lunes, 3 de octubre de 2011

París no es una fiesta: ¡cógetela y ya!



Existe una diferencia radical entre ser un borracho, y un borracho que escribe, dijo Petrozza, quien por su puesto, se defendía del mordaz juicio, o prejuicio, de la sociedad, ante su… ¿cómo llamarlo? Amor, exclamó Petrozza, amor al trago. Que era, ¿por qué mentir?, una evidente adicción al trago. Sin embargo Petrozza insistía en no llamarlo adicción. Decía que hay una diferencia radical entre amor y adicción, y Verónica Pinciotti le pidió una explicación sensata al respecto, si es que la tienes (sensata), agregó. 

 Petrozza contestó que la diferencia radica en que un vulgar borracho entrega su vida, su minúscula vida, al trago, y él, en su caso, utiliza la bebida como medio de autoexploración. Eso dijo pero yo mismo le había escuchado decir que bebe para no enloquecer, que beber es el único modo de no enloquecer. Así confirmé la teoría de que Petrozza es un ser contradictorio, y sobre todo, que sus contradicciones nacen del gusto (enorme gusto) por debatir incansablemente. Verónica frunció la boca y pidió nuevas explicaciones al respecto. Petrozza se soltó con una perorata apológica, la cual olvidé por completo, ya que me concentré en otra cosa, una tarea personal, que consistía en el embelesamiento, y tenía por mira, básicamente: observar y aprender de los hábitos y costumbres de mi nueva presa de amor, Verónica Pinciotti. 

 Aprendí, por ejemplo, que Verónica es tan sofista como Petrozza, y que en sus pesquisas sobre el funcionamiento de la mente petrozziana, anida un móvil oscuro que responde a la mera búsqueda de su propio divertimento. Lo que me pareció, en un primer análisis, frívolo y mezquino, y en un segundo análisis, interesante. Interesante porque ambos sabían en lo profundo de los intereses egoístas del otro, y sonreían internamente a esto, como quien se divierte procurando diversión al prójimo; lo que me hizo pensar que juzgarlos frívolos o egoístas, es injusto. Ya que ambos sacrificaban sus intereses personales, sus creencias personales, en pro del placer intelectual que se proporcionan dialogando lo que a primera vista luce banal. 

 ¿Y tú, qué opinas, Salmoneo, querido?, me preguntó Verónica con ese aire suyo de señora que adoptaba en las tertulias de cantina. La pregunta me cayó como un balde de agua fría sobre la cabeza, y no pude menos que ponerme de su parte, como el viejo Petrozza me había recomendado hacer, anteriormente, con su manual de seducción. Aquí aprendí que dicho consejo implica un esfuerzo mayor al que aparenta. Acto seguido, Verónica me pidió ahora a mí, la explicación de mi postura. Postura que era falsa, y de la que yo desconocía las raíces que la sostenían y le daban vida. 

 Tosí, y dije que era claro que el amigo Petrozza estaba loco. Que era más o menos, aunque con mayor simpleza, lo que ella sostenía. Petrozza me miró directo a los ojos y entendió el motor de mi juicio. No se defendió. Lo que sí hizo fue levantar la mano atrayendo así la atención de un mesero, y se ordenó un whisky en las rocas más. Apuntando que nuestra opinión sobre su adicción al trago, le tenía sin la mínima importancia. 

 Cuando el trago de Petrozza llegó, Verónica se levantó so pretexto de necesitar acudir al sanitario. Y una vez solos, Petrozza acercó su cara a la mía, y preguntó qué demonios estaba haciendo. Se refería a que en la primera media hora de conversación yo no había seguido en absoluto el plan y los consejos trazados de antemano para la conquista de mi presa. Bueno le dije, me parece que no tengo el valor ni el coraje suficiente después de todo. Petrozza se aclaró la garganta y contestó: si no tienes el coraje ni el valor suficiente, haz como si lo tuvieras, invéntatelo, finge tenerlo, pero por amor a Dios, no me hagas perder el tiempo.

 Me sorprendió que él estuviese tan interesado en el éxito de mi fracasada empresa. Asentí con la cabeza y prometí que en adelante actuaría de acuerdo al maquiavélico plan que había maquinado para mí. 

 Así, cuando Verónica regresó del sanitario, Petrozza me pateó por debajo de la mesa y haciendo un esfuerzo sobrenatural (sobrenatural quiere decir, más allá de mi naturaleza, tímida) llevé la diestra hasta el cabello de Verónica e hice como si tuviese ella una basura o lo que sea, y yo la quitase para que no manchase su belleza. Si este acto fue para mí, sobrehumano, Verónica lo tomó indiferente, no dijo gracias ni nada, dejándome según mi perspectiva, en el mayor de los ridículos, y derrotado. 

