jueves, 18 de agosto de 2011

La mujer Maravilla contra los budistas que no cojen.


Texto por: Leonel P. Mosqueda


Es agradable iniciar la jornada del domingo junto a una chica desnuda, y su mano hurgándote la bragueta como quien busca dinero en un bolsillo ajeno, pero en un segundo plano, esto se puede volver una tragedia digna de Sófocles si se te incrusta como un tumor en la cabeza una idea terriblemente impropia, casi impúdica: no tienes ganas de cojer.

Ninguna mujer comprende o tan sólo imagina que esto pueda ocurrir, pero ocurre: hay momentos en la vida de un  hombre (un hombre mediocre y desnudo junto a una mujer hurgando entre sus piernas) en que no quiere cojer. Son momentos escasos, dos o tres en la vida, pero los hay. 

La imagen de un hombre que rechaza una feliz cópula dominical parece una mentira,   o la excusa de un pobre diablo, un impotente que prefiere decir, como el más Bartleby de los Bartleby’s 
“Preferiría no hacerlo”

Es difícil explicarle a una mujer que no quieres acostarte con ella, sobre todo si esa mujer sabe que alguna vez la admiraste, que hubieras matado sólo para tenerla cerca porque te parecía maravillosa, una maravilla. Sí, una mujer maravilla. 

He conocido suficientes chicas en la vida –sólo tres ¡que ya son demasiadas!- para saber que ellas no sienten el menor remordimiento en culpar al macho de todos los fracasos de cama, y sobre todo, no sienten el menor remordimiento al negarse con un simple «Hoy no, gracias.»

Cualquiera pensaría que esta es la confesión de un hombre pequeño y patético, y no se equivocan: soy un hombre pequeño y patético, de los que presionan el tubo del dentífrico desde abajo, o necesitan papel rayado para hacer una carta.

A diferencia de los miles de fanfarrones que andan por el mundo presumiendo sus homéricas historias de cama, yo no guardo mas que algunos felices recuerdos de mujeres que me ofrecieron sus tibios ductos una mala tarde en que estaban confundidas, impregnadas de sensibilidad maternal, o sumidas en alguna depresión profunda. 

Quiero remarcar esta diferencia abismal: Mientras una mujer puede rechazar una invitación a la cama sin el menor remordimiento, el hombre es incapaz siquiera de imaginarse tal porfía,  so pena de ser excomulgado de la iglesia del placer. Si una mujer dice NO, siempre hay una excusa infalible; pero si un hombre dice NO, es azotado en su miembro viril por la ignominiosa vergüenza.

Este dilema –que en realidad es un misterio- sólo compete a los hombres. Las mujeres no comprenden este falaz remordimiento machorro, masculino. En su sistema coito-cognitivo no está registrado el remordimiento por inapetencia sexual. Les basta con decir que les duele la cabeza, que su gato ha muerto, o que una  extraña enfermedad les provoca menstruaciones psicológicas cada dos horas. Algunas son lo bastante diplomáticas para rehusarse con estilo: te toman del mentón con una mano, y te acarician el cabello con la otra mientras dicen «Oh, nene, en verdad lo siento» con una expresión que podría conmover al mismísimo Hitler.

He visto a los hombres más duros de mi generación quebrarse en lágrimas ante un fracaso pasional, y acceder a cualquier capricho femenino bajo el argumento suicida de que todo se hace por amor.

«Esos no son hombres duros, son idiotas» dirá algún despistado que no ha comprendido que se necesitan muchos tamaños para llorar sin remordimientos ante un fracaso. 
Pero no tiene caso pensar ello. El sexo, como la iluminación, es un camino al que se accede por acción, y no por razonamiento.

Sólo es cosa de dejarse llevar sin tomarse muy en serio el resultado. Pensar de esta manera ha impedido que mi mundo se desplome cuando una chica me ha dicho, con total inverecundia, que no quiere cojer. 

Por mi parte, ya estoy acostumbrado a recibir una negativa; siempre parto del fracaso, y puedo decir que hay cosas mucho más importantes de las que pudiera sentirme arrepentido. De mi nacimiento, por ejemplo.

Sin embargo, en cuestiones de cama, siempre agradezco que se me informe en tiempo y forma de una negativa, sobre todo cuando aun es posible rescatar la dignidad.

Por ejemplo: si ella dice NO cuando apenas te vas quitando los zapatos, la negativa es sorteable. Aún no ha pasado nada grave, y basta con sonreír com-pren-si-va-men-te, hacer un gesto y decir “Vale, no hay lío; otro día será”; te pones los zapatos, te sientas a su lado con una sonrisa, prendes un cigarro a lo Humprey Bogart -no muy Bogart, o puedes parecer un imbécil- y finges que estas interesado en su conversación.

