotti, y la amaríamos menos, porque, lo quieras aceptar o no, en adelante la amarás aún más, serás su esclavo. Tendrás que aguantar todas y cada una de sus puterías, y te sentirás tan agradecido del tiempo que te dedique, como desdichado del que dedique a otros. Son pocas las mujeres que pueden tener ese poder sobre uno, y Verónica es una de ellas, tío, así que vete acostumbrando

Pero yo no deseaba acostumbrarme. Yo deseaba poner un alto. Un alto a todo esto, que me parecía la cosa más descabellada y más terrible de la vida. 


 Cuando Verónica regresó a la mesa, lo hizo tomada de la mano de Alejandro, y sin importarle un pepino lo que yo pudiera sentir. Al parecer se había transformado. Le importaba poco la literatura cuando se sumergía en ese ambiente, y hasta lucía como una de ellos. En ningún momento habló de algún escritor, como lo hacía todo el tiempo que estaba con nosotros. La desconocí totalmente, y sentí por ella odio, mucho odio. La sentía capaz de ridiculizarme si yo salía con alguna teoría gramatical o literaria; la sentía capaz de darme la espalda y de dejarme hundido en el fango. 

 Las acciones de Verónica no deben afectar las acciones tuyas, dijo Petrozza haciéndose el sabio. Dijo que no debía permitir que su vida y sus acciones me perjudicaran directamente. Que debía entender que ella y yo somos dos seres completamente diferentes y que todos los vínculos que podamos crear entre nosotros, son superficiales, incluido el amor verdadero. Las personas nacen solas, y están solas todo el tiempo, cada una en su burbuja, y cuando se aman es como dos burbujas que han decidido permanecer estáticas, juntas, pero no por ello son una las dos, no dejan de estar solas. Dijo que nada debe alterar mi vida, porque de lo contrario seré esclavo de todas las situaciones, y de todas las vidas. 

 Para acabar de matar al toro, Verónica, cuando salimos del bar de Insurgentes me dijo, me advirtió, o me confesó; una mezcla de todas esas cosas, que no regresaría conmigo. Que no se iría conmigo. Se iría con… Alejandro Betancourt. Y además, me pidió que esperara allí a un empleado de su casa, que pasaría a recoger el auto en el que llegamos, para que ella pudiera partir en el coche de Alejandro. Yo debería esperarlo allí, al empleado, y éste tenía órdenes de llevar el coche de Verónica a su casa, y en el trayecto podría botarme donde más me conviniera. Pero no de llevarme hasta casa, o desviar el rumbo del bar a casa de Verónica. Me dejó las llaves del coche para dárselas al empleado, que ya venía a toda prisa en un taxi, y se despidió de mí como si finalmente se librara de ese pequeño inevitable mal. 

 Debiste decirle que se metiera las llaves por el culo, me dijo Petrozza, es la única forma de parar a zorras como aquella. Lo dijo con cierto rencor que me hizo suponer que Verónica alguna vez le hizo algo parecido, o alguien le hizo algo parecido. Luego dijo que de todos modos es muy difícil no hacer lo que te ordena una mujer así, una Wanda. Entonces asentí con la cabeza, pues me cogí las llaves con temor a perderlas, y me despedí de ella con un ligero y rápido beso en la mejilla. Dejándola partir cogida del brazo por el macho Alfa...

 Y me quedé a esperar a Carlos, el empleado, quien desobedeciendo las órdenes de su ama, desvió el rumbo para dejarme sobre Periférico, pero un poco más cerca de mi casa. Sólo un poco más cerca, no mucho, porque yo vivo en el Estado de México, y Verónica en Tlalpan. 

 Mañana, me dije, mañana me las va a pagar. Voy a poner un alto a todo esto cuanto antes… 




10 comentarios:

  1. Jajajajajajajaja! Muuuuuuy bueno! ‎...desde la secundaria no me permito algo así...

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  2. Alberto Vargas Iturbide19 de diciembre de 2011, 15:22

    esta in teligente el en pieso lo demas deve estar mejor.

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  3. Angélica María González19 de diciembre de 2011, 18:44

    Excelente!

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  4. Hola, Verónica; hola, todos. Me pasa que al leer los materiales que suelen arribar a este sitio estimulante y líquido no doy con los autores. Por ejemplo, este del enamorado de Verónica, un personaje. ¿Es Verónica, es decir Verónica Pinciotti? No lo parece. El texto cuenta la historia de un amor desde la mirada de un hombre muy joven. Es uno de esos amores dominados por la pasión, en los que cuenta más poseer al Otro, la Otra, que su bien. Esto último definiría acaso otra clase amor: amar al Otro, la Otra, es menos desearlo, desearla, que querer su dicha, que le vaya bien. El asunto llama la atención desde luego. Bastaría un poco de malicia, no más que un poco, para pensar que en el primer caso el sentimiento que se pone en juego quizá no es el amor sino más bien el deseo: "Mi existencia tiene sentido en cuanto que tú se lo des, y eso podrá ocurrir sólo si tu existencia gana su sentido al entregárseme". Así aman los personajes de
    García Ponce, con una diferencia respecto al del texto de arriba. Los personajes de Juan se entregaban unos a los otros, se poseían, se confundían y ellos mismos se convertían sin pausa en unos Otros siempre capaces de reconocerse. En los de "París no es una fiesta..." el amor es adolescente. Está lejos de aquella recíproca entrega/anulación/existencia compartida, se sitúa en ese páramo en el que todo puede ser mágico (el garabateo del nombre de la amada vendría a ser más que su evocación; sería la manifestación de que Ella sólo verdaderamente existe merced a mi voluntad, la que a que a su vez enteramente está dominada por ella...
    En fin. El texto, como varios de los anteriores, es de lo más disfrutable. Salud, sin whisky y con buena literatura. JJR

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  5. Muy bueno...ja!, se me parece a alguién por acá.

    El poeta errante

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  6. Luis Augusto Lopez Plasencia19 de diciembre de 2011, 20:22

    Muy interesante, gracias. Me gusta esa pagina

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  7. Está bueno, las diferencias no existen en los sentimientos puros, si se es viejo, mediana o pendex siempre nos ponemos t......s y b.....s jejejjje un abrazo!!!! Ahhh, esta semana viajo a salta un abrazo y que estas fiesta goces de tu flía. Felicidades!!!!!

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  8. felicitacones,tiene magia sin duda.

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  9. Siempre disfruto de estos cuentos. Gracias por el talento y espero en lo personal seguir viendo sus publicaciones aqui. Un saludo con sabor a Whisky en Las Rocas.

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