domingo, 9 de octubre de 2011

Tracy McVille: el extraño caso de los rusos que no llegaron.



Los soldados no saben un carajo, dice Tracy, son utilizados por el gobierno como si fuesen… ¡soldados!, exclama al no encontrar otra palabra. Sin embargo yo le entiendo muy bien. Peones, le digo, quieres decir que los soldados son utilizados por el ejército como si fuesen peones. Tracy asiente con la cabeza. Da una calada al cigarrillo y dice que sí, que los soldados desconocen las verdaderas intensiones de la guerra, y desconocen, dice Tracy asombrado, los planes y las estrategias reales que los tenientes han maquinado. Se nos dice, explica, que al día siguiente tomaremos tal o cual ciudad, pero es mentira. Se nos dice que aguantemos, que estamos a punto de ganar la guerra, pero es mentira. Ya le digo, lo harán para evitar que algún soplón… Quizá, me interrumpe Tracy, pero  lo que más nos indignó es lo poco que los superiores confían en nosotros. Y sobre todo, agregó, el modo en que nos tratan, como si fuésemos peones, ¡o pendejos!, exclama. 

 Enciendo un cigarrillo y le pido que me lo cuente. Estoy ansioso de escuchar el disparate que ahora pueda narrarme. 

 El caso, dice Tracy, es que uno cree que lo sabe todo. Probablemente sea verdad. Es decir, dice Tracy moviendo las manos para darse a entender, quizá al principio uno sabe todo lo que tiene que saber. De lo contrario, estoy seguro (enfatiza la frase estoy seguro al tiempo que abre la primera de las cervezas) nadie se enlistaría en el ejército. Ya le digo yo, seguro que es así. Bueno, continúa Tracy, pero después, cuando has enfrentado el hecho terrible de que bien o mal estás en la guerra, y de que no hay modo en el infierno de salir, y cuando no tienes más remedio que entregarte a la salvaguarda de tu patria, descubres que todo tu valor y todo tu coraje, carece de sentido. Desgraciadamente te das cuenta cuando es demasiado tarde. Y cuando lo haces, dejas de luchar, dice Tracy pasándose la mano por la frente. En la guerra dejas de matar por tu patria y comienzas a matar por tu vida, por sobrevivir, y Alemania se puede ir a la mierda. 

 La cosa sucedió más o menos así, dice: 

 El teniente Katsinsky ordena tomar las armas. Hay una revisión exhaustiva al respecto. Se revisa que contemos con el equipo. Se requieren seis hombres para cargar una metralleta, así que se hacen grupos de seis personas y a cada uno se le entrega una condenada metralleta, con dos mil doscientas balas. ¿Alguna vez has arrastrado dos mil doscientas balas de metralleta a lo largo de tres kilómetros y medio?, me pregunta Tracy y respondo que por supuesto que no. Bien dice, pues para ello se hacen turnos de dos en dos hombres. Tres más llevan la metralla, también en turnos, y uno avanza delante, echando un ojo. Vale digo, nunca pensé que fuese tan difícil. Lo es, exclama, y continúa: iremos al frente. Al anochecer. Se nos informa de un ataque sorpresivo, del que nos hemos enterado gracias a los espías, y es imperante que lleguemos al frente antes del amanecer. Antes de que los rusos estén sobre nosotros, en las barracas. Así que nos alistamos y emprendemos la marcha apenas se quita el Sol. 

2

En efecto, llegamos antes del amanecer. Durante la caminata no lo sentimos pero tras una hora de permanecer en las trincheras estamos que nos cagamos de frío. Frederick enciende un cigarrillo y Mutis se lo arrebata; lo apaga contra la pared de la trinchera. Se lo devuelve apagado y le dice que la llama encendida es una manera estúpida de delatar nuestra posición. Frederick queda mudo, se cabrea al tiempo que sabe que Mutis tiene razón. Acto seguido, Mutis le estira una cantimplora llena de ron, para el maldito frío. Frederick la toma. La mano le tiembla. Se pega un trago y cuando  la devuelve, Mutis hace un gesto para que me la corra. La cojo y hago lo mío, y Gombrich se acerca y se queda parado, un poco a lo bestia, y mutis me hace un gesto para que se la estire a Gombrich que se ha acercado precisamente para ello. Gombrich se pega un trago. La oscuridad y el silencio son expectantes. Otros soldados siguen nuestro ejemplo y sacan cantimploras. 

