domingo, 25 de diciembre de 2011

La noche en que los poetas tuvieron miedo… Y un secreto inasequible.



1. La decisión.

A las dos de la tarde caminaba a lado de Martin Petrozza y el Catalán por los pasillos de Gran Sur. El Catalán había asegurado que dentro de ese lugar vendían cervezas baratas. Martin y yo no llevábamos un centavo en los bolsillos; el Catalán seguramente tampoco llevaba nada pero unos días atrás había adquirido su primer tarjeta de crédito. Cuando llegamos a Gran Sur, el Catalán aún no nos confesaba que su tarjeta de crédito no pertenecía a ninguna institución bancaria y que, en vez de eso, una promotora mediocre logró convencerlo de adquirir una tarjeta de C&A. “Mire joven, que sólo se necesita un comprobante de domicilio y una identificación oficial y ya está. Asunto arreglado”. El Catalán era un tipo blando. Vivía en Cuautitlán Izcalli y nunca tenía dinero, ni mujeres ni talento ni dignidad. Por esa razón , cuando una muchacha en pantalones cortos y blusa negra le ofreció la tarjeta de crédito, él no pudo decir que no.  Lo primero que hizo cuando le entregaron la tarjeta fue llamarme. “Oye Drizzt, te invito a chupar, tengo pasta en los bolsillos. Yo invito”. Yo le dije que no había ningún problema pero que esa tarde quedé con Martin para arreglar un asunto pendiente.  “No pasa nada, invítalo también, tengo pasta”. Contestó.

Cuando el Catalán me habló, yo no tenía ganas de salir a ninguna parte. Pasé toda la mañana y toda la tarde anterior pensando en una treta que me jodió el día. A las siete de la mañana habló Verónica a mi casa. Dijo que tenía algo que contarme pero que no podía verme hasta el otro día por la noche. “Todavía no sé dónde ni a qué hora pero nos veremos”, dijo. “Yo te llamo más tarde”, y colgó.  Una hora después recibí una llamada de Martin donde me contaba lo mismo. “Mierda, ya nos engatusó otra vez”… nos lamentamos. Quedamos de vernos al otro día para intentar adivinar su secreto y recibir la llamada juntos.

Como no tenía ganas de ver al Catalán ese día, le dije que podíamos ir a tomar unas cervezas pero en el sur de la ciudad. Como el Catalán vive en el norte, jamás pensé que accedería a venir hasta acá. “Vale pues”, dijo. “Los veo en un centro comercial”. “Ya está”, dije. “Nos vemos en Gran Sur a las dos de la tarde”. 

Cuando recibí la llamada del Catalán eran las ocho de la mañana. Había quedado con Martin a la una de la tarde así que tenía tiempo para leer un tratado de María Zambrano sobre los sueños y el tiempo, escuchar una de Beethoven y bañarme lentamente. Mientras leía a María Zambrano recordé que prometí ir a casa de Mariana por la noche. De pronto todo se complicó, no supe qué hacer y me puse a pensar en el Catalán.

El Catalán era un tipo de 30 años que había llegado a México cuanto tenía 29. Hace menos de un año. Llegó a México porque se enamoró de una chica que conoció en la Universidad de Barcelona. La chica se llama Priscila y fue mi compañera en la universidad. En esa época era mi amiga y nos llevábamos bien. Priscila me contó que el Catalán solía ir a la facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Barcelona a vender panfletos baratos con poesía hippie. En un principio ella se enamoró del Catalán y quedó prendada de su timidez y de sus ojos marrones. “Mierda”, dijo Verónica la única vez que habló con Priscila; “pero si este cabrón está bien pinche feo”. Priscila no dijo nada ante ese comentario, pero al día siguiente el Catalán se quedó solo, lejos de su tierra y con un departamento que mantener. Priscila estuvo cuatro meses en Barcelona estudiando una Maestría. De esos cuatro meses, dos los vivió con el Catalán en un viejo departamento de una provincia llamada Cabrils. Cogían, jugaban ajedrez, leían a Lord Byron y volvían a Coger. Cuando Priscila regresó a México, el Catalán estaba tan enamorado que dejó sus panfletos y su idioma y se vino a vivir a Cuautitlán Izcalli con ella.  Mes y medio después, Priscila conoció a Verónica. Al día siguiente huyó de su departamento y no hemos vuelto a saber nada de ella. Antes del día de hoy, el Catalán me había visto un par de veces en fiestas de la facultad.  A Martín sólo lo conocía de oídas. No era mi amigo pero, a raíz de lo sucedido, tengo cierta compasión por él.

