domingo, 31 de julio de 2011

El vago de la Fuerza Armada.



 Tracy McVille era un tío ex aviador de la Fuerza Aérea de los Estados Unidos de América, el mejor, y el que mató más putos nazis desde su avión. Al menos eso fue lo que me dijo. Pero dejé de creerle cuando dijo que fue el mejor teniente de la Fuerza Armada de los Estados Unidos, y que mató a tres hombres a puño limpio. Eso debió granjearle una medalla, pero no fue así, porque..., dijo Tracy en un susurro y abriendo los ojos exageradamente, los tres eran miembros de mi pelotón. Los maté porque se negaron a pagar la deuda del póquer, dijo encendiendo el cigarrillo que le estiré. Según Tracy, aquella noche esperaban la señal, señal para atacar el campamento nazi que asechaban hace un par de días, y mientras tanto se jugaban una partida de póquer tres colegas suyos y él. Arrasó con todo: cuarenta dólares, un peluco marca omega, dos cajetillas de cigarrillos, medio cuarto de ron y… y esto fue por lo que tuvo que matarlos: un ejemplar de la revista PlayBoy del sesentaitrés. ¿Qué?, exclamé dando un trago a la birra, ¿del sesentaitrés?, ¿qué la segunda guerra mundial no ocurrió en el cuarentaicuatro? Tracy dijo sí, sí, por eso era tan importante el ejemplar. ¿Cómo?, pregunté harto del asunto, ¿estás diciendo que era un ejemplar del futuro? Tracy ya no supo qué decir y se calló. Como cada vez que yo le hacía ver alguna contradicción o algún disparate en la lógica de sus aventuras. Y es que Tracy realmente estaba loco. Por supuesto, no había participado en ninguna guerra mundial, ni perteneció a la Fuerza Armada de los Estados Unidos de América. Eran tan mexicano como yo y jamás había pisado aquel país, y estoy seguro que ni siquiera se llamaba Tracy McVille. Sobre todo porque Tracy es un nombre de mujer. 

 ¡Alá, tío, pero de dónde coños has salido tú!, exclamé la primera vez que lo vi. La primera vez que nos miramos, él salió de la nada. Aquella noche salí a dar un paseo, y como en la mayoría de mis paseos nocturnos, iba forrado de birras. Llevaba dos de ellas en los bolsillos de la chaqueta, y dos delante, donde generalmente va la barriga. Caminaba y bebía sin hacer escándalo, y en algún momento sentí ganas de echar una meada. Para mi fortuna, no tardé en encontrar un sitio. Una casa abandonada, con hierbajos, cascajo y olor a perro muerto. Me pareció un sitio estupendo. Así que entré, por lo que supuse la sala, y en uno de los cuartos me saqué la cosa y me puse a vaciar la vejiga. Y de la nada, escuché un ruido de pisadas, y apareció un tío con pinta de maniaco. Un vago. Dijo que era su casa y que yo debía largarme. No lo dijo, lo expresó. Con muecas y sonidos. Ya dije, nomás acabo con esto y me voy. Tracy se acercó demasiado, agitando las manos hacia el charco de orines que corría detrás de mí. Me puso nervioso. Deseaba cortar el rollo pero cuando uno bebe la cosa puede tardar demasiado. Y esta vez estaba tardando demasiado. Vale, vale, decía yo, ya acabo, no pasa nada. Dije no pasa nada pero sí que pasaba algo. Me estaba orinando en la habitación de la casa de un vago. Probablemente la habitación del vago. 

 El líquido dejó de Salir luego de unos buenos minutos, y cuando me guardé el asunto, puse la mano sobre el hombro de Tracy, y suspirando, le agradecí, y le dije que no podía aguantar más, que mi intención no era orinar su casa. Tracy, que hasta ese momento no había pronunciado una sola palabra (únicamente sonidos guturales), dijo: ¿es cerveza lo que traes ahí? Lo dijo con esa voz aguardientosa característica de los vagabundos. Ya dije, sí, lo es. ¡Pues dame un trago, tío!, exclamó como si yo hubiese tardado en ofrecerlo. La verdad es que lo hice. Aunque no todos los borrachos son vagos, todos los vagos son borrachos. Levanté un poco la mano en la que sostenía el envase de birra, la miré, y pensé que tenía dos opciones: compartir el trago con el vago, o pasar de él. Compartí el trago con el vago. Después de todo yo estaba en su casa, y me había orinado en su recamara. Es lo menos que podía hacer. Vale, pégate una birra, le dije sacando una de la chaqueta. La tomó como se toma el oro, supongo que hace mucho no pasaba del aguarrás, como no creyéndose que yo de verdad le estuviese estirando una birra. Con eso gané toda su confianza, y todo su cariño, y hasta me atrevería a decir que él hubiese dado la vida por mí.  La vida por una cerveza. No somos tan diferentes después de todo, pensé. 

