lunes, 15 de agosto de 2011

Joaquín, la hormiga atómica 2.


Este texto continua de: Joaquín, la hormiga atómica.

Para ser un escritor se debe estar dispuesto a todo, le dije a Joaquín. Incluso se debe estar dispuesto al fracaso. Joaquín reposaba sentado sobre el viejo sofá de mi casa. Los pies no le llegaban al suelo y estaba serio; parecía un muñeco de ventrílocuo. Con esos pantalones negros y esa camisa. Siempre iba la mar de elegante. La vida de un escritor muchas veces es un fracaso, continué. Joaquín me había pedido que le explicara cómo es eso de ser escritor. Le conté que yo soy escritor y se interesó. Lo que es casi increíble. Que él, un niño, se interese en esas cosas. O que alguien se interese en mí como escritor. Mi propio padre no se ha interesado en mí como escritor. Mis amigos son los últimos en leer mis textos, si es que lo hacen. Y este párvulo analfabeto, viene hasta mi casa y me pide por favor,  se lo cuente todo.

 ¿Por qué se hace uno escritor?, me pregunta, y me sorprende una vez más, con preguntas que bien podrían filosofarse hasta que caiga la última bomba. Preguntas que la BBC no podría haberme hecho mejor. Dando un trago al whisky en las rocas que me he preparado, contesto: uno siempre lleva en sí la semilla de la Literatura, pero decide hacerse escritor cuando finalmente se ha dado cuenta de que no sirve para ninguna otra cosa. Joaquín mira al techo, y piensa. ¿Qué pensara en esa diminuta cabeza?, me pregunto. Lo que yo pienso es que posiblemente Joaquín desea hacerse escritor. Le he leído algunos cuentos de Perrault, y libracos de mi juventud. Me ha mirado sentado a la mesa, escribiendo. Sin embargo, si es así, debo hacer algo para que desista. Ser escritor es lo último que deseo a mis amigos. No se lo deseo a nadie. Trato de desalentarlo: entonces se entra en el infierno de la pobreza, que cubrimos con mujeres y cerveza. Yo mismo cubro mi infierno personal con mujeres y con cerveza, le digo. Lo hago sin quejarme; agrego cuando me echa esa mirada de incredulidad, como diciendo: pero si yo te veo alegre como una cuba. Porque yo mismo he elegido esta mierda de vida que llevo, sigo. Es por eso que las personas se piensan que soy un tío duro. Esto último es cierto. Comienzo a hablar más para mí que para Joaquín, y la nostalgia me inunda, y ya no sé lo que digo. Continuó: se acercan a mí y piden consejo porque sus mujeres los han abandonado. Porque ya no soportan el tedio de la rutina y están al borde de pegarse un tiro. Desean echar un trago conmigo, llorar, y ser escuchados. Cuando eso pasa vienen a mí, el hombre al que todo importa un carajo. El hombre que siempre tiene una respuesta. Que ha sufrido más. Que ha vivido más. Y al que nada hiere. Un tioduro.  Pero están equivocados. Hay veces que yo también quisiera llorar. Ser consolado. Que alguien me diga que todo irá bien. Mi vida es una veleta, y eso está bien, sólo si puedes soportarlo. Yo puedo soportarlo, pero… A veces también necesito un descanso. 

 Olvidé por completo que Joaquín estaba allí, frente a mí. Supongo que el whisky se me subió a la cabeza, o que simplemente ya no podía más. ¿Por qué se lo dije a él? Quizá porque es un niño, pensé. Un adulto no lo entendería. Brindaría conmigo y luego se olvidaría de todo, y seguiría pensando que yo soy un duro, que soy un tío de calle que escribe. Un duro que escribe. Pero eso no es posible. Se escribe porque se es blando. Por ejemplo: un hombre duro y un hombre sensible van a la guerra. Ambos sufren la guerra y ambos vuelven de la guerra. El tío duro lo olvidará, podrá hacer una vida como si tal cosa; el hombre sensible no. Nada volverá a ser igual. Enloquecerá. La única manera de no enloquecer, será escribiendo. Quizá haga unos poemas. Quizá haga una novela. Pero nada volverá a ser igual. Al final ambos mueren. El hombre duro fue a la guerra, vino de la guerra, y murió. El hombre sensible también, pero es recordado, es leído. Lo ha dicho todo en nombre de los millones de soldados que fueron a la puta guerra. Esa es la recompensa de la Literatura. La verdadera promesa de inmortalidad. Uno no puede ser un tío duro y escribir al mismo tiempo. Yo mismo no lo soy. Un tío duro. Escribir es la manera de no enloquecer en la mierda de mundo que me ha tocado vivir. Un mundo lleno de sinsentidos. Sin ir más lejos, como la vida del pobre Joaquín. 

