martes, 9 de agosto de 2011

Jimena.



Algunos lo llaman vagar, yo lo llamo paseo vespertino. Aquella tarde yo daba uno de mis paseos vespertinos, lo que quiere decir que rondaba la colonia fumando cigarrillos y pensando, aquella tarde, particularmente,  en la noche anterior. La noche anterior había ido al Café La Selva del centro de Tlalpan, a escribir y beber un Selva tradicional, que es un café y dos rellenos por veintiún pavos, y allí, conocí a una rubita encantadora. Entiéndase por encantadora, con un culo respingado y macizo. Una jebita de dieciocho años, preciosa y con unas piernas de encanto. Bien torneadas y bronceadas. Vestía un short diminuto. Para chuparse los dedos, tío. Venía sola. Entonces ocurrió: se soltó a llorar. Se ordenó una cerveza y cuando ésta llegó, se soltó a llorar. De la nada. Por supuesto yo la observaba. No dejé de observarla desde que entró al local. Sobre todo el culo y las piernas, aunque más las piernas, pues estaba sentada sobre el culo. Era un llanto silencioso. Como el llanto de una oveja. Lo que eso signifique. Me parece que nadie lo notó. Yo sí lo noté. Dejé el café y la libreta y me acerqué a ella. Vale le dije, ¿ocurre algo?, ¿te sientes mal? Levantó la mirada y con los ojos lagrimando  asintió con la cabeza. Su rostro era un hermoso rostro rojo, lleno de angustia y lleno de coraje. Ya dije, dame un segundo. Aproveché ese segundo para coger de mi mesa la libreta (el café dejó de interesarme), y me senté con ella. Martin Petrozza, un gusto, dije estirándole la manaza. Ella estiró la suya y estrechando la mía, dijo: Jimena, gracias, igualmente. Lo dijo aspirando los mocos del llanto. Y bien dije, ¿qué es lo que te pasa? Jimena me confesó que la habían echado de casa. Yo no me podía creer que a una muñeca tan fina, tan rubia y tan buena la echaran de casa. Cuando pregunté el por qué Jimena se lo pensó antes de contestar, se tomó un par de segundos, y lo soltó: porque soy adicta al café, dijo. La miré extrañado, y agregó: a la marihuana. Carajo dije, pero si ser marihuano está de moda. Jimena rió y pidió que se lo dijera a su padre, que es un asustado, dijo, y preguntó sí yo era adicto al café. No, contesté tajante, esas vainas no me van. Lo mío es el trago, ¿puedo?, dije pidiendo permiso a Jimena para beber de su cerveza. Adelante, respondió sin ánimo, como si todo le importase un carajo. Cogí la cerveza y me pegué un buen trago. Estaba casi llena y la dejé por debajo de la mitad. Jimena me miró asombrada pero no dijo nada. En verdad todo le importaba un rábano. Ya dije, ¿Y qué piensas hacer?  Pasaré la noche en casa de una amiga, vive cerca de aquí, y luego ya veré, contestó. Saqué un cigarrillo de la chaqueta, lo encendí, y saqué otro cigarrillo que ofrecí a Jimena. Encendí el cigarrillo de ella mientras le preguntaba cómo había sido la cosa. Me lo contó aterrada aunque al final, yo me pensé que era una chorrada. Un drama de telenovela rosa:

 El padre de Jimena encontró un cigarrillo de hierba en uno de los cajones del tocador de su hija, y cuando ésta llegó (hará un par de horas) la corrió del hogar. No severamente. Quizá ni siquiera la corrió. Se limitó a decir: no puedo creer que tengamos en casa a una adicta. Era la primera vez que le encontraban hierba, y a lo más, Jimena había fumado cuatro veces esa cosa. No se podría asegurara nada sobre una verdadera adicción. No era un escándalo. Sin embargo Jimena se esforzó por hacer de todo, un escándalo. Dijo que se marcharía de casa inmediatamente. No podía soportarlo. El ultrajo a su privacidad, sobre todo. Padre intentó detenerla, hablar con ella, pero Jimena no cedió. Padre jamás alzó la voz. Jimena cogió los ahorros de su vida (ocho mil pavos; me los mostró) y salió lamentándose de sus desdicha. Padre corrió fuera pero ella paró un taxi, y se largó. Madre no dijo nada. Madre no se mete en estas cosas dijo, Madre es alivianada.  Ya dije, y ordené un par de cervezas más.   

