martes, 22 de noviembre de 2011

Inés no se ha tragado el cuento.



Francis mete a casa la última bolsa de supermercado. Inés, su mujer, y él, han ido a comprar la despensa. Francis coloca la bolsa junto al resto, sobre la mesa, mientras Inés separa las cosas que irán a la nevera, de las que no. Francis está exhausto. Durante el trayecto han discutido y al parecer Inés no ha tenido suficiente. Al tiempo que coge un paquete de carne, le dice: mira Francis, una cosa es segura y es que ese maldito asiento no se ha movido solo. Francis suspira, es la quinceava vez, sin exagerar, que Inés le dice aquello. Francis coge unas latas de conserva y las coloca en la alacena sin contestar. Lo que ocurrió fue lo siguiente: 

 Inés sube al auto, por el lado del copiloto, y al sentarse se queja de que el asiento está muy por delante de lo acostumbrado. Francis, su marido, que ya está al volante y con el coche encendido, dice que probablemente Jorge lo haya arrastrado atrás. Jorge es un compañero de trabajo de Francis, al que suele dar aventón saliendo del curro, y es tan alto como una jabalina. Pero Inés dice que no, que es imposible, pues el asiento está hasta adelante. Bueno, dice Francis alzando los hombros, entonces no lo sé, ¿qué más da? Inés hace correr el asiento mientras Francis hace avanzar el coche. 

 Jorge tendría que echarlo hacia atrás, no hacia adelante, dice Inés. Francis ya no dice nada, pero Inés continúa especulando al respecto. Todas las mañanas sale Francis al curro, y al salir, da aventón a Jorge, quien por su altura suele echar el asiento hacia atrás. Llegado a casa, Francis regresa el asiento a la mitad, para que Inés no tenga problemas al subir. Pero esta vez Inés ha subido y el asiento está adelante. ¿Por qué habría de estar el asiento adelante?, pregunta Inés, y Francis vuelve a decir que no lo sabe, que así es la vida, que a veces pasan cosa así. Nunca pasan cosas así, replica Inés, el asiento está movido y alguien lo tuvo que mover, y Jorge está descartado. Vale dice Francis, quizá lo movió el valet. Lo dijo sin pensar. ¿El valet?, pregunta Inés escandalizada. Francis ha cometido un error y lo sabe. En los nueve años de matrimonio entre Francis e Inés, él jamás ha hecho nada sin que ella estuviese enterada, y hasta donde Inés sabía (y Francis también sabía), no tendría por qué dejar el coche en algún valet, a menos que… ¿Cuál valet?, pregunta Inés conteniendo la furia. 

 Aquí es donde todo se fue a la mierda; una mentira lleva a la otra… Francis, harto, responde que sí, que eso debe ser. Se inventa que ha ido a cenar a un restaurante la tarde de ayer, y que seguramente el valet ha movido el asiento sin que él lo notara. Eso debe ser, dice despreocupado. Inés lo mira extrañada. La tarde de ayer Francis llegó a casa a la hora acostumbrada, no hay posibilidades de que haya ido a algún restaurante, a menos que… ¿A qué hora fuiste a ese restaurante, Francis?, pregunta dejando que su marido se hunda más y más. 

 Francis se percata del error y lo resuelve con otra mentira: oh, dice, olvidé decírtelo, ayer salí temprano del trabajo y pasé a cenar a Charlies. Por un momento Inés olvida lo del asiento y pregunta por qué o cómo demonios olvidó decírselo. Bueno, responde Francis fingiendo naturalidad, no lo consideré importante. Inés mira a un perro que cruza la calle, están a punto de llegar al supermercado, y dice: mientes, Francis. Lo dice afectada. ¿Cómo?, pregunta Francis al tiempo que vira la calle. Ayer llegaste a cenar a la hora de siempre, dice Inés, y ahora resulta que se te olvidó decirme que ya habías cenado en Charlies. Francis entra al supermercado y traga saliva. Es verdad, ayer cenó en casa como todos los días, e incluso recuerda que pidió a Inés doble ración de estofado. ¿Cómo puede ser tan malo mintiendo? 

 Francis apaga el motor, se ha estacionado, y baja del coche. Se apresura a abrir la puerta a Inés, pero cuando llega al otro lado ésta ya ha bajado, y no permite que Francis la toque. Está enojada, piensa Francis. ¿Crees que tengan buenas ofertas el día de hoy?, pregunta tentando la situación. No lo sé, contesta Inés pero es evidente que no piensa en las ofertas. 

