martes, 25 de octubre de 2011

París no es una fiesta: el primer beso.



Comencé a escribir poemas a los quince años, dije. Sin embargo, en ese entonces no pensé que me dedicaría a la poesía. Escribía algún poema y luego lo olvidaba. Los escribía en la parte de atrás de algún cuaderno de colegio, o en papeles sueltos que perdía y jamás pensé que alguno de ellos pudiera valer algo. No quiero decir dinero sino algo, lo que sea que pueda valer un poema. Casi todo iba sobre la playa, el mar, el bosque. Me gustaba escribir paisajes así como un pintor los pinta. Luego me pasé a los animales. Hice un librito que intitulé: Bestiario poético. Aún lo conservo pero no sé exactamente  en donde. 

 Verónica asintió con la cabeza y dio un trago al whisky. Le estaba contando mi carrera literaria, que era una carrera más bien personal y no la gran cosa. A los veinte años, continúe, leí al poeta Roberto Bolaño, cuando todavía no era lo que hoy es, y me involucré tanto que llegué a considerarme un poeta real visceralista. Pensé que eso haría reír a Verónica pero no fue así. Me  pareció, por el contrario, que se aburría. Deseaba parar pero no pude, ya había comenzado y una fuerza ajena a mí  me obligaba a seguir y contarle, y contarme a mí,  la historia de mi vida. Era algo así como una confesión y una muestra de cariño. Aunque por otro lado se me antojaba un acto de egoísta vanidad. Una lucha interna por parar y por seguir se libraba en mí, lo que interfirió haciendo de mi monólogo un montón de enunciados tautológicos y sin sentido. Me sumergía en un pasaje que yo consideraba importante, y al finalizarlo, y al comenzar otro, me parecía que había olvidado algún detalle de lo anterior, y regresaba más veces que avanzaba, y no pude detenerme hasta que Verónica se levanto al sanitario dejándome con la palabra en la boca.

  Verónica regreso del servicio y me preguntó que entonces qué. Entonces un día lo supe, respondí estúpidamente, supe que sería poeta y encaminé mi vida a ello. Para empezar dejé el colegio, mi educación académica estaba interrumpiendo mis estudios poéticos. Me volví autodidacta. Leía a los griegos, los Himnos homéricos, la Batracomiomaquia, y… No, exclamó Verónica impaciente, ¿entonces qué?, repitió. Yo no entendía la pregunta, o más sinceramente, no quería entenderla. Por supuesto se refería a nosotros. Yo le había confesado mi amor y ella había… confesado (?), una atracción física hacia mí. Este era el momento que había anhelado desde el primer instante en que la vi. El momento decisivo, donde mediría mi talento seductivo. Tenía a la mujer de mis sueños, bella e inteligente frente a mí, dispuesta a comenzar un romance, y yo estaba nervioso y muerto de miedo. Bastaba una palabra mía para que fuésemos a mi  casa, o a la suya, y… bueno, hiciéramos eso que se supone yo deseaba hacer, y para lo que Petrozza me había entrenado recién. Sin embargo yo tenía veinticinco años y ninguna experiencia sexual. 

  Se dice que los poetas son expertos seductores, bohemios, y rodeados de mujeres apasionadas. Se dice que verbo mata carita pero yo soy la excepción a la regla, y mis versos jamás han matado a alguien, ni enamorado a alguna, y ninguna se ha interesado en mí como poeta. Una vez tuve una novia pero jamás lo hicimos porque hacerlo me parecía un acto salvaje, bajo, y yo la amaba demasiado, lo suficiente para no mirarla como un trozo de carne. Por su puesto, harta de mi amor descomunal, me dejó, y se fue con otro, que la embarazó a los pocos mese de noviazgo y convirtió  su vida en un infierno. Todavía la recuerdo, como un recuerdo grato, y me pregunto qué hubiera sido de nosotros si el padre hubiera sido yo. Quizá eso hubiese frustrado mi carrera de poeta,  o quizá no, pero eso es algo que nunca sabré, y no vale la pena pensar en ello. No se llamaba María pero a mí me gusta pensar que sí. Y cuando pienso en María pienso en el mar. Aunque a veces también pienso en la tierra. En tierra mojada y en sembradíos de maíz. Cuando me enteré de su embarazo pensé en María como una gran madre, el gran útero engendrador de la Tierra, y de todo ser humano. Como algo cálido y maternal. Le sugerí que nombrara a su hija María, pero la nombró Kelly. Entonces dejé de amarla, a Jessica (así se llamaba), aunque continúo enamorado de María, secretamente.

