viernes, 2 de septiembre de 2011

París no es una fiesta: El Quijote del amor.



Cantina Jalisciense, centro de Tlalpan y casa de Martin Petrozza, México D.F., 12 de septiembre de 2010.

"Amor y deseo son dos cosas diferentes; que no todo lo que se ama se desea, ni todo lo que se desea se ama."
Miguel de Cervantes Saavedra.



Estaba mirando el poema que escribió Petrozza, dije a Verónica Pinciotti desde el teléfono móvil. ¿Mirando?, preguntó ella incrédula. Sí, contesté, creo que esta vez es bueno. ¿Mirando?, preguntó de nuevo y volví a contestar que sí, y añadí que esta vez me parecía bueno. ¿Mirando?, preguntó por tercera vez Verónica. Sí, dije harto aunque sin darlo a entender, estoy mirando el poema que escribió Petrozza y esta vez me parece que… ¿Mirando?, interrumpió ella y luego dijo: querrás decir leyendo. Reí y dije cierto, ¿desde cuándo eres tan quisquillosa con el idioma? Desde siempre, contestó ella pero no es verdad, una cosa así no puede ser verdad, ¿a los diez años?, ¿a los cinco?, una cosa así no puede ser verdad. Además, ¿qué periodo de tiempo abarca exactamente la palabra siempre? Siempre quiere decir, ¿lo que dura la vida de una persona?, o desde siempre: ¿desde el inicio de los tiempos? El tiempo es eterno, o sea, que no tiene inicio ni final. Una cosa así definitivamente no puede ser verdad, pensé. La gente dice muchas que ni siquiera pueden ser verdad. Cuando le expresé mis pensares a Verónica, dijo: ¿desde cuándo eres tan mamón? Titubeé y ya no pude decir nada más. Me cayó por sorpresa y me impactó que ella, una mujer, pero sobre todo ella, me dijera mamón. No lo dijo ofensivamente, no debía tomarlo tan a pecho, y allí radica el punto de todo esto. En que no lo dijo en serio. Verónica se tomó la libertad y la confianza de llamarme mamón, lo que equivale a decir, que sin yo proponérmelo ni tramarlo, me estaba tratando familiarmente. Vaya manera de tratar familiarmente que tiene esta mujer, pensé. Y también pensé: estás enamorado.

 ¿Sigues ahí?, preguntó Verónica y tras un momento de conmoción dije que sí. Es increíble, pensé, cómo el amor llega de golpe, furioso, como un trueno en medio de la nada. De la nada quiere decir que hasta ese momento yo no sospechaba que me estaba enamorando. ¿Cómo se llama el poema?, me preguntó Verónica. Tardé en contestar: se titula Yo bebo, dije al fin. ¿Qué tienes?, andas raro, dijo Verónica. Nada, no tengo nada, contesté, pero en realidad lo tenía todo: emoción, miedo, vergüenza, orgullo, alegría, tristeza, conmoción, estupefacción, sensiblería, afectación, credulidad, incredulidad, certeza, desasosiego, sorpresa, debilidad, esperanza, desesperanza… Sin embargo contesté: no tengo nada. ¿Qué otra cosa podía contestar? ¿De qué trata?, preguntó olvidándose del asunto de mi extrañeza y refiriéndose al poema. Trata, dije deteniéndome mucho en cada palabra, de una mujer alcohólica que cree haber matado a un hombre bajo el influjo del alcohol. Interesante dijo ella, ¿sólo lo cree? Me parece que sí, dije. ¿Lo tienes ahí?, preguntó. ¿El qué?, dije. El poema dijo, ¿lo tienes ahí?, ¿lo tienes a la mano? Contesté que sí y me pidió (o me ordenó, no me quedó muy claro) que se lo leyera. Tomé el poema y se lo leí. Cuando terminé dijo que era bueno, muy Petrozziano, y que sería mejor enviar éste a la revista en Guanajuato. Estuve de acuerdo y ella dijo que debía colgar, aunque antes preguntó si nos veríamos esta tarde. Esta noche, será, dije, he quedado con Petrozza, hemos quedado para continuar nuestra investigación detectivesca sobre el paradero de la francesa Alessia. Vale dijo Verónica, cuando estén libres me llaman y los alcanzo donde quiera que estén. Bueno dije, y colgamos el teléfono.

