miércoles, 12 de octubre de 2011

Nieto del Indultado.



La primera vez que lo escuché fue en un bar del centro de Tlalpan, La República, y fue de la boca de una vieja amiga. Luego ya no dejé de escucharlo en un buen tiempo. A todos lados donde iba escuchaba a la distancia alguna conversación sobre la cosa. Por mi parte yo no tenía ninguna opinión ni a favor ni en contra, y cada vez que alguien pronunciaba la palabra tauromaquia, yo pensaba en el bueno de Hemingway, y en el viejo pescador o algún otro cuento suyo. Todos parecían estar en contra, y estar a favor era peligroso. Podían considerarte una mierda, y el peor de los seres humanos. 

 ¿Ya viste?, me dijo Salmoneo Gutiérrez en una ocasión que recorríamos la ciudad a pie. ¿El qué?, pregunté y me estiró una plana de periódico donde había estadísticas sobre la opinión pública al respecto. Más del sesenta por ciento estaban en contra de las corridas de toro en la ciudad, y a favor de su prohibición. El otro cuarenta por ciento eran la comunidad taurina y algún gilipollas que se piensa que torear es arte. ¿Tú no crees que torear sea arte?, me preguntó Salmoneo. Encendí un cigarrillo y le dije: yo sólo conozco siete artes, bellas, y que se deben respetar, fuera de eso nada tiene mi respeto. O sea que estás en contra, aseveró. No dije, ni en contra ni a favor, la verdad me importa un bledo. No puedes estar en contra y al mismo tiempo a favor, dijo, eso rompe con la más elemental norma de la lógica, y es que A no puede ser B al mismo tiempo. Yo no dije eso, me defendí, no estoy a favor ni en contra al mismo tiempo, no estoy a favor ni en contra, me importa poco. No sé, dijo, yo creo que deberías tener una opinión, y que no tenerla es como estar a favor. Vamos dije, pareces politiquero, tus opiniones carecen de sentido y tienden a la intimidación. Yo no estoy a favor ni en contra, es todo, y además me importa un pito lo que se pueda pensar de mí. Salmoneo rió y dijo que estaba bien, que sólo deseaba jugar.

 Entramos a una cafetería del centro de la ciudad; Salmoneo amaba las putas cafeterías, y yo los bares, pero decidimos entrar allí porque al menos era un sitio con venta de alcohol. En un bar jamás me venderán un café, alegó, no el tipo de bar que tú prefieres. 

 Se ordenó un americano bien cargado, y yo me pedí una cerveza oscura y una tabla de quesos que pensaba hacer pagar a Salmoneo. Cuando me miró ordenar los quesos me echó una mirada de incredulidad, y a la vez de premonición. ¿Cuánto vale la tabla?, preguntó a la mesera, y una vez seguro de que en el peor de los casos él podría pagarla, la dejó ir. 

 Bueno dijo, aquí dice que dos partidos políticos están a favor de prohibir las corridas de toros. Lo dijo mientras ponía el maldito periódico sobre la mesa. Ya dije yo, deja eso, ¿a quién importa? Salmoneo confesó que él estaba vivamente en contra de la matanza descabellada de animales. Tenías que ser poeta, Dios, exclamé, ¿cómo pueden influir en ti este tipo de cosas? Entonces dijo que yo era un insensible, y que cualquiera con un poco de sentimiento sabe que matar toros por diversión es cruento, vil y ventajoso. Vamos le dije, estás hablando como una mujer. 

 Y aquí sucedió. Tenía que sucederme a mí, pensé. Por mi bocaza y mi alto volumen de voz, un par de tía que estaban a la mesa de al lado, se ofendieron, y se involucraron en la conversación. Una de ellas dijo que matar toros es insano, y que refleja la poca evolución de algunos hombres. La otra dijo que yo era un cerdo. La mayor fue quien dijo que yo era un cerdo. Tendría unos cuarenta y tantos tacos, y lucía como una lesbiana feminista o como una machorra feminista. Una de esas tías enojadas con el mundo porque nadie quiere meterse en sus vaginas. La otra no estaba mal. Era más joven y tenía buena pinta. 

 Salmoneo habló con ellas, yo me dediqué a fumar y a echar miradas a la joven, pero ésta no me respondía las miradas y no lo haría jamás, porque yo no estaba en contra en la tauromaquia. Aunque tampoco estaba a favor, repito, pero en aquel entonces todos parecían darle mucha importancia. Quizá era importante, pero yo soy ajeno a las cosas importantes de esta sociedad. Al final se calmaron las fieras y regresaron las narices a sus asuntos. 

2

 Deby llamó y preguntó si podíamos comer en algún sitio. Deby estaba comenzando a cansarme. Era una tía depresiva. Pasaba la vida entrando y saliendo de la depresión, y hasta se hizo medicar por un psiquiatra. Cada que tenía oportunidad te soltaba el rollo de su depresión y enfatizaba que estaba siendo recetada. Una manera más de llamar la atención, me pensaba, pero una cosa era cierta, y es que Deby estaba siendo recetada. Y de eso, justamente, es de lo que deseaba hablar. 

