domingo, 16 de octubre de 2011

La mujer de mi vida.



Yo creía en muy pocas cosas. Por ejemplo, en la física, o en el absurdo, que al caso es casi lo mismo. Se podría decir que yo no creía en nada. No creía en Dios, ni en la felicidad. No creía en las ofertas de supermercado, ni en los paraguas. No creía que la vida tuviera un sentido. A veces incluso, dudaba de mi existencia. 

 Pero si había algo en lo que yo creyera menos que nada, era en esa cosa que llaman: la mujer de tu vida. Para mí, vamos, las mujeres eran todas iguales, putas y cabronas, o retrasadas. Por supuesto eso no evitaba que yo me enamorar de alguna puta cabrona de vez en vez. Me enamoré de muchas, Dios, de decenas de putas de mierda. Y cada vez me convencía más de la chorrada que era eso de la mujer de tu vida. Simplemente no me lo tragaba. Una mujer mítica, que es como la mujer perfecta, y la mujer que amarás por siempre. De sólo escucharlo me daba risa. Lo mío era andar de chica en chica, sacando a cada una de ellas lo mejor de su alma. Pero siempre me topaba con almas podridas. Con hipócritas o histéricas. Con dementes. 

 Sin embargo, otra cosa que se medaba bien, era equivocarme. Me equivocaba en casi todo. La cagaba a diestra y siniestra en absolutamente todo. No importa si me lo ponías en bandeja de plata, yo me las arreglaba para echarlo a perder. Así que debí suponer que mi hipótesis de la maldad de las mujeres, no podía extenderse a todas. Al menos una debía salvarse. La mujer de mi vida debía estar por ahí, en algún lugar del mundo, esperando a que yo la encontrase. Vaya si la encontré. Si me hubieran dicho que ya la tenía, no lo hubiese creído. Si me hubiesen dicho que esa mujer era mi novia, no lo hubiese creído. 

 La cosa sucedió más o menos así:

 Vale, dijo Simona por el auricular, ¿nos vamos a ver o no? Yo tardé en contestar. En aquel momento atravesaba una de mis frecuentes depresiones. Solía deprimirme dos o tres veces por semana, pero aquella vez era serio. Simona sabía de mis cambios bruscos de ánimo; podía ser el hombre más feliz del universo y al instante siguiente, una mierda. No lo sé, contesté, la verdad que no tengo ganas de salir, de ver a toda esa gente y de escuchar a toda esa maldita gente. También estaba enterada de mi misantropía y de mi odio por el puto mundo, y por casi todas las cosas. Sin embargo me amaba y yo no sé cómo o por qué. Quiero decir que en mi estado depresivo yo no lo entendía, ¿cómo es que alguien puede amarme a mí, que soy un hijo de puta y un cabrón? Cosas así me venían a la mente. Vamos dijo Simona, ánimo, ya verás que salir te hace bien. No lo sé, dije y colgué el teléfono. Yo tenía esa manía, de colgar el teléfono sin decir adiós o dar explicaciones. En medio de una conversación, colgaba sin preaviso. Sin motivo. Por supuesto, la cosa cabreaba a Simona hasta el hartazgo. 

 El aparato volvió a sonar. Alcé la bocina y pregunté tajante: ¿qué? Era Simona. Insistió en vernos, en salir, en ayudarme con la mente. Pero yo insistí en que todos me dejaran en paz, y se fueran al carajo. No quise decir que Simona se fuese al carajo, para mí ella estaba fuera de todo; si yo decía que las mujeres son todas unas putas, no pensaba en ella; si decía que todos son unos lame culos, hipócritas y bestias, no pensaba en ella. Pero Simona, Dios, le encantaba embarrarse de todos mis disgustos y se ponía el saco de las cosas que yo odiaba y de todo lo que yo decía. Comenzó a reclamarme a gritos, y a advertirme que calmara la cosa o ya vería. Yo no estaba para discutir, no en ese momento, aunque generalmente sí lo estaba, así que colgué de nuevo, sin decir adiós o algo. 

