jueves, 29 de septiembre de 2011

Berenice.



Berenice no sabe exactamente en qué momento se jodió la cosa. Si en este preciso momento, en que la humillación y la vergüenza se manifiestan en el enrojecimiento de su cara, o en el momento en que aceptó y decidió asistir a la fiesta, o en el mismísimo momento de su nacimiento.

 Se habían emborrachado lo suficiente (todos excepto ella) para iniciar de buena gana (todos excepto ella) el viejo juego de la botella. El juego era sencillo: se acomodaba en círculo, sentados sobre el suelo, hacían girar la botella y los dos integrantes señalados por los extremos de la misma, se besaban durante un minuto cronometrado. Al terminar el beso, se reacomodaban; y aquí entraba otro juego, implícito y oscuro, que consistía en no quedar, bajo ningún motivo o pretexto, y entregando el alma en esto, frente a Berenice. Berenice había jugado algunas veces en su vida a la botella, y siempre, la humillación y la vergüenza eran inminentes. Principalmente porque ella sabía (todos sabían) que nadie, absolutamente nadie, quería besar a Berenice. 

 El clímax de la vergüenza fue cuando la botella finalmente le apuntó. Pablo, que fu el desgraciado del otro lado de la botella, se levantó, se aflojó la corbata y dijo no. Que aquello era trampa, que la botella no estaba estrictamente señalándole, que en todo caso, el que debía besarse con Berenice era Alberto. Hubo un silencio incómodo, durante el cual Berenice sintió el estómago revolvérsele y el calor del bochorno en sus mejillas. Acto seguido, Alberto se levantó y dijo: ¡no chingues, güey, yo no pienso besar a la foca! Hubo otro silencio, aún más expectante. Pablo  continúo diciendo que de ser así, la botella no estaba señalando a Berenice sino a Carla, que si se empeñaban en insistir que el turno era suyo no tendría problemas en besarse con Carla. A mí me parece que sí eres tú, Alberto, opinó mordazmente Jazmín, sólo que Berenice está ocupando el ancho de dos espacios y por eso no señala a Carla como debería. Pablo estalló en risa y por su parte Alberto, Carlos y Enrique también rieron, no tan discretamente como Berenice hubiese preferido. 

 Carla se levanta y pide más respeto, dice que si han aceptado jugar tendrían que aguantarse y no ser tan infantiles. Sin embargo, ya todos se han levantado y el juego está acabado.

 Enrique se acerca a Pablo y Alberto y los lleva a la cocina. Les reprende. Les dice que ese no es el modo. Que se han pasado. Pablo se defiende. Dice que él no es el culpable de la obesidad y la fealdad de Berenice. En todo caso, dice, es ella quien debe ofrecer disculpas por atreverse a jugar. Enrique mueve la cabeza negativamente, se rasca la nuca, y no pudiendo más suelta una carcajada. Vale dice, pero aun así, pienso que se han pasado. Los que se han pasado han sido Carlos y tú, exclama Alberto, no creas que no lo he notado: se las apañaron todo el tiempo para dejar a Berenice frente a nosotros en todos los turnos. Enrique ríe (lo que acaba de escuchar es verdad) y niega todos los cargos. Entonces, dice Alberto, ¿cómo te explicas que en cinco rondas ni tú ni Carlos quedaron frente a ella una sola vez? Enrique alza los hombros y sonríe. Cosa de suerte dice, todo hemos tenido las mismas oportunidades. ¡A la mierda!, grita Pablo, ustedes dos se pusieron de acuerdo. Enrique pide a Pablo que no le grite o ya verá. Pablo continúa gritando que él ni siquiera quería jugar, que todo ha sido plan con maña de parte de ellos para besarse con Carla. 