  Ante mi mutismo Verónica preguntó si pensaba ordenar algo más, o podíamos irnos a un lugar mejor. No sé a qué se refería con eso de un lugar mejor, pero intuía que en ese lugar yo  podía morir de un ataque al corazón. ¿Te parece, dije tartamudeando, si nos bebemos una ronda más de whisky en las rocas, y luego nos vamos? Verónica estuvo de acuerdo y ahora fue ella quien no paró de hablar. Habló de su padre, de lo mucho que lo ama, y de todo lo que ambos sufrieron con el divorcio de su madre. Por su parte no sufrió con la partida de ella, eso lo gozó; sufrió por el sufrimiento que la ruptura causó en él, en su padre. Yo la escuchaba con verdadera atención. Me pareció que era su turno de hacer alguna confesión de vida, pero recordé que ella misma había publicado un texto al respecto, así que de confesión, nada. Lo mismo pudo hablar de su madre o del clima; además había en ella cierto placer al hablar de sí misma, que deduje egotismo. Hablaba de temas que para cualquiera serían delicados, como quien habla de banalidades sin importancia. Me recordó a aquellos poetas que pueden escribir los versos más tristes esta noche, pero sin ningún sentimiento verdadero. Las palabras son palabras después de todo, y una palabra triste será siempre una palabra triste, verbigracia, desesperanza o enfermedad. Sin embargo, las palabras pueden estar muertas o llenas de vida. Incluso la palabra muerte, puede estar llena de vida. Esas son cosas que sólo un poeta entendería, así que me guardé mis pensamientos, y dejé que se explayara. Después de todo, las palabras son palabras y el sufrimiento que experimentó Verónica al ver sufrir a su padre, debió ser sincero, aunque ahora esté superado. 

 Cuando terminamos las bebidas Verónica preguntó que a dónde me gustaría ir. Este era mi momento. El clímax de todos mis esfuerzos. No habría vuelta atrás, y si fallaba, sería culpa mía y de nadie más. A dónde tú quieras, dije, y me arrepentí como nunca en la vida. No estaba frente a una niña de quince años, y yo tampoco tenía quince años, aunque los pareciera. Estaba frente a una mujer decidida, con mucha fuerza y con mucha paciencia, que me ofrecía libremente llevarla a la cama, porque ella lo deseaba, y se supone que yo también lo deseaba. No, de verdad, dijo ella, donde tú quieras está bien. Una cosa es segura, y es que Verónica estaba jugando conmigo. Porque sabía, cómo no iba a saberlo, que yo jamás lo propondría directamente. Eso pensé. Es cierto también que yo solo me había metido en esto, y que yo era el hombre (lo que eso signifique) y el que debía dar el primer paso a la consumación de nuestro amor. Todo hubiese sido más sencillo si Verónica fuese fea o si yo no la amara tanto. Incluso llegué a pensar que todo esto sería una broma. Yo no me consideraba un hombre guapo, ni tenía dinero, cosas que Verónica pregonaba buscar en el sexo opuesto, y era casi imposible que ella se fijase en mí. Había leído tan sólo un par o poco más de poemas míos, por lo que se descartaba la idea de que yo la hubiese conquistado con mi poesía. De hecho, yo no la había conquistado en absoluto, y eso es lo que no terminaba de entender. Quizá si Verónica se hubiese mostrado interesada en mí sinceramente, interesada siquiera en el mínimo detalle de mí, la fuerza de la seguridad me hubiese ayudado a dar el primer paso, y no como sucedía, que la fuerza de la inseguridad me apoderaba. La incógnita del por qué Verónica se tomaba la molestia de salir conmigo me atormentó tanto en ese instante, que casi pierdo el sentido de la realidad. 

 El sentido de la realidad lo recuperé en seguida, cuando llamaron a mi teléfono móvil. Era Petrozza, que de algún  modo sabía que yo estaba allí, con Verónica. Me disculpé y me levanté para atender la llamada, que fue para mí, el respiro que necesitaba. 

 Le confirmé que estaba con Verónica, y dijo: vale, no la vayas a cagar, ¿cómo va la cosa? Aquí reconocí que Petrozza es un fiel amigo que hace suyos los intereses de las personas que estima. Creo que va bien, dije, me ha propuesto ir a otro sitio. Excelente, exclamó, ya la tienes, ¿a dónde la piensas llevar? Ese es el problema, contesté, no sé a dónde. Mierda, dijo, pase lo que pase no la lleves a un hotel de menos de seiscientos pavos, ya lo he intentado yo y no da resultado. No te preocupes dije, no tengo ni doscientos, tendrá que ser en su casa. No, no, dijo Petrozza, a su casa no, ese es territorio suyo y estarás en desventaja. Bueno dije, ¿y entonces a dónde? No podía llevarla a la mía porque ahí vive mi abuela, y definitivamente no podría hacer nada. Mi abuela suele meter las narices en lo que no le importa. Petrozza lo pensó un segundo y dijo: devuélveme la llamada, estoy en un público y se cortará en dos seg… La llamada se cortó.