 Así que ahora le recitas poemas al oído, me dije camino a casa de Petrozza.  No precisamente al oído y no precisamente tus poemas, me respondí, pero algo es algo. Sí, me dije, por algo se empieza. Quizá debas comenzar por confesar tu amor, me reclamé, vamos, acéptalo, estás enamorado de Verónica Pinciotti, y no hay nada que puedas hacer para remediarlo. No me culpo, me excusé, la verdad es que está guapísima. Y con ese delirio suyo de grandeza, ¿cómo no iba a enamorarme yo que soy un masoquista en potencia? Un poeta. Eso es todo lo que soy. Cómo no iba a enamorarme. Y con esa ligereza suya de moral. Es por ahí donde ha picado el anzuelo, me dije, Verónica se pinta a sí misma como una diosa inalcanzable, al mismo tiempo que te brinda la mínima esperanza con su actitud de ninfa. Si no tengo cuidado acabaré siendo su Severin Von Kusiemski, pensé.

2

Verónica sonrió y esta vez (aunque ya lo sospechaba) me pareció la sonrisa más bella que había mirado a una mujer. ¿De verdad?, preguntó manteniendo la sonrisa un momento que se me antojó eterno. ¡De verdad, tía!, exclamó Petrozza lleno de entusiasmo al contar a Verónica el resultado de nuestra entrevista con Alondra. Verónica me miró y yo asentí con la cabeza, confirmando la veracidad de las palabras de mi compañero, quien comunicaba a Verónica que Alondra aceptó beber una copa, un día de estos, con Petrozza. El mamarracho hizo de nuestro encuentro una cita de ligue sexual. Pregunté a Alondra si sabía algo del paradero de la francesa, contestó que no, y en adelante Petrozza no dejó de expresar el encanto de los ojos de Alondra, y todas las virtudes femeninas que logró encontrarle en los treinta minutos que duró la entrevista. Se olvidó de la misión y yo quedé al margen, escuchando todo eso, y pensando que Petrozza jamás dejará de ser un Quijote del amor. Ya que a decir verdad, el beneplácito de Alondra a beber unas copas, un día de estos, fue una evidente salida, un modo de acabar con el asunto; con la insistencia mordaz de Petrozza. Dudo mucho que la cita se realice, pensé, y cuando se lo comuniqué a Petrozza dijo que callara, que yo no sabía nada. Es mejor salir con ella por la fuerza de un compromiso, dijo, que no salir con nadie. Y además, por algo se empieza, añadió. Una vez digeridas las palabras de Petrozza pensé que después de todo tenía razón. Sin embargo, continué considerándolo un Quijote capaz de mirar insinuaciones, seducción y esperanza, donde sólo hay molinos de viento.

