martes, 30 de agosto de 2011

¡No me haces un favor, zorra!


Hasta parece que sólo gozo yo. Que es cosa mía, dije sentado en el sofá sin perder la esperanza de que Paulina se quitase la ropa y se dejase follar. Paulina sentose a mi lado, con las piernas y los brazos cruzados. Antes cogió un cigarrillo y lo encendió. Yo cogí un cigarrillo y lo encendí. Expulsando el humo de las primeras bocanadas sobé el hombro de Paulina. ¿Ahora qué pasa?, pregunté desanimado. Paulina ya me había echado el rollo de la menstruación, de la jaqueca infernal, de los cólicos, el mareo, la infección vaginal. Me da la impresión de que sólo me quieres para… para eso, dijo esta vez. Ya dije, ¿y qué más da si sólo te quiero para eso?, pregunté indignado, porque era evidente que no la quería únicamente para el sexo. Ella lo sabía. Lo sabía perfecto. Paulina frunció los labios y echó la cara para el lado contrario al que estaba yo. ¡Acaso no lo disfrutas tanto como yo!, dije. Paulina no contestó. Riendo, me levanté del sofá y me puse un whisky en las rocas. Paulina empezó con el asunto podemos hacer otras cosas. ¿Y es que no las hacemos?, pregunté desde la cocina. Paulina no contestó. ¿No fue ayer mismo que fuimos al museo?, pregunté como si de verdad no lo recordara. ¿No fuimos la semana pasada a esa fiesta de mierda? ¿No visitamos a tu… Madre, el jueves pasado? ¿No salimos con Garrison el sábado? ¿No te llevé a ver aquel espectáculo que tanto jodías con ver, eh, el de los titiriteros, apenas el martes? ¿Y no llevamos ya casi un mes asistiendo a esas puñeteras clases de filosofía zen? Paulina no contestó. Sin embargo, dije, ¿sabes que no hacemos? Hice una pausa. Paulina no decía palabra. ¡El amor!, grité. ¡Eso sí que no lo hemos hecho! Paulina pidió que me callara, según ella estaba exagerando las cosas. Di un sorbo al whisky y me callé. ¡A la mierda!, fue lo último que dije. Paulina se levantó del sofá, y se marchó. No la detuve, ya podían darle por culo. 

 Las mujeres y yo jamás nos entenderemos, pensé mientras hacía sonar a Wagner en el estéreo. ¿Es que acaso no hablamos el mismo puto idioma? No, me respondí sirviendo un whisky en las rocas. Yo hablo el idioma de la verdad y la sinceridad. Sinceridad que ellas confunden con cinismo. Lo confunden todo. Lo tergiversan todo. Siempre a su manera. A su convenir. Encendí un cigarrillo. Ellas en cambio, continué pensando, hablan el idioma de la hipocresía. Mienten siempre, a todo mundo pero sobre todo, se mienten a ellas mismas. Viven en una burbuja de irrealidad. De vanidad y de glamur, cuando las pobres no tienen vanidad ni glamur. Lo único que tienen es miedo y necesidad. Y tienen la cabeza llena de prejuicios y sueños de princesa. Vamos, las princesas también follan. Yo mismo las he mirado correrse debajo de mí, y al instante siguiente, reprocharlo todo con chorradas como la moral y el orgullo. ¿De qué sirve el orgullo? ¡De nada! Pero ellas son capaces de dejarse morir por orgullo. El sexo es una cosa de dos, ¡entiéndalo! 

 ¿Ya?, contesté el teléfono móvil. Era Paulina. Había salido de casa y había marcado pasados veinticinco minutos. No se había ido. Rondaba cerca, en una banca o algo, y pensaba.  ¿Estás mejor?, preguntó. Se pensaba que yo estaba cabreado. No lo estaba. Estaba harto. Mierda, contesté, estoy mejor, ¿y tú? Dijo estar mejor y propuso volver de inmediato, pero sólo si yo… estaba mejor. Lo que significa que volvería sólo si yo dejaba de insistir en follar. A esas alturas me daba igual. Siempre habrá una puta barata, pensé, por ciento sesenta pavos me puedo ahorrar todo este lío. Vale, nena, le dije, si tú quieres volver, si realmente quieres volver, puedes hacerlo. Y si no, puedes irte a la mierda, agregué entre dientes. ¿Cómo?, preguntó. Nada, dije, que estoy mejor, que puedes venir si quieres. Yo quiero ir dijo, sólo que… ¡no me gusta cómo me tratas! Suspiré, y haciendo un enorme esfuerzo por no perder el control, dije: pongamos las cosas en claro. Yo cumplo todos tus malditos caprichos y cuando te pido echar un polvo, soy el peor bastardo que has tenido por novio. Así es como te trato. Vale dijo, voy para allá. Colgamos el teléfono. 

