sábado, 16 de julio de 2011

París no es una fiesta: Salmoneo Gutiérrez, 2.



Salmoneo Gutiérrez, delegación Tlalpan, México D.F., 26 de agosto de 2010. 


No tenía nada que perder, así que me aposté el todo por el todo. Llevé mis poemas al poeta Martin Petrozza para que les echara un ojo. En la fiesta del apartamento de Tlalpan, aproveché para pedir a Verónica los datos de Petrozza. No se los pedí directamente a Petrozza porque me pareció que él estaba demasiado borracho, y que podía jugarme una broma. Verónica me preguntó que para qué quería los datos de Martin, y le dije que llevo tiempo investigando del paradero de ese escritor, que leí un poema suyo (Apenas miro tu fotografía) en un diario de Colima (La avanzada) y navegando en la red encontré un sitio intitulado: Whisky en las rocas.  Verónica contestó que Apenas miro tu fotografía, no es un poema, y que Martin Petrozza no es un poeta. Es verdad. El texto Apenas miro tu fotografía puede catalogarse, a lo más, como prosa poética, y Petrozza, es un prosista. No supe qué responder y lo primero que me salió, fue: también he leído tus textos. Verónica, que se apellida Pinciotti, también escribe en el sitio Whisky en las rocas, y buscando el paradero de Martin, encontré los textos de Verónica, de Garrison (que también estuvo en aquella fiesta) y de un tal Rey Hernández. Cuando Verónica escuchó que yo había leídos sus textos puso una cara de sospecha; añadí que me parecieron estupendos, y entonces accedió a darme los datos que solicitaba. No sin interrogarme primero. Le expliqué que planeaba mostrar a Petrozza unos cuantos textos de mi autoría, para que los leyera y comentara, que cualquier comentario suyo me ayudaría a encontrar la luz en el camino de la Literatura. Y también dije que mostraría, si ella me lo permitía, los textos a ella misma, para que opinara al respecto, y que su opinión valía tanto como la de Petrozza o más, pues yo escribo poemas y me considero sensible. Así que la ayuda de una mujer podría venirme muy bien. Verónica rió, dijo que con gusto los miraría y me anotó en un papel que yo le extendí, con un bolígrafo que yo le extendí, el número telefónico y la dirección de Martin Petrozza. 

 Y me jugué el todo por el todo. No tenía nada qué perder. “No hay nada más peligroso que un hombre que no tiene nada qué perder”, me dijo Petrozza cuando le conté cómo llegué hasta allí, hasta la puerta de su casa. Pasa, dijo, siéntate. Pero que dijera eso me costó varios minutos. Toqué a la puerta, era una puerta negra de metal, y a lado había una ventana que daba a la calle, tapiada, y toqué en la ventana también porque al llamado de la puerta no respondía nadie, aunque un vecino me aseguró que él (Petrozza) estaba dentro porque él mismo (el vecino) lo había mirado entrar no hace mucho. Me lo dijo cuando observó mi desesperación ante la puerta de esa casa. Martin vivía en el Sur de la ciudad, y yo venía del Norte, de muy al Norte, del Estado de México; lo que implica un viaje de al menos dos horas y media; y no encontrar lo que buscaba me estaba angustiando. Traté de llamarlo toda la semana pasada al número telefónico que Verónica me apuntó pero sin resultado. No logré que cogiera la llamada, y ahora, frente a esa puerta negra metálica, sentía que quizá, me habían estafado. 

 Pregunté a un hombre que pasaba si habría algún sitio dónde comprar un refresco. Me indicó que dos cuadras más adelante habían instalado una tienda de abarrotes bien surtida. Me dirigí hasta allá y compré un refresco de cola, unos Twinkies Wonder, y tres cigarrillos sueltos. 

 Regresé al supuesto domicilio del poeta Martin Petrozza, llamé a la puerta una vez más, y al no obtener respuesta, me senté en la banqueta de la acera de en frente, a comer los Twinkies Wonder y el refresco. Cuando hube terminado, me levanté, encendí un de los tres cigarrillos y me acerqué a inspeccionar la ventana. No podía verse nada hacia dentro. Estaba pintada con pintura blanca y tapiada con madera, y aparte, tenía una cortina del otro lado que cubría los pequeños espacios que el mediocre pintor había dejado sin pintar. Me pareció el acto de un enfermo mental bloquear la ventana principal de ese modo. Por esa ventana entraría el único rayo de sol que iluminaría la casa. Era la ventana principal, la más grande, y estaba completamente cerrada. En una de las esquinas el cristal se había quebrado, como si alguien hubiese aventado algún objeto sin demasiado peso; sin el peso o la fuerza necesarios para quebrarlo por completo. Jalé uno de los triángulos escalenos que se formaban en la quebradura del cristal, y se vino abajo. Me lo quedé en la mano. Lo inspeccioné y deduje que no serviría de nada. Lo dejé caer al suelo y me alejé de la ventana. Sin mucho ánimo. El primero de los cigarrillos estaba por terminarse. 

