martes, 8 de noviembre de 2011

París no es una fiesta: quiero hacerte el amor.



Verónica Pinciotti se rió de él cuando dijo que quería vivir en La hoguera de las vanidades.  Pero a mí no me causó ninguna gracia. Por el contrario, me pareció que Petrozza estaba diciendo por vez primera desde que le conocí, una de las verdad más grandes, sinceras y nobles, que le dejaban ver como a un niño ingenuo que no podía menos que desear lo imposible, como si tal cosa. Además, que me sentí identificado completamente. No porque yo quisiera vivir allí también, sino porque entendía y comprendía lo que Petrozza quería decir realmente. 

 Aquella noche estábamos en un bar del centro de Tlalpan, lugar que ya me estaba siendo familiar, y de la nada (de la nada quiere decir, sin proemio), Petrozza sacó un libro, y lo colocó en la mesa. Lo estampó en la mesa. Era un libro pesado, un ladrillo, escrito por Tom Wolfe, intitulado La hoguera de las vanidades. Dijo que lo estaba leyendo, y Verónica le preguntó que de dónde diablos había sacado semejante libraco. Quería decir, que cómo era posible que él hubiese comprado semejante libro. El libro, para los que desconocen, tiene un precio en el mercado de trescientos cuarenta pesos, promedio, en la editorial Anagrama, edición de bolsillo. Era más dinero del que uno puede imaginar pagando a Petrozza por un libro (o por lo que sea). Lo que deja muchas otras coas a la imaginación, verbigracia, que Petrozza lo robó. Ya sea de las manos de algún amigo, o directamente de la librería. 

 Lo compré, dijo Petrozza con la tranquilidad de quien dice la verdad, y luego dijo que era un libro estupendo, y que Wolfe era un escritor magnífico. Dijo que era tan bueno que no podía dejar de leer. Es de esos libros, dijo, en los que esperas la mínima oportunidad para abrirlos y leer. No importa si tienes que caminar al mismo tiempo en medio de una ciudad transitada, lo abres y lees y te importa dos cojones si eso implica chocar de vez en cuando. Verónica dijo que podía entenderlo, que ella misma tuvo ese sentimiento cuando leyó por vez primera Trópico de Cáncer, de Henry Miller, y yo asentí con la cabeza, pues eso me pasa con casi todo lo que leo. Y agregué una anécdota en la que por estar leyendo, un automóvil me arrolló. 

 El coche iba saliendo de un cajón de estacionamiento de una plaza comercial, y yo había comprado hace un cuarto de hora el libro (que nunca olvidaré: Paradiso, de Lezama Lima), e iba caminando y leyendo al mismo tiempo, cuando de pronto lo sentí. Un golpe en el costado, primero en las piernas, a la altura de las rodillas, y luego en todo el costado. No fue algo para morirse. El conductor sacó la cabeza por la ventanilla y me insultó. Entonces le ofrecí una disculpa… Aquí Petrozza dijo que sólo yo era capaz ofrecer disculpas a un tío (sic) que acaba de arrollarme, y Verónica rió moviendo la cabeza negativamente. Tuve que aceptar mi candidez. 

 Entonces Petrozza regresó a La hoguera de las vanidades, diciendo que los personajes estaban perfectamente delineados, y que uno podía sentir por ellos lástima o admiración, es decir, dijo, uno puede sentir, y eso basta. Sentir, repitió, y luego añadió: me gustaría vivir en la novela. Lo dijo echando el humo de su cigarrillo y con la mirada perdida. Verónica me miró con una cara que predecía la risa, y cuando la miré, estalló en una carcajada. Ella esperaba que yo riera también, pero mi asombro fue tal, que sólo puede decir: a mí también… a mí también. Por supuesto no me refería a La hoguera de las vanidades, pero quería decir que yo también había experimentado el sentimiento de querer arrojarme a ese mundo que se lee, y hablar con los personajes, interactuar y ser parte de eso. Es cosa que muy pocos escritores logran hacer, pero es algo que se hace, y se siente y se vive. 

 Mi sorpresa fue grande al descubrir que Verónica no podía experimentar tal sensación, cosa que no dijo abiertamente, pero sugirió al reírse de las palabras de Martin. 

