viernes, 12 de agosto de 2011

París no es una fiesta: Entrevista 1. Diego Fernández.



Calle moras, Colonia del Valle, México D.F., 03 de septiembre de 2010.

"El tiempo es relativo. Y además de relativo, es tramposo."


Yo sé que tú sabes dónde está lo que buscamos, dijo Petrozza en tono de amenaza, aunque él dijo que era una advertencia: sobre advertencia no hay engaño, agregó. A decir verdad no hay mucha diferencia entre una advertencia y una amenaza, cuando se amenaza con advertencias. Yo volteé a mirarlo, pensando que quizá había llevado las cosas demasiado lejos. Diego lo miró asustado, y juró por su vida no saber nada al respecto. Una cosa era preguntar por el paradero de Alessia, y otra, muy distinta, arrancar el paradero a quien lo desconoce. Pero la culpa de todo la tiene en parte Diego, pensé, por seguir el juego. Se asustó de verdad cuando Petrozza alzó la voz, y Petrozza, al notarlo, continuó alzando la voz. Cualquiera en el lugar de Diego lo hubiese largado de inmediato. ¡Por qué dudás de mí, che, si te digo la verdad!, repetía Diego cada que Petrozza lo amenazaba con una advertencia: te advierto que si la encuentro, te vas a arrepentir. Además, la advertencia de Petrozza no tenía algún sentido. Si Petrozza encontraba a Alessia, ¿qué debía Diego a esto? Codeé a Petrozza, tratando de pedirle que nos fuéramos de ahí, del apartamento de Diego. Estábamos sentados en la sala del apartamento de Diego, sobre un sofá de tres plazas, y frente a nosotros estaba Diego, sentado sobre un sofá de dos. En medio había una mesa de centro de la que Petrozza tomaba cigarrillos y los encendía, con ese aire detectivesco que prontamente adoptó al emprender la misión. No teníamos pistolas, por supuesto, y gracias a Dios. Petrozza sin embargo manipulaba la cajetilla de cigarros como tal. Entró al apartamento, sin dar explicaciones, mientras Diego le acogía amablemente, diciéndole: pero qué milagro, che, que bueno tenerte en casa, pasá, pasá. Se fue directo al sofá, y cuando Diego estuvo sentado frente a nosotros (yo seguía a Petrozza sin interrumpir) le preguntó tajante y sin rodeos: ¿dónde está Alessia? Diego se extrañó, dijo no saber qué es eso, etc., y Petrozza sacó de la chaqueta, del bolsillo interior del a chaqueta (más o menos de donde se sacan las armas generalmente) la cajetilla de cigarros y la colocó sobre la mesa, sin despegar la mirada de los ojos de Diego, como se coloca generalmente las armas de fuego para intimidar. Diego movió la cabeza negativamente y Petrozza tomó la cajetilla y sacó un cigarrillo. Diego, presto como buen anfitrión, le ofreció fuego con un encendedor que sacó del bolsillo del pantalón. Petrozza preguntó de nuevo, esta vez echando el humo del cigarrillo a la cara del argentino. ¿Dónde está Alessia? Diego era sincero, no tenías que ser un genio para darte cuenta. Ni siquiera sabía que Alessia era el nombre de una persona. Aquí entro yo, calmado y sin amenazar a nadie: Diego, ¿recuerdas la fiesta de Tlalpan?, pregunté como se pregunta a un niño. Era evidente que Diego andaba un poco lento. ¿La fiesta de Tlalpan?… la fiesta de Tlalpan… la fiesta… de Tlalpan… Tlalpan, Tlalpan, Tlalpan…, se decía Diego en voz alta mientras se rascaba la barbilla y miraba al techo. ¿Cuál fiesta de Tlalpan?, preguntó al fin. Petrozza dijo: vamos, tío, no te hagas el listillo con nosotros. Diego no entendía nada. La hostilidad de Petrozza; no sabía de dónde le venía. Comenzó a ponerse nervioso. Sospechaba que el asunto de la fiesta de Tlalpan, y de Alessia, era importante, pero no entendía nada más. La fiesta le dije, donde estaban Garrison, Verónica, Petrozza, tú, yo… y Alessia. Una francesa. Muy guapa. Diego hacía un verdadero esfuerzo por recordar. Al parecer ya había entendido que Petrozza no se iría de allí sin una respuesta. Petrozza subió los pies a la mesa de centro, cruzó los brazos por detrás de la cabeza, y me dijo: oye, tío, para mí que vamos a tener que usar algunas técnicas más agresivas. ¿Has escuchado eso del tehuacanaso? Diego alzó la mirada, llevándola a Petrozza, y dijo: estás loco, che, yo de verdad que no sé nada, no sé de qué me venís a hablar, ni de nada de esa Alessia. Aquí es donde Petrozza lo amenaza: sobre advertencia no hay engaño, dice. Yo lo codeo, y cuando finalmente me pregunta que qué deseo, le sugiero que nos vayamos. Petrozza se toma unos segundos para inspeccionar el alma de su presa. Lo hace mirándolo fijamente a los ojos, luego de abajo hacia arriba, sin decir absolutamente nada, todo esto mientras coge otro cigarrillo y lo enciende. Finalmente, se levanta y me indica con un ademán que es hora de irnos. 

