domingo, 24 de julio de 2011

París no es una fiesta: Verónica Pinciotti.



Verónica Pinciotti, delegación Tlalpan, México D.F., Centro comercial Perisur, Cafebrería El Péndulo, 30 de agosto de 2010. 


El poeta Salmoneo Gutiérrez, como se autodenominaba, llegó puntual  a la cita que le di en el Péndulo del centro comercial Perisur, y no pude evitar reír cuando se presentó, precisamente así: buenas tardes, poeta Salmoneo Gutiérrez. No le estreché la mano que me estiró; la dejé en el aire y me cagué de la risa. Vamos le dije, si ya nos conocemos. Salmoneo tardó unos segundos en reaccionar. Cuando lo hizo, estalló en risa (una risa nerviosa), y dijo: cierto, gracias. Y tomó asiento a la mesa donde yo lo esperaba con un café y un libro de Rilke

 Lo segundo que dijo fue: ¿sabías que la primera novela que se escribió en una máquina de escribir fue Tom Sawyer? Lo dijo mientras se acomodaba en la silla. Lo miré extrañada y contesté: no, la verdad no, ¿en serio? Sí, dijo seriamente, si no me crees lo puedes investigar. Y en adelante no dejo de arrojarme sabíasques. Siempre en momentos que luego calculé, momentos de timidez. Es decir, cuando yo lo miraba directo a los ojos, o cuando mi mano rosaba la suya, o cuando le preguntaba alguna cosa personal, como si tenía novia, o si le gustaban mis zapatos. Era un chico tímido y conocedor de un infinito montón de datos inútiles. Aunque debo confesar que eso me enganchó. Siempre me ha gusta saber cosas indiferentes, como por ejemplo: que los meses que empiezan en lunes siempre tendrán un viernes 13. O: que es posible hacer que una vaca suba escaleras, pero no que las baje. 

 Salmoneo había salido de la nada, llegado sorpresivamente a la fiesta de Tlalpan, diciendo que era admirador de Martin Petrozza, y ahora estaba frente a mí, y yo no podía dejar de pensar en él como el poeta Salmoneo Gutiérrez. Le encantaba el título de poeta, y llamaba a Petrozza: poeta Martin Petrozza. Y aunque al principio me reí de él, después de repetirlo tanto en la mente, acabé por aceptar que tenía cierto estilo. Salmoneo me explicó mientras ordenaba una baguette, que él acostumbra llamar a todos los escritores poetas, porque el acto mismo de escribir es poético, y todos los escritores, son, de algún modo, poetas. ¿Yo soy la poeta Verónica Pinciotti?, pregunté dando un sorbo al café que había pedido. No, dijo con una seriedad increíble, tú eres la poetisa Verónica Pinciotti. Iba a reír pero la seriedad que imprimió a las palabras me contuvo. Lo pensé un par de segundos, y le dije me gusta, me gusta. Sonrió y preguntó si sabía que la razón por la que las escaleras en las estaciones de bomberos son circulares, es porque en los años en que los caballos tiraban de las máquinas estaban en el establo, en el piso inferior, y aprendían a subir las escaleras rectas. Vaya dije, jamás lo habría pensado. Y di otro sorbo la café. 

 Salmoneo era un chico con actitud. Era humilde, noble, pero, lo más característico de este joven, era la manía (porque esto tiene que ser una manía, pensé, está loco) de tomar sus palabras demasiado enserio. Se paraba frente a ti, te decía: buenas tardes, soy el poeta Salmoneo Gutiérrez. Con tanta seguridad que inevitablemente lo creías. Es decir, creías que era poeta. Es decir, que tenía algunas decenas de libros publicados y que posiblemente fuera conocido en su país, o su pueblo o en su casa. Nada más alejado de la verdad: Salmoneo era tan desconocido como el motivo por el cual el graznar de los patos (cuac cuac) no produce eco. Apenas había escrito una decena de poemas, de la cual únicamente dos habían sido publicados en un periódico de Guanajuato. Lo que a decir verdad era demasiado, considerando que de unas cuantas decenas, dos poemas dieron en l blanco: salir a la luz. 