 Me invitó a comer a un restaurante argentino, Dios, y me obligó a escuchar la causa de sus males. La causa de sus males era, básicamente, el alcoholismo de su padre y la sumisión total de su madre. Me contó lo que yo ya sabía, la historia de su vida, y esta vez agregó detalles que yo no conocía, como cada que lo repetía. No dudo de su palabra y estoy seguro que la pobre sufría todo lo que decía sufrir pero en mi opinión Deby se acusaba la mayor parte del mal por gusto. Algo así como un hipocondríaco, pero más sutil y psicológico. 

 El caso es que en algún momento, me parece que en el momento que llegó el corte argentino, Deby sacó a tema la tauromaquia. Mierda dije, no me digas que tú también. ¿Yo también qué?, preguntó. Que tú también estás metida en esa cosa, o pensando en esa cosa. Deby movió la cabeza negativamente y dijo que yo no tenía remedio, que ya podía escuchar todo lo que yo diría al respecto. Deby me conocía muy bien y ya se imaginaba. Pues claro dije, a mi me importa dos cojones si la prohíben o la fomentan. Ignoró el comentario y me contó de un grupo de manifestantes. Jóvenes, dijo, que se plantaron frente al Palacio de Bellas Artes y se acostaron semidesnudos a la entrada, con falsas banderillas clavadas en sus cuerpos, y manchados con pintura roja. Ya dije, muy bien. Estaban acostados sobre el suelo, continúo, pero de tal modo que formaban la palabra BASTA. Muy bien dije. Y ellos dicen que la tortura no es cultura, creo que ese es su lema, dijo: la tortura no es cultura. Pues realmente sí lo es, dije, la tortura o el método de tortura de un pueblo, etc., es cultura. Y por supuesto que la tauromaquia es cultura. Deby dijo que no. Pero Deby no tenía idea, se estaba dejando llevar por una masa, por ideas que ni siquiera son suyas. Más o menos como con las enfermedades mentales y depresivas que adquirió de escuchar a Nirvana en la adolescencia. Verás le dije, estar en contra de la matanza de un toro es una cosa, pero negar que la tauromaquia es cultura, es otra. Es cultura, le disguste a quien le disguste, y eso no quiere decir que por ello deba existir o continuar. Ya hemos terminado con otras culturas, como las de nuestras raíces, así que, terminar con la tauromaquia, ¿qué importa? 

 Deby no se convencía, mal interpretaba todo. Si yo decía que la tauromaquia es cultura, que es o fue importante en algún momento, se pensaba que yo defendía la crueldad y la violencia. Vale dije, la violencia está en todos lados, nacer es un acto violento; está en los astros y en el Sol, en la sangre, en el modo en que la naturaleza hace sobrevivir únicamente al más fuerte. Así que comienza por borrar de tu cabeza que la violencia debe ser erradicada, porque eso significaría la muerte de todo ser vivo en el universo. Una lluvia de estrellas es violencia. Deby asintió con la cabeza, como siempre que yo subía el volumen de la voz. La crueldad, dije, es un atributo natural del ser humano. Y de muchos animales, Dios, ¿es que acaso no has mirado a un tigre coger la presa? Hay violencia y hay crueldad. Sin embargo, es cierto que matar a un toro como se hace en una corrida de toros es idiota. ¿Qué sentido tiene? Además, ¿qué mérito tiene matar a un toro encerrado, solo, con muchos hombres? No tiene sentido, se sabe que el toro morirá y eso es todo. Quizá muera el torero pero en todo caso sería por pendejo, ¿quién le manda picar a un toro con banderillas? 

 Deby no dejaba de asentir, y esta vez, un hombre de la mesa de al lado, mierda, opinó desde donde estaba, que yo era un inculto, un joven sin cultura y un afeminado. Era un tío de unos sesenta años, con bigote y camisa, macho. Comía su carne con orgullo. Dijo que por personas como yo acabarían con el arte taurino, y todo por ser ignorantes. Preguntó si alguna vez habíamos ido si quiera a una corrida, o sufrido una cornada, o admirado la gracia y elegancia de un torero. La pasión de la fiesta, los colores de los trajes, y todas esas chorradas que se pueden decir de cualquier cosa. Vale dije, pero si yo no estoy en contra de los toros. No me escuchó. La gente suele escuchar de mí sólo lo que le desagrada. Yo no estaba, maldición, ni a favor ni en contra. 

 Deby quedó muda, impactada por la energía con que el señor había expresado su opinión. Lucía como un hombre realmente ofendido. Como si yo hubiese follado a su mujer o a su hija de doce años, Dios. Lo único que había hecho mal era involucrarme en algo que me incumbía tan poco como el hambre extrema o el sobrecalentamiento de la Tierra.

