sábado, 26 de noviembre de 2011

Delirio de un novel escritor.





De nuevo tuviste que armar tu cama. Te sorprendes de que cada vez que lo has hecho, se te aparece en la cabeza en cascada rápida y diáfana, todo lo acontecido por su simple armazón. Por ejemplo, recuerdas la primera vez que tuviste que dormir en una casa ajena, en una ciudad ajena, sabiendo que empezabas un viaje cuyo fin desconocías. Lo que nunca te imaginaste, es que tendrías que trastear tus pocas cosas en diferentes ocasiones, conforme avanzaba tu carrera profesional, razón por la cual dejaste el caluroso pueblo que te vio nacer. Tu corazón enamoradizo y patético nunca se imagino que se vería obligado a hacer varios lutos, por dejar las paredes, el piso, la luz de la ventana, las personas de cada casa que te dio hospedaje a cambio de una moderada remuneración monetaria, con cuyo pago siempre hiciste alarde de ser fuerte, pudiente. Nunca se imaginó tu corazón que se podía encariñar con lo que le rodeaba, con lo que había en cada habitación en la que tuviste que armar tu cama, con la misma parsimonia presente en esta ocasión, parsimonia causada por los rescoldos cariñosos, residuales del sitio de hospedaje anterior, que te impusieron sobre los músculos una resistencia a desempacarlo todo, a terminar de armar tu cama, como cuando se resiste el corazón de los humanos a cambiar de amor de repente y de manera abrupta, aun cuando es imperiosamente necesario.

 Mientras armas tu cama, cada etapa del proceso te trae ineludibles recuerdos placenteros y dolorosos.

 Cuando le pones los tornillos, recuerdas las veces que soportaron el peso de otro cuerpo además del tuyo. Recuerdas las veces que el armazón de madera se agitó bajo el estrépito sin riendas del amor, o del simple sexo, desaforado en ocasiones por la premura de la novatada, en ocasiones por la excitación flagrante producida en el vientre bajo por la acumulación allí de sangre reverberante, desatada por la indomable, intima y húmeda fricción, en medio de jadeantes y sentimentales palabras que sólo pueden salir de alguien con un corazón como el tuyo. 

 Pones las tablas y recuerdas las veces que estuviste sentado leyendo y releyendo los documentos recomendados por los profesores de la universidad, luchando siempre contra la distracción producida por el recuerdo de alguna sonrisa, limosna con la que sólo puede alegrarse un corazón como el tuyo. O el incremento de tu miserable ego, al recordar lo macho que te mostraste con una hembra de tu especie. O recordar la sonrisa coqueta que te lanzó la vieja buena de la clase, a sabiendas que lo hizo sólo para beneficiarse con la vaga habilidad que dices tener con las matemáticas. 

 Ahora descargas el colchón sobre las tablas y se viene a tu cabeza el montón de remembranzas relacionadas con las horas de insomnio que sufriste cuando te aquejaron preocupaciones que sólo pueden afectar un débil carácter como el tuyo. Recuerdas el dinero que derrochaste en el bar de la esquina y que te hará falta para comer, o el esperar una llamada de una mujer que nunca volverá, o el hecho de sentirte minúsculo ante el arrume de documentos en inglés, que no mas por su tamaño te hace sentir que no serás capaz de entender, o la ocasión en la que la dueña de alguna de las casas en las que viviste te amenazó con echarte porque violaste la medieval regla que prohíbe las visitas femeninas. Sabes que tener sexo con la mujer que amas no es pecado, ni siquiera lo es para el Dios que mezquino está sentado en su trono celestial mientras te cuestiono, y sin embargo te avergonzaste y agachaste la cabeza, porque eres patético, porque tienes el corazón ridículo y estrafalario. 

 Cuando en esos momentos la preocupación y el insomnio se trastocaron en angustia, entonces lloraste nombrando a tu Dios que sólo te observó, que no te ayudó, y que sin embargo tienes como tu ser superior y absoluto benefactor. Ahora, mientras recuerdas, gimoteas, emites sollozos a los que le quitas calibre para no sentirte avergonzado contigo mismo. Al recordar piensas que no has hecho nada útil, que no haces nada útil.

