lunes, 14 de noviembre de 2011

La colegiala, Betty y los celos injustificados.



En la adolescencia me enamoré de una rubita preciosa de diecisiete años, y ahora, en aquel instante, volvía a enamorarme de una rubita de diecisiete años. Supongo que uno nunca deja de enamorarse de esas rubitas de diecisiete años. No importa si tú tienes treinta o cincuenta tacos, esas carnes frescas y rosadas, esos culos carnosos y esos pequeños senos son y serán siempre un sueño húmedo...

 Cuando le conté a Betty de aquella linda colegiala, hizo una mueca de desprecio y me pidió que le sirviera otro whisky en las rocas. Luego agregó que una niña de diecisiete años sería una boba, y una lenta. Ya dije, qué más da si tiene semejante cu... Pero Betty me interrumpió. ¡A que no te he contado!, exclamó. ¿El qué?, pregunté falsamente sorprendido. Ya me lo esperaba. Nuestra relación se basaba principalmente en charlas acompañadas de alcohol dentro de mi casa, y en mi terrible insistencia por follar. Insistencia a la que Betty se negaba rotundamente porque ella no deseaba dar un sólo paso más allá de la amistad conmigo. Se lo pasaba repitiéndolo: somos amigos. Nada personal, decía. En realidad no quería involucrarse con nadie que no fuese millonario; la idea del amor de Betty incluía alguna buena fortuna, y a un príncipe encantador. Aunque el príncipe era prescindible si la fortuna era cuantiosa. Y yo estaba muy lejos de ser todo eso. 

 Así que Betty se pasaba de vez en vez por mi casa, en ocasiones con alguna botella de whisky, y me contaba un montón de historias sobre cómo algún hombre guapo y adinerado había puesto el ojo en ella. Mientras tanto yo asentía desanimado con la cabeza, y me bebía la botella pensando en alguna otra cosa, o en cómo podía llegar a ser tan histriónica, y tan pusilánime. 

 Aquella vez me contó, noticia sorprendente, que su madre resultó ser amiga de una señora que a su vez era amiga de un señor, cuyo primo era un tío adinerado, un empresario, y padre de un chico de la edad de Betty. Y que esa señora había arreglado un encuentro entre ese chico y Betty. Ya dije, ¿y de qué empresa es empresario ese señor? No lo sé respondió, eso es lo de menos, el caso es que Rubén y yo nos conoceremos y estoy emocionada. Asentí con la cabeza y encendí un cigarrillo. Betty siguió con el rollo de ese tal Rubén y a los pocos minutos dejé de pensar en ello, en todo lo que ella decía, y pensé en la rubita de la otra vez… 

 La conocí en San Ángel, dije de repente, ¿no te parece curioso? Betty suspiró. Ya había notado que yo no le prestaba la menor atención, y suspiró. ¿Qué es curioso?, preguntó resignada. Si quería que yo continuase escuchándola, tendría que ponerme un poco de atención. La amistad, que tanto pregonaba entre nosotros, se basa en habla y en escuchar, hablar pero también escuchar, y ella ya había hablado suficiente. Es curioso que la haya conocido a ella, dije, que es un ángel, en San… Betty se levantó dejándome con la palabra en la boca. La miré mover el culo hasta la cocina. Se fue a la cocina y desde allí me gritó que siguiera, que estaba escuchándome. 