A las doce treinta de la tarde, media hora antes de lo acordado, sonó el timbre de mi casa. Abrí la puerta y encontré a Martin vestido con una vieja camisa militar y su clásica maleta negra colgando del hombro izquierdo. Pasó. Yo llevaba el libro de María Zambrano y me preguntó que qué leía. “Un libro sobre la vigilia”, contesté. “Lo que Proust erróneamente hizo en cuarenta páginas, ella lo complicó más en doscientas”. “Mierda”, contestó Martin. No dijimos nada más al respecto. 

Cuando entramos en la sala, Martin corrió directamente a la cava donde suelo guardar el whisky, el vino y el ron (que rara vez tomamos). Se sirvió un etiqueta negra y me invitó uno. Yo saqué unos Delicados sin filtro que había conseguido la noche anterior en la tienda de la esquina. Le invité uno. Martin cogió el cigarrillo con sus manos sucias, sacó unos cerillos de su maleta negra, prendimos los cigarros y comenzamos a fumar lentamente, como quien no tiene ninguna prisa. Aunque fumábamos sin prisa yo sí tenía mucha; faltaba menos de hora y media para nuestra cita con el Catalán y yo todavía no convencía a Martin de que fuera conmigo. Nos sentamos en un viejo sillón negro donde siempre solemos fumar cigarros, beber whisky y platicar sobre filosofía. Por esas épocas yo estaba muy impresionado de la filosofía existencialista francesa y Martin de la filosofía china. Como siempre, nunca llegamos a ningún acuerdo. Yo le comentaba a Martin que en la filosofía china había una mariposa que soñaba con ser humano y que había un humano que soñaba con ser mariposa. “Tú cuál crees que sea la realidad”, le pregunté. “Mierda”, contestó. “Seguro el humano, las mariposas no piensan”. Argumentó. “El chino que dijo eso da a entender que la mariposa tiene el sueño”. Concluí. Como ya no quería perder más tiempo en conversaciones banales, le solté a Martin de golpe la propuesta del Catalán. “Me habló el Catalán por la mañana. Nos invita a tomar a Gran sur” "¿Va a costarnos algo?", preguntó Martín. “Ni un centavo, dice que tiene una tarjeta nueva y que él paga”. Añadí.  No tuve que decir nada más. Subí a mi estudio a coger la cartera mientras bebía el whisky que me sirvió Martin. Bajé al cabo de dos minutos. Martín llevaba ya dos tragos. “Vamos pues”, dije. Y salimos de la casa.

El trayecto lo hicimos a pie. Yo vivo cerca del centro de Tlalpan y Gran Sur queda a escasos veinte minutos a paso medio. Nosotros solemos caminar un poco más lento de lo normal porque vamos fumando y platicando. Atravesamos la avenida Las Fuentes y llegamos a Periférico. Cruzamos un puente peatonal y al cabo de media hora ya estábamos en Gran Sur.  Faltaban veinte minutos para ver al Catalán. Como no solemos ir a centros comerciales, nos sentamos en la entrada del hotel Fiesta Inn a terminar con los cigarrillos que aún quedaban de la caja de Delicados. A las doce cincuenta y cinco saqué el celular y le hablé al Catalán por teléfono. Ya estaba en el centro comercial, enfrente de Mix Up. “No te muevas, nos vemos ahí”. Confirmé. Y salimos hacia Mix Up.

     A las dos de la tarde caminaba a lado de Martin Petrozza y el Catalán por los pasillos de Gran Sur. El Catalán había asegurado que dentro de ese lugar vendían cervezas baratas "¿Vamos a Beer Factory?", pregunté un poco compungido. “Para nada”, contestó el Catalán. “Aquí hay un C&A y en ese lugar venden cervezas”. Ni Martin ni yo creíamos que en C&A pudieran vender cervezas y se lo hicimos ver al Catalán; “por qué no mejor vamos a Beer Factory o nos largamos de aquí de una buena vez y vamos a cualquier otro lado”, preguntamos. “Porque mi tarjeta es de C&A y sólo ahí la aceptan”. Contestó. Como era demasiado tarde para echarse para atrás y regresar a mi casa a beber tranquilamente y escuchar algún son jarocho o algún Beethoven, caminamos a lado del Catalán hasta el C&A. Entramos. Al principio creímos que sí iban a vender cerveza porque en el centro de la tienda hay una fuente de sodas donde venden papas fritas  y coca colas.  El Catalán se acercó al mostrador y pidió una cerveza con su acento petulante. “Aquí no vendemos cervezas, es una fuente de sodas y solo vendemos comida para niños” . Contestó la vendedora. La vendedora tenía unas buenas tetas. El uniforme las cubría mucho, sobre todo por el delantal, pero aún así le sobresalían y por eso deduje que tenía unas buenas tetas. Llevaba el pelo amarrado con una red y no llevaba aretes. Era fea pero tenía unas buenas tetas. “Me largo de aquí”, dijo Martin y salió por patas. Yo salí tras él.  A los pocos pasos el Catalán estaba a lado nuestro, intentando convencernos de que en algún otro C&A sí vendían cervezas. “Miren que yo he ido a alguno y sí venden, deberíamos probar”, intentó convencernos. “Vamos a Mundo E, ahí hay un C&A y sí venden cervezas”. Dijo como última opción. 

