viernes, 23 de septiembre de 2011

Lu.


Sin lugar a dudas se puede afirmar que Lucía necesitaba hacer las paces con dios urgentemente. Ambos se habían estado metiendo el dedo en el culo mutuamente durante años, ella cagándose obstinadamente en él cada cinco minutos y él vengándose liquidando a sus familiares y amigos. 

 Lu era bastante más joven que Steve y en la cama siempre se había mostrado tan entusiasta como hábil y precisa, combinación poco frecuente, es sabido. En sus escasos encuentros había dejado a Steve  en un estado temporalmente irrecuperable gracias a sus habilidades de directora de orquesta.  Se trataba de una morena deliciosa que Steve no sabía bien de donde había salido, tal vez de alguna noche indescifrable, hablándole de Bucay cuando él se encontraba apoyado contra una barra, más por no caerse que por comodidad. Desde el primer encuentro hasta el segundo habían pasado dos años. En medio sólo hubo silencio entre ellos. Steve había continuado su cruzada contra sí mismo en busca de la estabilidad y la había apartado sin darle explicaciones. Él buscaba pasar su entierro pero, como tantas otras cosas, no lo encontraba pero probablemente no se hubiese encontrado los huevos si se lo hubiese propuesto. Estando en la cama, después del segundo polvo, ella le había contado la historia de la reciente muerte de su madre. Después de aquello, ella siempre hablaba de su madre. Se refería a ella casi para cualquier cosa y llegó incluso a conmover a Steve. Vivía por el centro, por Salamanca y era una niña bien, guapa, no muy alta pero bien formada y con unas tetas escandalosas. Follaba como dios y le metía mano a Steve en cualquier sitio, en el metro, en una cafetería o delante de su padre durante la puta cena de navidad, con el pavo asado en frente guiñándoles un ojo y señalándoles con su dedo metafísico el camino de la habitación más próxima. Hace un polvete, chicos? La mujer de Steve nunca llegó a enterarse de la existencia de Lucía, ella, que al final se había enterado de cada detalle de cada infidelidad. Pero tal vez con Lucía Steve tuvo más cuidado de conservar intacto el secreto porque para él Lucía tenía una especial fatalidad que merecía un mínimo de consideración, una consideración digamos excepcional. Dos años más tarde, cuando Steve volvió a Madrid y se encontró con ella, volvió a aparecer y Steve entró al trapo porque se trataba de uno de esos asuntillos pendientes que le quedaban, una explicación que debía dar. Se encontraron y lo primero que hicieron fue irse a la cama. Follaron todo lo que puediron y de todas las maneras. Ella seguía casi igual pero Steve, sin darse cuenta, haciéndole un repaso por todas las planicies de su cuerpo con la lengua, se encontró con un pequeño cauce, una cicatriz que ahora tenía en el vientre y que antes no estaba.

-Esto?
-Tuve un niño. Me hicieron la cesárea.
-Sabes quién es el padre? Soy yo?

 Steve y Lucía no habían tenido tiempo de ir a tomar nada antes de modo que las verdades y las palabras llegaban sin anestesia, afiladas como cuchillos de cocina.

-Tranquillo. No eres tú.

 Dio una calada larga y profunda a su cigarro.

-Fue mi ex. Un mal polvo. Mi hermano murió también, lo recuerdas? Mi hermano murió cuando tú ya no quisiste hablar más conmigo. Coincidencias. Entonces me acosté con mi ex. Lo hubiese hecho contigo pero no estabas. Fue auto destructividad. Contigo también lo es, pero de otra manera. Mi hermano mayor murió y un bebé parece que lo reemplazó. No era ese tu equilibrio cósmico? Ahora estoy jodida.
-Te refieres a tu hermano? El de siempre? Con el que te llevabas tan guay?

 Lucía había enviado a Steve docenas de correos que él se había negado a leer. Los borraba sistemáticamente según entraban en su buzón y ella, poco a poco, fue dejando de intentarlo. En el contenido de los correos le contaba la muerte de su hermano y el proceso autodestructivo en el que había entrado. Los rollos de una noche, la priva, el pastilleo…  Hacía unos meses había muerto su madre y poco después su hermanito querido. Definitivamente dios le estaba metiendo el dedo en el culo a lo bestia por algún motivo. Igual algún antepasado hereje que se quedó sin quemar. Pero Lucía no merecía esto por algún antepasado hijoputa.