 Caminaba por la calle empedrada de San Ángel, dije mientras ella servía una ronda más de bebida, aquella calle empedrada con piedras de río y que está llena de restaurantes elegantes, ¿la conoces? Betty gritó que sí, que era una calle muy bonita y que pensándolo bien, no sería mala idea conocer a Rubén en uno de esos lugares. Ignorando su comentario, continué: no iba sola, iba en grupo; un grupo de cuatro tías menores y calientes, todas ellas vestidas en el uniforme azul de algún colegio de paga. Pero no podría ser de un colegio de mucha paga, espectacular, porque… vamos, esas tías no andan solas por la calle (hice una pausa para dar una calada al cigarrillo). Se trataba, más bien, de un colegio de poca monta, y ellas, las tres, sentíanse estrellas hollywoodenses paseándose por esa calle llena de glamur. Ninguna de ellas llegaba a los veinte años y lo sabías, lo olías, y te mojabas de mirarlas con esas calcetas ajustadas, esas faldas encima de esos culos, y esa juventud exacerbada y radiante (Betty chasqueó la boca). Esas sonrisas y esos ojos. Esos cabellos dorados bailando al compás del viento... Para, para, exclamó Betty, no puede ser para tanto, unas niñas bobas, por Dios. Lo dijo al tiempo que se sentaba en el sofá y me estiraba un vaso con whisky. Bobas si tú quieres, dije, pero buenísimas.  

 Saqué un cigarrillo de la chaqueta y lo encendí. Betty no decía nada. No hablaba de Rubén y tampoco me pedía que le contara más de la colegiala. Se limitaba a beber y a echarme miradas que no supe cómo interpretar. Así que decidí seguir narrando la cosa: 

 Tenía frente a mí a un cuarteto de jovencitas y alguna de ellas tendría que ser mía, pensé, porque una cosa así no es algo que Dios te ponga todos los días. Quiero decir que esas cuatro iban contoneándose por la calle, y querían que uno las mirase. Querían ser el centro de atención, y que un hombre las invitase a salir o algo. Quizá tenían en mente algún chico de su edad, pero yo me apunté de todos modos. Comencé a seguirlas sin que lo notaran. 


 Aquí Betty dijoque yo era un cabrón de mierda, un pervertido y un calentorro irremediable. 


 Bajaron por esa maldita calle, llegaron a Insurgentes y viraron a la derecha, seguí. Yo hacía que hablaba por teléfono en un tragamonedas y fumaba mi cigarrillo al tiempo que por el rabillo del ojo, las observaba. Había una en particular, con un culo particularmente bueno, y más rubia y más rosada. Así que yo iría por ella. Pero no sabía muy bien cómo acercarme. Las miré caminar por Insurgentes unos metros más, y luego dar vuelta en U. Me dio la impresión de que no sabían muy bien dónde coños estaban. Regresaron a la calle de las estrellas, y caminaron cuesta arriba. Hasta llegar a Revolución, y allí doblaron a la derecha, otra vez, y dos de ellas se despidieron de las otras dos, y abordaron un transporte público. La mía, la del culo más hinchado (Betty preguntó que si por fuerza tenía que expresarme tan vulgarmente) fue una de las que abordó. Miré el camión arrancar e irse. Pero no me detuve, corrí y corrí tras el maldito camión, hasta tuve que aventar el cigarrillo, dije, cuando finalmente un semáforo en rojo hizo detener al coche que llevaba mi presa, y pude subir, abordar el camión, y sentarme detrás de ellas. Dios santo, el solo olor de sus cabellos me causó una erección. 


 Betty dijo que a mí todo me provoca erecciones, y es verdad. Yo mismo le había mostrado a Betty cómo se levanta la cosa sólo de pensar en ella (en Betty), o en cualquier otra mujer, o situación. 

 Luego me pidió que le estirara un cigarrillo, y eso hice. Betty lo encendió y dijo: pues yo creo que iré de compras, a por un vestido, para la cita con Rubén. Ya dije, ¿ahora mismo? Ahora no dijo, más tarde, pero antes me daré un baño, y debo ayudar a madre. Ya dije, ¿ahora? Sí dijo, será mejor que vaya ahora. Ya dije, bueno. Y me levanté para abrir la puerta y despedirme de Betty. Betty pegó su mejilla a la mía, y se largó. Yo me quedé asombrado. Betty jamás se iba antes de la quinta copa. 

