lunes, 26 de septiembre de 2011

Simona y los polos opuestos.



Dicen que los polos opuestos se atraen, dijo Simona. Ya dije yo, pues debe ser verdad. ¿Adónde quieres ir a comer?, pregunté inmediatamente después, sin dar importancia al asunto. La cosa había salido porque según Simona ella y yo éramos todo lo contrario que dos personas pueden ser. No sé, ¿tú? Pues yo, dije, creo que me apetece una hamburguesa. Simona frunció la boca. Siempre te apetece una hamburguesa, dijo. Ya dije, ¿pues a quién no? ¡A mí!, exclamó, estoy harta de las hamburguesas. Vamos dije, pero si llevamos todo este tiempo (todo este tiempo quiere decir los tres primeros meses de relación) comiendo hamburguesas. ¡Por eso!, gritó, ya no las aguanto. Nunca me han gustado. ¡Nunca te han gustado!, exclamé. No, confesó, las he comido por ti, pero a decir verdad, las odio. Bueno, vale, dije, ¿qué quieres comer tú? Simona paró en seco. Caminábamos por avenida Reforma y paró en seco, se puso delante de mí, me rodeó con los brazos y pegando sus labios a los míos dijo que ella prefería comer sushi. ¡Sushi!, pensé. Ya dije, te lo explicaré de un modo que puedas entenderlo: odio al sushi porque odio a los japoneses, y odio a los chinos, a los coreanos y a los vietnamitas. En general, odio a todo el maldito Oriente. Y por supuesto, odio a su gente, su cultura, sus malditos ojos rasgados, sus mujeres con pieles de color desabrido, y mi odio, Dios, también incluye su comida. Simona dijo que no era posible que yo odiara a todo el Oriente, y además, odiara casi todo del Occidente. Es que ya le había contado de mi odio por la política de izquierda, que nunca ha logrado nada, por la política de derecha, que lo ha logrado todo, y por los íconos sexuales estadounidenses, que son las rubias sin cerebro, y de mi odio por la mano de obra brasileña en los automóviles americanos. De mi odio por el arte abstracto, en la pintura sobre todo. Mi odio por la música de moda, en especial, esa música de maricas, la electrónica, y de mi odio por los perros y la gente de la colonia Condesa, y un largo etcétera que incluye, según Simona, TODO. Odias TODO, gritó. Bueno dije, las hamburguesas no. ¿Y planeas alimentarme con hamburguesas todo el maldito tiempo?, preguntó. Alcé los hombros, indiferente. ¡Estás orate!, yo te voy a enseñar a comer, educaré tu paladar y verás que la vida no se reduce a las hamburguesas del McDonald´s. Mierda dije, vale, iré a comer sushi, pero que quede bien claro que lo hago sólo porque te amo. Y que quede claro que te amo, que tengo que amarte, Dios, para ir a un maldito restaurante oriental, con esa gente oriental y esa comida oriental. Simona me tomó de la mano y me arrastró hasta el restaurante. 

 Pide los rollos con plátano, me recomendó Simona. Ya dije, pídelos por mí. Lo hizo y  ella también pidió rollos con plátano. ¿Desea algo de tomar?, me preguntó la mesera, pero la ignoré, y Simona sabiendo de mi costumbre de ignorar meseras, me preguntó: ¿quieres algo de tomar? Ya, le dije a Simona, pídeme una coca-cola. Simona pidió una coca-cola para mí y para ella pidió una sangría. La mesera no se explicaba por qué yo no le dirigía la palabra. Pero supongo que tampoco le importaba demasiado. Era una japonesa o algo y quizá sólo sabía dos palabras en español. Por mi parte odiaba ese maldito idioma monosilábico que tienen. Lo estaba pasando mal.   