Justo en ese instante Carla entra a la cocina y no puede evitar escucharlo. Hace una cara de sorpresa aunque en el fondo lo sabe. Lo supo todo el tiempo. Es una fiesta del trabajo y Enrique es el jefe de departamento, cualquier mujer con un poco de seso sabría que besarse con Enrique le procuraría ciertos beneficios. Enrique, al encontrarse expuesto y revelado, se remanga y suelta una puñetazo a Pablo (él se lo ha advertido). Carla grita y suelta el vaso que tiene en las manos. Alberto se va sobre Enrique y el estropicio llega hasta la estancia. 

 Berenice está sentada en el sofá, junto a Claudia. ¡Y pensar que todo esto es por culpa mía!, exclama. Claudia la abraza hipócritamente y la desmiente, al tiempo que piensa que al menos Berenice debería afeitarse el bigote. Berenice también lo ha pensado. Lo piensa cada mañana ante el espejo, pero se detiene pensado que qué sentido tendría afeitarse el bigote si aún le queda la panza.

  Carla sale, histérica; anuncia que ahí dentro se están partiendo la cara. Claudia corre a la cocina y detrás corre Carlos. Jazmín sonríe pensando en lo idiotas que pueden ser los hombres.

 Claudia grita que por el amor a Dios se calmen pero Enrique ha tomado un cuchillo. Amenaza a Pablo. Alberto ha quedado mudo. Carlos dice a Enrique que no haga pendejadas. Alberto sale.

 Fuera, Carla lo intercepta y lo lleva al sanitario. Lleva la nariz ensangrentada. Carla le estira una toalla. Alberto se lava en el lavabo y mira a Carla. Piensa que sería una estupenda ama de casa. Además es preciosa, piensa. No le sorprende que Carlos y Enrique se empeñaran en besarla. De hecho Carlos lo ha logrado, y Alberto piensa en lo mucho que le hubiese gustado estar en sus zapatos. También le sorprende que Carla siendo tan bella acepte besarse con eso mamarrachos. Deduce que todo es por el puesto que tiene Enrique. Si no lo tuviera, piensa, Enrique no sería tan afortunado con las mujeres; a decir verdad es bastante feo. Albero se sorprende pensando que él mismo  es más atractivo que Enrique y que Carlos, y se censura considerando este pensamiento femenino. ¿Ya está?, pregunta tiernamente Carla. Ya está, responde Alberto, acomodándose la camisa. Ha manchado de sangre la camisa. Y todo por la culpa de esa puta gorda, piensa.

 Cuando regresan a la estancia ya todo ha pasado. Enrique y Pablo están sentados en sillas. Se han lavado en el fregadero de la cocina. Pablo lleva estampado un moretón, del primer golpe de Enrique, y Enrique tiene la boca rota. Al menos nadie ha salido limpio, piensa Alberto. Todo ha pasado. El ambiente, sin embargo, es de tensión. 

2

Carla abre el cajón de su escritorio. Está rendida, exclama que no puede más y que arde en deseos de salir de una buena vez. Abre el cajón y saca un bolso lleno de cosméticos. Se lo guarda bajo el brazo y corre al sanitario. La fiesta es hoy y Enrique no debe tardar en llegar, grita antes de largarse. Berenice, que ocupa el escritorio junto al de Carla, la oye, y piensa que ella misma debería retocarse antes de salir. 

 Abre el cajón de su escritorio y saca un bolso que contiene un yogur, un paquete de galletas, una torta y algunos cosméticos. Lo toma y se encamina al sanitario pero antes mira entrar, en el último minuto antes del cierre, a un cliente. Corre de regreso a su escritorio, deja el bolso y tras acomodarse el cuello de la camisa, camina hacia la persona que ha entrado. 

 Buenas tardes, ¿podemos servirle en algo?, pregunta Jazmín, que ha llegado detrás de Berenice. Acto seguido, Berenice mira al cliente y le saluda. El cliente, un hombre de treintaitantos años, mira a Berenice, y luego mira a Jazmín, y sin dudarlo un segundo se inclina por ésta última. Sí dice, estoy buscando… Berenice los mira alejarse. Mira al cliente, que con total indiferencia la ha dejado parada y con la boca abierta, y mira el enorme culo de Jazmín, debajo de una delgada cintura, contonearse y arrastrar al cliente hasta el aparador con los artículos más caros de la empresa. Dicen que el pez grande se come al chico, pero no dicen el pez más grande de qué, piensa Berenice al mirar por última vez el culo de su compañera. Berenice es gorda e incluso así, tiene un culo aplanado y un par de tetas no más grandes que naranjas medianas.

