sábado, 5 de noviembre de 2011

La polilla en el aljibe.


Texto por: Agus D'Guez


Era el mediodía de un otoño encendido y no había una sola nube que se interpusiera con su tejado. Se despertó cuando el huevero rodeaba la manzana con su ranchera modelo setenta y cuatro, vociferando con alto parlante las ofertas de la semana. Revisó la heladera y advirtió que era imperante salir a buscar el almuerzo con prisa, porque era domingo y los negocios cerraban temprano.


Para matizar el placer de transitar —como suele suceder en la cotidianeidad de la existencia—, se topó a doña Serrezuela, una señora mayor que apesta de olor a naftalina y a la cual se le concede el honor de bruja y esotérica, por mantenerse oculta y solitaria en su palacete del siglo diecinueve, rodeada de gatos y palomas. Según dicen los rumores, el hedor a naftalina que mana de sus poros, se debe a que no hace más que mantener la ropa de su difunto en el mejor estado posible. Con inmensurable obsesión dobla y desdobla, lava, seca y plancha cada prenda, cada semana.


Aquel apacible día, la señora se encontraba dispuesta tras la verja de su fortín, tiesa, con su cabello blanco y su piel marchita, vislumbrando la vereda. Al verlo pasar lo tomó por sorpresa, suplicándole que la asistiera en el patio trasero, pues le urgía retirar un árbol seco y aplacar los yuyos que no la dejaban caminar.


 —Puedo pisar una ramita y caer al piso sin resistencia —lo convenció en suplicio desesperado.


Al joven le pareció dudosa petición, luego de tantos años de ascetismo aletargado; o al menos extraño, no se condecía con su fama de preservar el pasado y los recuerdos entumecidos en cada partícula de su ser. Aun así, se comidió a realizar el esfuerzo; sería sin dudas una experiencia reveladora. ¿Acaso iba a ser el único en dar un paso al interior de esa casa, luego de que la abandonara el occiso, por causas que nadie llegó a esclarecer? Era quizás, la única oportunidad de cotejar los hechos y despejar rumores, o por caso, reforzarlos.
Al ingresar, el encierro se le filtró por la carne hasta los pulmones; de pronto se le clausuró la boca y solo podía respirar con esfuerzo. La mugre y el desorden desecharon la teoría del aseo enfermizo. Inquieto, se preguntaba a qué actividades destinaba la anciana sus horas, pues no encontraba rastros de quehacer alguno.


Asombrado, ante una hilera de bolsas de naftalina dispuestas contra una pared, le preguntó si tenía problemas con las polillas. Sin vacilar y con mayor lucidez de la que hubiera mostrado en ocasiones anteriores, le respondió que en efecto no, y que de hecho jamás había visto una. El joven se quedó paralizado contemplando la pila de sacos, cuestionando su presencia y la contrariedad que suponían. No tuvo tiempo de sacar conclusiones; ella interrumpió sus cavilaciones explicando que su marido comercializaba el producto y por eso las tenía almacenadas. Le mostró que debajo de la cama tenía alrededor de cuarenta paquetes, en el ropero unos cincuenta más y en un cuarto con herramientas habría otras doscientas apiñadas en un rincón.


El patio estaba extremadamente abandonado, aun así, no fue difícil rebajar el pasto. El tronco, que era de un mandarino reseco, ya estaba escuálido y débil. Quizás por eso lo quería sacar, pues recordaba la vejez que antecede el último paso de la vida.


Antes de marcharse, la anciana intentó pagarle estirando el brazo con agilidad y sin rodeos. Él se resistió, hasta comprender que sería en vano. No quiso contrariarla porque, agotada súbitamente, apenas si le alcanzaba la voz para susurrar. Tomó el sobre y se marchó. Al salir escuchó el teléfono y doña Serrezuela no tardó ni un segundo en cerrar la puerta tras de sí.