2

Francis anuncia que tomará una ducha. Han terminado de acomodar la despensa. Inés ni siquiera le contesta. 

 Francis se desnuda en el cuarto de baño, no quiere encontrarse con Inés en la habitación, y abre la llave de agua caliente. La tienta con la mano y abre la llave de agua fría, ha salido demasiado caliente. Espera unos segundos y vuelve a tentar. Cuando está a la temperatura adecuada, entra. Lo primero que hace es tomarse la frente con ambas manos y echar la cabeza atrás. Siente el agua correr por su cuerpo y se pregunta cómo ha podido ser tan gilipollas. Es evidente que ha quebrado la confianza entre él y su mujer. ¿El valet? ¿Por qué tuvo que decir lo del valet? El asiento estaba corrido hasta adelante, y había una explicación para ello. Nunca pasan cosas así, dijo Inés y tenía razón. El asunto era muy sencillo: Francis había corrido el asiento porque tuvo que hacer un favor a su jefe. Le pidió que le echara una mano a transportar unas cajas pesadas que había sacado de su sótano, y que ya no cabían en su coche. Francis no pudo echarlas en el portaequipaje porque eran muy grandes y decidió echarlas en la parte trasera. Eso era todo. Sin embargo, el coche de Francis estaba sujeto a un crédito. Crédito que el padre de Inés paga porque el salario de Francis apenas alcanza para los gastos básicos, cosa que Inés le recuerda a la menor oportunidad. Por este motivo, Inés es muy cuidadosa del coche, y sabiéndolo, Francis no quería decir a Inés que había metido cajas en la parte trasera. Los asientos están forrados de piel e Inés armaría un escándalo si se enterase.

 Francis se enjabona al tiempo que piensa que aún así, hubiese sido más sencillo decir la verdad. Inés le hubiese reclamado por maltratar el coche, que legalmente pertenece a su padre, y eso era todo. Quiso no embrollarse en ese lío y le salió el tiro por la culata. Había cometido muchos errores y ahora tendría que pensarlo todo muy bien antes de actuar. Eso, tendría que pensarlo y actuar. La situación era que Inés ya no le creería nada. No podía salir con la verdad ni con ninguna otra mentira. Tendría que mantenerse en lo ya dicho, costase lo que costase y hacerle pensar a Inés que después de todo, quizá Francis dice la verdad.

 Cuando Francis salió de la ducha Inés estaba en cama, con el televisor encendido. No lucía molesta, es como si ya no recordara nada de lo ocurrido. Así que se metió a la cama, a su lado, y pasados unos minutos, dijo que lamentaba no haberle dicho lo de Charlies. No debí decirlo, pensó en el instante siguiente, cuando Inés se levantó de la cama y amenazó con sacar a Francis del cuarto si decía una sola palabra más. Sólo quería dejarlo claro, dijo Francis, olvidé decirte lo de Charlies, espero que puedas perdonarme la vida por ello

 El sofá no estaba tan mal después todo. Pudo mirar el televisor antes de dormir sin que Inés le reclamara cambiar el canal, o apagarlo. Miró un programa con tías buenas y se preguntó por qué carajos no se casó una así. 

 Al final durmió tranquilo, mañana sería otro día y quizá Inés estuviese de mejor humor. 

3

Supongo que esto también lo hicieron en el valet, ¿no es así?, preguntó Inés al borde de un ataque. Francis estaba rojo. A la mañana siguiente Inés cogió el coche para ir a la farmacia. Como era costumbre suya se maquilló durante el trayecto. En algún momento dejó caer el rímel al suelo, y éste fue a rodar a la parte trasera. Echando leches Inés se orilló para buscar el maldito rímel, y allí fue donde lo miró. Una raspadura en el asiento trasero, justo detrás del asiento copiloto. Francis quedó de una pieza, y tardó muchos segundos en decir algo. Lo que dijo fue: es probable. ¡Es probable!, gritó Inés. Una cosa era clara y es que el cuento del valet era mentira. Francis miente y es tan obvio que miente, que defender lo indefendible sólo puede ser consecuencia de alguna verdadera desgracia, pensó Inés. La verdad detrás de todo esto sólo puede ser algo catastrófico, pues de lo contrario, ¿por qué tanto empeño en mentir? 