 Berenice entra al sanitario y allí están Carla y Claudia maquillándose. Se coloca en el lavabo libre y se mira al espejo. No sabe exactamente por dónde comenzar. Claudia coge la plancha de cabello que ha conectado y comienza a plancharse. Carla le dice que le encanta cómo luce Claudia cuando se plancha el cabello. Claudia le dice que muchas gracias y ambas ríen, como si el comentario fuese un chiste o tuviera la menor gracia. Berenice las mira y opina que a ella también le agrada el cabello de Claudia cuando está planchado, pero esta vez Claudia y Carla ya no ríen, como si el chiste fuese gastado, o viejo. 

 Berenice coge un labial rojo, de un rojo intenso, y se lo unta en los labios. Carla por su parte coge un labial rojo también, pero claro. Un rojo apenas sugerente que podría hacer pensar que no lleva nada puesto sobre los labios. ¿Crees que deba plancharme el cabello también?, pregunta Carla. Berenice contesta que a ella le parece muy bonito el modo en que lo tiene ahora (quebrado). Claudia, que no estaba prestando atención le pide a Carla que repita lo que dijo; Carla lo hace y Claudia dice que por supuesto que debe planchar su cabello, que con esa cara larga que tiene lo mejor que le va es planchar el cabello. Carla jala las puntas de su cabello y se mira al espejo. Lo que dice Claudia es verdad, al largo de su cara le va mejor el cabello planchado. Berenice piensa que por ella, hagan lo que quieran, le importa un carajo. Por su parte es todo. Labial rojo, un poco de colorete, y eso es todo lo que está dispuesta a hacer. Sale del sanitario sin decir una palabra. 

 Camina a la salida del local. Atraviesa el piso y mira a la cabrona de Jazmín que continúa con el último cliente. Éste le coquetea descaradamente y ella ríe como si fuese una ingenua mujercita de quince años. Pero de ingenua no tiene nada, piensa Berenice al tiempo que sale del local. 

 Fuera enciende un cigarrillo. Buenas, Don Cástulo, ¿cómo le va?, contesta al saludo que le dirige Cástulo, el encargado de cerrar el local y de velar. Cástulo se toca el reloj de pulsera y echa una mirada al local, expresando que ya es tiempo de cerrar y esas siguen allí dentro. Ay. dice Berenice, y va pa´ largo, se están planchando el cabello, ¿usted cree? Cástulo mueve la cabeza y desaparece. 

 Berenice se sienta en las escaleras y cuando acaba con el cigarrillo comienza con la torta y el yogur. Y está en eso cuando mira llegar al coche de Enrique con Enrique y Carlos dentro. Se estaciona y bajan. Enrique la saluda con un movimiento de cabeza y Carlos no la saluda. Entran directo al local y se topan con el cliente de Jazmín que en ese instante sale, y con Jazmín que lo ha acompañado a la salida. Hola, guapa, ¿lista para la fiesta?, le pregunta Enrique y ella contesta que sí, pero que antes debe pasar al tocador (pronuncia la palabra tocador con cierta ingenuidad y cierta malicia a la vez). Enrique sonríe y entra junto con Carlos al local. 

 Después llega otro coche, esta vez con Pablo y con Alberto. Es sábado y es el día de descanso de esos dos pero se han quedado de reunir a allí para ir a casa de Carla. Pablo baja por la portezuela del copiloto y no mira a Berenice hasta que Alberto la saluda: ¿qué pasó, mi Bere nice?, ¿ya están listas todas las muchachas? Bere nice es el apodo de Berenice, y de no ser porque se trata de ella sería un halago. En su caso es algo así como un chiste sarcástico y de mal gusto, piensa Berenice. No sé, contesta Berenice zampándose un bocado de torta. Alberto piensa: por eso estás como estás, pinche gorda. Y sin decir nada más entra al local seguido por Pablo. 

