miércoles, 13 de julio de 2011

Joaquín, la hormiga atómica.



Todas las mañanas de domingo, Joaquín, un crío de siete años, sacaba la basura de su casa para ayudar a Madre, que era una vieja triste como todas las viejas de aquel barrio. Joaquín era el menor de cinco hermanos (y hermanas), todos demasiado mayores, o demasiado maleados, para ayudar a Madre. Toda la ayuda que Madre recibía provenía de las pequeñas manos de Joaquín. Cada domingo Joaquín cargaba con el tremendo bote, al que pasaba en altura apenas por poco más de una cabeza. Lo arrastraba, lo empujaba, lo giraba. Hasta la esquina de la calle donde con suerte, el camión de la basura lo llevaría a algún basurero de la ciudad. Aunque cualquiera pensaría que la esquina de esa calle era un basurero de la ciudad. El camión no pasaba muy a menudo.  Quizá porque se trataba de una colonia pobre. Muy pobre. 

 Me mudé a aquel barrio en algún mes de septiembre. Y fue un domingo de septiembre cuando lo miré. Llegaba a casa de la farra del sábado, al amanecer, y lo miré. Miré a un niño intentar llevar un bote del tamaño de su cuerpo. Un bote pesado. Empujó el bote hasta la esquina de la calle, donde lo vació, echando bolsas de basura a la montaña de basura, y cajas de cartón, y fierros. Lo miré haciendo visera con la mano. El sol me daba de lleno en la cara y con la resaca que me cargaba, sentía que me quemaba como agua bendita. Me gustaba pensar así, que si el agua bendita me tocara, me quemaría. Me sabía pecador. Pero me daba risa el concepto del pecado cristiano, y me gustaba pensar que si alguien me rociara con esa agua que algunos gilipollas cristianos (o católicos) consideran bendita, me quemaría como ácido. Por mis pecados. Aunque siendo sinceros mis únicos pecados eran el alcohol y el sexo. Y esos no son pecados. Son necesidades.  Luego entré a casa sin poner más cuidado en aquel niñato. 

 Pero la semana siguiente, el sábado siguiente, bebí demasiado alcohol. Comencé en La Puerta Negra y terminé en casa de Garrison. Al amanecer caminé a casa. Llegué a eso de las diez de la mañana y allí estaba el crío. Lo miré sorprendido. No sabía si su imagen era una imagen real, o un déjà vu, o alguna alucinación de mi cerebro. Me froté los ojos y siguió ahí. Empujando con fuerza. Esta segunda vez que lo miré fue el complemento de la primera. Quiero decir que hasta la segunda vez me di cuenta. De que era un niño. Empujando un bote pesadísimo. Así que corrí y lo ayudé. Tomé el bote por la parte delantera y jalé mientras él empujó, y pronto llegamos a la esquina de la calle. El niño se pasó el brazo por la frente y tras un bufido dijo: gracias. Era un niño pobre. Un niño de barrio bajo. Sin embargo en esas gracias, y en la forma, el tono o algo de decirlo, sabías que era un niño educado. Y ser un niño educado en medio de tanta mierda de barrio es ser un niño especial. ¿Cómo te llamas, tío?, pregunté al crío y me contestó, yo no soy tu tío. Sonriendo dije: vale, ya lo sé, es sólo… una expresión, ¿cómo te llamas? Yo me pensaba que este niñato era diferente pero él, seguro que no se pensaba lo mismo de mí. Yo debía ser para Joaquín un ebrio más de la calle de su casa. Me llamo Joaquín dijo sin mirarme siquiera. Acto seguido comenzó a vaciar el bote. Aventaba las bolas anudadas de basura a la cima de la montaña y dejaba en la falda las cajas y los fierros. Lo hacía con la soltura de un experto. De inmediato notabas que Joaquín llevaba años haciendo esto, o que había visto hacer esto a alguien durante mucho tiempo. ¿De dónde eres, chaval? Pregunté mientras cogía una bolsa y la aventaba al aire. Para que cayera en la montaña. Mientras yo cogía una bolsa y la aventaba, Joaquín aventaba tres o cuatro. Sin duda conocía de su trabajo. De aquí, dijo alzando los hombros, como si fuese obvio, como si ser de otro lado no fuese posible. ¿Hace cuanto que eres de aquí?, dije dejando la cosa de las bolsas y sacando un cigarrillo de la chaqueta. Hace toda mi vida, dijo y expulsó un ¡hum¡ mientras lanzaba una bolsa particularmente pesada. No me prestaba demasiada atención. Contestaba a mis preguntas sin poner demasiada atención y de vez en vez lanzaba una bolsa o una bolsa y un ¡hum¡ y yo encendí el cigarrillo y estaba a punto de largarme cuando Joaquín me dijo:  ¿y tú?, eres nuevo por el barrio, ¿no? Para ser un crío de siete u ocho años hablaba con soltura. Como un adulto miniatura. Ya, dije dando una chupada al cigarrillo, sí, me he mudado recién. Bueno, dijo sacudiéndose las manos. Sus pequeñas manos. Pues bienvenido. Y me estiró una de esas manitas. Ya, dije riendo, muchas gracias, y le estreché la mano con mi manaza que cubrió la suya por completo. Se pasó el brazo por la frente una vez más y regresó a casa con el bote vacio. Y yo regresé a casa, me eché en el sofá y olvidé el asunto. 