 Por un momento Francis recobró los ánimos, se dijo a sí mismo que si quería salir airoso de ésta, debía ser firme y actuar. Okey, dijo, ya está bien; antier fui a cenar a Charlies y eso es todo lo que sé, gritó. ¡Es probable que el valet haya corrido el asiento y que haya rasgado la vestidura, no lo sé, esas cosas pasan!, si no lo quieres creer, ¡es cosa tuya! 

 Mira, Francis, querido, dijo Inés, tienes razón en una cosa: ya está bien. Pero ya está bien de tanta mierda. Francis enmudeció, Inés no era la clase de mujer que usa la palabra mierda. Si te empeñas en mentir, tus razones tendrás, y no deseo saberlas pero… No miento, interrumpió Francis, indignado. Estaba actuando el papel de digno y no podía retractarse. Quizá debió pedir perdón, explicar el asunto… Pero no. Después de todo él era el Hombre.

 ¿Así que no mientes, eh?, dijo Inés. No, dijo Francis tajante. Vale dijo Inés, te creo. Por un momento Francis recuperó el aliento, por un instante pensó que lo había logrado. Al instante siguiente se encontró en peor situación. Así que como yo te creo, continuó Inés, no tendrás problema en demostrar que cenaste en Charlies. ¿Cómo?, preguntó Francis asustadísimo. Sí dijo Inés, si es verdad lo que dices tendrás el comprobante de pago del restaurante. Ahora sí, Francis sentíase desfallecer. No lo tengo, dijo aprisa, casi delatándose. ¿Por qué no lo tienes?, pregunto su mujer, que se había convertido en un terrible vicefiscal del Bronx. Vamos dijo Francis alzando las manos, ¿quién demonios guarda el comprobante de pago de una cena? Inés lo pensó un segundo y se dijo que en eso Francis podía tener razón, ella misma no lo hacía. Está bien dijo, eso sí te lo creo, pero no te salvas. Francis ya no sabía qué pensar, todo esto había ido demasiado lejos. Al menos había ganado puntos con eso del comprobante. Sin embargo no sirvió de mucho, Inés le propuso ir a Charlies y preguntar a los empleados si su marido había visitado el establecimiento la tarde de antier.

 Francis lo dudó demasiado, al menos lo suficiente para que Inés reforzara sus sospechas y el asunto acabara siendo un reto. La cosa se convirtió en algo personal. El orgullo y la hombría, todo el honor y toda la confianza de Francis estaban en juego. Quizá es por ello que aceptó ir a Charlies y preguntar al encargado si cenó allí la tarde de antier, a pesar de todo lo absurdo del asunto. 

 Francis, dijo Inés sinceramente asombrada, no sé qué es lo que te pasa, pero sea lo que sea, es grave. 

 Preguntaron al encargado de Charlies, y a todos los empleados, pero ninguno dijo estar seguro de que Francis hubiese cenado la tarde de antier en el restaurante. Hubo algunos que incluso estaban seguros de que Francis NO cenó aquella tarde en Charlies. Inés llegó a sentir lástima por Francis; éste se empeñó en asegurar que él había cenado allí, más o menos a la seis de la tarde, y señaló la mesa que supuestamente le asignaron. Nadie recordó haberle visto cenar en aquella mesa, y para colmo de su desgracia, una mesera recordó atender a un par de argentinos en la mesa señalada por Francis, más o menos a eso de las seis de la tarde. Pero Francis no cedió, no dio el brazo a torcer y se mantuvo necio en su verdad, que es lo mejor que podía hacer, y su única esperanza, según su pensar. 

4

Inés hace las maletas, dice que irá a vivir con sus padres, que no puede soportarlo más. ¿Qué es lo que no puede soportar exactamente? El problema no es que mientas, le dice a Francis con el tono de voz que se emplea para hacer entender a un crio de cinco años que lo que ha hecho ha lastimado el alma de mamá. El problemas es que ya no puedo confiar en ti. 

