sábado, 15 de octubre de 2011

El abrigo de Papá.



Texto Por: Edisson Paucar.  




<<Cuando se pierde un hijo,
Se pierde también la condición de padre>>


“Mamita la bendición”, la bendición mijito. “Papito la bendición”, la bendición mijo. Recuerdo que antes de que suceda lo que les narraré con el dolor de mi alma a continuación, éstas eran las palabras que generalmente resonaban en la casa ubicada por La México, donde vivía con papi y mami.

Luego, como todo lo que viene seguido de este adverbio, las cosas cambiaron. Mami inesperadamente se fue de casa cuando yo aún tenía trece años. Papi dijo que ella salía de vacaciones, que regresaría pronto. ¿Pero papi, mami lleva mucho equipaje? Y además llora ¿por qué, ah? Papi, tu estás ahí todo pálido, mirándola, con tus ojos rojizos ¿qué pasas, ah? Papi.

Mami nunca regresó. En el colegio traté de hacer mi mejor esfuerzo, pero cada día las calamidades ocurrían: peleas en el recreo, deberes no presentados, uniforme incorrecto, falta de higiene del niño, malas calificaciones, pocas o casi nulas amistades, etcétera.

Esto transcurrió de manera esporádica, mis compañeros decían “ahí viene el piojoso”, “el saco de polvo”. Entonces en casa tome la determinación de no regresar más al colegio. Comenté lo sucedido a papá, y él aprobó mi opinión. Él ya no tenía noción de lo que sucedía a su alrededor. Con la mirada perdida, encendida, pasaba horas, días, sentado bebiendo de su botella de Trópico Seco, viendo por la ventana de la sala, la única figura la empedrada pared del callejón.

Acababa de cumplir los catorce años. Busqué trabajo en alguna tienda del barrio. Era en la carnicería de Don Jimmy, gordo y con olor agrio, sabor ha pescado, pese a que vendía carne de res. Sus axilas tenían ese animal marino que nadaba entre los vellos quebradizos. El trabajo en sí no resultaba del todo malo. Hambre no pasaba, podía sacar tajadas y freírles en el cuartucho atrás de la tienda, por la noche llevaba algo de comida a casa y se la daba a papá con arrocito. Compraba una cola de ochenta centavos para la digestión, pero él sacaba su frasco de licor, y con ello pasaba sed.

Por las mañanas era divertido estar en la tienda, las señoras venían con ropa muy íntima a comprar su carne para el almuerzo, para la merienda. Entraban a manera de desfile de modas, unos con los churos hechos, otras mal maquilladas. Lucia, la vecina de la esquina siempre entraba con unas gafas grandísimas, negras, se las sacaba frente al congelador y decía “dos libras de está” señalando la carne que más le encantaba, yo iba, la cogía y le cobraba, regresando a mirar disimuladamente el ojo hinchado que siempre llevaba. Ella cogía su compra, se ponía las gafas y se marchaba. 

Así pasaba yo, vendiendo carne, cortando carne. Por las tarde llegaba la camioneta con la mercancía. Don Jimmy me hacía gestos en los cuales sabía que era hora del esfuerzo físico. Iba a cargar las carnes recién llegadas, luego a ponerlas atrás, en el refrigerador, para de ahí cortarle una a una las tajadas ¡Era un trabajo que me cansaba duramente! De ahí creo fue que mi aspecto cambió. No lo sé con exactitud debido a que poco me importaba mi apariencia física. Pero ahora, caigo en cuenta relatando esta historia, porque mis manos están algo callosas, duras, por ende se me hace dificultoso manejar el esfero. Y me siento algo incómodo en la silla que me encuentro sentado, me veo más gordo, o corpulento, para no ser cruel conmigo mismo, así que: ¿Me disculpa estimado lector estos trazos desalinéales? 

Cortaba las carnes con una destreza única. Don Jimmy me decía que tenía un don especial para colocar el arma en el sitio correcto. Con el tiempo creo que no se equivocó. Si pudiera verlo ahora le diría “¡Caramba Don Jimmy, qué profético se ha vuelto!”

Un día si no me equivoco, estaba yo ahí (en el taburete rojo donde te sientas a las cuatro de la tarde), tras la caja, mirando a la calle. Pasó un carro, dos carros, tres carros. Un bus escolar, no pasó nadie, pasó un peatón no vidente, tres chicas oficinistas, y luego pasó el tiempo. De pronto entró Lucia. Venía apurada, un poco más desarreglada de lo normal. “¡Ayúdame Pipo, escóndeme, ¿sí?, por favor! ¡Te lo ruego!”. Yo medio confundido extendí el dedo señalando el refrigerador. Corrió tan deprisa como la sal desvaneciéndose en el agua. Miré la hora: 6:45 p.m. (Seguro tú mirabas El Chavo). Lucia siempre viene por las mañanas, pensé. Lucia hoy no traía gafas. Lucía tenía sus ojos normales, cero moretones. Lucia es muy simpática, su esposo debe ser afortunado. Las calles de a poco van quedando con gente similar a mí y a Lucia. Se siente frío, mejor será cerrar ya la tienda, ¿pensé?