 Petrozza ordenó un whisky en las rocas, yo ordené una cerveza oscura de barril, y Verónica una margarita. Nos reunimos en la cantina Jalisciense, en el centro de Tlalpan, a más de dos horas de mi hogar, y aunque acordé pasar la noche en casa de Petrozza, no podía evitar sentirme lejos, y hasta un poco arrepentido. No hay nada como la cama de uno para descansar. Verónica notó mi desasosiego y preguntó qué demonios pasaba conmigo. En todo este tiempo (no más de unos veinte minutos) no has hecho otra cosa que asentir con la cabeza, dijo. Antes que yo pudiera contestar, Petrozza exclamó: ¡y mirarte las peras! Acto seguido, pegó una carcajada. Enrojecí (porque era verdad) y Petrozza, no contento con mi humillación, me expuso: ¡mira, se ha puesto tan rojo como un tomate!, dijo y rió de nuevo. Verónica también rió y sacando el pecho me invitó a mirar con detenimiento, orgullosa y complacida con mi vergüenza. Llevaba un escote bajo y en verdad era un buen espectáculo. Es el colmo pensé, estos dos no conocen el pudor ni la decencia. Esta muy bien, ¿no?, me dijo Petrozza y no pude hacer otra cosa que asentir con la cabeza y la boca abierta. ¡Pero cierra la bocaza, tío, estás babeando!, comentó Petrozza hundiéndome aún más en el ridículo. Verónica continuó posando, sonriendo, y dijo: vamos, no pasa nada con mirar. Volví a asentir con la cabeza. Al parece no podía hacer otra cosa. Venga, poeta Salmoneo Gutiérrez, dijo Petrozza (subrayando la palabra poeta), ¿a caso no te inspiran unos cuantos versos éstas dos? Verónica rió y pidió a Petrozza que ya parara la broma. Bueno dijo, entrando a un estado de seriedad, ¿qué más hay con la francesa? Pues nada, contestó Petrozza, nada, probablemente ya esté en Francia. Lo más seguro.

 El poema Yo bebo me parece muy bueno, dije llevando la conversación hacia otro lado. A mí también, se sumó Verónica. Petrozza dio un trago a su bebida y tras pensarlo un segundo, dijo: si ustedes lo dicen… a mí me importa un huevo. Lo mandaré a la revista dije, seguro lo aprobarán. Verónica estuvo de acuerdo y Petrozza repitió que le importaba un huevo. Si te importa tan poco, le dijo Verónica, ¿por qué demonios lo escribiste? Petrozza suspiró y pronunció el siguiente discurso:

 En principio, desapruebo la literatura, nada bueno hay en ella, ni nada útil. Nace de la ociosidad, del miedo y de la soledad. Nada que provenga de ello puede ser positivo. Un rancio trozo de pan da más vida que toda la literatura universal. Entrega a un perro un hueso y un libro y lo verás. Entrega a un mendigo un libro y un pan y lo verás. La literatura es un lujo que sólo unos cuantos pueden pagar. Una vileza, el mayor de los engaños. La gran estafa. Eso es la literatura. Un escritor es un impostor. El hombre que dedica su vida a la literatura no puede ser un hombre sano. En mayor o menor medida un escritor es una mente retorcida. Un atormentado por la desesperanza. La literatura es hija de un vientre podrido. Un hombre no está en paz consigo mismo, esa es la única razón por la que se escribe. Escribir es la manera de exponer al mundo todo tu dolor y todo tu sufrimiento. No importa si lo pintas de rosa o de ciencia-ficción. ¿Qué necesidad tiene de escribir, de inventar mundos, de eludir la realidad, el hombre sano? Ninguna. ¿Y me preguntas por qué escribo?

 Verónica y yo enmudecimos. Dimos al mismo tiempo un trago a las bebidas y luego reímos. Sin saber exactamente de qué. Quizá las palabras de Petrozza nos pegaron indirectamente.

 Petrozza encendió un cigarrillo. No pasó ni un minuto cuando uno de los meseros se le acercó y le anunció que estaba estrictamente prohibido fumar dentro del local. Petrozza se levantó sin decir palabra y salió a fumar. Yo le seguí. También deseaba un cigarrillo. Desde que frecuento a este par, pero sobre todo, desde que frecuento a Petrozza, he reafirmado el vicio. Verónica aprovechó para ir al sanitario.

