miércoles, 24 de agosto de 2011

Mario Alberto.



Los gatos son vanidosos, dice Mario Alberto mientras yo ordeno una ronda más de Whisky en las rocas. Son como uno, dice Mario Alberto, no se dejan dominar, quieren su espacio. Sí, digo sin dar importancia al asunto y cojo un puñado de cacahuetes españoles, que están en una bandeja sobre la mesa. La mesa está en la cantina, y en la cantina estamos Mario Alberto y yo, y hablamos de gatos. Es sorprendente todo lo que se puede decir sobre gatos. Mejor dicho: todo lo que Mario Alberto puede decir sobre gatos. Sobre cualquier cosa. No necesita conocer de gatos para darte una cátedra. Es de los que confunden suponer con saber. Sería capaz de apostarse el todo por el todo con base en un juicio suyo; un juicio con base en la nada. O con base en su imaginación, en sus prejuicios y en sus falaces inferencias. 

 Mi abuela tenía un gato y era cosa seria, dice Mario Alberto, jamás se dejó atrapar. Andaba por la casa y todo, pero uno no podía acariciarlo. ¿De verdad?, pregunto sin verdadero ánimo. De verdad, dice Mario Alberto como si le ofendiera que yo dudase; me lo juró más de una vez. Palabra, decía, jamás nadie logró tocar al gato. Tomé el vaso con whisky recién traído por el mesero y me eché un buen trago. Mario Alberto continuó: en cambio mi tía, ella tenía un gato muy bonito, si no mal recuerdo se llamaba Camila; era una gata. Qué gata más bonita. Podía pasarse todo el día encima de las piernas de mi tía y se dejaba tocar el lomo, la cabeza, la cola. Era una gata noble. Miro a Mario Alberto directo a los ojos, tratando de hacerle llegar el mensaje de mi aburrimiento. Pero Mario Alberto no es de los que entiende esas cosas. A un gato debes tratarlo como tal, dice, he mirado personas tratar a gatos como a perros. Los gatos son libres, no puedes tenerlos en casa todo el tiempo, es su instinto. Ni siquiera tienes que alimentarlo si no quieres, son cazadores natos. 

