lunes, 22 de agosto de 2011

Las aventuras de Tracy McVille: Follando al soldado Marian.


Te recomendamos leer: El vago de la Fuerza Armada.

La historia se sitúa durante la Segunda guerra mundial, más o menos por el año de 1943. Sin embargo la historia no va sobre la guerra propiamente, no es una historia verídica (aunque bien podría serlo, como todas las historias de Tracy MacVille) y no tienes porque creerla. 

 La cosa va sobre Marian, un judío homosexual que logra infiltrarse en el ejército alemán y es fusilado por el teniente de su pelotón. Por supuesto, es infiltrado bajo un nombre falso y documentación falsa. Es aceptado (aceptado quiere decir forzado) en el ejército ya que en aquel entonces los rusos, pero sobre todo los gringos, superan en número a las fuerzas alemanas, y algo hay que hacer, y lo que se hace es enviar a la guerra a todo aquel que sea apto para guerrear. Marian tiene veintisiete años, dos brazos y dos piernas, lo que equivale a decir que es perfecto para la guerra. Marian no desea ir a la guerra. Debe decidir entre morir en la guerra (con el óbolo de esperanza) o morir en un campo de concentración Nazi. Poniendo las cosas así, cualquiera amaría ir a la guerra.

 Existen dos razones de peso que convierten a Marian en un ser despreciable, dice Tracy, que me cuenta la historia en su casa abandonada, al calor de unas buenas cervezas. A saber: uno, que es judío, y dos, que es homosexual. Cuando finalmente se descubre la verdad sobre Marian se opta por el fusilamiento. A un hombre sólo se le puede fusilar una vez, dice Tracy, así que hay que elegir correctamente, entre fusilamiento por sangre judía, o fusilamiento por homosexualidad. Carajo digo, los alemanes se toman las cosas muy enserio. Pues claro, dice Tracy, de no ser así no habrían llegado tan lejos. Le doy toda la razón y continúa: 

 Comenzamos a sospechar de la homosexualidad de Marian porque solía rehusarse a hacer uso de los servicios de prostitución del ejército. Filas tremendas de soldados se hacían para acceder a este servicio. Filas como serpientes ávidas de arrojar el veneno. De hincar los dientes en un buen trozo de carne. Algunos soldados lograban obtener posiciones ventajosas en estas filas a cambio de cigarrillos y comida, sistema que emprendió Marian para forrarse. Se enriqueció de cigarrillos y comida cediendo su lugar (misteriosamente un lugar siempre privilegiado) a cambio de provisiones. Las prostitutas, las más de las veces, no podían recibirlos a todos y algunos, generalmente los últimos en la fila, no lograban mojar la salchicha. Esto podía significar no hacerlo durante meses, años incluso con un poco de mala suerte. El servicio era insuficiente.

 Mis camaradas Frederick y Mutis, y yo, dice Tracy, pelamos patatas (nos tocó el turno de las patatas, que a decir verdad era uno de los mejores turnos. Lejos del frente y en la tranquilidad de las barracas) cuando discutimos el caso de Marian. Ese Marian es dueño de la mitad de los cigarrillos de toda la Alemania, dice Frederick al tiempo que pela una patata particularmente difícil de pelar. Mutis lo reprende porque lo hace mal. Se lleva gran parte de la pulpa al pelar. Si continuas así no comeremos nada, dice. ¿A quién importa?, se defiende Frederick, las patatas son para los novicios, nosotros comeremos alubias. ¡Alubias con patatas, imbécil!, le reclama Mutis y tiene razón. Marian, dice Tracy, a ese sí que no debe importar, lleva el saco lleno de tabacos y de latas de conserva. Mutis sonríe y agrega que también debe estar lleno de vodka. Acto seguido coge una patata y muestra a Frederick cómo pelar al ras. No sé, dice Frederick, me parece que has dejado demasiada piel. Es verdad, Mutis apenas pela el tubérculo.  Más vale así, dice Mutis. Por mi parte pelo las patatas estupendamente, dice Tracy. Yo (Martin Petrozza) rio al escuchar aquella presunción infantil en el relato del vago. Continúa: ¿Cómo es que Marian se ha enriquecido en medio de este infierno?, pregunta Frederick interesado. Mutis explica cómo lo ha logrado. Frederick mira al horizonte y exclama que de ser así prefiere vivir en la pobreza.  Mutis y yo reímos y estamos de acuerdo. Yo también estoy de acuerdo, interrumpo a Tracy y él ríe, y yo rio, y damos un largo trago de birra al mismo tiempo. 

