jueves, 21 de julio de 2011

¿Dónde están mis pantalones?


Este texto fue publicado en Fotocopiarevista. 

Aquella tarde, Carolina y yo discutimos, como tantas otras veces, y amenazó con marcharse, como tantas otras veces, con la diferencia de que esta vez lo hizo. Aunque no para siempre. Como tantas otras veces. La pelea se gestó porque yo le había jurado amor eterno, y al día de hoy, dijo, dudo no sólo de la eternidad, sino de la calidad, de ese amor. Lo decía con base en mi incontrolable manía de mirar, sonreír y entablar conversaciones con todas las mujeres que se me paraban enfrente, o que cruzaban por mi campo de visón. ¡Esta sí que no te la aguanto!, dijo cuando se enteró que yo mantenía amistad secreta, y de dudosas intenciones, con Laura, una de las meseras del Café la Selva, centro de Tlalpan. Diose cuenta un sábado por la mañana, cuando me invitó a desayunar a dicho café. Decir que me invitó, es decir que me ordenó, desayunar en dicho Café. Dormía el séptimo sueño cuando de la nada escuché su voz (sus gritos), exigiendo que moviera el culo de la cama. Cuando abrí los ojos ella estaba allí, apareciendo como en una pesadilla, recién duchada y vestida, con el bolso de mano en la mano. Es más de medio día, cabrón, ¡no puedes dormir tanto! Vale, dije bostezando y pensando que en efecto yo podía dormir tanto y más, pero sin ánimo de demostrarlo pues no deseaba comenzar a pelear. No importa cuánto evitara las peleas con Carolina, siempre, inevitablemente, llegaban más temprano que tarde, como mandadas a hacer. En dos minutos (¡te doy dos minutos, no más!, gritó) estuve listo. Vamos a la Selva, dijo tajante. Ya dije yo, pues vale. 

 Y así, llegamos a la Selva, donde Laura, la bella Laura, me recibió con una resplandeciente sonrisa, un abrazo y un beso en la mejilla. ¿Lo de siempre?, preguntó juguetonamente (alguna vez le conté que uno de mis sueños era llegar a un bar, Café o lo que sea, y que la mesera preguntara: ¿lo de siempre, señor? Y de aquella vez en adelante, siempre me recibía con las palabras mágicas), y yo que nunca he ocultado mis flirteos extraconyugales, le contesté: lo de siempre, muñeca. 

 Sentándome a la mesa, y sentándose ella (Carolina), expresó en tono de reproche: ¿muñeca? Vamos dije, es sólo una expresión. ¿Muñeca?, repitió al borde de un ataque de histeria. Carajo, nena, le dije, no empecemos, ¿quieres? Hizo una mueca, se calmó, o fingió calmarse, y Laura regresó con mi eterno Café la selva tradicional, que incluye dos buenos rellenos por veinte pavos. ¿Y para usted?, preguntó Laura a Carolina, que conteniendo todo su odio, ordenó unas enchiladas y un refresco de cola. Laura se retiró guiñándome el ojo, y Carolina, haciendo un enorme esfuerzo (estoy seguro que esta vez hizo un esfuerzo) me preguntó si no pensaba comer algo. No sé dije, quizá me pida una cerveza. Eso no es comida dijo, pídete algo más sólido. Me apetece una cerveza dije, nomás me acabo este café y me la pido. Como quieras, bufó Carolina y esperamos las enchiladas en el más amargo de los silencios. Mientras tanto yo encendí un cigarrillo. 