 Al tiempo que Mario Alberto decía todo eso yo pensaba en él. Pensaba: Mario Alberto es la clase de persona que dice muchas cosas pero ninguna de ellas importante.  Puede hablar durante más de veinte minutos, sin decir nada útil. Todo el tiempo tiene opiniones, sobre todas las cosas, pero ninguna es acertada. Lo que sucede es que mi abuela era una mala persona, por eso su gato nunca se dejó tocar. Los gatos saben esas cosas. Son capaces de mirar el alma de las personas. Hace juicios de las personas sin conocerlas, y se vanagloria de saber escuchar, pero nunca escucha un carajo. Un amigo tenía un gato, uno de esos gatos… siamés, sí, de esa raza. Era un gato imponente. Daba pavor verlo caminar, gallardo, por toda la sala. Se trepaba al respaldo de los sillones. Siempre a lugares altos. Pensabas que se te echaría encima. Sin embargo era un gato muy tranquilo, jamás hirió a nadie. Con excepción del cuñado, aunque a decir verdad, tampoco lo hirió nunca. Mario Alberto lleva una vida sencilla, simple, y, siendo sinceros: mediocre. Cada que el cuñado iba a casa de mi amigo, el siamés enfurecía. Se le plantaba delante, lo miraba a la cara y estiraba el lomo. El pelo se le erizaba. A veces se ponía en posición de ataque. No tiene más ambición que la de encontrar un buen plato de sopa y un trozo de carne todos los días al volver del trabajo. Para ello estudió la carrera de Administración de empresas, y ha logrado su sueño. Mi amigo debía calmarlo, pero era complicado, ya te dije, los gatos no se dejan dominar. Lo mejor era que el cuñado saliera de casa. A cada visita lo mismo. Tenían que ir a por un café, a una cafetería. No había modo de calmar al gato. Todos los días al llegar a casa, María, su mujer, le tiene en la mesa un plato de sopa y un trozo de carne, que se embucha con todo el orgullo de un imbécil. Lo hace sonriendo y contando a su mujer un montón de cosas sobre el curro. Mi amigo, hermano de la esposa del cuñado, estaba apenadísimo con él y con su hermana. Era desagradable no poder recibirlos en casa por culpa del felino. Así que decidió deshacerse del gato. María lo escucha con ánimo, pues ella es tan banal como su marido, y tan mediocre. El sueño de María es formar un hogar con tres hijos y tener una casa con jardín. Eso es todo a lo que aspira. Lo dejó salir pero por supuesto, volvió. Lo echó al maletero del coche y condujo varios kilómetros hasta llegar a un gran parque y allí lo bajó. Una vez que el gato se distrajo subió al coche y arrancó. Ni ella ni Mario Alberto se han pregunta jamás el motivo de su existencia, el sentido de la humanidad, el futuro de la Tierra, sobre la relatividad del tiempo, el deseo de la muerte, el azar. Estuvo tranquilo por más de una semana. Creyó que se había librado del asunto y mandó llamar a su cuñado y a su hermana. Limitan su vida a los discursos del televisor, y a las charlas con amigos, que son del mismo tipo; que creen con toda  su fe lo que han visto en esa caja. Sin embargo, dos días antes de la cena que preparó para sus invitados, escuchó un ruido en la cocina. Como el que solía hacer el siamés al regreso de sus paseos. Corrió a mirar con la esperanza de que todo fuese su imaginación. No fue su imaginación. El maldito gato estaba sentado en medio de la pieza. Venía despeinado y maltratado pero estaba allí. De vuelta. En casa. Son personas hechas a molde. Por supuesto, ellos no lo saben. Mario Alberto piensa que es muy original porque sólo a él se la ocurrido colocar una calcomanía de su grupo favorito (que es ABBA) en la tapa del tanque de gasolina de su auto subcompacto. Mi amigo llamó para cancelar la cita en su casa y cambiarla a un restaurante. Piensa que es inteligente, por encima del promedio, porque ha logrado robar la señal de TV de paga. Se piensa inteligente y práctico porque suele encontrar atajos para librar el tránsito, y para librar semáforos complicados usando vías alternas. La hermana le reclamó muchísimo. Dijo que no podía creer que de verdad intentara alejar al gato. Pensó que mi amigo mentía, que había contado aquella historia para justificar su sensiblería. El cuñado no decía nada. No le daba importancia. De hecho, prefería no hablar del gato y disfrutar de la velada. Su deporte favorito, claro, es el soccer. No se pierde un encuentro de soccer. Así pasaron varios meses. Se acostumbraron a citarse en cafés y restaurantes, hasta que un buen día mi amigo se enteró de la verdad del cuñado. En la oficina tiene un pequeño televisor en el cual mira los partidos que ocurren durante las horas de trabajo, con sus colegas. Esto le ha granjeado la aceptación del grupo, y una popularidad de la que se pavonea toda la temporada de condenado futbol. Y ni qué decir del Mundial. Resulta que se armó el escándalo familiar porque se enteraron que el cuñado pegaba a su mujer. Depende de estas pequeñas muestras de afecto, al grado de invitar a un compañero el trago con tal de ser escuchado. Y aquí es donde entro yo. 

 Por eso el gato no lo quería, ¿cierto?, digo dando un trago a mi bebida y Mario Alberto asiente con expresión de asombro. No dice nada. Mueve la cabeza lentamente de arriba abajo y abre los ojos y la boca como si con ello la cosa fuese más asombrosa. O como si fuese asombrosa. De ese día en adelante el gato se ganó la confianza y el cariño de toda la familia, dice Mario Alberto, lo trataban como se trató alguna vez a los gatos en Egipto. Ya, digo yo tomando otro puñado de cacahuetes. 