 Así que me senté sobre una cubeta volteada, en la sala, y él se sentó sobre otra cubeta volteada, y cuando le pregunté su nombre, dijo Tracy McVille, y allí supe que estaba más loco que una puta cabra. No era un loco peligroso. Su locura radiaba en hacer de sus recuerdos un puñetero desastre. Mezclaba tiempos, personajes, épocas, y no distinguía la realidad de la fantasía. Vivía en un mundo maravilloso. Estaba tan tocado que no era consciente de la mierda de vida que llevaba.  Se creía héroe de la segunda guerra mundial. Qué envida, pensé, ojalá yo pudiera zafarme el coco así de bien. Tracy vivía cada una de sus palabras, cada uno de sus equivocados recuerdos. Su cuerpo, su ser, sentía en realidad cada una de las emociones con las que narraba sus enredos. 

2

 Comencé a pasarme más seguido por casa de Tracy McVille, y cada que lo hacía, le corría una cerveza y él me contaba alguna historia de su vida pasada. Caramba, Tracy, tienes tantas vidas pasadas como un condenado gato, le bromeaba yo al escuchar que si alguna vez me dijo fue Marine del ejército estadounidense, ahora decía ser cabo raso del pelotón 61 del estado de Missouri. Todas sus historias iban sobre la línea de la guerra. Llegué a pensar que quizá era verdad que alguna vez, no como lo cuenta pero alguna vez, participó en alguna batalla real. Quizá allí perdió la cordura, pensé. 

 Aquella vez me contó de cómo un compañero suyo, un capullo de mierda, se voló los sesos obligado por el enemigo. El pelotón de Tracy, que era el pelotón 61 del estado de Missouri, fue tomado por sorpresa la noche del 14 abril del sesentaiseis, y todos los que no murieron batallando, fueron capturados por los indochinos. Y torturados por los hijoputas, dijo Tracy con todo el coraje en el estómago. Hablaba con demasiada pasión. El mismo Tracy fue torturado sin piedad. Me pegaron toques eléctricos, decía sudando y chasqueando la dentadura. Resistí como un buen soldado, no solté una sola palabra; deseaban información de la posición de otros pelotones americanos. Ya decía yo, qué cabrones. El caso es que estaba ese soldado, no recuerdo su nombre, dijo Tracy. Lo usaron como ejemplo para que a ninguno de nosotros se nos ocurriera hacernos el listillo o el valiente. Lo colocaron en medio de todos, lo hicieron arrodillarse y le dieron un arma. Sí, los malditos vietnamitas le estiraron un arma. Le hicieron que se encañonara a sí mismo, y lo obligaron a pegarse un tiro. Dios dije, ¿y qué hizo? Se pegó un tiro dijo Tracy abriendo los ojos y dando un largo trago a su birra. Saqué un cigarrillo de la chaqueta, le estiré uno a Tracy y encendiendo el mío le pregunté si estaba seguro que ese tío fue obligado a pegarse el tiro. Tracy, que aunque estaba loco era un loco lúcido (poesía cierta lucidez dentro de su mundo bélico) asintió con la cabeza, con esa mirada de maniaco, entendiendo el asunto. Y es que la historia de Tracy me dejó consternado. Era una historia tétrica. Había mucho sentido, o mucha filosofía en ella. Es decir, se sabe de muchos tíos que antes de ser torturados por el enemigo, prefieren la muerte, a tal grado, que no dudan en quitarse la vida antes que brindar al captor el placer de lacerarlos. Sin embargo, este soldado fue obligado a suicidarse, que no es la misma cosa que suicidarse de verdad. ¿Por qué los indochinos no le pegaron el tiro ellos mismos? ¿Es que acaso olieron el miedo a la muerte de aquel hombre desafortunado? ¿Ceder a la petición de los vietnamitas fue un acto valiente o una cobardía? Tal como lo pinta Tracy, no cabe duda: el acto más cobarde de todos los actos, y estúpido. ¿Por miedo a morir, se mató? Repito, si el soldado escoge la muerte, incluso el suicidio, a la tortura, se entiende la cosa. Pero Tracy me juró que ese cabo fue obligado, que lo hizo contra toda su puta voluntad, y que todos los presentes quedaron impresionados (los presentes estadounidenses) del grado de tortura psicológica de que eran capaz esos malditos ojos rasgados. El soldado apretó los ojos, con mucha fuerza, y apretó los dientes, y balbuceando lo que se deducía una súplica, rojo de vergüenza y temblando, apretó el gatillo y ¡pum! Tracy alzó los brazos y los colocó encima de su cabeza como las garras de un tigre para enfatizar ese pum. Estoy seguro dijo, el soldado no deseaba hacerlo. Sabía que si no lo hacía, el enemigo le metería una bala en la cabeza de todos modos. Hubiese sido más valiente hacer al menos que el enemigo gastara una de sus balas, pero tuvo miedo, y… agregó casi susurrando, sospecho que el tiro se le salió. Sin querer. Fue un dedazo. Causado por el temor de las voces vietnamitas, que son como las voces de pequeños demonios. Ya sabes dijo, hablando ese puto idioma suyo. Asentí con la cabeza. Tracy hablaba como hipnotizado, como si de contar la historia dependiera su vida. En trance. 