2

Laura era una rubita preciosa (aunque eso me costó percibirlo) a la que yo no eché el ojo sino hasta después de un curioso incidente:

 Una noche cualquiera Garrison llamó y me citó en la Selva, dijo que también iría Luciano, viejo amigo de letras. En aquel entonces, Garrison, Luciano y yo, pertenecíamos a un círculo literario, un grupo de mamones de mierda, llamado Abrapalabra. Cosa que se nos antojaba ridícula y poco seria. Así que Luciano nos convocó para complotear un cambio de nombre, urgentísimo. Para sorpresa de nadie, aquella noche fuimos atendidos por Laura, que a mi parecer, era una mujer como cualquiera otra. Sin embargo, Luciano nos dio una gran lección. En algún momento de la velada, se levantó, se acercó a ella, y le dijo que tenía un hermoso par de ojos. Laura se sonrojó, dio las gracias, y eso fue todo. Eso fue todo para Luciano y para Laura, aunque fue el principio para Garrison y para mí, que esa apática noche, reímos de nuestro compañero pues Laura se nos antojaba una mujer sin chiste. La cosa no pasó a más, discutimos el nuevo nombre de nuestro círculo literario, proponiendo División del Sur, pues todos vivíamos en el Sur, y nos despedimos sin más. 

 Pero a la semana siguiente, Garrison y yo nos citamos en la Selva, y allí estaba Laura, y lo notamos a la luz del sol: poseía una belleza peculiar. Belleza provocada, principalmente, por la idea que sembró Luciano en nuestras cabezas. Tenía un par de ojos verde, eso sí. Fuera de los ojos no había mucho que decir. Y tras varias idas al Café, terminamos perdidamente enamorados. A cada visita encontrábamos un nuevo atributo: bella sonrisa, voz agradable, cabello espectacular.

 El primero en actuar fue Garrison. Una de esas tardes de café, llegó a la Selva con una larguísima carta para Laura. Una carta filosófica, romántica y enredada, que entregó en mi presencia a la bella mesera. En la carta, Garrison anotó sus datos de contacto, y así descubrimos, en su electrónica respuesta, dos cosas: 1) que no estaba interesada en Garrison, y 2) que era estudiante de Teatro en la Universidad Autónoma de México. Con todos esos datos, el siguiente en intentarlo fui yo. Decidí romper el hielo con saludos formales. Cada que visitaba la Selva (y la visitaba tanto como podía), entraba al local, localizaba mi presa y la saludaba de mano y abrazo. Le preguntaba cómo iba la cosa y me respondía siempre con sonrisas incómodas, como las que se dan a un enamorado molesto, y me atendía como se atiende a un comensal más. 

 Hasta que un buen día tuve oportunidad de platicar con ella. Estaban por cerrar el local y Laura disponía de unos buenos minutos libres. Le conté de mi afición al Teatro, supuesta casualidad, y le dije: soy escritor de dramas. Dramaturgo. Laura quedó interesada y las sonrisas mutaron a las sonrisas  que se da a un pretendiente con ciertas posibilidades de triunfo. Me pidió, como era natural, y debí suponer, le mostrara uno de mis dramas. Y como es natural, sin medir las consecuencias de mis actos, quedé de llevarlo al día siguiente. La cosa era que yo jamás había escrito un drama. Pues bien, me propuse escribir el drama más impactante del siglo XXI. En una noche. Sí, señor. 

 Me presenté con Laura y se lo estiré: el drama, le dije. Era un drama de amor sobre un comensal de un Café en París, y una mesera del mismo Café. La cosa estaba situada en el siglo XIX. Laura lo leyó, frente a mí (la verdad era cortísimo; pero decía lo que tenía que decir) y se soltó en una carcajada. Era clarísimo que el drama era el coqueteo directo de un loco enamorado. Así que estás enamorado de mí, dijo con los últimos esbozos de la carcajada. Bueno dije, si lo pones así, pues sí. Fue directa. Tengo novio, dijo. Ya, respondí sin inmutarme, yo sólo deseo conocerte mejor, ya sabes, quizá invitarte un café, en otro Café, por supuesto; compartir nuestra afición al Teatro, todo eso. Laura asintió con la cabeza. No le conté de Carolina. No quería echarlo a perder tan pronto. Laura aceptó la propuesta, dijo que yo le parecía simpático, y que saldríamos a la primera oportunidad. Con la universidad, el curro y el novio, no le quedaba mucho tiempo libre. 