 Sin embargo de aquella vez en adelante  encontré a Joaquín todo el tiempo. Las más de las veces lo encontraba solo, en la tienda, en la calle, en el teléfono público; y algunas otras acompañado de su madre en la parada del camión. Siempre que lo miraba lo saludaba con un: qué hay, tío, y él, que ya había entendido lo de tío, me regresaba el saludo con una enorme sonrisa y  a veces se atrevía a decirme tío. Creo que le gustaba aquello. Hola, tío, me decía y sonreía de oreja a oreja y yo le decía: qué hay, tío, y otra vez sonreía y me contaba lo que había. Siempre era un mandado de Madre. Un encargo. Comprar medio cuarto de jamón o una lata de sopa instantánea. Encargos minúsculos. En ocasiones yo me acercaba fumando un cigarrillo y Joaquín abanicaba su diminuta mano y me decía: deberías dejar de fumar, te vas a morir. Era un crío con mucho seso. ¿De cuándo acá los tigrillos aconsejan al tigre?, le decía yo contento de tener frente a mí a un hombrecito sensato. Desde que los tigres comenzaron a chochear, respondía orgulloso. Yo lo dejaba ser. Si deseaba ser el listo, me hacía el indio para que pudiera serlo. Caramba, tío, le decía yo, tienes toda la puta razón. Y aventaba el cigarrillo a la calle y Joaquín sacaba esa sonrisa de niñato engrandecido, sacaba el pecho y sin decir nada lo decía todo: estaba orgulloso y agradecido. Supongo que en casa nadie le daba la razón. Y cuando volvía a mirarme fumar movía la cabeza y  decía: tú no entiendes, Petrozza, no entenderás jamás. Ya, decía yo, te prometo que este es el último. 

 Sí, Joaquín y yo comenzamos lo que se puede llamar una amistad. Una amistad peculiar. Yo lo sabía: este crío es diferente. A dos cuadras de nuestra calle se emprendían partidos de soccer, entre todos los críos (y no tan críos) del barrio, y jamás miré a Joaquín involucrado. Jamás lo miré involucrado en nada que no fuese ayudar a Madre. Por mi parte jamás me involucre con alguien que no fuese Joaquín. Odiaba el soccer y a la gente… digamos que la evitaba. 