-Vaya. Esto me deja en bastante mala situación.

 Steve no quería niños meones colgando de su vida bajo ningún concepto. En el fondo del dolor de Lucía, él respiraba tranquilo. Que buscase al viejo del crío. Él era sólo un chinorri.

-Bastante mala situación? Eso es todo lo que te preocupa? Eres un bastardo.

 Realmente Steve era un bastardo y lo admitía hasta cuando no quería serlo. Un puto bastardo sin una molécula de corazón pero, en aquel instante, con Lucía echada y en pelotas en la misma cama que él… había algo que fallaba… Aquel era uno de aquellos momento en que la idea de ser un bastardo le hacía hacer conjeturas sobre sí mismo topándose consigo mismo, encontrándose de frente y proponiéndose algo grande con Lucía sólo por compasión para, a continuación, no avanzar ni un paso en ninguna dirección, siempre harto de todo. Ni consolarla podía por la parálisis de estar conjeturando. En realidad eran tan parecidos en algunos momentos que sentía que cuando se lanzaban reproches era como si el mendaz llamase al mendaz  mendaz.

-Lo siento pero… yo no me preocuparía por el mundo en que va a vivir tu hijo cuando tenga diez años. Probablemente la vida será algo parecido a la gran muralla de China. Puedes contarle eso. Respecto a tu hermano, supongo que fue un infarto. Glorioso. Glup.

 Steve glupeaba.

Era aquello un mal sueño? Se había parado la cuerda del reloj de la jodida Puerta del Sol? Enfermera, un tequila, por favor.

 Ella giró la cabeza y lo miró un instante. Luego recuperó la posición. Lo despreciaba pero él estaba acostumbrado a que lo despreciasen. Era lo de menos.

 Lo suyo era una verdadera hermenéutica de la catástrofe pero no reflexionaría sobre ello con Lu. Se juró que no lo haría. Pero lo que sí necesitaba, lo que verdaderamente sí necesitaba era un trago de algo fuerte que le rascase desde las amígdalas hasta la punta de las uñangarracas de los dos dedos gordos de los pies.

-Es una pesadilla. Dijo. No podía evitarlo. Puedo hacer algo?
-Ea. Lu siempre decía ea cuando estaba realmente cabreada, cuando le habías tocado las pelotas de una vez por todas.

 Y Steve cada vez la cagaba más aun sin quererlo. Cagarla era parte de su idiosincrasia. Steve siempre la cagaba cojonudamente.

-Sí. Cásate conmigo. Ponte a trabajar como si fueses un tío normal y como si tuvieses dos cojones, cásate conmigo y conviértete en el padre del niño. Al final eres parcialmente e indirectamente culpable del embarazo. Culpable por omisión y no haber sido tú el que me follase. Aunque dudo que te quede nada con lo que embarazar a nadie. Nunca he estado tan tranquila después de follar como cuando lo he hecho contigo. Todo está muerto dentro de ti.

 Ahora ella había subido el tono de su voz y casi gritaba. Escupía en todas direcciones con cada palabra que pronunciaba. Y realmente a Steve seguramente no le quedaba nada con que reproducirse o multiplicarse y tal aunque eso de multiplicar a las personas siempre le pareció un acto matemático espantoso, por eso odiaba tanto los espejos y cualquier artilugio en donde uno pudiese reflejarse y duplicarse.

 De pronto Lu soltó una carcajada histérica y una lágrima cayó en la arena. Definitivamente aquello era una dosis demasiado elevada de realidad para un solo día. Había tomado la decisión firme hace tiempo atrás de ser tan sólidamente cínico como para jamás disolverse en ese tipo de felicidad de la que hablaba Lu con más cinismo del que jamás él pudiese emplear. Necesitaba tomar una cerveza tras otra acompañadas de algo con alcohol. Aquello era un fiesta de suicidas animándose alegremente los unos a los otros, en la que no estaba dispuesto a participar. No pretendía hacer conjeturas sobre el futuro pero de lo que sí estaba convencido era  que no aceptaría jamás la propuesta que Lu jamás le había realmente hecho. Su pesimismo metodológico se lo impedía y todos los terrores que llevaba guardados se lo impedían y pensar en lo peor era la base misma de cualquier análisis.  Dios mío, dónde está el bar más cercano? El sudor le corría por los omoplátidos y por los romboides circumboliciónicos.