 ¿Y bien?, dijo Simona mientras traían las coas. ¿Y bien qué?, pregunté al tiempo que miraba al horizonte. No sé dijo, cuéntame algo. ¿El qué?, pregunté. Lo que sea dijo, no hemos venido a mirarnos las caras, ¿o sí? No dije, pero tampoco tenemos que estar hablando todo el tiempo. ¿Es que no te gusta disfrutar de tus pensamientos? No cuando paso tiempo con mi novio, dijo. Reí. Vale dije, ¿de qué quieres hablar? Suspiró. Lo sé dije, no hay pregunta más complicada que esa. La cosa es que no sabes exactamente de qué, sólo deseas hablar y deseas que yo ponga de mi parte. Y yo no pongo de mi parte, estás pensando, ¿no es así? Más o menos, contestó Simona. 

 Los alimentos llegaron. Eran rodajas de arroz cocido rellenas de peces crudos. Una cosa para volver el estómago. Sin embargo estaban muy bien. Con plátano sabía muy pero que muy bien. Vale dije, tengo que aceptarlo, esto está buenísimo. Lo sé dijo, pero, por favor, usa los palillos. Yo había tomado la primera rodaja con la mano. Eran tan pequeñas y tan individuales, que uno no podía evitar cogerlas con la mano, como cacahuetes. Entonces cogí los palillos pero no se me dio bien la cosa. Tuve que tomar uno de ellos y picar el rollo. Pero Simona dijo que no, que así no se hace, vamos, puedes esforzarte un poco, dijo. No sé dije, comer comida oriental es más de lo que puedo hacer. Esforzarme por adquirir sus putas costumbres es demasiado. Y seguí cogiendo los rollos con las manos. 

 Luego llegamos a aquello, no sé exactamente cómo. Creo que Simona preguntó qué haría yo si tuviera mucho dinero. O quizá fui yo el que lo preguntó a Simona, aunque lo dudo: yo no suelo hacer ese tipo de preguntas quiméricas. El caso es que Simona, si tuviera mucho dinero, dijo que destinaría parte de eso a erradicar el hambre extrema del planeta, particularmente de las zonas del África. Lo dijo mientras bebía de su sangría. Haría grandes donaciones a las instituciones altruistas, cosa que me molestaba sobremanera. Por mi parte pensaba que el mundo va bien tal como va, y que si toda esa gente está a punto de morir o ha muerto ya, es cosa de selección natural, y no está en sus manos (las de Simona) salvar a los elegidos por la Divina providencia, a entrar en el Reino de los cielos. ¿Cuántos tíos mueren por hambruna todos los días?, pregunté al tiempo que cogía un rollo y me lo zampaba. No sé, contestó Simona, unos cientos de miles. Ya lo tienes, dije con la bocaza llena: selección natural, nomás imagina un mundo con cientos de miles de hombres más. Millones de personas más. ¡Un caos! La naturaleza es una vieja sabia, añadí, contento con mis razonamientos. Sin embargo Simona no estaba convencida. Siendo un alma noble su necesidad de ayudar al prójimo era enorme. De verdad dije, ya no cabemos en este puto globo terráqueo. Y alguien debe morir y la naturaleza se hace cargo, no tan bien como debería, pero lo hace. Simona utilizaba los palillos estupendamente. Me cogió la nariz con ellos y entrecerrando los ojos, con vileza, dijo: eres un cabrón sin sentimientos. No, me defendí, tengo muchos sentimientos. Sentimientos para con quien queda en esta puta vida. Me compadezco de ellos. Deberías donar tu dinero para las pobres almas que no tenemos para cuando morir. Vaya si lo necesitamos. Simona movió negativamente la cabeza y dijo que yo no tenía remedio. 

2

Quizá sí somos diferentes, pensé cuando la despedí y regresé a casa. Quizá sí somos lo más diferente que dos personas pueden ser. 

