lunes, 28 de noviembre de 2011

La cena, Betty y el polvo de mil pavos.


Aquella vez bajamos las escaleras del edificio, y salimos a la calle tomados de la mano. Era la primera vez que lo hacíamos tomados de la mano, y por su parte, aún demostraba algo de pena. A mí me importaba poco, era una mujer e iba tomada de mi mano, ¿qué me importaba si no era Scarlett Johansson

 Al tiempo que caminábamos, yo cantaba: Betty Bob, Bob, Bob, Bob… Bob, Betty Bob, bom, bón, Betty Bob, Bob, Bob… Hasta que sentí la mirada de Betty, que decía: ya cállate, mierda. Así que entoné el último Betty Bob, y le dije: ¿qué?, ¿no te gusta?, es tu canción. Lo que hizo fue echarme otra mirada, que dejaba claro que no le agradaba su canción. Aunque quizá también dejaba claro que lo que no le agradaba era yo. 

 La situación era la siguiente: yo quería salir con Betty, y ella quería salir conmigo, pero se reprimía porque para ella yo era poca cosa. No me lo tomaba personal, cualquiera era poca cosa para Betty, según Betty, pues no lograba despegarse de su sueño utópico de ser la esposa de un magnate y poderoso señor de barba partida y auto del año. Por mi parte tampoco era la gran cosa salir con ella. Betty era para mí la representación carnal de toda la mediocridad. Yo mismo era la representación carnal de la mediocridad, vamos, Betty, yo y el ochenta o más por ciento de la humanidad representamos en carne viva a la mediocridad, pero eso no importa; Betty era la mediocridad, hecha mujer, y eso es lo importante; la mediocridad con un culo, y eso es lo importante. El último enunciado es duro, pero es verdad. Yo no amaba a Betty, y sabía que no la amaría jamás, y que si yo le había propuesto salir era porque Betty era en ese entonces la mujer que yo tenía más a la mano. Y ella había aceptado salir conmigo porque yo era el hombre, o la cosa más cercana a un Hombre, que ella tenía a la mano. Esa era la situación, y había que afrontarla con entereza. Íbamos cogidos de la mano, y éramos novios… lo que eso signifique. 

 Una vez en la avenida Betty me obligó a coger un taxi. Dijo que por ningún motivo abordaría un camión. Principalmente, dijo, porque no puedo caminar mucho con este vestido. Era un vestido negro, de noche, carísimo, y una cosa así no puede transportarse bajo condiciones normales de transporte, y había que coger un maldito taxi, porque si no fuera poco, el vestido venía acompañado de unas zapatillas particularmente cansadas, y un peinado de salón; cosa que jamás se ha mirado en un camión, y más me valía a mí mantener la cosa así. No es que nadie quiera ver un peinado en el camión, es que ninguna mujer peinada así quiere ser mirada en un camión, me explicó Betty, como si me confesara el secreto del universo. Y bueno, yo era su novio (hace veinticuatro horas), no era la persona indicada para quebrar las ilusiones de toda su educación y moral, y decirle que todos esos rollos sociales me importan un pito. 

 Así que saqué un cigarrillo de la chaqueta, la de piel, que Betty me obligó a utilizar, y lo encendí, y lo fumé en espera de un condenado taxi. Mientras tanto miraba mis zapatos. Estaban atados y recién engrasados. Betty también influyó en esto. Y en la gomina de mi cabello, y en la camisa dentro de los pantalones, y en los pantalones, que eligió ella misma antes de que me los pusiera. Ya, me dije, dale dos minutos a una mujer y acabará contigo, ¿dónde está Martin Petrozza, y qué has hecho con él? 

 El taxi tardó poco en aparecer, tanto, que no había terminado con el cigarrillo. Aparcó junto a nosotros e hice subir a Betty primero, y luego, antes de subir yo, pregunté al chofer si le molestaba en algo que yo fumara dentro. El chofer dijo que no, que podía hacerlo si me placía… pero Betty, Dios, llevábamos menos de cuarenta y ocho horas de noviazgo y ya me estaba rompiendo las pelotas. Dijo que por favor (lo dijo en tono de amenaza), tirara esa maldita cosa. Ya, me dije, dale tan sólo un poco de poder a una mujer, y comenzará la tiranía… Di la última chupada al cigarrillo y lo aventé por la ventanilla del coche. Entonces Betty le dio las instrucciones al chofer y nos fuimos…

