sábado, 29 de octubre de 2011

Manuel Fernández, célibe y putero.



Manuel Fernández era uno de los hombres más admirados de la ciudad. Decía que era célibe porque ya había abandonado el deseo de enamorarse, y pretendía vivir sus últimas décadas sumido en la más profunda espiritualidad. En realidad, Manuel Fernández era célibe porque no tenía dinero para frecuentar a sus más queridas y apetitosas prostitutas. Quizá si la situación cambiaba en el futuro, podría abandonar el celibato. Pero su historia comenzó muchos años antes.

Cuando era un adolescente, Manuel Fernández se consideraba un perfecto revolucionario. Escribía y distribuía panfletos en contra de los Estados, lideraba manifestaciones populares y dormía largas horas en las casas ocupadas. Comía carne como un bellaco y repudiaba a los vegetarianos, pero cuando su causa estuvo repleta de ellos, se venció por su sensibilidad y dejó definitivamente la carne. Discutía con los carnívoros y les tildaba de asesinos sin escrúpulos. Esto sólo ocurría en público, ya que el congelador de Manuel Fernández estaba lleno de higadillos, filetes y pollos congelados. Cuando alguien le descubría, argumentaba que su conversión era paulatina. Debía cuidarse en salud. Años más tarde, cuando ya apenas tenía dinero para subsistir, le ofrecieron presentarse a la alcaldía de su ciudad por un partido político comunista. Al ser su popularidad notoria, decidió aceptar el reto. Abandonó pues el ataque al Estado y comenzó a defender la estabilidad de un estado sólido y solemne, pero formado por el pueblo, pueblo comenzado y terminado en él. Sus seguidores trabajaron con ahínco en su campaña, mientras Manuel se erigía como el adalid de los nuevos tiempos. No consiguió ser alcalde, pero hizo buenos amigos. Vendió droga durante casi una década hasta que conoció a una mujer profundamente espiritual. Fue así como Manuel Fernández se dejó crecer una barba hirsuta y comenzó a predicar los caminos mágicos del karma y reformuló, según sus propias ideas, la auténtica naturaleza de los chakras. Combatía el ego de los demás juzgándoles. El dedo de Manual se transformó en un mazo inevitable; un dedo que a sus seguidores les encantaba chupar. Siendo ya un hombre maduro le llegó la aventura de la mística. Impartía talleres sobre esoterismo, pero cuando la mujer espiritual le abandonó, regresó a un empirismo exagerado, asegurando que los psicólogos, los chamanes y los videntes eran todos unos estafadores. Lo que importaba era la lucha por la revolución social, como así lo aseguraban los miles de jóvenes que comenzaron a comprar los panfletos y libros que Manuel Fernández tan bien escribía. 

Su relación con la prostitución fue ambigua. Siendo joven decía que las prostitutas eran asquerosas porque vendían su dignidad a cambio de unas pocas monedas. Luego su crítica pasó a los hombres, que hacían uso de esas pobres mujeres enfermas para saciar su lascivia animal, desprovista de moral alguna. En sus años mozos, Manuel solía frecuentar locales nocturnos e hizo las veces de relaciones públicas. Invitaba a las chicas a copas, las seducía, e incluso les prometía alcohol gratis a cambio de pasar la noche sólo en su local. Cuando descubrió que las prostitutas son invitadas a champán en los prostíbulos y que gran parte de sus honorarios lo conseguían bebiendo, cambió de parecer. Lo descubrió una noche, en un prostíbulo. Tuvo curiosidad por ir. Con los años, comenzó a apoyar al colectivo de las prostitutas, ya que escribió un libro sobre ellas que le enriqueció notoriamente. Conoció a chicas suecas, asiáticas y negras, pero sin duda las que más le gustaban eran las asiáticas. Les veía muy aniñadas y se sentía todo un macho dominante con ellas. Aquellos grititos le hacían sentir un auténtico semental. 

Manuel Fernández perdió la dentadura tras sufrir una enfermedad periodontal. En aquella época fundó su ONG para recaudar fondos para los niños indios. Vendían baritas de incienso y captaban socios en la calle. Muchos jóvenes, nuevos revolucionarios, estaban a la orden y servicio de Manuel Fernández. También cayó en sus redes un hombre maduro y empresario medio, que subsistía gracias a su empresa de distribución publicitaria. Manuel consiguió su caridad para guardar en su oficina todos los productos de su ONG. Un día veraniego ambos hombres se encontraron en plena calle. Su amigo pensó que Manuel era libre para no llevar dentadura, ya que decía que los dientes sólo son necesarios si los tienes, y si no los tienes, ¿para qué gastar tanto dinero en dientes protésicos si tantos niños necesitan cuidados? Su amigo comprendía esto, pero no podía comprender por qué Manuel Fernández nunca se duchaba. ¿Acaso ahorrar en agua podía hacerle algún bien? Lo cierto es que Manuel Fernández no tenía dinero para una dentadura postiza. Vivía en la vieja casa de su madre y comía en restaurantes de amigos.

Con la ONG en pleno funcionamiento, Manuel Fernández declaró su celibato. Organizaba eventos donde él, el ya maduro sabio, ofrecía abrazos espirituales a docenas de personas a cambio de un modesto precio. La suerte le llegó el día en que un adinerado empresario concedió una considerable suma de dinero a su ONG. Manuel contó los billetes, uno tras uno. Esa noche, Manuel Fernández perdería su celibato, salvo para los ojos de sus amigos, trabajadores y admiradores. Aquella noche, Manuel Fernández, el célibe, revolucionario y espiritual adalid, iba a visitar a una joven asiática. 




6 comentarios:

  1. la vida de Manuel casi parece la de un escritor español actual (un tal Sanchez) que lo ha sido todo, incluso lo aún no inventado. No es de extrañar que el celibato surja con la precariedad y a buen recaudo los sentimientos contradictorios de si "la culpa es del hombre o la es de la mujer"... pero a fin de cuentas, en el cuento, vemos los esfuerzos continuos de tratar de Ser, que no es poco.

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  2. Pues... Hay personas que se pasan toda la vida tratando de hacer algo con ella y al final no hacen nada, no obstante, este cuento me parece mas una reflexión con personajes, me gusta...

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  3. Muy buena la historia !!
    ánimos, Un saludo Cordial

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  4. y quizás muchos personajes en un mismo ser confuso. Es curioso que la confusión del alma adquiera consistencia y de la imagen de una conducta. Lo digo porque en sus giros dando bandazos por la vida: busca lo que no encuentra (pues lo que encuentra son cáscaras -como la mayoría- de ilusiones que brillaban más en sus sueños que en la realidad). He conocido a personas así y a algunas hasta las he visto en el espejo de mi baño...

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  5. Jajaja, si es constante que aparezcan en tu espejo y hasta en tus zapatos. Esto es porque a veces uno es pobre de pensamiento, vives muchas cosas pero no llegas a conocer nada, lo jodido es cuando te ves ya suficientemente maduro y decrépito y no has cambiado nada....

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  6. a esos seniles y decrépitos también los veo en el espejo. Mi espejo e un sitio muy concurrido. También como al pobre Fernandez me suele pasar que veo al casto con ojos de lujuria y al lujurioso redimido en su propia indefensión de castidad. Aunque entre nosotros -todos- no me molesta tanto que aparezcan como el hecho de que se pongan a hablar al mismo tiempo

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