 Conforme amanece el miedo se apodera de nosotros. Sabemos que los rusos se aproximan, y sospechamos que ya deberían estar allí, pero no están, y eso no calma los nervios, todo lo contrario, dice Tracy y enciende un cigarrillo más. El Sol está por salir y tomamos nuestras posiciones. A mí me ha tocado la metralla. Salgo de la trinchera y me tumbo sobre el suelo. Cojo la metralleta y, Dios, está tan fría como un tímpano de hielo. A pesar de ello la empuño con fuerza. Mutis está a mi lado, es el encargado de alimentar al monstruo. De cerciorarse de que las balas no se atasquen y de echar más balas al cañón. Balas del tamaño de un… Tracy duda un par de segundos y dice: del tamaño de un pene de negro. Mierda, exclamo yo, Tracy, ¿no se te pudo ocurrir otra cosa? Es igual dice Tracy, el caso es que estoy ahí, echado, con el frío acero entre mis manos, apuntando al horizonte. La primera hora es fatal, uno no lo sabe con exactitud, pero en el siguiente segundo se podría desatar el infierno. Sin embargo no ocurre. A mi lado hay otro tío, y al lado de éste, otro, todos apuntando y sudando, a pesar el frío de la mañana. Apuntar así, en espera de lo peor, es tan cansado como correr un maratón. No nos movemos ni un centímetro; tenemos el ojo pegado a la mirilla y las manos sobre el gatillo, apretando fuerte porque sabemos que si tardamos un segundo en disparar cuando los rusos aparezcan, podríamos morir, y de nada hubiese servido estar allí desde la noche anterior. Tenemos la boca seca y los nervios de punta. 

 ¿Y si llegasen por detrás?, pregunto a Mutis en un susurro, pero sin quitar la vista de enfrente. Mutis está en cuclillas, como una roca. Hay gente vigilando detrás, me dice. Trago saliva y luego de pensarlo unos buenos minutos, contesto: ¿y cuántas metralletas apuntan a la retaguardia? Lo pregunto aunque conozco la respuesta: ninguna, Dios. La gente que vigila tiene fusiles y granadas de mano, trata de calmarme Mutis pero yo sé que le he dejado pensando. ¿Sabes cuánto nos tardaría mover esta cosa (doy un golpecito a la metralleta) en caso de que llegasen por detrás? Es imposible que lleguen por detrás, vienen del Oeste, responde Mutis, atrás está Bélgica. Carajo digo, y atrás de Bélgica está Alemania y atrás Rusia, ¿de dónde crees que es más probable que vengan? Esa es la cosa, dice Mutis, les han transportado en avión hasta Francia, para llegar por el Oeste, por donde es más improbable que lleguen, y cogernos por sorpresa. ¿Y tú cómo lo sabes, es que acaso eres el que lo sabe todo? No lo sé, lo supongo, confiesa Mutis. Vale digo, pues si llegasen por detrás, ¿sabes cuánto nos tardaría mover la cosa?, vuelvo a preguntar. Mutis me mira, está un poco harto, ¿qué sugieres?, pregunta, ¿quieres que cambiemos de dirección? Ni pensarlo contestó, si llegan por delante estamos muertos. Entonces cierra la maldita boca, exclama Mutis, y no dejes de apuntar. 

 Durante las primeras dos horas nadie se queja abiertamente. A la tercera los ojos duelen de tenerlos fijos en la nada. Trato de apuntar al espacio entre dos árboles, de donde podrían salir, según yo, los putos rusos. Al mismo tiempo trato de pensar en otra cosa. Pienso en los primeros días de la guerra. Cuando Frederick, Gombrich, Mutis y yo nos alistamos voluntariamente. Se nos dijo que en cuatro semanas acabaríamos con los franceses, y ahora Rusia ha entrado a la guerra. Y los ingleses han entrado también. Bulgaria, Astro Hungría y Serbia. Italia. Y yo no sé porqué. Han matado al archiduque, eso sí lo sé;  me parece inaudito que por un hombre tengamos que morir todos. ¿Mutis, le digo a Mutis, tú sabes por qué los rusos han entrado a la guerra? Mutis se sorprende de mi pregunta, como si fuese obvio. Son aliados de Francia, me explica aparentando una tranquilidad y una certeza que estoy seguro no posee. Ya sé que son aliados de Francia, le digo, eso nos lo ha gritado Katsinsky un millón de veces, pero, ¿cómo es que son aliados? Mutis contesta sin quitar la vista del campo: porque han firmado un tratado que así lo estipula, por eso. Nosotros somos aliados de Astro Hungría e Italia, agrega. ¿Y cómo es que se firman esos tratados?, pregunto ingenuamente. Mutis hace un esfuerzo por no perder la calma. Se firman y ya, dice, además, ¿a ti qué te importa? Me importa mucho digo, porque si es así, ya deberían firmar un tratado donde todos los países sean aliados, Dios. Mutis ríe y dice: quizá algún día lo hagan, quién sabe, antes Francia y Rusia no eran aliados, si hubiese habido guerra poco antes de la muerte de Bismarck, hubiesen sido los primeros en matarse. Mierda, exclamo, si por mí fuera firmaría un tratado para que nadie tuviera que matarse nunca…

 Nuestra conversación es interrumpida. Tras tres horas y media de espera se nos hace cambiar de posición. Ahora yo estoy en la retaguardia, junto a Gombrich, y Mutis coge la metralleta. Le han puesto a Muller para que alimente. 