 2

 ¿Ya viste, tío?, me preguntó Joaquín. Estábamos sentados a la banca de una especie de parque. Un pequeño triángulo que alguna vez fue verde. Tenía un columpio y una resbaladilla. Oxidados. Al columpio le faltaba una cadena y a la resbaladilla le faltaban trozos de lámina. Supongo que esos drogatas de mierda, vándalos hijoputas de mierda, que ahora usaban aquel espacio para drogarse y orinar, alguna vez jugaron en el columpio y la resbaladilla. Al pobre de Joaquín no le tocó aquello. Cuando yo nací ya estaban así, me dijo en alguna ocasión. ¿Ya vi qué?, pregunté a Joaquín que con el dedo señalaba alguna cosa en el suelo. Veeelaass, ¡sooon increííííbles!, dijo en cámara lenta. Embelesado. Con el tono de un niño aún más pequeño. Bajé la vista y allí estaban un montón de hormigas yendo y viniendo en fila india. Saqué un cigarrillo de la chaqueta sin decir nada. Joaquín continuó embobado unos buenos minutos. Sentado sobre la banca y al mismo tiempo agachado, con la cabeza casi llegando al suelo. Las piernas bien abiertas. Encendí el cigarrillo y lo observé mucho tiempo. Definitivamente este crío es diferente, pensé. Y me recordó a mí mismo. Alguna vez, cuando crío, yo sentí una gran admiración por las hormigas. Me emocionaba pensar que hay un universo de hormigas. Sí, tío, le dije expulsando el humo de mi cigarrillo, son increíbles. ¿Sabías que hay más hormigas que humanos en la Tierra? ¡De verdad?, contestó Joaquín asombrado. De verdad, tío, hay unas ciento y pico por cada uno de nosotros. ¡Órale!, exclamó. ¿Y cuántos humanos hay en el planeta? Vale dije, eso no lo sé. Pero más de los que deberían. Joaquín colocó un dedo sobre el camino de hormigas y algunas treparon por él. Se llevó el dedo con los insectos cerca de la cara mientras yo le soltaba un montón de datos sobre las hormigas. Hay más de doce mil especies de hormigas, le dije. ¿Y sabes por qué hay tantas? ¿Por qué?, preguntó. ¡Pues porque formican! Solté la carcajada. Joaquín no lo entendió. Verás, le dije, las hormigas pertenecen a la familia de los formícidos, y también se les llama formicas. Ajá, dijo Joaquín sin entenderlo. Y las formicas son tantas en el mundo porque formican y formican. Volví a reír. Joaquín había cogido un palo pequeño con el que inspeccionaba a las hormigas. Vamos dije, ya sabes: formicar es fornicar. ¿Y qué es fornicar?, preguntó el niño. Ya dije, bueno… fornicar es... lo que las hormigas hacen para ser tantas. No sé si Joaquín lo entendió o no pero ya no preguntó nada. 

 ¿Y qué comen las hormigas?, preguntó. Ya dije, pues comen de todo un poco. Depende la especie. Estás, por ejemplo, que pertenecen a una especie de hormiga que yo denomino: hormiga común y corriente, comen migajas de pan. Algunas comen insectos, plantas. Algunas hacen una especie de miel. Les sale del vientre. Y las otras hormigas se comen esa cosa. Y otras, las más terribles de todas, ¡comen hombres! Dije esto último tratando de asustar al niño. Con voz de terror. Ja, dijo, no te creo. Pero es verdad. Hay una especie de hormiga carnívora que siempre anda en mandas, como un río de hormigas, y son capaces de acabar con un hombre. Enserio, dije aventando la colilla del cigarrillo. Es más, le dije actuando… es más… me tiré al suelo y pegué la cara a las hormigas. Es más… creo… que estás hormigas no son comunes y corrientes… Sí, sí, dijo Joaquín, ahora dirás que son de esas que comen hombres. Me quedé mudo. Eso es justo lo que pensaba decir. Vamos dijo, ese no te lo cree ni tu abuela. Me levanté en el acto. Ya no tenía caso fingir. Caray le dije sobándole la cabeza, con que eres un listillo, eh. 

