jueves, 20 de octubre de 2011

La mierda, Betty y el dinero.



El excusado llevaba unos buenos días descompuesto. Jalabas la palanca y no podías saber a ciencia cierta si se llevaría la cosa, o no. En el último de los casos había que llenar un cubo con agua y verterlo con fuerza. Era una lata. En especial cuando Betty venía a casa. Betty tenía una fuerte aversión hacia su propia caca. Entraba al sanitario y si la palanca se rehusaba a hacer lo suyo, yo tenía que hacerme cargo. Lo hacía con gusto, vamos, más o menos como un hombre hace todo por una tía a la que se quiere cepillar. 

 Sin embargo aquella tarde estaba solo. El asunto era entre el maldito excusado y yo. Por su parte, se negaba a tragarse la cosa, y yo, harto, me rehusaba a llenar el cubo. Jalé la palanca infinidad de veces al tiempo que le gritaba lo cabrón que estaba siendo. Yo sabía que se me daba bien cabrear personas pero nunca pensé que pudiera hacer cabrear a un retrete. El cabronazo comenzó a escupirlo todo. El agua, con la mierda, comenzó a subir y a desbordarse. Me llené los zapatos de esa cosa y el agua escapó por debajo de la puerta. Había mierda en medio de la sala. Yo caminaba de aquí para allá sin saber qué coños hacer, batiéndolo todo. La peste era insoportable. Pensé en usar uno de esos destapa-caños, pero, Dios, yo no tenía uno. Nunca en la vida me había hecho el propósito de comprar uno. Ya sabes, no es en lo que uno suele pensar. 

Entonces cogí una jerga. La aventé a lo más profundo del charco, y luego… bueno, me di cuenta que no fue la mejor idea. Ahora tenía una jerga en el centro de un lago de mierda y alguien, Dios, tendría que sacarla de allí. 

 Encendí un cigarrillo y abrí la ventana, necesitaba aire fresco y tabaco para pensar. Al menos el excusado había cesado de eyacular. La cosa era que el agua estaba por todos lados. Llegar al sanitario implicaba empaparte los zapatos. Carajo pensé, la cosa sería más fácil si hubiese puesto atención a los quehaceres domésticos que hacía mi madre. Me tumbé en el sofá. Tuve que poner las piernas sobre el brazo del sofá para no tocar el lago. Daba caladas al cigarrillo y trataba de pensar en otra cosa. Ya me las arreglaré después con el agua, me dije. 

 Me levanté y caminé a la cocina. No, no había rastros de mierda en la cocina. Me puse una cerveza con limón y regresé a la estancia. Volví a mirar la cosa y moví negativamente la cabeza. Hubiese sido más fácil llenar el cubo, me dije. Acabé con el cigarrillo. Aventé la colilla a un pedacito de mierda que flotaba tranquilo, pero no atiné. 

2

Betty dijo que yo llevaba una vida terrible. Lo dijo cuando me miró levantar la jerga con la punta de un palo de escoba. Pasadas unas horas del incidente, tocaron a la puerta. Era Betty. Yo me había olvidado del asunto, iba por la sexta cerveza, pero Betty me obligó a continuar con la tarea. La hice pasar, con cuidado, y tapándose la nariz corrió a la ventana, donde se instaló. Le corrí una cerveza y dijo que debería limpiar todo eso antes de que no pudiera librarme de la peste y la suciedad. Le comenté de la jerga y me aconsejó coger un palo. El único palo que yo tenía era el palo de una vieja escoba, así que lo usé de gancho para sacar la jerga. 