 2

El restaurante era un sitio vulgar, que aparentaba no serlo (sin éxito), escondiendo su vulgaridad detrás de sus precios. Un plato de sopa sesenta pesos, Dios. Un plato con carne ciento setenta; camarones, doscientos diez; una cerveza, cuarenta pavos. Era un caso extraño de restaurante; la gente que puede pagar estos precios no visita nunca este lugar porque es demasiado pedestre; y la gente que frecuenta sitios pedestres, no frecuenta éste porque es demasiado pomposo. Supongo que aquí sólo vienen pobres diablos que quieren impresionar a sus vulgares mujeres, o tíos como yo, que son obligados por esas mujeres a pagar cuentas que no valen lo que cuestan. Mierda, pensé, ¿no hubiese sido más sencillo ligarme a una mujer normal, a la jebita del 201, por ejemplo? Apuesto que ella ni siquiera está enterada de la existencia de una cueva como esta. 

 Vale dijo Betty, este lugar está sensacional, ¿qué no? Al menos de fondo tenían a Bach

 Estábamos allí porque ennoviarnos debía ser un ritual, y el ritual incluye cena elegante, y Luna de miel. Yo estaba principalmente por la Luna de miel, que consistía en pasar la noche en un hotel de las afueras del Metro Hidalgo (por ciento sesenta pesos). Betty me lo había prometido; me dijo que si la invitaba a cenar a ese lugar, y que si durante todo eso me comportaba como un hombre decente, después iríamos un hotel, y allí podría follarla. Podía follarla lo mismo en casa pero ella jamás lo permitiría, al menos no la primera vez.

 ¿Qué ordenarás?, me preguntó Betty. Tragué saliva; tan barata que sale, y mirando una vez más los precios de la carta, dije que ordenaría un vaso de vino tinto, y... tosí un poco, para hacerme el interesante… Tenía la mirada de Betty encima, y la mirada de ese camarero gilipollas que me miraba con aires de francés o de británico; con aire de extranjero de gustos exquisitos, y con mucha superioridad, con demasiada superioridad para ser tan solo un camarero. Quiero dije, una crema de zanahoria y el bife. El camarero repitió cada una de mis palabras: un vaso de vino tinto, crema de zanahorias y bife. Ya dije yo, eso. Acto seguido se inclinó hacia Betty, y le tomó la orden. Sopa de la casa, camarones a la vinagreta, rabioles de queso y espinaca, un vaso de vino de tinto y pastel de arándano…, repitió el camarero al tiempo que yo hacía la cuenta mentalmente: sesenta, doscientos diez, ciento cuarenta, veinticinco, cincuenta y cinco... ¡me cago en la puta!

 Y usted, señor, preguntó el garzón, ¿qué comerá de postre? Pero para ese entonces yo ya estaba con un humor de los mil demonios. El camarero interpretó mi mirada y se largó. 

  Sabes, Betty, cariño, estoy muy contento de que al fin hayas aceptado salir conmigo, le dije a Betty mientras esperábamos la cena. Le tomé las manos. Betty sonrió y dijo que ella lo estaba también, que después de todo yo no era una mala persona. Ya dije, ¿cómo es eso de que después de todo? Betty rió, lo hizo como una señorita, Dios, llevándose a la boca la mano, y agregó  una risa aguda y disimulada, y dijo: ya sabes, no es en serio, lo digo por lo que se dice. Vale contesté, y lo que se dice es… Bueno, dijo Betty adoptando un tono más serio, pues en el vecindario se dice que eres un holgazán y un hombre sin futuro. Luego agregó otra risita, y dijo que de todos modos ella sabía que en el fondo yo era bueno; y que no le importaba en absoluto lo que se dijera de mí. Era raro escucharlo de Betty, es decir, de la mujer a la que más importa lo que se diga de uno. Toda su moral estaba cimentada en la opinión pública. Y ahora estaba frente a mí, diciendo que no importa lo que se dice.

 Bueno, la comida llegó. Primero la crema, que no era una crema de sesenta pavos, sino de zanahoria, casi tan buena como la que sirven en el mercado. El vino no estaba mal, ni el bife, y Betty dijo que los camarones estaban my pero que muy bien. Aunque por ese precio supongo que Betty hubiese sido capaz de decir que la mierda estaba muy rica. 