 De pronto apareció la madre de Joaquín en la esquina de la cuadra y le gritó que viniera de inmediato, que necesitaba fuera a la tienda, y yo me pensé por qué coños no fue ella misma a la tienda en vez de venir a por Joaquín. Que al caso caminó casi lo mismo. Carajo. La gente está rematadamente loca. 

3

 La próxima vez que encontré a Joaquín, le tenía una sorpresa. Aunque cuando lo encontré, en ese momento, quiero decir, no llevaba conmigo la cosa. ¿Qué es?, preguntó Joaquín cuando le dije que le tenía un regalo.  Venía de la avenida principal cargado de jamón, queso y sobres de agua de sabor en polvo. Tenía todo eso en el pecho, sujetado por su par de manitas. Lucía muy bien. Iba bien peinado, recién bañado y con pantalones nuevos. El cabrón tenía estilo. Lo intercepté a unas tres calles de la nuestra y le anuncié que tenía un regalo. Al principio no me lo creyó. Ajá, dijo. Lo dijo con el tono de la incredulidad. Tuve que insistir. Supongo que eso de recibir regalos no era un factor común en su quebrada vida. Dijo que le permitiera, así lo dijo: permíteme llegar a casa, dejar las cosas y salgo en seguida. Tenía mucha educación y yo me preguntaba de dónde podía venirle la educación a un crio de barrio. Vale dije, pero no pienso esperarte en el rayo del sol (era medio día y yo tenía encima una resaca mortal. Había salido por un par de aspirinas) estaré en casa, dejo la puerta abierta, nomás cierras cuando estés dentro, no quiero que se meta otro perro. He tenido malas experiencias con eso. Vale, tío, me dijo y echó a correr a casa. Quería darse prisa. 

 Cuando entró a mi casa me sorprendió echado en el sofá, encendiendo un cigarrillo con la colilla de otro, recién fumado. Te vas a morir, dijo como cada vez que me reprendía por el vicio. Ya dije, tú también te vas a morir. Se lo pensó unos segundos, buscando respuesta, pero al final se rindió. Bufó y dijo, pues eso sí. ¿Quieres una probada?, le dije jugando, en realidad no pensaba pegarle vicios. Aún no estoy en edad, dijo mientras inspeccionaba la zona. Era la primera vez que Joaquín entraba a mi casa. Miraba todo con mucho cuidado. Con temor de tocar, o de romper. No había mucho que tocar o romper. Apenas unas viejas botellas de whisky vacías. Ceniceros. Latas de comida. Nada importante. Y el estéreo, que en ese momento tocaba un fragmento de Lucia di Lammemmor, de Gaetano Donizetti, interpretado por María Callas. El acto primero, la escena de Egil´s avanza. Pero el volumen estaba tan bajo que las partes del pianissimo no se escuchaban. Joaquín estaba frente al estéreo, sin notar que estaba encendido, cuando de la nada, La Callas echó un grito agudísimo que le asustó. Dio un brinquito. Yo reí la mar de divertido. Cuando se enteró de la cosa, cuando captó la cosa, subió el volumen y pudimos escucharlo todo. ¿Qué es eso?, preguntó asombrado. Música dije, ¿qué más? ¿Pero qué clase de música es esta?,  preguntó con los ojos atentos al movimiento de las voces. Ópera, ¿qué más?, contesté. No entendió. Tuve que explicarle que la ópera es algo así como un cuento, o una obra de teatro, cantada, y que esto que escuchas, le dije, va de que un capitán Normano le cuenta a Enrico que presiente que el intruso es Edgardo, que viene a presentarse con Lucia. Se descubre que la sospecha es cierta y Enrico reafirma el odio que siente por la familia de Edgardo. Y también hay algo de un fantasma le dije, asesinado por un antecesor de los Ravenswood. Joaquín me miraba sin perder palabra, pero sin entender una sola de ellas. Ya dije, olvídalo. Otro día te contaré de eso, por ahora quiero que tomes esto, dije buscando en la mesa el objeto… es un… regalo… porque veo que las formicas te dejaron interesado… y… yo mismo, cuando crío (decía todo esto mientras continuaba buscando el puñetero regalo en la mesa, en la alacena, en la sala) me incliné por el estudio de dicho insecto. Tanto, dije, que mi madre tuvo que regalarme, luego de terribles ruegos, esto que quiero darte… sólo que… no sé exactamente dónde lo dejé. Verás, es un… Iba a decirlo cuando volteé y allí estaba Joaquín, sentado en el sofá, con el libro en las manos. Eso es justo lo que quiero darte, le dije. Era un viejo libro ilustrado sobre la vida de las hormigas. Joaquín lo hojeaba verdaderamente interesado. Había monografías de las diversas especies de hormigas, algunas de ellas asquerosas. Hormigas vistas a microscopio, con todos sus pelos y sus horribles ojos compuestos de muchos otros ojos. Diminutos. Y los huevecillos de las hormigas. Repugnantes y a la vez fascinantes. 