2

Ahora sí, dijo Petrozza acercando su cara a pocos centímetros de la mía, ahora sí, cuéntamelo todo. Verónica había olvidado su teléfono móvil en la consola de su coche, así que se disculpó para ir por él, y Petrozza aprovechó esa interrupción para pedirme que le contara todo. Se refería, por supuesto, a todo lo que ocurrió en su cuarto, la vez que el muy cabrón me lo prestó por la fuerza para pasar la noche con Verónica. Hace ya una semana de eso, tiempo en el que yo no me comuniqué con él, ni él conmigo. Bueno dije, pues primero platicamos un poco sobre… Petrozza me interrumpió, quería saberlo todo pero para él, todo, se resumía en: te la cogiste, ¿sí o no? 

 Tuve que dar un trago al whisky en las roca que Petrozza había ordenado por mí para poder decirlo: no. Lo dije como quien se traga una píldora de cicuta. Incluso tragué saliva, pues esperaba los reclamos y los gritos de Martin, para quien una cosa así (dejar pasar una oportunidad de oro), es algo imperdonable. Sin embargo no gritó. Se limitó a mover la cabeza, a rascarse la cabeza, y a decir, con voz calma: no lo puedo creer. ¿Sabes cuánto tiempo me costó a mí, dijo, acostarme con Verónica?, ¿cuántos ruegos, cuánta tortura psicológica y emocional, cuánta terapia y cuánto esfuerzo? No, dije sin poder decir otra cosa. Y tú, me dijo, llegas de la nada, le dices que la amas y al día siguiente está dispuesta a acostarse contigo, sin más, y bueno…, dijo aclarándose la garganta: mucho esfuerzo de tu parte no he visto. Bueno dije, no te vas a enojar porque no lo hicimos, ¿o sí? Dio un trago a su whisky en las rocas, y dijo: no, no. 

 Verónica regresó, tomó asiento y al ver la cara de Petrozza, que era una cara de mal humor, preguntó qué demonios le pasaba, y él, claro, contestó que nada, que todo estaba muy bien. A Verónica no se le engaña fácilmente, luego de preguntar una segunda vez, dando la oportunidad de confesar a Petrozza, dijo: estás enojado porque Salmoneo ya te contó lo que ocurrió en tu cuarto. Petrozza alzó la mirada, que tenía clavada en la mesa, y sin esconder la curiosidad, preguntó: ¿qué pasó en mi cuarto? Verónica me miró, y yo la miré, y alcé los hombros, dando a entender que yo no tenía ningún problema en que se supiese la verdad, aunque la verdad suponga que yo soy un imbécil, o un lento. Entonces Verónica, que no supo exactamente a qué se refería Petrozza, ni a qué me refería yo, me dijo: ¿le contaste del proceso de inspección? Ahora fui yo quien soltó la carcajada. Llamamos así al proceso de hurgar en las cosas personales de Petrozza, que fue lo primero que hicimos al llegar a su casa. Metimos las narices en todas sus cartas de amor recibidas, y en las fotografías de mujeres que colecciona. Y en una revista de chicas desnudas. 

 ¿Qué es eso del proceso de inspección?, preguntó Petrozza a la defensiva. Verónica me miró, y riendo, preguntó si yo le había contado o si ella, justo en ese momento, había cometido un error al mencionarlo. Entonces le dije que precisamente eso último, y ya que no podíamos hacer nada, Verónica le confesó a Petrozza que habíamos leído sus cartas, y vistos sus fotografías. A Petrozza esto no le importó en lo absoluto, apuntó que él mismo nos las hubiese mostrado en cualquier momento, y luego preguntó, muy en serio, si eso es todo lo que nosotros dos habíamos hecho allí dentro. Verónica me tomó la mano por debajo de la mesa, y la colocó debajo de la suya, encima de su pierna, y apretándome, le dijo a Petrozza que no, que eso no fue todo lo que hicimos. Lo expresó en un tono que sugería muchas cosas, o mejor dicho, una cosa más. La cosa que se espera que un hombre y una mujer hagan en una habitación, cuando están solos. 

3

 Al terminar la velada, y durante la cual Petrozza ya no quiso saber nada más al respecto, Verónica nos hizo subir al coche y condujo hasta casa de nuestro amigo, donde lo dejó. Nos despedimos de él y luego ella y yo, nos largamos. 