 Fuera del apartamento le digo que ese Diego es un caso perdido, no sabe ni cómo se llama el pobre. Es por toda esa hierba que fuma, me dijo Petrozza al salir del apartamento, esa mierda le está quemando el seso. Es increíble, agrega, que la gente se crea que por ser natural la marihuana, no hace nada. El veneno de algunas plantas también es natural. Tienes razón le digo, y agrego: encima, ¿de qué se preocupa un adicto a la hierba, si la coca es más o menos dañina que la marihuana?, ¿de qué se preocupa un fumador si tal o cual marca hace más o menos daño? No tiene sentido. Exacto, murmura Petrozza sin mirarme, caminando erecto, con ese maldito andar de Sherlock Holmes que se le metió a la cabeza, y que terminó por hartarme. Toda esa soberbia y esa manera de tomarse las cosas. Hacía las estupideces más evidentes del mundo, con ese maldito aire, sintiéndose justificado por ser él. Por ser un detective. 

 Empezaremos por Diego, me dijo cuando nos encontramos en el centro de Tlalpan, donde nos citamos para comenzar la búsqueda de la francesa. Bueno dije, está bien. Yo no tenía una mejor opinión. No tenía opinión. Sin embargo le pregunté por qué, y respondió: porque no me acuerdo dónde viven todos los demás. Supuse que entonces comenzar por Diego era lo mejor. Sentido común, me dijo Petrozza, y desde ese momento ya no paró de ser un engreído. ¿Trajiste libreta?, preguntó como si soliese olvidarme de todo. Sí, contesté. ¿Y lápiz?, preguntó después, como si yo fuese idiota. Pues claro dije, ¿cómo no iba ser así? Vale dijo, apunta esto. Ajá, respondí sacando lápiz y libreta y apuntando mientras caminábamos hacia la avenida. Dictó: Partimos del centro de Tlalpan, a las doce menos cuarto (no son las doce menos cuarto, interrumpí, son las doce con tres. Ya sé dijo, pero doce menos cuarto suena más elegante) con dirección a avenida San Fernando, bajo un sol tremendamente luminoso, y un par de pájaros atraviesan la calle… Dejé de escribir. Vamos le digo, ¿es necesario poner eso? Anota, coño, anota, me dice moviendo la mano desesperadamente, como si la idea se le esfumase. Como si fuese una gran idea. No anoto. Pero no se lo digo. Hago que anoto y él continúa su interminable descripción del paisaje. Si hubiese anotado, me hubiese llevado más de siete páginas en describir lo que miró en una sola calle. Algo así: pasamos por la casa de la Señora Betancourt, que siempre deja las cortinas corridas, e inmediatamente después, dejamos tras nosotros la papelería donde una vez compré un cuaderno tan ebrio, que no me di cuenta que me dieron cinco cuadernos. La tendera dijo que yo pedía y pedía un cuaderno, y que me lo daban pero aún teniéndolo en las manazas, pedía un cuaderno. Un cuaderno, y otra vez un cuaderno, hasta que tuve cinco y me los vendieron. Saqué la billetera y me hicieron pagarlos todos. No lo noté. Hasta que en casa me encontré con todo eso y regresé a decir que todo había sido un error. La tendera no quiso devolverme un centavo porque alegaba que en mi estado, asusté a su hija, que esa tarde atendía el local. Luego pasamos la casa roja, la grande, que siempre me ha parecido una belleza de casa. Un auto con placas UGT 345 está aparcado en la esquina. Es un auto rojo y me parece sospechoso. Pero antes hay otros quince autos aparcados, con las placas: HTJ 589, un sedán negro; JLK 788, un auto blanco, no sé qué demonios es (Salmoneo, ¿sabes la marca de ese coche? Sí dije, es un Cabrio. Vale dice, pues anótalo. Ya está, miento)… Era una locura. No me podía creer que el mismo hombre que escribía con su peculiar estilo sencillo tuviera la cabeza llena de tantas ideas, y de cosas tan complejas como anotarlo todo. Me pareció una manía. No dejaba pasar un sólo detalle, y poco a poco se volvió tan diestro que describía más y más. Describía a las personas que miraba, y su vestimenta. Hablaba tan rápido, para no perder detalle, que era imposible que pensase que yo podría escribir todo eso. O que alguien podría hacerlo. Le tomé del hombro y le dije: vamos, tranquilo. Me miró extrañado, sacó un cigarrillo de la chaqueta, lo encendió y me dijo: ¿lo tienes?, ¿lo has apuntado todo? Moví la cabeza negativamente y le mostré la libreta. No había nada en ella, apenas las primeras líneas. Bueno dijo, quizá aún lo recuerde todo al llegar a casa. Caray dije, creo que necesitas una grabadora. Nada de eso dijo, lo mantendré todo aquí. Lo dijo mientras se daba golpecitos en la cabeza. 