2


Logré enterarme gracias a la conversación que sostuvieron las niñas delante de mí, que mi princesa se llama Rebeca, y vive en un apartamento en Colinas del sur, dije, y Betty contestó: ¿Te dije que Rubén es Géminis? Ya dije, ¿cómo te has enterado de algo así? La amiga de mi madre le preguntó a su amigo por el cumpleaños de Rubén, y es el 23 de junio. Ya dije, qué bien. Lo que Betty quería decir es que según las leyes de la astrología, Rubén y ella eran altísimamente compatibles, pues ella es Libra, y él es Géminis. Bueno dije, el caso es que la amiga de Rebeca se bajó poco antes de los arcos de Colinas, y la dejó sola. Yo seguí el viaje hasta los arcos, donde Rebeca bajó, y yo bajé también. Supuse que tomaría algún otro transporte pero no fue así, bajó caminando y yo la seguí, y la miré doblar en alguna calle llamada Calzada de la serranía, o algo, y meterse en un edificio. Ella también me miró, y cuando lo hice, no le quite la mirada de los ojos. Eran unos ojos miel, hermosos, y ese maldito culo… Dios, una cosa así es un pecado. Lástima que falta tanto para junio, dijo Betty, si no, le daría un regalo muy especial a ese Rubén. Pronunció la frase muy especial con una malicia que sugería alguna clase de regalo sexual. Dando a entender que en el cumpleaños de Rubén, Betty se la chuparía o algo. 

 ¿Quieres una cerveza?, le dije a Betty levantándome del sofá. Sí dijo, pero ¿no tienes limón? Ella sabía perfecto que yo no tenía limón, que muy pocas, pero de verdad muy pocas veces yo tenía limón. No, respondí, y ella se quejó, como si del limón dependiera toda su felicidad. Habíamos bebido tantas veces sin limón, y nunca lo habíamos deseado, que aquello era un absurdo. Se lo pasó quejándose de que no tuviese limón todo el maldito tiempo. Tanto que tuve que decirle que si tanto quería uno, ya podía irse a cogerlo de su propio refrigerador. La idea no era descabellada, Betty vivía a dos pisos del mío y no hubiese tardado nada en hacerlo, pero se ofendió como si la hubiese insultado de la peor manera. Se largó echando leches, y dijo que yo era un desconsiderado. 

 Betty está actuando muy raro últimamente, pensé, no deja de interrumpir mis pláticas con ese maldito Rubén, y se altera por todo, como si yo la tratase de la peor forma. Pero no le di la mínima importancia, en vez de eso, miré la hora y pensé que fue mejor que se largase, porque ya se me hacia tarde. Eran cuarto para las dos y yo debería de estar ya en la parada de los arcos de Colinas, esperando a mi presa. Porque había ideado un plan de conquista, y el primero de los pasos, era presentarme a Rebeca, la colegiala, y el único dato que tenía es que más o menos a las tres de la tarde, ella estaría bajando en esos condenados arcos, yendo hacia su casa. 

3


Bueno, pues todo salió a pedir de boca. Creo que las cosas pueden salir bien si sólo te esfuerzas un poco, es cosa de actuar y eso es todo. Estuve esperando en los arcos, y de pronto la vi. Cuando lo hice ella estaba a punto de bajar del camión, por la parte de atrás, y yo corrí a ofrecerle mi mano. Se la estiré para que ella pudiese sostenerse al bajar. Antes de cogerla me miró y lo supo: yo era el tío que hace unos días la había seguido hasta su casa. Esto sólo podía significar dos cosas, que yo era un maldito pervertido, como decía Betty, o que yo era una buena persona. La colegiala sólo tenía dos maneas de mirar la situación. Afortunadamente no era muy lista. Tenía diecisiete años, Dios, un culo precioso, y muchas ganas de que un tío mayor la cortejara y la sedujera. 