 Ponme un whisky en las rocas, dijo al entrar. Le puse un whisky en las rocas y nos sentamos en el sofá. 

 Bueno, dije rompiendo el silencio, ha quedado claro que no lo vamos a hacer. ¿Qué quiere hacer la princesa? Paulina dijo que callara, que yo era un tonto, que ese no era el modo de tratar a una mujer. Cierto dije, en eso tienes razón,  este no es el modo de tratar a una mujer. Lo dije con tono falsamente consolador, y luego añadí, gritando: ¡ya debería yo enseñarte el modo! ¿Ah, sí?, exclamó Paulina, beligerante, ¿y cuál es ese modo? Di un trago a la bebida y contesté: debería darte una surra y follarte ahora mismo. Rió. Donde me pongas la mano encima, cabronazo, dijo y salió con el sermón de los derechos humanos, y los derechos de la mujer, y los derechos de su puta madre, y la ley. Todos tienen derechos en esta perra vida menos un hombre con ganas de coger. Como si el sexo matara. Como si el sexo dañara, pensé. Ya no deberían llamarlo violación, ya deberían llamarlo: ¡favor! Ya dije, olvídalo, sabes que no sería capaz. Soy un esclavo de tu vagina. No soy amo de tu vagina, soy un maldito esclavo. Cruzó los brazos, lo pensó, rió a carcajadas, y luego lo soltó: vale dijo, hagamos una cosa. ¿Qué cosa?, pregunté ingenuamente. Lo haremos una vez por semana, dijo, a cambio, accederás a asistir conmigo al curso de budismo.  Encendí un cigarrillo y exclamé al borde de un ataque de nervios que un vez por semana es demasiado poco. Vale dijo, dos veces por semana. El curos es tres veces por semana, dije. Dos veces, lo tomas o lo dejas, sentenció Paulina. ¡Lo tomo, coño, lo tomo!, grité. Acto seguido dije: ¿Por qué tienes que hacer las cosas de este maldito modo? Alzó los hombros y volvió a sentenciar: lo tomas o… ¡Que lo tomo, lo tomo!, interrumpí. Ya ves, dijo sonriendo, ya nos estamos entendiendo. Cabrona, pensé.

 Paulina se levantó al sanitario y cuando regresó, lo hizo con un folleto que sacó del bolso. El folleto de las clases de budismo. ¿Qué se tare últimamente el mundo con esto del Budismo?, pensé. Lo inspeccionó. Podemos asistir lunes, miércoles y viernes, dijo, de seis a ocho, ¿cómo ves? Ya dije, me da exactamente igual, con tal que te dejes follar. Y lo hacemos martes y jueves, dijo ignorando mi último cometario. Ya dije, ¿y qué hay de los fines de semana? Ya veremos dijo, si te portas bien quizá… Me tenía tomado por los cojones. Todos sus trucos mujeriles estaban funcionando. Ahora sería ella la ama y señora de mis cojones. Controlaría mi vida sexual como se controla la alimentación de un bebé. En dosis. Con agenda. Martes y jueves. ¡Dios! ¿Qué podía hacer?, de alguna u otra manera tenía que follarla. Paulina se levantó y se puso otro whisky en las rocas. 

