jueves, 8 de diciembre de 2011

Lu en los orígenes.


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No son los males violentos los que nos marcan, sino los males sordos, los insistentes, los tolerables, aquellos que forman parte de nuestra rutina y nos minan meticulosamente como el tiempo. Sentado en la escalinata del Retiro, sorbiendo lentamente una cerveza tras otra, disfrutaba del paisaje del estanque, de las barcas, de los torpes remeros, de las titis de tetas operadas que tomaban el sol en bikini como si aquello fuese el puto Marbella. Su rostro reflejaba un contento sereno y tranquilo, un rostro de labios separados vibrando imperceptiblemente. Las cosas ahora eran así y nadie podría cambiarlas. Los escalones ardían por el sol madrileño y, en medio de aquel estado de paz ni un solo pensamiento recorría su mente mientras era consciente de que el resto de los hombres  huían patéticamente para solucionar sus preocupaciones. Pero lo único que Steve tenía ahora en su mente eran aquellas maravillosas llamaradas cósmicas que venían del más allá. Si a alguien se le hubiese ocurrido ponerse en medio tapándole aquel sol, probablemente se hubiese echado a llorar o lo habría movido a patadas. Efectivamente, las cosas ahora eran así pero no siempre lo fueron. Con el fin del mundo al fondo del pasillo Steve relaja ahora su pensamiento y lo traslada a lugares del pasado donde los latidos de su corazón retumbaban como putos tambores de guerra. Soy una fuerza que va, pensaba.



 El número dos era un problema, posiblemente debido a su complejo hamletiano. Era incapaz de tomar una decisión entre dos cosas. Dos trabajos, dos vocaciones, dos coños... Elegir comprendía prescindir y Steve lo quería todo. Efectivamente el dos era un problema. El tres, un laberinto. Un puto iceberg esperando su Titanic ydesde luego Steve tenía proa y popa…. Lu se duchaba detrás de la cortina mientras él estaba sentado en el water con la tapa levantada, como si realmente estuviese cagando pero nada más salió algún que otro pedo. La silueta de ella parecía la maldita sirena más hermosa que vio jamás. O al menos eso pensaba en aquel momento. Había ido a Valencia a pasar el fin de semana con ella. Unos días de picnic junto a una desdichada con más Prozac que cerebro. Durante el camino no había aparecido por el asiento que le había correspondido y había pasado el viaje bebiendo botellitas de bolsillo de JB  e intentando invitar al camarero para hacerle entrar un poco en confianza. Algo de charla para el camino y Lu detrás del telón esperándolo como una ventosa succionadora de almas no eran malas perspectivas regadas con unos whiskis en las rocas.


 Lu por aquel entonces le había parecido una chica feliz, mucho más joven que él, impetuosa y con unas sugestivas espaldas de nadadora casi profesional lo que le sonó mejor que las campanas del puto diablo haciendo tolíntolón.

–                    Fin de trayecto, jefe. Le dijo al camarero, que se mostró impasible. No le había sacado una palabra durante su viaje de ocho JB´s .
–                    Sabe, amigo? Dicen que el mejor psicólogo es un buen barman. Pero tú no lo eres para nada. Ni siquiera eres un buen barman.

 Y salió del vagón balanceándose al ritmo pendular del tren que llegaba a la estación.
Cuando bajó con su pequeño petate militar Lu lo esperaba con su pelo a lo Cleopatra y una cesta de esparto colgada del hombro. Estaba realmente preciosa y Steve pensó en recorrerla con su lengua desde Andorra hasta Pekín pasando por el Bósforo de Almasi pero sólo dijo hola.

–                    Hola.
–                    Hola. Dijo ella con voz ronca. Lu tenía la voz ronca.

 Steve no sabía que decir. Era la primera vez que la veía más o menos sobrio y sin drogas esnifadas ingeridas o inyectadas. No solía impresionarse y en aquel momento luchaba por no estar impresionado. Intentó improvisar un cuadralelepípedo mastodóntico de su cosecha. Algo empático para caer bien de entrada.

–                    ¿Sabías que la teoría del engaño es reflexivamente más compleja que la teoría del desenmascaramiento y que la de la psicología de las profundidades?
–                    ¿De las profundidades marinas?
–                    Uh?
–                    Jajajajaja. Eres gracioso, dijo ella. Steve glupeó. Siempre lo hacía. Y ella parecía tan jodidamente natural, tan distinta a sus putillas que lo desarmaba y se la dejaba flácida como un espaguetti.
–                    Uh! Uh! Intentó sonreír como el eslabón perdido.

