jueves, 15 de septiembre de 2011

París no es una fiesta: Manual de seducción.



El apartamento de Petrozza estaba generalmente cargado de humo, y aquella tarde, particularmente cargado de humo; era como entrar a un cubo de humo. Podías mirar el humo que no salía de la puerta. Petrozza abrió la puerta y allí estaba todo ese humo sin salir, azulado, denso y en forma de cubo. Y en medio de todo estaba la mesa, y sobre la mesa, una lata de cerveza, roja, como un puntito en medio de la niebla. Me hizo pasar, me sentó en el sofá y me trajo una cerveza. En casa de Petrozza la bebida es un deber. Dejó de preguntarme si yo gustaba un trago. Se iba a la cocina y me traía lo que fuera, whisky, cerveza. Sólo lo miré beber whisky o cerveza. Y pasados unos minutos la niebla desaparecía. No es que desapareciese de verdad, es que te tus sentidos se acostumbraban a estar allí, y ya no lo notabas. Supongo que él mismo no sabía que vivía inmerso en esa niebla. Podía estarse en casa por días enteros, semanas, sin salir. No tenía televisor y no tenía teléfono. Todo lo que hacía era estar allí. Se había leído la mayoría de los buenos libros, eso sí. Escribía sus relatos sobre la mesa de la cocina, en un pequeño espacio, algo claustrofóbico, y no salía y uno pensaba que de vivir allí se volvería loco. Quizá Petrozza lo estaba pero si lo estaba, era un loco con bastante cuerdo. Me citó aquella ocasión porque le pedí consejo en el amor, y esto fue lo que me dijo. Bebiendo cerveza, fumando, en medio de la niebla, me dijo: 

 El amor es cruel y a veces tendrás que experimentar su enojo, pero es al mismo tiempo como crío de corta edad, y es fácil de domar. Es iracundo pero basta un caramelo para contentarlo. Acto seguido adoptó una posición, tanto física como personal, de… maestro de las artes amatorias, Don Juan, experto en seducción, Sensei del amor, Quijote del amor, o algo…

 Lo primero es aprovechar el momento propicio para decir a la mujer elegida: me gustas. Petrozza da un trago a la cerveza, y añade: me gustas tú, y nadie más. No importa si no es verdad, apunta: tú y nadie más, dice como profesor de primaria, y yo hago que apunto (no me gusta contrariarlo ni que se distraiga en cosas vanas). No te caerá de los cielos, tendrás que buscar con tus propios ojos a la mujer que desees conquistar. Así como el cazador sabe dónde tender la red al ciervo, aprende a conocer los lugares más frecuentados por las mujeres más hermosas. Si te gustan las menores, las hallarás por montones; si las prefieres maduras, no faltan algunas. Aquí Petrozza ríe y dice que ha hecho un verso sin esfuerzo, que qué me ha parecido a mí que soy poeta (subraya la palabra poeta), y continúa: toda la ciudad misma, quién lo creería, es un lugar propicio para el amor. Alerta las antenas, en el transporte público, en la plaza, en los parques, en las escuelas. Ponte fuera de las escuelas a la hora de salida y verás... Petrozza destapa una cerveza más, y da un gran trago. Acto seguido dice: pero donde más te conviene, es en los bares. Acuden a él mujeres de todas las edades, dice, y de todas las clases sociales. De todos los talles (aquí delinea la silueta imaginaria de una mujer con las manos) y de todos los colores. Allí encontrarás sin duda, alguna que te gusta. Ríe y dice que lo ha hecho otra vez, eso del verso sin esfuerzo. Yo asiento con la cabeza y le dejo seguir. A los bares las mujeres entran y salen sin cesar, como hormigas; como las abejas, cargadas de su alimento vuelan sobre las flores para liberar en ellas el jugo oloroso. Acuden para ver, pero sobre todo, para que las vean.