 Encendí un cigarrillo y me senté en una banca pública. El paseo vespertino me estaba cansando. Pensaba en el padre de Jimena, al que imaginé un tío noble que ha encontrado marihuana en la cajonera de su hija. De su princesa. Su pequeña Jimena, a la que ama por encima de todas las cosas. A la que ha engendrado con todo el amor del mundo (que pensándolo bien no debe ser mucho), y que se ha convertido en una vulgar fumadora de marihuana. El tío debe estar deshecho pensé, ahora que su cachorra se fue de casa. Seguro no sabe qué hizo mal, si le ha dado todo, y se lo pregunta incesablemente. Quizá culpa a Madre por ser tan alivianada y permitir todo a Jimena. Quizá también culpa a las amistades de Jimena, nunca se sabe cuál es la manzana podrida. O a la televisión, que te vende como bueno ser un drogata de mierda. Probablemente culpe al mundo entero, o a los tiempos modernos que son el Infierno. O puede que se culpe a sí mismo por no haber sido un buen padre, aunque seguro que lo fue. Aun quitando todas las culpas debe sentirse fatal. Jimena, la dulce Jimena, degradada a lo más bajo de este puto mundo: una viciosa cualquiera. Y lo peor, con hierba barata. Ni siquiera con buena droga, cocaína pura o algo. Él que le ha dado plata suficiente para pagarse un buen kilo de polvo, y ella que se inclina por la droga de la muchedumbre. Esto último lo pensé por mi parte, estas cosas no pasan por la cabeza de un padre noble. Y también pensé en Madre, que debe creer que el asunto no es tan grave, que ya pasará, así es la juventud y no está tan mal. 

 Ordenamos muchas cervezas más, que pagó Jimena pues le conté soy escritor y no tengo empleo, y lo pasamos a la mar de bien. Luego de desahogarse hasta me contó un par de chistes, y reímos, y le simpaticé, que es lo que yo quería desde el principio. Ya sabes: es más fácil acostarte con una mujer si primero le has simpatizado. Yo deseaba acostarme con Jimena. Más o menos lo mismo que con todas las mujeres

 La amiga de Jimena, Clara, llegó pasada una hora o algo, y era una tía de veinte años tan buena como Jimena. Se sentó a la mesa sin extrañarse de mi presencia y le pidió a su colega le contara absolutamente todo, con lujo de detalles, así que escuché el rollo por segunda vez, y esta vez, con lujo de detalles. Uno de esos detalles, que se me antojó curioso,  es que aquella tarde, mientras Padre hurgaba las cosas de Jimena y encontraba hierba, Jimena se encontraba en un curso de regularización al que fue obligada a asistir tras reprobar cinco de siete materias en el colegio. Aparte de drogata es lenta para la escuela, pensé, o la droga ya le ha borrado el seso. Por supuesto no se lo dije, al contrario, estuve falsamente de acuerdo con ella en lo chocante de la escuela y en la inutilidad de las matemáticas. Clara también estuvo de acuerdo, ella misma abandonó la preparatoria porque nunca la pudo terminar. Lo que significa que no la abandonó, la echaron. En conclusión, Clara y Jimena eran un par de tías buenas, hijas de familia, adictas y sin cerebro. Pero, repito, estaban buenas y eso bastaba. 

 Clara, me enteré después de que Jimena me presentara como a un recién amigo, fue quien indujo a Jimena a probar con la hierba, consejo de amiga, para relajarse y abrirse a un mundo nuevo de sensaciones y felicidad. Clara misma me lo contó, y hasta me recomendó fumar para escribir mejor, cosa que siempre me ha parecido una pendejada. Eso de las drogas y el arte. Estar drogado no es tener talento. Pocos son los drogatas que logran algo en la vida. Si la cosa fuese tan sencilla, cualquier marihuano sería un gran artista, escritor, pintor, etc. No queriendo perder la oportunidad de follarla (ahora también deseaba follar a Clara; o a la que se dejase primero) asentí con la cabeza y le dije que me lo pensaría, que probablemente sí. Jimena insistió. Vale dije, pero no sé muy bien cómo hacerlo. Mentí. En la adolescencia también tuve mi momento. Sé muy bien lo que es fumar hierba. Clara exclamó ávida de ser la maestra, que ella podía correrme un poco de la buena, y mostrarme el camino al Yo interno. Era budista o algo. Estuve a punto de desistir. El budismo o algo y la marihuana son cosas que dejé en el pasado. No me interesa estar en armonía con la naturaleza ni las sensaciones de un drogado de hierba. Sin embargo acepté la invitación. Clara dijo que mañana sus padres saldrían de casa, de viaje, y que sería una estupenda oportunidad. Jimena recobró la entereza. Lucía radiante y entusiasmada con la idea. Era una cita. 