 Anda, cabronazo, ya te descubrí, me dijo Petrozza una vez fuera. Acto seguido me ofreció un cigarrillo. Sí, dijo encendido mi cigarrillo, lo he notado, el modo en que miras a Verónica. Me sonrojé y fingí entender nada. No te hagas pendejo dijo, no nací ayer. Bueno dije, y según tú, ¿qué es lo que has descubierto? Verónica te trae de nalgas, es evidente, no hay que ser muy listo para darse cuenta, dijo. No voy a negar que sea una chica muy guapa dije, pero nada más. ¡Falso!, exclamó Petrozza, chicas guapas hay muchas, pero ésta, vamos, tú sabes. Cierto, apunté, verónica es diferente al resto de las chica guapas, escribe y es inteligente, y… Petrozza me miró directo a los ojos y me pidió que le dijera, así, mirándolo a los ojos, que yo de verdad no sentía nada especial por ella. Tardé un par de segundos antes de titubear: ¿a qué te refieres exactamente con sentir algo por ella? Ya sabes, contestó, no eres un niñato de quince años. Quiero decir que si Verónica despierta en ti algo más que el deseo carnal que despiertan las chicas guapas. No sé, algo, algo espe… No terminó la frase. Verónica se acercó a nosotros. Sacó un cigarrillo de una cigarrera plateada y lo encendió con un encendedor plateado. Luego se llevó los brazos al cuerpo y opinó que hacía demasiado frío.

 Terminados los cigarrillos regresamos a la mesa, ordenamos una ronda más de bebidas y las bebimos mientras Verónica nos platicaba sobre su relación con Scott, su novio, y Petrozza no dejaba de mirarme en busca de señales.

 Cuando terminamos la bebida acordamos despedirnos. Verónica se ofreció a llevarnos en su camioneta a casa de Petrozza.

 Subimos al auto y nadie dijo nada durante el trayecto.

3

Petrozza me acomodó en el sofá de su casa, me echó una sábana y dijo: hasta mañana. Lo miré desde el sillón, con la sábana en las piernas, ir y venir. Al sanitario, a la cocina, a la habitación, a la sala. ¿Todo bien?, pregunté. Carajo dijo, hubiese jurado que aún quedaba un podo de trago en esta casa. Petrozza pensaba dejarme en el sofá y beber a solas en su habitación. ¿No pensabas invitarme a beber contigo?, pregunté indignado, mirándolo rascarse la cabeza, y contestar: no, no, es que, es sólo un chorrito lo que queda. A mí me parece que queda mucho más que eso, dije mostrándole la botella de whisky, llena por encima de la mitad, que encontré clavada en el interciso del sofá. ¡Dios!, exclamó haciendo el indio, has multiplicado el trago con sólo tocarlo. Traeré unos vasos, dijo.

 Petrozza caminó a la cocina y regresó con dos vasos de cristal impresos con publicidad del Hotel Savoy. Sirvió un par de whisky en las rocas y tomando su vaso, lo chocó contra el mío, en un brindis a salud de mi supuesto don multiplicador. Se sentó a mi lado y entablamos la siguiente conversación, siendo yo el primero en decir palabra:

 Petrozza, tú alguna vez saliste con Verónica, ¿cierto? Petrozza encendió un cigarrillo y contestó frunciendo el entrecejo: ¿por qué? Me gustaría mucho, dije, que me contaras cómo fue. Tranquilo, vaquero, respondió, yo nunca he dicho que eso sea cierto. No tienes que hacerlo dije, es algo que también se nota desde lejos. ¿También?, preguntó interesado, ¿qué otra cosa es lo que se nota? Suspiré y lo confesé, me dije atraído por Verónica. Vaya, vaya, vaya, entonces no estaba equivocada, dijo, y yo pregunté alarmado que a qué se refería con eso de equivocada. ¿Quién no estaba equivocada? A lo que Petrozza preguntó si yo me había creído el cuento de que él había notado algo. Yo no noté nada dijo, yo nunca noto nada que no sea de mi incumbencia, los sentimientos ajenos me importan un bledo. ¡Entonces!, exclamé alarmado, y pedí una explicación, aunque en el fondo (y no tan en el fondo) había hilvanado ya la respuesta. Sí dijo Petrozza, quien lo notó fue ella. Me lo contó hace unos días pero no le creí. Supuse que se trataba de su complejo de mujer deseada. Me entusiasmé al mismo tiempo que me asusté. Le pedí a Petrozza me contara exactamente qué fue lo que le dijo, y cómo. Petrozza imitó la voz de Verónica y me dijo ella lo había dicho exactamente así: te apuesto lo que quieras a que Salmoneo acaba enamorado de mí. Me levanté del sofá y le dije no habrás apostado algo o… ¡Claro que aposté, cabronazo, y ya me hiciste perder! Pregunté que apostaron, sin poder creer que hubiese apastado sobre mi persona. Apostamos un buen polvo, dijo, quedamos que si ella gana, yo le daría el mejor polvo de su vida, pero si pierde, ella me lo daría a mí. Quedé anonadado. Petrozza, al ver la expresión en mi rostro soltó una risotada y dijo que por supuesto eso era mentira, pero sólo la parte de la apuesta, lo demás era verdad. Más calmado regresé al sofá y le pregunté si tendría algún problema si yo… si yo, dije cuidando mis palabras, si yo intentara algo con Verónica. Ningún problema dijo, Verónica es agua pasada. Eso dijo y le hice notar que decir que Verónica fue agua pasada es aceptar que él alguna vez… Nada de eso, dijo, yo no he dicho nada. Nada. ¿Por qué te empeñas en negarlo?, pregunté, yo he confesado, lo mismo podrías hacer tú, no iré corriendo a pregonarlo. Ya sé dijo Petrozza, ¿por qué no se lo preguntas tú mismo cuando sea tu novia? Pregunté si él realmente creía que Verónica podría ser algún día mi novia y respondió que yo mismo lo había escuchado, Verónica se casará próximamente, lo que significaba que no, nunca, y que Petrozza continuaba divirtiéndose conmigo. Pero no quiere decir que no te la puedas comer, dijo Petrozza maliciosamente, y yo, ingenuo, pregunté si eso era verdad, delatando así que mis intenciones no eran tan puras ni castas como yo lo hice ver en algún momento, a lo que Petrozza me tranquilizo aliándose, confesando que él mismo haría lo mismo, y que nada malo hay en desear follar a una mujer. El problema es que no sé ni cómo empezar, dije, Verónica me parece ¡tan inalcanzable! Ese es el problema dijo, ya tienes por dónde empezar. Empieza por quitarte esa condenada idea, y si puedes, cámbiala por la idea de que es ella la que no está al alcance de ti. Si lo logras habrás dado el primero de los pasos. Luego habrá que dar otros más, crear circunstancias, por ejemplo. Yo no entendía nada, o no quería entender en el estado que me encontraba. Eso se aplica en el caso de casi cualquier mujer, continuó explicando Petrozza, aunque en el caso de Verónica hay sólo dos maneras de llegar a su coño. A su corazón no hay manera, dijo más para sí que para mí. Las dos maneras son estar forrado, o tener estilo.

 Petrozza siguió toda la noche con la cátedra Casanova, dándome consejos, y yo no podía dejar de pensar en el miedo que sentía al escuchar lo complicado y arriesgado de ligar. Al final, decepcionado de mí, Petrozza movió la cabeza negativamente y dijo tendré que echarte una mando con esto, ¿verdad?, además, favor con favor se paga. Asentí con la cabeza y pensé que si Petrozza es un Quijote del amor, yo, vergonzosamente, sería… su Sancho Panza. 




2 comentarios:

  1. oh!!!!!!!! salmoneo enamorado de la reina Pinciotti!!!!!!! jajajajaja esto se va aponer bueno!!! me pongo al corriente, no las habiapodido leer saludos!!

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  2. Ella me parece tan inalcanzable.. ya tengo por donde empezar!!

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