 No dejes de ir a las plazas y a los parques, allí, se reúne el pueblo entero (abre los brazos para enfatizar lo de pueblo entero). Es un lugar favorable para los amores, no tendrás que recurrir al lenguaje de los dedos para expresar tus secretos o espiar el gesto que interprete el pensamiento de la mujer que estás conquistando. Sí, digo, cierto, y doy un trago a mi cerveza. Siéntate cerca de ella, sigue Petrozza, lo más cerca posible; el límite estrecho de tu asiento te obligará a colocarte así, y con verdadero gozo notarás contra las tuyas, las carnes duras y tibias de su hermoso cuerpo. Busca un pretexto cualquiera para entablar conversación. Pregúntale la hora o el pronóstico de tiempo. Pregúntale luego por el escritor de su preferencia; si resulta que no lee, hace un paréntesis Petrozza, aléjate de ella y tenla por síndrome de una sociedad podrida. Lo piensa un segundo y añade: aunque no es necesario que lea para que te la folles, pero nunca te enamores de una mujer que no lee. Te decía, continúa: pregúntale luego por el escritor de su preferencia (o lo que sea de su preferencia). Claro está que de inmediato te declararás de esa misma predilección. Si por alguna casualidad cae polvo en el vestido de la joven, sacúdelo con tus dedos, y si no, finge que ha caído y has como si lo sacudieras. Con cualquier pretexto, debes mostrarte obsequioso. ¿Qué arrastra el vestido por el suelo? ¡Recógelo!, exclama, y en premio a tu complacencia contemplarás con deleite su bellísima pierna. ¡Cuántos amantes ganaron a su amada por colocar un almohadón, o agitar el aire con un abanico, o encender a tiempo todos sus cigarrillos! ¿Me entiendes?, me pregunta y contesto que sí, que por supuesto.

  No prejuzgues por la edad el placer que ofrecen las mujeres, los tiempos modernos las paren cada vez más duchas; y la experiencia de las mayores no tiene precedentes. Si eres hoy príncipe de la juventud, lo serás mañana de la vejez. Mírate primero a ti y confiésate si eres capaz de librar la batalla del himeneo con la presa que se te presenta. Si te sabe capaz, demuéstralo; si no, asegura que lo eres, pues más te vale hacerlo mal, que no hacerlo. Si una mujer que te desagrada se ofrece a ti, tómala, que la experiencia, nadie la regala.

 Lo que dice Petrozza me parece muy interesante. Le pido otra cerveza, me la trae y le hago aconsejarme más. Quiero ver hasta dónde llega. Dice: discierne los temas que ella le interesan y de todos ten opinión. Responde a todo, afirma con seguridad, aunque no lo sepas, pues muchas veces ellas saben menos de lo que piensas.

 Recuerda, los bares y las fiestas brindan oportunidades excelentes de acercarse a ellas, y propician además, la cerveza (alza su lata de cerveza). No lo olvides: una mujer borracha comete errores de los que luego se arrepiente, y tú, puedes ser ese error.

 Le explico a Petrozza que yo ya tengo mi presa (Verónica Pinciotti), y lo que me ocurre es que me invade el miedo. Calma, muchacho, me dice al tiempo que se levanta del sofá, y camina por la estancia: convéncete bien de que tú siempre serás el vencedor, y no habrá mujer que se te resista si tiendes con astucia tus redes. Antes dejará de salir el Sol que una mujer rechace las pretensiones solícitas de su adorador. Hasta aquella que creas más difícil se rendirá al fin. El amor furtivo tiene tantos atractivos para la mujer como para el hombre; éste no sabe disimularlo pero ella lo oculta muy bien. Conviene al varón no precipitarse en el ruego, y que la mujer, ya de antemano vencida, haga el papel de suplicante. Valor, pues. Preséntate a la guerra con la certeza de vencer; entre mil mujeres no hallarás una que se te resista. Tanto las que ceden pronto como las que tarden mucho gustan de ser halagadas; y dado que te equivoques, no creo que el rechazo  te traiga ningún peligro. Pero, ¿por qué te habrías de engañar habiendo tantos peces en el mar? Si una mujer te hace perder batalla, incluso la guerra, recupera los bríos y ataca a una nueva presa. Sin embargo lucha hasta el final, no seas tú quien se dé muerte por su propia mano.

2

Solicito permiso para ir al sanitario y cuando regreso, me habla de la amistad, que considera un buen camino al amor: 

 Tu primer cuidado ha de ser tener amistad con la mujer que prefieras; ello es lo que facilitará el acceso a su intimidad; y si tiene la confianza de su madre y es su confidente, inclínala a que sea tu cómplice con ruegos, con promesas y aún con abundantes regalos. Tu triunfo entonces será fácil, pues ya todo depende de la persistencia de tu voluntad. 

