viernes, 18 de noviembre de 2011

Tracy McVille: La venganza del Teniente Smith.



El Teniente Smith, dijo Tracy, nunca lo olvidaremos; nos dio una gran lección de vida. Ya dije, ¿qué hay con el Teniente Smith? Tracy me solicitó una birra para comenzar con la historia. Una vez más me encontraba en casa del vago de la Fuerza Armada, aquel vagabundo que perdió el seso y contaba historias de guerra, magníficas a pesar de su escasa cordura. Y con casa quiero decir la obra negra de una construcción abandonada. Cada vez que lo visitaba me iba con unos buenos seis de Tecate, y con suficientes cigarrillos para pasar la noche al calor del alcohol, amenizada por las narraciones dramáticas de Tracy McVille. Y aquella noche me contó la historia del Teniente Smith, un hombre ejemplar que terminó siendo una piltrafa humana, y una mierda. Es increíble, dijo Tracy, pero uno puedo acabar muy mal, muy mal. Lo decía moviendo la cabeza negativamente y mirando al suelo.  Curiosamente me lo decía un vago, Dios, un indigente. Le corrí una cerveza y asentí. Lo impresionante sin embargo, del Teniente Smith, es que cayó tan bajo por su propia mano, y una vez en la cúspide de su éxito. El éxito del teniente era un éxito personal, una venganza.

 Todo comenzó, explicó Tracy, hace muchos años (no recordaba cuántos exactamente), cuando al hijo del Teniente Smith, lo asesinaron. El incidente ocurrió en una callejuela de barrio bajo, cuando Smith Jr. Salió de una farra… 

2

Los alemanes tienen caras rosadas y las mejillas se les enrojecen, y la nariz, cuando beben, y el joven Smith Jr., que era alemán a pesar de su americano nombre (probablemente a causa de una incongruencia en lamente de Tracy McVille) estaba rojísimo, y muy bebido. Se había emborrachado en un barecillo de poca monta que frecuentaba por el año de 1913, cuando tenía tan sólo diecinueve, y un futuro. Un futuro, solía decir su padre, el Teniente Smith. Tenía un futuro por delante. Este futuro, del que se lamentaba Smith padre, era el ingreso de su hijo al ejército, y su carrera militar. Pero todo ello fue interrumpido aquel año, aquella noche, en aquel bar. 

 La cerveza corría a raudales, de los barriles a los tarros y de ésto a los estómagos alemanes, como si de beber dependiera la salvación del mundo. Había mucha luz, mucho tabaco y mucha carne. Mujeres. Mucha alegría y muchas ganas de ser El hombre. En 1913 el machismo alemán llegaba (según la narración de Tracy), hasta el grado de querer demostrar la valía (y uno tenía que hacerlo) liándose en trifulcas de bar por la mínima cosa. Toda la felicidad de los primeros tragos culminaba siempre en todo el odio, y en toda la brutalidad de una pelea campal. Y generalmente, a esa pelea campal daba pie un combate mano a mano entre algún par de hombres, lo suficientemente borrachos para creer que una mirada es pretexto de partir la cara a un hombre. 

 El mismo Smith padre había inducido a su hijo a ello. Él mismo le había contado las innumerables ocasiones en que, en su juventud, partió la nariz o la boca, o un brazo o la espalda, a algún brabucón de bar. Partir caras es tan natural para un alemán cabrón, miembro del ejército, como sonarse la nariz. Así que aquella noche Smith Jr., que tenía la cabeza llena de trifulcas, y el orgullo hinchado por el alcohol, no lo pensó dos veces cuando el mastodonte de metro con ochenta centímetros le retó a una pelea, pues a su parecer, Smith Jr. ya había ganado demasiados juegos de póquer.

 Smith Jr. lo miró acercarse a paso lento por encima de su tercia de ases. Aquel mastodonte no participaba en el juego; observaba todo desde la esquina y no podía soportar que un sólo hombre ganara tantas partidas seguidas. Smith Jr. desechó sobre la mesa un par de cartas, un siete de Espadas y un cuatro de Corazones, y justo cuando su compañero de mesa le devolvió dos nuevas cartas (un as, con el que formaría el póquer, y un rey de Corazones), el mastodonte estuvo a su lado. No era el único, mucha gente estaba reunida alrededor de la mesa siendo espectadora de la paliza que le estaba propinando Smith Jr. a su contrincante, pero cuando alguien quiere hacerte daño, lo hueles, y Smith Jr. lo olió. Bajó su póquer de ases y recogió el dinero, una vez más, sin hacer la mínima expresión de sorpresa. Tenía una montaña de billetes y monedas a su lado, suficiente para hacer germinar la semilla de la envidia en cualquiera. Y lo sabía. Tendría que cuidarse de los ladrones, de las mujeres, y de los hijos de puta, como aquel cabronazo que lo miraba sin pestañear, sin decir nada, pero con toda la intención de... 