 Y así hubiese quedado, derrotado y humillado, de no ser porque Petrozza, forzando al límite mi entereza, dijo, dirigiéndose a Verónica: Salmoneo tiene algo que decirte, tía, pero no se atreve. Verónica (ahora sé que falsamente) sorprendida, exclamó que no tuviese miedo, que éramos amigos y que podría decir cualquier cosa que se me ocurriera sin el menor temor. Lo dijo sonriendo y volteándose hacia mí, lo que me hizo sentir aún peor, pues ahora tenía toda la atención de ella, y yo no podía fallar. Pude haber inventado cualquier cosa. Pude haber dicho cualquier cosa. Sin embargo había algo en el ambiente que me hacía saber que Petrozza lo sabía, Verónica lo sabía, y no tenía caso inventar, esta era mi oportunidad, y tartamudeando, dije: Verónica, creo que me gustas. 

 Petrozza soltó una sonora carcajada, y ella, sonriendo, al borde de la risa, preguntó si yo tan sólo lo creía. Apenado contesté, corrigiendo mi error, que no lo creía, sino estaba seguro, más seguro que nunca en mi vida. Verónica asintió con la cabeza, colocó la palma de su mano sobre el dorso de la mía, y pronunció las palabras que fueron el comienzo de la historia que más me ha marcado en los días de mi existencia: no te preocupes, querido, ya tendremos tiempo y ocasión de hablar esto a solas tú y yo. Acto seguido, me guiñó el ojo. 

2

La mejor ocasión llegó en casa de Verónica, en el jardín de su casa, y aunque ya antes yo había estado en su hogar, aquella vez sentí como si fuese la primera, pues yo mismo no me reconocía como el mismo ser que era antes de la velada en la cantina, donde confesé mi atracción. 

 ¿Y bien?, dijo Verónica una vez servido el whisky en las rocas, te escucho. Esta manera suya de afrontar la situación me recordó que estaba yo ante una mujer acostumbrada a los elogios y las confesiones de amor, y más que tranquilizarme, me consternó. 

 Encendí un cigarrillo que ella misma me ofreció antes de dejarme hablar, y tuvo que consumirse más de la mitad para que yo me animara a comenzar. Con una fortaleza y una seguridad ajenas a mí, dije: Verónica, me gustas, me gustas mucho y estoy enamorado de ti. Verónica no se impactó, me dio la impresión que ni siquiera le sorprendió. Dio una calda al cigarrillo y me cuestionó el porqué de mi amor. 

 Aunque yo conocía perfectamente el porqué, la saliva de mi boca se secó y la palabras se aglomeraron de tal modo en mi cabeza, que semejando un embudo, ninguna pudo salir airosa, atascadas. Verónica me miraba tiernamente, ayudando a lubricar mis emociones, pero sin éxito. No lo sé, dije al fin, con el tono de voz alterado, sólo sé que te amo. No puedes amarme sólo porque sí, respondió ella, vamos, haz un esfuerzo. Me sentí como un niño que desea expresar una idea que se le antoja descabellada, pero que cree firmemente en ella, y debido a su cortísima experiencia con el lenguaje, debe ser forzado por su madre a expresar sus pensares. Si no me dices porqué me amas, ¿cómo esperas que pueda amarte?, preguntó Verónica y este fue el final. Me acabó. La sola idea de que ella, Verónica Pinciotti, pudiese amarme, me parecía tan lejana y a la vez tan avasalladora, que con este comentario, acabó conmigo. No pude decir nada más. 

 Continuamos bebiendo mientras ella me ponía al tanto de la situación. Estaba por casarse con su novio y prometido, no más de un año y estaría casada y radicando en Italia. Lo que por supuesto, entristecía mi alama, aunque todo eso yo ya lo sabía. Lo sabía por Petrozza, sin embargo, escucharlo de viva voz de Verónica fue como el golpe de un martillo a una copa de cristal. ¿Por qué forzarme a explicar los motivos de mi amor, un amor platónico e imposible? A mi mente acudieron las palabras de Petrozza: eso no significa que no te la puedas comer. Y ante estas palabras me sentí vil y despreciable. Todo mi amor aspiraba a lo más, a un vulgar acostón. No, me dije, vulgar no. En todo caso sería el acostón más noble y realmente amoroso en la historia de los acostones, como diría el sabio Petrozza. Tuve que reconocerle la sabiduría, pues los consejos que me dio fueron los consejos para llevar a una mujer a la cama, prontamente, como la situación lo ameritaba, y por tanto, fueron consejos valiosos, prácticos y acertados. Sabios. Si fuese yo menos pusilánime, me reclamé. Si pudiese actuar a la altura (o bajeza) de la situación. 