 Que ella misma elija la ocasión en que el ánimo de su madre, libre de preocupaciones, esté mejor dispuesto a rendirse. Cuando el corazón está contento, todo él se ensancha y el amor se desliza suavemente entre sus pliegues. Si la madre está enojada, aléjate. La ciudad de Ilión, henchida de coraje, supo defenderse con sus armas; y fue un día de alegría en el que recibió dentro de sus muros al falso caballo lleno de soldados. También es buen momento cuando ella llore la afrenta de su rival. Procura entonces que ella encuentre en ti, un vengador. La doncella a la mañana siguiente, le recordará la oferta, hablará bien de ti, y a la mente de la madre aparecerás tú, como pronta esperanza, agradable a sus pensares.

 Busca alrededor de la mujer, aliados. Familiares o vecinos te serán de gran ayuda. Píntate ante ellos como el mejor de los hombres, y serán ellos mismos quienes el trabajo hagan por ti, aconsejándole a ella que caiga rendida a tus pies. Deja claras tus intenciones, para que se las comuniquen a ella, agregando de su cosecha, y llevándote más pronto al objetivo. Infórmate del mundo que le rodea. Cumpleaños de familiares y amigos, incluso un natalicio, serán buena ocasión para posicionarte en la mente de todos sus conocidos y allegados. No muestres hostilidad a ninguno, nunca se sabe cuál será el de mayor ayuda. Espera también un día funesto, la muerte de algún compañero suyo o familiar, la desgracia de un amigo, para prestar presto tu hombro, y que con sus lágrimas entreteja el lazo que a ti la una. Ninguna situación, ni favorable ni desagradable es inoportuna para tu contienda. 

3

Caray, le digo a Petrozza, no pensé que tú vieras las cosas de ese modo, que pensaras tanto en la conquista de las mujeres y que tuvieras planes, trucos y artimañitas para ligarlas. Petrozza se sienta (antes coge una cerveza del frigobar) y suspira. Dice: pues claro que sí. Bueno le digo, pero en el caso de Verónica, ella ama el dinero y yo… Petrozza me echa el siguiente sermón sobre los regalos: 

 No escatimes los regalos, pues por más empeño que pongas en no darlos llegará la ocasión en que sepa sonsacarte alguno, y mejor será haberlo dado de antemano. Una mujer sabe los medios adecuados para progresivamente adueñarse del dinero de su amado. A esto pon un límite desde el principio, pues límite la avaricia de las mujeres, no conoce. Si no tienes dinero, regala un verso. Las palabras bien dirigidas al oído de una mujer son tan valiosas como las joyas. Sin embargo, hartas palabras tendrás que saber, pues son perecederas. Que no pase un día que no menciones de su carácter las mejores virtudes, y de su belleza gala, exclama siempre con palabras sus hechizos. Si un día te encuentras sin palabras, dilo. Di: no encuentro palabras para semejante belleza. Sin darte cuenta habrás dicho ya lo que ella quiere escuchar. Si ya has gastado este viejo truco, he aquí otro: “si un hombre puede expresar con palabras cuánto ama a una mujer, es porque poco ama.”  Di esto, y estarás libre de seguir echando las palabras que ya no tienes. 

 Siguiendo con las palabras, tenlas siempre prestas. La oratoria es la mejor espada. Tantea el terreno primero con una carta tierna. En ella no olvides prometer. ¡Promete y promete mucho, que prometer no arruina a nadie, y no existe quien no se pueda dar el lujo de ser rico en promesas! Que tus palabras sean tu fuerte, más incluso que los regalos. Ten en cuenta que si regalas algo a tu amante antes de haberla poseído, es muy probable que te quedes sin regalo, y sin amante. Que ella confíe siempre en que le vas a dar lo que nunca has pensado darle. Lo más difícil de alcanzar, y para lo que requieres más ingenio, son los primero favores; el temor de darlos sin provecho la inducirá a desconfiar. Dirige tus cartas llenas de dulcísimas palabras con el fin de explorar su disposición y salvar así con más facilidad las dificultades de la conquista. 