 Smith Jr. Cogió su dinero, se lo guardó en el bolsillo interior del  abrigo, y ordenó una ronda para todos. Los alemanes reían y chillaban como cerdos, pues chillar como cerdo es la manera que tiene un alemán de reír a carcajadas (dijo Tracy), al tiempo que Smith Jr. dejaba el lugar. Pero no le fue tan fácil. No iba a ser tan fácil que ese abrigo lleno de dinero se largara sin más. Las mujeres (prostitutas) se le aventaban al cuello y lo detenían, lo incitaban a subir a los cuartos que se habían construido sobre el bar. Smith Jr. se acercó al mostrador arrastrando a dos rubias con tetas del tamaño de la cabeza de un San Bernardo macho, y pagó la ronda al cantinero. Las rubias sonrieron y se asombraron histriónicamente. Acto seguido Smith Jr. se quitó de encima al par de mujeres, y se encaminó a la puerta del bar. Era joven, y tenía deseos de vivir, pero el instinto le decía que debía largarse de inmediato. 

 Antes de que llegara a la puerta, una pesada mano le cayó sobre el hombro. No tuvo que voltear para saber de quién era esa mano. ¿Qué ocurre?, dijo sin dar la vuelta. Y el mastodonte, en una jerga de marinero borracho le retó a una pelea. Smith Jr. aceptó la pelea. No hacerlo sería sinónimo de ser marica, y él era un Hombre, hijo de un Hombre. Como todos los alemanes. 

 Sin embargo, no fue aquel mastodonte quien dio muerte a Smith Jr. Es verdad que Smith Jr. terminó tirado en la tierra, hecho un trapo, y que ya tenía la nariz y algunas costillas rotas antes de morir. Y honor a quien honor merece, se levantó con todo el dolor encima, y lanzó un gran escupitajo de sangre. Con el óbolo de dignidad, dio los primeros pasos hacia el norte, hacia su hogar, mientras la muchedumbre amontonada a su alrededor regresó al bar. Uno por uno le echó la última mirada. 

 Y fue en el viejo callejón, donde Smith Jr., agarrándose de las paredes para no caer, sintió el frío del acero entrarle por un costado, picando el hígado. 

 3

Dos oficiales del ejército llevaron la desgracia a casa de el Teniente Smith. Lo hicieron por medio de un comunicado escrito, a la mañana del día siguiente. 

 El Teniente Smith, ese macho alemán, ese Bulldog rabioso, barrigón y de cólera pronta, estalló. Gritó que cómo era posible que un hijo de teniente fuese… a pocas calles de su casa… y que la policía no… Juró que se vengaría. Y supuso que cualquier otro padre en su lugar, habría hecho lo mismo. Quizá sea cierto, dijo Tracy McVille al tiempo que encendía otro cigarrillo… pero… al Teniente Smith el tiro le salió por la culata. Ya dije yo, ¿y eso por qué? Bueno, continuó Tracy, el teniente hizo uso de todo su poder y toda su influencia para que el ejército participase de la búsqueda del asesino. Todo fue en vano, el asesino no fue capturado. Se culpó al gigantón de la riña pero se comprobó su inocencia casi inmediatamente, pues había más de treinta personas que atestiguaron cómo le partió la cara, e inmediatamente después, regresó a beber con todos ellos. Fue uno de esos crímenes misteriosos y sin remedio. Muy comunes en la Alemania de 1913.

 La búsqueda continuó durante unos meses, con todas sus fuerzas, hasta que las perdió. Perdió el interés de todos los involucrados. Ya nadie quería saber quién mato a Smith Jr. A nadie importaba. Había cosas más interesantes en puerta: la guerra. Todos dejaron a un lado el sufrimiento del teniente Smith, excepto él, claro, que no dejó de buscar culpable de la muerte de su hijo, por cuenta propia. Como uno de esos casos de justicia por la propia mano de la víctima, muy comunes también en 1913.