 Las hormigas son muy ordenadas, le dije, son una sociedad ejemplar. Todos respetan las reglas. Algunas son obreras. Toda su vida está diseñada a proteger a la reina. Algunas tienen alas, aunque las pierden cuando maduran. Joaquín escuchaba todo eso mientras hojeaba el libro. Entonces lo noté. Joaquín intentó leer un pasaje, en voz alta, y lo hizo terriblemente. No sabía leer muy bien. Me quedé mudo. Yo no concebía la vida sin lectura, y olvidaba a menudo que hay gente que no sabe leer. Me asusté. Era inaudito. Y lo noté: jamás había sabido de que Joaquín fuese al colegio. No sabía cómo preguntarlo. Ya sabes, sin que sonase agresivo. Nervioso, dije: ¿es qué no sabes leer? Joaquín, tímido, dijo que sí, que un poquito. ¿Cómo que un poquito, dije, es que no vas al colegio? No por ahora, dijo. ¿No por ahora?, ¿qué clase de educación se interrumpe por ahora, en… septiembre? 

 Joaquín me lo contó todo: tuvo que dejar los estudios por falta de plata y porque madre lo necesitaba más en casa que en el colegio. Vivía con Madre y cuatro hermanos más, pero decir que los hermanos vivían allí, en esa misma casa, era decir demasiado. La mayor parte del tiempo se ausentaban. Incluso por meses. Estaba el primogénito, Brian, que era un misterio. Madres sospecha que se dedica a robar, dijo Joaquín. Yo también lo sospechaba, aunque no lo conocía, pero me hacía una idea y esa idea encajaba perfectamente en el delito. Luego una hermana, que habíase embarazado un par de veces, de hombres diferentes, y que vivía con un tercer hombre, que no era el padre de ninguno de los críos, y con el que estaba peleada la más de las veces, y cuando eso pasa, dijo Joaquín, viene a casa y se queda una semana o dos y luego regresa con su novio. Se llama Carla, dijo. Luego viene Manuel, que tiene veintidós años y está en prisión. A ese nunca lo veo, dijo, Madre no me permite ir con ella a las visitas, dice que no desea que yo, que soy su última esperanza, se involucre en ese ambiente. Y antes de mí está Genaro. Tiene quince años y ya es padre. Vive con su suegra y viene de vez en cuando a visitarnos, pero más bien a pedir dinero a Madre. ¿Y tu padre, qué hay de tu padre?, pregunté. No lo conozco dijo, abandonó a Madre cuando yo estaba a punto de nacer. Ya dije, qué cabrón, ¿no lo has visto desde entonces? No, dijo tajante Joaquín. 

 O sea que la cosa estaba realmente jodida. Le dije que se largara, que tomara el libro de las hormigas y que intentara leer, que por amor a Dios, no perdiera los escasos conocimientos y habilidades de lectura que poseía, y que si tenía alguna duda no dudara en venir, conmigo, y que yo le ayudaría. Joaquín asintió con la cabeza y salió corriendo. 