 Un tío, un tal Gombrich, que pela patatas junto a Tracy y sus camaradas (y junto a una decena de soldados más), no pudiendo evitar escuchar la conversación se une a ella opinando que la actividad de Marian le parece muy pero que muy sospechosa. No sólo de pan vive el hombre, cita la Biblia y todos ríen. Incluso ríe otro soldado, cuyo nombre ha olvidado Tracy, que piensa en voz alta que ningún hombre (enfatiza la palabra hombre) sería capaz de aguantar tanto. Mutis dice que eso es verdad, que él mismo ha escuchado historias de soldados encuartelados, en tiempo de paz, que compran a camaradas con permiso gallinas para… ya saben para qué, dice. No hay quien aguante sin echar patadas. Frederick, cagado de la risa dice a Mutis: vamos, ¿qué quieres decir con eso de yo mismo he escuchado?, ¿vas a salir con el viejo cuento del primo de un amigo? Mutis no se cabrea. Alza los hombros y dice: es lo que yo he escuchado decir, ve tú a saber si es verdad. El caso es que ese Marian me parece muy sospechoso, repite Gombrich. Nadie dice nada. Nadie se atreve a formular un juicio. Todos callan y continúan con las patatas. 

 Al menos Marian no tendrá que preocuparse por la ineptitud de Frederick, rompe el silencio Tracy al ver que Frederick no deja de llevarse gran parte de la patata al pelar. Gombrich, el soldado sin nombre y otros más miran el montón de patatas a los pies de Frederick, que deja canicas de patatas,  y le reclaman a gritos. Frederick para en seco la tarea y dice que si no les gusta ya pueden pelar ellos mismos el resto. Ya se encargará él de enriquecerse como Marian. Mutis ríe secamente y le reta a intentarlo. Si quiera una sola vez. Ya verás si no, dice Frederick encolerizado y recomienza la tarea. Coge una pata y la pela aprisa, mal, cómo a él  da la gana. 

2

El teniente Katsinsky ha logrado un permiso de servicio para sus muchachos. Ha sido un servicio particularmente tardío. Las prostitutas llegan en coche a las barracas. Las cabañas se han instalado ya y los soldados comienzan a hacer filas. Cinco mujeres para ciento cincuenta hombres. Siete minutos por hombre. De este modo las chicas deben recibir treinta polvos cada una en mil cincuenta minutos. Doscientos diez minutos por chica. Casi cuatro horas de servicio. Pero la cosa no para ahí. Luego deben tomar un baño y recibir por media hora a los altos rangos. Cada soldado tiene derecho a una sola relación vaginal. El sexo anal y el sexo oral están vetados. 