 ¿Qué sabes de los rusos?, me pregunta Gombrich, nerviosos, ¿les has visto? No, contesto, no les he visto, idiota, si les hubiese visto, habría disparado. ¿Crees que vengan?, pregunta. Claro que vendrán, contesto, han entrado a la guerra. ¿Y si no vienen?, dice. Qué cosa, claro que vendrán, si no, ¿para qué nos han enviado?, exclamo. Escupo al suelo y repito que es claro que vendrán. Bueno, insiste Gombrich, sólo imagina que no vienen, ¿qué haremos entonces? Carajo, digo,  los rusos no han entrado a la guerra para no venir. Gombrich asiente con la cabeza. Está nervioso. Es como si supiera que los rusos no vendrán.

3

 Han pasado tres días y de los rusos nada. La comida escasea, el ron escasea. Tenemos cigarrillos pero ninguno se atreve a encenderlos. Incluso durante el día las nubes de humo podrían delatar nuestra posición. Hemos dormido casi nada, de pie. Las ratas ya no nos parecen tan repugnantes, incluso hay quien las mira con ojos de hambre. La cabeza me estalla de tanto estar al pendiente. Cómo me encantaría que los putos rusos llegasen de una buena vez. Esto es peor que la batalla, dice Frederick y tiene razón. ¿Durante cuánto tiempo más seremos capaces de mantener la atención en el frente, y de no perder la cordura? Para cuando lleguen los rusos estaremos muertos de cansancio, exclama Gombrich. Apenas nos hemos alimentado, el fusil me pesa como si fuese un trozo de mármol.  Sacarás fuerza de la nada, dice Mutis, sacarás fuerza ante el miedo a morir. Gombrich mueve la cabeza negativamente, dice que lo duda, que está rendido, la tensión de la espera ha acabado con sus nervios. Sería mejor que nos cayera una maldita bomba y acabara con nosotros de tajo, opina Frederick. 

 El rumor comienza a expandirse cuando un soldado enloquece. Corre a campo abierto al tiempo que grita: ¡no vendrán!, ¡nos han abandonado! Tres soldados corren por él y lo traen de regreso a las trincheras, rápido, como si estar en campo abierto quemase la piel. Desesperados lo tumban al suelo y le abofetean. El soldado enloquecido patalea y grita que se den cuenta, que todo esto es una trampa, se han deshecho de nosotros como quien manda a un niño a ver si ya puso la marrana. 

 ¿Crees que sea cierto?, pregunta Frederick. Gombrich afirma, tajante, que es cierto, que él ya lo sospechaba, lo intuía, y estaba seguro que los rusos no vendrían jamás. Mutis lo piensa antes de contestar. No dice, no puede ser verdad, no pueden abandonarnos como si tal cosa, además, ¿por qué lo harían? Nadie contesta. No lo saben a ciencia cierta. Lo que sí, dice Frederick, es que no han mandado comida y deben saber que a estas alturas, no queda nada. No han mandado siquiera a un mensajero, para informar de lo acontecido, agrega Gombrich, ¿es que se piensan que ya hemos acabado con los rusos, o que los rusos ya acabaron con nosotros? ¿Por qué no vienen a recogernos, vivos o muertos? 

 Los soldados comienzan a enloquecer. Cinco días y nada. No sabemos nada de los rusos, ni de los alemanes. Hemos tenido que asar ratas para comer. Hacemos fuego y ya no nos importa si delatamos nuestra posición. Quizá lo más sensato sería delatar nuestra posición y que alguien viniese a rescatarnos. 

