miércoles, 3 de agosto de 2011

París no es una fiesta: La misión.


Salmoneo Gutiérrez, delegación Tlalpan, México D.F., 05 de septiembre de 2010. Casa de Martin Petrozza.

Hay un poema, de Lizalde: El amor es otra cosa, señores. En este poema se planeta que el amor es otra cosa, como su nombre lo indica, y no lo que solemos creer. El poema lo recitó Martin Petrozza en casa suya, cuando le visitamos Verónica Pinciotti y yo, y dijo que ese poema era muy bueno, y muy cierto, y que el amor, si no era lo que Lizalde expresa, al menos, cosa segura es que no es lo que se cree que es, comúnmente. Verónica estuvo de acuerdo. Me dio la impresión de que ambos habían ya elucubrado sobre el tema cientos de veces. Y que todas las veces habían llegado a la misma conclusión: que el amor es otra cosa. El poema de Lizalde es el siguiente: 


“Uno se hace a la idea,
Desde la infancia,
De que el amor es cosa favorable,
Puesta en endecasílabos, señores.
Pero el amor es todo lo contrario del amor,
Tiene senos de rana,
Alas de puerco.
Mídese amor por odio.
Es legible entre líneas.
Mídese por obviedades,
Mídese amor por metros de locura corriente.
Todo el amor es sueño.
- El mejor aureo sueño de plata –
Sueño de alguien que muere.
El amor es un árbol que da frutos
Dorados sólo cuando duerme.”


 En mi opinión, dije, el amor existe (después de leer el poema ambos acordaron que el amor corriente no existe, que es una mezcla de química, psique, y estupidez. Que uno no se enamora nunca de una mujer o de un hombre, sino de un factor químico y psicológico, como un olor que recuerda a la madre, o al hogar) tanto que se puede sentir, y reconocer, e incluso existe, ya que se puede decir que el amor es otra cosa. Verónica se mantuvo sobre la línea de la inexistencia del amor, o de un tipo de amor, al que denominaba amor vulgar, y que aludía al amor común y corriente. Petrozza en cambio dijo que yo tenía razón, que el razonamiento lógico era correcto y que el elemento A, tiene por fuerza que existir para que no sea A, sino B. Verónica le echó una mirada de reclamo, y Petrozza le regresó la mirada, expresando calma. Acto seguido, dijo: pero eso no significa que el amor exista, como se cree. Así que estábamos de nuevo en el principio. 

 ¿Te has enamorado muchas veces?, preguntó Verónica, y me hizo pensar que con la edad, la pregunta cambia. A los quince años la gente suele preguntar: ¿te has enamorado alguna vez? A los veinticinco, la cosa cambia. Se obvia que una persona de veinticinco se haya enamora al menos una vez. Cogí uno de los cigarrillos que Petrozza había echado en el sofá. Abrió la cajetilla como si se tratase de una envoltura de chocolatinas y vació los cigarrillos, todos, como si fuesen chocolatinas, sobre el sofá, y dijo: no pregunten, sólo cojan si lo desean. Lo encendí con una cerilla que también estaba volteada en el sofá, y contesté que no, que nunca. Verónica echó el humo de su cigarrillo despacio, juntando los labios como en un silbido de canario, y cuando terminó de expulsarlo todo dijo que no me lo podía creer. Petrozza cogió un vaso de la alacena, caminó hasta ella y cogió un vaso, se sirvió de una botella que no alcancé a mirara pero supuse whisky (lo hizo solo y sin ofrecer a nadie) y cuando regresó a la sala, en dos pasos, dijo que yo era un ser desafortunado, que enamorarse es una de las mejores cosas de este puto mundo… lo dijo con alegría, y luego, con rencor, añadió: y al mismo tiempo es una de las peores cosas de este puto mundo. Dio un trago a la bebida, expulsó el aliento en un ¡ahhh!, y agregó: pero tú eres uno de los seres más desdichos de… este puto mundo, completó la frase Verónica, con una sonrisa y mirando a Petrozza desde el sofá, embalsada. Hipnotizada. Por un par de segundos, no más, pero lo noté. Aquella tarde aprendí muchas cosas de Petrozza y de Verónica. Por ejemplo, que Petrozza es la contradicción encarnada. Repudia al amor, decía el amor es otra cosa, tiene senos de rana, alas de puerco, y al minuto siguiente decía que se enamora en cada esquina, de toda mujer, y que lo hace de verdad, no fingiendo. Que es capaz de encontrar en cinco mujeres totalmente diferentes al menos una cosa que vale la pena amar, y amarlas a todas a la vez, sin ser un mentiroso. Y hablaba como generalmente se habla del amor, que Verónica llama vulgar, y Petrozza corriente. Mídese amor por metros de locura corriente, dijo, y yo tengo mucha locura corriente para repartir en amor. O por ejemplo, que la ninfomanía de Verónica expresada en sus primeros textos, no es exagerada. Ambos, Petrozza y ella, son un par de pervertidos sexuales, que todo lo vinculan al sexo; piensan en sexo todo el maldito tiempo, y aunque no se lo pasan hablando de ello, de alguna manera, lo sabes cuando los ves. 