 Recuerdas todas las advertencias de tu padre, todos sus consejos, y la manera en la que uno a uno los has olvidado, o pisoteado, pensando que toda la cantaleta de tu progenitor es sólo ruido. Entonces intentas darte consuelo; piensas en todos aquellos que se han embebido en un cubil de licor, al punto de beber antisépticos alcohólicos por el hecho de ser más económicos. Piensas en todos aquellos que no tienen en donde meter la cabeza, que duermen en la calle, o que la bondad de algún familiar sólo les permite improvisar una cama en el suelo, en algún rincón, en las noches, y desmantelarla al otro día para que no estorbe por ahí. Piensas en todos ellos para sentirte afortunado, para darle una migaja a tu conciencia que indomable te reclama por tu despilfarro, por ser irresponsable, por impulsivo. Sin embargo, de inmediato notas dolorosamente que tu conciencia hace caso omiso de tus miserables esfuerzos, que no se satisface con las mentiras que con minúsculo talento inventas, que te muestra la radiografía del estado enflaquecido en el que está tu alma. Pero no se queda ahí. Va más allá. Sin medirse en lo más mínimo, te muestra la vida de varias personas que teniendo todas las dificultades en su camino, sufriendo las más terribles iniquidades que a la vida se le pueda ocurrir, siempre mantuvieron sus corazones florecientes y lustrosos, y su entereza firme y eterna como una montaña, sin dejar ninguna posibilidad para que ingrese el quejumbre en sus personalidades. Entonces te vuelves a sentir pésimo. Entonces retoñan otra vez gruesas y saladas lágrimas de tus ojos, vuelves a nombrar a tu Dios, como si se fuera a bajar de su magnificencia para secártelas. Llorando, con los gimoteos estúpidos que te caracterizan, terminas de arreglar tu cama. 

 Extiendes las sabanas, cubres el colchón con meticulosa metodología, dándole la importancia que nunca le diste, como presintiendo que va a ser la última vez. Entonces, sientes otro embate de recuerdos que dejas llegar con algo de temor, con algo de escozor, pero sobre todo con total resignación, pues no te queda en tu patético y enamoradizo corazón, ni una pizca de dureza, ni una pizca de tesón; como siempre te sientes como un desposeído del reino del amor, como siempre te menosprecias y sientes lastima de ti, sientes tristeza de ti. Sin embrago, también algo te dice que en esos inevitables recuerdos habrá algo que te dará alegría. Entonces recuerdas que enredado en esas sabanas, mientras encontrabas una excusa para quitarte de encima tu eterno lastre de pereza, imaginaste historias inverosímiles que rayan con la repugnancia. Recuerdas que de verdad creíste que escribiendo esas cursilerías cambiarías algún corazón ¿de verdad te lo crees? Piensa en la infinidad de personas que recibió tu montoncito de lecturas y que nunca te dio lo único que pediste a cambio: una simple opinión. Y si la recibiste, notaste en muchas ocasiones un tufillo a simple contentillo.

 Piensas ahora, parado junto a tu cama, ya lista para dormir, en las horas que perdiste pensando en que serías un famoso escritor, que ganarías mucho dinero; se inflamó en alguna medida tu orgullo por algo que no tenías, que no tienes y tal vez no tendrás. Se inflamó tu orgullo por las mujeres, muy pocas, que lograste llevar a tu cama con semejantes ridiculeces. Es risible como se dejaron impresionar con tus letras ¡Son unas ignorantes! Y tú ¿Quién te crees? ¿Neruda, Benedetti? Por lo mismo eres tan mediocre, por la complacencia dañina que han tenido muchos de tus semejantes ¿Por qué no leíste a Nietzche? Creíste que con tu Cristo lo lograrías todo, que te daría fortaleza, y lo único que aprendiste de él, fue a tener lastima de ti mismo.

 Recuerdas, mientras caes ante mis asedios, mientras te pones de pie sobre tu cama ya terminada, el tiempo que perdiste imaginando que recibías algún honor, algún premio por tus letras, y mientras lo haces también recuerdas que cuando estabas a punto de iniciar tus estudios en la universidad, creías que ibas a ser un gran científico. Al fin y al cabo, caíste en el delicioso pecado de la vanidad, dos veces, por dos cosas que nunca has tenido.