 Hemos pasado tanto tiempo sin hacerlo, y estamos tan extasiados, dice Tracy, que siete minutos a veces es demasiado. Los hay que se corren en tres, en cuatro. Esto permite que algunos soldados listillos (arriesgando el pellejo) repitan el plato. Todo está cronometrado. Sin embargo ocurre en muchas ocasiones que las chicas no pueden más. La vagina se irrita y se cierra. Cuando esto pasa algunos hombres quedan fuera. El soldado no tiene derecho a reclamar. Las prostitutas son un servicio, un regalo del ejército, y no una obligación. En la guerra una prostituta barata tiene más derechos que todos los soldados de un pelotón, exclama Tracy escupiendo un enorme gargajo. Sabiendo esto las putas (de mierda, dice Tracy) se niegan a continuar al veinteavo hombre.  Son pocas las que llegan al final. Así, decenas de hombres quedan fuera. Cuando se anuncia que al día siguiente habrá servicio es vital levantarse temprano, no dormir si es necesario, para obtener un buen lugar. A pesar de esto el teniente tiene el derecho de reordenar las filas. Derecho que ejerce con malicia y con placer. Deja delante a los soldados lameculos. Y a los buenos soldados los echa atrás. Al final de la fila. No puedes evitarlo. 

 Delante de Tracy está Mutis, y a su lado, en la fila contigua, está Frederick. Tienen el lugar nueve, diez y diez respectivamente. Son buenos lugares. Ninguna puta se rinde antes del quinceavo. Marian ocupa el tercer lugar en la fila de Frederick. Le han visto. Tracy y sus camaradas le han visto. Allí está Marian, dice Tracy a Mutis. Mutis asiente con la cabeza y no quita la vista de él. Hay mucho alboroto, las filas continúan haciéndose. Surgen algunas riñas por decidir quién llegó primero. Las putas aún no están en las cabañas. Las cabañas son cuartos de madera, improvisados, de dos por dos metros. 

 El teniente ronda las filas. Los zapatos le brillan como estrellas. Y pensar que es el trabajo de algún soldado raso, piensa Tracy. Se detiene junto a Frederick. Frederick saluda debidamente. Está sudando. Tracy lo mira sudar. El teniente lo mira de pies a cabeza. Lo echará a la cola, susurra Mutis. ¿Es usted el soldado Frederick G.?, pregunta el teniente. Señor, sí, señor, responde Frederick, cuadrado, como un buen soldado. Sin inmutarse. Sin demostrar el miedo que siente por dentro. El teniente se detiene a mirarlo con detenimiento. Luego mira al final de la fila. Frederick tiene miedo. Lo echará, Jesús, lo echará, susurra Mutis. El teniente saca un sobre del bolsillo interior del saco y se lo entrega a Frederick, quien lo recibe firme, y lo guarda en el bolsillo del pantalón. Disfrute del servicio, soldado, dice el teniente y se larga. Tracy lo mira largarse por el rabillo del ojo. Es un hombre bajo, enclenque. Es increíble que un hombre así tenga tanto poder sobre nosotros, piensa Tracy. El uniforme le brinda autoridad. Vestido de civil no sería más imponente que un niño de catorce años. Frederick suspira. 

 Tracy  da un golpe a Mutis y le dice que mire. Un soldado se ha acercado a Marian. Sin demasiada discreción le entrega un paquete y éste, le cede el lugar. El tercero en la fila. Marian se forma al final de la fila. ¿Lo has visto?, pregunta Tracy a Mutis. ¿Qué si lo he visto?, contesta Mutis, lo ha visto todo el pelotón. Incluso el teniente Katsinsky lo ha visto. Tracy asiente. Es increíble que el teniente permita esto, opina. Mutis alza los hombros. ¿A él qué importa?, de todos modos tendrá su turno de media hora. 

 El turno de Tracy llega. Entra a la cabaña tras la indicación del supervisor. Antes ha entrado Mutis. Piensa que tendrá que revolver el atole de su camarada. Ríe para sus adentros. Qué importancia tiene. 