 Me encantan las cenas románticas, dijo Betty en algún momento de la velada. Ya, respondí yo al tiempo que me llevaba un buen trozo de carne a la bocaza. Y también me gustan las noches románticas, como ésta, dijo, y señaló la luna por la ventana del edificio. Era una luna redonda, llena, y con mucha luz. Supongo que era una luna romántica. Ya dije, qué lunaza; y me zampé otro trozo de carne. Luego bebí vino, como agua, y Betty me echó una mirada que me hizo hacer todo más despacio, y darme cuenta de que no me estaba comportando como un marica hombre decente. Bajé el vaso muy despacio, y me acomodé en la silla, ya tenía las caderas a media tabla. Tosí y con un nuevo tono de voz, le dije: Betty, esa luna es hermosa, hace mucho que no miro una luna tan hermosa. Entonces Betty sonrió. Lo sabía, Dios, ella lo sabía: tenía el control de mí. Pon tu vida en las manos de una mujer por un segundo y te encontrarás atado, como un puñetero títere.

 Debo ir al sanitario, dije. En realidad debía ir al sanitario. Me levanté y caminé entre el camino de estrellas que eran las mesas iluminadas por velas. Así las llamó Betty al entrar, dijo que las mesas apenas iluminadas por velas, en medio de la oscuridad general del restaurante, eran como un camino de estrellas. No era un espectáculo desagradable, debo confesar. Quizá si el restaurante estuviese en un barrio más elegante, y ese garzón de mierda no tuviese la cara de perro que tiene…, pensé. 

 Cuando regresé del servicio (como me sugirió Betty llamar al sanitario), me pidió un momento de atención, así lo dijo: préstame un momento de atención, aunque debió decir toda la velada de atención, y me leyó  la cartilla.  Dijo que debía decirme unas cuantas cosas antes de adentrarnos más en la marea de una relación sentimental. Las coas que tenía que decirme fueron, primero, sobre la línea de su moralidad, y de su castidad. Dejó en claro que ella no era una puta (me sorprendió que utilizara la palabra puta) y me advirtió que debía tratarla como lo que sí era: una dama, y cuidado de ti donde me entere que… Aquí la interrumpí, y le dije ya, vale, me queda claro. 

 Lo segundo en la lista de Betty era el cuidado de nuestra reputación. Ahora que yo era su novio, no podía, no debía y no permitiría, que yo fuese visto como un mamarracho o un holgazán. Y para ello tenía pensado algunas cosas, por ejemplo, que dejara de beber durante el día (ella también lo dejaría), que cuidara de mi aspecto personal, y por último, y no por ello menos espeluznante, que cogiera un empleo. Mierda dije, no estarás hablando en serio. Claro que hablo en serio, dijo Betty echándose un ravioli a la boca.

 La cosa era que yo no deseaba coger un empleo, y se lo dije a Betty, le dije: ya tengo un empleo. ¿Ah, sí?, ¿cuál?, preguntó sarcásticamente. Vale dije, pues soy escritor. Escribo.

 Hasta la fecha no había logrado convencer a nadie de que ser escritor es un empleo, mi empleo, y Betty no fue la excepción.  Dijo que por el amor a Dios fuese serio, y que me dejara de gilipolleces y sandeces. Dijo que necesitaba un empleo de verdad, uno que procurara plata (talló el pulgar y el índice), y que me exigiera vestir formal. Puedo escribir trajeado, dije, si quieres. Betty no rió de mi chiste, que a decir verdad no fue un chiste, sino la desesperación que me inundaba. Ya dije, hablando en serio (fingí hablar en serio) tengo unos cuantos textos que pienso vender a las revistas latinoamericanas, y… Mira, me paró Betty, eso está muy bien, y puedes hacerlo, de verdad, no me molesta en lo absoluto, pero mientras tanto, no puedes pasar el día bebiendo y fumando, escribiendo y soñando que alguien comprará todo eso… Aquí dejé de escuchar, me sabía el cuento de memoria, me lo habían recitado cada una de las mujeres con que había salido, incluyendo mi madre. Yo sostenía que un escritor debe enajenarse con su literatura, vivir su literatura, respirar, comer, pensar, soñar y alucinar su literatura; como el primero de los pasos al éxito. Cundo se trata de escribir parece un pretexto para holgazanear, pero eso es lo que hacen todas las personas con éxito en algo… el zapatero sólo sabe de zapatos, habla de zapatos, vive de zapatos; el vendedor de coches caga cotizaciones y estadísticas; el cantante canta a la menor oportunidad; el taquero suda tacos; etc. Se lo expliqué de la mejor manera a Betty, pero al final dijo que yo necesitaba un empleo, y que debía cogerlo si quería salir con ella. Menos de dos días de relación y ya sentía ganas de largar a Betty. 

