lunes, 28 de noviembre de 2011

París no es una fiesta: Jacques Préver.



Anoche discutimos. Quiero decir que discutimos de verdad, y que más de uno salió pensando del otro, que es un imbécil. Estoy seguro que el poeta Rubén pensó de Petrozza, que era un engreído y un imbécil. De Petrozza no cabe la menor duda, en algún momento se levantó de la mesa y dejó muy claro lo que pensaba. Verónica tuvo que pedirle que no se agitara, y yo se lo pedí también, principalmente porque me considero pacifista, aunque el sentimiento de vergüenza que sentí, fue lo más cercano al odio. Por su parte, el poeta Rubén fue calmado por su compañero, el poeta Miguel Ángel, quien dijo que no valía la pena mancharse las manos con alguien como él (como Petrozza). Rubén también se levantó, y le dijo a Petrozza que fuera a chingar a su madre, y si no fuera porque Miguel Ángel lo detuvo, se le hubiese ido encima. Entonces Verónica miró a Petrozza y éste recobró la calma. Fue una mirada de esas que te hacen pensar que entre ambos hay algo, como un lazo o un vínculo, y que se entienden tan bien que basta una mirada para decirse las cosas. Acto seguido Petrozza anunció que iría al sanitario. Rubén hizo el intento de seguirlo, supongo que con la intención de romperle la cara, pero Miguel Ángel lo detuvo otra vez, y Verónica ordenó la cuenta. Era el momento de despedirnos. 

 Dividimos la cuenta en dos partes, que aludían a los dos bandos, el nuestro, conformado por Martin Petrozza, Verónica Pinciotti y yo, el poeta Salmoneo Gutiérrez; y el de ellos, conformado por los poetas Rubén y Miguel Ángel.  

 A nosotros nos tocó pagar más de la mitad, porque éramos más, pero sobre todo, porque Petrozza había bebido en serio. Hubo alguna discusión al respecto, Verónica abogaba por que ambos bandos pagásemos la mitad, prorrateando la cuenta como buenos muchachos, pero ellos se negaron rotundamente alegando que ni siquiera bebieron tanto. Al final Verónica pagó la parte proporcional a nuestros gastos. Intenté cooperar con un billete de a cien, pero me dijo que lo dejara, y pagó la cuenta toda, a lo que Petrozza no tuvo nada que objetar. Cuando regresó del sanitario la cuenta estaba saldada y ni siquiera preguntó cómo o quién o cuánto había que pagar. 

 Rubén y Miguel Ángel se despidieron de mí, con apretón de manos, y luego de Verónica, con un apretón de manos y un beso en la mejilla, y Miguel Ángel le ofreció disculpas por el comportamiento de Rubén, y dijo estar muy avergonzado, aunque, agregó, tu amigo es un pesado. Rubén también ofreció disculpas a Verónica, defendiéndose so pretexto de que Petrozza empezó con la discusión y él, lo único que hizo fue defenderse. Verónica les pidió que se guardaran sus disculpas, dijo que le importaba poco lo que un par de seudopoetas pudieran pensar de la poesía, o de Petrozza, y ambos quedaron helados ante la respuesta beligerante, fría, cínica y directa de aquella preciosa mujer, que a la distancia uno pensaría una niña, y una amable persona. En el instante que volvieron en sí, o que digirieron la respuesta de Verónica, volvieron a despedirse de mí, con una seña de salutación, y luego miraron a Petrozza, que estaba un tanto lejos de ellos, y le lanzaron un adiós con la mano, a lo que Petrozza contestó con un: ¡que les den, gilipollas¡

 Ni Rubén ni Miguel Ángel dijeron nada, se fueron con la cola entre las patas, y Verónica, como quien lo ha olvidado todo, sugirió que fuésemos a otro sitio a continuar la velada, entre amigos. Petrozza sacó un cigarrillo de la chaqueta, lo encendió y asintió con la cabeza mientras expulsaba por la nariz el humo de la primera bocanada. 

 Eso fue todo lo que ocurrió aquella vez, la primera que vimos a los poetas Rubén y Miguel Ángel. 

2

Caminaba por la calle de Madero, en el centro de la ciudad, en busca de un café o una lonchería donde pudiera refugiarme a escribir mis poemas, y a comer una torta de pollo, o de queso de puerco. Sin darme cuenta llegué al Zócalo, y fue allí donde encontré al poeta Miguel Ángel, que me dijo que esperaba al poeta Rubén, y a una chica, que era músico. Me saludó sin mucho ánimo, creo que miró a ver si yo venía con Petrozza y al no mirarlo se tranquilizó.