 El vecino que aseguró la estancia de Petrozza (si es que Petrozza vivía en esa casa) salió de nuevo, a echar un vistazo, y mirándome allí parado, dijo: ¿no te han abierto? Moví la cabeza negativamente y sacando el pecho, caminó hasta la puerta negra de metal y llamó a ella tocando fuerte, muy fuerte, y gritando: ¡te buscan!, ¡hay un joven que te busca! Y continuó la ráfaga de golpes, porque ya no eran toques o llamadas de puerta sino golpes. En algún momento dije que ya era suficiente, que estaba bien, que podía regresar otro día. Pero el vecino no me escuchó, o fingió no escucharme, y continuó propinado tremenda paliza a la puerta. Hasta que se abrió. Te busca este joven, le dijo el vecino a Martin Petrozza que estaba parado en la puerta, bostezando y estirando los brazos, amodorrado y vestido con un pantalón de algodón azul y una camisa a cuadros también azul. 

 Petrozza  me miró,  di  las gracias al vecino, éste dijo no hay de qué, se retiró, y Petrozza preguntó que quién era yo, y qué quería. Hola dije, soy Salmoneo Gutiérrez, no sé si te acuerdas de mí, nos conocimos porque me invitaste a una fiesta cerca de aquí, no hace mucho, y te dije que yo escribo poesía y he leído tu trabajo… Sí, me interrumpió, el del nombre griego. ¿Qué haces aquí?, preguntó en un bostezo. Bueno dije, quería mostrarte un par de textos míos y… ¿Cómo diste con mi dirección?, preguntó interrumpiéndome otra vez. Bueno dije, Verónica me la dio. Le expliqué todo el proceso de la obtención de su domicilio, y le dije que había venido porque no tenía nada que perder, y fue entonces cuando dijo eso de que “No hay nada más peligroso que un hombre que no tiene nada que perder”. Acto seguido me invitó a pasar. 

2

 Dentro encontré algunos de los míticos objetos Petrozzianos, como el viejo sofá, que siempre imaginé verde olivo pero resultó ser blanco o de un color claro. No se distinguía bien, ya sea por lo percudido o lo viejo. El estéreo, viejo también y que estaba sempiternamente sintonizado en el 94.5 de la Frecuencia Modular. Botellas de Whisky vacías, y contrario a mi pensar, el bueno de Petrozza bebía Chivas 12, que es un whisky que vale alrededor de cuatrocientos pesos, o pavos, como me lo confirmó él mismo. En efecto, la alacena y los cajones estaban vacios, y no es que yo me pusiera a hurgar, pero las puertas de los compartimentos de la alacena estaban entreabiertas o abiertas de par en par, y veías que dentro no había nada. 

 Lo primero que hizo cuando estuve sentado en el sofá fue buscar algo en las cajoneras (que sonaban a cajoneras vacías y olvidadas). Eso que buscaba era un cigarro. Me lo confirmó cuando dijo: ¿tendrás un cigarrillo? Le estiré el segundo de mis cigarrillos. Luego comenzó a buscar de nuevo y preguntó si tendría lumbre. Le ofrecí lumbre y una vez dada la primera bocanada, dijo: ¿qué te trae por aquí? Le repetí la parte de los textos. He traído unos textos que me gustaría mostrarte. Alzó las cejas, asombrado y dijo que por qué. Bueno dije, he seguido tu trabajo, me gusta, y eso es lo que se hace cuando uno encuentra algún escritor de su agrado. Asintió con la cabeza, pensé que se le subirían los sumos, por confesar que he estado siguiéndole la pista durante tanto tiempo, pero no fue así. Yo no sabía exactamente qué hacer, ahora que estaba allí, en la casa de la persona que buscaba, y con la oportunidad que buscaba, no sabía cómo actuar o qué decir. Me limité a sacar un par de hojas que llevaba dobladas en el bolsillo trasero del pantalón, y se las di a Petrozza, diciéndole que eran un par de poemas escritos por mí. 