 En el transcurso del viaje le pregunté a Verónica por qué había dicho aquello, por qué había tratado de engañar indirectamente al pobre de Petrozza. Ella contestó, al tiempo que buscaba sintonizar una estación de su agrado en el estéreo del coche, que sólo lo dijo para que dejara de chingar (sic). Sin embargo Verónica pronunció aquellas palabras de un modo que me hizo pensar que había algo más, otro móvil oculto en todo esto. 

 Bueno, dijo Verónica, ¿a dónde quieres ir? La pregunta me cayó, como siempre, por sorpresa. Yo no pensé un segundo siquiera que luego de dejar a Petrozza Verónica y yo… No me vayas a salir con que adónde tú quieras, interrumpió Verónica mis pensamientos, porque ahora sí te dejo en medio de la calle y me largo. La miré. Lucía bellísima conduciendo su coche con todo el estilo de una mujer que sabe lo que quiere, con carácter, y que es capaz de echar las luces al imbécil que va delante, a baja velocidad (?). 

 Iba vestida con una blusa blanca que dejaba poco a la imaginación, y una falda negra, por encima de la rodilla, que hacía que mi mente se perdiera en las profundidades de mis pensamientos más oscuros. Quiero hacerte el amor, dije. 

 Las palabras salieron de mi boca, por sí solas;  las pronuncié con tanta seguridad que Verónica volteó a mirarme dudando que yo fuese el mismo Salmoneo Gutiérrez que tartamudeaba hasta para decir hola. Luego sonrió, y me estampó un beso en los labios, al mismo tiempo que viraba en la esquina de una calle, y por una fracción de segundo pensé que chocaríamos.  Pero no fue así. Verónica era del tipo de mujer que puede conducir a gran velocidad y en todo eso, maquillarse, hablar por teléfono o besar al copiloto. 

 El beso fue rápido, en todo caso, y luego de él, vino la pregunta: vale, ¿en dónde? Pero toda la seguridad que obtuve en aquellos segundos que lo pronuncié, se vino abajo, cuando la escuché decir vale, ¿en dónde? Esto significaba que sí, que ella estaba dispuesta a hacerlo conmigo, esta noche, en ese momento. Eso quería decir que probablemente en treinta minutos más, ella y yo estaríamos… ¡haciéndolo! Y lo único que me pedía a cambio es que le dijera dónde. Cualquiera en mis zapatos tendría de antemano un montón de lugares donde hacer el amor, pero yo no tenía ni uno solo. No solía pensar en dónde hace el amor la gente. Supongo que lo hacen en sus casas, pero ya se sabía que en la mía no, porque estaba mi abuela, y allí se me acababa el mundo. Luego pensé que la gente suele ir a algún hotel, pero ya Petrozza me había advertido que para ello, en el caso de Verónica, necesitaba desenfundar al menos seiscientos pesos, y yo nunca, pero nunca, llevaba encima más de trescientos pesos juntos. Verónica me echó otra mirada, como diciendo, ¿entonces qué?, y lo solté como si fuese lo primero en venirme a la mente: ¿qué tal tu casa? Verónica lo pensó un par de segundos y luego respondió con un movimiento afirmativo de cabeza. Yo pensé que ella pensó que era lo mejor en mi caso, pues mi casa estaba vetada del sexo, y los hoteles, bueno, supongo que para ella era mejor arriesgarse a meterme a su casa que arriesgarse a meter a cualquier hotel que yo pudiese pagar. 

 Me acarició el muslo y apretó el acelerador. Por un instante me sentí como si yo fuese una quinceañera y Verónica, un lobo feroz. Me sobaba el muslo sin mirarme, y conducía con prisa, como el viejo rabo verde que lleva a su pequeña presa, temiendo que en cualquier momento todo salga mal. 

4

  Si nos encontramos con mi padre, le diremos que vives lejos, y que no tienes coche. Así estará justificado el asilo que te daré, dijo.  Bueno dije, al menos eso no es mentira, vivo muy lejos y no tengo coche. Verónica asintió con la cabeza, acto seguido, hizo abrir el zaguán automático de su casa, e introdujo el coche al garaje, con nosotros dentro. 