 A los pocos minutos, quizá menos de cinco minutos, llegó una mujer, la músico, y Miguel Ángel me la presentó como Lucía. Era una chica morena y de estatura baja, delgada y con medio cráneo rapado. En la otra mitad de cráneo llevaba el cabello hasta la cintura. Vestía de negro y cargaba un estuche, supongo que con algún instrumento musical dentro. Me saludó con la mano, como un hombre; no intentó si quera pegarme un beso en la mejilla, como lo haría una mujer. Inmediatamente después de saludarme, sacó un cigarrillo y pidió a Miguel Ángel fuego, y preguntó dónde demonios estaba Rubén, y se quejó de que siempre debían esperarlo más de la cuenta. 

 Miguel Ángel encendió el cigarrillo de Lucía y caminamos al asta bandera y la chica y Miguel Ángel hicieron visera con la mano a ver si miraban a Rubén venir, y yo dije que tenía mucha hambre, que deseaba ir a una tortería, y que había sido un placer saludarlos. Pero el poeta Miguel Ángel, cuando escuchó la palabra tortería, se le hizo agua la boca, al menos eso fue lo que dijo, que la boca se le había hecho agua, y pidió que esperara con ellos a Rubén y que una vez llegado éste, iríamos todos a una tortería buenísima que él conocía muy bien. 

 Mientras esperábamos a Rubén, Miguel Ángel se puso a describir todas las virtudes de aquella tortería. Dijo que allí preparan unas tortas tremendas de pierna con quesillo, o de pollo con quesillo, o de milanesa con quesillo, o de jamón con quesillo, y una torta a la que ponen de todo, milanesa, jamón, huevo, queso de puerco, salchicha, chorizo… de todo, dijo, y además le ponen quesillo y la llaman Bomba, y no Cubana, como suele llamarse a la torta que contiene todos los ingredientes posibles, y todo lo que quepa entre dos panes. Lo dijo con tanto ánimo, y jalando saliva tantas veces que a mí también se me hizo agua la boca. A Lucía no, ella dijo que una torta así era un asco, y que por su parte prefería las tortas de jamón. 

 Entonces llegó Rubén, y esa fue la segunda vez que miré a los poetas Rubén y Miguel Ángel. 

 Fuimos al lugar sugerido por Miguel, en la calle de Donceles, y yo pedí una torta de queso de puerco. Los demás también pidieron tortas; Lucia de pollo sin quesillo, y los poetas de milanesa con quesillo. Todos acompañamos la comida con una coca-cola, y hablamos de poesía; del poeta Nicanor Parra, de su antipoesía, la cual admiraban ambos, e incluso Lucía dijo haber leído algún poema; La víbora. Rubén dijo que ese poema era buenísimo y recitó los primeros versos, hasta que Miguel Ángel lo interrumpió, y comentó algo al respecto de Baudelaire, y de Verlaine… y como es inevitable al hablar de Verlaine, de Rimbaud. Lucía y yo escuchábamos asintiendo con la cabeza cada que alguno decía algo que nos parecía cierto o interesante. En realidad no dijeron nada nuevo, más bien todo lo que se dice siempre sobre esos poetas en las tertulias literarias: que eran muy buenos, que Rimbaud y Verlaine eran homosexuales, y que Rimbaud fue traficante de armas en África, y que murió jovensísimo. 

 Al terminar de comer fuimos a una fiesta a la calle Hidalgo, en Coyoacan, a donde me invitaron porque irían muchos jóvenes poetas y músicos. Lucía tenía planeado tocar allí con su banda, y yo pregunté si podía invitar a un amigo. Lucía dijo que sí, que a los que quisiera, pero Rubén preguntó si no sería a mi amigo ese, el tal Petrozza. Bueno dije, es el único amigo que tengo, y el único que estaría dispuesto a venir a una fiesta en martes, a las cuatro de la tarde. Miguel Ángel le pidió a Rubén que no se alarmara, y me dijo que sí, que podía llamarle y podía venir, que por su parte no le guardaba ningún rencor, y agregó que si podía traer a Verónica, mucho mejor. Lo dijo con una risilla de morbo, y me dije que no la haría venir aquí, para que este par de idiotas la violaran mentalmente. Así que saqué mi teléfono móvil y llamé a Petrozza. 

3

Petrozza llegó directo al domicilio de la fiesta, a eso de las seis de la tarde, porque según él hubo mucho tráfico, pero yo sé que se quedó dormido. Lo sé porque le conozco y porque venía con el cabello aplastado de un lado. Aunque quizá también hubo mucho tráfico; Petrozza no mentiría por algo así. 