Terminado mi planteamiento pre-establecido, decidí decir a Lucia que la carnicería estaba cerrada, mañana habrá atención normal si desea carne para el desayuno. Don Jimmy está haciendo descuentos en las cinco libras de carne, sí la compra te obsequia media libra más de carne. Ella me miró algo extraña, se acercó a mí y se puso a llorar “tengo hambre” fue el susurro que se sumergió en mi oído con ladrido de perros callejeros y un pleito de borrachos que acababa de iniciarse fuera del local.

“Lucia vamos a mi casa, ahí te prepararé algo de comer, carne con arroz y cola. Es un manjar exquisito. Papá siempre lo prueba y, puesto que hasta ahora no se ha quejado, supongo que le encanta. Vamos, te fascinará. Ahí tengo también algo de dinero, te daré para que regreses a casa tranquila, en taxi”. Asintió a mis palabras, se cobijó en mi brazo y salimos con destino a casa.

Era una noche normal, si mal no recuerdo. Eso sí, la luna estaba oculta por centenares de nubes que como arena en el desierto confunden al paisano que trata de encontrar Oasis alguno en sus tierras celestiales. Gritos desesperados confundían las lúgubres calles mal iluminadas, gritos de vendedoras y sirena de policías retumbaban la barriada. ¿Común para el nocturno barrial? (Sí verdad, a quién sorprendo…).

En casa calentamos carne, que era lo que había. Más que calentarla la freímos. Lucia se puso animosa y se puso a hacer el arroz. Cuando todo estaba listo salí a comprar una cola. Bien, los axiomas estaban puestos en el mundo. Fui a buscar a Papá, pero no quiso comer, o así lo entendí yo por sus gestos de que me alejara que hizo con su mano sosteniendo su botella de licor. Me excuse con Lucia por su falta aduciendo que probablemente ya había comido y estaba algo satisfecho. Y que ahora necesitaba descansar frente a la ventana de la casa, que ahí es donde más a gusto se sentía. Ella no pregunto acerca del tema. Comía y me miraba, yo solo comía y cuando tenía la boca un poco vacía le comentaba sobre las distintas carnes que había cortado. De lo diferente que huelen cuando una carne está helada, con la simpleza que se secciona una carne fina, que ha venido en buena condiciones, le decía que esa era la mejor carne que uno puede necesitar para hacer su oficio de carnicero, que esa carne era la envidia de todas las carnicerías, y que algún día le haría probar esa carne. “Lucia, esa carne algún día te la venderé. O no, te invitaré como hoy a casa a probarla, te gustará, lo juro”. Ahora que pienso sobre aquella noche, creo que poco le importaba a Lucia de la carne que yo le hablaba, creo pensaba en otras ideas mientras yo designaba a ella las palabras necesarias para que sepa más sobre la carne: mortadela, jamón, carne roja, carne blanca, carne de ternera, carne de buey, carne de avestruz, carne de…

Finalizada la cena, Lucia decidió ir a lavar los platos conmigo. Se acercó y dijo medio riéndose “nada de taxis, quiero quedarme contigo”. Al comienzo fue extraño, no lo entendí. Le dije que no se preocupará, que el dinero no es problema, que le pagaría al taxista. Luego repitió su frase dulcemente y apretándome la cintura contra el lavabo. ¿Le dije que si prefería de esta manera dormiría en el sillón, que tenía a disposición mi cama? Mira Lucia, puedes dormir en mi cama, debajo de ella tengo un álbum de fotos de todo tipo de carnes y eso te ayudará a relajarte. Entonces fue cuando caí en cuenta que ella no pretendía las carnes, pretendía de mí, de mi carne. Me comenzó a besar, me sentía un poco extraño, nunca lo había hecho, y los acercamientos con cuerpos en los últimos años habían sido sólo con carnes muertas, olvidadas e indiferentes. Esto era nuevo, raro pero acogedor. Nos zambullimos en la cocina, cuerpos vivos regocijando su placer en el gemir de Lucia. En la vista cerrada del joven carnicero que dejaba la niñez, y fantaseando de rato en rato habría los ojos para mirar los pechos duros de Lucia, su cuello delirante, y atrás, en la sombra de la puerta una silueta, una sombra que cargaba una botella y observaba para luego marcharse. 

