lunes, 4 de julio de 2011

Simona o el sida.



¿Te han dado el empleo?, preguntó Simona por el auricular del teléfono móvil. Ya dije, no me han dado el empleo. Simona suspiró. Había realizado tantas entrevistas como estrellas en el cielo y siempre lo mismo. ¿A ti?, pregunté. Simona buscaba empleo tan aguerridamente como yo. Con el mismo resultado: no, dijo, creo que no he tenido suerte esta vez. Ya, dije sacando un cigarrillo de la chaqueta. No te preocupes, ya será la próxima, dije encendiendo el cigarrillo. Simona dijo que sí, que ya sería la próxima y se despidió. Ninguno de los dos deseábamos entrar en detalles. Ambos lo sabíamos: la cosa estaba jodida. Tanto que necesitaba un curro. Sí, señor. No había modo en el infierno de logra salir sin la plata que procura un curro. Estaba hundido hasta la coronilla. En la mierda. Debía dos meses de alquiler y no tenía ni para una cerveza. Así que me puse manos a la obra: le dije a mi novia que ella necesitaba un curro. Y me creyó. Pero luego ella pensó que yo necesitaba un curro, y le creí, y ambos nos pusimos manos a la obra. Pero siempre lo mismo. 

 Así que teníamos el problema de los curros, que es el problema de la plata, y por otro lado, el problema de los celos... y la paranoia. Simona sabía de mi carrera de escritor, aunque decir carrera puede ser demasiado, y conocía a detalle cada palabra de mi autoría. Y aunque al principio de nuestra relación gustaba de leer todo lo escrito por mí, con el tiempo, cambió de opinión. Vamos, nena, le decía yo cuando reclamaba alguna juerga pasada, eso fue en 2010, ¡yo no te conocía! Pero Simona era experta en hacer de todo un drama imperdonable. Hasta de las mínima situación. 

 Se leyó de mi viaje a Durango, y de la chica de Durango, que es La norteña de los ojos verde, y de mi cariño por esa mujer. Dijo que yo estaba exagerando y que no podía querer tanto a un ser que ya no se ve. Que no se mira todos los días. Pues yo sí puedo, dije dando un trago a la cerveza. Me estaba cansando el asunto. Simona insistía en que yo sólo debo querer a una mujer, y esa mujer debe ser ella. De lo contrario se rompe con toda la ley amatoria. No la culpo. Simona estaba forjada con el molde moral de las masas. La mayoría se cree que amar a más de una mujer es imposible. Sin embargo para mí era tan posible como las leyes de la Física más elemental. Tan claro como el agua. Tan latente como la cerveza que se sostiene ahora en la mano. Yo sí puedo, repetí y Simona armó un escándalo. Un escándalo que duró semanas. El colmo fue cuando me mostró una imagen de alguna modelo de su idolatría, porque a Simona se le daba eso de modelar, y le dije, con toda naturalidad, sin morbo ni intención, como salido del inconsciente: se parece a la norteña. ¿Qué?, preguntó Simona al borde de un ataque de histeria. Que se parece a la norteña, repetí, la norteña de los ojos verde, son iguales, como dos gotas de agua… ¡Estás orate!, dijo, no sabes diferenciar o qué, no se parecen en NADA. Pero vaya si se parecían. Estás equivocado, seguía Simona, cómo te atreves a decir que Jennifer Connelly… Dios, no lo puedo creer, ¿es qué estás enamorado de esa mujer? Vale dije, ¿qué no lo has notado? Yo estaba enamorado de la norteña y salía con Simona, de la que también estaba enamorado, y al tiempo mi corazón latía por otra chica, de Tabasco, y era un lío porque de verdad yo podía amar a más de una mujer, pero ninguna, podía amarme a mí bajo esa condición. Ya, dijo Simona, pues si estás enamorado de ella, QUÉDATE CON ELLA, gritó y estaba a punto de irse pero la detuve y le dije que por amor a Dios no hiciera un espectáculo de todo esto. Pero coño, ¿cómo no iba a hacerlo si hacer espectáculos era su mejor talento? 

 Luego colocaron un espectacular de Jennifer Connelly a unas cuadras de su casa y cada que pasábamos tomados de la mano por allí, yo decía: mira, la norteña. Y Simona bufaba y me echaba el rollo de todas las diferencias entre una tía y la otra. Yo ya no la escuchaba, hacía aquello para divertirme con su cólera exacerbada por nada. 