 Lu se levantó y se paseó desnuda por la habitación, como si estuviese sola. Se apoyó contra la ventana. Era de noche y Lu tenía unas nalgas algo celulíticas cojonudas. Pero Steve quería seguir siendo libre, aunque fuese a la fuerza.

-Te curras un chino?
-Cómo?
-Tengo algo de caballo. Te curras un chino?

 Un chino no era lo que Steve necesitaba en aquel momento pero, dadas las circunstancias y su politoxicomanía… no parecía haber otra opción, es decir, tendría que calmarse y utilizar toda su pericia para preparar el manjar más suculento que en aquel momento podía encontrar.

-Sé donde hay algo de papel de albal. Trae ese jaco que espero que sea decente y te prepararé un aperitivo, querida. A tu gusto. Algo de pan de ajo antes, cariño?
Steve intentaba bromear para relajarse, para desentumecer la situación pero Lu no se reía en absoluto.

 A Steve le había cambiado el semblante. Lu sacó la papelina del bolso y Steve se cocinó el amoniaco con los polvos. Olía a los mejunjes mágicos del niño Harry Potter o de Merry y Pippin, los hobbits gays. Se pusieron a fumar el chino.  Desde cuándo le pegaba Lu al jaco? Al terminar quedaron los dos tumbados en la cama. A Steve le pesaban los pómulos y los párpados como si se le fuesen a despegar de la cara y se fuesen a caer al suelo, que a su vez se hundiría plegándose espacio temporalmente sobre sí mismo. De pronto le habían entrado ganas de abrazarla antes de dormir. Definitivamente el jaco dulzón no era lo suyo pero pronto pasaría.  No estaba acostumbrado al caballo y mañana le picaría hasta el alma.  Ella se había tapado con las sábanas y dormía con la boca abierta y la baba cayéndole por un lado de los labios. Steve se la cerró suavemente con la palma de la mano. Entonces se levantó de la cama y se vistió. Desde lo alto de su metro noventa la miró, convencido de que nunca más volvería a verla. Ella se había convertido en un problema de fatalidad y Steve ya había tenido bastante ración de aquello en su vida. Le besó la frente desde las alturas, sin tocarla y le rozó el cuello con dos dedos. Lu no se movió. Entonces se giró y se marchó y con ello Lucía, su hijo, su vientre de piel color aceituna de Campo Real, la ilusión que una vez tal vez pudo significar y en definitiva, todo lo contenido en la esfera llamada Lucía desapareció para siempre jamás en algún oscuro rincón de la memoria donde ya no es posible dar marcha atrás. Puff. Adios, Lu. Adios, niño.

 En la calle comenzó de nuevo a sentirse despejado. Tal vez aún existía la posibilidad de encontrar algún bar abierto o quizá un puti donde tomar una más que merecida dosis de alcohol. La noche rugía ahí fuera y se sentía bien otra vez, con la conciencia un poco más limpia. Salió del hotel del amor y se adentró en el agujero negro primordial de Madrid.






6 comentarios:

  1. extraordinario...! es la confirmacion que no murio un carajo la literatura..!.....felisitaciones!!!

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  2. Muy bueno realmente!! tiene un tono fabuloso!

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  3. Buen tono, me gustan las insinuaciones que maneja, pero estaría mejor, si estas terminaran evidenciandose mas, para llegar al final. No tiene caso abrir insinuaciones de algo y no usarlas.

    Pero bien eh!

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  4. esplendido. Recuerda a horacio oliveira y la maga. Prometedor.

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  5. eso es escribir y no sólo llegar páginas para tomarse el café de Capote. no creo que tenga que ver con oliveira y la maga, tal vez discreto preludio de lo que significaba llegar hasta aquí... inteligente y divertido: lo que todo buen lector pretende que le ofrezca la lectura de una novela, suponiendo y deseando que este fragmento forme parte de ella. muy bueno

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  6. Qué buenos minutos me has hecho pasar! Gracias mil veces!

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