lunes, 11 de julio de 2011

Simona y la felicidad.



Ya me estaba cansando el rollo de la felicidad. Por todos lados se hablaba de la felicidad. Todos quieren ser felices. Lo que equivale a decir que todos son infelices. Aunque algunos se aferran a creer que son muy felices. Cómo ser feliz a martillazos. Eso era la cosa. Ser feliz  a toda costa. Es de mal gusto no ser feliz. No importa si no eres feliz de verdad, debes salir a la calle pensado que lo eres. Y entonces, mágicamente, lo serás. No importa si no tienes motivos. Debes inventarlos. Que te baste el Sol en el Cielo para ser feliz. Que te baste la Luna. Que te baste la vida. Que te basten tus hijos. Pero por amor a Dios, sé feliz. 

 Así que me decidí a ser feliz. Me tumbé sobre el viejo sofá, whisky en mano, e hice tocar la Novena en el estéreo. Todo esto mientras fumaba un cigarrillo. Pero ni el viejo Beethoven, ni el sabio Whisky en las rocas, ni el fiel tabaco, pudieron contenerme. Eso de ser feliz no se me da muy bien. ¿Será cierto, pensé, que la cosa está jodida desde Adán y Eva? De ser así son vanos nuestros intentos humanos de ser feliz. Pues Dios desea con toda su alma (¿Dios tiene alma?) que el hombre sufra por su pecado. Lo condenó a sufrir. Y entonces, dejando a Dios a un lado, el concepto de la vida es el sufrimiento. Ser feliz es contra natura.  

  En eso sonó el teléfono. Era Simona. ¿Qué hay, nena?, dije y ella, exaltada, contestó que hoy era el día. El gran día. El día en que Laboratorios LAPCI nos entregaría los resultados de las pruebas que realizamos.  Las pruebas del sida. El condenado sida. Que se le había metido en la cabeza a la pobre de Simona, y que ahora se me había metido en la cabeza a mí, y que sumaba angustia a mi infeliz vida de minúsculo humano. “No soy nada. Nunca seré nada. No puedo querer ser nada. Aparte de eso, tengo en mí todos los sueños del mundo.”  (Álvaro de Campos). Ajá dije, vale, ¿qué hay que hacer? Ir al laboratorio y recoger los resultados, dijo, con tono de obviedad y yo contesté: ¿segura que quieres recoger los resultados?, aún estamos a tiempo de ser felices. ¿Estás orate?, dijo y pensé que saldría con la cosa de la certeza, la responsabilidad, la ética y la moral… pero dijo: ¡ya pagamos! Me lo pensé un segundo y ella tenía razón. Esas pruebas eran nuestro derecho. En ellas se había ido toda la plata. Plata que yo recomendé hasta el cansancio invertir en un buen hotel. O en dos o tres malos hoteles. O en lubricantes y cosas sexuales. Pero había ido a parar a las manazas del laboratorio y ahora era nuestra obligación y nuestro derecho hacer valer el servicio por el que pagamos. Vale dije, ¿a qué hora te veo? Nos citamos a las cuatro en Insurgentes. 