 Mientras lo recuerdas, te decides, para mi complacencia, a subir a tu cama la única silla que te ha acompañado desde el inicio de tus estudios universitarios. Sientes algo de terror hormigueando por tu cuerpo, porque piensas en lo que vas a hacer. Agarras una de tus sabanas, la trenzas, te aseguras de haber hecho un lazo bien fuerte, y siento delirio porque avanzas un poco para entregarme el trofeo que baila triste en tu pecho, que tu Dios puso en tu cuerpo, entregarme tu alma, para demostrar así que le estamos ganando la carrera al cielo.

 Amarras el lazo recién construido a la viga que está a unos centímetros de tu cabeza, de tal manera que una argolla queda precisa a la altura de tu rostro, mientras estás parado sobre tu silla, asentada sobre el simple armazón de tus recuerdos, una argolla de diámetro preciso para tu robusto cuello. No puedo evitar la emoción por ser inminente que me entregues tu alma, por tu virtual suicidio. Aunque las reglas infernales dicen que debo permanecer oculto aún, el entusiasmo que me produce tan suculenta escena me dificulta cumplirlas. Por eso ves sombras donde no debería haberlas, sombras inexplicables que en tu situación ignoras. Intentas ponerte la horca, quisiera ayudarte para acelerar el proceso, pero no se me permite…

 ¿Qué haces? ¿Por qué te detienes? No tienes porque contestar esa llamada. Mira el número, lo conoces ¿Le vas a contestar a esa mujer? ¿Le vas a contestar cuando ella muchas veces te dejó plantado a la bocina? ¿Le vas a contestar cuando rompió tu corazón en incontables pedazos? Deja el teléfono sobre la mesa de noche, déjalo sonar como hizo ella muchas veces cuando sabía que tú la llamabas ¿Qué haces? No te bajes de la silla ¡Estúpido! ¿Acaso es tanto el amor que todavía le tienes? Dame mi trofeo ¡Cuélgate por todos los demonios!

***

—Hola Jenni —contestó el potencial suicida— ¿Cómo estás? ¿A qué debo el milagro?
—José, se que tal vez no quieres escucharme, que me quieres tener lejos. Por eso te llamo con una excusa…
—No necesitas ninguna excusa, mi Jenni —interrumpió José—, siempre estarán abiertos mis oídos para tu voz.
—Lo tendré presente. —Dijo. Después añadió—: Tengo en mis manos la revista de cultura y arte de la universidad. Salió publicado el relato que enviaste, “El puente”, y viene acompañado de muy buenas críticas.
—¿Me estás hablando en serio? 
—Si quieres te lo muestro. Como te dije, lo tengo aquí mismo.
—¡Por supuesto! ¿Dónde estás? Iré a buscarte de inmediato.
—No. Yo voy a tu casa, espérame. Tenemos que celebrar —dijo Jenni, sin poder evitar una pequeña y picara risotada, que José casi por reflejo respondió con otra igual, como sucedía en los momentos más fulgurantes de la relación con su interlocutora.
—Está bien —dijo—. Aquí te espero… si supieras todo el bien que puede hacer una simple llamada.
—¿Por qué lo dices?
—Por nada. Sabes que divago con frecuencia. No te demores, por favor —dijo José, con el celular puesto al oído sostenido con ayuda del hombro, mientras desamarraba la que antes de la llamada era su arma suicida, mientras el demonio que le habló directo al cerebro se alejaba, resignado por haber perdido un alma en tan sólo unos segundos, por haberse dado cuenta que su anhelado trofeo ya tenía dueña.







3 comentarios:

  1. interesante relato, felicidades!!!

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  2. Más que interesante, ¡Está excelente!
    Lo leí en voz alta y me adentré tanto que creí haber estado presente como el diablo...
    Y verdaderamente una llamada de escasos segundos puede cambiar una vida...
    Gracias y saludos...

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  3. Mil gracias por los comentarios, espero publicar otro en estos días... espero se difundan como el agua...

    PD: Me gustó mucho la imagen que se adjuntó al relato... aunque en el relato no se nombre la tijera, esta de lujo!!

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