viernes, 18 de noviembre de 2011

Retorno al canal del amor.


Pensaba que cuando muriese llegaría a ser perfecto. Sólo muerto sería capaz de dejar de beber, de masturbarse, de tener pensamientos erróneos, de ser un mal padre, de ser un mal hijo… Había comenzado a verla sin pensar en las consecuencias que le traería comenzar a verla, comenzar a tocarla, a olerla y a contarle un pedazo del desastre en el que se había convertido su vida después de que se había quedado absolutamente solo en aquella ciudad. Y a pesar de ello, a pesar de la soledad y de la nostalgia por personas del pasado, se había marchado un tiempo que no podía precisar, pero se había marchado para volver, para tener que hacerlo y demostrarse que nunca podría estar en otro sitio, igual que tampoco podría jamás estar allí. 

 La ciudad no tenía canales. No tenía ni puertos ni diques. Tenía un río miserable y un puente de hierro que la recorría de uno de sus miles de lados a otro lado cualquiera de los muchos que tenía. La ciudad era polimórfica, paralelepípeda, multiforme y, en cualquier caso, laberíntica y aquel puente de hierro era el lugar donde todo comenzaba y todo terminaba, la entrada y la salida del laberinto. Allí aniquilaban a vagabundos borrachos que no se enteraban muy bien de lo que les estaba pasando. Devotos que iban a rezar sus plegarias en genuflexión  sobre el asfalto compartían rincones con parejas de homosexuales que no tenían a donde ir a ejercer el sexo furtivo, perdidos entre los montones de escombros de las obras de los alrededores, perdidos entre los contenedores que guardaban condones usados y botellas de licor vacías. Y sobre las cabezas de todos ellos, en lo más alto del puente de hierro, pasaban coches por carreteras de dos carriles por cada sentido mientras niñas anoréxicas se suicidaban lanzándose desde el punto más alto mientras un yonki las miraba caer como fardos de estiércol y escuchar el ruido que hacían cuando chocaban contra el suelo. Nadie se acercaría. Tan sólo el camión de la basura que pasaba cada noche por los alrededores percibiría la presencia de aquel cuerpo diminuto y llamaría a la policía para que viniese a recogerlo y, con un poco de suerte, la madre de aquella niña se enteraría del suicidio de su hija a través de los periódicos de la mañana, si los editores habían dejado algo de espacio para la noticia que, de cotidiana, había dejado de ser noticia. Entonces, aquella madre se pondría su abrigo e iría en Metro hasta el depósito de cadáveres a identificar a la chica muerta. Sola.

 Manuel  trabajaba en una empresa de software en la que prestaba servicios. Vivía en la ciudad desde hacía tiempo y, aunque varias veces se había marchado de allí, asqueado de la castración y de la esterilidad a la que se veía sometido por aquel lugar, siempre había vuelto por motivos que desconocía. Él lo llamaba Retorno al canal del amor, pero lo cierto es que no había ningún canal, y mucho menos amor en toda su vida y realmente, lo que deseaba era que algo ocurriese, deseaba que los coches cayesen de los alto del puente y se estrellasen contra el suelo o que toda la ciudad ardiese. Vivía con ese deseo o con el deseo de que las cosas, de alguna manera, pudiesen cambiar pero lo único que podía hacer para continuar levantándose cada mañana para ir hasta su trabajo era tomarse media docena de whiskys cada noche en el bar de la esquina: el Gloria. Entonces, con la mente anestesiada, las cosas parecían más soportables.

 Por las tardes de agosto, al salir del trabajo, atravesaba la ciudad andando. Llevaba la americana del traje sobre el hombro, sujeta por dos dedos y la corbata desanudada y por debajo de la nuez. Entonces, durante el camino, cruzaba otros puentes y los miraba desde la barandilla que lo separaban del abismo, miraba las carreteras haciendo curvas, retorciéndose sobre si mismas, por las que circulaban coches con las ventanillas subidas para conservar el aire frío de los aires acondicionados. M. caminaba mirándolos sin que le preocupasen lo más mínimo, sin sentir las menor preocupación por si vivían o si morían. Eran las cuatro de la tarde y era viernes y eso era lo importante y sabía que después de una hora de camino llegaría al bar que estaba debajo de su casa y allí bebería unas copas y se comería unas aceitunas con cebollitas en vinagre charlando de cualquier cosa con la camarera dominicana mientras el asfalto de la ciudad, muy lejos de allí, hierve por el calor de agosto y mientras los habitantes de aquella ciudad, como hormigas, se preparan para dejar el hormiguero  por unos días e ir a remojarse como si todo fuese bien, como si nada de lo malo fuese a ser para siempre. M. llegaba a su bar, pensando en eso y, antes de sentarse en la barra, iba a mear y, al volver ya tenía su bebida preparada. Glug. Se bebía de un trago la primera y comenzaba más lentamente con la segunda y entonces todo cambiaba de color.