2

Conocí a Mario Alberto en la cantina Jalisciense del centro de Tlalpan. Yo estaba a una mesa, y él a otra, esperando a un par de amigos. Yo estaba solo. Mario Alberto se ordenó una cerveza mientras esperaba. En algún momento miró su reloj, se levantó, y me pidió a mí, que era el tío más cercano, si podía echar un ojo a su saco, que colgaba del respaldo de la silla, mientras él iba a echar un ojo a ver si miraba llegar a sus colegas. Le dije que sí. Mario Alberto salió y regresó echando pestes. Se quejó conmigo de la impuntualidad de esos tíos y ya no me soltó. Preguntó si podía sentarse conmigo. Acepté. 

 Los primeros minutos los pasamos en silencio. Dábamos tragos a nuestra birra y mirábamos a todos lados, sin mirarnos entre nosotros. Yo no sabía exactamente qué hacer y Mario Alberto tampoco. Supongo que él se olió mi misantropía y mi gusto por el silencio y la soledad. Probablemente pensó que fue en error sentarse conmigo. Pero luego comenzó a hablar. Frases cortas primero, lanzadas sin mucho ánimo, a las que yo respondía con movimientos de cabeza. Pero después comenzó a hablar de sus zapatos. Dijo que él sabe dónde comprar buenos zapatos a buenos precios. Ya, decía yo escuchando sin dar importancia. Estos, por ejemplo, dijo, son muy flexibles, no como otros que son duros como una roca. ¿Cuánto crees que pagué por ellos? La pregunta me cayó de golpe, no estaba prestando demasiada atención y tuve que hacer un esfuerzo por reconstruir en mi cabeza el monólogo de Mario Alberto. Finalmente contesté, frunciendo los labios y alzando los hombros: no lo sé, ¿cuánto? Vamos, insistió Mario Alberto más animado, vamos, di una cifra, ¿cuánto crees que pagué por este par si te estoy diciendo que yo sé dónde comprar? Carajo dije, no lo sé, unos… ¿quinientos pavos? Era un par de zapatos finos, de gamuza o algo, cafés, y a la distancia sabías que eran finos. Nada de eso dijo Mario Alberto orgulloso, he pagado menos. Dios dije, qué cabrón. Adivina, ¿cuánto crees? Yo no deseaba adivinarlo, me importaba un bledo. Pero Mario Alberto insistió. ¿Cuatrocientos pavos?, dije sin interés. ¡Casi!, exclamó él, pero en realidad me costaron trescientos cuarenta, ¡lo puedes creer! Trescientos cuarenta por este par, y tengo otros, de piel, negros, que cogí por el mismo precio. Ya, dije sonriendo y Mario Alberto sonrió también, presumido. Ambos dimos un trago a la birra al mismo tiempo. 

 A los pocos minutos llegaron los compadres de Mario Alberto. Cuando lo hicieron él estaba conmigo, así que los sentó a todos en mi mesa ¡el muy mamarracho!, y me presentó como a un amigo. Mario Alberto solía considerar a las personas como amigos por el mínimo motivo. Se jactaba de tener muchos amigos. La verdad es que no tenía ni uno. Ni uno de verdad, quiero decir; todos era compañeros de trabajo. Si él cambiara de trabajo, los perdería a todos. Esos no son amigos. 

 Eran cinco tíos. Todos vestidos del mismo modo que Mario Alberto: traje sastre oscuro. Incluso me pareció que un par de ellos vestía exactamente el mismo traje. Y todos reían por todo. Sin ningún motivo o sentido digno de la hilaridad. Venían extasiados. Bueno me dije, después de una semana de trabajo es normal que ahora vengan extasiados. Sin embargo yo no estaba extasiado después de una vida de letargo. Me levanté de la mesa y me despedí. Ninguno me detuvo, yo no era como ellos y ellos lo sabían. Excepto Mario Alberto, que luego de insistir un par de veces en que los acompañara, me dejó ir. Me estrechó la mano y me abrazó. Ya dije, diviértete. Y me largué al bar de la calle de al lado. 