3

 El vago Tracy me tenía prendado. Gran parte del tiempo lo pasaba pensando en sus historias. Aunque yo sabía que estaba loco, y que todo eso era una ficción, eran estupendas historias. Dignas de contarse en páginas. Las contaba tan bien que lo pasaba todo el tiempo al borde del asiento. En este caso al borde de la cubeta. Y pensé que alguien debía grabarlo en video y mostrarlo al mundo. Pero luego me dije que quizá solo yo disfrutara de aquello. Se me da bien escuchar a las personas, y toda historia me parece interesante. La mayoría de la gente no estaría dispuesta a escuchar a un vago, solo por el hecho de ser un vago. No reconocerían el talento aunque lo tuviesen es las narices por culpa de sus prejuicios, que llevan tatuados en el seso.  

 Las historias y la forma de narrarlas, y sobre todo el misterio de Tracy McVille me cautivaron tanto que me dediqué a inspeccionar el origen de su locura, o al menos, el origen de sus fondos. Siempre fondos de guerra. De día, la casa de Tracy estaba sola y yo entraba a hurgar entre sus cosas. Porque Tracy tenía cosas. En uno de los cuartos de la casa había, en un rincón, un montón de cosas. Trastos, cubetas, maderas, envases de plástico y... nada más. Nunca encontré algo que pudiera darme la pista. Algo que confirmara que Tracy participó en la guerra, o novelas de guerra de donde pudiese sacar todos esos datos. Sin embargo, una cosa era segura: de algún lado Tracy tenía que sacar tanto dato. Y es que los datos de Tracy sobre las guerras, los años, los bandos y los sucesos, eran reales. Las situaciones que creaba, aunque mentira, eran situaciones que pudieron ocurrir perfectamente. Si te contaba de una pistola, te decía la marca de la pistola y el calibre, y no sé cómo, sabía de memoria el funcionamiento de dicha arma. No funciona lo mismo una escuadra cuarentaicinco que un rifle con mira telescópica, y Tracy, de algún modo, sabía la diferencia. Todo eso no podía ser obra de su imaginación. Todas las historias de Tracy debían tener una base sólida. 