 A los pocos minutos las despedí. Clara necesitaba llegar a casa antes de la media noche. Lo había prometido a Padre y no deseaba cabrearlo ahora. Podría arruinar la cosa. No las detuve. Antes de partir Jimena anotó su número móvil en una servilleta, con un bolígrafo que sacó de su bolso (el bolso era todo su equipaje) y me la entregó. Para contactarlas al día siguiente, por la noche. Vale dije, encantado de conocerlas, será un placer. Mentí de nuevo. Era un displacer y un tedio. La cosa más aburrida que se puede proponer alguien. Drogarse con hierba y tratar de encontrase al mismo tiempo. Pero ya estaba en eso y además, estaban terriblemente buenas. 

 Caminé al teléfono público más cercano y llamé a Jimena. Estaba por oscurecer y era tiempo de ir a por ellas. Vale, nena, ¿cómo andas?, pregunté por el auricular. Jimena andaba seca. Habla Petrozza, ¿recuerdas?, el tío del Café La Selva, de anoche… Vale. ¿Estás con tu amiga, Clara?... Excelente. Bueno, llamaba porque quiero saber dónde las veré el día de hoy, ya sabes, para echar humo un rato y… Ya. Eso es justo lo que quiero saber… ¿Yo? Yo estoy en la esquina de Hidalgo y… Exacto, ahí… Ok. Jimena cortó la llamada y pidió que le llamara nuevamente en veinticinco minutos. Carajo pensé, esto ya se jodió. Caminé al kiosco del centro y me subí allí, a pensar y a fumar. Pensé en todas las posibilidades. ¿Qué haré si esas tías me ponen a fumar hierba? Hace tanto que yo no lo hago que no sé exactamente si podré controlar el asunto, ya sabes, llevarlo todo hasta el sexo. Además, no me agrada fumar esa mierda. Pero son niñas de veinte años me dije, podrás con ellas. Su edad es un arma de dos filos. Por un lado son manipulables, y por otro no creo que sean tan putas, a esa edad, de acostarse conmigo ambas. Deja tú la edad, son perritas de casa, esas tías con trabajo la chupan. Se piensan que esas cosas son vulgares. Además no sé por cuál empezar. Jimena es rubia, preciosa, como una modelo de revista adolescente; y Clara, ella es blanca como la leche, con el cabello lacio y negro intenso. Como una modelo de revista de vampiros. Jimena tiene dieciocho y eso me agrada, pero al tiempo no me gusta lidiar con mujeres vírgenes o demasiado ingenuas. Clara tiene veinte y ya debe saber de qué va la cosa. Pensaba en todo eso cuando las miré venir. A la distancia, entraban por la calle de Hidalgo, e iban a la esquina donde les dije que yo estaba. No habían pasado ni quince minutos. Bajé del kiosco y corrí a ellas.     

 La casa de Clara estaba cerca, y era una casa grande y de sólo mirar la puerta sabías que era una casa de ninguna carencia. Entramos y mientras lo hacíamos, Jimena se disculpó por su dureza a mí llamada, pero tuve el infortunio de  llamar justo cuando el padre de Clara las despedía y le advertía (a Clara) que no metieran a nadie a casa, etc. Ya dije, no importa. 


 Sacaron la hierba de un morral, la pusieron sobre la mesa (estábamos en un jardín elegante) y Clara comenzó a expurgar mientras Jimena me corría una cerveza, y se sentaba a mi lado. Por un momento dejé de ver a Jimena como un objeto de deseo y hasta me cayó bien. Me preguntó si estaba cómodo, si deseaba algo más. Tengo una cerveza, dije mirando la cerveza, y a una joya de mujer, dije merándola a ella, y agregué que con eso me sentía en el paraíso. Jimena sonrió y le dijo a Clara: ¿escuchaste eso? Clara, concentrada en su tarea de expurgar y liar cigarrillos asintió con la cabeza sin dar importancia. Jimena comenzó con la explicación: fumar marihuana te abre la mente, decía. ¿Cuántas veces habré escuchado semejante chorrada?, prensé. Yo asentía dando tragos a la birra. Hay un mundo de sensaciones, de conceptos desconocidos y de interpretaciones escondidas, decía Jimena. Yo miraba las peras de clara que inclinada a la mesa me dejaban ver unos buenos tres cuartos. Jimena me pateo por debajo de la mesa, cuando se dio cuenta de lo que hacía, y cuando la miré, sorprendido, sonrió y dijo que le pusiera atención. Jimena, le dije notando algo raro, ¿tienes novio? Jimena rió y enrojeció, y contestó que no. ¿Por qué no?, pregunté interesado. Bueno dijo, no sé, no he encontrado mi tipo. Clara interrumpió: Jimena es rara, no necesita fumar para andar viajada. 