 El poeta Miguel Ángel se acercó a saludarlo, y Petrozza hizo como quien no recuerda, y lo saludó como a un recién conocido. Luego se acercó Lucía, y los presenté. Petrozza le pidió que se quedara con nosotros, que lo pasaríamos muy bien (vago intento de ligar), pero Lucía dijo que debía irse porque su banda ya estaba por comenzar a tocar, y ella no había instalado su instrumento (que era un teclado pequeñito). Petrozza le preguntó qué música toca su banda y Lucía respondió que eran una mezcla de rock alternativo, gótico, y un poco de heavy metal, pero que debía escucharlos para hacerse una idea, porque no podían definirse en ningún género existente. Aquí Petrozza volvió a abrir su bocota, y dijo: eso es más o menos lo que dicen todas las bandas al respecto de su música: que no encajan en ningún género, y que uno debe escucharlas para hacerse una idea. Lo malo es que una vez que las escuchas, todas son iguales: una mierda

 Lucía no supo qué decir, y yo reí exageradamente, dando a entender que lo dicho por Petrozza sería una broma, pero ni Miguel Ángel ni el mismo Petrozza rieron. Petrozza dio una calada al cigarrillo que fumaba, y Miguel Ángel me miró, como diciendo: es tu amigo, es tu bronca. 

 Lo peor del asunto es que justo en ese momento, en el momento de la tensión, el poeta Rubén se acercó a nosotros, y logró entender que algo malo estaba pasando, y no le costó trabajo suponer que el mal tenía que ver con Martin Petrozza, que estaba allí parado como el que más, fumando, en silencio, y con la mirada casi discretamente posada sobre las tetas de Lucía. ¿Todo bien?, preguntó Rubén, y yo fui el primero en asentir con la cabeza y en decir que sí, y en jalar a Petrozza y llevarlo a otro lado. 

 Una vez aparte le dije que por favor ya no dijera nada, o que nos metería en un problema. A lo que respondió, que qué coños me pasaba. Dijo que él no había dicho nada malo, que lo único que hizo fue decir la verdad, la mayoría de las bandas de garaje son una mierda, y todas creen no encajar en ningún género existente y ser muy originales. En todo caso, continuó, yo no he dicho que la banda de esa chica sea una mierda, sólo he dicho que la mayoría lo son. Tuve que explicarle que la gente no suele saber escuchar, ni entender, que en efecto él no había dicho nada directamente de la banda de Lucía, pero las personas suelen ser un poco tontas a la hora de entender, y suelen tomarse todo personal y muy a pecho. Petrozza alzó lo hombros y dijo: ese no es problema mío. Bueno dije, en eso tienes razón, pero, vamos, no nos metamos en problemas por algo que no vale la pena, ¿quieres? ¿Problemas?, preguntó sarcásticamente, yo no veo ningún problema, dijo, yo no tengo ningún problema… dio una chupada al cigarrillo… los que tienen problemas son esos. Señaló a Rubén y a Miguel Ángel que estaban de pie, cerca del pequeño escenario improvisado a la espera de la banda de Lucía. 

 Los siguientes siete minutos pensé en las palabras de Petrozza. Después de todo tenía un poco de razón, no había dicho técnicamente que la banda de Lucía fuese mala, únicamente habló de un fenómeno general, al que Lucía y su banda estaban expuestos, pero no los sumergió en la mierda. Y la otra noche, siendo estrictos, tampoco insultó directamente a Rubén al decir que sus poemas eran embriones muertos, pues Rubén se consideraba un poeta viceral realista. Petrozza estaba en lo cierto, hacer un poema que intenta ser el reflejo de un género poético muerto hace muchos años, es como un dar a luz a un niño muerto. Con todo esto en mi cabeza me prometí que si Petrozza volvía a decir algo así, esta vez no me avergonzaría y hasta lo defendería porque no hacerlo era traicionar a un amigo, y faltar a la verdad, y a la lógica. 

 4

La oportunidad de demostrar si yo era fiel a mí mismo, y a lo que me había prometido, no tardó demasiado en llegar. 

 A las ocho y media de la noche, Rubén y todos estaban hechos unas cubas, y formaron un grupo para platicar, al que nos integramos con cierta reserva Petrozza y yo. El tema era la literatura, particularmente la poesía chilena, y había quienes estaban a favor de Parra (Lucía y dos integrantes de su banda), de Neruda (un par de chicas, estudiantes de Letras), Bolaño (por supuesto Rubén y Miguel Ángel), Eduardo Anguita (el bajista de la banda de Lucía), y de Federico Schopf (un chico greñudo y borrachísimo que sólo sabía gritar el nombre de su poeta chileno favorito y alzar el puño, como si el poeta fuese una estrella de rock). 