 Así que diste con el poeta Martin Petrozza, le dije pasando al tema que nos traía aquí. Salmoneo asintió con la cabeza, pues la boca la tenía ocupada, llena de baguette. Una migaja de pan calló sobre su pecho y con la diestra intentó sacudirla. Tuvo que sacudir muchas veces. Era una migaja particularmente aguerrida. Aproveché esa distracción para observarlo a mis anchas: vestía una playera blanca, me parece que una camiseta interior, y pantalón vaquero. Usaba gafas y su peinado era un peinado que aparentaba un despeinado. No lucía mal. Llegó a pasarme por la cabeza llevarlo a la cama. Pero desistí al recordar que Salmoneo era poeta, y que era un chico noble (eso lo sabías de inmediato), y que esa clase de chicos son los típicos suicidas. Los amantes hasta la eternidad. Los que se te pegan como chicle en la suela del zapato o te caen como maldición gitana. Y una no siempre puede darse, o no siempre desea darse, esos lujos. El lujo de romper un corazón. No a un poeta tan simpático y colega de letras. Sí, sí, dijo cuando tragó el bocado y trató de contarme la aventura de su vida mientras yo lo miraba directo a los ojos, seductoramente, y notaba que su respiración se alteraba. Entonces se disculpó. Por demorarse tanto en quitar una simple migaja con la diestra. Soy zurdo, dijo sonriendo. Asentí con la cabeza sin dar importancia. ¿Sabías que los zurdos viven en promedio nueve años menos que los diestros? Maldición, no, respondí. ¿Y sabía que en los gatos en los perros, como en los humanos, hay zurdos y diestros? No dije, no lo sabía, pero… ¿lo de los nueve años menos aplica también en ellos? Supongo, dijo, sólo que en proporción a los años perro, o años gato, según el caso. Supongo, dije yo dándole la razón. 

2

Me contó toda su aventura con Martin Petrozza, al que por alguna extraña razón, admiraba sobremanera. Le dije que Petrozza era buen chico, buen escritor, pero que no me pasaba por la cabeza que él, que también era buen chico, y apuesto que también un excelente poeta (aún no miraba sus poemas), se arrojara así a los brazos y a la idolatría de un escritor anónimo. Le recordé que los más grandes logros literarios de Petrozza son apenas publicaciones menores en revistas y periódicos de Latinoamérica. A lo que contestó que su admiración radicaba principalmente en eso, en que Petrozza, cómo es posible que no lo hayas notado, dijo, no tienes aspiraciones literarias. Estoy seguro que a ese tío, como se diría él mismo, le importaría un rábano ganar un premio literario, o si una montaña de gente se pone a gritar fuera de su casa en busca de autógrafos y fotografías. Bueno dije, no te creas, si entre esa gente hay al menos una mujer, saldría de inmediato. Salmoneo rió y estuvo de acuerdo. Luego estornudó, e inmediatamente después de que yo dijera salud, dijo: ¿sabías que es imposible, pero de verdad imposible, estornudar con los ojos abiertos? No lo había pensado, contesté, pero me parece que es ciertísimo. Lo es, dijo, si no me crees, puedes investigarlo.

 Ordené un café más y Salmoneo me mostró los poemas. Eran un par de poemas escritos en hojas sueltas, que llevaba dobladas y metidas en el bolsillo trasero del pantalón. Eso me recordó a Petrozza, y supuse que algún reflejo de sí mismo miraba Salmoneo en su héroe de letras. Los tomé y comencé a leerlos. Salmoneo, nervioso, de disculpó para ir al sanitario. 

 Leí los poemas. Eran un par de poemas sobre la muerte. Al estilo Baudelaire. Uno de ellos, interesantísimo, acusaba a la Madre como portadora de un vientre maldito donde se engendra la muerte, pues para el autor, nacer es el comienzo de la muerte. Y el otro, iba sobre el deseo intrínseco en todos nosotros, de morir. No eran como yo esperaba, poemas de amor. Esperaba poemas de amor porque el mismo Salmoneo me dijo en la fiesta de Tlalpan que él era un poeta sensible. Claro, sensible no es sinónimo de cursi. Y al escuchar lo que Petrozza le dijo la vez que se presentó en su casa, supuse que la burla se le habría ocurrido al aburrirse con cursilerías. 