 El nerviosismo de Petrozza se mantuvo hasta llegar a nuestro objetivo. Llegamos a Insurgentes, y luego a la Colonia del Valle,  y noté que Petrozza lo miraba todo, sospechando de todo, y me planté frente a él. Le dije que debía calmarse. ¿Qué deseas sacar en claro de todo esto?, le pregunté. Necesitamos saber dónde está Alessia, ¡e ir a por ella!, exclamó. Exacto dije, no tiene ningún caso que te rompas la cabeza memorizando tantos datos. Toda esa gente, y las placas de esos autos, los autos mismos y las avenidas, nada de eso están involucrados con la francesa. Petrozza lo entendió. Vale dijo, lo siento, creo que me estresé con esto, tienes razón. No pasa nada dije, sólo no te tomes tan en serio las cosas. Sí, confirmó, eso haré. Y yo creí en él. Se mantuvo sereno un tiempo pero una vez con Diego recuperó su papel de detective impaciente. 

2

 ¡Ya recuerdo, che, ya recuerdo!, exclama Diego en algún momento de la entrevista. Petrozza se entusiasma, se piensa que tan pronto hemos dado con el pan. Pero no es así. Diego apenas y recuerda que él asistió a la fiesta, sí, con dos chicas. ¿Cómo se llaman las chicas?, pregunto porque sé que Petrozza no dará importancia a nadie que no sea Alessia. Una se llama Alondra, dice Diego más tranquilo ahora que ha logrado recordar algo. Apunto en la libreta el nombre de Alondra y le pido que me cuente todo sobre ella. Lo que a los pocos minutos reconozco como un error fatal. Diego divaga demasiado. Puedo hablar de Alondra por más de media hora sin decir algo certero al respecto. En monólogo de Diego sobre Alondra terminó en la relatividad del tiempo. Dijo que Alondra es una chica de unos tres y tres cuartos años perro. Y que él hubiese jurado que la fiesta de Tlalpan ocurrió hace al menos cinco años. Vale, vale, dijo Petrozza interesándose en la tal Alondra (aunque dudo que con intensiones meramente laborales), ¿cómo es esa tal Alondra? Es una piba alegre, dice Diego, de cabello largo y le gusta Van Gogh. ¿Está buena?, pregunta Petrozza como si de eso dependiera el éxito de nuestra empresa. ¿No la recuerdas?, le digo, no pudiendo creer que el mismo Petrozza recordara tan poco de aquella fiesta. Era una de las dos que venían con Diego, le digo, mexicanas, y de las cuales expresaste tu deseo de follarlas. Petrozza piensa unos segundos. Finalmente dice: eso no me dice nada, lo mismo pude expresar de cualquiera. Diego dice: cierto, cierto, conozco a este pibe y eso es muy cierto. Yo pienso que es cierto. Bueno digo, es una chica mediana, de cabello negro, que vestía un vestido negro y… Ya, dice Petrozza, ya sé cuál. ¿Y bien?, pregunto. Y bien, pues sí. Sí está buena, dice Petrozza y acentúa la afirmación con la cabeza. Yo retomo la entrevista antes de que todo acabe en un disparate: ¿Alondra tiene alguna conexión con Alessia?, preguntó a Diego, ¿crees que Alondra pueda ayudarnos con el paradero de la francesa? Diego responde que no, que a Alondra la sacó del Parque México haciendo uno de sus espectáculos callejeros. Noto que comenzará con la perorata interminable de sus espectáculos callejeros y lo detengo. Dame la dirección de Alondra, pido por favor, y Petrozza dice: sí, eso, danos la dirección de Alondra, le haremos una visita más adelante. Lo miré de reojo adivinando qué clase de visita se proponía y me pregunté por qué demonios acepté ayudar a Petrozza en este rollo. Seguramente no daremos con Alessia y en todo eso perderemos tanto tiempo y tanta energía como en escribir un par de novelas. Aunque claro, encontrara a la francesa no será tan productivo.  