 Es increíble todo lo que te puede pasar por la cabeza cuando vas camino a la verdad. Todas las relaciones sexuales que he mantenido cruzaron ante mis ojos en pocos minutos, y de todas, recordé una con mayor sospecha. Una puta de un tugurio en Cuernavaca a la que pagué por sexo oral, y que terminó montada en mí, por cuenta de la casa, papi. Ninguna puta regala nada, pensé ahora, muchos años después del acto. Sin embargo había algo en la mirada de la puta que me inspiraba confianza. La recordaba con nitidez. Recordaba las botas negras y altas que posó sobre la mesa en que yo bebía una cerveza para llamar mi atención. No tenía que hacer eso. Todas las mujeres llaman mi atención con el simple hecho de existir. Sentose a la mesa y preguntó por qué tan solo, y es que yo en verdad iba solo. En aquel entonces había emprendido un viaje sin retorno a la búsqueda de mi identidad y a un buen lugar para vivir. Estaba allí, en Cuernavaca, con los ahorros de mi vida (que no eran más de cinco mil pavos), en un bar nudista barato, tratando de encontrar la espiritualidad. La cosa es que yo no creo en la espiritualidad. Aunque en ese entonces no estaba seguro de creer o no creer en nada. O en algo. Dudaba de absolutamente todo. Era agnóstico, escéptico, ateo, apolítico, y hasta abúlico. A decir verdad, continúo siendo escéptico, ateo y apolítico. Agnóstico no porque no se puede ser ateo y agnóstico al mismo tiempo.  Sin embargo hay cosas que no se pueden poner en tela de juicio. Dudar de ellas. Cosas reales. Claras y sólidas como tener el sida. ¿Es que acaso Marisol (así se llama la puta Cuernavaquense) sabíase infectada y dedicaba su vida, su odio y su venganza, en dar a los clientes sexo por cuenta de la casa? ¿Infectándolos? No lo podía creer. No de Marisol. Con sus ojos de ternero, sus pequeños senos y su amabilidad desmedida. Le eché el rollo de en busca de la identidad y conmovida dijo espero que aquí encuentres tu hogar. Luego ella me echó el rollo de su vida. Todo esto mientras se bebía las cervezas que iban a mi cuenta, claro, pero juro que Marisol tenía el óbolo de bondad que han perdido las prostitutas de la Ciudad de México. Era capaz de escuchar, asentir con la cabeza, entender, y mirar con calidez. Quizá la conmoví de verdad. Quizá, cuando me dijo el monto de la cuota por su sexo, y le dije lo siento, no puedo pagar eso, miró en mí a un hombre sincero, que estaba dispuesto a perderse la diversión sin regatear, y ella misma bajó la cuota a ciento veinte pesos por un oral. Vale dije, y subimos al privado. Una vez dentro me sentó sobre un sofá y comenzó a hacer lo suyo. Y en algún momento subió encima de mí y encajándose dijo: esta va por cuenta de la casa, papi. Yo no dije nada. ¿Qué iba yo a decir? ¿Cómo iba a ser capaz de rechazar a una mujer que bondadosa, me abre sus órganos? 

 No, Marisol no podía ser el monstruo de este cuento, y definitivamente yo no podía estar infectado. Eso pensé. Lo negué rotundamente. Simona tenía que estar loca. Si yo tuviera el sida ya estaría muerto o agonizando porque mi vida sexual comenzó a los ocho años, con Pamela, y aunque murió con Pamela, a los mismos ocho años, y recomenzó a los dieciséis, con Laura, es improbable que el virus no me hubiese acabado ya. El virus del sida es una chorrada pensé, sólo pasa a la gente importante, o a los homosexuales. Y yo no era ni una ni otra cosa. Así que tranquilo, respiré profundo, y me dije: vamos, tío, todo saldrá bien. Llegado a con Simona vas a coger las pruebas y las vas a echar por la rendija de una coladera, sin verlas, porque no tiene caso. Tú no estás infectado. Sí, me respondí, tienes razón. 

 Aquel día, que para Simona era El gran día, fue para mí el peor día de mi vida. Un infierno. Algo así como el juicio final. Ya sabes, los problemas por la plata, los celos…  y ahora toda mi vida iba a ser juzgada por una prueba científica. El hombre juzgado por el hombre. Y todo por culpa de Simona y de su paranoia. No podía creerlo. De todas las mujeres que he tenido, ésta, la menos arpía y la menos bruja, es la que más me había jodido la existencia. De un instante a otro mi vida podría cambiar rotundamente. Si hasta ahora yo ya pensaba que la vida es una mierda, ¿qué pensaría con el sida encima? Enloquecería. Mis instintos más misántropos (si es que la misantropía radica en un instinto) emergieron de mi alma. Siempre he sido bueno fantaseando pero esta vez me pasé de la raya. Me imaginé conocedor de mi desdicha, seduciendo menores de edad sólo por el placer de contagiarlas. De contagiar a quien sea. De vengarme de la vida cruel. Vertiendo sangre mía en la sopa de mis invitados. Me miré hecho un monstruo. Y curiosamente, debo confesar, sentía un placer inmenso… y hasta unas ganas terribles de tener el sida y comenzar mi carrera de maniático. La manía: un mundo con sida. Dios, estaba perdiendo el seso. 