2

 Corre, le dije a Simona cuando la miré en el centro de la ciudad, venir, con toda calma. La tomé de la mano y la hice correr. La cita es hasta las dos de la tarde, grité mientras corría. Simona corría también, jadeante, sin entender nada. Nos habíamos citado ella y yo, y yo, a su vez, me había citado con la señorita de Recursos Humanos de la empresa Lumen; una entrevista de trabajo, de nueve de la mañana a dos de la tarde, y ya era las dos de la tarde, así que corrí. Pero fue en vano. Antes de llegar paré en seco y lo recordé: ¡no he impreso el currículo! Simona, comprendiéndolo todo, me echó el viejo sermón de a la guerra sin fusil. Presta, localizó un sitio dónde imprimir el currículo y entramos, y lo imprimimos, y corrimos de nuevo a la calle República de El Salvador. Miré el letrero como se miran las puertas del Cielo: LUMEN  y entré trotando hasta la última señorita, que me detuvo y preguntó alarmada qué demonios necesitaba. Tengo una entrevista de trabajo dije conteniendo el furioso aire de mis pulmones. La tía me miró de pies a cabeza y preguntó con quién. Yo no lo sabía, no pregunté nada de eso por teléfono. No sé dije, es una vacante administrativa y… Déjame ver, dijo y miró el reloj de su muñeca, y preguntó a qué hora te citaron y tuve que decirlo. Titubeando dije: de nueve a dos. Creo. Eran cuarto para las tres. Vale dijo, déjame ver… y se largó. Se metió en alguna puerta y me dejó allí parado. Fue cuando noté que Simona había desaparecido. No sabía exactamente qué hacer. Si salir en busca de Simona o quedar en espera de la esperanza de una contratación. Si me decidía por Simona ella me reñiría por abandonar una oportunidad, y por otro lado, si tomaba la oportunidad, sin Simona, ¿de qué me servía? Y es que yo amaba a Simona con el alma. Tanto, que había decido sentar cabeza y laborar, y hacer todo lo que un hombre decente suele hacer por una mujer decente. 

 No pasaron ni dos minutos cuando regresó la señorita, a decirme que la vacante estaba ocupada, y que ya podía irme. Saliendo me encontré a Simona que esperaba, y eso fue todo. ¿Te dieron el empleo?, preguntó. Qué va dije, ya está la vacante ocupada. Bueno, dijo suspirando, vamos a comer, muero de hambre. Yo no tenía dinero suficiente para invitarle a comer en un buen restaurante. Le sugerí comer tacos de canasta. En el centro son buenísimos. Eso es verdad. Sin embargo Simona no estaba dispuesta a comer tacos de canasta. ¿Tacos de canasta?, exclamó con ese aire característico de las tías alzadas. Vamos dije, no pasa nada, no te vas a morir. Quién sabe dijo, soy intolerante a la grasa. Simona era una mujer delegada. Muy delgada. Así que la creí. Vale dije, entonces qué sugieres. Dije eso justo cuando pasamos por un restaurante de tortas y dijo quiero una torta. Eso dijo pero una vez dentro, se pidió un vaso con agua y eso fue todo. Al menos sale barata, pensé. Yo por mi parte me ordené una buena torta de pierna con quesillo.

 Saliendo me rasqué los bolsillos y miré que tenía pasta para una birra. No más. Una sola condenada birra. Y estaba dispuesto a cambiar ese billete por una buena birra. Se lo dije a Simona. Le dije que estábamos cerca de un bar de mi preferencia, en la calle de Donceles y que podíamos pasarnos a por una cerveza. No teníamos nada qué hacer. No teníamos empleo, no teníamos obligaciones ni responsabilidades. No teníamos hijos. No teníamos nada. Lo que equivale a decir que lo teníamos todo: Libertad. Simona se lo pensó dos veces pero al final aceptó. Caminamos a la calle de Donceles y entramos a Las Escaleras, que es el bar de mala muerte donde conocí a Verónica Pinciotti. Y de eso va el asunto. Le dije a Simona, una vez dentro e instalados en una esquina, que aquí había conocido a Verónica y le señalé justo dónde, y comencé a contarle los detalles. Asentía con la cabeza pero no decía una sola palabra. Debí sospecharlo. De verdad. Yo hablaba y hablaba de cómo la conocí, y ella escuchaba y escuchaba. Y de pronto: ¿sabes qué?, dijo, ya me voy, no quiero estar contigo. Simona se levantó y salió a paso veloz. Otra vez tuve que decidir. Aún me quedaba media cerveza. Si me quedaba con ella seguro que perdería a Simona, y si perdía a Simona lo perdía todo porque Simona (y media cerveza) es todo lo que me quedaba en la vida. Así que salí corriendo tras ella. 