 Diego me proporciona los datos de Alondra, o al menos lo que él recuerda de Alondra, y de Thalía, la amiga de Alondra. Esa Thalía también está buena, ¿verdad?, pregunta Petrozza y Diego dice que sí, que no está nada mal. Yo estoy de acuerdo, las vi a ambas en la fiesta de Tlalpan y no se puede uno quejar. 

 Aquí es donde Petrozza pierde el control. De la nada le viene su otra personalidad, la de detective empedernido, la de sádico, la de entrevistador de la muerte, y saca la cajetilla de cigarrillos. Yo sé que tú sabes dónde está lo que buscamos, dice impaciente. Creo que la idea, la realidad, le vino a la mente. La búsqueda no sería tan sencilla. Y eso le impacientó. Deseaba arrancar a Diego la respuesta y salir corriendo. Pero Diego no tenía la respuesta. Diego no era amigo de Alessia. Diego la miró por primera vez en aquella fiesta, como yo, o como Petrozza, y Petrozza fue el único en hablar con ella. Petrozza debería saber más que todos los presentes, y sin embargo, deseaba que otros le dieran la respuesta. 

Sé lo dije de regreso a casa, no sé a dónde nos llevará esto. ¿Qué pueden saber de más Alondra y Thalía sobre el paradero de Alessia, que no sepas tú? Yo no sé nada, dijo. Por eso dije, sí tú que hablaste con ella, que fuiste el único que habló con ella, y que aceptó salir contigo al día siguiente, y lo hizo, no sabes dónde está, ¿qué pueden saber ellas, Alondra y Thalía, que ni siquiera cruzaron palabra? Algo pueden saber, Salmoneo, hombre, un detective jamás pierde una pista. Ese es el problema dije, que no hay pistas aquí. Vamos dijo, te pedí que me ayudaras para que me dieras ánimos, y eres el primero en echarme mierda. Carajo, qué te juro que encontraremos a la francesa, cuéstenos lo que nos cueste. ¿Anotaste la dirección de esas pibas?, preguntó en argentino aludiendo a Diego, y le contesté que sí, que tenía todo en la libreta. Vale me dijo, quieres que vayamos de inmediato, o… ¿prefieres un descanso? Evidentemente yo prefería un descanso. Bueno dije, ya que insistes, prefiero el descanso. ¡Alá!, dijo Petrozza, pero si yo no he insistido en el descanso. No he insistido en nada, tío. Sonrió (hacía el indio) y tomándome de los hombros dijo: andá, Robin, ¡al Batibar! 

 El batibar resultó ser La Puerta Negra



3 comentarios:

  1. que buen, buen, buen texto!!!!! ...like!

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  2. Marco Antonio Arellano13 de agosto de 2011, 13:13

    Bueno interesante ....

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  3. Citlalli Palacios Garza15 de agosto de 2011, 19:51

    Dale Petrozza, que manera esa de torturar a Diego, en serio que Salmoneo sabe ser paciente, tan entusiasmado que comenzo siguiendo tus pasos, te doy una pista, sí alguien tomo fotos ese sía de la fiesta, busca a los que estan más cerca de Alessia en las fotos.

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