 Tardan más de treinta minutos en salir. Salen todos en grupo, riendo y contándose lo bien que se lo van a pasar en seguida, en casa de Carla. Berenice se levanta de las escaleras y dice: por fin. Nadie le responde. Berenice bufa. Todos sacan cigarrillos y fuman un cigarro antes de partir. Berenice se acerca a Clara y le dice que si tiene un cigarrillo que le obsequie. Carla dice que no, y al escuchar esto, Enrique, sin perder un segundo saca un cigarrillo y se lo estira. Carla lo coge y agradece. Enrique, comprometido, estira un cigarrillo a Berenice pero piensa: debo tener más cuidado o se me acabaran los tabacos.  

 Berenice se para en una esquina y se recarga en el barandal de la escalera. Los mira a todos, sobre a todo a Pablo y a Alberto que vienen vestidos como si fuesen a la fiesta más importante de sus vidas, y ríen de cada palabra que sale de la boca de Carla, como si Carla fuese comediante. Y también está Enrique, que no ríe porque prefiere adoptar un aire más serio. Es el jefe de departamento y tiene que hacerlo, o cree que tiene que hacerlo, y lo hace tan fingidamente que Berenice sonríe al mirarlo parado con las piernas abiertas y las manos en los bolsillos, fingiendo autoridad y dinamismo o alguna cosa así, piensa Berenice. Y también está Carlos, que es el brazo derecho, o el gato de Angora de Enrique, y que revisa su teléfono móvil cada dos minutos, como si de ello dependiera la vida. 

Finalmente se disponen a partir. Alberto abre las puertas de su coche y entran Jazmín y Claudia en la parte trasera y Pablo hace de copiloto. En el coche de Enrique entra Carla de copiloto, y atrás se meten Carlos y Berenice. 

 Enrique es el primero en arrancar, Pablo debe seguirlo. Enrique se echa en reversa, bruscamente, como si no pudiera hacerlo de otro modo. Berenice se queja y Carlos le dice: tú tranquila, este cabrón sabe lo que hace, fue piloto de la NASCAR en el noventaitrés. Enrique sonríe y mira a Carla que va a su lado mirándose por el espejo de vanidad. Carla voltea al sentir la mirada y le sonríe a Enrique, y dice que debe tomar el Periférico hasta la salida de Luis Cabrera. Enrique, sabiendo la ruta, acelera y mira por el espejo retrovisor. Mira que Pablo tiene problemas para darle alcance. Un automovilista lento se ha puesto delante de él y no le deja pasar. Enrique exclama: pinche Pablo, está re güey. Y desacelera. 

   Párate en el Oxxo, dice Carlos al mirar un Oxxo aproximarse, quiero comprar unas cervezas pal´camino. Enrique dice que no mame, que se puede aguantar a llegar. Carlos dice que no tardará, que sólo comprará un par. Enrique mueve la cabeza negativamente y se orilla junto al Oxxo. Pablo, que le sigue, se detiene detrás. Enrique y Carlos bajan del auto. Carla saca la cabeza por la ventanilla y le grita a Enrique que le compre una cerveza light. ¿Quieres algo?, pregunta regresando la cabeza dentro del coche, a Berenice. Berenice dice que no, pero acto seguido se arrepiente, y pide una botella de agua. ¡Y una botella de agua para Berenice!, grita justo antes de que Enrique entre al establecimiento. 

 Por su parte, Pablo, Alberto, Claudia y Jazmín también compran cerveza para beber en el camino. 