 Paquita era maestra de escuela y sólo tenía una pierna. La otra no se la amputaron jamás. Nunca tuvo gangrena ni jamás le pasó el metro por encima en un intento frustrado de suicidio: simplemente nació así y ahora guardaba el equilibrio entre una y otra con una prótesis de fibra de carbono,  pero jamás pudo, a lo largo de su vida, ponerse una jodida minifalda. Esa era una de sus grandes frustraciones: las minifaldas. Tenía el armario lleno y las miraba como si fuesen piezas de coleccionista pero jamás podría salir a la calle con una puesta. Por lo demás, trabajaba como grabadora de datos y profesora de árabe y vivía en el barrio de Pacífico. Allí lo hizo durante toda su vida salvo los tres años que pasó en Teherán con una beca, trabajando para la embajada en el registro de españoles desaparecidos en el mundo islámico, o sea, que tenía tiempo para profundizar en sus estudios por la falta de trabajo. Allí aprendió el árabe y conoció el Corán y, a su vuelta, fue contratada por el centro de estudios árabes de la calle Serrano. Ahora vive sola en un pequeño apartamento del que le quedan veinte años por pagar. No es guapa pero sus ojos parecen estar más vivos que los de los demás pese a la tristeza minifaldera, tal vez por su nostalgia árabe,  su soledad y su andar protésico-poético resulta simpático para los que lo ven. En su apartamento guarda recuerdos del Ayatolah, a quien llegó a considerar un padre espiritual, a falta de mejores polvos  o, al menos, un tío lejano, y aunque el cuerpo le hierve algunas noches sin saber bien porque, no se acerca nunca a los hombres, a los que rechaza antes de ser rechazada por su minusvalía. Piensa que la vida podría ser mejor, pero se conforma mientras con el paso de los días se ve envejecer con aspecto de resentida. Un día se encontró con Manuel en el Gloria. Manuel bebía y fumaba, encendiendo un pito con el que ya se terminaba y dando pequeños sorbos a su bebida. La miró entrar y observó su cojera. Ella se sentó en uno de los asientos libres de la barra. Manuel era un hombre de tetas. Otros hombres son hombres de caras, de ojos, de culos… Manuel era un hombre de tetas y echó un vistazo sin disimulo a las brevas de Paquita. Manuel era bruto por naturaleza, un tipo sin modales y Paquita, la de una sola pierna murmuró algo, seguramente en árabe. Hacía calor. Hace calor en Madrid en verano pero cuando Manuel le echó el vistazo aquel a Paquita podría haber colgado la chaqueta de sus pezones puntiagudos. A él le moló aquello y pidió más whisky en las rocas. Sudaba a pesar del aire acondicionado.

-       Yo daré el cante hasta el día que me muera. Me tomo un whisky cada vez que tengo una duda. Así vivo mejor. Quieres uno?
Le soltó a quemarropa. Amor verdadero, pensó. Qué tipo más grande soy, joder! Paquita no pareció inmutarse.
-       Sólo tengo una pierna. Jamás podré ponerme una minifalda.  Siempre tomo té pero hoy no. Le contestó con voz de canario flauta.

 Manuel se había acodado en la barra, bastante borracho y sería más de media noche cuando ella había entrado.  Entonces  comenzó a echar monedas en la máquina de tabaco y la máquina decía que no, que no tenía cambio o simplemente que no aceptaba las monedas y entonces ella se dirigió a la barra y le pidió a la camarera dominicana si le podía dar tabaco. Entonces él le ofreció uno o los que quisiera coger de su cajetilla y ella lo rechazó con un no gracias bastante disuasorio pero él no se sintió disuadido en absoluto e insistió y ella, porque la situación no se pusiese violenta, aceptó uno e incluso hasta fumárselo allí mismo  mientras que la camarera subía del almacén unos cartones de Marlboro porque la máquina se había quedado definitivamente vacía y, sin saber como, se estaba fumando una caña y se estaba tomando un cigarro con aquel hombre que se había puesto un traje y una corbata por la mañana y que ahora eran cualquier cosa menos un traje y una corbata porque el nudo de la corbata estaba junto a la tetilla izquierda y la chaqueta tenía forma de pelota de baloncesto, apoyada en el asiento de una silla giratoria y entonces ella se tomó la caña y después vino otra caña y al diablo con la soledad, se dijo, y estuvo escuchando lo que aquel desconocido pensaba sobre los medios de comunicación, a quienes consideraba una gran lacra social y blablablí, blablablá. Y así estuvo parloteando durante gran parte de la noche, hasta que los echaron del bar y nadie sabe bien cómo llegó a ocurrir pero, caminando él, cojeando ella, llegaron a un lugar llamado El Canal del amor, un lugar donde no sentirse solos.

 No era el mejor lugar para besarse por primera vez. Al menos no el más romántico y tampoco estaban muy seguros de cómo habían terminado allí pero si estaban seguros de que estaba amaneciendo y de que se estaban besando, más o menos abrazados y que donde nunca hubo un río, ahora había uno del que casi no se veía la otra orilla y el puente de hierro estaba ahí para llevarlos a mundo mejores y ella llevaba una minifalda minúscula y a él le dolían los ojos de mirarle la única pierna y pensaba que con una era suficiente y ella de pronto notó que él tenía una erección, y lo notó verdaderamente y, sin separar los labios, soltó una carcajada y siguieron besándose mientras un periódico, a unos metros de ellos, volaba empujado por el viento formando palomas de papel con todas las noticias.



4 comentarios:

  1. araceli Álvarez Enriquez19 de noviembre de 2011, 1:56

    Worale!! Me encanto!

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  2. De la perfección al amor, me encantó.
    Besos

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  3. Una receta mágica. Muy bueno

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  4. A veces, un refugio llega hasta el corazón, cuando el corazón menos busca un refugio... como pasó con manuel y paquita... muy bonita historia

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