 Lu y Steve pasaron aquel fin de semana juntos. Pasearon por la playa, comieron sandwiches, bebieron brebajes típicos del lugar, se embriagaron, follaron y hablaron como si fuesen seres normales. Ella le habló de la reciente muerte de su madre. Lo hacía durante el desayuno, sentada en una silla de mimbre en la terraza, agarrando los cereales con la mano directamente de la caja, como una Lolita cualquiera y dejándolos caer por el Canal de la Mancha de sus tetas. Y es que Lu era realmente una jodida clase de geografía, con sus planicies, sus altiplanos, sus rocosas y su selva volcánica. Steve la observaba parlotear constantemente sin hablar demasiado y pronto comprendió que ella, de alguna manera, se burlaba de él, que era mucho más inteligente que él y, lo que era peor, que tal vez podría llegar a amarla de no ser por su metodología vital. Ella era un suicidio ambulante y eso era demasiado fascinante para él y la simpática nínfula se burlaba y se burlaba como un Diógenes cualquiera...

–                    Mi madre era religiosa. Mucho. Yo también lo soy. Aunque no lo creas o no lo parezca. Eso, aunque no lo parezca, nos prohíbe absolutamente de las alegrías del placer fuera del estado del matrimonio. ¿Cuál es la clave de todo ello, niño malo?
–                    Uh? ¿La clave? ¿La clave de qué? Se sentía como un primate. Ella le venía con aquella farsa desde el interior de una ducha de cortinas de florecitas, enjabonándose tras aquellas amapolas venenosas inventadas por los holandésidos para expulsarle de su trono socrático y  mientras él se cepillaba los dientes con el dedo índice. Pregunta trampa, pensó.
–                    ¿La clave? Steve no tenía ni idea de cuál era la clave.
–                    ¿La necesidad? Steve era un tipo culto y de vez en cuando hasta la embocaba. Esta vez estaba seguro de haberlo hecho.
–                    NO! Dijo ella restregándose los glúteos detrás de aquel muro con forma de cortina de ducha. Luchaba contra la celulitis, decía ella.
–                    La discreción! Juas. Y soltó una sonora carcajada desde su parapeto de ortigas para, de un tirón, descorrer el muro y mostrarle su cuerpo de nínfula con el jabón aún chorreante por todas partes, con la esponja aún en la mano y con un gesto en la cara de “¿a qué estás esperando, niño malo?”. Steve se lanzó a por ella con tal carga de pasión y de deseo, con tal carga de cariño insensato que inmediatamente comprendió que algo no iba bien. Posiblemente aquel domingo en el interior de una ducha, empapados de jabón, agua y fluidos, besándose y lamiéndose más allá de Ganímedes, Pandora y Calipso fue donde Lu comenzó a morirse un poquito en ese oscuro mundo llamado Steve. Ella lo supo inmediatamente. A él le hizo falta aún un tiempo, algunos años, para comprenderlo.

 A media mañana ella lo convenció para ir a la playa. A él se le había quitado la resaca de la noche anterior con el polvo acuático y pensó que no sería mala idea darse un baño en el mar antes de coger el tren de vuelta a Madrid. El tren de vuelta a Madrid no era una buena perspectiva pero una extraña y repentina sensación le hacía sentir que tampoco quedarse lo sería. De pronto había comenzado a echar de menos el fétido olor de Madrid y algún que otro esnifable.

Extendieron una toalla en la arena donde se sentaron los dos. El mar bramaba al fondo y niños con flotadores de patitos molestaban los turistas.

–                    ¿Vives hoy? No. No vives hoy. Sólo fantasmeas sin un asidero, sin una agarradera para tu vida. Intentas coger la olla y te quemas, siempre lo haces. Lu encendió un cigarro con las ascuas del anterior. Miraba al mar y daba sorbitos a su vaso de vino.
–                    Ese tren es tu puerta trasera, la que siempre tienes preparada para huir no sabes bien a donde. Me cuentas que te sientas en los parques, en tu propio trabajo, solo para pensar, para matar el tiempo haciendo algo verdaderamente productivo pero no tedas cuenta de que es el tiempo el que te está matando a ti.

–                    Lu tenía la voz ronca al estilo de la mejor Billy Holliday, la de los últimos tiempos y aquellos eran los últimos tiempos de aquella dulce Lu, pero eso ella no lo sabía aún. Nadie lo sabía. Mordía a pequeños bocados su sándwich y sorbía sangría con una pajita. La pequeña Cleopatra de tetas perfectas se había quitado la parte de arriba del bikini y le manoseaba las pelotas a Steve de vez en cuando como si fuese el más natural de los magreos. Estaba más allá del bien y del mal.
–                    Detrás de todo esto quiero pensar que soy libre, el más libre de los hombres modernos. Sin embargo mi gran drama es que sé que no lo soy. Entonces de acercó a su pecho y le mordió un pezón.
–                    Bueno… al menos te sientes libre para morderme las tetas, para venir a mi casa verme, para follarme sin condón y que nadie se queje… Me siento tranquila.
Lucía lo acompañó a la estación pero prefirió no entrar, no verlo marchar. Frente a frente se besaron pero Steve, efectivamente, sólo pensaba en la puerta trasera de Lu.