 Empezar una búsqueda por tu cuenta, dijo Tracy, implica más de lo que parece. La historia cuenta que el Teniente Smith, quien era un hombre honorabilísimo, y un ejemplo de la disciplina militar, dejó de interesarse en lo apremiante: la guerra, y a consecuencia de esto obtuvo algunas amonestaciones primero, y un rotundo hundimiento después. Fue degradado a suboficial mayor, y luego a suboficial. Su único pensamiento era dar muerte con sus propias manos al canalla hijo de las mil putas que…  

4

Smith agitó los hielos de su vaso con whisky, al tiempo que leía  la notificación. Se le anunciaba de su expulsión irremediable del cuerpo del ejército alemán, so pretexto de indisciplina y desacato de órdenes directas de superiores. Entre otra montaña de acusaciones, todas verdaderas. Rusia entraba a la guerra, y los alemanes se las veían duras, y miles de hombres morían a cada hora, y el ejército alemán batallaba en el frente como el más bravo, pero a Smith ya no le importaba en absoluto su patria, ni sus compatriotas, ni le importaba un pepino la sangre derramada por jóvenes como su hijo. Tenía frente a sí al asesino de Smith Jr.

 Era un hombre bajo, delgado y no más impresionante que un niño de catorce años. Él mismo se había entregado, él mismo, sabiendo que Smith le seguía los pasos, mandó llamar a Smith a su encuentro. Lo hizo pasar a su casa, que era un cuarto de ratas en el corazón de Essen, y le sirvió un vaso con whisky en las rocas, al tiempo que le entregaba el sobre con la notificación. ¿Cómo la habría conseguido? Poco importa, pensó Smith. ¿Por qué se habría entregado? Poco importa, pensó Smith. Lo único importante es que finalmente, por alguna ley universal, podría vengarse de su victimario. 

 Nadie supo, dijo Tracy, el nombre de aquel decrepito hombre que dio muerte al hijo del Teniente Smith. Nadie supo los motivos de su acto, ni dónde estuvo escondido todo ese tiempo, y mucho menos, los motivos de su entrega voluntaria. Una cosa era segura, y es que deseaba morir, pues entregarse a la ira del teniente no supondría otra cosa. Lo que sí supimos es lo que Smith hizo con aquel hombre, y lo supimos porque él mismo lo contó infinidad de veces en bares y cantinas, con la esperanza, decían algunos, de que la policía lo capturase y le diera muerte. Se le miraba en las calles, arrastrándose de dolor, y gritando que él había matado al asesino de su hijo, con sus propias manos. Pero nadie le creyó, dijo Tracy, lo tomaban por un loco, y un vago. Lo había perdido todo, hasta la dignidad a pesar de que cumplió su palabra, y su sueño… 

 Aquella tarde, frente al motivo de todos sus desvelos, Smith sacó de su abrigo un puñal, y lo clavó en el pecho de aquel pequeño hombre. El hombre sin embargo, no hizo el menor intento de esquivar el golpe. Es un hombre solo y desesperado, un paria, un asesino, sin futuro, sin ambición y acabado, pensó Smith, y es por eso que más le valía morir. Tardó unos buenos minutos en morir. Smith le escuchó lamentarse y lo miró retorcerse en el suelo como un maldito gusano. Finalmente murió. 

  Eso era todo. El teatro había terminado. El hombre que mató a su hijo yacía en el suelo, a sus pies, y la sangre le brotaba del pecho y con ella la vida. 

 Sólo entonces Smith lo entendió. Ya no pertenecía al ejército. Había perdido a su hijo, su trabajo, el sueño de su venganza había terminado. Estaba solo, sin ambiciones, y había matado a un hombre. 

 Se entregó a la policía y les dijo que merecía morir, pero todo el mundo estaba con la vista en otra cosa: Rusia y Francia y la guerra. La Gran guerra. ¿Qué importa un hombre que ha matado a otro hombre por vengar la muerte de un joven, cuando miles de hombres matan a otros miles de hombres, por una patria? 


3 comentarios:

  1. excelente historia!!!!!!! felicidades XD!!!!!!!!!

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  2. ¡ Tiene muy buena pinta!!!

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  3. Muy buena crónica, de la que nos dejas un parrafo, pero toda ella es un pantallazo de el estado de situación de determinado sector de la sociedad y mucho más cercano a una guerra, pero es así la vida de ellos.¿Cruda verdad?. Gracias por tu entrega. Un beso. Stefania.

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