 Encendí un cigarrillo, quizá el quinceavo en una hora, y preparé un whisky en las rocas, quizá el sexto en una hora, y me eché al sofá. Comencé a pensar, que era lo mejor que sabía hacer, pensar y divagar y hundirme. Muchas cosas pasan por tu cabeza cuando estás así. Demasiadas, y todas, siempre, vinculadas con la muerte, Dios. Con el fracaso y la desesperación. Es como si todo dependiera del próximo instante. Quizá sea verdad, pero, vamos, en un estado así uno no puede cambiar su vida en el próximo instante. Esa es la cosa, cambiar tu vida. Lo que significa que estás harto de la que llevas, y no es lo que esperabas si es que esperabas algo. Por mi parte no esperaba gran cosa. Estaba contento con mi vida, tenía tiempo de sobra para escribir y para ir de putas. Para beber y para vivir. Sin embargo había algo, como una opresión en el pecho que me impedía ser feliz. Y por otro lado, no creía en la felicidad, y me importaba dos cojones ser feliz, con tal que todos me dejaran en paz. 

 ¡Ya te he dicho que no, no pienso salir con toda esa gente fuera!, exclamé cuando el teléfono sonó por tercera vez. Pensé que sería Simona. No lo fue. Y cómo desee que hubiese sido ella. Llamaban de cobranza. No hay nada peor que una llamada de cobranza en medio de una depresión. Es como la gota que derrama el vaso. Una llamada así puede hacer que te pegues un tiro, de verdad. Vale dije, lo siento, pensé que era otra persona, ya sabe, ha estado llamado mi novia y… Vale, sí, ese soy yo… Caray, no me diga… Sí, sí… Ya… Bueno, en ese caso… No, no, todo está bien, es sólo que… me quedé sin empleo y… Bueno, no lo consideré pertinente, avisar, esas cosas pasan y… Vale… No, no quiero agravar la situación, deme unos días y quizá pueda tener la mitad... Ya… Vale… Sí, vale, gracias… Sí, sí, para el jueves… Vale, vale, que Dios le bendiga (Hijo de puta).

2

 Me serví otro whisky en las rocas, y lo bebí al hilo. Cogí la chaqueta y me disponía a salir, iría a algún barecillo de la ciudad, cuando llamaron a la puerta. Dios, pensé, no serán los de cobranza, ¿o sí? Apagué la luz en un segundo y me descalcé. Caminé despacio, sin hacer ruido, creando la ilusión de que no hay nadie en casa. Tocaron de nuevo, más fuerte. Mierda, pensé, si son los de cobranza estoy jodido. Recién llamaron pero hay muchos tíos de cobranza, de todos lados, buscándome. Me acerqué a la mirilla de la puerta, con mucho cuidado. Antes encendí un cigarrillo. Justo cuando tenía el ojo en la mirilla, tocaron a la puerta, muy fuerte. Di un brinquito pero alcancé a verlo: era Simona. Entonces abrí la condenada puerta. 

 Se lanzó a mí con una serie de preguntas: ¿por qué me cuelgas?, ¿qué te pasa?, ¿por qué estás con la luz apagada?, ¿por qué no abres?, ¿qué demonios te pasa? Yo tenía un cigarrillo en la diestra y los zapatos en la zurda. Llevaba la chaqueta encima pero iba desfajado y despeinado. Supongo que lucía ridículo, como una de esas escenas donde a uno lo cogen con las manos en la masa. Simona lanzó una risilla y preguntó por qué tenía yo esa maldita cara de asombro y los zapatos en la mano. Riendo dije, mierda, es que me pensé que serían los de cobranza. ¿Los de cobranza?, preguntó pasando a la sala. Sí dije, ya sabes… ¿es que no te he dado dinero para que les pagues?, me interrumpió. Simona había pagado una parte de mis deudas, la parte que yo pagué (con el dinero de Simona), pero quedaba la otra parte, la parte que no pagué porque necesitaba echar un trago. Ya dije, sí, pero no sé, la costumbre es más fuerte que el amor y ya tiemblo a cada llamada de puerta y a cada llamada telefónica, por mera costumbre, no importa. 