 El siguiente viernes regresé a la Jalisciense y para mi sorpresa allí estaba Mario Alberto con un par de tíos de la oficina. Me miró entrar y me saludó. Me hizo sentarme a su mesa. Le saludé con desgana y me ordené un whisky en las rocas. Mario Alberto dijo que a él también se le antojó un whisky en las rocas, y que nomás se acabara su cerveza, lo pediría. Sus colegas propusieron comprar una botella entre todos los presentes. Yo me excusé so pretexto de no contar con demasiado tiempo. Mario Alberto dijo que no fuera un aguado,  que me quedara con ellos a beber al menos esa botella. Entonces me excusé con falta de dinero y Mario Alberto dijo que no me preocupara, que esta vez él pagaría mi parte. Bueno pensé, así la cosa cambia. Brindé con ellos a salud de ese whisky en las rocas que esperábamos con ansias. Primero debían terminar con su ronda de cervezas. 

 En algún momento de la velada se les subieron las copas a la cabeza. Comenzaron a quejarse de sus lastimeras vidas, más o menos como lo hacen los tíos mala copa. Se quejaron de sus mujeres. De sus jefes en el curro. De sus curros. Primero comenzó un moreno de estatura baja. Seguido inmediatamente por otro de ellos, y aunque los tres restantes se resistían a caer, finalmente cayeron. No podían ocultarlo más: eran infelices. Hacían todo de mala gana. Esa era la verdad. Vivían en un mundo falsamente feliz

 Mario Alberto por su parte se quejó de su hábito de beber. Lo hizo a manera de confesión. De los cinco no se hace uno, pensé, no pueden ni con una botella estos pelaos. Mario Alberto confesó que alguna vez en la adolescencia fue alcohólico. Yo no sé muy bien a qué se refiere la gente cuando dice que fue alcohólica. Dijo que al grado de asistir a la A. A. Dijo que después dejó el trago formó un hogar y ahora… Ahora tiene miedo de ser alcohólico otra vez. Y luego comenzó a aconsejarme. Cosa que detesto con toda mi alma. Que alguien se atreva a darme consejos. Es de mal gusto dar consejos. Me advirtió tener cuidado, dijo que había notado mi manera de beber y que era la manera de un tío que debe tener cuidado (no se atrevió a llamarme alcohólico de frente pero estoy seguro que lo pensaba). Uno de los colegas de Mario Alberto afirmó el juicio de su amigo diciendo que él también llegó a tener problemas con el alcohol. Ahora sólo se permitía beber una copa o dos. Eso dijo pero había bebido más de cuatro copas. O sea que estos cabronazos eran unos abstemios que se permitían beber de vez en cuando. Como la mayoría de borrachos que he conocido. Te cuentan lo terrible que es pegarle al trago, lo peligroso que es, lo malsano que es, todo, mientras se beben una copa contigo. Y te amargan el trago. Mario Alberto estaba amargándome el trago. Dijo que lo él prefería ser abstemio, que si por él fuera no tocaría la bebida. A lo que respondí que más vale ser un buen borracho que un mal abstemio, y todos se cagaron de la risa. Dije que yo prefería ser un borracho contento, y no un abstemio reprimido como Mario Alberto. Y todos brindaron a salud del buen momento. Y se olvidaron del asunto. Ninguno dijo nada más al respecto. 

3

Me hice amigo de Mario Alberto después de aquella botella de whisky. Me platicó toda su vida en una noche (la verdad que fue demasiado para contar una vida sencilla: curro mujer y cerveza) y comenzó a buscarme con regularidad. Me marcaba los jueves para ir a beber, y como ya sabía de mi parquedad de pasta, las más de las veces él corría con los gastos. Y yo comencé a tomarle gusto a sus charlas. De alguna manera me parecía interesante la manera de ver el mundo de Mario Alberto, y de cómo podía platicarte durante horas, la mínima trivialidad. 

 Le escuchaba contarme de cómo su mujer se cabrea porque él tiene la manía (su mujer dice que es una manía) de dejar las pantuflas sobre la cama. Yo tampoco lo entiendo, le dije, ¿las pantuflas sobre la cama? Dijo que así las tenía más a la mano. Y es cierto dije, sólo que… las pantuflas van en los pies, tío. Sí dijo, pero las cojo primero con las manos. Tiene sentido dije, tiene sentido.   