Llegó a su casa ofuscado. Esperaba más de la experiencia y resultó que era una abuela más. Se quitó la ropa y abrió la ducha. Bajo el agua tibia sintió relajar su cuerpo. Giró su cabeza hacia arriba y cerró los ojos en gesto de aplacamiento… algo comenzó a tomar forma en su conciencia. Dibujándose entre las sombras internas de sus párpados, en la oscuridad de las pupilas, pudo divisar la forma de una polilla batiendo apenas sus alas, como posada en el centro mismo de sus pensamientos. Le restó importancia. Asoció las bolsas de naftalina con esa imagen sin precedentes, dando digno justificativo a su procedencia. Mas luego, al revisar los bolsillos del pantalón para meterlos a la máquina lavadora, se dio con el sobre de la anciana, que por el cansancio y la desidia con que lo había recibido, no lo tenía presente. Y vaya sorpresa que se llevó al encontrar adentro una polilla reseca y mucho más dinero del que pudiera ganar un jardinero en dos meses. Permaneció inmutable por un momento, escrutando alternativas. La vieja no estaba loca, más allá de los rumores, pudo comprobar que era coherente al hablar y lo suficientemente consciente para saber qué día era, quién era él y cuánto valía el dinero. Era difícil vaticinar si aquella fina capa de billetes de gran valor, pudiera ser causa de una confusión senil. Igual sintió cargo de conciencia por recibir tal suma y no retornarla de inmediato, puesto que un error por parte de la vetusta era posible. Por otro lado, ya era tarde para regresar, de seguro estaría durmiendo.


Se acostó. Aunque… algo se le estaba pasando por alto.


—¡Claro! —advirtió—. ¡La polilla!


 La anciana le aseguró no haber visto una jamás. ¿Era factible que no se percatara de aquella en el interior del sobre?


Al día siguiente, cerca de las siete de la tarde, se acercó a su casa y tocó el timbre dos veces, pero no le atendió; pensó que habría salido de compras. Fue hasta su casa con la intención de regresar en una hora, pero inadvertidamente se quedó dormido, y cuando despertó, de nuevo era tarde. El martes pasó por la mañana y golpeó la puerta por si acaso no anduviera el timbre, o se hubiera quedado sin electricidad, y tampoco le respondió. Más tarde, al regresar del trabajo, tocó y golpeó nuevamente, en vano. Buscó su número en la guía y optó por llamarla; nadie contestó. Al no encontrar señales de vida, se comunicó a la seccional y habló con el oficial Sánchez. Este le aseguró que si al día siguiente continuaba sin respuesta, irían a la casa y lo llamarían como testigo para dar ingreso a la misma, dando fin al misterio que alimentaba el rumor de su deceso.


Por algún motivo que trasciende el entendimiento de las cosas comunes, aquel joven trabajador, ordinario, que difícilmente cometía descuidos, raramente era osado o atrevido y carecía de toda impronta aventurera, decidió que no podía esperar hasta la mañana siguiente. Hubo algo hipnótico en las perillas de aquellas puertas, en los vitrales de las habitaciones y el aire, que lo cautivaron como un hechizo.


La empresa no resultaba de mucha dificultad, llegaría furtivamente por los techos; solo había una casa de por medio y estaba desocupada. Juraba que las persianas de las habitaciones estarían abiertas, como el día en que fue a brindarle su ayuda…; nunca más se lo vio.


Nadie supo de su destino. Y se desperdigaron rumores tan rápido como esquirlas en una batalla, todos, lejos de lo que aconteció en realidad, porque nadie hubiera podido suponer o imaginar, que las cosas más extrañas, son las que ocurrieron en verdad.


Esa madrugada, tras meditar brevemente sobre los planes a seguir y sin medir demasiado las dimensiones de sus actos, emprendió la palestra para ascender a su techo. Atravesó la medianera hasta la terraza vecina y se condujo rápidamente hacia la pared por donde debía descender al patio de doña Serrezuela. Antes de tomar coraje para traspasar esa barrera invisible de un salto al jardín, se detuvo ante una avalancha de sensaciones desconocidas. Intuyó que habría un antes y un después. Presagiaba algún suceso extraordinario, oculto e ignorado, mientras no traspusiera ese umbral imaginario.


Se aferró con ambas manos al canto de la pared y se dejó caer, flexionando las rodillas al golpear contra el césped reseco. Tras pisotear algunas plantas silvestres, se encaminó hacia la puerta trasera de la casa. Como lo había predicho, estaba abierta, al igual que las persianas. Supuso, por el descuido de las aberturas, que la vieja efectivamente yacía en plena faena espiritual, lejos de su cuerpo achicharrado.