-          Bueno, chico malo. Lo conseguiste.
-          ¿Conseguir? ¿Qué conseguí?
Ella lo miró ladeando la cabeza y sonriendo a media asta… Sabía que aquello no sería Casablanca ni que el era Bogart, nunca sería Bogart.
-          Dejarme una imagen incompleta de ti mismo.

 Entonces se acercó a él, le abrió la boca con la lengua y frotó su cuerpo contra el suyo mientras le apretaba las nalgas y le mordía los labios casi hasta el dolor. Definitivamente, la juventud era inmoderada en el deseo. Después, ya sin mirarlo, se dio media vuelta y se fue caminando despacio entre las palmeras de la estación.

 Ahora a Steve se le planteaban dos elecciones ontológicas. Aún le quedaban algunos días libres y estaba en una estación desde  la que salían trenes en todas direcciones. Pensó en el mugriento Madrid pero le asqueó la rutina y los encuentros casuales con antiguos amigos y conocidos. Aquella opción realmente apestaba y estaba empezando a necesitar un whisky en las rocas bien largo. Miró hacia el panel de salidas y lo vio: Barcelona en treinta minutos, el tiempo perfecto para sacar un billete y echarse al coleto un par de copas antes de subir al tren. A falta de un camello de fiar, el JB valdría. ¿Lu? Bueno… de Lu quedaba un hermoso recuerdo que, por hermoso, prefería olvidar. Nada posible es bello. Sólo lo real es bello y Lu no era real, no en este planeta al menos. Pensó escribirle una carta sobre una servilleta de papel pero se dio cuenta de que no tenía la dirección y, además, para él escribir cartas de amor era como ver una película rusa sin subtítulos. Nada de carta de amor entonces. Steve sacó su billete, cogió su petate y se sentó en el bar de la estación entre putas y maricones que lo invitaban con la mirada a visitar los meaderos públicos. No, matarse por Lu no tenía sentido, ni siquiera por amor. Matarse no tiene sentido porque uno siempre se mata demasiado tarde.




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13 comentarios:

  1. MUY BUENO, EL RELATO DE LU EN LOS ORÍGENES DE MIGUEL COLUCCELLI.

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  2. Muy, muy bueno :) lo recomendaré.

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  3. Quien pudiera conocer a Lu.

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  4. Tal vez sea un poco pedante, pero estaría mejor sin tanto : jodido, puto, etc. No es por puritanismo, es porque no están bien integrados en el texto, parecen metidos solo para forzarle un aire de realismo sucio, que ya tiene el texto de por sí. Yo lo limpiaría un poco de esos excesos

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  5. Esta Lu me parece menos decadente que la primera Lu, creo que me quedo con esta.

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  6. @ Riforfo, puede que tengas razón. Algo ortopédicos...

    @ Kari, Lu entró en decadencia. Pasó de nínfula con buenas tetas a femme fatale. La vida manda... y mandó un buen montón de mierda para la pobre Lu. Aún así creo que las dos tienen su atractivo y su hilo conductor común.

    Gracias en cualquier caso.

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  7. Lu es la Maga del s. xxi, Alejandra, Avellaneda, otros rasgos, otra personalidad otra mujer, mismo carisma.

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  8. Me han gustado más los inicios que el desenlace. Lu tiene una gran personalidad y un gran carisma que eclipsan al mismísimo Steve.

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  9. Este comentario ha sido eliminado por el autor.

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  10. Wolas;soy lu,Lucía;y queria daros las gracias por vuestros comentarios,pero soy una tia normal,normal pero de lo mas normal,Migue que me ha idealizado.Lu

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  11. Si, es cierto. Ella es Lu. Y yo no la he idealizado. Ella es así, un ser especial y maravilloso.

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  12. Es verdad! La vida manda y a veces manda lo que menos deseamos, de hecho me gustan las dos, la dualidad es lo que las hace interesantes

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  13. Soy Cristal Scott y quiero decir que este es el texto que más me ha gustado de Mr. Coluccelli...aunque estoy de acuerdo en que le sobra algún taco.Me parece intemporal, ágil, rotundo.

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