 La miré unos pasos delante sobre la calle. Corrí hasta darle alcance y le pedí que se calmara, que pudiéramos hablar la cosa. Y es que a decir verdad, yo no comprendía el motivo de su drama. Entonces se frenó y dijo: ¿estás orate? Lo pensé unos segundos y estuve a punto de contestar que sí, que eso debía ser pero se soltó con el rollo siguiente: según ella era una desfachatez mía, desfachatez imperdonable, el hecho de llevarla a ella, al bar donde conocí a Verónica, pues Verónica, era ex amiga suya, de Simona, y sabía perfecto, y tú sabes perfecto, acentuó, que ella me odia porque salgo contigo, y ustedes dos tuvieron algo que ver, y es una especie de ex novia tuya, y es imperdonable que me traigas aquí, y me cuentes de ella con esa pasión que imprimes a todos tus amores pasados y… Vale, vale, la interrumpí, deja decir tonterías que yo te quiero a ti… ¿Tonterías?, interrumpió ella y sin decir más siguió la caminata. Yo la seguí rogando a su oído que cesara, que estaba loca, que todo eso no tenía sentido y que mi plática sobre Verónica en el bar era tan banal como cualquier otra y que si dije eso fue sólo porque de verdad recordé aquello al estar allí, en esa esquina, que era la contra-esquina de la esquina donde sucedió todo con Verónica, etc. Pero Simona ya no era ella. Ya no era una mujer, un ser humano. Era una fiera. Iba hecha una condenada fiera, a paso forzado, caminando sin escuchar, sin querer escuchar y llenándose sola la cabeza de fantasías e irrealidades que tomaba por muy ciertas e inapelables. 

 La seguí, la seguí, la seguí. No podía perderla. Simona significaba de verdad todo lo que yo tenía en la vida. Todo lo que amaba en la vida. Todo lo que deseaba en la puta vida. Toda mi felicidad. Todo mi futuro y todo, todo, todo. 

 Fue en el metro donde la perdí. Entró al subterráneo y se metió al metro. Ella tenía un boleto listo, yo sin embargo tuve que hacer cola, comprar el boleto y al mismo tiempo, echar un ojo y no perderla. Pero la pedí. La miré subir al vagón, y subí, pero ella… puso las manos en mi pecho y empujó. Lanzándome fuera, y en eso, cerraron las puertas y me sentí morir. La había perdido. Había perdido una vez más al amor de mi vida. Lo había perdido todo. No era la primera vez que lo perdía todo pero uno nunca logra acostumbrarse al sentimiento de perderlo todo. Me recargué contra el muro unos segundos, pensando en todos esos tíos que siempre logran todo. Hogares. Familias. Y me preguntaba cómo lo hacen. Cómo son capaces. Pensaba en todo eso cuando llegó el siguiente tren. Entonces dejé de pensar. Un poder más grande que mi ser se apoderó de mí y entré al vagón, y en la estación siguiente, que era la estación de la casa de Simona; y suponiendo, o adivinando, que iría a su casa, bajé y corrí como nunca en la vida. Corrí sin pensarlo, corrí, corrí, corrí. Hasta que la vi. La miré doblar en la entrada al edificio del apartamento y haciendo un sprint me estampé contra la puerta de cristal que Simona azotó en mis narices. Y me quedé allí, embarrado, rendido y mortificado porque yo no concebía que una vez más todo se fuera a la mierda. No iba a dejar que la cosa quedara así. No, señor, ya era demasiada perdedera de mujeres como para perder a la más valiosa de todas. Porque, vamos, yo de verdad amaba a Simona con las entrañas y con el alma. Era la mujer, lo más cercano a la mujer perfecta que la vida me había entregado. 

 Me senté en la banqueta a esperar. Aunque no sabía exactamente qué esperar. Sólo esperar. Y esperé. Y pasada una hora la miré salir del edificio. A Simona. Se había mudado de ropa y de actitud. Me acerqué a ella temeroso de un nuevo reproche pero me saludó a la mar de contenta, con una sonrisa, y le dije: ¿Dios, no se supone que estás cabreada? ¿Quieres que empecemos de nuevo?, preguntó, mejor cállate y tómame de la mano. La tomé de la mano, y en verdad iba calmada, como la mujer que suele ser antes de la histeria, es decir, la más bella de las mujeres. No lo entiendo, pensaba. No lo puedo entender. Las mujeres, por más que las frecuento, siempre me logran sorprender. 