 Sí, eso es. Estás perdiendo el seso, me dije. No seas cabrón. No es culpa del mundo tu promiscuidad y si ahora tienes que pagar el precio, no es culpa de nadie si no tuya. Velo por el lado positivo, tío, me dije, si resulta que tienes el sida (y lo tienes, no te hagas pendejo), la vida se te irá pronto y podrás dejar de sufrir y de errar por aquí y por allá, y al final será lo mejor. ¿Cuántas veces has pensado en quitarte la vida? Pero eres un cobarde de mierda. No tienes los cojones para hacerlo. Vale, pues asunto arreglado. Alguien más hará el trabajo. La cosa es Simona, ¿ella qué culpa tiene, la pobre, si no es capaz ni de matar una mosca? O una hormiga. Literalmente no es capaz. Uno nunca sabe, me justifiqué, quizá Simona paga algún pecado inconfesable. Un sólo pecado inconfesable basta. Un sólo pecado, uno bueno, tiene más peso que toda una vida de preocupación por el mundo y por el prójimo. Quizá también sea lo mejor. Al menos así ninguno de los dos morirá solo. Moriremos juntos. No juntos de verdad, ya sabes, juntos: compartiendo el mismo funesto destino.  

 Dejando a un lado los fatalismos, pensé, no es la gran cosa tener el sida. Podemos pasar años infectados sin que se manifieste el virus. Hasta unos buenos quince años. Es cosa de hacerlo única y exclusivamente entre nosotros dos. Y además, para los que se piensan que una cosa así no tiene, no puede tener, nada positivo: ¡eso significa que podremos hacerlo sin condón! En adelante. Porque, ¿qué sentido tiene cuidarse? Sí, señor, me dije, caminemos a nuestro destino con la frente en alto. Tengo el sida, ¿y qué? De algo tenemos que morir. 

 Ya lo estaba aceptando. Con dignidad. Cuando los amigos se enteren no se lo van a creer, pensé. Las ganas de soltarlo bullían en mí. Ni Garrison ni Verónica lo iban a creer. Enloquecerían. Ellos serían los que sufrirían. Los que se angustiarían. Aunque quizá con el tempo lo olvidarían. Les diría: no, tío, no es una broma, de verdad, tengo el sida. Luego de que se lamentaran les diría que no es tan malo, que a decir verdad no siento nada, es como no tenerlo sólo que ahora soy un arma. Como una serpiente venenosa. Mis embestidas matan. Ahora sí que sería todo un matador con las mujeres. 

 Sin embargo albergaba la esperanza de estar sano. De que todo esto pasara como pasa un sueño, y de que mi vida no se volviera un infierno más cruel que el infierno que ya era. 

 Sin notarlo había pasado por lo que los psicólogos llaman las etapas del duelo. Un duelo se libraba en mí, y pasé todas esas etapas, que a veces son cosa de meses, en lo que dura el transporte público de mi casa a Insurgentes.


 Simona ya estaba ahí. En Insurgentes. Me miró llegar, me tomó de la mano y me preguntó si estaba listo. Le besé la frente y le dije que sí, que estaba listo. No pregunté si ella estaba lista. Supuse que lo estaba. Después de todo era cosa suya. Si nos enfrentábamos a la muerte, o a nuestro destino, o lo que sea, era por iniciativa suya. Por mi cuenta yo jamás me habría sometido a algo así. Si estaba allí, de la mano con Simona, era porque la amaba realmente. Estaba dispuesto a enfrentar la verdad a su lado, y en caso de lo peor, quedar a su lado. Siempre a su lado. Hasta el final. En las buenas y en las malas. 