 Una vez llegado a casa me encontré con Salmoneo Gutiérrez. Me estaba esperando hace más de hora y media, dijo, ¿por qué no contestas tu teléfono móvil? Vale, dije abriendo la puerta de mi casa e ignorando su comentario, ¿crees que Simona y yo somos diferentes? Salmoneo dijo que qué diablos, qué eso qué tenía que ver. Pasamos dentro. Te estoy hablando enserio, le dije, ¿crees que Simona y yo somos diferentes? No lo sé dijo, ¿por qué no contestas tu teléfono móvil? Caminé a la mesa y cogí el teléfono móvil. Porque esto, le dije agitando el aparato frente a sus ojos, porque lo olvidé. Ah bueno, dijo Salmoneo y se rindió respecto al maldito teléfono. 

 Ya dije, ahora dime, Simona y yo, ¿qué piensas al respecto? Se lo dije al tiempo que encendí un cigarrillo y me dejé caer sobre el sofá. Él se sentó en el suelo y encendió un cigarrillo. Simona y tú, dijo, bueno, pues me parece que van muy bien, ¿no? Ya dije, y me levanté. Me había sentado hace un par de segundos pero me levante presto a por un trago de whisky. ¿En las rocas o con agua?, pregunté a Salmoneo cuando estuve en la cocina con dos vasos ante mí y la botella de whisky en las manazas. En las rocas, contestó y yo regresé al sofá con dos whisky en las rocas. 

 ¿Tienes problemas con Simona?, me preguntó extrañado cuando estuve nuevamente colocado en el sofá. No precisamente dije, sólo dime una cosa: ¿crees que ella y yo somos, ya sabes, lo que se dice, una pareja ideal? No, dijo tajante. Dios, dije, ¿entonces qué mierda somos? Son la pareja más dispareja que he visto, dijo dando el primer trago a su bebida. Eso es lo que ella dice dije, que somos polos opuestos. Polos opuestos se atraen, dijo. Vamos dije, no me vengas con patrañas, eso es en los metales, no en las personas, Dios, la gente se traga cualquier pendejada. Bueno dijo Salmoneo, yo sólo digo, pero, ¿por qué te preocupa tanto tu relación con Simona? 

 Aquí di un trago al whisky, muy despacio. Sentí el licor bajar por mi garganta y llegar hasta el estómago, y quemarlo. Luego sentí la sangre correr por mis venas. Y el aire entrar y salir de mis pulmones. Sentí la saliva en mi boca y me di cuenta de que estaba enamorado. No lo sé dije. Será que estás enamorado, dijo como si tal cosa. Vamos dije, eso no es posible. ¿Por qué no?, preguntó dando una calada al cigarrillo. Bueno, sí es posible, dije, pero, dime, ¿cuándo nos miras juntos, qué piensas? Salmoneo se lo tomó con calma. Buscaba las palabras exactas para expresar su visión de mi relación con Simona. Dio algunas caldas al cigarrillo y se pegó algunos tragos. Miraba al techo y fruncía el entrecejo. Finalmente dijo: no entiendo como ella puede salir contigo. Mierda dije, yo tampoco. Di un trago al whisky y dije: bueno, pero… a tu manera de ver las cosas, ¿por qué piensas eso? Salmoneo tragó saliva. No deseaba herir mis sentimientos. Te lo diré justo como es, dijo. Asentí con la cabeza. Vamos dije, no pasa nada, dime lo que piensas, tal como lo piensas. Entonces dijo: tú eres un signo de menos, y Simona es un signo de más. Aplasté la colilla del cigarrillo sobre el cenicero y encendí otro inmediatamente. Expulsando el humo de la primera bocanada dije: ¿y por qué tengo que ser yo el signo de menos, no podría ser ella el signo de menos? Salmoneo me miró a los ojos y contestó: tú sabes muy bien que eres el signo de menos. Vale dije, ya me lo sospechaba. 