Pero hay mujeres perversas –que no pervertidas- las cuales disfrutan viendo a los hombres patéticos como yo hacer malabares y gracias de perrito circense para lograr una penetración exitosa. Disfrutan cuando ya tienes los calzones en los tobillos, cuando ya destapaste el condón con los dientes como si fuera un sobre de salsa Valentina, y te golpeas el pecho como un tarzán desnutrido; cuando ya estás encima del mueble de noche, listo a zambullirte en sus dulces órganos, y la chica perversa -que no pervertida- aprovecha para decirte, con un hermetismo rotundo “lo siento, es que… hoy no quiero…”

Eso puede quebrar al más duro, vaya que sí. Sobre todo cuando la expresión viene acompañada de una sonrisita traviesa –pináculo de la perversión femenina- y no queda otra cosa que iniciar la patética ceremonia: bajarse del mueblecito de noche, recoger la ropa regada por el suelo, e ir cubriendo nuestras miserias tristemente rechazadas.

Es imposible no sentirse ridículo en esa situación, pero eso es algo que sólo la psique masculina puede entenderlo. Veamos por qué:

Si una chica es rechazada a medio escarceo –situación casi imposible de imaginar- la imagen de la chica a medio vestir siempre es sensual (hay algo en la mediana desnudes de la mujer que incita sin remedio a la reflexión erótica) pero si un hombre es rechazado, sólo hay que imaginar a ese pobre diablo en brama, con los calzones a modo de hamaca entre las piernas, las bolas al aire y una expresión de damnificado sexual que es para mearse de la risa. Es patético, y las mujeres piensan que con decir “oh, nene, en verdad lo siento” el universo entero se podrá reacomodar en tres patadas… tres patadas en las bolas es lo que uno siente cuando ellas dicen “oh, nene, en verdad lo siento.”

Ahora bien ¿Por qué comencé a escribir todo esto? Ya recuerdo; por el asunto de este domingo en la mañana, cuando desperté con la mano de una chica maravillosa hurgando mi bragueta, y yo entrampado en el rarísimo caso, casi increíble, de no tener ganas de cojer.

Sin embargo, lo que salvó la tragedia es que la Mujer Maravilla es la mar de comprensible; es una de esas amigas que no terminas de querer nunca, porque es como ese amigo sin pene con quien puedes compartir un sentimiento reservado sólo para los místicos o los muertos: el sentimiento de la amistad sin el predominio del sexo.  

Hace mucho que no me encontraba con la Mujer Maravilla, y no contaré cómo es que, después de tantos años, despertamos juntos y golpeados por una cruda bestial. Sólo diré que la confianza que nos tenemos me dio valor para decir, con toda la correctancia posible, que no quería cojer.

-Pero tú siempre quieres cojer.
- Ahora ya no, no siempre.
-¿Por qué? – Me pregunta, y no supe que contestar. Me sentí como esas chicas tikismiquis que suelen decir con mustiedad “es que tengo una menstruación imaginaria” pero en lugar de eso, se me ocurre otra salida fácil. Se me ocurre decir:

-Es que, en el tiempo que no nos hemos visto... me  he vuelto budista – la Mujer Maravilla me miró extrañada, soltó una risa y respondió con esa gracia tan suya para desármame. 
- ¿Y eso qué? Mi ex marido era budista, y cojíamos todo el tiempo –el argumento es sólido, pero me apresuro a decir: 
- Bueno, es que yo… soy de los budistas que no cojen.
-Comprendo… -dice ella, que en realidad no parece comprender nada, pero sonríe. Veo en sus ojos un mar de significados y adjetivos, y sin decir nada más, sin dejar de abofetearme con su sonrisa, va liberando mi pene; me da la espalda y dice:
-Es una lástima, porque he estado practicando, y pensaba enseñarte cosas que no aprenderías ni en la India.
-No lo dudo, Teacher.

El apodo de Teacher  se lo ganó a base de muchas jornadas de estudio intensivo, que no sé si aprobé con honores o arañando la suficiencia,  en todo caso no creo haber reprobado.
“Pensaba enseñarte algunas cosas que no aprenderías ni en la India.” Eso sí es un golpe bajo, porque sé que no bromea. Hay algunas cosas que Mujer Maravilla sabe hacer como pocas mujeres en la vida: Bailar árabe, escribir poemas, y exprimirte como un limón de temporada.