3

Fue en casa de Garrison donde lo descubrí. El asunto de los toros me tenía hasta la coronilla. Lo último que deseaba era escuchar algo al respecto. Incluso sentí ganas de declararme a favor de la tauromaquia sólo por el hecho de joder. Pero mi ira no llegaba tan lejos y en el fondo, me daba igual, completa y enteramente igual. Lo único que deseaba era desapegarme del asunto y no escuchar nunca más la palabra tauromaquia. 

 Jamás pensé que en casa de Garrison se hablase de toros, y esto fue el colmo. Tras beber algunos whisky en las rocas, y tras fumar decenas de cigarrillos, lo sacó. Dijo que tenía una duda muy grande, que siendo amigo mío desde la infancia, y conociendo todo mi árbol genealógico como la palma de su mano, tenía la hipótesis de que yo era nieto indirecto o algo, de Manuel Ureña. ¿Y quién es Manuel Ureña?, pregunté extrañado. Manuel Ureña, dijo como si fuese obvio, El indultado. Ya dije, ¿quién? 

 Entonces me lo explicó y yo no me lo podía creer. Manuel Ureña, El indultado, resultó ser un torero de mediana fama, aclamado, y reconocido como el único torero al que un toro arrancó la oreja. Vaya si es irónico, dije. Si, dijo Garrison, oreja por oreja. No dije, lo irónico es que de unos días para acá no he dejado de escuchar cosas al respecto de los toros. En dos ocasiones he sido censurado por mis comentarios y ahora resulta que soy el nieto indirecto de este torero, Manuel… ¿qué? Ureña, apuntó Garrison, El indultado. Mira, dijo y se levantó de la mesa. Regresó con un libro de título homónimo al nombre del torero. Una biografía, escrita por María Elene Gómez Mondragón

 Cogí el libraco y leí algunos párrafos. Dios, exclamaba al leer algunos pasajes, por ejemplo aquel donde  Manuel Ureña fue encerrado en la correccional de la calle San Fernando, justo a unas cuadras del centro de Tlalpan, y de dónde estábamos Garrison y yo. O aquel donde escapa de su casa y emprende el viaje por la República Mexicana que le llevará a la fama. Había algunas fotografías y casi no le reconocí. Es decir, yo no lo he mirado en persona pero he mirado a su hijo, que es mi tío o algo, y tiene toda su cara. Vale dije, no cabe duda, soy su nieto. Garrison y yo reímos, era gracioso pensar que yo, Martin Petrozza, resulto ser nieto de un torero al que le falta una oreja, y que se hizo famoso más que por su arte de torear, por sus innumerables idas al hospital, y su necedad y resistencia a continuar entrando al ruedo. En una ocasión, leyó Garrison del libro, Manuel Ureña entró a enfrentar a la bestia, en muletas. Su doctor y sus amigos le rogaron que no lo hiciera pero nada pudo impedir que el torero, bravo, hiciera su espectáculo. En muletas, toreó como el mejor. Caray, dijo Garrison, es el antihéroe de la tauromaquia.

 Continuamos leyendo y riendo al respecto. Como si se tratase de un hecho imposible, o mágico. Ya sabes, es como si descubres que eres el nieto de cualquier famoso. No has visto un quinto de fortuna, ni te han entrevistado, pero eres el nieto, y estás seguro que nadie te creerá. Sin embargo es verdad. Y tú vida no cambia en absoluto, excepto por que ahora eres nieto de ese hombre. Como si antes no lo hubiese sido. 

 Di un trago al whisky y dije no, yo no puedo estar en contra de la tauromaquia. Soy nieto del Indultado, y sencillamente no puedo. Vamos dijo Garrison, eso no tiene nada que ver. Garrison tampoco estaba a favor o en contra, me parece que le importaba tan poco como a mí, todos esos asuntos hay que dejarlos a las masas. Pero yo, Dios, yo ya no podía negar importancia, estaban acabando con el arte de mi abuelo, y bueno… Al final me dije: a la mierda el arte del abuelo, matar animales por placer y diversión es un acto despreciable. 






7 comentarios:

  1. Yo esoy en contra de las corridas de toros me parecen espeluznantes y preimitivas!! saludos Petrozza! buscare enformacion de tu abuelo!!! jajajajajaja!!! pero me parece un salvaje!

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  2. Muy bueno el texto y con humor correoso. :-)

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  3. Excelente texto, leyéndote recordé a un novillero que era un compendio de cornadas: José de Jesús "El Glison". De las veces que fui a la Plaza de Toros México jamás entendí los parámetros estéticos para considerar "arte" las corridas de toros, por mi que las prohíban y de paso abolimos las asambleas y congresos por su probada amoralidad. Saludos GO

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  4. Citlalli Palacios Garza13 de octubre de 2011, 15:04

    La vida te da sorpresas, sorpresas te da la vida, nieto del indultado, vale,, vale, yo estoy en contra de las corridas de toros, ahora que sí quieren diversión pura ¿qué tal si regresamos al circo romano?

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  5. Macrozabeth Moncada14 de octubre de 2011, 15:58

    Maravilloso, gracias por el texto, Abolicion aunque seas nieto del indultado xD ja!

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