 Regresé la llamada al móvil de Petrozza y dijo que lo había pensado. Bueno dije, ¿a dónde?  ¿Cuánto tienes exactamente?, preguntó. ¿Cuánto qué?, pregunté. Cuánto dinero, tío, Dios, ¿qué más?, respondió. Inspeccioné la billetera, y consté: descontando la cuenta me quedarán unos sesenta pesos. Carajo exclamó, no, deja que ella pague la cuenta. Estás loco dije, no puedo hacer eso, no soy tú. Vale, vale, dijo Petrozza, inténtalo, si lo logras puedo rentarte mi habitación por doscientos. ¿Qué?, exclamé, ¿para eso me llamas? No, no, dijo, se me acaba de ocurrir. No es verdad dije, llamaste porque te lo imaginabas. Mierda, respondió, vale, es verdad, pero… piénsalo, tú necesitas un cuarto y yo… bueno, yo necesito el dinero para desaparcarme toda la noche. Es justo, agregó. En verdad era justo. Así que contra todo mi pesar, acepté. 

 ¡No lo puedo creer!, exclamó Verónica cuando le confesé la jugada. Tenía que hacerlo, de lo contrario, ¿cómo le explicaría mi deseo era ir a cada de Petrozza? Lo que no podía creer, para mi fortuna, es que el mamarracho (sic) me cobrara por el cuarto. Si eso es lo que quiere, ya verá, dijo, no le darás un centavo. No sé dije, después de todo es justo. No dijo, no es justo, si tú supieras todo lo que yo he hecho por él, infinidad de veces le he pagado el trago, le he prestado para el alquiler, le invito a comer, y que ahora quiera cobrarnos por su casa, me parece inaudito. Cuando Verónica dijo cobrarnos, me estremecí. Se estaba involucrando en el pago y no parecía afectarle la bajeza de la situación. Verónica Pinciotti, haciendo el amor conmigo, un poeta anónimo, y sin un quinto, en el cuarto del hijo de puta de Martin Petrozza. Era yo quien no lo podía creer. 

 Verónica pagó la cuenta y me hizo subir al auto, de prisa, y condujo rápido hasta el domicilio de nuestro amigo. Sentía ganas de reír, y de llorar al mismo tiempo. La humillación y el sentimiento de triunfo eran uno en mí. 

2

 Lo que sucedió en casa de Petrozza fue patético, y a la vez encantador, y por mucho mejor de lo que yo esperaba. Después de pasar por la terrible escena donde Verónica echó a Petrozza de su propia casa, pues es lo único que se merecía, según ella, entramos, y maliciosamente se propuso acabar con todo lo que encontró. No encontró mucho. Media botella de ron y media botella de whisky. Algunos cigarrillos y un trozo de jamón. Pero el jamón no lo tocó. Yo la miraba hacer todo eso con placer. Como una niña que se venga de un amigo. 

 El proceso de inspección, como decidimos llamarlo Verónica y yo, entre risas y alegría, comenzó cuando, sin querer, me topé con una revista tres equis que estaba en el cuarto de baño. No fue difícil dar con ella. Descansaba en el suelo, junto al retrete. Era una revista vieja, un número del año noventaitantos, y se la mostré a Verónica, como un chiste. La tomó y dijo: ese cabrón. Eso fue todo lo que dijo, pero enseguida se puso a hurgar en todos los rincones de la casa. Acto seguido me puse a hurgar con ella. No encontramos mucho, a excepción de unas fotografías. Eran fotografías de verdad, impresas, y de mujeres. Verónica puso atención a ellas. Fue quien las encontró en una caja junto a la cama. Esta es Carolina, me dijo pasándome una fotografía. Vaya dije, la mítica Carolina, la mujer que domó a Petrozza con la fuerza del látigo, estaba allí, en una foto, y lucía como una inocente princesita. Y esta no sé quién sea, dijo, y se sentó en el borde de la cama, junto a mí. Me pasó la fotografía, y si ella no sabía de quien se trataba, yo menos. Era una mujer delgada, de tez blanca y cara bonita. Supongo que alguna novia suya, opiné. Sin embargo volteé la fotografía y estaba escrito un texto, a mano. Maldición, dijo Verónica, ¡a ver! Me arrebató la fotografía y leyó el texto. El texto comenzaba así: apenas miro tu fotografía… y Verónica expresó que nunca pensó que ese texto fuese real, es decir, que la fotografía a que alude el texto, fuese real. Luego se olvidó de la foto y pasó a otra más. Viendo las fotos de Petrozza observé que todas las mujeres con las que ha salido, o al menos todas las mujeres con las que ha salido y de las que posee alguna fotografía, son del mismo estilo: delgadas, de tez blanca y cara bonita. Incluso Simona es así, pensé. Incluso Verónica es así, pensé después. 