 Desgraciadamente, antes de que llegara la primera oportunidad, Carolina me invitó a desayunar, aquel sábado, al Café la Selva. 

3

Llegaron las enchiladas y Carolina se las embuchó en silencio. Malhumorada. De prisa. Y una vez dado el último bocado, pidió la cuenta y me ordeno marcharnos de inmediato. Laura trajo la cuenta, se despidió de mí con beso y abrazo, y pensé que después de todo saldría airoso de la situación, pero la impertinente (dudo que inocente, las mujeres nunca son inocentes), en el último momento, cuando Carolina y yo habíamos dado los primeros pasos, me detuvo con un grito. Volteé y desde donde estaba (a unos cuantos pasos) gritó: podemos salir el miércoles, es mi día libre, ¡te llamo!, bye, ¡besos! (y lanzó besos con las manos). ¡Hija de puta!, ¿es que no está viendo? Vengo con otra mujer, pensé. Carolina no me dejó contestar. Me tomó del brazo, con fuerza, y me encaminó hasta la esquina de la calle próxima. Una vez virado en la esquina, me dejó contra pared, y estalló: ¿hace cuánto que conoces a esa mujer?, gritó. Ya, dije alzando los hombros, no sé, hará unos meses a lo más, no sé con exactitud. Cruzó los brazos. Hecha una furia y sin decir nada. Me solté por mi propia cuenta: es una amiga, dije. Nada importante, dije. Estudia teatro, dije. Nos citamos para estudiar, dije. Hacía una pausa entre cada enunciado. Ajá, decía Carolina con los brazos cruzados, zapateando con la pierna derecha y haciendo muecas con la boca. Te lo juro, dije. Ajá, seguía ella. ¿Y de cuándo acá a las amigas les dices muñeca? Ay, amor, dije, ¡de toda la vida!, ¡sabes que yo le digo muñeca, nena, bonita, etc., hasta a las palomas! ¿Y de cuándo acá las amigas te guiñan el ojo mientras te sirven el café? Vale… no me guiñó el ojo, mentí. Te guiñó el ojo, sentenció ella. No, no es verdad, me defendí yo. Vamos, amor, dijo, ¡NO ESTOY PENDEJA! ¡Y ya no puedo más!, ¡te vas a la mierda! Dio media vuelta y me dejó allí. En medio de la calle y sin un centavo. Como tantas otras veces. Y la seguí, como tantas otras veces, y como tantas otras veces, cogió un taxi y la vi partir. 

 Regresé a casa caminando, y allí estaba Carolina, con las maletas hechas y en las manos. No deberías tomarte la molestia de desempacar, le dije, has hecho esas maletas tantas veces, que ya no deberías tomarte si quiera la molestia de… ¡Te juro que es la última vez!, me interrumpió. Ya, dije sin caer en el escándalo, tenemos que hablar, nena, ven, siéntate, dije y palmeé el borde de la cama, a lado de donde yo estaba sentado. Tras medio minuto de hablar, acordamos: nos daríamos tiempo. Ella tenía que pensar si aún estaba dispuesta a seguir conmigo, y yo debía pensar (me ordenó pensar), si estaba dispuesto a respetarla un poco más. 

4

La separación duró tres meses, en los cuales, restando importancia al asunto, no llamé a Carolina ni por error. Entristecí y me resigné, pero no llamé. Por su parte, Carolina tampoco llamó, así que yo entendí que no deseaba saber de mí. 