 Verónica fue quien lo propuso, al aceptar que yo ya nada podía decir, que estaba anonadado: no puedo ofrecerte un noviazgo, dijo, por las razones que ya te he dado, pero, si tú quieres, podemos salir y conocernos mejor. Y agregó, desinhibidamente, que a decir verdad, yo le parecía atractivo y sincero, y que desde aquel día en que nos conocimos, en el Péndulo, pensó en acostarse conmigo. 

 Por una parte, está de más que escriba lo que sentí al escucharlo, una combinación de felicidad y desasosiego, de miedo y alegría; y por otra parte, me asombró sobremanera la facilidad con que ella estaría dispuesta a mantener relaciones sexuales conmigo. Yo sabía de su cinismo, su hedonismo y su ninfomanía y aún así, me sorprendió que yo pudiese acceder a todo ello con tan solo haber confesado que la amo. Pero el amor, repito, salía sobrando. No cabía en esta relación. No, esto no podría ser jamás una historia de amor. La imaginé escribiendo de mí, como de uno más de sus amantes, y sentí repulsión y desprecio por la misma mujer que unas horas ha, confesé amar. Se me antojó indigno. Luego caí en la cuenta que el único culpable y a la vez, víctima, era yo, y nadie más que yo, por considerar al ser de mi amor un ser que estaba lejos de ser todo lo que yo deseaba. Verónica no era culpable. Habló claro, sin tapujos, y la decisión estaba únicamente en mis manos. 

3

En la siguiente ocasión que me encontré con Martin Petrozza me preguntó cómo me fue con Verónica y le contesté que bien. Vamos dijo, no luces como el guerrero campeón que te he enseñado a ser, anda, cuéntamelo todo. Era verdad. Tenía los ánimos por el suelo a pesar de vencer en mi propósito. Se lo conté todo al pie de la letra. Petrozza encendía cigarrillos, asentía, pensaba y al final dijo: pues ya está, ¡cógetela y ya!, tío, que muchos quisieran estar en tu lugar. De eso no me cabe la menor duda, dije, e iba a decir algo más, que eso de todos modos no me hacía completamente feliz, pero me interrumpió con la clásica pregunta: ¿en las rocas o con agua? Antes de que yo contestara Petrozza apareció con un par de vasos servidos de whisky en las rocas. Me ofreció uno y esta vez, me negué. Lo siento le dije, no estoy del todo bien. Pensé que insistiría pero alzó los hombros y exclamó: ni modo, y se empinó uno de los vasos y bebió el contenido de un sólo trago. Luego colocó el otro vaso a su alcance, sobre la mesa, y lo bebió despacio, al tiempo que me contó toda la maldita verdad de su relación con Verónica. 

 Me contó que él alguna vez se enamoró de ella, y ella, alguna vez, se enamoró de él, pero a destiempos, y es por eso, dijo, que la cosa se jodió. Aceptó no sentir por ella hoy más que el amor fraternal que suele sentirse por un ser querido, generalmente un hermano. Los detalles, me prohíbo escribirlos. 

 4

Una vez digeridas todas las emociones y sentimientos que experimenté en los últimos tres días, me dispuse a interpretar el papel que el gran teatro de la vida me tenía preparado, y llamé a Verónica para acordar nuestra próxima cita. 

 Grande fue mi sorpresa al descubrir que Verónica estaría apática e indispuesta a concretar la cita que daría pie a nuestra sexual relación, cita que ella misma propuso animosamente aquella vez en el jardín de su hogar. 

 Nuevamente estaba derrotado. 




6 comentarios:

  1. Algunas personas nacen para tener una relación amorosa con una bebida fuerte. Los que también ha sido bendecida con la habilidad de escribir, tener la oportunidad de informar al resto de nosotros, de sus aventuras.

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  2. me encantó ñ__ñ

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  3. Como dicen por ahí... Crustáceo decápodo que pierde su estado de vigilia es transportado por el ímpetu marino. O dicho de forma más coloquial; camarón que se duerme... se lo come el pescador! hahaha pobre Salmoneo eso le pasa por meterse con esa chorrada del rollo existencial Petrozza es sabio; si la manzana esta ahí y te es entregada en plata... cómete la! o de lo contrario; tú te lo pierdes, ella se lo ahorra y otro se lo gana. C'est la vie!!
    Qué divertido es leerlos! LOS AMO!!!

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  4. Realmente excepcional...gracias por sus aportes saludos!

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  5. Jajajajajajaja, chévere al cubo

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