 El problema saltó a la mesa cuando una de las chicas amantes de Neruda, dijo que Neruda era el poeta más dulce y exquisito, y el más prolifero y trascendental de todos los poetas chilenos. Petrozza rió, sinceramente, y exclamó algo que nadie entendió, pero que todos comprendieron como un insulto, o una queja, o una burla. Sobre todo como una burla. 


 Todos voltearon a mirarlo, advertidos por Rubén, de ser un engreído y un imbécil. Entonces uno, creo que el guitarrista de la banda de Lucía, y que estaba a Favor de Parra, le preguntó que qué mierda había dicho. Yo tragué saliva en espera de la respuesta de Petrozza, y dispuesto a defenderlo como buen compinche y compañero de letras. Petrozza respondió: he dicho que sí. Todos quedamos mudos, no es eso lo que esperábamos, pero luego continuó: sí, Neruda es dulce y exquisito, y es el más prolifero y transcendental… Todos asintieron con la cabeza, y la chica que había dicho aquello sonrió… pero Petrozza no había terminado. Agregó: lo que lo convierte en el menos poeta de los poetas chilenos, y en el arquetipo del poeta bonachón y pusilánime. Entonces todos regresaron la vista a mi amigo, y la otra chica que también estaba a favor de Neruda le pidió que se explicara. 

 Bueno, hay un momento en la vida de un hombre en que uno tiene que hacer, lo que un hombre tiene que hacer. Aquí tomé la palabra yo, dispuesto a salvar a mi camarada de sus propias palabras, sin avergonzarlo, y defendiéndolo sobre todas las cosa, y contra toda corriente. Me acerqué al centro del círculo y dije que Petrozza tenía razón, y recité el siguiente discurso: 

 Pablo Neruda es uno de esos hombres cuyos poemas aprendemos en el colegio. Resulta que amaba las flores, los pájaros, los barrios del viejo París, etc. Pensaba que el amor alcanzaba su plenitud en un ambiente de libertad; en general, estaba más bien a favor de la libertad. Llevaba gorra y fumaba Gauloises; a veces la gente lo confunde con Jean Gabin; por otra parte, fue él quien escribió los Los verso más tristes esta noche, etc. También escribió 20 poemas de amor y una canción desesperada, considerado su obra maestra. Todas éstas son buenas razones para aborrecer a Pablo Neruda; sobre todo si uno lee los guiones que Antonin Artaud escribió en la misma época y que nunca se rodaron. Es lamentable comprobar que ese repugnante realismo poético, cuyo principal artífice fue Neruda, sigue causando estragos, y que la gente se lo atribuye a Leos Carax como si fuera un halago (del mismo modo que Rohmer sería sin duda un nuevo Guitry, etc.). De hecho, el cine francés nunca se ha recuperado de la llegada del sonoro; acabará enterrado por su culpa, y bien está.

 En la posguerra, más o menos en la misma época que Jean-Paul Sartre, Pablo Neruda tuvo un éxito enorme; a uno le impresiona, a su pesar, el optimismo de esa generación. En la actualidad, el pensador más influyente sería más bien Cioran. En aquella época escuchaban a Vian, a Brassens... Enamorados que se besuquean en los bancos públicos, boom de natalidad, construcción masiva de viviendas de protección oficial para alojar a toda aquella gente. Mucho optimismo, mucha fe en el porvenir y un poco de imbecilidad. Es evidente que nos hemos vuelto mucho más inteligentes.