 Estuvimos con eso de las fotos un buen rato. A cada foto verónica intentaba recordar o deducir de quién se trataba. Pero las fotos terminaron antes que nuestra curiosidad. Aparte de ellas había en la caja algunas cartas, de amor por supuesto, y no pudimos evitar leerlas. No nos decepcionamos cuando descubrimos que las cartas no estaban escritas por Petrozza sino por ellas. Por las chicas de las fotos, o de otras más que no estaban en las fotos. Pero ninguna por Petrozza. Las cartas iban sobre lo mucho que lo amaban y lo poco que podían vivir sin él. Lo felices que las hacía, y todas esas cosas. Sentí una ligera envidia por Petrozza, a mí ninguna mujer me había necesitado o escrito una carta siquiera. 

 Entonces ocurrió. Tomé una carta, la que venía en seguida de las demás, la abrí, y antes de que comenzara a leer, Verónica me la arrebató, como si se tratase de un objeto envenenado. ¿Qué pasa?, pregunté. Rió y dijo que era mejor que yo no leyera esa. ¿Por qué no?, pregunté, y sin muchos rodeos, y francamente, me confesó que esa carta la reconocía perfecto porque ella misma la había hecho. Era una carta en papel perfumado, y metida en un sobre (era la única metida en un sobre), con letras cursivas y elegantes. No pensé que Petrozza conservara todo esto, dijo. Bueno dije, ¿por qué no habría de conservarlo? Nunca habla de conservar estas cosas, dijo ella, ya le conoces, es como si nada le importara, es como si una mujer pudiese cortarse las venas por él, en sus narices, y a él no le importara en absoluto. Asentí con la cabeza. Acto seguido Verónica pidió que trajera para acá las botellas que encontramos y eso hice. 

 Bebimos y reímos. Comenzamos riendo de Petrozza. Imaginábamos el lío que armaría cuando se diera cuenta que aparte de echarlo de su casa, habías terminado con su reserva de alcohol. Eso sí le enojará, dije. No importa dijo Verónica, ya le repondré las botellas cuando pida perdón. Bueno dije, como sea. 

 Sin notarlo y muy gradualmente, Verónica y yo terminamos recostados en la cama, muy cerca uno del otro. Y en algún momento, sin notarlo, mis labios… mejor dicho, sus labios, terminaron pegados a los míos. Creo que lo último que escuché decirle antes de aquello, fue una risa sobre lo imbécil que yo había sido al aceptar pagar por el cuarto. Dijo que en todo caso pudimos ir a casa suya, y que a Petrozza hay que tratarlo con mano dura o es capaz de robarnos el alma, abusando. Luego agregó que yo era un ingenuo e inocente, y un tierno. Sí, eso fue lo último que dijo, que yo era un tierno, antes de besarme en los labios, tan despacio y a la vez tan rápido, que no tuve tiempo de pensar en nada más…



8 comentarios:

  1. vaya eso de escribir poemas en la parte de atras de las libretas tambien se me daba mucho y muy cierto q jamas pensamos en q pueden tener valor algun dia y yo simplemente se los regalaba a mis amigas para sus novios y nunca deje una copia para mi

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  2. María Guadalupe Recio Flores25 de octubre de 2011, 1:21

    Casi perfecto...solo en algunas partes senti sin perderel interesqueel autoriba muydeprisa....Me gusto., lo lei completo y finalmente....estoes solo una opinion.......

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  3. Muy buen relato. Audaz y divertido a la vez.
    Me gusto.

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  4. Excelente texto. Todos los que escribimos poesía o novela alguna vez, nos sentimos identificados.
    Tiene las cualidades de ser sincero y conmovedor. Felicidades por lograr una excelente calidad y naturalidad.

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  5. Parece varios se identificaran con esta historia, gracias

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  6. a veces un es irresponsable con la obra, como un padre lo es aun hijo de esas irresponsabilidades nace la frustración

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  7. Jesús Nicolás Luna27 de octubre de 2011, 19:40

    Encantado con la lectura

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  8. Se me saltan las lágrimas, porque es mi mismo sentir. Comencé más temprano a escribir, no recuerdo a qué edad. Era muy niña y escribía pensando que algún día aquellos papeles servirían para convertirme en escritora. Nunca imaginé que un día existiría internet y colgaría ahí mis creaciones y que gente como vosotros las leería. Yo sí conservo mi primera novela (escrita siendo niña), muy ingenua, vista con los ojos de una cría. Pensaba que se había perdido en una mudanza y hace poco la encontré. Es mi pequeño tesoro.

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