 ¡Coño!, exclamé la mar de entusiasmado, ¿sabes qué día es hoy, eh, nena, sabes qué puto día es hoy? Era martes. Nada dijo, ni lo piense, el curso empieza la próxima semana. ¡Hasta la próxima semana!, grité desesperado. Ya dije, entonces será un polvo extracurricular. Lo dije maliciosamente y acercando mi boca al cuello de Paulina. Rió y dijo que no, que tenía un dolor de cabeza terrible. Y añadió que el dolor le venía de nuestra discusión y de mis maneras. Bebe unas copas más y te sentirás mejor, dije, verás que sí. No lo creo dijo, y además, ya me voy, he quedado con Madre y es tardísimo. No hay modo dije, ¿no hay modo en el infierno que cedas un poquito?, nena, anda, vamos, a ti también te gustará. Eso no lo dudo dijo, pero no somos animales y debemos aprender a aguantar. ¡Aguantar!, mierda, ¿de qué coños sirve aguantar?, es como decir que debemos aprender a clavarnos agujas bajo las uñas, ¿de qué sirve? ¡DE NADA SIRVE!, grité. Bufó. Como sea dijo, se me hace tarde. Se empinó el resto del whisky en las rocas que quedaba en su vaso y tomó el bolso de mano. Se me va, pensé, se me va la oportunidad del día de hoy y tendré que esperar… ¡hasta la próxima semana! Vale, le dije, que Dios te bendiga. Y la persigné. Sarcásticamente.


 Pasadas tres horas tuve que hacerme un par de pajas, pensando en lo cabrona que es esa Paulina. 

 Sin embargo las pajas no estuvieron mal. 

2

No es posible meditar hambriento de sexo, dije a Paulina salidos de la clase de budismo, cuando me regañó por hacer el indio. No fue mi intención. Simplemente me dejé llevar por el hilo de mis pensamientos. Primero pensé en lo ridículo que es esto. Mientras el maestro budista, un mexicano gordo y pelón, nos hacía contar el numero de nuestras respiraciones, yo pensaba en lo mejor que estaría echado en mi viejo sofá. Luego pensé que mañana sería martes. Finalmente lo haría con Paulina. Allí fue donde perdí el control. Comencé a imaginar cómo se lo haría. Me gusta visualizarme follando. Primero que se ponga encima, pensé, para calentar la cosa. Me vino la duda entre continuar con ella debajo, o con ella a un lado. Ninguna de las dos posiciones quedará excluida, pero, ¿por cuál me gustaría empezar?, me preguntaba. Entre todo eso escuché la indicación de repetir algún mantra, algún cántico o una cosa así. Escuché las palabras ininteligibles pronunciadas por el instructor, y a todos esos gilipollas repitiendo como loros, cosas que no entendían un carajo. Son pocos los que investigarán el significado, pensé, y luego continué pensando en las nalgas de Paulina vistas desde una posición sexual. Sin repetir los mantras. Tuve una interrupción en la secuencia de mis pensamientos, y pensé en una hamburguesa, y en un vaso con whisky. Pensé que si tuviera que decidir, me inclinaría por el whisky. Pensé que luego de beber me daría hambre. Y que sería capaz de cambiar todo el whisky del mundo por una sola hamburguesa. Pero me odiaría después por ello y desearía con el alma un trago de whisky. Más o menos así es el hombre, pensé. Nunca está contento con lo que tiene y siempre desea lo que ha dejado ir. Entonces me vino la idea de no ser un gilipollas, uno de esos que no disfrutan el presente. Sin embargo, hablar del presente, de disfrutar el presente y de filosofía zen, me recordaba a una ex novia a la que no deseaba recordar, y dejé de pensar en ello. Me pregunté la hora y me contesté que debían ser pasadas las seis con treinta o quizá cuarto para las siete. Y que estaba a unas dieciocho horas de mojar la brocha. Pensé que me encantaría hacerlo con Paulina y alguna otra chica. Pensé en la chica de atrás, una tía que miré al llegar y que no estaban nada mal. Pensé que me encantaría follarla. Incluso sin Paulina. Traté de recordar el trasero que portaba y que yo había mirado tan solo un par de segundos. No pude mirarlo más. Y pensé que era un buen trasero, y quizá no sería mala idea venir a esta chorrada. Después de todo, uno nunca sabe. Podría salir un polvo de aquí. El ochenta por ciento de los practicantes son mujeres. Y el treinta por ciento de ellas están pero que muy bien. También había mirado a otra jebita, de unos veinte años, rubia y de muy buen ver. Pensé que si tuviera que elegir a un sola la erigiría a ella. A la rubita. Paulina podía irse a la mierda, con sus maneras de joderme el sexo estaba cada vez más lejos de agradarme. La jebita si que lo gozaría, pensé, no sería tan gili como Paulina. Le daría toda la noche. Junto con la tía del pantalón azul, que es la primera tía en la que pensé, la de atrás. Luego  recordé que ésta no es la única clase, que hay muchas más y en ellas, muchas mujeres más. Mujeres en telas cómodas, en blusas holgadas, y mujeres flexibles como ellas solas. Y además están locas. Uno debe estar loco para asistir a algo así. Y yo, me dije, soy un imán de locas. Ya sabes, esas tías, hippies y cosas, que creen que follar es lo más natural. No como Paulina, pensé cabreado con ella por ser tan necia. Mujeres que no ponen la menor resistencia. Mujeres que comen verduras y cagan menos mierda que el promedio. Porque los vegetarianos cagan menos, y más blanco; como perros, pensé. Algunos perros echan cagada blanca. Caca blanca, pensé, ¡es la hostia!, quizá deba hacerme vegetariano y salir con una vegetariana. Algunas hasta les gusta eso del tantra. Pondría un harén, pensé, un harén de tías locas, vegetarianas y que meditan por las mañanas. Todas rubias y flexibles, buenazas y bien dispuestas. No como la cabrona de Paulina. Ella puede buscarse otro novio, pensé, uno que no le guste coger. Un marica o algo. 