A la Mujer Maravilla la conocí en uno de esos encuentros literatosos donde la gente habla de literatura (estoy consciente del perogrullo, pero estos encuentros son un enorme y repetitivo perogrullo), luego de escuchar a una runfla de grandiosísimos escritores -todos ellos genios para sí mismos- que leían enfebrecidos sus  insuperables obras en el café local, alguien propuso que nos fuéramos al bar de enfrente. 

Ella disertaba sobre el sadomasoquismo con un grupo de niños que más bien deseaban verla en cueros esgrimiendo un látigo infame. Yo platicaba con Edgar y Daniel sobre la película El Club de la Pelea, y la posibilidad de hacer una poetisa: un encuentro entre dos poetas que recitaran sus versos mientras se quebraban a golpes.

Varias cervezas después consideramos necesario hacer un “ejercicio previo” del evento. Cuando nos dirigimos a la puerta del bar, la Mujer Maravilla preguntó con indiferencia “¿Ya se van?” a lo que respondí con esa dura expresión de hombrecito rudo que ahora me causa vergüenza “No, sólo vamos a golpearnos un poco. Ya regresamos”

Cuando regresé –con una costilla semifracturada, un dedo roto y una ceja abierta- Mujer Maravilla hipnotizaba a los presentes disertando sobre la poesía sado y el budismo de la corriente soto; cuando vio que mi ceja no paraba de sangrar, se apresuró a sacar una servilleta y comenzó a limpiarme con cuidado (mucho tiempo después me confesaría que le había atraído mi actitud de mequetrefe de cantina) 

-¿Por qué lo haces? –pregunté, inclinado en su regazo dejando que me curara.
-Por que me gustan las heridas- Dijo. Cuando terminó de limpiarme, me mandó a mi silla de un empujón y siguió conversando con sus amigos. No volvió a dirigirme la palabra, salvo uno de los tipos a su alrededor, que alardeaba sus vastos conocimientos sobre el sexo, y a quemarropa preguntó mi opinión sobre las costumbres coitales de las mujeres balcánicas; ante tal estupidez, sólo atiné a responder con la verdad: 

-No sé nada de sexo, no me interesa el sexo.- Mucho tiempo después, Mujer Maravilla me confesaría que le había atraído mi actitud de autista sexual. 
Seguí bebiendo con mis amigos de pelea; bebimos hasta caernos. No recuerdo si me despedí de ella. 

Meses después, otros amigos me invitaron al mismo bar. “Vendrá la Mujer Maravilla” dijo uno de ellos. Al llegar la encontré discutiendo no sé que asunto borgiano. La observé repartiendo sus conocimientos del sexo, el budismo, la poesía como una mesías que reparte pescado en una taberna. A medianoche dos de mis amigos fueron por cigarros (en realidad querían comer uno tacos sin nosotros), un tercero ya dormitaba en la mesa, así que Mujer Maravilla y yo pudimos intercambiar impresiones; nos desbocamos hablando y hablando como si acabáramos de descubrir el lenguaje. En un momento de pausada honestidad quise retomar el tema. 

-Lo que te dije la otra vez es cierto. No sé nada de sexo.
-Está bien. Yo sé bastante de sexo. Con que uno de los dos lo sepa es suficiente.
-Qué bueno, porque llevo horas pensando cómo decirte que quiero cojerte, cojerte mucho, y luego invitarte a comer unos Twinkies y fumar un cigarrillo, pero no se me ocurre cómo decirlo-. Me miró fijamente y soltó una carcajada.
-No, gracias. No me interesa.
- ¿Por qué, no te gustan los Twinkies?-ella vuelve a soltar una carcajada, un poco  tonta, casi pedante
-Vaya, ¿ese es tu mejor argumento para ligar?
-No es mi mejor argumento. Es mi único argumento.
-Si quieres tener sexo conmigo, deberías empezar por pedirlo amablemente, decir algo como “Señorita ¿le interesaría a usted hacerlo conmigo?” a las mujeres nos gusta que nos pidan las cosas con amabilidad.
-Está bien -dije; y afiné la voz: -Señorita, ¿le interesaría a usted hacerlo conmigo? -luego de unos segundos, dijo:
-Por supuesto que… ¡no! Jamás cojería contigo, jamás en la vida. –y de nuevo la risilla pedante.
-Oye, creí que...
-¿Creíste que cojería contigo sólo por pedirlo?- Vaya que eres lento. Creí que bromeabas, pero en realidad no sabes nada de sexo-. Sentí rabia y guardé silencio. Seguir allí era una pérdida de tiempo y una oportunidad para que me siguiera humillando. Ya me había levantado cuando dijo:
- Mira, ya vienen tus amigos.
-Lo siento, nos tardamos un poco por que…
-Está bien, no importa –dijo Mujer Maravilla- estamos planeando seguir la peda en otro lado 
-¿Dónde sugieren? –dijo el tercer amigo, sacándose un pedazo de cilantro con la lengua.
-¿Podemos ir a tu casa? –dijo Mujer Maravilla, mirándome desde su vaso medio lleno.
-Si no hacemos mucho ruido sí. Es que a veces mi mamá se despierta y…- y nadie me hizo caso. Nos subimos al carro del amigo del cilantro y nos detuvimos en un Oxxo a comprar unas botellas. Mujer Maravilla bajó del auto tarareando una canción.
-¿Tú no vienes?
-No.
-¿Estás enojado conmigo?
-No.
-¿Estás enojado porque no quise cojer contigo?
-Está bien, no importa.
-Eres un niño -.Dijo, y se dirigió al Oxxo dando brinquitos. Cuando regresaron, mi amigo del cilantro me pasó la bolsa con las botellas, botana, cigarros y un par de Twinkies.
-Son para ti –dijo Mujer Maravilla.- Que los disfrutes.