 Le pedí a Tracy me contara la verdad, el origen de su locura. En vano. Tracy estaba más loco de lo que podías pensarte al escucharlo hablar. Era capaz de narrar con elocuencia la aventura más descabella de la guerra, pero una vez que intentabas hablar seriamente con él, se volvía un homúnculo sin cerebro. A toda pregunta contestaba con el comienzo de una historia. Más o menos así: ¿Oye, Tracy, dónde están tus padres, tu familia?, preguntaba yo, y él contestaba: Corría el año del cuarentaitrés. Toda la ciudad temblaba bajo el dominio del ejército alemán y… Sí, sí, pero, vamos, tío, tu familia, ¿dónde está?, interrumpía yo.  El teniente Ferdinand mató a mi padre en el cuarentaitrés, ante mis propios ojos, mientras el teniente Gretchen violaba a mi madre frente a los ojos de mi padre, que murió a la vista de madre, mientras era violada… No importa lo que preguntase, siempre se soltaba con una historia, y lo impresionante era eso: que siempre tenía una historia, siempre era buena, y siempre estaba perfectamente ambientada. A veces se le iba la cosa y caía en contradicciones evidentes, pero en general, era estupendo hilando tramas y escenas críticas. Como la escena en que un marine tuvo que decir, en cuestión de segundos entre dejarse cercenar la polla o ser violado por cuarenta alemanes. Si escogía perder la polla el dolor sería insoportable pero pasadero, aunque perdería la polla. Si se inclinaba ante los alemanes, el dolor sería intenso y duradero, y además, perdería la hombría. Aunque sí perdía la polla, perdería la hombría. Así lo planteó Tracy McVille. Yo me rendí ante el suspenso de la situación. Vale, le decía, cuéntame más, ¿qué hizo el puto marine? El marine ama su condenada polla, dijo Tracy, como todos los hombres, y sobre todo como todos los marines, que gustan de meterla en las mujeres de los diferentes puertos que visitan. Ya dije, cierto. Pero encima de eso, continuó, ama la virginidad de su culo, que es donde radica todo su orgullo, todo el respeto que se tiene a sí mismo y es el cimiento de todos sus valores varoniles como la lealtad y el valor. Carajo dije, otra vez es cierto. Al menos, interrumpió Tracy, eso es lo que los alemanes se pensaron. No contaban con el marine era un marica, y que como buen marine, era homosexual y un chupapollas, y que ese culo suyo no era virgen, que lo había usado más veces que un alemán su pistola, y que cuando eligió ser violado, fingiendo un profundo pesar, realmente iba gustoso al cumplimiento de su condena. Debieron suponerlo dije, los marines son marica, es cosa sabida. El marine recibió a cada uno de los cuarenta soldados alemanes,  continuó Tracy, pero la cosa estuvo más allá de sus posibilidades. Se creyó capaz, pero no lo logró. Incluso para un homosexual de mierda, cuarenta polvos es demasiado. El ano se le desgarró en el decimo tercer soldado alemán. Y fue en el decimo séptimo donde murió desangrado. Los alemanes no pararon. Continuaron embistiendo el cadáver del marine, que murió como un soldado ejemplar. Así lo hicieron ver los superiores. A la familia del marine, terminada la guerra, se le notificó la muerte de su miembro, aludiendo a su valentía, pues se entregó en cuerpo y alma, e hizo, supuestamente, lo que cualquier valiente hubiese hecho, pues al perder la polla no se deja con vida a un soldado eunuco, sino que se mata a toda una descendencia de bravos americanos. Desgraciadamente pereció en el intento, pero eso no le resta valor ni coraje. 

4

El final de todo esto fue tan abrupto como su comienzo. Dejé de ver a Tracy McVille una noche que llegado a su casa, no le encontré. Yo iba listo para escuchar una historia más de la valiente Fuerza Armada de los Estados Unidos de América, preparado con siete birras, y cuando entré a su habitación estaban sus cosas pero no estaba él. Me pensé habría salido a buscar el pan o dar la vuelta y me quedé allí, esperando, pero no volvió. Yo sí volví, al día siguiente, y esta vez no estaban sus cosas ni estaba él. Carajo me dije, quizá encontró un mejor sitio para vivir. Aunque yo lo dudaba, aquella casa abandonada era el mejor sitio para un vago. Era como ser un vago pudiente, o algo así. Un vago con casa. Y supuse que se había mudado, como cualquier otro.  




8 comentarios:

  1. muy historia, pero me quede picada con las historias del vago

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  2. Lo hermoso del texto es crear magia de algo cotidiano. Esa es la gracia de un buen escritor. Sip, así es la vida y de esa manera se me han cruzado vagos en la vida y no les he dado el valor que se merecen y he perdido relatos interesantes, por lo menos Tracy trascendió a través de este "simple" relato. Que tengas una buena semana saludos.

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  3. Buena narrativa, ciertos errores de tipeo pero nada que no se pueda resolver, cruda la historia con imágenes fuertes pero bien lograda

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  4. muy buen texto!!.... me gusto demasiado!! habra segunda parte?

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  5. muy bien escrito, es fluido como un rio de agua dulce, jajaja XD

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  6. yo tambien quisiera a veces enloquecer a voluntad y poder vivir y creer una fantasia determinada. genial el texto, saludos.
    p.d: ese 5 deberia ser 4?

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  7. Genial historia...Gracias!!

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  8. Me desanima que Petrozza no escriba seguido :/

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