lunes, 5 de septiembre de 2011

Soy escritor. Escribo.



¡Alá, puta, ya te enseñaré yo lo que es un hombre de verdad! Caminé a la cocina y me puse un whisky en las rocas. ¡Te he dicho mil y una veces que tú eres mi mujer, zorra! Cogí un cigarrillo de la caja que estaba sobre la mesa y lo encendí. ¡Ya te puedes buscar otro pelele que te aguante, puta de mierda, a llorar con tu madre! Me instalé sobre la buhardilla de la ventana, a fumar mi tabaco y a beber mi whisky. ¡Si me buscas me encuentras!, ¿me oyes? Miré pasar a mucha gente por la calle, y entre todos ellos, al borracho del apartamento de abajo. ¡Te mato, te mato, esta vez sí que te mato! ¡Te mato con mis propias manos! Él me miró y yo lo miré. Alcé el vaso en brindis, y el alzó la licorera desde allá abajo. ¡Chinga tu madre, chinga tu madre, chinga a tu madre, chinga tu reputa madre, chinga tu madre, tu madre, chingas a tu madre! Bebí el whisky al hilo y fui a la cocina a ponerme otro igual. ¡Que te den por culo, pendeja! Los gritos provenían apartamento de enfrente.

  Cuando me mudé a aquel apartamento me dijeron que anteriormente fue habitado por una vieja loca. Primero me lo dijo el viejo loco del apartamento de enfrente, el mismo que ahora gritaba todas esas cosas a su mujer. Me enteré que estaba loco cuando me dijeron que su mujer había muerto cuatro años ha. Solía gritar por las madrugadas, o bien entrada la mañana, lo que por supuesto era una lata. Lo de su mujer me lo dijo una mujer de cuarentaitantos años que vivía con su única hija, una niña de quince primaveras, en el apartamento de arriba. El hombre del apartamento de abajo, un alcohólico fracasado, me informó que a la mujer de arriba la abandonó su marido hace ya más de siete años porque la pobre sufre de depresiones crónicas, tiende al llanto, la desesperación y el suicidio, y no lo soportó. En ocasiones se le mira llorar en la banca del parque, dijo. Esa señora acabará mal, agregó dando un trago a la licorera que sacó del bolsillo interior del saco. Siempre que lo encontraba en la calle me decía algo, algún chisme de vecindad, daba un trago a la licorera y continuaba su eterna caminata por el barrio. Tendría unos cincuenta años. 

 Esa niña es una puta, me dijo el tendero una vez que fui a comprar cigarrillos, aludiendo a la chica de quince años, hija de la loca depresiva. Ya, dije, también me pone un seis de Tecates y  un par de frituras. Todos los días la veo entrar allá (señaló el callejón) con un hombre diferente. Vale, dije, ¿cuánto le debo?  Estoy seguro que se prostituye, dijo el tendero, lo hará para ayudar a su madre, esa no trabaja y su marido no manda pensión. ¿Cuánto le debo?, insistí, y finalmente dijo: ciento veintidós pesos. Le estiré el dinero y me largué. Lo último que le escuché decir fue, ¡esa niña acabará muy mal!

 La quinceañera, en una de las ocasiones que fumaba sentado en la jardinera del edificio, se acercó a mí, me pidió un cigarrillo y me contó que la vieja loca que habitó donde yo murió recostada en cama. Allí dentro. En mi apartamento. Y que nadie se enteró hasta pasado mes y medio. Mi madre fue la primera en descubrirlo, dijo, porque el lugar despedía un olor fétido. ¿Y el viejo, pregunté, cómo es que no lo olió primero? Ese viejo está loco, contestó, si cayera una bomba sería incapaz de notarlo. Ya dije, ¿no eres muy joven para fumar? Soy joven para muchas cosas, dijo maliciosamente. Sin embargo, las hago. ¿Qué cosas?, pregunté interesado. ¡Cosas!, exclamó y echó a correr con el cigarrillo en mano.

 El tendero es malo, pega a su mujer y a sus hijos, me dijo la madre de la quinceañera cuando la encontré a la entrada del edificio. Y el borracho de aquí, dijo señalando el apartamento, ¡ese es un borracho! Lo sé, dije, yo mismo le he visto beber. ¡Ya ve, dijo exaltada, yo no miento!, ¡el tendero pega a su mujer y a sus hijos!, un hombre así no vale nada. Sin embargo, usted le compra, dije echando una mirada a una lata de conservas que llevaba en las manazas. Sí, dijo sonriendo tímidamente, es el único en el barrio que aún me fía. Entonces no es tan malo, deduje. Sí es malo, dijo preocupada, pega a su mujer y a sus hijos. Pero le fía, lo defendí, no puede ser tan malo, se apiada de usted. Entristeció y con la cabeza gacha, dijo: lo hace únicamente porque le gusta mi hija, ¡al muy cerdo! ¿Y su hija, pregunté, a qué se dedica? Con los nervios en la boca contestó que a los estudios. Yo nunca la he mirado ir al colegio, dije como quien sospecha. Ahora está enferma, se excusó, pero ya volverá pronto al colegio. Bueno, dije, debo irme, que tenga buen día. Comencé a subir las escaleras. ¡Oiga!, me gritó la señora, ¿y usted, a qué se dedica? La miré de pies a cabeza, desde los primeros escalones, y respondí dudando que lo entendiera: soy escritor. Escribo. Ah, bueno, contestó, y me dejó partir. 