 Estamos sentados en campo abierto, en círculo, y así lo hace la mayoría. Como un picnic. Algunos se recuestan y encienden cigarrillos. Ya nadie cree en la llegada de los rusos. Mutis coge el cuchillo y corta un trozo de rata. Esta asada. No luce mal, dice. Todos estamos de acuerdo, no luce nada mal. Mutis se lleva el trozo a la boca y mastica. Esta suave, dice, no está nada mal, nada mal. Yo soy el segundo en probarlo. Definitivamente no está mal. Deberían venderlas en los mercados, digo, yo las compraría, saben a conejo. Es el turno de Frederick. Lo prueba y dice que es mejor, mucho mejor, que esa mierda de alubias y patatas que nos dan en las barracas. Gombrich ya no puede más, era el más reacio  a probarlo pero al escuchar nuestros comentarios, y con el hambre que tiene, arranca un buen trozo y se lo zampa. Dios dice, si no tuvieran esas malditas caras de rata serían un éxito de venta en la ciudad. Todos reímos y comemos alegremente. Por un momento casi olvidamos que estamos en la guerra. Hasta que un soldado se acerca a nuestro círculo, se arrodilla, y nos los dice: mañana partiremos de regreso a las barracas, unos amigos y yo, queremos que vengan todos, ¿qué dicen? La cosa nos cae por sorpresa. Partiremos al anochecer, dice el solado, tómense ese tiempo para pensarlo pero yo les recomiendo que nos larguemos de aquí, de lo contrario moriremos de hambre y de cansancio. Acto seguido el soldado se levanta y se va. Lo seguimos con la mirada. Se acerca a otro grupo, se arrodilla y se los dice. 

 Tenemos que irnos con ellos, dice Gombrich sin dudarlo. Frederick teme. ¿Cómo nos presentaremos ante Katsinsky?, pregunta, ¿diciendo que hemos abandonado por nuestras pelotas? Mutis opina que Frederick tiene razón, quizá nos fusilen por algo así, dice. Gombrich dice que no podrían, no si vamos todos. Diremos que los rusos no llegaron y que la comida se agotó, era imposible permanecer. Además lo es, agregó. Eso cierto dije, no podemos permanecer aquí aunque lo queramos. Podemos comer ratas, ¿pero qué beberemos?, no hay ni un puto charco. 

 Mutis ha decido quedarse y yo he decidido quedarme con él. No confío en mi instinto pero confió en el instinto de él. Mutis es el más serio de todos nosotros, de algún modo siempre sabe qué hacer. Frederick y Gombrich parten al anochecer con más de la mitad del pelotón. Solo unos cuantos hemos decidido esperar a los rusos, o a los alemanes. 

4

 Carajo, Tracy, le digo, ¿cómo es que se quedaron allí?, yo me hubiera largado con los demás. Pasados dos días más en la penosa situación, dice Tracy, y al amanecer del tercero, cuando se rumoraba emprender el regreso a las barracas con los pocos que quedamos, llegaron los malditos alemanes. Con Katsinsky al frente, en coches, y con sonrisas del tamaño de sus caras. Estaban muy contentos, y sentimos ganas de patearles las bolas. De los coches bajaron soldados y nos repartieron latas de conservas,  cantimploras con agua y cigarrillos. Katsinsky anunció que los rusos no vendrían, que fue falsa alarma. Pero no se le borraba esa maldita sonrisa de la cara, como si estuviese orgulloso de hacer alguna travesura o algo. 

 Se nos hizo hacer fila y se nos contó. Faltaba más de la mitad del pelotón. Sin embargo Katsinsky no dijo nada al respecto. Lo sabía. Sabía que algunos habían regresado a las barracas, a pie, y que otros habían quedado. 

 No entiendo, le digo a Tracy, ahora sí que no entiendo un carajo, ¿qué sentido tiene todo eso? Nosotros tampoco lo entendimos muy bien, dice, cuando regresamos Frederick y Gombrich nos contaron que allá en las barracas los estaban esperando. Katsinsky los estaba esperando casi casi con cronómetro en mano. ¿Para qué?, ¿por qué?, pregunto. No estoy seguro, dice Tracy, la verdad que no se habló mucho del asunto. Nos llevaron en coches a las barracas y nos reagruparon con el resto del pelotón, después de eso no se dijo gran cosa. Katsinsky no volvió a hablar del tema y todo en adelante ocurrió como siempre. 

 Gombrich sostuvo la hipótesis de que aquello fue un experimento del ejército, algo así como probar a los soldados y su resistencia, pero Mutis y yo lo creímos descabellado. Frederick simplemente dijo que todo fue una falsa alarma, que es lo que nos dijeron, y se olvidó de todo. Pudo vivir tranquilo, pero yo siempre supe que hubo algo más oscuro detrás de aquello. 



3 comentarios:

  1. Luis Antonio Lopez9 de octubre de 2011, 20:20

    Muy bién, los decires de la guerra y el amor. Al final todos entran en el mismo vaso de agua para ahogarse. No hay paz en el mundo, gracias a esos fulanos tratados firmados tras bastidores. A espaldas de los pueblos.

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  2. Jaja, muy bueno realmente. Interesante

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