 Simona inspeccionó el lugar. No le agradaba en absoluto mi forma de vivir. Se quejó de que tuviera la ropa en el suelo, las cobijas de la cama sobre el sofá, el cenicero en la cama, el sanitario sin servicio de agua, la ventana tapiada, los libros sobre la mesa y sobre el librero, zapatos y fruta. Revisó todo en dos minutos y gritó que por el amor a Dios, ya podía encender la luz. Encendí la luz y dijo que esto estaba muy mal. 

 Entonces pensé que se me iría encima con un sermón maternal sobre el modo de mi vida y sobre lo cerdo que podía ser. Pero lo que hizo fue preguntar a dónde pensaba ir, porque era evidente que pensabas salir, dijo, y cuando se lo dije, no se cabreó. Dijo que iría conmigo, y fuimos. 

 Fuimos a un barecillo del centro de Tlalpan y allí, Simona me escuchó. Se lo conté todo. No suelo contar las cosas a las personas, menos a la mujeres, que son arpías y fieras, y si te muestras débil hacen de ti un títere. Pero Simona era mi novia, y además era mi amiga, y mi confesora. Simona era algo así como un todo. Para cada hombre hay una como ella, pensé mientras escuchaba todo mi rollo comprensivamente. Le conté de la desesperación y la locura. Y ella fue la primera en decirlo. Dijo: eres escritor, ¿qué esperabas? ¿Cómo?, pregunté asombrado. Al parecer Simona lo entendía mejor que yo. Sí dijo, la vida de un escritor no es como la vida de un banquero, la vida de un escritor es más aterradora y a la vez más interesante. Ya dije, eso puede ser cierto, pero, no me siento mejor. No importa dijo, ya te sentirás mejor, es cosa que pasa. Simona lo comprendía muy pero que muy bien. ¿Recuerdas cómo nos conocimos?, preguntó. Vaya si lo recordaba. Simona era una fiel lectora de mis textos y un buen día se atrevió a contactarme. Lo que ella no sabía es que yo era un fiel amante de sus fotografías. Pues nada ha cambiado desde entonces, dijo. Quería decir que ella confiaba en mí como escritor. Quería decir que ella no había dejado de pensar que yo era mucho más que una mierda, y un buen ser humano. Cosa que yo olvidaba constantemente. Dijo que no me preocupara, que la constancia era uno de los caminos al éxito, y yo había sido constante con esto de la literatura. Siempre habrá alguien que lo disfrute y alguien que no, dijo, la cosa es seguir y no parar. Lo dijo al ver que yo dudaba ya de seguir escribiendo y de lograr algo. 

 No me alcanzan las palabras para describir lo que sentí aquella vez por Simona. Una madre no lo hubiese comprendido mejor. Simona era una especie de alma gemela, o algo; como una mujer increíble, de esas que vienen una sola vez en la vida. A diferencia de las mujeres que hasta entonces yo había conocido, Simona era pura de verdad. Lo que quiero decir es que podías poner tu vida en sus manos y estar seguro que no te fallaría. La mayoría de las veces puedes estar seguro que te fallarán, pero con Simona yo realmente tenía la sensación de tranquilidad y seguridad que los enamorados dicen tener. Los enamorados de verdad, Dios, no los calentorros o los obsesivos. 

 En adelante Simona fue para mí como la vela de un velero. Me impulsaba y me daba ánimos cada que yo me sumergía en el espeso mar de mis lamentos. Le contaba cada detalle de mi vida, real e imaginaria, y ella escuchaba cada detalle con atención. No importa si le venía con la más descabellada de las ideas, siempre me animaba y me hacía seguir y no parar. Simona era el viento y la vela, y era el capitán y la tripulación del barco de mi vida. Era el Sol y la bahía, y el puerto anhelado. Simona era mi amiga, Dios, y mi novia, mi amante y mi motor. Simona eran las esperanzas que yo perdía a cada instante. Simona era, en pocas palabras: toda mi vida. 