 A los pocos días me enteré que la muy cabrona no entendió un carajo. Me lo dijo el borracho. Lo encontré en el parque y me dijo: la señora del 302 dice que usted es un huevón. Que le ha mirado estar en casa por días enteros sin hacer algo. ¿Es que usted no tiene un trabajo?, preguntó interesado al tiempo que humilde, si eso es posible. ¿Me regalaría un trago?, le pedí al mirarlo sacar la licorera. Antes de decidirse la miró detenidamente unos segundos y luego me la estiró. Me pegué un trago. Para mi sorpresa iba cargada con whisky. ¿Le gusta el whisky?, pregunté estúpidamente. ¡Qué si me gusta!, exclamó. ¿A usted le gusta?, me regresó la pregunta. Asentí con la cabeza, mucho, mucho, dije. No tendrá algo de whisky en casa, ¿verdad? Preguntó esperanzado. Probablemente, dije. ¿No sería usted tan amable de invitarme una copita?, dijo el borracho con tono suplicante. Ya dije, ¿por qué no? Sonrió al escucharlo, tanto, que estuve a punto de arrepentirme. 

 ¡Oiga!, dijo antes de atravesar la puerta de mi apartamento, no me ha contestado la pregunta, ¿no tiene usted trabajo? Haciéndolo pasar contesté: sí, soy escritor. Escribo.

 Una vez dentro el borracho quedó paralizado ante la cama que estaba en la sala (porque en la sala había un acama), y exclamó: ¡no dormirá usted ahí! No, contesté, yo duermo en la cama de la habitación. Se pasó la mano por la frente y exclamó: menos mal, porque, ¿sabe?, no quiero asustarlo ni nada pero en esa cama… Lo sé, interrumpí, en esa cama murió la anciana que habitaba aquí. Sí, ja, dijo riendo, pero un hombre como usted, un escritor, no creerá en fantasmas. No, respondí, no creo en fantasmas. 

 ¿En las rocas o con agua?, pregunté antes que siguiera con el rollo de la anciana. Con dos dedos de agua, por favor, respondió, para mi sorpresa, porque a decir vedad nadie antes había entendido la pregunta, y nadie antes había pedido el whisky con agua. Pasado el asombro serví un whisky en las rocas para mí, y un whisky con agua para él. 

 Se sentó sobre el sofá y yo sobre la cama, él no quería ni tocar la cama. Me puso al tanto de la situación en el barrio. Me confirmó que el tendero pega su mujer y enriqueció el chisme diciendo que la mujer del tendero lo tenía bien merecido, pues engañaba al tendero con el ayudante del carnicero. Dijo que el ayudante del carnicero se lo confesó él mismo una noche de copas.  Y dijo que la mujer del carnicero (patrón del ayudante) estaba por dejarlo porque había encontrado un hombre de negocios, un productor de TV que le prometía llevarla al estrellato. Hace ya más de un año de aquella promesa y nomás nada, dijo, pero la mujer está muy ilusionada. La mujer del carnicero tiene buenas tetas, señaló, así que probablemente sea cierto. Ya, respondí yo, ¿y qué hay con la hija de la señora del apartamento de arriba?, el tendero me ha dicho que es puta. Sonrió juguetonamente y dijo que sí, que una vez estuvo a punto de pegarle una mamada por cincuenta pesos. El asunto se jodió porque una vez en su apartamento no encontró el dinero. Y la muy cabrona, dijo, me exigió la plata por adelantado. Pensó que era un timo. 

2

El apartamento me lo rentó la anciana de la vieja difunta por una cantidad risible, una oferta que no podía dejar pasar. Ochocientos pesos al mes no estaba mal, ¿verdad? A cambio me mudé a un sitio que bien pudo haber sido el antro de una vieja loca, lo mismo que un nido de ratas. El porcentaje de agujeros en la alfombra superaba a la alfombra misma. Las paredes, blancas alguna vez, estaban percudidas. La cocina y el cuarto de baño estaban hechos un verdadero asco. Un asno habría cagado dentro de la taza más veces. Las más de las veces no corría el agua y se iba la luz con tanta frecuencia que ya no me percataba cuando la había. La cama donde murió la vieja, en verdad lucía como un lecho de muerte. Nadie se había tomado la molestia de quitar siquiera las sábanas y tender la cama. 