 Joaquín se levantó, tomó un libro de la mesa y preguntó si podía. Quería decir que si podía llevárselo a casa. ¿Puedo?, dijo alzando un tomo de La Venus de las pieles de Sacher Masoch. Vale dije, pero me lo devuelves en cuanto acabes. Asintió con la cabeza. ¡En cuanto acabes!, le grite al verlo salir. Él gritó: ¡sí!, y se esfumó. Yo no me di cuenta, estaba abstraído. ¡Era un tomo del viejo Sacher Masoch! No debí…

2

Joaquín regresó a casa la semana siguiente, pero no vino solo. Yo estaba bebiendo mi whisky  en las rocas y escuchando al bueno de Mahler, cuando la puerta se abrió. Esa puerta tiene truco y Joaquín conocía el truco estupendamente, así que supuse que sería él, y lo fue. Cuando lo miré acercarse le dije: vale tío, que te trae por aquí, ¿has acabado con el libro? No respondió. Miré un poco más y detrás de La hormiga venía la madre, que no era una madre hormiga sino una madre furia. Vino a reclamarme. Ya me lo esperaba, pensé. Será por el libro. Sí, Madre echó el libro, que ella traía bien agarrado, al sofá. Lo aventó, y dijo que dejara de meterme con su hijo. Ya dije, no me di cuenta, pensé que era Andersen o algo. Lo dije justificando mi insensatez: ¡Sacher Masoch a un niño! Madre se quedó muda un segundo, extrañada. No comprendió. No miré que se trataba de La Venus, dije excusándome. Madre no entendía un carajo. Miré a Joaquín que detrás de su progenitora me hacía señas de que me callase. Madre repitió que dejara de meter mis narices donde no me importa, y se largó. Creo que Madre ni siquiera leyó el libro. No sabía de qué iba el tal Masoch. Simplemente era una de esas personas hostiles que no soportan la ayuda de nadie, que no tienen idea de la ayuda que se les brinda, y mandan todo al coño por prejuicios y sobre todo, y esta es la parte triste: por miedo. Has sufrido tantas veces. Han sido burladas tantas veces. Ya no se pueden fiar ni de la mano de Dios. 

 A nuestro próximo encuentro, en una de sus interminables salidas al mercado, Joaquín me contó que Madre me odiaba a muerte por ser mayor y juntarme con un niño. También me odiaba a muerte por ser un ebrio de calle, y por andar por la vida con ese andar mío tan característico de los valemadre. Pero sobre todo, me odiaba a muerte porque se olía que mi intención era ayudar. Por más estúpido que parezca, es verdad. Si yo hubiese robado el mandado a Joaquín, me odiaría menos. Pero que le prestara un libro, que le fomentara la ambición de estudiar, eso no podía soportarlo. Era como arrancarle a su pequeño Joaquín de las manos. 

 Así que me decidí y me planté con ella. Joaquín no lo deseaba. Cuando le dije que me enfrentaría a su madre, trató de detenerme por todos los medios. Como no podía amenazarme, él era un crío y yo un tío duro, intentó con los sobornos. Dijo que si no intercedía me compraría cigarrillos con el cambio de los encargos que solía robar a Madre. Apenas unos centavos por cada encargo. Pasarían meses antes de que juntara lo necesario para la primera cajetilla. Vamos, tío, le dije, no puede ser tan malo, seguro que logramos algo.

 Finalmente le convencí y quedó de recibirme en casa al día siguiente. 