 Francis, sentado al borde de la cama, mira cómo su mujer, ella es mi mujer, piensa (lo que eso signifique), coge un vestido, lo dobla con minuciosidad, y lo mete dentro de la maleta. ¿Por qué está pasando todo esto?, se pregunta Francis. Es cierto que ha mentido, pero no es para tanto, y además, ella le ha obligado a mentir. Si no fuera tan necia, si no se tomara las cosas tan en serio. El asiento está corrido hacia adelante, ¡qué más da¡ Pero no, Inés no es de las que piensan qué más da; tiene que sumergirse hasta el fondo del abismo.

 Vale, dice Francis al tiempo que coge la mano de Inés, que está a punto de coger un vestido más, vale, dice, no tenemos qué llegar a esto, ¿qué dirás a tus padres?, ¿qué te has ido porque un buen día subiste al coche y el asiento estaba corrido? Inés se zafa de la mano de Francis, y llevando el vestido a la cama, donde o extiende para doblarlo, y contesta que no, que por supuesto no dirá eso, porque eso sería mentir. Subraya la palabra mentir, y dice que lo que hará será decir la verdad: se ha largado porque a su marido le ha picado no sé qué jodido mosco, y ya no puede confiar en él. Okey, dice Francis, está bien, si el problema es ese, dame una oportunidad de remediarlo. Lo dice sinceramente, lo dice con el corazón, que se le estruja al mirar a su mujer meter todos esos malditos trapos a la maleta. Y además lo hace con una lentitud, piensa, cómo si disfrutara torturándome de ese modo.

 Inés, sin embargo, también sufre. No desea dejar a Francis, no desea irse con sus padres, no desea sentir lo que siente, y en el trayecto entre la cama y el armario, para, en seco, y se planta en medio de la estancia.

 Francis se levanta, sabe que éste es su momento, camina a dónde ella, y tomándole las manos, le dice: vale, Inés, he cometido muchos errores, pero es tiempo de que los enmiende. Inés le mira a los ojos, a la expectativa, no sabe qué pensar y espera lo peor. Te contaré la verdad sobre ese… ese maldito asiento de los mil demonios, dice Francis. Inés quita las manos de dentro de las de Francis y cruza los brazos, como diciendo más te vale que esta vez sea algo bueno.

 Entonces Francis le cuenta lo de su jefe, y de cómo le echó una mano con las cajas. La temperatura de Inés sube. Francis continúa contando de su miedo al regaño de Inés por poner las cajas sobre la piel de los asientos, y de su sentimiento de impotencia ante el hecho de que sea su padre y no él quien paga el crédito del coche. Dice impotencia pero en realidad es un sentimiento de inferioridad. Inés le escucha sin decir una sola palabra, y Francis ya no sabe qué decir, después de todo eso es el asunto, y no hay nada más que decir, aunque sabe que debe decir algo más, así que se sincera, y dice que ha sido muy estúpido al inventarse lo del valet, y ríe al recordar cómo se aferró al maldito hecho de que él ceno en Charlies frente a los empleados. Debieron pensar que estoy loco, dice entre risas, y luego, tranquilizado, exorcizado, se acerca para besar a Inés en la mejilla.

 Inés recibe el beso en la mejilla sin moverse un centímetro, y luego estalla. No se ha tragado el cuento del jefe de Francis, que le ha pedido cargar unas cajas. 

 Quizá si le dijera que se ha follado a una secretaria en la parte trasera del coche, lo creería, y podría perdonarlo, esas cosas pasan... 






8 comentarios:

  1. Espléndidas historias como siempre, gracias por el aporte a la buena lectura, un cordial saludo!

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  2. estupenda narración y un tema tan cotidiano y extraorninario al mismo tiempo, que asusta. Saludos mi estimado Petrozza, sigue adelante!

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  3. Excelente! Ese francis en verdad se echo la soga al cuello en grande!

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  4. Esa Inés tiene mucha razon jajajajajaja

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  5. AsI Es aMiGo, eS La dIeTa dE PaNtErA QuE Se aNtOjA De vEz eN CuAnDo..uN AbRaZo... eSpErO VeRtE PrOnTo cUiDaTe....

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  6. araceli Álvarez Enriquez24 de noviembre de 2011, 12:44

    Jajajajaja pobre Francis. Esas cosas pasan :D

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  7. Jorge Alberto Martinez24 de noviembre de 2011, 18:21

    excelente trama , que paradoija que por una verdad tan insulsa se termine una relación , cuando se pudo perdonar una aberrante mentira, ojala se hubiera follado a una secretaria en el asiento trasero

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  8. Gran escritor Martin petrozza

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