Ya sumergido en el centro del comedor, inmerso en las tinieblas cual si fuera un ciego, se dispuso a tantear la pared hasta dar con algún interruptor de luz. En ese momento lo sacudió un sorbo tibio y fragante a naftalina que le penetró hasta los huesos. ¿Estaría cerca de una pila de bolsas? ―dudaba― De pronto sintió que algo rozaba su cuello. Hubiera deseado que fuera uno de los gatos que rondaban la casa, sin embargo, cuando la vista se le acostumbró a la oscuridad, pudo notar que eran los cabellos salvajemente despeinados de la anciana, los que le acariciaban la piel. Ella se encontraba de pie, a tan solo dos centímetros de su cara, sin decir una palabra, observándolo, suscitando temor desmesuradamente con su postura endiablada. Un escalofrío recorrió su espalda y la sangre le pareció coagular de repente; contuvo con pesar un grito que de haber salido expelido, hubiera sido un aullido fantasmagórico.


Salió desparramado a trepar la pared… sin éxito. La anciana le dijo que ya era tarde para escapar, que su destino estaba fijado. Aterrado y consternado, no comprendió el motivo de estar ahí, debía trabajar temprano y era sumamente responsable. Se aferró a los recuerdos de su rutina, intentando escapar de aquel suceso indescriptible, mientras la vieja continuaba aseverando que las polillas lo habían marcado.


—¡Usted está loca…! —exclamó luego, recobrando el sentido y la calma.


—¡Nadie aquí está loco! —replicó la octogenaria—. Ellas son las que han venido a matarnos, tal como lo hicieron con mi marido. Son las que devoran el tiempo, al igual que tu ropa y mis vestidos. Son quienes con su polvo de olvido, destiñen las vidas de los desprevenidos, de aquellos que han estado dormidos, sin poder recuperar lo que han perdido. Ahora que tú lo sabes, vendrán a buscarte; ya tú las soñaste y no puedes escapar. Cualquiera que traspase este portal morirá... de aquí nunca saldrás.


El joven, azorado y pálido, retrocedió cuatro pasos para mensurar lo que sus oídos creían haber escuchado; convencido de la falacia de aquel monólogo; envuelto por una brisa de silencio y los ojos de la anciana que refulgían en tono lunar.


De repente, una polilla se atravesó volando sobre su cara amalgamada, y él, enceguecido, la siguió con el fin de atraparla y demostrarle que solo era una indefensa mosca sobrealimentada, cubierta de un talco horrendo y pegajoso. Compenetrado en la tarea, llegó ágilmente hasta un recodo al final del perímetro, donde detrás de un arbusto alto y tupido, se erigía hasta sus rodillas un aljibe, seguramente utilizado de antaño por los habitantes de aquella tenebrosa morada. El diminuto animal se posó en su canto de adoquín.


Quizás la oscuridad entorpeció su visión; o tal vez la premura con que actuó para pasar el mal trago no le dejó notar esa rama saliente del piso, que le tomó por el empeine, lanzándolo súbitamente hasta el fondo de aquel abismo cuando se abalanzó tenazmente a la captura de la indómita criatura. Es difícil concluir cual fue la verdadera razón de su desgracia, pero así fue que desapareció, desvanecido en un grito ahogado y aterrador… condenado quizás, ante la fuerza de un misterio imponderable.


Al día siguiente, la policía se apersonó en dicha vivienda. El oficial Sánchez tocó timbre y, sin demoras, la vetusta salió en camisón hacia la puerta de calle. Tras haberle informado el oficial, sobre la denuncia efectuada por su falta de respuesta ante los llamados de los vecinos, ella replicó ligeramente que no había escuchado nada, aludiendo una sordera temporal, seguida de un malestar que la depositó en la cama durante varios días. Manifestó que ya se encontraba en buen estado. 




3 comentarios:

  1. Sin lugar a dudas me encantó, es un texto que me recuerda a los cuentos y novelas goticas como el castillo de otranto, los misterios de udolfo, otra vuelta de tuerca... Tiene ese lenguaje que a veces ya no usamos por entrar en lo meramente crudo, y vaya que es dificil usarlo sin caer en lo exagerado, espero mas cuentos de Agus D'guez

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  2. Alicia Susana Baigorria6 de noviembre de 2011, 23:05

    me atrapó....ahora...la segunda lectura....genial!!!!

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  3. Gracias por sus comentarios!
    Con ellos uno advierte aun más, lo que destaca de su obra y hasta de sí mismo. Sirve para crecer y mejorar, pulir y potenciarse!
    Un saludo!

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