3

La madre de Joaquín me miró al borde de las lágrimas. Sentada sobre una silla metálica tan vieja y tan oxidad como su propia alma. Con esas chancletas que me causaban nauseas. Y ese olor a patas de pollo en caldo de pollo que despedía el cuarto de la cocina. Una cosa repugnante. Hasta entonces yo no había entrado a aquel hogar. Si es que se le puede llamar hogar a algo así. Supongo que algunos tienen que hacerlo. Como Joaquín. No tiene más remedio. Esto tardó unas buenas horas. Hacerme entender. La madre de Joaquín no quería entender. Verá, le dije, Joaquín es la mar de inteligente. Debe regresar al colegio y aprender a leer como Dios manda. Debe saber que la Tierra es redonda. ¿Usted sabe que la Tierra es redonda?, pregunté porque llegué a pensar que no lo sabía. Asintió con la cabeza sin decir palabra. Me escuchaba, y entendía, pero no quería entender. Le juro que su hijo es el crío más inteligente que he visto. ¿Le ha contado de las formicas?, ¿le has contado de las formicas a Madre?, pregunté a Joaquín que estaba parado junto a la vieja, abrazándola y sobándole el hombro. Joaquín dijo que no. Joaquín sabe todo sobre las hormigas, le expliqué, porque se ha leído un libro que yo le regalé. Joaquín sabe más de hormigas que ningún niño. Sabe más sobre las hormigas que la mayoría de los adultos. Joaquín sacó el pecho orgullos y confirmó mis juicios con datos. Mamá, dijo, ¿sabías que las hormigas son himenópteros, que son buenas, que tienen familias y amigos; son insectos sociables, y forman colonias? Como nosotros lo humanos. Madre sonrió al ver el entusiasmo de su hijo. Era imposible no sonreír. Ese Joaquín tenía estrella. ¿Lo ve?, dije, si Joaquín es capaz de aprender de un libro significa que es inteligente. No todos son capaces de aprender de los libros. Poca gente aprende de los libros. La mayoría aprende escuchando, o viendo, pero pocos leyendo. Y él es de esos pocos. Pude llegar a ser un gran autodidacta. Joaquín movió la cabeza con una sonrisa de oreja a oreja y dijo que quería ser un gran autodidacta. Dudo que conociera el significado de la palabra pero confiaba en mí. Sin embargo, continué, primero debe cursar la primaria. Para aprender lo elemental. ¿Qué futuro desea para su hijo?, ¿acaso quiere que sea un vago como lo serán todos los críos de este puto barrio, que no saben hacer otra cosa que jugar soccer y ver televisión? A todos ellos no servirá de nada el colegio porque llevan el seso roto desde el nacimiento. Son idiotas. Y están hechos para ser idiotas. Me duele ver a todos esos pequeños hijoputas calentando bancas de colegio mientras Joaquín se queda en casa. Aquí Madre recobra el coraje y dice que ella necesita de Joaquín, que está sola en el mundo y que sin su ayuda no podría hacer nada. Vale dije, ¿me está diciendo que prefiere sacrificar a su muchacho por un deseo egoísta? Seamos sinceros, señora, usted ya va de salida… pero el pequeño tiene todo un futuro por delante. No le arrebate la juventud. La oportunidad de ser algo más que un hace-mandados. Joaquín entristeció. A su corta edad comprendía lo que esto significaba. Pero Madre era necia. 