 Lo importante es que Simona estaba allí, a mi lado, y sabía (dijo que ella sabía) que yo estaría esperando por ella, y que no me iría así pasara la noche entera. Te amo, dijo. 

4

  Se leyó de mi relación con Carolina, con Eder, con Luz… y con Linda. Allí fue dónde se jodió la cosa. Linda era una tía de calle que yo follé cuando yo mismo era un tío de calle. Luego descubrí que la calle no es lo mío. La calle es para los que nacieron para conquistar la calle. No para los que sueñan con conquistarla, aunque tengan razón. Y yo no tenía razón ni destino para la calle. 

 Fumaba un cigarrillo cuando sonó el teléfono. Ya, dije al auricular, ¿quién es? Era Simona. Amor, dijo, tengo una duda. Ya dije, ¿qué duda? Verás dijo, estoy deprimida, muerta, acabada y con la duda más importante de mi vida consumiendo mis entrañas. Entonces lo supe. Podía oler el drama venirse encima. Ajá, dije, a ver, cuéntame más. Estoy en casa, dijo, envuelta en cobijas leyendo tus textos. Vale, dije, gracias. El caso es, dijo, que me duele mucho el estómago. Ya dije, será la grasa, ¿has comido grasa? No dijo, no es la grasa, es que… bueno, leyendo encontré un texto de una tal Linda. Hasta ese momento no sospechaba la cosa. Sí, dije riendo, esa Linda, qué pilla. ¿Qué hay con eso? ME VOY A MORIR, gritó. Carajo, dije, ¿cómo, por qué? No lo puedo creer dijo, cómo no lo adiviné, cómo no lo previne. Adivinar qué, prevenir qué, decía yo. Amor, me dijo, ¡tú te has acostado con esa callejera! Vale, sí dije, ¿eso qué? Y yo me he acostado contigo y ahora estoy muriendo, vomitando, con dolor de estómago y el rostro pálido. Yo no lograba hilar una cosa con otra. Ya dije, ¿y? ¿No lo entiendes?, dijo, TENGO EL SIDA. ¿Qué?, exclamé irritado. Y TÚ TAMBIÉN LO TIENES, agregó. Carajo dije, ¿cómo sabes? Son los síntomas dijo, todo esto que me pasa, son los síntomas clarísimos del Sida. La idea no era descabelladla. De todos modos yo no podía creerlo, ya sabes,  esas cosas, el Sida y eso, sólo pasa en las películas. Y eso le dije. Le contesté que se calmara, que esas cosas no pasaban nunca en la vida real y que menos pasaban a un tío como yo, que era noble y buena persona. ¿Buena persona?, dijo ella, ¡pero si eres un cabrón de mierda! Te acuestas con prostitutas y callejeras, borracho. Los más de tus acostones no los recuerdas porque te sucedieron estando borracho. Y te conozco, no eres… precisamente… un amante del condón. Ya dije, calma que me estás convenciendo. 

 La cité para hablarlo cara a cara y cuando llegó ya estaba decidida. Te haremos la prueba del Sida. Caray dije, no sé, lo estuve pensando y sí, es muy posible que yo… Y bueno, en todo caso tú… Yo también me haré la prueba, dijo. Sí dije, pero lo que realmente quiero decir es que… Lo estuve pensando y con las grandes posibilidades de parte del virus, quizá… sea mejor que… Bueno, ya sabes, siempre podemos hacer la prueba, siempre podemos estar seguros… y en caso de algo malo, tenemos dos opciones: vivir en el infierno de nuestra certeza… o en idilio de la sombra de nuestra ignorancia. Simona me miró extrañada. ¿Cómo?, dijo. Vamos dije, que piénsatelo dos veces. Si resultamos infectados, en adelante la vida será un infierno. En cambio, podemos vivir felices sin saberlo. Como hasta ahora. ¿Cómo hasta ahora?, preguntó sarcástica. Vale dije, no somos felices, tenemos problemas con la búsqueda de empleo y eso, pero… ¡Amor, el SIDA es otra cosa! Siempre podemos coger un empleo de aseo en una fábrica, pero el Sida... ese amor, Dios… Vamos dijo, hagamos la prueba juntos. 