La reunión en mi casa duró tres días con sus noches. Ese sería el inicio de una temporada que recordaríamos como una montaña rusa, rusa y borrosa, donde el día y la noche se extraviaban entre la bebida, la cama y los libros; siempre los libros.
Fue un alivio que no duráramos juntos más de dos meses. Mi cuerpo no lo habría soportado.

Durante esa temporada la Mujer Maravilla me enseñó a descifrar a Vallejo, a desacralizar a Neruda y a disfrutar a Huidobro sin efectismos.

La escuchaba opinar sobre cualquier cosa: de los contemporáneos mas viejos o de un Jorge Cuesta más humano y menos mítico o de un Bañuelos o un Paz o un  Shelley o un Granados o un Góngora. Hablaba por horas y horas sin parar agitando los brazos o abriendo inmensamente los ojos ante el descubrimiento de un poema largo que recitaba de memoria y que a veces detenía de golpe sólo para beber de la botella uno dos o tres o cuatro tragos mientras yo trataba de escuchar el gulp gulp del alcohol bajando por su garganta delgadita…

Alcoholibrosexo alcoholibrosexo alcoholibrosexo bailadeslumbrabailadeslumbra…

Me sentía agobiado, disminuido, porque de poesía yo no sabía nada… hasta la fecha no sé nada, no me entero. 
-Cuando te vi en el encuentro de escritores creía que sabías de literatura.
- De literatura no sé casi nada, salvo que duele.- Dije.
Pero no quería quedarme atrás, así que comencé a zambullirme en los libros buscando algún poeta de esos raros misteriosos e interesantes, de esos de culto para hablar de él con Mujer Maravilla y presumirle que yo también sabía de literatura, de poesía. Entonces nos íbamos a un café o a mi casa, y yo abría mi gran bocota diciendo “¿conoces a Cosme Fulanito?” y ella se quitaba la ropa sin parpadear, mientras decía “Sí, Cosme Fulanito fue un gran poeta sudventista que…” y terminaba hablando de él como si fueran amigos entrañables.
La verdad me agobiaba no estar a la altura de sus conversaciones. Pero también me enseñó a ser más atento: aprendí a escucharla sin pronunciar una palabra; sólo fumaba, tratando de que no fuera tan evidente mi estoica ignorancia. 

Recuerdo una ocasión: serían poco mas de las doce. Ella se retorcía sobre mí formando riquísimos ochos imaginarios, y justo después de mi estremecimiento, se procuró un cigarrillo, y sin quitarse de encima comenzó a hablar se García Lorca y su teoría del duende; para cuando agotó cualquier conjetura ya habíamos recorrido Nueva York y Granada en varios coitos. 
En otra ocasión, luego de desvestirse, comenzó a disertar sobre un escritor checo que en ese momento me pareció más grande que Jesucristo. A las siete de la mañana, culminó su cátedra desnuda con un bostezo casi infantil. Se enrolló en la cobija y de inmediato se quedó dormida. Yo la seguí mirando un rato desde el sofá. Y aun estaba vestido.