 Una vez puesto el primer pie en el suelo, nos recibió una mujer, una empleada de servicio, quien le anunció a la señorita Verónica, que su padre, el Sr. Pinciotti, la esperaba para la cena. A esto, Verónica contestó: Magda, por favor dile a mi padre que tengo visitas, no podré cenar con él. Pero no fue necesario que Magda hiciera aquello, en el instante siguiente apareció su padre, y mirándome dijo: ¿y este quién es? Petrozza me había contado del padre de Verónica, y de sus modales. Buenas noches, dije acercándome y estirándole la mano, mucho gusto, dije, mi nombre es Salmoneo Gutiérrez, usted debe ser el Sr. Pinciotti, qué gusto, Verónica me ha hablado mucho de usted, y… El Sr. Pinciotti me estrujó la mano sin mirarme siquiera, y le preguntó a Verónica que qué planeaba hacer, porque él, la estuvo esperando toda la noche para cenar juntos. Me sentí terrible. Fuera de lugar. Como un ser despreciable, cuya llegada es el anuncio de la fatalidad. 

 Bueno, dijo al fin Verónica, dame un minuto, déjame llegar y cenamos. Luego añadió: Salmoneo no tiene cómo regresar a casa así que le ofrecí quedarse. El Sr. Pinciotti me echó una mirada del la cabeza a los pies, y le ordenó a Magda, que no se habían movido un milímetro, que preparara un cuarto. Acto seguido, el Sr. Pinciotti dio media vuelta y se encaminó dentro de la casa, seguido de Magda que le decía cosas, pero no pude escuchar qué. 

 Maldición, exclamó Verónica, no sé cómo adivina los momentos precisos en los que menos deseo pasar tiempo con él. Ni modo, dijo alzando los hombros. Sí, dije yo tímidamente, y con las rodillas temblándome. Ahora tendría que enfrentarme a esa bestia que según Petrozza era el padre de Verónica. Además que todo este preámbulo hacía esfumarse la ganas de hacerlo que ella había experimentado en el transcurso acá. Se notaba; ni siquiera estaba de buen humor. Y por si fuera poco, yo dormiría en una habitación aparte, y advertido el Sr. Pinciotti, todo sería más complicado. Al menos todo eso pensé.

 5

El Sr. Pinciotti resultó ser menos aterrador de lo que me creía, y más alegre. Incluso llegué a pensar que a ese hombre le importaba poco si yo me acostaba en la misma cama que su hija, y que su orden de prepárame un cuarto no fue con la intensión de mantenernos separados, o de arruinarnos la velada, sino al contrario, se trató de una muestra de atención. 

 Cenamos crema y pasta, y durante la cena el Sr. Pinciotti se mostró educado, como un hombre de pocas palabras, pero educado, y Verónica tampoco habló mucho. Apenas intercambiaron palabras acerca del caso de un pariente suyo, que radica en Italia, y que, según lo que deduje, estaba ansioso por recibir en su casa a Verónica y su prometido una vez se hayan casado. Cosa que no estaba lejos de llegar. Sin embargo no me sentí incómodo con los comentarios, ya Verónica me había dejado las cosas en claro, y lo hablaban con tanta naturalidad que por un momento olvidé que dentro de pocos minutos, probablemente su hija (comprometida) y yo estaríamos desnudos bajo las mismas sábanas. Cosa que tampoco me urgía porque la sobriedad y calidez de la casa de Verónica, con su padre, un hombre exitoso de negocios, y aquella cena exquisita servida en platos de porcelana, me atrapó causando en mí la sensación de cobijo, y me sentía tan bien, que pude haber pasado así mucho pero mucho tiempo, comiendo y escuchándolos hablar de cosas y de viajes que probablemente yo jamás haría en la vida. 

 Luego de cenar, Magda me llevó a mis aposentos y una vez yo dentro, dijo buenas noches, y cerró la puerta. 

 Allí fue donde se me acabó el cobijo y la alegría y me inundó la incertidumbre y la desolación. Poco a poco me desnudé y me metí a la cama. Me recosté boca arriba, y no supe exactamente qué hacer, si dormir o esperar la entrada improvisada de Verónica. 

 Me decidí por esperar con los ojos abiertos en medio de la oscuridad…




3 comentarios:

  1. no habia leido bien estos textos pero son muy buenos, felicidades salmoneo!!!!!!!!!!!

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  2. Empiezo a enamorarme de Salmoneo...

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  3. Me ha encantado, genial...

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