 Verónica se descalzó y colocó los pies sobre las piernas de Petrozza, que estaba sentado en el sofá, y yo, que miraba por la ventana, supe que ese acto, el de subir los pies descalzos, era un acto sexual encubierto. Supe que existía un vínculo entre ellos dos, algo así como el amor, pero menos corriente y menos vulgar, o menos corriente y más vulgar. Esos dos que pregonan en contra del amor, ¿están enamorados? Pregunté a Verónica si ella estaba enamorada, o si se había enamorado alguna vez. Dijo que sí, que desgraciadamente se había enamorado un par de veces. Eso fue todo lo que dijo, no quiso entrar en detalles y le pregunté por su novio (me había leído que ella tiene un novio, un prometido, y que se casará pronto). Petrozza contestó por ella que eso no es amor, que la muy zorra (así lo dijo delante de ella) se casaría por la plata que ese matrimonio le procuraría. Pinciotti asintió con la cabeza, cínica, y dijo que era el mejor negocio de su vida. Petrozza miraba los pies de Verónica con demasiada atención, a ratos, como si  mirarlos le llevara a un estado de ensimismamiento. No quise preguntar nada al respecto, por respeto, y no tuve que hacerlo para enterarme. Petrozza es como un libro abierto y expuesto, o mejor dicho: autoexpuesto. Quitó los pies de Verónica de encima de sus piernas, se levantó, suspiró y dijo a Pinciotti, esto me está poniendo demasiado, o dejas de hacerlo o te haces cargo del asunto. ¿Cómo?, pregunté ingenuamente y Verónica contestó Petrozza es un fetichista de los pies. Lo dijo riendo. O sea que ella sabía lo que hacía y no me equivoqué, todo eso era un rollo sexual. 

 2

Verónica pidió a Petrozza un poco de hospitalidad, y sugirió que nos sirviera unos tragos y dejara de beber solo. Petrozza trajo una botella de whisky con la mitad de su contenido dentro, y un par de vasos más. Tomé mi vaso y lo miré. Era el vaso de un hotel de paso. Tenía impreso: Hotel Savoy, Zaragoza No. 10, esq. Pte de Alvarado, Col. Guerrero, México D.F. 5566 4611 Petrozza me miró mirarlo y mientras me servía whisky dijo ¡ah!, ¡el viejo Savoy! ¿Te acuerdas Vero?, dijo a Verónica. Verónica dijo, no, claro que no, ¿por qué habría de acordarme? Lo dijo evitando la indirecta de Petrozza, que evidentemente aseguraba un acostón con ella en dicho hotel. Petrozza sonrió y le dijo: como quieras, yo sí que me acuerdo. 

 Traje un poema, dije regresándolos a lo que nos importaba. Verónica cogió un cigarrillo del sofá, lo encendió con un encendedor que sacó de su bolso, un Zippo plateado, y al mismo tiempo que expulsó el humo, me arrancó la hoja de papel que yo había sacado del bolsillo trasero de mi pantalón. ¿Siempre guardas los poemas en las nalgas?, me preguntó Petrozza a lo que contesté riendo que sí, que ese bolsillo es al que entrego toda mi confianza. Verónica leyó el poema mientras fumaba el cigarrillo, cerca de la ventana, y Petrozza fue al estéreo a encenderlo: Beethoven, Sinfonía No. 4 en B bemol mayor, Op. 60: Allegro vivace. Interpretado por Herbert Von Karajan (Director), y la Orquesta Filarmónica de Berline: Berliner Philarmoniker. 