 Entonces abrí los ojos y me encontré con todos los practicantes a mi alrededor, mirándome soñar extasiado, sin seguir ya ninguna de las instrucciones. Creo que se quedó dormido, escuché decir a alguno. Paulina estaba frente a mí, avergonzada porque no me levanté cuando todos debimos levantarnos e inclinarnos ante el becerro de oro que había delante, y ofrendar las flores que paulina había traído para ello. Ella trajo mis flores y trajo las suyas, y dijo que era muy importante, que en algún momento debía caminar al altar (que no era un becerro de oro, por supuesto) y depositar las flores a los pies de la estatuilla de metal. Yo lo olvidé por completo y me quedé allí, sentado (¡ni siquiera en flor de loto!, exclamó Paulina) extasiado y evidentemente, sin meditar. 

 Tenías una cara de pervertido, dijo Paulina. Me hiciste pasar la mayor de las vergüenzas. Ya dije, no es para tanto, yo mismo escuché algunos ronquidos. No es verdad, dijo. No era verdad, pero estaba seguro que más de uno podría quedarse dormido con dos horas de cerrar los ojos y escuchar los monótonos cánticos. Es ciencia. Bueno dije, ya, lo siento, no fue mi intención. ¡Para eso me hiciste comprar las flores!, exclamó. Vamos, nena, dije, pero si ya están en ese puto altar, que al caso, es la finalidad, ¿no? Tú no entiendes nada dijo, todo lo haces mal, nada te importa. Aquí me cabreé y me defendí. No, dije, tú eres la que no entiende nada. Yo lo entiendo muy bien: es un grupo de gilipollas, ¿no ves cómo funciona la cosa? ¿De dónde crees que sacan el dinero para tener esa casona? (las clases se impartían en una gran casa, carísima a simple vista, en la colonia Condesa, o en la colonia Roma, que al caso es la misma mierda). Lo sacan del grupo de gilipollas que hoy han ido en busca de la felicidad a escuchar a un mexicano repetir malamente las instrucciones de un monje budista de verdad. Aunque, sinceramente, dudo mucho que ese mexicano haya visto una sola vez, en toda su puta vida, a un monje de verdad.  El mundo ya no es como antes, dije,  ni quiera es necesario venir hasta acá, puedes aprender a meditar por Internet. Sin embargo esta gente viene más por curar su soledad que por otra cosa. ¡Gilipollas de mierda!, dije. Paulina contradijo mis palabras. Dijo que es imposible aprender a meditar por Internet porque primero se requiere aprender los cánticos. Pues los cánticos también deben estar en Internet, dije. Pero como sea, por Internet o aquí, esto del budismo mexicano es una patraña. Una estafa. Otra vez, un listillo que ha olido una necesidad. Así es siempre. Alguien huele una necesidad en la gente, ¡y se forra! Sin escrúpulos. 

 Paulina ya no quiso saber nada más y me dejó allí, para que hiciera el camino a casa solo, y abandonado. La miré partir y antes de que saliera de mi campo de visión, grité: ¡pero mañana es martes y mañana nada te salva!, ¡yo he cumplido con mi parte! 