3

Simona dijo que aquella nube de allá arriba era bellísima. Yo la miré y pensé: vale, podría ser. En adelante notaba cada una de nuestras disonancias. Ella solía decir que no hay nada más placentero que dar placer. Yo pensaba que algo más placentero que eso es recibirlo. Yo era egoísta y ella era un ángel. Dispuesta a salvar y ayudar a cualquiera que lo necesitase. Podía ver belleza hasta la mínima flor o el mínimo detalle. Yo podía ver defectos hasta en la obra más grande de arte. 

 Caminábamos por Reforma, otra vez, y ya se acercaba la hora de comer. Así que tuve que preguntarle: ¿Qué quieres comer? Íbamos tomados de la mano. Yo sabía la respuesta de antemano. Al menos, sabía que no escogería comer hamburguesas, ni en el McDonald´s ni en ningún otro lado, ni escogería comer pizza, que eran las cosas que yo generalmente prefería. Yo sabía lo que escogería. No sé dijo, ¿tú? Suspiré y haciendo un esfuerzo contra mi voluntad, pero haciéndolo porque realmente amaba a Simona, dije: podríamos ir al pollo argentino. El pollo argentino era un local en la Condesa donde te vendían medio pollo relleno de queso y especies. Una delicia, Dios, tengo que aceptarlo, y empanadas de elote y carne, pero empanadas que no están hechas con paste hojaldre. Yo amaba la pasta hojaldre, y Simona odiaba la pasta hojaldre. Así que el pollo argentino era una excelente opción para Simona, y una cosa terrible para mí, considerando que de Argentina amaba a sus escritores, pero nada más. ¿El pollo argentino?, preguntó incrédula. Bueno dije dudando, (¿es que ahora también la he cagado proponiendo el pollo argentino?, pensé), si no quieres ir al pollo, podemos ir al sushi. Pensé que esta vez acertaría, digo, estaba más que comprobado que el sushi le gustaba. Me miró sorprendida. Dijo que eso no era posible, que yo quisiera ir tan de buena gana y a la primera al pollo o al sushi. Bueno dije, después de todo lo pagas tú, así que me pensé que en todo caso tienes más derecho a elegir el plato. Pues lástima por ti, dijo, porque yo pensaba ir a las hamburguesas del McDonald´s. Vamos dije, pero si esas hamburguesas son una mierda. ¿Qué son una mierda?, dijo, pero si las amas más que a tu madre. Ya dije, pero ya no. No puedes dejar de amarlas así como si nada, dijo. Sí puedo dije, ahora amo el pollo argentino. Mientes, dijo. No miento, es verdad, me defendí. 

 Simona se sentó en una banca. Yo me senté a su lado. Ya dije, ¿entonces qué? Lucía bellísima. ¿Estás haciendo esto por mí, no?, preguntó. ¿El qué?, pregunté ingenuo. Lo de elegir el pollo en vez de las hamburguesas. Ya dije, pues claro. ¿Por qué lo haces?, preguntó como si no fuese obvio. Quizá no lo era porque cuando le respondí, yo mismo me sorprendí. Lo pensé unos segundos y dije: vale pues, me he dado cuenta que en realidad no odio el pollo ni el sushi ni la mitad de las cosas que digo odiar. De hecho, dije, amo el pollo argentino y el sushi con plátano. Amo que tú me lo hayas mostrado y sobre todo, te amo a ti. Te amo porque sé que si tuvieras mucho dinero, no dudarías en ayudar a las personas necesitadas. Te amo porque eres un ángel, y un pan de Dios. Un bizcochito de Dios, tía, además estás que te caes de buena. Simona rió alegre y me confesó que ella me amaba a mí, precisamente porque yo odiaba todo lo que digo odiar. No exactamente, dijo, pero te amo porque eres diferente y eres especial. Tienes convicciones sólidas, por ejemplo con los japoneses, no les perdonas una, dijo, y eso me agrada. Me gustas porque eres un hijoputa de mierda, pero un hijoputa de mierda con estilo, y que está dispuesto a ir a los pollos que le gustan a su novia aunque se tenga que tragar las empanadas sin paste hojaldre. ¿Y sabes qué?, dijo, de verdad, hoy quiero ir a las hamburguesas. Entonces tenemos un problema dije, porque yo realmente quiero ir al pollo argentino. Vamos dijo, ya no tienes que fingir. No estoy fingiendo, nena, es de verdad. Pues te jodes, dijo, porque iremos a las hamburguesas. Coño, exclamé, no quiero ir a las putas hamburguesas. No te estoy preguntando, dijo. 