 Primero fumó Clara, que me explicó cómo mantener el humo unos buenos segundos antes de echar la cosa. Luego Jimena, y recalcó lo de aguantar lo más que se pueda. Y cuando me pasó el porro lo tomé, lo miré un segundo y me dije: todo sea por acostarme con alguna de estas jebas. Y me pegué un toque. Un buen toque. Clara dijo que eso estaba muy bien pero que quizá debía comenzar más ligero. Vale dije, no importa, es igual. Jimena, que comenzaba a tratarme fraternalmente, dijo que Clara tenía razón, y que sería mejor que esperara un poco antes de fumar más. Me pareció una estupenda idea. Me levanté a por una cerveza. ¿De dónde salió la birra?, pregunté a Jimena y me indicó que fuera a la cocina y buscara en el frigo. Clara me indicó cómo llegar, era una casa grande y había que doblar y entrar por puertas y cosas. Clara me daba indicaciones pero yo no escuchaba. Pensaba que era mejor no escuchar y arreglármelas por mi cuenta. Así perdería más tiempo. Tiempo que ellas aprovecharían para ponerse con la droga. Cada minuto estaba más cerca de la gloria. Así que caminé por donde me di a entender y tras varios minutos di con la cocina, con el frigo y con la birra. 

 Cuando regresé Clara y Jimena estaban recostadas sobre el césped, con los ojos cerrados. Me senté a la mesa sin hacer ruido. Pasaron varios minutos hasta que Jimena dio señales de vida: sacó de su bolsillo un teléfono móvil y lo hizo sonar. Música. Hizo que de esa cosa saliera música. ¿Qué clase de música? No lo sé. Música de moda, supongo. 

 Pasó mucho tiempo. Jimena y Clara recostadas sin decir absolutamente nada. Se habían olvidado de mí. Tenía que hacer algo si deseaba follarlas. Me recosté junto a Jimena, que es la que más me interesaba, y encendí un cigarrillo. Me volteé hacia ella, y le dije: vale, nena, ¿estás bien? Con el índice me indicó que sí. No dijo una sola palabra. Me estaba preocupando el asunto. Me levanté porque me sentía ridículo, y regresé hasta la cocina, por más cerveza. Esta vez tomé el paquete completo y una vez instalado en la mesa del jardín, me puse a pegarle al trago. Siete cervezas hasta que las niñas despertaron. 

 Ha estado muy bien, comentó Clara. Se tomaba eso de la droga muy enserio. No eran las típicas adictas que fuman y platican pendejadas. Que ríen sin sentido, y que no saben ni dónde están. Jimena confirmo que todo estuvo muy bien. Ya tenía los ojos rojos y ovejados. Clara tomó otro cigarrillo de hierba y lo encendió. Esta vez comenzó Jimena, que lucía lenta y sin ambición. Fumó tranquila, sin hacer alardes, y me pasó la cosa. Vale dije, creo que me estoy mejor con mi cerveza. Lo tomé y lo pasé a Clara. Clara lo tomó sin decir nada, sin intentar que yo fumase más. Se colocaron otro poco y volvieron a echarse en el jardín, con esa música de mierda, Muse o algo, y eso fue todo. Esa fue toda la fiesta. Se recostaron allí, cerraron los ojos y yo me bebí todas las cervezas que encontré. Ni siquiera platicamos. En algún momento me recosté junto a ellas y me quedé dormido. Cuando me despertaron era de madrugada. Me despertó Jimena. Anda dijo, vamos dentro, aquí hace mucho frio. Y vaya que lo hacía. 

 Entramos a la casa y me instalaron en un cuarto con cama, y ellas desaparecieron, y eso fue todo el asunto. 