4

 Cuando Joaquín salió yo quedé consternado. Joaquín era un niño inteligentísimo, no me creía que no fuese al colegio, y sobre todo, no me creía que un niño cómo él se perdiera la oportunidad del estudio. No es justo. Con tanto gilipollas calentando bancas de colegio. 

 Lo volví a encontrar uno de esos domingos de sacar la basura. Le ayudé a llevar el bote y en algún momento salió su madre a gritarle que se diera prisa, que necesitaba un encargo de la tienda. Carajo dije, ¿es que no sabe hacer otra cosa que encargos? Joaquín se pasó el brazo por la frente y dijo: es la única madre que tengo. Ya dije, ¿y acaso tú eres el único hijo que ella tiene? Bufó y contestó: no. Ya dije, dale, ve a con Madre, yo me encargo de esto. Te dejaré el bote a la entrada de tu casa cuando esté vacio. Gracias, tío, dijo a la mar de contento y corrió a casa. Su casa quedaba en la misma calle que la mía, pero la mía estaba al centro de la calle y la de él a la esquina contraria al tiradero de basura. Lo miré correr presto a atender los encargos familiares y poco a poco saqué las bolsas de basura. Eran demasiadas bolsas y demasiadas cajas y fierros. Pensándolo bien inferí que era demasiada basura para una familia tan pobre. ¿Cómo es que cada semana generaban tremenda cantidad de desperdicios? Para llenar un bote como aquel yo tardaría meses. Cuando terminé con la cosa llevé el bote a la puerta de la casa de Joaquín y justo cuando lo dejé plantado a un lado de la puerta, salió la madre y me preguntó que quién demonios era yo y por qué ayudaba a su hijo. Ya dije, pues soy un vecino. Lo dije como si eso explicara todo. Quizá lo explicara todo. Soy un vecino, y Joaquín es vecino mío, y los vecinos se ayudan, etc. Pero a esta vieja madre no bastaba la vecindad. Vale dije, no hay problema, el chico me es agradable y eso es todo. La vieja me miraba extrañada y con sospecha, como no creyéndose la cosa. Vamos dije, ¡es un crío!, con tremendo bote, alguien debe ayudarlo. Al parecer se calmó. Contra toda su voluntad me dio las gracias y se metió a su chiquero.   

 Esperé fuera, en la esquina de la calle, fumando un cigarrillo y no tardó en salir. Joaquín. A por el encargo. Iba tan metido en lo suyo que no me miró. ¡Alá, chaval, ¿a dónde con tanta prisa?, le grité… No me escuchó. Joaquín hacía tantos encargos sin quejarse, trabajaba tanto, y le tomó tanto gusto a las hormigas, que comencé a llamarlo mentalmente la hormiga atómica. No se lo dije porque aquella vieja caricatura no era de sus tiempos. Yo apenas conocí los últimos años de aquella caricatura. Pero cómo me la recordaba ese Joaquín.





6 comentarios:

  1. Que bonita narración, me hace imaginar todo, y joaquin me cayo muy bien, un excelente texto, no dejes de escribir

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  2. crudamente lo mas rosa que he leído de Whiskey

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  3. buenisimooo comos iempre pero esta vez la narracion me parecio mágica!

    desgraciadamente existen muchos casos como Joaquin que son niños con talento pero no pueden acceder a la educacion debido a su situacion econimoca. aun hay mucho que cambiar en nuestro pasis y en el mundo

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  4. :) Joaquín me suena a mí y mi niñez, lo amo, y me gustaría que sucediera el milagro, nunca sabrá lo que movió en cada uno de nosotros y la huella que dejó... besos puercos Petrozza.

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  5. Citlalli Palacios Garza14 de julio de 2011, 14:20

    Me vale sí estoy demasiado viceral, ni hablar soy un caso perdido, buuuuuuuuuuuuuuuuuuaaaaaaa​aaaaaaaaaaaaaaaaaaa!!!!!!!​!!!!!

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  6. ¿De dónde salía tanta cháchara, eh?

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