3

El martes Paulina no se apareció por mi casa. No llamó, ni contestó las llamadas que yo desesperadamente le hice. Había cumplido mi parte y era tiempo de que ella cumpliera la suya. Tuve que soportar las clases de budismo, a pesar de que le advertí que yo pasaba de esas cosas. Tuve que meterme allí, sentarme con las piernas cruzadas y cerrar los ojos. Así que ahora me importaba poco si a ella le placía o no hacerlo, ¡lo tenía que hacer conmigo! La había esperado. Había hecho al pie de la letra todo lo que propuso, y no se iba librar así de fácil. Se cree que porque es mujer, pensé. Se cree que tiene derecho, pensé. Sobre todo, pensé, cree que me tiene comiendo de su mano. Pero si no viene hoy se puede ir a la mierda. No estaré sufriendo por sexo con mi novia. Si no fuese mi novia, otra cosa sería, pero es mi novia, Dios. 

 Aquel martes no vino. No se comunicó conmigo. Desapareció de la faz de la Tierra, y el miércoles, a las cuatro de la tarde, regresó del infierno para decirme que por favor, la recogiese en el metro para ir al centro budista. No, le dije tajante, no pienso pisar ese centro una vez más en toda mi puta vida. Si eso es lo que quieres, dijo, ¡olvídate del trato! No, dije, ¡olvídate tú del trato, y olvídate de todo! ¿Y eso que significa?, preguntó fingiendo serenidad. Pues significa lo que significa, dije. Colgó el teléfono bruscamente y no volvió a llamar sino hasta el viernes, y para lo mismo. Deseaba que yo la acompañase, y esta vez, dijo que si lo hacía, sería justamente recompensado el sábado, o el mismo viernes saliendo, si yo lo deseaba. Me lo pensé dos veces. Por un lado no quería ceder porque ceder era entregar el control de mi vida a las manos de esa mujer, y por otro, me moría por follar a Paulina. O a quien sea. Y Paulina era en ese momento lo más cercano a un polvo que yo tenía.  A pesar de todo, un polvo es un polvo, me dije, y le dije que sí, que pasaría por ella al metro para ir al Templo budista. 

 Mira, sólo te advierto una cosa, me dijo Paulina antes de entrar a la casona: si estás aquí, es porque quieres estar aquí, nadie te ha obligado así que pon de tu parte y no te quejes. Reí y contesté que no había nada más alejado de la verdad. Yo estaba siendo obligado, por medio de una manipulación sexual, a asistir a esta mierda. Y dije que además de ser obligado, era traicionado porque el martes y el jueves… Ya, dijo, no empieces o aquí mismo dejamos la cosa. ¿Qué?, exclamé lleno de coraje. Ya era suficiente. 

 Encendí un cigarrillo justo a la entrada del templo. ¡Qué haces!, dijo, tira eso, aquí no es bien visto fumar, aquí la gente se interesa por su salud. Además apestarás a tabaco y todos te olerán allá dentro, será incómodo, ¿qué no piensas o qué? Lo dijo hastiada. No contesté. ¿No me has oído o qué?, dijo Paulina insistiendo que tirara el condenado cigarrillo. Te he oído perfectamente, respondí. ¿Entonces?, preguntó extrañada. Entonces, dije, pues entonces que no me da la gana tirar mi puto cigarrillo. Es mi cigarrillo y es mi salud y me importa un pito si a esos come mierda no les parece mi actitud o mi vicio. 

 Paulina me tomó del brazo, me alejó, y dijo que teníamos que hablar, que no era justo, y que mi actitud era la actitud, justo la actitud de un patán, y la actitud que más odia en un hombre. Y tú actitud, dije, es la que más odio en una mujer. Me dio la espalda y preguntó si había terminado con el cigarrillo. Ya dije, no he terminado. Cruzó los brazos y zapateó, justo como he mirado hacer a tantas mujeres, y siempre que lo hacen es porque el final está cerca. 