 Al día siguiente también me despertó Jimena. Iremos a desayunar, ¿vienes?, dijo. Jimena, le dije, ven un momento, siéntate aquí, anda. Jimena se sentó en la cama, junto a mí y le pregunté ¿por qué haces esto? ¿Hacer qué?, preguntó extrañada. Cuidarme dije, me estás cuidando demasiado. Lo dije con la voz de la resaca, y ella, con la voz de la resaca, contestó: porque tú me has cuidado a mí sin conocerme. Ya, dije. Así que eso, pensé. Jimena es un alma noble. Se cree que mis intenciones, en el Café La Selva, fueron las intenciones de una blanca palomilla. La vida debe ser decepcionante para una mujer buena, pensé; y un infierno insoportable para una fea. Sin embargo las decepciones pueden superarse. Puedes sacar provecho una vez que la ilusión se ha roto. Pero del infierno no se puede sacar provecho. Sí, cierto, dije a Jimena, pues muchas gracias. Anda, dijo alegre, te invitaré a desayunar y luego podrás leerme algo de lo que escribes, desde ayer estoy intrigada con eso de relatos autobiográficos. Le conté yo escribo relatos autobiográficos.

 Yo no lo podía creer. Eso fue todo con la hierba. No estuve ni cerca de meter la polla en ninguna de las dos. 

3

 Vale dije, helo aquí. Uno de mis relatos autobiográficos. Aquella mañana del desayuno no pude leerle nada porque no llevaba encima ninguno de mis textos. Pero dejé pasar una semana y la llamé para que me invitara un trago y le leyera algo de mi autoría. Se entusiasmó con la idea. Creo que ella, siendo tan bella cómo era, no miraba en mí un hombre, un prospecto a su sexo, si no un tío noble que la ayudó en un momento de desesperación y con el que estaba gradecida. Fuimos a la cantina Jalisciense del centro de Tlalpan, porque yo se lo sugerí, y me contó que llevaba todo ese tiempo viviendo con Clara, pero que pronto se mudaría con una tía suya en el Estado de México. Vale dije, muy bien. Por supuesto eso no me hacía gracia. De ese modo Jimena me quedaría más lejos y yo aún no perdía la esperanza. La perdí un par de minutos después…

 Jimena tomó el texto que yo había escrito y comenzó a leer: “Algunos lo llaman vagar, yo lo llamo paseo vespertino. Aquella tarde yo daba uno de mis paseos vespertinos…” 

 Sin terminar el texto se levantó indignada, y no la volví a ver. Dijo que yo era como todos. Riendo pensé que sí, que yo soy como todos. 




10 comentarios:

  1. asi son las niñas fresas, se drogan y se creen malas pero no son ni la mitad que tu petrozza, ni lamitad de la mitad!! Saludos!! y olvidate ya de las niñas!

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  2. Parece que siempre nos engañamos con una realidad que sólo es una ilusión.

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  3. Muy buen texto Martin Petrozza me hace recordar viejas cosas vividas en la U, sexo, marihuana y alcohol ... esas son mezclas peligrosas pero si las llevas bien las cosas salen, bueno eso dicen. un abrazo

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  4. Petrozza me gusta leer tus textos mientras escucho musica de mierda xD! hace que me viaje pero sin drogarme, sentir que yo estoy en tu lugar...!

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  5. muy buen texto. Un sentimiento de ilución de creer que no es igual todo, que cual lleva a una desilución.

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  6. todos somos como todos, tu eres como todos, pero ellas son como todas, buen texto!

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  7. Lorenzo del rello angeles10 de agosto de 2011, 22:44

    Muy buena

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  8. Buen texto,Petrozza; me gusta el comercial que le haces a la basura de Café la Selva; y por supuesto, me gustan los relatos de tus fantasías eróticas de adolescente inexperto. Felicidades!
    Hernán Martínez

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  9. Citlalli Palacios Garza15 de agosto de 2011, 19:49

    Ahhhh Petrozza, sólo confirmo lo que es evidente, que eres capaz de lo que sea con tal de acostarte con una mujer, jajajajja, naaa

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  10. Citlalli Palacios Garza15 de agosto de 2011, 19:49

    eso de la droga no es lo tuyo y esta bien, aunque no dejo de causarme una punzada el hecho de recordar a Fredcito, su tacometro, Sahkespeare y los días en la casa del susto.

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