 El postre de arándanos era tan pequeño, y yo estaba tan alterado, que casi le hago regresar aquella mierda y pedir mi dinero por tan poca cosa. Las mujeres no se miden, ella misma sabe que necesito un maldito empleo, y come como si el mundo se fuese a acabar. Al menos exclamó que estaba riquísimo, y me ofreció una prueba, con su cuchara, que era lo menos que podía hacer. El postre estaba bueno. 

 Al final arreglamos que beberíamos con la puerta cerrada (solíamos beber en casa mía con la puerta abierta y a la vista de todos), que usaría gomina en el cabello, y que intentaría, al menos eso, coger un empleo. Según Betty yo tenía muchas cosas que cambiar, pero ella… Siempre es el mismo rollo con las mujeres, se creen perfectas y merecedoras de todo el amor, y juzgan la espiga que tienes en el ojo, sin ver el tablón que ellas se cargan. Yo también podía pedir de Betty que fuese menos boba, que leyera algo más que el tevenotas, y que dejara la televisión. Que no se oxigenara el cabello, o que se oxigenara también las cejas, que se dejara de cuentos y de ilusiones, que pusiera los pies sobre la Tierra, y que dejara de mascar ese maldito chicle que mascaba como una adicta al crack. 

 Pero no lo hice, le sonreí, y le dije que lo haría, que intentaría apegarme a sus normas, y que por su parte era una lindísima mujer, y estaba feliz de tenerla. En parte era verdad. 

 La cuenta fue de casi mil pesos, y yo traía en la bolsa exactamente mil pesos, que eran el capital de toda mi vida. Apenas me sobró para coger un taxi e ir al hotel. Es como si lo adivinaran, pensé, las mujeres; es como si adivinaran lo que uno trae en la billetera. 

3

Betty entró primero, con sus zapatillas y su vestido. Luego entré yo, y adentró había un hombre y una mujer, delante de nosotros, pagando la cuota. La mujer era una prostituta, y llevaba un vestido negro, y un peinado alto. Entre ella y Betty no había mucha diferencia, incluso ambas mascaban chicle. Dejé escapar una sonrisa, y Betty miró a la prostituta un segundo, y luego se volteó, con los brazos cruzados, y no volvió a mirarla directamente, aunque yo la vi echarle un par de miradas de reojo. 

 La prostituta y el señor subieron a su habitación, y fue mi turno. Pagué la bendita cuota de ciento sesenta pavos el cuarto, con televisión de paga y canales pornográficos, regadera y vista a la ciudad. Me dieron el cuarto 202, y se lo dije a Betty, riendo, pues el 202 era el número de mi apartamento. 

 Cogí a Betty de la mano, y la jalé a subir las esclareas. Estaba muy seria. Dentro del cuarto le pregunté si todo estaba bien, y asintió con la cabeza. 

 Si me sale con alguna chorrada, alguna cosa que nos impida el sexo, ¡la mato!, pensé, este polvo ya me ha salido en mil pavos, y nadie me lo va a arruinar…




5 comentarios:

  1. me encanta tu narrativa, tu simpleza y tu honestidad! saludos Petrozza, te quiero aunque no te conozco y aunque no tendria por que quererte... =)****

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  2. Don Bartoche Bartoch28 de noviembre de 2011, 17:19

    Genial!!! mientras leía, me reía mucho. fantástico!

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  3. Don Bartoche Bartoch28 de noviembre de 2011, 17:19

    Escribir es un empleo, claro, estoy de acuerdo contigo

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  4. ¡Ocurrente el final! ¡Jajajaja! Martín, e x c e l e n t e escritor,como siempre.

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  5. araceli Álvarez Enriquez29 de noviembre de 2011, 15:26

    Jajaja genial

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