 La reencontré un 18 de septiembre. Adriana, una amiga de la universidad, llamó anunciando que el próximo 18 de septiembre, celebraría su cumpleaños en un bar cerca de mi casa, y que yo estaba cordialmente invitado, y que sería un gusto verme. Hace más de un año que no la miraba, y acepté la invitación. Adriana era amiga en común con Carolina y debí suponerlo, aunque juró que por la mente no me pasó. Llegué el día a la hora y el lugar indicado. Adriana me recibió gustosa, me acomodo en una mesa con cuatro gilipollas de mierda a los que yo desconocía, y me abandonó allí, a mi suerte, no sin antes avisarme, bendición del Señor, que todos los gastos corrían por su cuenta. Es una manera diferente de celebrar un cumpleaños, pensé, pero es una manera noble, o una manera retorcida que refleja la necesidad. Dicho lo último, intenté hacer conversación a los tíos con los que me sentó. Pero no logramos entendernos. Eran tíos sin mucho seso. En su cabeza sólo había tres cosas: soccer, autos, y, Angelina Jolie. Ninguna de las tres me pasaba en absoluto, sobre todo el soccer. Me levanté y me instalé en la barra donde me ordené whisky en las rocas a mis anchas. 

 Fue por el cuarto whisky en las rocas cuando la miré entrar. ¡A Carolina! Lucía tremenda. No venía sola, venía acompañada de tres tíos, uno de ellos sospechosamente cerca de mi mujer. ¡Porque que Carolina era mi mujer! No estábamos casados, vamos, pero era mía. Habíamos vivido tantas cosas juntos, y le conocía cada poro de la piel, y cada capricho, que era lo más cercano a mi mujer. 

 Nuestras miradas se entrecruzaron. No me saludó, no la saludé. Me dejó hundirme en el mar de alcohol, porque lo sabía, ¡cómo no iba a saberlo!, desde ese instante mi estancia se volvió un infierno. Estaba picando la herida la muy puta. Se dedicó a bailotear con medio bar. Siempre en un punto de la pista que quedara dentro de mi campo de visión, sabiendo que yo la miraba y la deseaba más que ninguna otra mujer, y sabiendo, que no haría absolutamente nada. Porque si ella era mi mujer, yo era su hombre. Y me conocía hasta el último de los cabellos. Y sabía perfecto que no movería un dedo. Y no lo hice. Me dediqué a emborracharme lo antes posible. 

 Cuando estuve suficientemente ebrio para no poder ni con mi alma, caminé entre el bullicio y la muchedumbre, y juntando los bancos, que eran unos bancos acolchonados, en forma de cubo (supongo que muy originales según el dueño del bar), hice una cama, y me tumbé. Lo hice, sin darme cuenta, en parte de lo que se consideraba (porque no existía propiamente dicha) la pista de baile. Escuchaba entre sueños el ir y venir de los zapatos. El movimiento de las piernas. El aire de las faldas. Y de pronto, algo que me jalaba de la muñeca. Era la mano de Carolina. Vamos dijo, regálame una pieza. Con la mano en la frente le pedí que repitiera lo que sea que acababa de decir. Regálame esta pieza, repitió. Sabes perfecto que yo no bailo, le dije. Anda, vamos, sólo una, insistió. No, dije tajante. Sabes que no bailo, ¿por qué me pides eso? Puedes hacer un esfuerzo por mí, ¿no?, dijo. Decidido a no ceder, tomé la mano de un tío que pasaba por ahí, le pregunté: ¿quieres bailar con ella?, asintió con la cabeza, y tomando con la zurda la mano de Carolina, la uní a la mano del tío, que yo tenía en la diestra, ¡y los mandé a por culo! Carolina, antes de partir, me echó la mirada más siniestra e iracunda que le había visto echarme jamás. Pero ya no me importaba. Podía meterse el odio por donde le cupiera. Lo  único que a mí me interesaba era dormir un poco. 