3

 ¿Te sientes mejor, cariño?, preguntó Simona sentándose sobre el sofá. Vale dije, me siento mucho mejor. Y la miré con la luz de la luna sobre su rostro. Pensé que estaba alucinando, pensé que todas estas cosas eran pavadas. Sin embargo lo miré: a la mujer más bella del mundo. Comencé a desnudarme. Me pegaré una ducha dije, necesito una buena ducha y luego dormiremos como ostras porque en verdad, estoy molido. Simona se levantó y comenzó a desnudarme ella misma. Por un momento creí que estaba volviéndome loco, que estaba alucinando. Los ojos de Simona eran estrellas y la piel de sus manos era suave como la seda. Terminó de quitarme la ropa y se quitó la suya. Me arrastró a la ducha y terminó de quitar de mi cuerpo y de mi alma, todo mal. Si es que eso es posible, si es que no fue un sueño, y supe que la amaría por el resto de mis días. 

 Al salir fuimos a la cama e hicimos el amor. El cansancio había desaparecido, y el malestar. Incluso me sentía como un tío con éxito. Al fin y al cabo estaba acostándome con la mítica mujer de mi vida. De mi vida, Dios, no lo podía creer.  La vida tiene un sentido, pensé, y es estar con Simona. 

 ¿Me quieres?, preguntó Simona al tiempo que me abrazaba. Tardé un segundo en responder. Qué si te quiero, pensé. Sí, te quiero, respondí. ¿Cuánto?, preguntó Simona. Dios, pensé, si lo supieras no lo creerías. Te quiero, dije, tanto como patas de hormiga hay en la Tierra. Simona rió y dijo: eso quiere decir que me quieres mucho, como seis veces el número de hormigas sobre la Tierra. Le sobé la cabeza y le dije que sí, que eso quería decir, que la quiero mucho, mucho. Pero no podía decirle cuánto la quería en verdad. Esas cosas no se pueden medir en patas de hormiga o en granos de arena. Esas cosas se saben, y se sienten, y no se dicen. Nunca se habla de ello. Es como saber que todo saldrá bien. Lo sabes, pero no lo dices, no puedes, porque si lo dices… si lo dices quizá no salga bien. El amor de verdad no es ese que está en endecasílabos o en letras de canciones. El amor de verdad está en otro lado, en los ojos de tu mujer, en cada uno de sus cabellos y de sus poros. Está en el aliento de ese ser que te lo da, y te hace seguir adelante sin importar las circunstancias, tan sólo porque eres tú. Sin importar quién diablos seas. ¿Y tú, nena, me quieres?, pregunté. Simona lo sabía. Esas cosas no dicen. Asintió con la cabeza y dijo, sabes que te quiero, y yo puedo sentir que me quieres. Entonces ya no dije nada. El mundo podía quebrase en mil pedazos, y yo sabía que todo estaría bien. 




20 comentarios:

  1. Don Bartoche Bartoch16 de octubre de 2011, 16:27

    tiene razón este tío

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  2. Juan Carlos Luis Rojas16 de octubre de 2011, 16:32

    ¡Qué te puedo decir!... ¡Tanto!... Saludos.

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  3. Don Bartoche Bartoch16 de octubre de 2011, 17:09

    este tío debería leer " lo que está mal en el mundo" de Chesterton y verá cuántas chorradas ..........