 Simona se levantó de la banca, me tomó de la mano e intentó arrástrame a las hamburguesas. Pero yo no iría allí. Estaba decidido. Me costó darme cuenta del amor que siento por Simona y no iba a ceder tan pronto. Me lo propuse. Me propuse no pisar nunca más las malditas hamburguesas al mismo tiempo que Simona. Estaba haciendo un sacrificio de amor y ella estaba echando a perderlo todo. Estaba menospreciando y humillando mi postura romántica, halagüeña y solícita para con ella. Anda dijo, que no tenemos todo el día y ya me muero de hambre, camina. No, le dije, vayamos a los pollos. No quiero saber nada de pollos, dijo. Ella también estaba haciendo su parte. Y yo estaba humillando esa aparte. Manchándonos el uno al otro porque los dos queríamos ser el que doblase la mano. Era una cosa absurda. Si no discutíamos por nuestras convicciones, discutíamos por las del otro. Pero por ningún motivo podíamos estar en santa paz. 

 Hagamos una cosa dije, no vayamos ni al pollo ni a las hamburguesas. Elijamos otra cosa antes que acabemos matándonos. Simona cruzó los brazos, y dijo vale. Lo dijo de mala gana. Por alguna razón ella realmente quería ceder a mi antiguo capricho de las hamburguesas. Bueno dije, yo propongo (esta vez pensé que más me valdría proponer aluna cosa que sinceramente me gustase, al fin y al cabo Simona estaba de complaciente) que vayamos a los tacos de la esquina. ¡Los tacos de la esquina, gritó, estás orate!, esos tacos me enfermaron la última vez. Mierda dije pero si son buenos como ningunos otros. No iré allí por ningún motivo, agregó. Dios dije, vale, ¿qué propones? Hace tiempo que tengo antojo de comer comida cantonesa. Miré al cielo sin poder creerme de mi suerte. Linda, dije, ¿no has escuchado todo este tiempo que te he dicho que odio a todo el puto Oriente? No es posible que odies a todo el Oriente, dijo. Caray pensé, aquí vamos de nuevo. Quizá es verdad que polos opuestos se atraen. Tiene que serlo, pensé, porque no hay otra manera en el infierno que yo soporte esto. 




10 comentarios:

  1. David Fernández Martín26 de septiembre de 2011, 12:00

    Me encanta

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  2. Me resulta muy interesante !!!

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  3. omo siempre sus aportes son geniales, gracias..

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  4. Esta chido me latió ;)

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  5. es de chiste! como me reí en la parte de "bizcochito de Dios" hahahaha xD
    (nice, nice)me ha agradado. Nada mal.

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  6. muy bueno, gracias :)

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  7. CREO KE DECIR·POLOS OPUESTOS" REKIERE DE UN GRAN ANALISIS REFERENTE A SU SIGNIFICADO....DEPENDE MUCHO DE LA PERSPECTIVA DE CADA KIEN HAY PERSONAS KE TIENEN INFINIDAD DE COSAS EN COMUN Y SON INMENSAMENTE FELICES.....AUNKE OTRAS NO TANTO....ME EXPLICO JAJAJJAJA

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  8. Qué manera de narrar!!! se agradece!!! Tiene romanticismo combinado con buen humor y el toque verdaderamente mágico es ese "situaciones comunes entre parejas", me ha gustado mucho!!!

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  9. Qué tontos somos! Muy divertido, me ha encantado. Gracias!

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