 Por mi parte apenas hice arreglos. Quité de las paredes viejas fotografías enmarcadas de la boda de la antigua propietaria y en su lugar colgué reproducciones de baratas de Velázquez.

 Me instalé con un par de maletas, de las cuales no desempaqué nada, no llené los armarios con mis cosas. Tenía cuatro sólidas paredes y un techo; estaba bien. No pedía algo más. Incluso con el techo me hubiese bastado. Uno no conoce la importancia de un techo hasta que ya no lo tiene. No me sorprendió que la familia de la vieja se disputara el derecho a la herencia del apartamento, con el alma.

 Me enteré de la disputa a los ocho meses de vivir allí. La casera me informó que requeriría del inmueble, a lo más, en dos meses. La cosa era que yo ya debía el alquiler del trimestre pasado, y me dio dos opciones: largarme de inmediato y olvidar la deuda, o pagar de inmediato y continuar el tiempo que durase el juicio. Dos meses a lo mucho, pienso, confesó la casera. Todos los hermanos, los hijos y los nietos, sentíanse con derecho de apoderarse del apartamento. Si gano el juicio, explicó, podrás quedarte, pero la verdad lo dudo mucho. Ella era la mayor de cuatro hermanos y en realidad, la herencia (no había testamento) correspondía, por línea directa, al mayor de los hijos de la muerta (ya que era viuda), que era un hijo de puta y fue el primero en llevar el caso a las autoridades. En su derecho que está, suspiró la casera, pero se hace la lucha. Cuando este hombre se enteró que el apartamento había sido alquilado, se enojó. Me ha exigido todo el dinero que me has pagado, dijo la casera, y además opina que estoy demente, que este inmueble está valuado en al menos dos mil quinientos pesos la renta. ¿Y usted lo cree?, pregunté sarcásticamente. La sirena de una patrulla se escuchó a lo lejos. No, no creo que nadie acceda a vivir aquí por esa cantidad de dinero, contestó. Nadie accedería a vivir aquí ni gratis, dije. Quizá, dijo ella, pero así está la cosa. Te doy la semana para pensar. Muchas gracias, dije. ¿Qué otra cosa podía decir? 

3

Así que eres escritor, me dijo la lindura de quince años. Que a decir verdad, estaba lejos de ser lindura. Una niña de quince años, eso es todo lo que ella era. Le estiré un cigarrillo. Me pidió un cigarrillo. Estaba sentado donde la jardinera de la primera vez. Así es, respondí. Mi madre dice que eres un fracasado, un holgazán, que a tu edad deberías estar trabajando, dijo. Ya, dije, eso es porque tu madre no sabe nada, yo tengo un trabajo, soy escritor. Escribo. ¿Ah, sí?, dijo ella, ¿y cuánto te pagan por eso? Di una calada al cigarrillo y luego contesté que muy poco, a veces nada. Es lástima, dijo. Sí, es lástima, repetì. ¿Y tú, pregunté, a qué te dedicas? A cosas, exclamó traviesa. ¿Qué cosas?, pregunté. ¿Tienes cien pesos?, preguntó interesada. Depende, respondí. Si me das cien pesos puedo mostrarte a qué me dedico. Lo dijo en tono de Lolita. Ya, dije, si te doy cien pesos, ¿dónde me lo mostrarás?, pregunté y ella no se sorprendió de mi pregunta delatora, que exponía que yo sabía perfecto a qué se dedicaba. En tu apartamento, contestó, o allá en el callejón. ¿Me gustará?, pregunté juguetonamente. Te encantará, me susurró al oído siguiendo el hilo de mi juego. 

 ¡Entonces qué!, exclamó al mirar mi indecisión, ¿tienes los cien o no? No puedo irme de aquí sin al menos follarme a esta niña, pensé, ¡y por cien pesos! ¿Cuántas veces no he perdido más tiempo y más dinero (en invitaciones y citas) por acostarme a una mujer? Y esta cría, que honradamente se gana el pan y me ofrece lo que otras se guardan como la más valiosa de las joyas, sin saber que la cosa, por no usarse se atrofia, hasta el altar. Y uno no se casa con cien pesos. Vale, me decidí, vamos a mi casa. De un brinquito estuvo en el suelo, me cogió de la mano y me arrastró hasta la puerta de mi apartamento. 