Desperté con la boca algo babeada en la cocina. Eran cuarto para las ocho. Tenía que salir al trabajo, tenía poquísimo tiempo, y a Lucia ya no le tenía. Se había marchado seguramente cuando aún yo dormía, no le pude indicar ¿Qué era mmm…? Ha sí, sobre el álbum de carnes. Me vestí y antes de salir espié a la sala. Papá seguía ahí sentado, dormido. Pero ahora llevaba dos botellas en sus piernas, era diferente, siempre lleva solo una, una por una, así decía. 

Salí al trabajo.

La rutina fue la misma, los mismos clientes, la misma calle. Carros iban, señoras ejecutivas iban, borrachos con sus levitas olientes a mil batallas también iban. Escolares, colegiales, motos a toda prisa, ambulancias socorriendo vidas, todos ellos iban, todos siempre vamos. Y Lucia nada. Nada de nada, se había marchado, dejando en mí un álbum de fotos extraviado bajo mi cama.

Tarde, antes de cerrar la carnicería Don Jimmy llegó al local. “Hey muchacho, ven bebé conmigo, soy tu jefe. Si te rehúsas quedas despedido”. Acordé su sentencia con mi cabeza. Un simple gesto vertical para dar inicio al placer de beber. Mientras él sentado frente a mí me hablaba de todo lo que perdió en vida. Yo recordaba el cuento que leía en el colegio antes de ser expulsado. Recordaba que en una clase de historia nos hablaban de los mitos griegos, de los dioses griegos. Recordaba tanteando mi cerebro sumergido en licor a ese dios Baco, romano, griego, universal. Y me sentía un hijo suyo, alistándome para los combates llenos de frenesí. Donde en las luchas pierdes todo, y de la nada surge el hombre nuevo, el hijo de Dionisio, el hijo de Baco. Engalanado con abrigos negros y largos, como el de los poetas decimonónicos que recorrieron París, como el que llevará yo, Pipo, el carnicero designado por Baco para desplegar su raza por la tierra. 

De ahí, energúmenamente ebrio, caminé fuera de la carnicería sin rumbo. Don Jimmy se había quedado tumbado dentro del local, extenuado de la vida más que del licor. 
Vague por las calles sin tener a donde ir. Deambule por callejones con olor a carne en mal estado. Vague ya cerca de casa, entré a casa, y aún ahí, en esa pequeña casa volví a vagar, sin sabes a dónde.

-¿Estás ebrio Pipo?
-Si papi, estoy ebrio. 
-Ya no soy tu padre..
-Hace un rato pensaba en ese abrigo, sabes- suavemente pasaba mis dedos, tanteando con dulzura el abrigo 
-¿Quieres acurrucarte en él?
-Sí

Papá se acerco despacio y lo puso en el piso de la sala. Ingirió algo de la botella de licor que llevaba. Una tragada para él, una tragada para mí.

-¿Sabes me gusto lo que hiciste con esa chica que trajiste ayer?
-Lucia. ¡Me estabas espiando!
-Eres bueno, un encanto, sería la palabra correcta.

Bebimos licor, una y otra vez. Luego él se acercaba, lanzaba blasfemias quién sabe a qué dios. Ahí sentencioso el silencio, cómplice la oscuridad de acoger dos cuerpos destinados a hundirse en los deseos corporales. Ahora era el toque selectivo de los cuerpos, ahora sonaba en mi cabeza lo que una vez Don Jimmy me dijo en la carnicería, que tenía el arma para colocarla en el sitio correcto. Y el cuerpo volteado a mi torso asentía, al igual que Lucia, gimiendo. Ahora yo, con la rutina de conocer albores nuevos, miradas efusivas, luego temerosas, placenteras, dispares.

Ya a un lado, ahora sólo con el sabor amargo de haber sido engañado por Baco, entré a la labor extraordinaria de la nada, que también es vida entre tanta muerte.

Entonces ya por la mañana he despertado, más tarde que nunca, confirmando mi sospecha que mi información en cuanto a Baco era tergiversada. Nunca fui el hijo designado por él a plagar de crías suyas a la Tierra. Si no que todo fue un mero mal entendido, no era nadie, desde el inicio, sólo el simple carnicero que supo tener la dicha de tener en sus manos todo tipo de carnes muertas. Y de ahí aprehender que en nuestro hecho de muerte una mano cálida acogerá tu lomo, y de ahí sentenciará tu destino. 

Me puse el abrigo de quien dijo ya no ser mi padre. Y entonces con las manos algo cálidas desaté el cuerpo tendido en medio de la sala. Lo puso en medio de la sala, para que cuando lo encuentren, dé la forma de ser él, después de mucho tiempo el centro de atención.
En cuanto a mí, será aquí frente a la ventana donde yaceré, viendo la muralla que se levanta desde la calleja. Ver horas y horas lo mismo, y a la final no ver nada. Y tú, apacible seguidor: ¿miras o ves el tumulto que te rodea?



Texto Por: Edisson Paucar.  


1 comentario:

  1. Crudo, como la carne que cuelga en los rastros... :)

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