 Verónica terminó de leer y no dijo nada. Nada al respecto del poema. Se dirigió a Petrozza, le explicó que yo era amigo del editor de la revista guanajuatense donde publiqué un par de poemas, y que estaba dispuesto a recomendarlos (a Petrozza y a Verónica). Petrozza la ignoró, movía las manos simulando la dirección de la orquesta y bailoteaba de aquí para allá con el vaso de whisky siempre a punto de derramarse. No se derramó. Increíblemente. Y cuando por fin se decidió a opinar, dijo: yo no soy poeta, coño, ¿cuándo lo van a entender? Miré a Verónica, pues yo le había advertido que Petrozza se negaría a participar, y ella me miró, y luego miró a Petrozza, y le recordó que él mismo le había mostrado tiempo atrás unos cuantos poemas. Sí, contestó Petrozza, pero son malos poemas, gracias a ellos sé que yo no soy ni seré poeta. Verónica me miró, me cedió la batuta, y un tanto nervioso, le pedí a Petrozza me mostrara al menos uno, y le aseguré que no podían ser tan malos. Petrozza tosió, dio un sorbo al whisky, y sin hacerse del rogar, buscó por todos lados. Finalmente encontró una libreta donde tenía escritos unos cuantos poemas. Vale dijo, pero que conste que les advertí que yo no soy poeta, y ya les dije por qué. Calla, Petrozza, exclamó Verónica y arrebatándole la libreta la hojeó en busca de buenos versos. Basura… basura… basura… decía Verónica mientras pasaba las hojas. Me acerqué a ella para mirar mejor. Encontramos poemas sobre caracoles, hilarantes, en el buen sentido: 

Poema 25

Ya estoy harto
de que hablemos del amor;
de las mujeres.
¡El amor no existe!,
coño,
y de las mujeres siempre es lo mismo…
Mejor hablemos…
de caracoles.
Los caracoles son simpáticos,
de colores varios,
y tamaños
¡Muy bellos!

Poema 26

Caracol: ¡molusco gasterópodo!
que giras las vísceras y escondes la cabeza,
¡maravilla de la evolución!
Llévame en tu montura y haz de tu concha mi hogar;
hogar del poeta ermitaño
acompañado de sal.

Refúgiame de la sociedad.
Cúbreme de mucus sabio y aleja de mí al mal
del insecto inocuo; el hombre social.
Lento pero seguro.

Poema 27

¡Muéstrame el camino al mar, caracola!
Gran sabio que echa la víscera fuera
y guarda la cabeza dentro.
¡El viaje es hacia dentro de uno mismo!

Baja el opérculo, caracola,
guárdame en la concha de sal.
¡Muéstrame el camino al mar, caracola!
¡El viaje es hacia dentro de uno mismo!

Poema 28

Caracol dulceacuícola, cuidado.
No confundas el camino.
No hagas como hizo el primogénito
y cambies por un bocado tu reino.

Caracol dulceacuícola ten fe.
Algún día llegarás al mar.
Algún día sabrás la sal.
Y ese día querrás regresar.

Poema 29

Después de cuatro poemas
sobre caracoles,
lo supe:
¡son aburridos!
¡Dios bendiga
tanta puta!
¡Salud por ellas!


 Verónica y yo reímos, y Petrozza también rió, pero paró a los pocos segundos, y nosotros dos continuamos mucho más. Son estupendos, dije riendo aún. De verdad. Son… son… ¡únicos!, dije. Y además, la autoexploración a la que alude metafóricamente la cualidad del caracol de voltear las vísceras, de esconder la cabeza dentro, me parece muy interesante. Verónica comentó: ¡son la mamada!, ¡mándalos a Guanajuato! Y eso hicimos. Petrozza, sin dar importancia al asunto, arrancó las hojas de la libreta donde estaban escritos los poemas, y me las estiró, y dijo que hiciera lo que yo quisiera con eso. Que a él no le interesaba. Doblé las hojas y las metí al bolsillo trasero del pantalón, junto con el poema mío, y le pregunté a Verónica qué había con ella. Si había traído algún poema. 

 Verónica no había escrito un solo poema. O sea que tampoco llevaba poema. Yo quedé asombrado, ella misma empujaba a Petrozza, pero no hacía algo por sí. Yo no soy poetisa, se defendió Verónica, y Petrozza, tomó la posición que antes mostraba ella. La obligó a escribir un poema allí mismo. Estas cosas no se hacen así, se resistía Verónica, una no puede hacer un buen poema de la nada. Pues haz un poema de eso, Pinciotti, de lo imposible de hacer un poema de la nada, y sublima el odio y la tensión que ahora sientes hacia mí, porque… no vas a salir de esta casa sin que escribas un poema, un buen poema, y lo mandes a esa jodida revista guanajuatense. Yo no me ofendí, conocía los modos de Petrozza. Lo que no pude creer, es que de verdad Petrozza obligara a Verónica a escribir un poema. O mejor dicho, que ella cediera al capricho, porque era un capricho, de Petrozza. Le estiró pluma y papel y la puso a escribir sobre la bohardilla  de la ventana, porque no había dónde más (la única mesa está en la cocina y aquella ves estaba sucia, muy sucia, para recargarse). 