 Entramos al laboratorio y nos entregaron el resultado de las pruebas en un par de sobres. Eso era todo. Hasta aquí llegaban los servicios del laboratorio. Habíamos convertido cuatrocientos pavos en un par de sobres con nuestra sentencia de muerte escrita en papel corriente. ¡Habíamos pagado por eso! Yo no lo podía creer. Pagamos por nuestra entrada al séptimo círculo del infierno.

 Simona cogió los sobres, los metió al bolso de mano, y detrás de las gafas de sol me echó una mirada. Nunca sabré qué clase de mirada. Yo la miré también, como diciendo: bueno, ya tienes lo que quieres, a ver si sigues contenta cuando descubras que todo esto es un maldito error. Que más te valía ser ignorante de un problema así. 

 Lo primero que dijo luego de recibir aquello fue: ¿quieres una hamburguesa del McDonalds? La idea me cayó como un balde de agua fría, o mejor dicho, como un balde de agua tibia y vivificante. La idea de una hamburguesa del McDonalds borró de mi cabeza toda idea de muerte y sufrimiento, ideas que me perseguían desde que emprendí el camino a Insurgentes. Vale dije a la mar de contento. Yo amaba esas condenadas hamburguesas. Y no es cuestión de mal gusto, es cuestión de mercadotecnia. Desde crío, McDonlads había trabajado mi cerebro en base a espectaculares, colores, frases y sonrisas para que sólo muerto dejara de gozar (o de creer gozar) un delicioso Cuarto de libra. Así que Simona me compró un McTrio y ella… ella no se ordenó nada. Dijo que no tenía hambre. Nunca tenía hambre. Incluso cuando tenía hambre, no era verdad. Podía pedirse una Caja Feliz y dejar más de la mitad. Comiendo mi hamburguesa como un niñato, con el entusiasmo de un crio y la felicidad de un imbécil, le pedí abriera los sobres y me anunciara ahora, en este momento, que era el momento, o uno de los momentos, de mayor felicidad en mi vida, el resultado de mi prueba, y de la suya. Me daba igual. Estaba dispuesto a aceptar las consecuencias fueran unas u otras con total indiferencia. Nada impediría que gozara de mi hamburguesa. Era un buen momento para saberse portador del sida. Pero Simona dijo que no, por Dios, que cómo en un McDonalds. No hay mejor lugar, dije, ya sabes: dedicados a hacer sonrisas. Entonces dijo: ¿estás orate?, no voy a leer los resultados aquí. Me parece el lugar menos indicado. Ya dije, si no es un ritual todo eso de abrir los sobres. Este es el lugar indicado. Me siento bien aquí. Me siento capaz de afrontar lo que tenga que afrontar. Abre el mío al menos. Abrir el tuyo es abrir el mío, si tú estás infectado lo estaré yo, dijo. 

 No abrimos los sobres. Saliendo dije a Simona que ya abriera los puñeteros sobres. No estaba lista, Dios. Dijo no sé, tengo miedo. Lo sabía dije, sabía que todo esto no era cosa de un ser maduro, sino un capricho infantil derivado de la inseguridad y la pusilanimidad. Vale dijo Simona, hagámoslo en Reforma, en una banca de Reforma. ¿Estás orate?, le pregunté, ha caído una tormenta recién; las bancas deben estar empapadas. No podremos ni sentarnos. Simona lucía espantada y melancólica. No se cabreó de mis beligerantes comentarios. Caminemos a Reforma dijo entrada en un estado somnoliento. Lo noté: Simona no se sentía bien, y sin discutir más la tomé de la mano y caminé con ella hacia Reforma. 