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  4. Raúl Donaldo Santamaría Cabrera16 de octubre de 2011, 17:10

    Me gusta mucho esta reconciliacion de un desquiciado de la vida con el amor perfecto lleno de imperfecciones.
    Buen relator,chevere. Martin Petrozza

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  5. UN RELATO CON EL TOQUE EXISTENCIAL Y CON LA AGUDEZA DE UNA VISIÓN CRUDA DE LA VIDA , EXCELENTE!, HASTA ENCONTRAR UN SENTIDO PROVISIONAL A LA VIDA EN LOS OJOS DE SIMONA , SALUDOS

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  6. La realidad solo puede verse desde el punto de vista individual que cada cual ocupa fatalmente en el universo. El tuyo tiene fundamento. Suerte

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  7. Juan Pablo Fiorenza16 de octubre de 2011, 21:13

    Hay una frase en Argentina que habla sobre esto, sobre que a todos en algún momento nos llega el amor de la vida, el libertador, el tantascosas, por más mierda u oro que uno sea. La frase es: A cada chancho le llega su San Martín.

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  8. De tus mejores textos Petrozza, felicidades.

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  9. Leer a Martín es una delicia... que buen texto!

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  10. y hay una frase en España que dice, "ten cuidado porque hay temporadas que las tienes a pares y otras temporadas que no te quieren ni los perros". Con las mujeres pasa igual que con la inspiración, a veces la destilas por las las orejas y otras no aparece y te grita, Ladra, perro!! Yo no creo que este sea el texto más brillante de Martín y me parece que hasta él lo sabe. Martín escribe bien siempre porque tiene talento pero, para mí, aquí no la embocó (crítica constructiva, yo la cago todos los días).

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  11. Citlalli Palacios Garza17 de octubre de 2011, 13:52

    Martin Petrozza, sí queda alguna duda suspendida en el aire, eso sería el colmo del absurdo, bien por Simona, mejor por tí. Aunque cuando hablas de la mujer de tu vida, pierdes esa onda ácida que te vuelve tan perversamente gracioso. Pero esta bien, disfruta y vuela!

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  12. WOW! me identifique con tu texto... mucho.

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  13. ¡ Me fascinó...!! El ultimo párrafo ...está genial..Gracias Martin Petrozza..!!

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  14. bien dicho,toas tienen defectos pero es eso lo q las hace especilaes y espaciales sempre va aver problemas en una relacion la coa es dejar de ser egoista y pesar solo por una y pensar en los demas compartir charlar es abeses jodido y mucha veces la peqñitas cosas son las q vane mas o las q nos pueden matar

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  15. Don Bartoche Bartoch18 de octubre de 2011, 10:06

    no me interesa que seas ateo, cristiano, católico, judío, budista o de los shivas...etc. Lo único que me interesa es leer, deborar los textos y esta. Tampoco me importa que existas o no como te habían comentado los demás, ya que me parecen preguntas inútiles. En todo caso, lo que importa es que alguien por ahí ha podido dejar una producción literaria para leer, deborarla. que sepa que soy muy pero muy amigo de los libros. Bueno, lo único que te puedo decir es despabílate y ponte a seguir la historia que has empezado, ánimos, adelante y no te des por vencido.

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  16. Julian Martin Delgado18 de octubre de 2011, 10:28

    lotermine de leer .y digo pobre que infeliz se sintio.reconfortandose con una lugubre esperanza de que todo estaria bien,igual linda narracion me gusto la parte donde diece: en adelante fue para mi como la vela de un velero.

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  17. Don Bartoche Bartoch18 de octubre de 2011, 21:49

    Yo no creo en el amor, me parece una estupidez creer esa palabra de amor, pero eso no impidió que leyese tu historia que se trata del amor que siente el protagonista por Simona. Aparte de que me veo un adicto a ........ la he leído para ver otros rincones del ser humano, y ver hasta qué punto el ser humano es capaz de evolucionar sus habilidades.

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  18. por eso never say never jajajjaja

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  19. Genial!tan obsceno y despreciable que merecía un final feliz.

    saludos. adjunto el blog de mi grupo, para que pongas sal.

    http://grasabendita.blogspot.com/

    http://rincondelasalamandra.blogspot.com/

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