 La elocuencia subyaga a la mujer como el juez austero y el senador virtuoso subyagan al pueblo; pero oculta con destreza tu talento y que en tus cartas no se encuentren expresiones pedantes. Si no recibe tu carta o se niega a leerla no te desanimes y confía que alguna vez la leerá y releerá. ¿Qué ella te leyó y no quiere contestarte? No importa. Sigue escribiendo y con  mayores y mejores ternuras que ya llegará el día  que responda de una sola vez, todas tus cartas. Quizá recibas una contestación que te suplique parar. Pero yo te aseguro que ella por dentro se quedará temblando que obedezcas a su ruego. Redobla entonces tus solicitudes, o cesa, para que extrañándote reciba con gusto la tardía  continuación de tus ruegos. 

Aplaude con entusiasmo la danza que ella aplaude. Levántate si ella lo hace y si se sienta, siéntate tú, y no te importe perder el tiempo siguiendo sus antojos. 

 4

Las energías me vienen al escuchar todo eso, las ganas de salir a la conquista, que Petrozza asemeja con la guerra, se apoderan di mí, pero al último momento, me desanimo, y le digo: ¿y si no le gusto? 

 ¿Y por qué no habrías de gustarle?, pregunta Petrozza como si la respuesta fuese un obvio sí, le gustarás. Pero me miro de pies a cabeza y sé que no soy una personalidad andando, que ni siquiera me peino y no uso ropas elegantes. A esto, Petrozza también me aconseja: 

 No debes preocuparte por rizar tu cabello con las tenacillas ni de alisarte la piel con piedra pómez; deja eso a los afeminados. La sencillez es la mayor elegancia del hombre viril. Preséntate aseado pero no ocultes el fuerte color que el Sol ha dado a tu piel. Que tus ropas, si no son nuevas, no luzcan sucias y que tus zapatos no delaten tus carencias. Sea tu habla suave. No permitas que los mechones de tu cabello caigan sueltos, ni larga barba te erice el rostro. No lleves las uñas largas ni sucias, pues las mujeres fijan mucho la mirada en las manos de los hombres y es allí donde muchas veces radica en encanto que ellas perciben. Y antes que nada que tu boca no hieda el fétido olor de las bestias. Los demás detalles del acicalamiento déjalos para la mujer. 

 Hasta ese entonces yo siempre había mirado a Petrozza como un hombre sin cuidados personales. Pero al ir él describiendo cada detalle, no puede evitar mirar y comprobar si el maestro predica con el ejemplo. Grata fue mi sorpresa al darme cuenta que en efecto, las uñas las llevaba cortas y limpias, el cabello corto aunque despeinado, con forma, y sus ropas viejas no estaban sucias. Iba afeitado. Mi perspectiva del borracho escritor cambió rotundamente. Supuse que si fuese yo mujer, ya habría notado todos estos detalles, pues ellas ponen más atención en esto, y que quizá allí radica gran parte del éxito de Petrozza. 

 Si en alguna borrachera, continuó Petrozza destapando una lata más de cerveza, una mujer que te atrae se sienta cerca de ti, aprovecha. Se sutil pero directo; dile lo que deseas sin llegar a ofenderla, pero que le quede bien claro. Clava en sus ojos los tuyos fogueados de cariño. Arrebátale el vaso en que posó sus labios y bebe por el mismo lado que ella bebió. Toma el cigarrillo que sus dedos sostienen, aprovechando la ocasión para que su mano se encuentre con la tuya. Sea tu inferior o tu igual, no importa, deja que tome todo antes y en la conversación dirígele los favores más halagüeños. El medio más seguro y más corriente de engañar es el de invocar la amistad, medio que por no quedar impune deja de ser un crimen. 

 Bebe seguro pero que tu espíritu y tus pies guarden constantemente el equilibrio. Evita sobre todo las querellas que engrandan los alcoholes. Si tienes buena voz, canta; si tus miembros son flexibles, baila; no ocultes ninguna de tus habilidades; el caso es mostrarte alegre e ingenioso. La embriaguez verdadera causa disgusto pero la falsa puede ser de gran utilidad. Desea mil felicitaciones a tu dama y al que tiene la dicha de compartir su cama, aunque lo odies en el fondo, no profieras contra él insultos ni maldiciones.

 Cuando los invitados se separen es el momento acertado para acercarte a ella. Colócate a su lado. Es el momento de hablarle. No titubees, la presa cae únicamente ante el más audaz. Tus palabras han de quemar con el mismo fuego que a ti te devoran. Te son lícitos todos los argumentos para persuadirla de tu pasión, y ella se convencerá fácilmente pues no hay mujer en el mundo, por fea que sea, que no se crea atractiva y digna de todos los amores. ¡Cuántas veces el que finge un amor que no siente, acaba queriendo de veras. Es por ello que si finges, hazlo al menos con una mujer que te guste de verdad. 