 La mente de Mario Alberto era como un libro abierto. Podías controlar todas sus emociones a placer. Por ejemplo, si deseaba hacerlo cabrear sólo tenías que decir algo en contra de su equipo favorito de soccer. Si deseabas ponerlo alegre, bastaba con lo contrario. Si deseabas alterar sus nervios podías hacerlo hablando de Dios y del destino. Esos temas le inquietaban y prefería no pensar en ellos. Los evitaba a toda costa. Sus frases al respecto eran siempre las mismas: “hay cosas que jamás entenderemos”. “Yo sí creo en Dios, tanta perfección no puede venir de la nada”. Y chorradas de esas que escuchó en algún sitio aunque nunca las comprendió, y ahora las repite como loro. Si lo querías aburrir bastaba con hablar de literatura, o de cualquier arte. Si lo querías emocionar, hablar de coches. Pero si querías interesarlo de verdad la cosa era hablar de prestaciones superiores a la ley, seguros de vida, afores y puntos del Infonavit. Cuestiones en las que se consideraba un experto. Yo hago valer mis derechos, decía lleno de furia. Y también tenía sus contradicciones. Decía amar a su mujer, amar su trabajo y amar a Dios. Sin embargo, pasaba mucho tiempo en las cantinas, hablando de otras mujeres, y a Dios lo mencionaba únicamente como medio de obtener ciertos beneficios que no podía procurarse por sí mismo. Como un aumento de sueldo ipso facto, pues a decir verdad, decía, ya no estoy a gusto con la empresa para la que trabajo. De mujeres sus preferidas eran las rubias tetonas, o las morenas tetonas, como Sabrina o Ninel Conde. Podía hablar de estas mujeres como si tratase de diosas, o como si valieran lo que cuestan. Por mi parte le decía, sólo para hacerlo cabrear (aunque lo creía realmente), que esas putas no valían un centavo. Que valía más un libro de Goethe prestado por diez minutos, que toda una vida con un trozo de carne como Ninel, que debe ser una retrasada mental y una interesada de mierda. Mario Alberto se ponía rojo de coraje y decía que Ninel era el amor platónico de su vida. No decía platónico, esa palabra no la conocía, pero eso era Ninel para Mario Alberto. Podía discutir durante horas todas las virtudes de esa tal Ninel. Yo solo miraba dos. Ya se sabe cuáles. 

 A pesar de todo Mario Alberto comenzó a interesarme. Incluso como objeto de estudio, pensé sonriendo, pues estudiarlo a él significa estudiar al común denominador de la humanidad. El grueso de la población en un solo hombre. 




5 comentarios:

  1. Muy acertado Petrozza. Una muestra de lo que son las masas, confunden inteligencia con astucia, sabiduría con experiencias...etcétera. Aún alcoholizado es difícil soportar a los Mario Alberto, Marías y ...

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  2. Por cierto...La vida no tiene sentido, sino que uno se la otorga...pero filosóficamente, nosotros que podemos disfrutar de los placeres que residen en el entendimiento...¿Cuál será el sentido de la vida misma? Saludos!

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  3. ¡Cuántos Marios Albertos han jalonado con su presencia nuestras experiencias de vida!

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  4. A Mario Alberto le pasá como a la mayoría de la gente que se aburré con su vida,habla siempre de las mismas cosas y no transmite nada!!!....Buen texto,aunque el observador y confidente de Mario Alberto tampoco aportabá nada interesante en sus reuniones(sólo sus pensamientos de superioridad,jajaja).....Saludos a todos

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  5. egenial me hiciste acordar un pariete ueque da catedra por supuestos. de hecho como decis al final lo tome como objeto de oestudio ye hice u libro. pareciera que describis al porteño tipico edesde mexico. a demas me encatan los gatos jajajja gracias por comprtir

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