 Lo recibe una mujer en camisón. Es morena y de pocas carnes. Más parece un esqueleto que una mujer. Tracy intenta despojarla del camisón pero ella lo detiene. Dice que no está permitido. Tracy, resignado, se sienta en la silla. La mujer lo monta y empieza el movimiento. La mujer hiede peor que un vietnamita (sic). No pude concentrarse. Está demorando demasiado. Si no logra correrse tendrá que hacerse una paja en las barracas. Me hice la paja de todos modos, me dice Tracy como un paréntesis en la historia, y luego continúa: La mujer acelera el ritmo. Siente el pene flácido dentro de sí. Le besa el cuello. La cosa se endurece. Está a punto. El supervisor golpea la puerta. ¡Tiempo!, grita desde fuera. Tracy coge a la mujer por la cintura y es ahora él quien dirige el acto. La hace subir y bajar. Pesa casi nada, piensa Tracy. ¡Tiempo, maldición!, grita el supervisor al tiempo que golpea la puerta. Tracy está a nada de correrse. El superviso abre la puerta, ¡tiempo!, grita. Tracy logra correrse en el último momento, y sale. El supervisor hace pasar al siguiente solado, aprisa. Recibirá una amonestación por esto, dice a Tracy con los ojos llenos de ira. Tracy lo ignora y camina a donde Mutis. 

 Mutis fuma un cigarrillo. Ofrece uno a Tracy. Tracy lo coge y Mutis lo enciende. ¿Dónde está Marian?, pregunta Tracy y Mutis lo señala. Hay al menos catorce hombres delante de Marian. Marian sin embargo, luce despreocupado. Contrario a los demás que patalean nerviosos. Gritan que se den prisa. Saben que las oportunidades de echar un polvo se reducen a cada minuto. Marian saca un cigarrillo. Lo enciende con una cerilla y fuma despacio. 

 Frederick y Gombrich llegan de pronto, se unen a Tracy y a Mutis. Ambos sacan cigarrillos y los encienden. ¿Lo han mirado?, pregunta Gombrich, ya les digo que eso no es normal. Frederick ni siquiera ha intentado cumplir su palabra, dice, lo que hace ese chico, Marian, no es normal, carajo. Frederick ríe y dice que una cosa así, por Dios, es imposible. 

 Marian saca un pan de munición. Da un mordisco. Los chicos no le quitan la vista de encima. Hijo de puta, exclama Mutis. Ellos no poseen ni una migaja. Si continúas pelando patatas como lo haces terminaremos más delgados que esas guarras de mierda, dice Tracy a Frederick. Gombrich da un golpe a Frederick. Más te vale hacerlo bien en adelante, cabronazo, dice. Frederick regresa el golpe a Gombrich y se gesta una pelea. Tracy coge a Frederick y Mutis a Gombrich. Los separan. Vamos dice Mutis, si somos camaradas. Frederick rabia de coraje. Gombrich estira la mano a Frederick y dice que lo siente. Anda, dice Tracy, tómale la mano, se ha disculpado. Frederick da la mano a Gombrich, y cuando Gombrich tiene la mano de Frederick bien sujeta, jala y lo hace caer. Se le va encima. Tracy y Mutis apañan a Gombrich. Le propinan algunos golpes para calmarlo. Le someten en el suelo y le amenazan, le exigen que calme los nervios. Gombrich promete calmarse. Lo dejan levantarse y es ahora Frederick quien se lanza contra Gombrich. Lo tumba. ¡A la mierda!, grita Mutis, si lo que quieren es matarse entre ustedes, por mí está bien, por mí está bien. Tracy se hace a un lado y los mira pelear. Gombrich ha dado la vuelta a Frederick. No riñen de verdad, piensa Tracy. No se pegan en la cara. Son como perros, piensa. 

 El servicio ha terminado. Veintidós hombres han quedado fuera. Entre ellos Marian. Los veintiún restantes gritan que aún hay tiempo. Lo hay. Pero las prostitutas se han rehusado a recibir alguno más. El teniente da la orden de parar el asunto.  Los hombres están furiosos. Se agrupan y culpan a los que han tardado demasiado. Nadie ha tardado demasiado. Nadie más de siete minutos. Es asunto cronometrado. 