 Le propuse ingresar a Joaquín al colegio yo mismo. Para que ella no tuviera que esforzarse más de la cuenta. Ella podía hacerlo, es un hecho, no estaba tullida ni nada, pero no haría el sacrificio. Le propuse hacerme cargo de ella, de los mandados (una vez cada mañana después de llevar personalmente al niño a la escuela) para que no tuviera que extrañar a su sirviente en casa. Le propuse ayudar a Joaquín con los deberes, y revisar sin molestarla toda su carrera académica. Le propuse que yo compraría los cuadernos y los libros que necesitara. Se excusó con su pobreza. Le propuse pagar el uniforme y todos los gastos que implicara la educación de Joaquín. Le propuse y le rogué por el amor de Dios que no dejase echar a perder a su hijo por nada. Sin embargo, no cedió. Me escuchó y todo pero al final se negó, se puso brava y dijo que yo no era quien para mandar en su vida, y mucho menos para hacerme cargo de su hijo. Comenzó a cabrearse cuando le dije que yo correría con los gastos. En parte estuvo bien porque yo no era precisamente un magnate. Apenas podía mantenerme a mí. Estaba dispuesto a sacrificar algunos tragos con tal de escuchar a Joaquín leerme el Don Quijote. Joaquín deseaba leer Don Quijote. Pero su madre no deseaba nada para Joaquín. Lo único que deseaba era tener un sirviente sempiterno y un manso de mierda. Joaquín acabaría siendo un maldito manso de mierda. Con la edad el talento, pero sobre todo la ambición, decrece. Llegaría el día que Joaquín no tuviera esa sed de conocimiento. El día que ya no le importara el mundo de las hormigas, ni el mundo de nada. Que mirase los libros como lo que son en su vida: objetos inútiles. Lo útil es lo que se come, pensará. Vale más un pedazo de pan que toda la obra de Goethe. Será un alma pobre porque jamás habrá dado de sí lo mejor. Una bella flor marchita. Un genio acabado. Un pelmazo. Y esa Madre… esas putas viejas nunca mueren. Le acompañará siempre. Siempre a su lado necesitando la ayuda de su hijo al que se comen vivo. Nunca saldrá de casa ni hará una vida ese Joaquín. Se quemará incluso antes de la adolescencia. 

4

Joaquín llegó temprano aquel día. Abrió la puerta de mi casa y entró. Venía de sacar la basura. Yo dormía. Joaquín me despertó moviéndome el hombro suavemente. Cuando finalmente comprendí dónde me encontraba, le dije qué hay, y me reclamó haber estado llamando toda la mañana. Para que lo ayudase con la basura. Yo solía echarle una mano con eso. Me disculpé y me hizo ir a la sala. Vale dije, ¿qué quieres tan temprano, tío? Me puse un whisky en las rocas mientras él escogía uno de mis libros. Para que se lo leyera. Desde aquella vez, cuando intentó leer por sí mismo, y lo hizo terriblemente mal, no quiso leer de nuevo en voz alta. 

 Cogió un volumen de los cuentos escogidos de Fitzgerald. Vale dije sentándome sobre el sofá, pero esta vez, es tu turno. Lo obligué a leer en voz alta. Ahora que sabía que Joaquín jamás asistiría a la escuela lo menos que podía hacer era enseñarlo a leer. Joaquín tardó unos minutos en decidirse. Sentado en el suelo, acomodó el libro en el suelo, se inclino a él, y comenzó muy despacio: En mil… mil… mil nueve quince (mil novecientos quince, corregí desde mi sitio). Ajá, dijo y siguió: Taaarbox. Sí, Taarbox, repitió y continuó: teeeníiia trece años. Por aquel entooonces hizo el exaaamen de ingreeeso a la u… ni… ver… uni… ver… si… dad de Prin… Prince… ton. (Prinston, se pronuncia prinston, dije). Bufó como si leer las primeras líneas le exigiera la misma energía que correr un maratón. Y con… si… guió las más aaaltas ca… li…fi… caciones en mateeerias como Céeesar, Ciceróoon, Vir… gi… liooo, Je… no… fon… te, Hooomeeero, Áaal… ge… bra, Geooo… metríiiaaa del Essspacio y Quíiimiiica. Bufó de nuevo y esta vez se selló la mano a la frente. Se levantó y dijo que era mi turno, que necesitaba un descanso. El cuento era Cabeza y Hombros, y le había llamado la atención por el título, aunque estoy seguro que si continuaba perdería el interés. Va sobre un intelectual que se casa con una tía superficial, y termina siendo de más valor económico la superficialidad que la intelectualidad. Cosa que es una desgracia, una desgracia terriblemente cierta. Miré a Joaquín y me pregunté si quizá no estaba exagerando. Quizá hacerlo intelectual era joderle la vida. ¿Qué pasará si se engancha con la literatura, y como yo, descubre gracias a ella que nada tiene sentido? ¿No valdría más dejarlo en la felicidad de su ignorancia? En su situación, con esa madre y esa pobreza, podría llegar a ser un buen escritor, o podría pegarse un tiro en la cabeza. La Literatura es el árbol del pecado. El árbol del conocimiento. Te abre los ojos ante la mierda que es el puto mundo, y luego ya no hay vuelta atrás. ¿Qué sentido tiene todo? ¿Qué motivo tiene la vida de un hombre, cuando hay millones de vidas más? ¿Quién soy? No, me dije, quizá lo mejor sea dejar las cosas como están, como las ha dispuesto la divina providencia, o algo. 