 Cuando regresó del sanitario le dije que sus poemas eran estupendos. ¿Sabías que el alfabeto hawaiano tiene tan sólo doce letras?, contestó estrujando una servilleta con ambas manos. No pensé que fueses un poeta maldito, dije riendo y sin dar importancia a la curiosidad del alfabeto hawaiano. No lo soy, dijo estrujando más fuerte. Le pregunté si estos poemas eran los poemas que fueron publicados en la revista guanajuatense y respondió que no, que estos poemas los había escrito en camino acá, a Perisur. ¿O sea que estos poemas no son los que miró Petrozza? Salmoneo movió la cabeza negativamente, y al mirarme sorprendida preguntó a qué debía la sorpresa. ¿Tienes los poemas que miró Petrozza?, ¿los traes contigo ahora?, pregunté consternada. ¿Qué tipo de poemas habría leído Petrozza para no reconocer en Salmoneo un excelente poeta, y sobre todo, para burlarse de él? Petrozza no es el tipo de persona que se burla de ti si no lo mereces. Sabe reconocer el talento de los demás, cuando lo tienen, y sería incapaz de burlarse de estos poemas, que estoy segura, le fascinarían. Salmoneo dijo que no, que aquellos poemas, los que miró Petrozza, y que fueron publicados, dejaron de gustarle hace poco. ¿De qué van esos poemas?, pregunté. Van sobre la guerra dijo, son poemas de soldados que guerrearon y filosofan sobre el sentido de la guerra. Vaya dije, no lo entiendo. ¿Qué no entiendes?, preguntó extrañado. Traté de decírselo sin lastimarlo. Pensaba que aquellos temas, la guerra y el sentido de la misma, debían gustar a Petrozza, y que era imposible que no reconociera el talento de Salmoneo. Lo que no entiendo, le dije, es porqué Petrozza te echó aquel sermón cuando le visitaste. ¿Sermón?, preguntó, no fue ningún sermón, fue lo más noble que he escuchado a nadie. Sí dije, noble lo es, pero el problema… dije acariciando el libro de Rilke que tenía sobre la mesa, es que… Salmoneo miró el libro, que era el libro intitulado: Cartas a un joven poeta, y dijo: ¿me lo permites? Dudando se lo estiré, y él, lo cogió con soltura, y con toda naturalidad, lo abrió en la página catorce, que es la página donde comienza la parte de la primera carta al joven poeta Franz Xaver Kappus, que Petrozza ¡plagió!, y recitó, haciendo pensar a Salmoneo que aquellas bellas palabras, eran suyas. Salmoneo localizó el pasaje con el dedo índice, y comenzó a leer en voz alta: “Usted pregunta si sus versos son buenos. Me lo pregunta a mí. Antes ha preguntado ya a otros. Los envía a revistas. Los compara  con otras poesías y se inquieta cuando algunas redacciones  rechazan sus ensayos poéticos. Desde ahora (ya que me permite aconsejarlo), renuncie a todo eso…” 

 Yo quedé anonadada. ¿Lo sabes?, pregunté sin entender nada. ¿Saber qué?, preguntó Salmoneo con toda tranquilidad. Eso, dije señalando el libro, que el cuento que te echó Petrozza es un texto de Rainer Maria Rilke. Pues claro dijo, este libraco (agitó el libro en el aire) es el que me impulsó a escribir a los trece años, y es mi biblia y mi reglamento. Maldición dije, todo este tiempo pensé que Petrozza se había burlado de ti. Ahora veo que tú te burlaste de Petrozza. Di un sorbo al café. ¿Cómo?, dijo Salmoneo, nadie se ha burlado de nadie. Petrozza recitó este fragmento al leer mis poemas, y como te dije: es lo más noble, humilde y sensato que escuchado decir a nadie. Sí dije, pero no es de la autoría de Petrozza, ¡y tú lo sabías!, ¿cómo te puede parecer noble plagiar las palabras de Rilke y aconsejarlas a ti? Bueno, dijo Salmoneo, lo que yo he dicho es que son las palabras más nobles que he escuchado. Antes de Petrozza jamás las había escuchado decir a nadie. Las había leído, que no es lo mismo. Además, dije que las palabras son las palabras más nobles, no que Petrozza era la persona más noble a la que había escuchado. Cierto, dije aceptando los razonamientos de Salmoneo, pero no tiene sentido, ¿por qué no lo enteraste de que tú conocías esas palabras? No era necesario, respondió, era un entendimiento tácito. Petrozza leyó los poemas, y le recordó aquel pasaje, porque: ¿sabías que Franz Xaver Kappus se convirtió en oficial del ejército austrohúngaro? No lo recordaba, dije. Pues por ese motivo, continuó Salmoneo, los poemas, que eran poemas sobre soldados, le recordaron a Petrozza, lo asoció en su cabeza, con Kappus, quien inevitablemente te lleva a pensar en Rilke, particularmente en su libro Cartas a un joven poeta, y el resto se deduce con facilidad. Entiendo  dije, ¿Petrozza sabe que tú sabes de la existencia de Rilke? Pues claro, dijo Salmoneo, al recitar dichas palabras, yo coreé la más de las partes, y juntos recitamos la carta completa. ¡Maldición!, exclamé, entonces confundí todo el asunto. Ya entiendo dijo él, por eso no pude sacarte más que una carcajada cuando te conté por teléfono lo que Petrozza me había dicho. Tú creíste que yo creí que… Exacto, interrumpí. Salmoneo rió y dijo para finalizar: no puedo creer que pienses que yo, un poeta, desconozca lo más elemental de la poesía. Caray dije, no lo tomes así, es sólo que conociendo a Petrozza, supuse que lo suyo era un burla. 