 Mientras Verónica escribía, lo que le llevó más de treinta minutos, pues decía no concentrarse, Petrozza me llevó a aparte y me preguntó encendiendo un cigarrillo si era posible que yo, algún día, por casualidad o algo, hubiese visto a la francesita de la fiesta, porque lo que es él no la había mirado desde aquella vez que la abandonó en Bellas Artes, y se moría de ganas de hablar con ella. Era una buena tía, dijo. Caray, dije, si tú no la has visto, yo menos. Tú fuiste quien me invitó a esa fiesta, yo no conocía a nadie allí. Cierto, cierto, dijo él, sólo preguntaba… ya sabes, por preguntar. Sí, bueno, dije, pues no la he visto, pero si la veo ya te digo. ¿No regresó a Francia?, preguntó asombrado. No lo sé, contesté alzando los hombros, yo no sé nada, el que habló con ella y el que salió con ella fuiste tú, ¿no te dijo si regresaría? Petrozza se rascó la barbilla y haciendo un gran esfuerzo por recordar, dijo: ya lo recuerdo, me dijo que si todo salía bien, se instalaría en México; todo depende de un negocio que desea aperturar en la ciudad. ¿Qué negocio?, pregunté interesado. Vale dijo Petrozza, me parece que es una galería de arte. ¿Una galería de arte, dónde, cómo? Yo qué sé dijo, si lo supiera no estaría aquí, estaría en la galería, husmeando y tratando de ligarla. Claro dije, es verdad, pues no sé… deberíamos… darnos una vuelta por esa galería. Petrozza estuvo total y completamente de acuerdo. La cosa es que no sabíamos dónde está, si ya la abrió, o si es verdad el cuento del negocio. Probablemente ya regresó a Lyon. Mira, dijo Petrozza en un susurro, puedo localizarla, puedo preguntar a todos los invitados de la fiesta, alguno de ellos tiene que saber el paradero de la puta francesa. No me la puedo sacar de la cabeza. ¿Y qué piensas hacer?, pregunté ingenuamente. Pienso ir a por ella dijo, lo he pensado durante toda la semana y estoy decidido. Debo ir a por ella. Muy bien, dije sin demasiada importancia, no sé porqué comenzó a contarme aquello. Aunque lo supe inmediatamente, cuando me pidió ayuda para emprender lo que él denominó la misión París no es una fiesta. Dijo que no podía hacerlo solo, que se conocía y era capaz de olvidar datos, o de desistir. Que necesitaba un secretario. No utilizó la palabra secretario, pero era básicamente lo que necesitaba, y un motivador que no lo dejara rendirse ni emborracharse durante la empresa. Seremos detectives, tío, dijo y eso, no sé exactamente por qué, pero me animó demasiado. Eso de ser un detective. De seguir las pistas, de preguntas por información, entrevistar a los sospechosos. De verdad. La idea de buscar detectivescamente a la francesa, me cautivó. Además, algo me decía que hacerlo con Petrozza sería sumamente divertido. Okey dije, te ayudaré… 








5 comentarios:

  1. Seguro que eso estara muy divertido!

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  2. jajajajajaj los poemas de caracoles!!!!

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  3. BUENO CREER EN UN AMOR ES CREER EN TI, CREER EN UN AMOR ES CREER QUE ESTAS PREPARADO PARA SENTIR LO BUENO Y MALO DE LAS CONCECUENCIAS DE NUESTROS ACTOS, CREER EN EL AMOR ES QUE TE PROVOCA HACER ALGUNAS AVENTURAS, EN ESTE PUTO MUNDO ..... JEJEJE SALUDOS VERONICA

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  4. los poemas de caracoles son la onda

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  5. Citlalli Palacios Garza15 de agosto de 2011, 19:46

    Vale sí, me quede en este lapso de tiempo, en el que los escritores de whisky en las rocas, se pusieron a debatir sobre el amor y lo que es el amor, yo siempre he creído que una de las mejores cosas que le pueden suceder a alguien es enamorarse (la emoción del momento justo antes de besar los labios del otro, la química, la atracción, los nervios y el encanto de la conquista) eso no tiene igual, en cuanto al amor no tengo nada que decir, sólo que eso q llaman amor, no tenemos una idea de cómo llegar a comprenderlo o sentirlo, el amor es ininteligible. Pero bueno luego esta Petrozza y sus poemas de caracoles, que ya te lo dije Martin, como poeta eres un excelente narrador, luego viene la búsqueda de Alessia; Petrozza, no te vaya a suceder con Salmoneo, lo mismo que te paso con Pablo el mago que se bebió todo el dinero, sólo que en este caso no sea que el chico inocente y dulce que parece ser Salmoneo, encuentre a la francesa y te deje como Pablo (Salmoneo, no es nada personal, es sólo que yo acostumbro dudar de todo y de todos), Vero eso de ser interesada no esta mal, sólo hay que elegir bien con quién.

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