 Los tomó sin mucho ánimo, desdobló las hojas y comenzó a leer, pero no debió haber pasado del primer verso, o de título, y se los quitó de la vista. Acto seguido preguntó si gustaba una cerveza. Bueno dije, pues sí. Para ser sincero lo último que yo hubiese pedido es una cerveza. Aunque podía beber un par sin dificultad. Pensé las sacaría del refrigerador, o del algún sitio de la casa. No, me pidió ir a la tienda, con él, y comprar las cervezas. Me pidió dinero para las cervezas. Sugerí comprar un paquete de seis, pero él quería un paquete de doce, y lo dejamos en un paquete de ocho. Me preguntó si aún tenía cigarrillos y contesté que sólo uno, y sugirió agregar una cajetilla de cigarrillos. Sin embargo yo no podía pagar todo eso. Si lo hacía no tendría dinero para regresar a casa. Se lo dije y tuvo que hacerse cargo. Pidió fiada una cajetilla de cigarrillos y logramos salir con todo eso y regresar. 

 Vueltos a instalar en el viejo sofá, Petrozza destapó la primera de las ocho cervezas y yo destapé la segunda y encendí el último de mis cigarrillos. Di la primera bocanada de cerveza tímidamente, y él, vació media lata en el primer embuche. Yo estaba acostumbrado a beber, no me es ajeno el trago, pero aquella vez, a las once de la mañana, con una misión de por medio, no se me antojaba el mejor momento. Como leyendo mi mente, Petrozza dijo: siempre es un buen momento para un trago de alcohol. Me contó que había llegado apenas hace un par de horas a casa; venía de beber unos tragos en La Puerta Negra, y que por eso no escuchaba mis llamados a la puerta. Sacó un cigarrillo del paquete, me arrebató el mío de la boca, para encender el suyo,  y con los primeros humos comenzó a contarme de Alessia. ¿Recuerdas a Alessia?, dijo y yo tuve que hace un esfuerzo tras el cual acerté en relacionar el nombre Alessia con la francesa preciosa de la fiesta del apartamento de Tlalpan. Sí, claro, dije, cómo olvidar tanta belleza. Me contó que aquella vez la invitó a salir, a dar un paseo a Bellas Artes, que era una cosa que Alessia se moría por hacer, según la misma Alessia, y Petrozza la citó al día siguiente, por la tarde, pero la muy cabrona (sic) llegó con el imbécil (sic) de Cédric, su novio. Así que Petrozza, que no gusta de perder el tiempo con las mujeres, apartó a la francesita, y le dijo, tajante y directo, si pensaba acostarse con él. La francesa no lo entendió muy bien, y tras varios minutos de mal interpretaciones y tautologías castellanas, anglosajonas y gálicas, dijo que no. Que si estaba loco. Me preguntó que si estaba loco, dijo Petrozza asombradísimo. ¿Qué hiciste?, pregunté ingenuamente. Me fui, contestó Petrozza alzando los hombros y frunciendo lo labios. Ya no tenía nada que hacer ahí, añadió. 

 Tuve que sobrellevarle la conversación por más de una hora para llegar a la parte que me atañía. Lo escuché contarme de otras mujeres de su vida, de mujeres que sí habían aceptado el sexo con Petrozza,  de lo que pensaba de la Literatura, que era más o menos lo que yo ya me imaginaba: que la Literatura está en la vida misma, y de cómo se hizo escritor. Y de su misantropía y su amor por el whisky en las rocas. Hasta que finalmente, el solo, sin que yo dijera nada, cogió los poemas que le había entregado (que estaban olvidados en uno de los intercisos del sillón) y los leyó. Los leyó en silencio mientras bebía la quinta o sexta cerveza. Despacio. Con mucha atención. No eran poemas largos, apenas unos veinte a veinticinco versos cada uno, pero tardó como si hubiese leído un tratado completo. No supe cómo interpretar aquello. Si como la lectura de un hombre ebrio, o como la lectura de un hombre interesado, o de uno que divaga y recomienza donde perdió el hilo. Quizá sea un poco de todo eso, pensé. 