3

Terminamos el almuerzo y acordamos un siguiente encuentro, donde ésta vez, yo mostraría a Salmoneo uno de mis textos, pues aunque había leído algunos, deseaba conocer el resto. Y también acordamos que invitaríamos a Petrozza al encuentro, y que lo obligaríamos a mostrarnos un poema suyo. Petrozza no es poeta, como él mismo se lo pasa diciendo, pero ha escrito algunos poemas, y deseamos verlos, con la intención de mandarlos a Guanajuato. Dijo que yo podía enviar uno también, que el editor de la revista guanajuatense era colega suyo, y que él nos echaría una mano para publicar algo. Estuve de acuerdo y me despedí de Salmoneo, quien se ofreció a acompañarme al estacionamiento, hasta donde mi auto.

 En el trayecto enmudeció, nervioso, y cuando le pregunté porque a veces era tan serio respondió: no es que yo sea serio. ¿Entonces?, pregunte, y respondió: ¿sabías que los hombres utilizan un promedio de 15,000 palabras por día, y  las mujeres 30,000? Lo miré sonriendo y le respondí: no, no lo sabía pero te lo creo. Subí al auto y Salmoneo regresó al centro comercial, dijo que se daría una vuelta aprovechando el viaje. El pobre venía de muy lejos. 




10 comentarios:

  1. Que buen gusto con Rilke! =)

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  2. Empecé a leer sin poder terminar, la historia te atrapa por momentos y después te suelta para siempre sin dejarte ganas de volver a ella. También habría que revisar la grámatica.

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  3. Me gusto. Es cierto la historia te atrapa, pero al final un poco se hace monotona y estuve a punto de abandonarla, pero la terminé. Y pienso que la autora tiene mucho futuro, si revisa un poco más la estructura.Saludos.

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  4. Citlalli Palacios Garza26 de julio de 2011, 21:19

    jajajaja, bien Vero, resulta que el poeta Salmoneo se puso a declamar a Rilke con Martin Petrozza, que pillo que resulto por no haberlo dicho antes, para ser muy honesta yo llegue a creer lo mismo que tu y disculpa la falta de acentos en el comen, puesto q a este compu no le agarro bien la onda, por cierto no te la pienses, si lo quieres seducir q mas da, jajaja.

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  5. un texto largo pero que se lee tan fluido que parece mucho mas corto. me encanto (salvo enterarme que vivire 9 años menos que otros jeje). un abrazo.

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  6. cuanta ternura,llena de burlas y dudas en la mente de Verónica,y Sálmoneo navegando con bandera de tonto cuando no lo es!!!....Genial la historia.

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  7. De los que más me han gustado
    Te felicito!!

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  8. Aburrido...desde el primer párrafo dejé de leer.

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  9. Vale Carlos a mí me lo parece de lo más entretenido, Veronica narra bien y la manera en que trata a la persona de Salmoneo es muy buena. Yo no te felicito, mejor sigue escribiendo. Vale, hasta pronto.

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  10. Algo aqui, no deja de extrañarme, quienes son los fans de este lugar, que leen? su principal lectura son . . . . blogs? el libro vaquero?

    No es que no hay cuentos cortos o historias cortas aburridas, pero vamos.

    Hay libros que han llegado a parecer casi aburridos, pero creo que es necesario al menos despues de no se. . . 50 paginas aburridas para empezar a pensar que algo es aburrido!

    En breves textos, terminar de leer, me ocurrirá antes que tener lo suficiente para pensar que no vale la pena y dejar de leer!

    (ah) Y lo que si quería decir: Vagan por el mundo unos cuantos tipos grises a simple vista, telarañosos y demasiado rectos con el uso de las letras, es divertido observarlos, son como inicentes, pero a decir verdad no importa cuan inocente pareciese, nadie con plabras como municiones puedes ser lo sufiecientemente inocente para deber ser tratado como peligroso.

    Sabias que. . . las palabras sonj el rama que mas ha cambiado la historia del mundo.

    (ah! pero eso si ya lo sabías V)

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