 Dale un poco más a la derecha, me decía Betty desde su esquina. Eso, ahora gíralo como si fuese un tenedor, sí, así, listo. Reí y dije: eso es. Transporté la jerga hasta la cocina. Carajo dijo Betty, esa cosa está goteando. Vale dije, no importa, es cosa de nada. Y la eché a la tarja. Dejé caer la jerga a la tarja sin animarme a tocarla. Aquí Betty dijo que no lo podía creer. Que cómo se me podía ocurrir echar una jerga llena de mierda a la tarja. Vale dije, no pasa nada, nunca ocupo la tarja. Nunca ocupo la cocina ni el horno ni nada. Jamás como cosas hechas en casa. Al menos no en esta casa, agregué. Betty me miraba hacer todo eso impresionada. Preguntó si no había pensado en conseguir una mujer. Ja, pensé, eso es en lo que pienso todo el maldito tiempo. Abrí la llave del agua. El agua comenzó a llenar la tarja; la jerga impedía que corriera libre por el desagüe. Cerré la llave. Si continuaba la tarja se desbordaría. ¿Sabes?, dije, deberías echarme una mano con esto, después de todo tú eres una mujer. Betty opinó que yo debería usar un jalador. Esa fue toda la ayuda que Betty y su condición de mujer pudieron darme. El problema con el jalador es que no tenía uno. Se lo dije a ella e insistió en que yo llevaba una vida terrible. Suspiré. Estaba rendido. Todos llevamos vidas terribles, contesté a Betty al tiempo que lo miraba todo, el agua y la mierda, con los brazos sobre la cintura. No es verdad, dijo Betty abanicándose con la mano la nariz, hay personas que tienen mucho dinero. Betty era así. Siempre con el rollo del dinero. Me acerqué al frigobar y saqué un par de Tecates. Le ofrecí una a Betty al tiempo que le respondía: yo no estoy hablando de dinero, Dios, se puede llevar una vida terrible incluso con mucho dinero. Quizá es más fácil llevar una vida terrible con mucho dinero, dije dando la primera bocanada de esa cerveza. Es decir, continué, si no tienes dinero es normal que tu vida sea un infierno, pero si lo tienes y no estás tranquilo, vamos, es que algo anda mal. Muy mal. Dentro de ti. Y eso… eso es más aterrador que no tener dinero. Betty no estuvo de acuerdo, para ella, tener dinero era la gloria. Sin embargo no lo tenía, no hacía nada para tenerlo, y dudo mucho que algún día lo tenga, pensé. Lo que quiere decir que ella sí, efectivamente, lleva una vida de mierda. Deseando algo que jamás podrá tener. 

 Betty dijo que pediría un jalador a la vecina. No creo que sea buena idea, dije. ¿Por qué no?, preguntó extrañada. Vale dije, inténtalo si quieres. No dijo, dime, ¿Por qué no es una buena idea? Vale, no lo sé, contesté inseguro, la verdad no estoy seguro de nada, quizá sí sea buena idea. Betty no contestó, harta, salió de casa y fue a con la vecina. Cuando regresó traía consigo un jalador. Muy bien dijo, toma. Y me lo estiró. Joder dije, ¿y ahora qué? Ahora limpia, exclamó. Ya sé dije, ¿pero cómo se supone que lo haga? Pues jala el agua, gritó como si fuese obvio. Quería que jalara el agua a la coladera de la ducha, pero no contaba con que antes de la ducha, había una pequeña barda que impedía al agua de la ducha salir de la ducha. ¿Hacia dónde la jalo, mierda?, si lo hago a hacia el sanitario no hay modo de que se vaya y si lo hago hacia el lado contrario podría llegar a la parte alfombrada y eso sí sería un lío. Betty lo pensó un par de segundos. Apretándose la nariz con los dedos, miró la situación y estuvo de acuerdo. El jalador no sería de gran ayuda. 

 Dejé el jalador recargado en la pared de la cocina, junto al frigo y saqué un par de cervezas más. Le estiré una a Betty y destapándola, dijo: ¿lo ves?, si fueses rico tendrías una sirvienta que haría esto por ti. Ya dije, eso no lo puedo negar, y además la follaría. ¿A quién?, preguntó Betty sin entender la cosa. A la sirvienta que tendría si fuese rico, dije. Betty rió y dijo que eso sería acoso sexual y me demandaría. No lo creo dije, si soy rico puedo pagar el precio de su silencio, de un abogado, o de su interés por mí. Betty dio un sorbo a la birra y dijo que eso era muy cierto, y que ya veía yo cómo el dinero hace la felicidad. Vale, dije al tiempo que miraba el puto lago de caca, que ya me estaba cansando, el dinero es la felicidad si tú quieres, y entones, ¿por qué no luchas por tenerlo? Betty respondió que sí luchaba, pero yo sé perfecto que no luchaba. 

3

Quizá si utilizaras muchas jergas, dijo Betty. ¿Cómo?, pregunté sin demasiado ánimo. Los consejos de Betty no eran precisamente buenos. Sí, dijo tocándose la maldita nariz (por mi parte ya me había acostumbrado al olor), quizá si lanzaras muchas jergas, y las recogieras con el palo, así al menos absorberías gran parte del agua. Después ya lo puedes secar con una jerga puesta en el jalador. Vale dije, ¿qué parte no has entendido de que no soy un almacén de limpieza?, ¿cuántas jergas crees que tengo? 