 Acabé con el cigarrillo, aventé la colilla al suelo y la pisé. Bueno dijo ella, no perdamos más tiempo, anda, que ya han empezado. Que empiecen sin mí, dije. ¿Cómo?, preguntó como si no lo hubiese escuchado claramente. Que empiecen sin mí, repetí, no pienso entrar. Paulina bufó y preguntó si yo estaba seguro. Lo hizo en tono de amenaza. Más seguro que nunca en mi vida, dije. ¿Seguro?, insistió, porque si no entras ahí… Puedes guardarte el coño, dije, ya no me interesa. Así que todo esto es por eso, dijo sorprendida, como acabándolo de descubrir. No dije, todo esto es por tu poco seso. Porque fue idea tuya manejar nuestra intimidad como si se tratase de un premio, de un hueso para un perro, de un pesar para ti. Como si yo fuese el único que la goza. Pero sabes qué, grité: ¡no me haces un favor, zorra! Paulina quedó impactada. Llevábamos dos meses de relación y nunca le había gritado. Quiero decir, no enserio. ¿Cómo?, dijo impactada. Lo que escuchaste, le dije alzando la voz, que no me haces ningún favor haciéndolo conmigo. El sexo es cosa de dos y la verdad, no eres la única mujer en este puto mundo. Ya me cansé de mendigarte un poquito de himeneo. ¿De qué?, preguntó. De sexo, coño, de sexo, repetí exaltado. Paulina no se lo podía creer. Su manso se estaba revelando. Ya era tiempo de arreglar las cosas. Ya le había pasado suficiente. Ya no iba a soportarlo. ¡Pues si eso es lo que quieres!, gritó indignada y se metió a sus clases de meditación. Y yo, me vi libre. 

Sin embargo lo que uno quiere no siempre es libertad. Encendí otro cigarrillo y me senté en una banca a fumarlo y a pensar. Extraño el coño de Paulina, pensé. Y ya no estaba lejos, sólo era cosa de dos horas, de entrar a ese condenado centro y esperar. Ella misma dijo que yo sería justamente recompensado. No sé me dije, quizá hice mal en gritarle todas esas cosa. Qué va, me consolé, hiciste bien. Que se lo sepa de una vez. Con esa actitud no llegará lejos. Nadie va a soportarlo. Se piensa una buena persona pero las buenas personas no controlan a otras por medio del sexo. Seguro, ¡que se joda!

 Estuve pensando mucho tiempo. El tiempo suficiente para que Paulina saliera del budismo y se plantara frente a mí, arrepentida. ¡Sigues aquí!, qué bueno. Alcé la mirada y la vi, parada, con las manos juntas por delante. Y noté que estaba arrepentida. Lo siento, dijo, estuve… meditándolo (risas) y creo que tienes un poco de razón (las mujeres nunca dan la razón completa, siempre tenemos sólo un poco de razón) no debí portarme de ese modo. Ya dije, pues lo siento yo, pero es demasiado tarde. Tú sexo ya no me interesa. Lo sé dijo, es suficiente con la vez que lo gritaste, no tienes que repetirlo. De todos modos quería decirte que si cambias de opinión… quisiera ir a… ya sabes. No, dije indagando, no quiero nada de eso contigo. Paulina me tomó de la mano y me jaló para que me levantase. Luego cruzó su mano por mi cintura y pidió que la acompañara a dar un paseo. 

 En dicho paseo trató de seducirme. Sí, la misma mujer que hacía ver el sexo como un sacrificio, trataba de seducirme con palabras tiernas, con proposiciones indecorosas, con promesas de placer y con lengüetazos en el cuello. Me hice el duro todo lo que pude pero al final cedí. Qué más da, me dije, no serás ahora tú el que empiece con el cuento: cuando yo quiero tú no quieres y viceversa, porque, me dije, esos son cuentos mujeriles, ¡yo siempre quiero!, ¿por qué negarlo? Vale dije, vayamos a hacerlo, pero conste que ¡no me haces un favor! Paulina sonrió y dijo: no, ¡el favor me lo haces tú! Vale, dije, nos hacemos el favor, total. Estuvo de acuerdo, nos hacemos el favor. Pero tampoco dije, no es ningún favor, la verdad que no me cuesta en lo absoluto. A mí tampoco, confesó Paulina más animada, la verdad que a mí tampoco. 




19 comentarios:

  1. Doctora Conflictiva30 de agosto de 2011, 21:50

    ahhhh!! me gusto mucho, esa paulina, que hija de puta!

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  2. Funinculí Funinculá30 de agosto de 2011, 21:53

    jajajajajaja diablos ese texto es la mas de las veces circunstancia verdadera, mas de lo que creemos... que ganas de complicarse las cosas... ah esta gente cada dìa esta mas reloca.