 Si a tus ruegos no cede, aún hay esperanzas. Las lágrimas cortan diamantes. Si te es posible, que vea húmedas tus mejillas. Si el llanto no acude a tus ojos a medida de tus deseos, restriégatelos con los dedos mojados. Además, ¿qué pretendiente experto no sabe intercalar entre las palabras sugestivas besos ansiosos? Claro está que ella puede negarse con remilgos; pero tú bésala a la fuerza. Te llamará infame cuando por dentro está deseando ser besada. Mejor.  Su resistencia, verdadera o no, te animará. No obstante no confundas la dulce fuerza de la violación con el esfuerzo de la lucha ruda. Que tus besos no lastimen sus labios. Que no se queje con razón de tus modales de gañan. Después de esto, ¡poco falta para que tus deseos se realicen! 

 Petrozza me ve dudar y lleno de miedo ante la idea de ser tan audaz con Verónica, y me anima: 

 Si la mujer, por un íntimo pudor no quiere ser la primera en manifestar el deseo común (aquí yo no pierdo nota, ¿Petrozza cómo sabe que existe un deseo común entre Verónica y yo? Primero me induce a forzarla y me incita a que no es malo, y luego dice que si Verónica no da el primer paso…), se conforma muy a gusto con que el hombre inicie el ataque; es el hombre quien debe empezar, quien ha de dirigirle la palabra expresando confidencias y solicitudes que ella acogerá con demasía (¿es esto una esperanza, o una confirmación?, pensé) Para obtener su consentimiento, ruega (y esto, ¿es una advertencia?); es su única exigencia; no le ocultes desde el principio la causa de tu inclinación (Dios mío, ¿será verdad?, Petrozza me descubre entre líneas el modo de comportarme que debo tomar con Verónica, o habla realmente en general?) Más si ves que tus humillaciones únicamente sirven para hincharle el orgullo, renuncia a tus pretensiones y busca otros amores.  

 No supliques; exige y dejarás de parecerle inoportuno. Empero, es conveniente que no sospeche siempre que vas nada más por su carne; en ocasiones muéstrate deseoso nada más de su amistad. No todas las tierras producen los mismos frutos. Las disposiciones de ánimo varían tanto como los rasgos fisionómicos. El gran secreto de vivir es adaptarse. Pues bien usa con cada mujer un método diferente. La cierva cargada de años no caerá jamás en los lazos traidores. Si te quieres pasar de listo las ingenuas y de audaz con las recelosas, unas y otras desconfiarán de ti. De aquí puedes sacar la consecuencia de porqué la que teme entregarse a un hombre digno, viene a caer con un canalla. 

 Esto es a lo que llamo, el arte de la seducción, dijo Petrozza riendo y yo pensé que hay hombres a los que esto se les da de manera natural y se conducen ante las mujeres siempre galantes, como si la vida dependiera de conquistar a toda mujer que se les para enfrente. 
5

 No lo podía creer, ¿es que acaso Petrozza estaba confesándome el modo de llegar a Pinciotti, y además, el porqué de su relación? No sabía cómo tomar las palabras de mi fuel Quijote, yo, un humilde Panza, que teme hasta de la mera idea de lo que habrá de hacer, cuando no lo ha intentado siquiera…





8 comentarios:

  1. muchas gracias por los tips Petrozza no deja de ser mi heroe esta muy bueno!

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  2. muy bueno definitivamente muy bueno

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  3. muy crudo...pero cierto...bueno aclarando no siempre es asi eeeee

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  4. Me agrada la soltura con la que describen ciertas situaciones, por lo mismo me he vuelto una asidua lectora y ya estoy esperando su próxima publicación, ¡gracias y saludos!

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  5. Interesante relato, muy ameno y seductor

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  6. "... no le digas que la amas, tios como nostros no aman, cogen y mienten, o mienten y cogen, pero no aman"

    la conquista y la compra-venta, siempre los mismo, el amor es una compra venta como todo en este mundo, todo tiene p´recio y todo tiene costo, lo unico que cambia es la moneda

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