Ir a Mundo E a probar una cerveza improbable era la última de nuestras opciones esa tarde. Por un lado, el hecho de ir hasta allá nos iba a joder el día porque representaba como mínimo dos horas de camino. Por otro lado, iba a joder la cita que tenía programada con Mariana en la noche. Por otro lado, ni Martin ni yo teníamos en realidad gran cosa que hacer. “Venga”, contestó Martín. “Por qué no le creemos a este tío y vamos a Mundo E. Al fin y al cabo son cervezas gratis”. Me dijo. Lo pensé dos segundos y accedí. De cualquier forma ya estaba metido en ese lío.

Regresamos caminado a mi casa y para cuando llegamos ya eran las tres de la tarde. Cogimos el Argos marca Volks y salimos rumbo el norte; a Mundo E. 

En el C&A de Mundo E las cosas fueron diferentes. El Catalán tenía razón, ahí sí vendían cervezas. Llegamos como al anterior C&A y nos sentamos en la barra de la fuente de sodas. En este C&A no atendía una chica de buenas tetas sino un lamehuevos pelón. “Dame tres cervezas”, le pedí malhumorado. A los pocos segundos regresó con tres Indios. “No tienes otra cerveza”, preguntó Martin. “Lo siento amigo, aquí sólo vendemos Indio”, contestó el lamehuevos. Los tres tomamos la cerveza muy rápido y a los pocos minutos, sin apenas hablar nada, pedimos otra ronda. El lamehuevos dudó en traerlas porque era muy rápido y ahínoeraunbarsólosetomancervezasparaelantojo. A fin de cuentas nos llevó nuestras cervezas porque también le pedimos unas papas para cada quien. Total, la tarjeta de crédito pagaba. Esta vez tomamos la cerveza muy lento. Hasta parecía que realmente disfrutábamos el momento. Empecé a platicar con Martin y el Catalán se quedó perdido en su cerveza. Era poco lo que podíamos platicar con él. Apenas si lo conocíamos y no sabíamos gran cosa de su vida. 

Sigo intrigado por lo que nos dijo Verónica por la mañana. Qué jodidos tendrá que decir. Le pregunté a Martin.
Mierda, tío. No lo sé y me importa un huevo. Vamos a tomarnos estas cervezas y después vemos.
Vale pues, pero después no te estés quejando si sale con una chorrada.
Mierda, tío. Sigamos bebiendo cervezas.

     Generalmente, las conversaciones entre Martin y yo cuando bebíamos alcohol nunca llegaban a nada. A Martin sólo le interesaba beber más cervezas y yo siempre estaba preocupado por algo. Ese día me preocupaban dos cosas. 1) Qué carajo querra Verónica. 2) NovoyaveraMarianadiosmeampare. Para no preocuparme de más, decidí sacarle conversación al Catalán ¿”Sabes ya algo de Priscila”? Pregunté porque no tenía otra cosa para preguntar. “Da res”. Contestó. A mí me cagaba que el Catalán nos contestara en Catalán. No tanto porque no me gustara el idioma (que de hecho me gusta y disfruto hablar), sino porque era precisamente un Catalán el que pronunciada su idioma. “Mierda”, dijo Martín. “Priscila es la tipa de las tetazas que vimos el otro día con Verónica, ¿cierto?” Preguntó. “Sí”, contesté. “Verónica se pasó de mierda, por eso te dejó, compadre.” Dijo Martin. A los pocos segundos Martin ya le contaba la historia de cómo Verónica le había dicho feo y que Priscila se había quedado callada. El Catalán empezó a llorar. A Martín pareció no importarle y siguió contando y hablando de las tetas de Priscila. Yo me reía para mis adentros y mejor pedí otras tres cervezas. 