Dibujó una sonrisa en su rostro y cogió de mi mano. Una vez abajo, le dije: hola, me llamo Martin, tú eres Rebeca, ¿no? Sonrió y dijo que sí, que cómo lo sabía. Entonces le confesé todo, aunque ella estaba enterada, de cuando la miré en San Ángel, y de cómo la seguí hasta su casa. Me justifiqué diciendo que me parecía la mujer más hermosa que jamás había visto. Se sonrojó y se disculpó, pero debía llegar a casa lo antes posible. Ya dije, no hay problema, permite que te acompañe, dije, y le tomé la mochila, la coloqué en mi hombro, y no pudo menos que dejarme hacer lo mío: seducirla camino a casa. 


 Betty adoptó la misma puñetera actitud cuando se lo dije. 


4


¿Qué haces?, me preguntó Betty cuando me miró coger un peine, y peinarme. Ya dije, pues me peino. ¿Por qué?, preguntó extrañada. Yo no solía peinarme, y además, estaba recién duchado y con la camisa dentro de los pantalones. Porque tengo una cita, respondí sin mirarla siquiera. Ahora me cepillaba los dientes. ¿Una cita?, dijo acercándose al lavabo, a mí. Ajá, dije con la boca llena de pasta dental. ¿Una cita con quién o qué?, preguntó asombradísima. En todo ese tiempo Betty no me había visto intentar un sólo ligue con alguien que no fuese ella, y no se lo creía. Con Rebeca, dije luego de enjuagarme la boca. ¿Con quién?, preguntó Betty, incrédula. Con Rebeca, exclamé, te he hablado de ella toda la semana, la colegiala. Betty enmudeció un par de segundos y luego dijo: ¿ah, sí?, ¿entonces no querrás ir conmigo al bar? Lo siento, nena, dije, pero esta vez no podré ir, tengo una cita con una rubita preciosa, y bueno… creo que la cosa se entiende, ¿no? Lástima dijo, yo pensaba invitarte esta vez. Es lástima, sí, dije, pero ni hablar, ¿quieres hacerme favor de darte la vuelta? ¿Darme la vuelta?, preguntó sin entenderlo. Sí dije, creo que estos pantalones no me sientan bien, me los cambiaré. Oh, es eso, exclamó, sí, vale. Se dio la vuelta.

 Betty estaba asombradísima, jamás en la vida me había mirado tan interesado en mi arreglo personal. Y tan poco interesado en ella, y en el trago. 

 Bueno, dijo mientras yo me mudaba los pantalones, ¿te conté que yo también tengo una cita? No, dije tajante, sin darle importancia. Sí dijo, con Rubén, ya es este fin de semana cuando lo veré, estoy muy ilusionada, me han dicho que es guapo, y es hijo… bueno, ya sabes, de un empresario. Ya dije, me alegro, ¿crees que la camisa está bien? ¿Cómo?, preguntó. Ya puedes voltear dije, ahora dime, ¿crees que la camisa está bien? Betty miró la camisa. Asintió con la cabeza, te ves muy bien, dijo tímidamente, como si le costara trabajo decirlo. Nunca me había dicho algo así. Excelente dije, ahora el toque final, ¿dónde diablos está la chaqueta de piel? ¿Tienes una chaqueta de piel?, preguntó Betty, Dios, no podía creerse nada de nada. Claro dije, sólo que no sé dónde coños está. ¿Y por qué nunca has usado esa chaqueta de piel conmigo?, preguntó. Ya dije, no lo sé, la reservo para ocasiones especiales, ya sabes. Betty suspiró. Pensé que yo era una persona especial, dijo. Vale dije, revisa debajo de la cama, por favor, yo buscaré en la cocina. En la cocina no estará, dijo Betty. ¿Cómo sabes?, pregunté. Conozco esa cocina mejor que nadie, dijo. De verdad, Betty había dicho mejor que nadie  en ese maldito tono, ya sabes, ese tono de… ¿Betty?, le dije muy despacio… ¿Betty, acaso… vale, no lo creo, pero… es que… hay algo que quieras decirme? No, dijo, sólo lo de Rubén, estoy segura que nos llevaremos estupendamente. Si todo sale bien pronto podré dejar este antro de mala muerte y… Vale dije, entonces dime, ¿la chaqueta está debajo de la cama? Betty se agachó a buscar la chaqueta. ¿Es negra?, preguntó. No dije, es café o vino, algo así, no recuerdo, ¿está? Creo que sí dijo, supongo que es esto. Betty se levantó con un pedazo de cuero colgando de su mano. La chaqueta estaba en bastante mal estado. Ya dije, esa es. Dámela. Betty tardó algunos segundos en dármela. La estiré un poco, la sacudí y dije: bueno, eso es todo, me piro. ¿Adónde?, preguntó Betty. A la cita, dije, Dios, que no escuchas lo que te digo? 