 Betty volvió con el rollo de tener dinero. Si tuvieras dinero esto, si tuvieras dinero lo otro. Carajo, me estaba cansando enserio. El caso con Betty es que se creía que uno siempre debía tener dinero, pero no que ella misma debiera tenerlo. Solía decir que si uno tuviera dinero podría resolver todos sus problemas, pero jamás decía sí yo tuviera dinero. Su modo de tener dinero era que otro lo tuviera por ella, por ejemplo su novio. Pero Betty no tenía novio. Porque hasta ahora, ningún hombre con dinero se había fijado en ella. Yo era su mejor partido, Dios, la pobre debía estar deshecha. Yo era el único hombre que la invitaba a salir y que la hubiese follado. Yo hubiese aceptado empezar una relación con Betty. Pero Betty era necia. No saldría conmigo hasta que yo estuviera forrado de pasta.  Le había dicho que algún día yo sería un escritor famoso y tendría todo el dinero que hoy me hace falta. Y Betty no era muy inteligente, así que me lo creyó. Por eso, en ocasiones aceptaba salir conmigo con tal de que si un día yo me hacía famoso, no la olvidara y le corriera algo de esa fortuna. Incluso estoy seguro que si Anagrama me diera un contrato, Betty se casaría conmigo. Betty vivía en el edificio de al lado del mío. Y ella quería salir de allí tanto como cualquiera. Pero no estaba dispuesta a mover un sólo dedo. 

 Encendí un cigarrillo y me dispuse a terminar de una buena vez con el asunto. No importa si tengo que tocar la mierda con las manos, dije, al fin y al cabo es mía. Betty dio un gritito de terror y dijo que por favor no lo hiciera. No me importa, dije y caminé a la cocina. Sacaría la jerga de la tarja y con ella secaría el suelo como si sólo fuese agua. La exprimiría una y otra vez sobre la maldita tarja, hasta la última gota. Y con los trozos grandes me las arreglaría con una cuchara. Si lo piensas muchos dije, no hay porqué temer, es sólo mierda. Y la mierda es algo orgánico, Dios, no creo que tenga que temer demasiado. Hay animales que comen su mierda, dije tratando de convencerme. Betty se retorcía en la esquina de la ventana, pidiendo que parara de hablar de ese modo. Haciendo ademanes exagerados sobre el asco que le daba escucharme hablar así. Carajo pensé, me das más asco tú con tu ambición pendeja de casarte con un millonario siendo tan naca y tan fea. Porque la verdad que Betty no era un encanto de mujer. Usaba labial rojo carmín y se teñía el cabello de rubio, pero notabas a kilómetros de distancia que ese no era su tono natural. Sobre todo por las cejas. Eran tan negras como un ojo de culo. 

 Las dos cosas estaban colmando mi paciencia, la mierda, y Betty. Al menos la mierda no habla, pensé. Betty no paraba de decir lo cerdo que yo era, con ese falso tono de glamur. Como si ella, cerda, estuviese acostumbrada al confort y al dinero. No hay mujer, por más fea que sea, que no se crea digna de los mejores tratos, pensé. Decir que yo hubiese follado a Betty ya es un gran halago. Pero Betty se daba su taco, como si ella fuese mi única oportunidad de follar. La pobre no lo sabía, pero en todo ese tiempo que yo me declaré enamorado, había follado a decenas de prostitutas y de chicas de bar. El sexo de Betty me era prescindible. Quizá yo tenía la culpa de su actitud, por haberle dicho que me gusta. Por haberle dicho que un día sería famoso y que ese día ella iba a quererme, y yo iba a quererla. Vamos, la última parte no la dije, si yo fuese rico y famoso, qué mierda iba querer a Betty. Si fuese rico y famoso Betty sería la última cosa que pasaría por mi cabeza. Pero la pobre creía que me tenía cogido de los cojones. 

 Entonces sucedió: Betty dijo que no podía soportarlo más, lo dijo cuando me miró salir de la cocina con la jerga en las manos, y se largó. Hizo una mueca de asco y se largó. La muy puta se llevó la cerveza, y un cigarrillo. 

4

 ¿Acabaste con la cosa?, me preguntó Betty al mirarme salir del edifico. Yo había acabado con la cosa y había acabado con las cervezas del frigobar. Iba entonado y con muchas ganas de follar. Pensaba salir y meterme a algún bar. Quizá tuviera suerte y lograra salir de allí con alguna mujer.