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  3. M GUSTAN ESOS COMENTARIOS Q QUEDEN SOLO PARA MI MALDITA SEA

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  4. Así somos de inconsecuentes, alocados e inseguros. Siempre creando oposición. Tu texto es bueno. Gracias .

    Saludos

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  5. Este es un estilo tremendo...gracias

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  6. jaja me encantò esto :

    Ellas en cambio, continué pensando, hablan el idioma de la hipocresía. Mienten siempre, a todo mundo pero sobre todo, se mienten a ellas mismas. Viven en una burbuja de irrealidad. De vanidad y de glamur, cuando las pobres no tienen vanidad ni glamur. Lo único que tienen es miedo y necesidad.

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  7. Citlalli Palacios Garza1 de septiembre de 2011, 15:42

    Me sorprende vuestra paciencia, por el momento no hay nada más que decir, jajajajajaja!!!!!!

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  8. es verdad que la gran mayoría de las mujeres somos soñadoras,pero no todas somos manipuladoras como Paulina;el sexo es cosa de 2 y por lo mismo ambos deben poner de su parte para que el encuentro sea grato y placentero,así como a los hombres les gusta sólo pensar en el sexo como algo que se da en el momento que se pide,a la gran mayoría de mujeres nos gusta algo de delicadeza y ternura antes de entregarnos por completo al disfrute,en conclusión....Yo creó que si el hombre da más ternura y delicadeza desde el inició y la mujer pone más pasión y entrega(sin tapujos,complejos o prejuicios),las relaciones serían más satisfactorias,y nos evitaríamos de juegos estupidos como la manipulación o el trueque sexual(si tu haces esto yo te doy lo otro)me encantó la historia aunque me dió una pena terrible el hombre por lo feo que lo manipulan(ya hasta yo me estaba poniendo neuras por la hipócrita de Paulina)......Saludos a todos

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  9. Auch....me clave tanto...pero no pude terminarlo...ahora que vuelva

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  10. Ha de ser una de esas tías que saben la adicción que causan con su coño, vaya que sería más fácil ir por una puta de $ 160.00 pero por algo te quedas esperando, Lo bueno que con esa actitud no duran para siempre, depende de que tan hijoe puta se mantenga uno. Saludos Petrozza Buen texto.

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  11. Pinches hijos de....jajajaja........tiene algo de cierto...pero ....mejor terminare de leerlo!!!

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  12. mmmm es mejor no hacer nada.......

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  13. Hacia tiempo que no disfrutaba de una narrativa tan buena...Cuentos geniales y originales. Saludos desde mi abmiracion.

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  14. Sóis la polla. El texto es irreprochable, dentro de su género. Este gilipollas cuando se pone delante del ordenador sabe lo que hace, no os dáis cuenta del control del ritmo, caguendios??? El bastardo nos da lecciones a todos. Ala!!

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  15. Complejo el temita. Conozco MUCHOS casos como el del relato. ¿Causa de que esto ocurra?. Creo, por lo que sé, que suele ser cuestión de excitación, de falta de excitación de la mujer, y eso es parte del saber hacer del hombre. Creo.

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  16. lo voy a repetir es la reencarnación mexicana de henry miller como sabe escribir sobre el sexo y analizar las mujeres y las relaciones. desde el llano cotidiano (desde bu¡car en lo cotidiano y simple la profundidad de la existencia y los conflictos que les suceden a los hombres) . una frase me quedo tecleando "uno no siempre quiere la liinbertad" excelente gustosos a la vista

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  17. Después de leer el texto me quedé pensando igual que cuando juegas solo al ajedrez y tratas de engañarte a ti mismo con una jugada que no esperas. ¿y qué si la quiere solo por el sexo? podría ser. Con frecuencia escucho a mis amigas comentar lo mismo sin ningún rubor y como signo de evolución femenina y social. Vivimos un tiempo de consumismo descarnado ¿por qué no consumirnos entre nosotros y descartar a aquellos que no funcionan?. Lo que no entiendo es por qué Paulina sigue utilizando las mismas frases de hace 20 años. Dicho esto -que en modo alguno es una crítica ya que el texto me ha gustado porque es diáfano y sencillo- espero que alguien arroje más luz sobre estas posturas.

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