 ¿Cómo es que tienes una cita con esa Rebeca?, me preguntó Betty fuera de casa, al tiempo que yo echaba llave a la puerta. Ya dije, pues me planté con ella, le dije que me gusta, y quedamos en salir, ya sabes, para conocernos y todo ese rollo juvenil, ¿sabes que es lo único bueno de las mujeres de tu edad?, que se acuestan con quien sea, sin tanto rollo… ¿Mujeres de mi edad?,  ¿a qué te refieres?, preguntó Betty mientras bajábamos las escaleras. Por alguna razón me estaba siguiendo. Lo siento dije, no lo tomes a mal, quiero decir mujeres cerca de los treinta, no son unas niñas, saben de qué va la cosa y se acuestan con un hombre sin necesidad de conocerlo mejor. Entiendo dijo Betty. Ya dije, me da gusto, ahora sí, me piro, suerte con Rubén, lo saludas de mi parte, bye…

5


Doblé la esquina de la calle y no pude evitar doblarme de risa. Betty, la selecta Betty… ¡celosa! ¡De mí!, un borracho pendenciero, un roto, un bohemio, un vago sin oficio ni beneficio al que ha rechazado hasta el hartazgo porque no quiere darse a tan poca cosa. ¡La muy hijaputa! Yo lo sabía, estaba celosa como la que más, y todo ese rollo de Rubén, Dios, me  tenía hasta la coronilla. Apostaría la vida a que es un juego, un truco de su mente para darse a sí misma esperanza. No lo podía creer, todo había salido de maravilla. 

 Caminé unas cuadras más y me senté a una banca. Saqué de la chaqueta un libro de Rilke, y me puse a leer. Esperaría allí al menos unas cinco horas. Luego regresaría a casa y le diría a Betty que Rebeca era una chica estupenda. 

 Me había inventado lo de la rubia preciosa. Sólo para joder a Betty. 







9 comentarios:

  1. MUE GUSTO, ADEMÁS LOS ESOS SON MIS RUMBOS JAJA

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  2. No son sólo sus carnes y sus culos...Es que en todo su ser rielan los sueños y se hacen tremor las ganas de vivir

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  3. ¿"Por joder a Betty"? Nah. Para joderse a Betty.

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  4. Maria Isabel Robles Diaz14 de noviembre de 2011, 13:47

    si te enamoras, te deseenamorarás para tener la alegría de volverte a enamorar. Si no te enamoras es que no estás vivo. Yo me enamoro y reenamoro todos los días de mi pareja y voy ya pa 50

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  5. La verdad es que siempre se te escapan las miradas en esas direcciones y ni hablar si se te cruzan algo de la imagi...... jejejejj

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  6. araceli Álvarez Enriquez14 de noviembre de 2011, 16:12

    Jajajajaja muy bueno

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  7. Jesús Nicolás Luna Arteaga14 de noviembre de 2011, 17:45

    Me encantó el final... no es una venganza, creo fue la demostración del materialismo de un deseo que no puede ser sin el deseo material de la ambición y la presentación que queremos dar de nosotros a nuestros propios sentidos.... me encantó el final

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  8. Que friega le metiste a la betty! Muy bueno, felicidades y saludos desde acapulco!

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  9. Muy bueno, me divirtió!!

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