3

¡Ya se los decía yo!, ¡ya lo decía yo!, grita Gombrich acercándose.  Frederick, Mutis y Tracy están recostados en el dormitorio. En literas. Mutis arriba de Frederick y Tracy en la cama de al lado, en la parte de abajo. Mutis se levanta. De un brinco está en el suelo. Se sienta a los pies de Frederick. Gombrich lo hace a los pies de Tracy. ¿Qué mierda pasa?, pregunta Frederick bostezando. ¡Se ha descubierto!, exclama Gombrich la mar de asombrado. ¡Marian es homosexual! Tracy piensa que es asombroso que Gombrich, que nos lo había dicho, sea el más extrañado. Mutis pregunta cómo lo han descubierto. Lo hace tranquilo. En el fondo le da lo mismo. Gombrich lo suelta todo maravillado: ha sido Ferbuson. Los ha mirado. ¿A quién han mirado?, pregunta Tracy. A Marian, dice Gombrich y a… Hace una pausa. Traga saliva. ¿A quién?, carajo, insiste Frederick interesado. ¡A Katsinsky!, exclama Gombrich. Mutis no lo cree. Tracy no lo cree. Frederick sí lo cree. Ahora que lo pienso, dice, Katsinsky actúa raro. En la fila, por ejemplo, explica, se hizo de la vista gorda. Ya saben, con lo de Marian. Y Marian, no sé, siempre está delante en las filas. Uno no puede tener tanta suerte. Tracy asiente ensimismado. Ferbuson, pregunta Mutis, ¿los ha delatado? Aún no, dice Gombrich, sin embargo el chisme ha corrido como la pólvora. Ferbuson teme. Asegura que Katsinsky le ha mirado. Idiota, exclama Mutis, más le valía no abrir la boca. No lo ha hecho, dice Gombrich, no con intención. Se lo contó únicamente a Pablo. Ya saben, una cosa así no puede llevarse a la tumba. Ferbuson no lo ha mencionado dos veces. Pero Pablo se lo contó a Aldus. Aldus a Wilhem, y así. Entiendo, dice Mutis. Ferbuson ha regresado del frente hace doce horas, con un mensaje secreto para el teniente Katsinsky, dice Gombrich. 

 Los mensajes secretos no se envían por telégrafo, me explica Tracy, ni se hacen llegar por clave Morse porque podrían ser interceptados por el enemigo. Para ello se pone en riesgo la vida de un hombre. Es mejor así. Le entregan un sobre con el mensaje escrito en código y es enviado personalmente. Hace el recorrido de nueve kilómetros, desde el frente a las barracas, a pie. 

 Así, una vez llegado, Frederick solicitó audiencia con el teniente Katsinsky. Un soldado le informó que el teniente estaba ocupado, que tardaría al menos dos horas. Lo hicieron esperar fuera de la oficina de Katsinsky. De pie. En medio de la fría noche. Tras tres horas finalmente le hicieron entrevistarse con Katsinsky. Entregó el mensaje codificado en dos minutos y eso fue todo. ¿Eso fue todo?, pregunta Frederick decepcionado. Calma, muchacho, dice Gombrich, viene la mejor parte: Ferbuson recibió la orden de descansar. Se le asignó un camastro en el regimiento número dos, cera de la oficina de Katsinsky. Obedeció la orden y se recostó. Sin embargo no podía dormir. Por la madrugada se levantó y notó que una de las camas estaba vacía. ¡La cama de Marian!, exclama Tracy. Exacto dice Gombrich, y continúa: 

 Ferbuson piensa que alguno ha salido a fumar un cigarrillo. Con la esperanza de pedir un par de chupadas de cigarrillo, sale en busca de aquel que no duerme. Rodea el regimiento pero no logra encontrar a nadie. Regresa al camastro y nota que la cama sigue estando vacía. Sale de nuevo. (La curiosidad mató al gato, interrumpe Frederick). Esta vez se interna en el  bosque. Primero sin rumbo pero a los pocos minutos escucha un jadeo. Sigue el jadeo. Piensa que podría ser un animal herido. Luego piensa que ningún animal jadea de ese modo. Piensa entonces que podría ser un hombre herido. Se desmiente. Un hombre herido no jadea de ese modo. No del modo en que Ferbuson escuchó jadear a Marian. Se echó pecho tierra y avanzó hasta la fuente del ruido. Carajo, dice Mutis, no lo puedo creer. Créelo, dice Gombrich, allí, en medio de dos arbustos estaba el teniente Katsinsky, follando al soldado Marian. 