 Tomé el libro del bueno de Scott. Joaquín corrió a sentarse junto a mí, en el sofá. Tomó un cigarrillo de la mesilla y me lo estiró. Ya no me reprendía por fumar. Tomé el cigarrillo y lo encendí. Traté de echar el humo para el lado contrario del lado donde estaba La hormiga atómica, pero el humo se regresó. Carajo pensé, aparte de joderle la vida con la literatura le pegaré el vicio del tabaco. Me dio un golpecito en la costilla para que empezara. Me acerqué el libro al rostro y leí. 

 Mientras leía lo miraba de reojo. Miraba su cara entusiasmada. El tío tenía una imaginación de a diez. Para que un niño disfrute de la lectura debe tener imaginación. Capacidad de imaginar y mantener su atención por más de media hora en lo que lee. Y capacidad de abstracción. Joaquín tenía todo eso y más. Increíblemente el texto de Fitzgerald le cautivó. A pesar de que no es un cuento para niños. Hacía preguntas y se emocionaba con las vicisitudes de los personajes. Es lástima, pensé, que este crío tenga que joderse. ¿Quién lo puso allí, en medio de tanto desorden? En una familia de mierda, y sin esperanzas. ¿Quién me puso a mí aquí?, pensé. En medio de tanto desorden, de tanto alcohol y de tanta mierda. Yo solo me he puesto aquí, me respondí. Pero, este pobre muchacho, coño, ¿quién lo ha puesto aquí, junto a mí, sobre mi viejo sofá? 

 Dejé de pensar o me volvería loco, y comencé a escribir la historia de Joaquín. 




12 comentarios:

  1. Precioso!! felicidades!

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  2. conmovedor, reconozco que me ha hecho pensar en toda esa gente con talento que no tiene una oportunidad, y la gente sin talento que tiene muchas oportunidades como los artistas de moda pop o los escritores bien relacionados que no saben lo que es sufrir por la literatura. Petrozza eres mi heroe por no desistir de escribir a pesar de nada! saludos y besos!!

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  3. muy bueno y enternecedor. me gusto la frase "uno decide hacerse escritor cuando finalmente se ha da cuenta que no sirve para ninguna otra cosa". saludos

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  4. Me gustó la historia, felicitaciones!

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  5. Leí en algún lugar: "Cree en ti cuando nadie lo haga. Cuando todos crean en ti, duda un poco"

    El escritor fracasa solo ante él mismo. cuando ni él encuentra placer en sus textos

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  6. en lo que compartes, tienes razón. Se debe estar dispuesto al fracaso.

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  7. Citlalli Palacios Garza17 de agosto de 2011, 14:50

    "para poder ser yo, he de ser de otros, salir de mí, buscarme entre los otros, los otros que no son sí yo no existo, los otros que me dan plena existencia" O. Paz.

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  8. Citlalli Palacios Garza17 de agosto de 2011, 14:50

    Petrozza, me ha gustado mucho, me conmueve y debo de recordar a un escritor que me ha hecho la vida felíz un tiempo, uno que en uno de sus tantos libros dice "aveces las decisiones nos toman a nosotros, más no somos nosotros siempre quienes tomamos las decisiones" en el caso de Joaquín, esta madre, pero de alguna manera Martin sembro en él la semillita de la literatura, por lopronto, ya has hecho lo tuyo.

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  9. Maravilloso texto, humano, conmovedor, y por desgracia, común en todas partes

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  10. Hey, quiero leerlo completo, pero no puedo verlo, podrías envíarmelo a mi correo???? Gracias!!!!

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  11. muy cierto verdadero lo comparto gracias!!

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