 Sí, respondí tajante. ¿De verdad?, preguntó asombrada, ¿cómo lo hiciste?, preguntó ávida de  saber si yo realmente había cogido la mierda con las manos. Sustituí la cuchara por un recogedor, dije. Betty lo pensó un segundo y dijo que eso había estado muy bien, que cómo no se me ocurrió desde el principio. Ya dije, a ti tampoco se te ocurrió. Bueno dijo, no sabía si tenías uno o no. Ya dije, todo el mundo tiene un recogedor. En tu caso no se sabe, contestó, no eres un almacén de limpieza, dijo arremedándome. Ya dije, como sea, el caso es que esa cosa ya no está. Y limpiaste, supongo. Sí dije, tallé con la escoba y ahora huele a Maestro limpio. Bueno dijo Betty, ¿y a dónde vas? A dónde vas tú, pregunté. Iré a que me arreglen las uñas, dijo, mira. Me enseñó las manos. Llevaba de esas uñas postizas, largas y enredadas, más o menos como uñas de prostituta. Decoradas con brillantes y cosas. No pensé, de prostituta no, una prostituta tendría mejor gusto. Ya dije, muy bien. ¿Me acompañas?, preguntó con una cálida sonrisa. No, contesté tajante. ¿Por qué no?, preguntó. ¿Por qué no?, pensé, vamos, mejor sería preguntar por qué sí. ¿Por qué habría de acompañarla a que le arreglen las uñas? ¿Por qué habría de esperar, sentado en una esquina del local, a que le arreglen las malditas uñas? Porque ahora no tengo tiempo, contesté. ¿A dónde vas?, preguntó de nuevo. No lo sé dije, iré a algún bar, necesito un trago. Has estado bebiendo en casa, dijo, ¿cómo es que necesitas un trago? ¿Cómo es que tú necesitas esas uñas, si ya tienes unas, que Dios te dio?, pregunté. Betty rió. Tú siempre tan filosófico, dijo. Ya, pensé, y tú siempre tan pendeja. Bueno dije, me piro, nos vemos, suerte con las uñas. 

 Betty corrió unos pasos y dijo que parara. Me alcanzó y me detuvo. Ya dije, ¿qué pasa? Puedo ir contigo, si tú quieres, dijo en tono meloso, como una niña de cinco años. No lo sé dije, no soy millonario, apenas tengo dinero para un par de tragos. Betty lo sabía, yo estaba harto del asunto. Y ella no deseaba que yo estuviera harto del asunto. No porque me amase o algo, simplemente porque le gustaba que yo no estuviera harto, que tuviera ánimo de ligarla, de decirle lo bella que luce con minifalda y esas cosas.  No importa dijo, me arreglaré las uñas después, ahora puedo gastarme el dinero en un trago o dos. ¿Cuánto valen esas uñas?, pregunté. Bueno dijo, como yo sólo quiero que me arreglen tres dedos, serán unos ciento cincuenta pesos. ¡Ciento cincuenta pesos!, exclamé. Sí, dijo riendo, como si gastar dinero en una estupidez fuese un chiste. Vale dije, ¿y me estás diciendo que estás dispuesta a gastarte ese dinero si dejo que vayas conmigo? Bueno, pues sí, dijo un poco insegura. Ya dije, pues vale, vamos a buscar un bar que ya haya abierto. 

Betty caminó a mi lado. En el fondo es una buena chica, pensé. Es como todos, no quiere estar sola pero le han metido en la cabeza que ella vale mucho. Sería capaz de dejar pasar al hombre de su vida por orgullo. Pero en el fondo es buena chica. Sabe cuándo tiene que dejarse de pavadas e invitar el trago. En el fondo sabe que el dinero no es tan importante. En el fondo sabe que nunca será millonaria, y que ningún hombre adinerado se enamorará de ella. Incluso sabe que yo la quiero, en el fondo, un poco. Si no hubiese visto en la tevé tantas novelas, quizá sería feliz. Pero la pobre vive con eso. Es su modo de aferrarse. De sobrevivir a sí misma. De no mirarse ante el espejo como una perdedora. Siempre habrá la esperanza de que algún día, alguien rico y famoso la saque de tanta mierda. Mientras tanto no es tan malo tomarse unas copas con Petrozza

5

 Entramos a La Puerta Negra, nos sentamos a una mesa  y ordenamos la primera ronda de cerveza. 


 Betty, le dije, luces tremenda esta noche, me encantaría follarte. Betty rió, coqueta, y dijo que ya iba yo a empezar.  Que me dejara de cosas y que no me creía nada. Le aseguré que era verdad, que me encantaría ser millonario sólo para salir con ella. Volvió a decir que no me creía, pero lo triste del asunto, es que sí me creía, y yo estaba mintiendo. 