 Entramos y lo primero que dijo fue que no, que por ningún motivo lo haría sobre esa cama. Tranquila, dije, lo podemos hacer en el sofá, el suelo, la cocina, o la cama de allá adentro, dije señalando la habitación.  ¿Y cómo sabes lo que haremos, dijo, si aún no te digo a qué me dedico? Yo sé bien a qué te dedicas, dije, lo sabe todo el puto pueblo. ¿Cuál pueblo?, preguntó extrañada. Es un decir, contesté, lo sabe todo el puto barrio, y sobre todo, yo sé bien a qué te dedicas. Tras pensarlo un minuto, dijo: bueno, así es más fácil. Pero antes te advierto una cosa dijo, ni una palabra a mi madre. Moví la cabeza negativamente y dije: por más que hagas esto a tu edad, no dejas de ser una niña. ¿Cómo?, preguntó. No te falta madera, dije, pero te sobra boca. Dime, a ver, ¿qué opinas si te digo que no te doy un centavo, y en adelante lo harás, o iré a contárselo a tu madre? Si lo cuentas, te mato, respondió con un aire de tranquilidad inaudita. Me eché al sofá riendo. Una niña de quince años, Dios, te tumbaría de un solo puñetazo, dije. Colocó un pie sobre el brazo del sofá. Toda la entrepierna quedó a centímetros de mi cara. Y con esa falda, caray. Acto seguido, sacó de la calceta una navaja. Y yo, de un solo navajazo, te mato, dijo irónicamente, colocando el filo del cuchillo tan cerca de mi cara que pude sentir el frío del acero y el filo rosándome los poros. ¡Mierda!, exclamé, tú ganas, toma los cien pesos y hazme una mamada. ¿Y si te digo que me dará quinientos, y qué no lo haré?, dijo. Vamos, nena, le dije, no tenemos que llegar a esos extremos. Porque, ¿sabes?, dijo ignorando mis ruegos, creo que no nos hemos entendido. Si todo este tiempo creíste que me dedico a puta, estás pendejo. Carajo, dije haciendo bizco ante la hoja del cuchillo, entonces sí que tenemos un malentendido. ¡Quiero mil!, exclamó. Ahora mismo o te rajo la cara. Aumentó la presión de la hoja sobre mi rostro. Vale, me defendí, no los tengo, puedes esculcar el lugar, no los tengo. 

4

En pocas palabras, estaba hundido hasta la coronilla de mierda. Radicando en un barrio de podredumbre, con menos de quinientos pesos en la billetera, y sin una sola salida al alcance de la vista. Todo dependía de una sola cosa: mi carrera de escritor. Escribo. O lo que es lo mismo: no tenía algo en la vida a qué aferrarme, excepto la puta Literatura.

5

 Debió mirarme asustado de verdad, porque la muy puta, se separó de mí, guardó la navaja y riendo, exclamó: es una broma, no pienso matar a nadie. Ya. Dije. al tiempo que me levantaba del sofá, me alegra escuchar eso. Bueno, dijo, ¿dónde tienes esos cien? Allá, contesté, allá. Señalé arriba del estéreo. Había ciento veinte pesos para ser exactos. Tomó sólo cien, que eran un par de billetes de cincuenta, y los agitó como señal de despedida. Me marcho, apuntó. ¡Alá, puta!, grité, ¿y mis servicios? Antes de que pudiera acercarme a ella me apuntó con la navaja. Ya, ya, dije, hemos terminado. Estampó la puerta al salir. 

 Dios, pensé, creo que es tiempo de enviar aquella vieja novela a alguna editorial. 






12 comentarios:

  1. asi son los chismes de vecindad muy bien reflejado, aamigo este texto me causo nostalgia porque desgraciadamente los escritores no siempre son bien valorados, suerte y mucho exito !!!!

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  2. Gracias Martin Petrozza,por compartir este relato...GENIAL...!!

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  3. para mi que soy actor es un gran reto hacer este tipo de interpretación. Si decidiese hacerlo, ¿donde puedo adquirir los derechos para hacerlo?

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  4. wow!! herman@, me encanto el énfasis a lo enredado de un vecindario común, muy expresivo, genial me encanto!! bravo, un saludo...Caleb:
    http://lospoetasmuertos.blogspot.com/

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  5. Anónimo: puedes conseguir los derechos aquí: redaccion@whiskyenlasrocas.com o al msn: icedguardian84@hotmail.com Gracias.

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  6. leí el relato muy bueno me fascino!! le seguiré huella!!

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  7. ¿Te gustaría escribir en Falsaria.com?

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  8. Esto esta genial!! Me gusta.

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  9. La única palabra que creo puede definir este relato es CONTUNDENTE.

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  10. Una narración con mucha fuerza, me encanta. Saludos.

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  11. Me ha gustado mucho como has narrado, con fuerza, contundencia, el chismorreo, el estar pendiente de vidas ajenas, el escritor que se cree mejor?? que ellos

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