 Neruda tuvo menos suerte con los intelectuales. Sin embargo, sus poemas rebosan de esos estúpidos juegos de palabras que gustan tanto; pero es cierto que la canción es, como suele decirse, un género menor, y que hasta los intelectuales tienen que distraerse. Cuando abordan los textos escritos, su auténtico medio de sustento, se vuelven implacables. Y el "trabajo del texto", en Neruda, siempre es embrionario; escribe con nitidez y verdadera naturalidad, a veces incluso con emoción; no le interesan ni la escritura ni la imposibilidad de escribir; su gran fuente de inspiración es, ante todo, la vida. Así que, con pocas excepciones, se ha salvado de las tesis de tercer ciclo. No obstante, ahora ha entrado en la Pléiade, lo cual constituye una segunda muerte. Ahí está su obra, completa y fijada. Es una magnífica ocasión para preguntarse por qué la poesía de Neruda es tan mediocre, hasta el punto de que uno siente a veces, al leerla, una especie de vergüenza. La explicación clásica (porque su escritura “carece de rigor”) es completamente falsa; en realidad, a través de sus juegos de palabras, de su ritmo leve y nítido, Neruda expresa a la perfección su concepción del mundo. La forma es coherente con el fondo, que es lo máximo que se puede exigir de una forma. Por otra parte, cuando un poeta se sumerge hasta ese punto en la vida, en la vida real de su época, juzgarle según criterios meramente estilísticos sería un insulto. Si Neruda escribe, es porque tiene algo que decir; eso le honra. Desgraciadamente, lo que tiene que decir es de una estupidez sin límites; a veces da náuseas. Hay chicas bonitas y desnudas, hay burgueses que sangran como cerdos cuando los degüellan. Los niños son de una inmoralidad simpática, los gamberros son seductores y viriles, las chicas bonitas y desnudas entregan su cuerpo a los gamberros; los burgueses son viejos, obesos, impotentes, están condecorados con la Legión de Honor, y sus mujeres son frígidas; los curas son orugas viejas y asquerosas que inventaron el pecado para impedir que vivamos. Ya sabemos todo esto; podemos preferir a Baudelaire. O incluso a Karl Marx, que por lo menos no se equivocó de diana al escribir que “el triunfo de la burguesía ha ahogado los estremecimientos sagrados del éxtasis religioso, del entusiasmo caballeresco y del sentimentalismo barato bajo las aguas heladas del cálculo egoísta”. La inteligencia no ayuda en absoluto a escribir buenos poemas; sin embargo, puede impedir que uno escriba poemas malos. Pablo Neruda es un mal poeta, más que nada porque su visión del mundo es anodina, superficial y falsa. Ya era falsa en su época; ahora deslumbra por su nulidad, hasta el punto de que toda su obra parece derivarse de un tópico gigantesco. A nivel filosófico y político Pablo Neruda es, sobre todo, un libertario; es decir, fundamentalmente, un imbécil.

 Cuando terminé mi discurso, Petrozza soltó unas terribles carcajadas de emoción, y me palmeó la espalda como a un campeón, y dijo que yo era grande, muy grande; me abrazó y acercando su cara a la mía (pensé que me besaría) me guiñó el ojo, y sonrió en complicidad. 

 Algunos, a pesar de que estoy seguro de que no entendieron un carajo de lo que dije, aplaudieron. Y otros, entre ellos la chicas amantes de Neruda y Rubén, que resultó ser muy amigo de una de ellas, de la que quedó humillada por Petrozza y mi discurso, se enojaron al grado de llamarnos presumidos, falsos intelectuales, petulantes, y academicistas. Sin embargo ninguna de sus acusaciones era verdadera, sobre todo la última. 

 Aquí fue donde lo comprendí, donde comprendí por qué Petrozza actúa así la mayor parte del tiempo, y es que casi todos los poetas que conocemos, todas las personas que dicen amar la literatura, o escribir verso o prosa, o lo que sea, resultan ser como estos chicos, unos asnos. Esto significa que ninguno de ellos dinamitó en las verdaderas grietas de mi discurso, que era un truco lleno de puntos débiles y que cualquiera un poco mas instruido en la poesía o la literatura (cosa de la que se jactaban estos poetas) hubiese deshecho sin ningún problema, y dejándome en ridículo. 

 Y Petrozza se carcajeaba, se reía de ellos en sus caras, y no lo entendían, y por un instante yo también reí, sin miedo a lo que pudieran pensar, y sentí dentro de mí la sensación de la felicidad sin remordimiento de culpa, pues ¿qué culpa tenía yo de que ellos no supieran quién es Jacques Prévert?





8 comentarios:

  1. Duelo de Egos enfrentados. Pero lo bueno de los Artistas-con mayúcula-, es que no suelen durarles en el tiempo sus enfados-salvo en raras excepciones-.

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  2. Muy profundo y tan bello como lo tiene que ser tu alma,cuídate mucho besos.

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  3. Buena y extensa crónica. Muchas gracias por tu aporte. Stefany.

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  4. Buen blog, aún no conocía a Jacques Prévet, gracias. :D

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  5. Luis Mardones Mancilla1 de diciembre de 2011, 22:31

    Nunca podría llamarse poeta; quien practica la violencia, los malos pensamientos, la envidia , el rencor,etc. Los poetas convivimos con la Naturaleza, que está en armonía.

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  6. Jajaja!! Que perversamente bueno...

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  7. La poesía solo se comparte con la armonía?????
    Vaya... eso si es nuevo.

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