 Yo no estaba muy convencido. A ver dije, analicemos esto, con calma. Un día de la nada te duele el estómago y tu hipótesis es que tienes el Sida sólo porque te leíste el texto de Linda. Eso no tiene sentido, amor. Analízalo. Piensa que jamás leíste el texto. Justo ahora lo estaríamos haciendo. Y no pasaría nada. En el supuesto que estemos limpios. Y en el supuesto de que no, tampoco pasaría nada. Seríamos dos sidosos haciéndolo. Eso es todo. Podemos vivir con el Sida. Es como no tenerlo. Siempre y cuando lo hagamos sólo entre tú y yo… ¿Estás orate?, gritó. Y también gritó: esto es cosa sería, POR FAVOR, podríamos tener un hijo infectado, o infectar a los amigos, o a familiares. No podemos tomarlo a juego. Más vale que hagamos la prueba de ELISA. 

 No logré convencerla de lo contrario. Haríamos la prueba. La cosa estaba en que esas pruebas no crecen en los árboles. Como el dinero. Que tampoco sale de la tierra como los tubérculos. 

 Juntando todos nuestros ahorros, o mejor dicho, juntando todos los ahorros de Simona, logramos completar el monto del costo de las pruebas. 

 Bueno, dijo, ahora sólo queda esperar… 



8 comentarios:

  1. Al final de todo, se puede amar a varias mujeres de una vez! La vida bohemia es vida aparte, jamás termina aún sin la bebida...Saludos Petrozza! Uno se descubre a sí mismo en otra figura...

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  2. ¿Y que diferencia hay ? Si el pobre de mente conquista los mejores premios? y el demente los cuenta por ojos en su cara, aveces... No es envidia inherente de los sabios el creer tener el cielo ganado y no disfrutarlo en el momento, sabiendo curiosamente o mejor dicho creyendo que no existe, mientras otros de cuyos sentimientos discernimos sin conocerstan en el cielo segun vosotros?

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  3. Yo creo que si hay quien te pueda amar bajo esa condición. Quien se acerca a ti, sabe que tu puedes amar a muchas mujeres

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  4. Citlalli Palacios Garza5 de julio de 2011, 11:06

    Ok vale, me gusto el texto, amar a más de una mujer, dónde he escuchado algo semejante? Cierto sí con un ex amante, sabes que fue lo peor, que mientras el decía amarme y a la vez amar a otra, yo no tuve gran problema, para ser honesta no me lo tomaba en serio, pero sí la pasabamos bien y me consentia, el problema vino cuando yo me enamore de otro hombre al mismo tiempo ´de otro hombre, entonces a mi amante de las mil amantes, ya no le agrado, ¿Y entonces?.

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  5. Citlalli Palacios Garza5 de julio de 2011, 11:07

    por otro lado lo de tu adaptación de el poema divino de un señor genial llamado Alvaro de Campos en cuanto a la calle y su conquista me gusto, yo siempre he creído "El mundo es para los que nacierón para conquistarlo, más no para los que sueñan con conquistarlo, aunque sea cierto". Pero Petrozza, me gusto mucho y suerte con Simona y la celotipia, jajajjaja.

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  6. Ah Simona. Con su cara llena de lunares. Simona que creció creyendo en príncipes y amores de idilio y ha sido reducida a enamorarse con frustrados abogados con delirios de escritor. Con patanes violentos y mentirosos. Y ahora con algo que se asemeja mucho a su padre, con la diferencia de que al menos tu tienes talento... Simona. Que todavía cree en el amor. Que sabe que eres un fracazado pero ya comprometió demasiado sus sentimientos como para abandonarte. Simona que acepta, que se resigna. Que merece mejores cosas. Y que, mientras tu te tomas tu cerveza en el bar y eres feliz, sueña con salvar al mundo, poco a poco. Una flor a la vez. Que llora cuando ve sufrir a los animales. Que no soporta que arranquen una patita. Que ve la belleza en la flor más chiquita. Que sólo quiere ser feliz, y que trabaja duro para lograrlo. Cuanta falta hacen las Simonas en el mundo. Tan frágiles y tan fuertes. Tan histéricas. Debería de odiarla pero no puedo. No la puedo odiar como ella me odiaba. Excelente tu historia, excelente composición y narrativa. Un par de errores, meramente de dedo. Muy bueno. Realmente si eres un excelente escritor.

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  7. Pobre Simona y su SIDA falso ya no tendrá drama que seguir, mejor dicho, seguirá siguiendo el drama en todo y nada, por eso la amas, amor puro, amor insano, amor que solo dos pueden compartir, Petrozza eres un cabrón enamorado de la mona Simona, yupiiiiiiiiiiiiiiii que para eso nacimos, se feliz y coge con condón que ya se que no sabe igual pero te deja dormir, besos puercos a los dos.

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  8. te tenía que llegar la hora Petrozza, siendo como eres. Espero que todo salga bien. Estoy segura que si, XD porque si. Buen texto como siempre me ha gustado mucho!

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