16 comentarios:

  1. Muy Henry Chinasky, ya sabes. Bravo.

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  2. como siempre, la cruda y cruel realidad!!! me gusto mucho aunque me dio un poco de asco al principio!!

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  3. La vida es un excusado, todo se va a la mierda...Saludos Petrozza.

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  4. Este estuvo genial!!!! Lo de tu lenguaje posiblemente es por estar influenciado por tantos libros de Anagrama pero eso no es nada malo...supongo.

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  5. Fantástico, durante toda la lectura me la pasé riendo como imbécil; no sé si fue por el nerviosismo de saber las limitaciones del protagonista o por que quizá en alguna y remota ocasión me haya sucedido algo parecido. Gracias, una verdadera joya de negruzco humor!! Atte. Mono Ozomatl

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  6. Don Bartoche Bartoch20 de octubre de 2011, 21:29

    Está bueno, pero es corto. yo que tú analizaría perfectamente la personalidad de Betty. Pero en todo caso, eso queda una opinión. Animo y adelante!!!!

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  7. Jajaja! Al final todos tocamos y vemos mierda por todos lados aunque esta no salga del retrete... Me gusto!!

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  8. El truco para estos casos es simple: agarras una moche, también conocida como escoba de fregar suelos, y envuelves las parte peluda que hay al final de la parte inferior del palo, en una bolsa de plástico y se anuda bien fuerte para que no se salga. A continuación se introduce en el cagadero lo más profundamente posible y, de forma enérgica pero con cuidado de no autosalpicarse con el material atascante en cuestión, se dan varios golpes de arriba a abajo. A continuación, y con cuidado del chorreo que se producirá, see introduce mocha, bolsa y palo en un cubo. Finalmente se tira de la cadena (o se gira la llave, según el cagadero). El agua fluirá limpia llevándose toda la cosa, también conocida como excrementos o mierda. Juro haberlo probado empíricamente y funciona. Para mí fue una sorpresa tan grande como cuando observé, también empíricamente, que lo de los putos vasos comunicantes era cierto. Hasta que no lo vi, no lo creí. Lo mismo con el desatascador-fregona.
    Muy bien, Martín. Lo volví a leer y no me parece demasiado corto pero, ya sabes, las opiniones son como el ojo del culo: cada uno tiene una.

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  9. Metztlli Martínez21 de octubre de 2011, 9:47

    La cinceridad es tán extraña en este mundo, que al encontrar una como la tuya, uno se caga de la risa como si hubiera encontrado el bellosino de oro...jajajaj un abrazo Petrozza.

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  10. jajjajaajjaj, que belleza, que belleza de relato jajjajjajjjjaajajj, algo unusual jajjaaj..............

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  11. José Montero Muñoz21 de octubre de 2011, 12:37

    La pregunta que debería hacerse cualquier hombre es: ¿qué no haría un tío por comerse un colín?

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  12. Estoy de acuerdo con José Montero. No estoy seguro de que lo que escribimos aquí sea Realismo Sucio. Hoy, siglo xxi, Realismo Sucio es una redundancia. Todo el realismo entre el que vivimos es como la cloaca de Petrozza. Miremos la tele y su realismo. No es bastante sucio el asesinato televisado de Gadaffi? Yo diría que es más bien Realismo Experimental o Post-Realismo o alguna cosa así, pero está bien, mientras decidimos, sigamos llamándolo Realismo Sucio (Realismo Guarro también mola, a mí mis conocidas me han llamado guarro 1000 veces desde que leen mis cochinadas).

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  13. comico y sarcastico, muy bueno

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  14. Me pregunto por que elegiste el nombre Betty para ese personaje... tan trillado. En su conjunto me gusto el relato.

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  15. Me gusto mucho como relatas las cosas y lo que piensas esta increible..me encanto y me hizo reir mucho ..falta que me hace...gracias petroza.
    Atte.
    Luis.

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  16. Mira que tengo torres de documentos por ordenar, vistas por desahogar, necesitaba meter la nariz en por lo menos dos de ellas, pero comencé a leerte y terminé uno, me animé por el segundo y no dudé en ir por el tercero, te adelanto que no se trata de la primera vez que te leo, pero sí es la primera en la que subestimo mi trabajo para darle gusto a mi gozo por leerte.Vivo agradecida por quienes me hacen sonreír, por quienes me sumergen en ese mundo donde los sentidos se exaltan y te hacen descubrir esa posibilidad de ver, sentir y escuchar sin estar. Gracias Martín (sorry, se fué el acento) Atte. SZ.

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