 Ferbuson logra identificar a Katsinsky aunque no al soldado. Las nalgas fue todo lo que miró del soldado. Apenas tres cuartos de nalgas. ¿Entonces cómo se sabe que se trata de Marian?, pudo haber sido cualquier otro, afirma Mutis. Aquí es donde entra tu inteligencia, chico, dice Gombrich, ¿quién más si no él?, ¿quién es el único que prefiere fumar que coger? Todos asienten. En silencio. Un silencio espectral llena la estancia. 

 Ferbuson tomó aliento al mirar la escena, sorprendido, y Katsinsky lo escuchó, sigue narrando Gombrich. Volteó terriblemente asustado. Carajo dice Frederick, no imagino a Katsinsky asustado. Ni yo, dice Gombrich, pero Ferbuson asegura que lo estaba, y que le miró a los ojos. ¿Y qué hizo?, pregunta Frederick alarmado. ¡Correr!, ¿qué más?, responde Gombrich. ¿Katsinsky reconoció a Ferbuson?, pregunta Tracy. No lo sabe, no está seguro, dice Gombrich, lo único seguro es que Marian es marica. No, dice Tracy, ¡lo único seguro es que Katsinsky lo es! ¡Mierda!, exclaman todos al unísono. 

 4

La noticia se anunció al día siguiente: Marian sería fusilado. ¿Por qué? Hubo dos hipótesis, dice Tracy. Se anunció, no públicamente, el descubrimiento de la verdadera identidad de Marian: un judío llamado Jacob. Dios, digo yo y enciendo un cigarrillo. 

 El problema es, me cuenta Tracy, que acusar a Marian de judío es confesar, ya sea, ineptitud y flaqueza en el sistema, ¡cómo es que no se detectó antes!, lo que significaría un escándalo; o proteccionismo por parte de Katsinsky, lo que le grajearía la muerte. Entiendo, digo. Por otro lado, sigue Tracy, acusar a Marian de homosexual, incluso sin involucrar a Katsinsky, no es motivo suficiente para un fusilamiento. La homosexualidad es más común de lo que creemos en el ejército. Además, Katsinsky ha reportado ante los superiores a Marian como un soldado ejemplar (ahora entendemos porque) y fusilar a un soldado ejemplar tan sólo por ser homosexual, levantaría sospechas. De ser acusado lo más seguro es que Marian hable. Que confiese. Y eso definitivamente no le conviene al teniente Katsinsky. 

 Destapo una cerveza y pienso qué haría yo si estuviera en el pellejo de Katsinsky. Si yo fuera Katsinsky, dice Tracy, hubiese aceptado mi culpa y muerto con honor. Como el hombre (enfatiza la palabra hombre) que soy. Acto seguido da un trago a la birra. No, digo, no lo creo, no hay ningún honor en morir como un marica. Los maricas no tienen honor. Más te valdría ser fusilado por proteccionismo. Así, al menos, serías recordado como un teniente alemán humano, quizá el único; como un alma noble. Un héroe postguerra. Tracy se retracta y me da la razón. 

5

El soldado Marian fue fusilado a discreción bajo el cargo de homosexualidad, como escarmiento de parte del teniente Katsinsky al resto de la tropa. Todos aceptaron la cosa como real y olvidaron el asunto. Todos menos Tracy. Yo nunca lo olvidaré, dice. En esta vida, dice, hay muchas que no deberían pasar, y sin embargo pasan. 