A veces le enseñaba mis poemas. Los leía con la ternura de una madre que teme romperle el corazón a un niño, pero al final me lo rompía, diciendo que no eran poemas que tocaran el alma, “No puede tocar el alma un artefacto que no tiene alma” decía, filosa; pero lo suavizaba diciendo que tenían cierta vena poética (nunca entendí eso de la vena poética) yo quería que tuvieran no sólo “vena poética” sino riñones poéticos, hígados, tendones, nervios poéticos; en todo caso, fuera o no fuera poética, un día ella rebanó mi vena con su lengua filosa, de tajo. Muy seria me aconsejó tomar una decisión: trabajar como un negro para lograr algunos poemas decentes y expeditos, o portarme como un hombre, agarrarme los riñones –nada poéticos- y aceptar que jamás le abriría las piernas a la poesía “Y hablando de piernas ¿te importaría abrir las mía?” decía, aminorando la tragedia.

No se crea que Mujer Maravilla era una máquina de transgredir braguetas. A diferencia de la gran, enorme, inmensa mayoría de las mujeres, ella no cojía por necesidad, por chantaje o por amor (Dios mío, cojer por amor, qué cosa más degenerada). Ella cojía por gusto, y se cojía a cualquiera por gusto, y si tú no le gustabas, no importaba que fueras el hombre mas guapo y viril del universo, ella te diría con el dulce placer de una patada en el escroto: “Oh, nene, en verdad lo siento”

Me he extendido tanto en contar estas cosas, que no sé cómo terminar de explicar lo más importante. 
Luego de aquella temporada de dos meses en que nos gustaba jugar a que no terminaría nunca, tuvimos un percance y no volvimos a vernos. 
Pasaron varios años, hasta el domingo de esta mañana, en que despertamos con una resaca del diablo y ella hurga en mi bragueta y yo no soy capaz de explicarle que no tengo el valor de cojer con ella. Y todo por aquel percance.

¿Y cuál fue aquel percance?
Ella se enamoró de un hombre, y comenzó a cojer por necesidad, luego por chantaje, luego por amor… 
Dios ¡cojer por amor!
Qué cosa más degenerada.



Texto por: Leonel P. Mosqueda



12 comentarios:

  1. Exelente texto. Lo más literario que he encontrado en este blog, más limpio y directo.

    ResponderEliminar
  2. Lo estoy leyendo y está genial!

    ResponderEliminar
  3. Muy buen apublicaciòn

    ResponderEliminar
  4. José Luis Guillén18 de agosto de 2011, 13:09

    Que macnifica publicación

    ResponderEliminar
  5. Funinculí Funinculá18 de agosto de 2011, 13:17

    M e encanta como escribe este tipo, tan fluido y naturalito. En verdad que nunca me había puesto a reflexionar sobre el como podrían sentir los tipos al negarse a actividades sexosas solo porque no les apetece. El topo que escribe me ha enseñando algo hoy. “ Dios, coger por amor! Qué cosa mas degenerada” <--- eso es lo mas genial.

    ResponderEliminar
  6. Muy buen escrito, definitivamente, una felicitacion.

    ResponderEliminar
  7. Texto hipster, dentífrico de Cortazar, de prosa con pretensión de sencillismo por tanto leer escritos Sudamericanos. Y 'cojer', que passe. Pero sígale, que ahí va, saludos!

    ResponderEliminar
  8. Me quedo con la mujer maravilla jajajajaja

    ResponderEliminar
  9. No habras alcanzado la poesia pero si fuiste gran coescritor y autor de una tragedia epica con un final inconcluso donde nunca se supo porque dijiste que no...

    ResponderEliminar
  10. Después de leer algo denso, este tipo de lecturas afloran sonrisas, gracias por el aporte

    ResponderEliminar
  11. Un texto que me ha tenido encandilada. Un estilo directo, casi confidencialmente sincero.

    Un viento fresco...!

    Un saludo.

    ResponderEliminar
  12. Citlalli Palacios Garza19 de agosto de 2011, 18:52

    Ya vale, que con ese enorme percance, que ganas quedan de coger, ninguna, vaya que ninguna, en idioma de Bennedeti, se salvo, pero bueno Leonel pues mirar el lado bueno, si hubieses cogido con la mujer maravilla, estabas expuesto a tener un percance propio, jajajaja.

    ahh sí y algo más el escrito invitado Leonel (mmmm creo que hay gato encerrado), esos twinkis me recordaron a alguien).

    ResponderEliminar

Related Posts with Thumbnails

Derechos reservados.

Todos los textos de este sitio son de la autoría de quien los firma y están debidamente protegidos bajo la Ley Federal del Derecho de Autor. Para su reproducción total o parcial, favor de contactarse a: redaccion@whiskyenlasrocas.com