 Enrique regresa, se pone al volante, y Carlos entra a su lugar. De una bolsa plástica saca una cerveza light y se la estira a Carla. Carla la coge y no dice gracias, ni dice nada. Luego saca una cerveza normal y se la pasa a Enrique, quien se la regresa y le dice no mames, cabrón, al menos destápamela, yo vengo manejando. Carlos la coge de regreso, la destapa y Carla, solícita, la toma y la pone en el porta envases del coche, junto a Enrique. Enrique le agradece. Carlos saca otra cerveza normal, la destapa y se pega un trago. Berenice mira todo esto en espera de su agua. Pero Carlos ya no saca nada de la bolsa. ¿Y mi agua?, pregunta Berenice. Mierda, cierto, exclama Carlos... No había agua, lo siento, interrumpe Enrique. Berenice piensa que es imposible que no hubiese agua. Es realmente imposible, piensa, y es verdad. Pero no dice nada. Mira a Carla disimular una sonrisa. Todos olvidan el incidente del agua de inmediato y se ponen a platicar sobre el último partido de soccer. 

 Finalmente llegan a casa de Carla. 

3

El sábado daré una fiesta en mi casa, ¿quieres ir? No lo sé, contesta Berenice, ¿quién irá? Vamos mujer, ¿qué importancia tiene? Berenice enciende un cigarrillo mientras lo piensa. No habrás invitado al idiota de Alberto, ¿o sí?, dice. Por supuesto que no, contesta Clara y enciende un cigarrillo. Están en el trabajo pero se han tomado tiempo para salir y fumar un cigarrillo. Ni al imbécil de su amigo Pablo, ¿o sí?, pregunta Berenice expulsando el humo de la primera bocanada. Clara frunce la boca. ¿Quieres ir o no?, le dice. Para Carla es sencillo, piensa Berenice, es una chica guapa. ¿A qué hora?, pregunta nerviosa al tiempo que tira la ceniza del cigarrillo en el cenicero. Nos iremos saliendo, dice Clara. Enrique pasará por mí, si quieres puedes venir con nosotros. Prefiero llegar por mi parte, dice Berenice. Te conozco, dice Carla, no irás. Sí iré, se defiende Berenice, es sólo que deseo pasar a casa antes, ya sabes, a cambiarme los zapatos. Carla piensa en prestarle un par de zapatos a Berenice pero mira sus pies y sabe que no le vendrán. Son unos pies enormes. Sobre todo a lo ancho. Puedes traer los zapatos en tu bolso y te los cambias en mi casa, opina Carla. Berenice da una calada al cigarrillo. Se siente acorralada. La verdad, dice, es que también me gustaría darme un baño. Como quieras dice Carla, pero sería mejor que me dijeras la verdad. En efecto, Berenice no tiene ánimos de asistir a la fiesta. Hace mucho tiempo que perdió los ánimos de asistir a cualquier evento social, sobre todo si es un evento donde se bebe alcohol. ¿Es por Enrique?, pregunta Clara sospechando. También es por Enrique, piensa Berenice. Enrique es uno de los pretendientes de Carla y Berenice le considera un mamón. Cada que ella sube con ellos al coche de Enrique, exclama que el auto se achaparra. Lo hace cada que pasan un tope o un bache. Claro que no, miente Berenice, para nada. Carla tira la colilla del cigarrillo y la aplasta con el pie. Entonces qué, insiste Carla, ¿vas o no vas? Berenice hace lo suyo con el cigarrillo y expresa que sí, que sí irá. 

 Aquí es donde se jodió la cosa, piensa Berenice. 




6 comentarios:

  1. un texto cruel pero real! me ha gustado cmo siempre!

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  2. Genial...como siempre, y gracias por compartir...

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  3. Me encantó, como el ser humano es tan cuel, pero es muy real, hay muchas Berenices por ahí, en todos los sentidos.

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  4. Lo comparto para la revista Elektra. Gracias xD

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  5. Me decanto por la última opción. Buen comienzo.

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  6. Tus narraciones siempre tan cotidianamente reales, gracias!!!

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