 Lo peor de todo es que Ferbuson también fue fusilado. Se le acusó de mantener relaciones homosexuales con el soldado Marian, en el bosque, y descubierto por el teniente Katsinsky en una ronda de patrullaje. Marian no dijo nada. No se defendió. Murió como un valiente. Ferbuson chilló como un cerdo, dice Tracy. Negó todos los cargos. Dijo que era imposible, se esforzó por cmprobar su inocencia. Pero la palabra de un soldado nada vale contra la palabra de un teniente. Todos conocíamos la verdad, dice Tracy, pero nuestra palabra, no valía en absoluto. Si alguno hablaba sería fusilado. Y hay muchas, cientos de maneras de morir en la guerra. La más indigna es a manos de tu propia gente. Por marica. Siendo inocente. 




Nota: Cualquier incongruencia sobre el sistema militar, favor de ser adjudicada a la locura del vago.

12 comentarios:

  1. Eugenio Ortiz Magro22 de agosto de 2011, 10:20

    yo no estoy de acuerdo, pero dicen que siete minutos son mas que .SUFICIENTES!!!

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  2. Cuando se ha pasado mucho tiempo sin hacerlo, supongo que si. Es mejor que nada, y además con todo la libido acumulada, debe uno correrse muy pronto.

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  3. Maginifico relato!!! me encantas cuando escribes!

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  4. Increíble...gracias, saludos!

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  5. Una historia espesa que se lee en un suspiro. Me encanto, aunque la analogía en el titulo del texto, con el de la película del soldado Rayn, creo que no beneficia un texto serio y excepcional. Por favor, Martin, tomá mi comentario desde la mas con el mas honesta y constructiva intensión. Saludos

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  6. ...traigo
    sangre
    de
    la
    tarde
    herida
    en
    la
    mano
    y
    una
    vela
    de
    mi
    corazón
    para
    invitarte
    y
    darte
    este
    alma
    que
    viene
    para
    compartir
    contigo
    tu
    bello
    blog
    con
    un
    ramillete
    de
    oro
    y
    claveles
    dentro...


    desde mis
    HORAS ROTAS
    Y AULA DE PAZ


    COMPARTIENDO ILUSION


    CON saludos de la luna al
    reflejarse en el mar de la
    poesía...




    ESPERO SEAN DE VUESTRO AGRADO EL POST POETIZADO DE ESTALLIDO MAMMA MIA, TOQUE DE CANELA ,STAR WARS, CARROS DE FUEGO, MEMORIAS DE AFRICA , CHAPLIN MONOCULO NOMBRE DE LA ROSA, ALBATROS GLADIATOR, ACEBO CUMBRES BORRASCOSAS, ENEMIGO A LAS PUERTAS, CACHORRO, FANTASMA DE LA OPERA, BLADE RUUNER ,CHOCOLATE Y CREPUSCULO 1 Y2.

    José
    Ramón...

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  7. Hay algo que no entiendo, si Marian era joto, porqué siempre estaba en los primeros lugares de la fila, no se supone que por lo contrario evitaria a toda costa llegar de primero? Lo hacia por los tesoros que recibia? Que manera absurda de gritar al viento que era puto. Alabo que no usaste españolazos :)Besos puercos Petrozza. Ross

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  8. Marian estaba en primeros lugares porque era un negocio cambiar su lugar por proviciones y lograba esos lugares porque era amante del teniente al menos eso es lo que yo entendi

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  9. Excelente, Petrozza. Saravá!

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  10. muy bueno.... un saludo.

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  11. despues de casi una hora de ardua de lectura puedo decir que es muy bueno y que la nota del finalll
    ja!
    tambien es entretenida!!!!

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  12. un relato sensacional y crudo de la vida de los soldados en tiempo de guerra!!!....me encantó

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