 Abrimos las pruebas bajo el tejado metálico de un puesto de periódicos cerrado. Comenzó a llover y tuvimos que refugiarnos bajo ese tejado. A mi parecer, abrir las pruebas allí era tan deprimente como pedir limosna. Ya no teníamos opción. Ni paciencia. Simona me estiró el sobre con mi nombre y cogió el suyo y comenzó a contar hasta tres pero en dos yo ya había sacado mi resultado. Y cuando volteé a mirarla… Me miró desde abajo, desde su pequeña estatura, y se lanzó a mí en un fuerte abrazo, y una lágrima corrió por su mejilla y me pensé que la cosa estaba jodida. La sobé conmovedoramente, uniéndome a su dolor. No sabía qué decir. Las ganas tremendas de reprocharle su temeridad, de retar al destino, se habían esfumado con la dolorosa verdad estampada en nuestras caras. Ahora la vida será un infierno. Todo estará bien, susurré al oído de Simona, todo estará bien. No me voy a separar de ti… 

 Simona se despegó de mí y me plantó un beso en los labios. Feliz. Allí capté que algo no estaba bien. O Simona había enloquecido, o… No seas idiota, dijo riendo, No Reactivo es positivo. ¿Qué?, dije. Si te sale Positivo es negativo, porque significa que todo está muy mal, me explicó. Ajá, dije sin comprender, ¿y qué vamos a hacer ahora? Tuvo que explicarme con detalles que No Reactivo significa que estoy limpio. ¡Y yo estaba limpio! ¡Y ella estaba limpia!

 Nos abrazamos por más de una hora. Sintiendo que en adelante seríamos más fuertes. Que estaríamos por encima de todo. Que juntos llegaríamos tan lejos como quisiéramos. Nos sentíamos renovados. Como nuevos. Como vueltos a nacer. 

3

 La felicidad de saberme sano fue tal que llegué a pensar que la felicidad está en librarnos de las tristezas y no en la felicidad, como suele creerse. La felicidad es la ausencia de tristezas, se sabe, y eso no significa que la felicidad exista de verdad. Para ser feliz hay que ser imbécil, dice Voltaire en su cuento El buen Brahmín. Más o menos como el payaso Ronald McDonald. La felicidad no existe. Ni la ausencia total de tristezas. Pero si estoy equivocado, y la felicidad existe, la felicidad está en la prueba de las ETS. Me siento tan bien, dije a Simona, que me haré la prueba cada semana. Sólo para ser un poquito feliz. Hasta que la felicidad mengue por completo. Porque la felicidad es cosa que se desgasta. 






5 comentarios:

  1. Excelente pensamiento sobre la felicidad, todos quieren ser felices y hay que ser feliz a fuerza!!

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  2. se lee tres veces seguidas y sigue gustando

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  3. Secundo a Schopenhauer cuando dice que la felicidad es ausencia de dolor...! O de miedo como diría Punset. El punto es que la felicidad radica en el grado de sensibilidad. Es cómo ese abrazo que te dió Simona...hasta yo lo sentí Petrozza! Renovado!

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  4. Citlalli Palacios Garza11 de julio de 2011, 22:15

    Muy bien ese hombre que se hace llamar Petrozza, termino de hacerme reír, sí debo de manifestarlo que mi risa es un tanto malevola, porque me gusta reírme de las cosas más turbias, incluso de las que me suceden a mí, total, que mientras Petrozza con la continuación de Simona y el SIDA, termina magistralmente de contarnos su duelo en Simona y la felicidad, primero nos invita al estilo de Dante "Todo aquel que entre a este sitio, abandone la esperanza", termina felizmente queriendo vivir de todas las fomas y maneras posibles, siempre a favor. Me gusto, es todo lo que puedo decir. ¿Me causo gracia? Sí y mucha creo que tengo un humor bastante retorcido.

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  5. Maria Elena Tolosa12 de julio de 2011, 23:19

    me gustó mucho el tema de pedrozza , a llevarlo a cabo

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