Para ese entonces ya le caíamos bien al lamehuevos. No nos pidió que pidiéramos otra cosa y nos llevó las cervezas sin rechistar. Es muy probable que nosotros fuéramos los primeros clientes en ver al C&A como un bar y no como una tienda de ropa. El lamehuevos estaba atento para ver qué hacíamos y cómo quedábamos en ridículo. Para ese entonces ya eran las seis treinta. Sonó mi teléfono. Era Mariana para preguntarme por qué coño no había llegado. Le inventé cualquier excusa. Se encabronó conmigo pero aún así me dijo que se iba para Cuernavaca y que si quería verla fuera para allá. “Vale”, dije. “Te hablo al rato”. Y le colgué.

A las siete de la noche pedimos la quinta ronda de cerveza. Faltaba poco tiempo para que nos echaran del lugar. El Catalán estaba borracho, Martin comenzaba a parecer borracho y yo estaba más que mareado. A la barra llegó una mujer con cara de puta y cuerpo de adolescente. Habló con el Catalán. No se qué cosa le dijo porque yo estaba enfrascado en una conversación con Martin. Discutíamos sobre la importancia de Proust en la literatura. “A la mierda con Proust”, dije. “Los tabiques decimonónicos suelen ser somníferos mortales si no están escritos en verso”. Para mi sorpresa, Martin estaba completamente de acuerdo conmigo. Una semana antes, Martin había llevado un ejemplar de En busca del tiempo perdido que compró en una librería de viejo, cerca del parque de Los venados. Ese día le comenté que le sería casi imposible leerlo y él dudó seriamente en que así fuera. Para el día del C&A apenas había logrado pasar de las primeras doscientas páginas. Cuando hablábamos sobre el aspecto físico del señor Swann (para mí un tipo alto, delgado, con sombrero y bastón; para Martín un regordete elegante con traje negro), la puta con cuerpo de adolescente se levantó del banco y comenzó a insultar al Catalán. El Catalán le soltó una serie de improperios en su idioma y le arrebató su bolsa. Cuando la tuvo, buscó dinero y como no encontró nada la aventó hacia el mostrador. El lamehuevos, molesto, amenazó con sacarnosdellugarquesinolellamoalapoliciaymeimportaunpitoloquelespase“Venga, Catalán”, dijo Martin. “Mejor nos largamos de una buena vez”. El Catalán, a regañadientes, aceptó irnos de ahí. Sacó su tarjeta de crédito, se la entregó al lamehuevos y le cargaron a su cuenta 315 pesos.

Salimos del C&A tambaleándonos. Mientras caminábamos por Mundo E se me ocurrió la idea de seguir a Mariana hasta Cuernavaca. Por un momento pensé en dejar ahí, botados, a Martin y al Catalán y salir disparado hasta allá. Después lo pensé bien y mejor inventé una treta para que ambos me acompañaran. A Martin le dije que Verónica había hablado y que nos estaba esperando en Cuernavaca, en casa de Enrique. Al Catalán le dije que Priscila estaba en casa de Enrique, esperándonos junto con Verónica. Como ninguno de los dos tenían nada que hacer, aceptaron ir. Sólo me quedaba arreglar una situación: hacer que Verónica también llegara a Cuernavaca.

Antes de llegar al estacionamiento, me separé de Martin y el Catalán con el pretexto de ir al baño. Cuando los tuve lejos, saqué el teléfono y yo mismo telefoneé a Verónica. “Vero”, le dije. “Martin y yo tenemos un tremendo problema y estamos en Cuernavaca. Me urge que vayas, estamos en casa de Enrique”. Mentí. Para mi sorpresa Verónica se convenció rápido y quedo de vernos a las once en la entrada de casa de Enrique. Más aliviado regresé junto a Martin y el Catalán y emprendimos el viaje hacia Cuernavaca.

Continuará…



5 comentarios:

  1. Gusta su forma de narrar. Es muy fresca. Que le pasara en Cuernavaca ?

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  2. Alberto Vargas Iturbide25 de diciembre de 2011, 20:35

    esta bueno este en pieso solte una carcajada felicidades

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  3. Jajaja, q divertido, espero q publiquen pronto lo q paso en cuernavaca xq se acaban mis vacaciones y donde trabajo estoy incomunicada jejeje

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  4. Ilsen Kareem Muycelo Donatiu27 de diciembre de 2011, 7:37

    ME GUSTA LO DE LA TC JAJAJAJAJAJ ,,,,

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  5. Muy bueno, vamos a esperar la otra parte!

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