 Cuando terminó de leer no dijo nada. Sacó un cigarrillo más de la cajetilla (a este entonces ya debería ser el número doce o quince), lo encendió, dio la primera chupada, y no dijo nada. Esperé unos minutos más pero no lucía con la intención de decir algo, así que fui el primero en hablar. Le pedí una opinión, y le conté de la suerte que había corrido con estos dos poemas, que fueron aceptados por una revista Guanajuatense. A todo esto respondió: 

 Me preguntas si tus versos son buenos. Me lo preguntas a mí. Antes has preguntado a otros. Los envías a revistas, los comparas con otra poesía y te afliges cuando las redacciones rechazan tus ensayos poéticos. Desde ahora (ya que me permites aconsejarte) renuncia a todo esto. Tu mirada está dirigida hacia afuera y eso es lo que debes evitar en el futuro. Nadie puede aconsejarte ni ayudarte, nadie. Sólo hay un camino: entra en ti. Investiga la causa que te incita a escribir; examina si sus raíces se extienden hasta el fondo de tu corazón. Reconoce si preferirías morir en el caso de no poder escribir. Y sobre todo, en la hora más serena de la noche, pregúntate: ¿siento verdaderamente la imperiosa necesidad de escribir? Ahonda en ti mismo en busca de una profunda respuesta, y si ésta resulta afirmativa, si puedes responder a tan grave pregunta con un fuerte y simple, “¡sí!”, entonces construye tu vida de acuerdo con dicha necesidad. 

 Tu vida, hasta en los momentos más indiferentes e insignificantes deberá ser un signo y un  testimonio de esa necesidad. Entonces, acércate a la naturaleza. Intenta expresar, como si fueras tú el primer hombre, lo que ves, lo que amas, lo que vives y lo que pierdes. No escribas poemas de amor. Evita sobre todo las formas más corrientes y usuales. Evita los grandes temas y ve hacia las cotidianidades de la vida. Describe tus tristezas y tus deseos, los pensamientos que te vienen a la mente y tu fe en alguna forma de belleza. Describe todo con sinceridad humilde y serena, y utiliza para expresarte las cosas que te rodean; las imágenes de tus sueños y las cosas de tus recuerdos. Si tu vida cotidiana te parece pobre, no la culpes, cúlpate a ti por no ser bastante poeta para encontrar sus riquezas. Para el escritor nada es pobre, no hay lugares pobres ni indiferentes. Aún si estuvieras en una prisión, ¿no podrías recurrir a tu infancia, esa riqueza maravillosa e imperial, ese tesoro de recuerdos? Vuelve hacia ahí tu espíritu. Intenta sacar a flote las sensaciones de ese pasado. Tu personalidad se fortalecerá, tu soledad se poblará y se convertirá en un retiro crepuscular, ante el cual pasará muy lejano el espíritu del mundo. Y si te das vuelta hacia ti mismo, de esa inmersión de tu propio mundo, vendrán a ti los versos; no soñarás siquiera en preguntar a nadie si tales versos son buenos. Tampoco intentarás interesar a las revistas en estos trabajos, pues verás en ellos algo naturalmente tuyo, un trozo de tu vida y de tu expresión. 

 Una obra de arte es buena cuando nace de la necesidad. Así, no tengo otro consejo para ti que no sea este: interésate en ti mismo y llega hasta las profundidades en que la vida se origina. Ahí es donde encontrarás la pregunta a si debes escribir. La respuesta que obtengas, acéptala como suene sin forzar su significado.  Tal vez sea obvio que el arte te llama. Si es así, acepta tu destino y sopórtalo, con su peso y su grandeza, sin jamás exigir recompensa alguna que venga del exterior.

 Podría ser que en ese descenso a ti mismo tengas que renunciar a convertirte en un poeta. Para ello, para prohibirte a ti escribir, bastaría con saber que puedes vivir sin ello. Pero aún así, este recogimiento que te aconsejo no sería en vano. Tu vida hallará desde ese momento, sus propios caminos. 

 Dijo todo esto y bebió la última cerveza. 
 3

 Quedé asombrado con la respuesta de Petrozza, me parecía la respuesta más sincera, noble, humilde y genial que alguien me había dado. Salí de allí extasiado, dispuesto a incursionar en la búsqueda de mí. 

 A la semana siguiente, no pude más, llamé a Verónica Pinciotti, que también me había dado su número telefónico, y le conté todo lo que Petrozza me dijo. Se lo conté embelesado, y cuando terminé, ella río, y dijo: no lo puedo creer, qué cabrón… Lo dijo en tono de burla. No entendí el motivo, pero Verónica no parecía alucinada con semejante respuesta. Le causaba risa. También me dijo que podíamos vernos cuando yo quisiera, que estaba interesada en leer mis poemas...




Salmoneo Gutiérrez.

4 comentarios:

  1. quiero conocer a Petrozza! pero no se ni por donde empezar!

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  2. me dejaste en suspenso, viste a veronica? cómo es?? volviste con petrozza? nopreguntaste por la ventana?

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  3. Citlalli Palacios Garza18 de julio de 2011, 22:49

    Querido Salmoneo, Vero tenía fuertes razones para reírse.

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