 A los pocos minutos, es decir, luego de terminar la pieza, Carolina regresó. Me cogió la manó y jaló para qué yo me levantara. Ya dije, que no pienso bailar ni un solo instante. Lo decía con la voz de un borracho, la lengua no reaccionaba todo lo que yo deseaba y cayéndome cada que ella aflojaba fuerza al brazo. Se sentó a mi lado, una vez que logró sentarme a mí, y me dijo: si no quieres bailar, regálame al menos cinco minutos, quiero hablar contigo. Eso me bajó la borrachera. Quiero decir, la manera en que lo dijo, el hecho de que lo deseara, y que estuviera allí suplicándome que le prestara atención. Me froté la cara con las manos y acepté el trato. Excelente dijo, y me tomó de la manó, me arrastró por toda la pista y me hizo subir por unas escaleras que llevan a los sanitarios. Fuera de los sanitarios había un sofá de espera. Me echó allí, y dijo: espera, NO TE MUEVAS. Y entró al sanitario. Vale dije entre dientes pero ya había desaparecido. 

 Cuando salió, yo dormitaba. Abrí los ojos porque sentí su presencia frente a mi acongojonada alma, y me encontré con el índice de Carolina, y con toda la furia de Carolina, señalándome. Acto seguido, gritó: ¡CHINGA TU MADRE! Me levanté del sofá y no pudiendo creerlo, pregunté que a qué debía eso. Se soltó con el rollo: según su parecer, yo era un pendejo, un hijo de puta, un cabrón, mal agradecido, sin sentimientos, borracho, patán y sobre todo: insensible. Insensible es lo mismo que sin sentimientos, le dije, creo que lo entendí la primera vez que lo… CÁLLATE, detuvo mi explicación. No he terminado. Vale dije, ¿qué más? Aquí supe que Carolina realmente estaba loca. Y borracha. Tanto o más que yo. Se echó a mis brazos, y dijo, y juró, amarme sobre todas las cosas. Eres un malo, decía en tono meloso. Me abandonaste. Sí, la muy cabrona se pensaba que yo la abandoné. Entre apapachos y pellizcos; ya que por momentos volvíale la furia; descubrí que ella esperaba, estuvo todos esos tres meses esperando, que yo le rogara volver. Y al no hacerlo, día a día su odio, pero su necesidad de amarme también, se acrecentaba. Todo mezclado en una olla exprés que estalló aquel 18 de septiembre. No puedo creer que te olvidaras de mí, decía. Pero sí tú fuiste la que pidió tiempo, decía yo. Ella: Pero no taaanto. Yo: ¿Y cómo iba yo a saberlo? Ella: no sé cómo hiciste para vivir sin mí. Yo: me las ingenié. Ella: ¡Cabrón de mierda, a cuántas putas te cogiste! Yo: No tantas, sólo las suficientes para no suicidarme sin ti. Ella: Te extrañé muchísimo. Yo: tengo una duda. Ella: ¿cuál? Yo: ¿por qué no llamaste tú,  por qué no me buscaste tú? Ella (recuperando la ira): el que debía llamar fuiste tú, pero ya me di cuenta que puedes vivir sin mí, ¡cabronazo! Yo (tratando de calmar la ira de ella): Te amo. Ella (regresando a la ternura): y yo te amo  a ti.

 Estuvimos unos buenos minutos así. Abrazados y sobándonos o ella pellizcándome, y perdimos la noción del tiempo (estábamos condenadamente ebrios) y del espacio. No sé exactamente cómo llegamos allí, pero en algún momento entramos (lo supe porque de allí nos sacaron), debajo de un par de bocinas. Comenzamos a magrearnos enserio. La pasión y deseo que sentíamos era tal que no importaba nada sino hacerlo. Le besé el cuello, le saqué las tetas, le besé las tetas. Todo eso mientras ella me desabotonaba el pantalón. Le abrí la blusa toscamente, y creo que la rompí en el acto, y ella me masajeaba la pinga justo como me gustaba, porque repito: Carolina era MI MUJER. Logré llegar hasta el coño, y digo lograr porque en el estado etílico que nos encontrábamos, coordinar si quiera la motricidad era un logro. Le estuve sobando el chocho unos minutos, sentía su aliento jadeante en mi oreja, y sentía que la amaba más que a mi vida, cuando de la nada, en la jeta, nos calló la luz de un lámpara. Era uno de los meseros del lugar, que venía a informarnos que el bar estaba cerrado, que todos se habían ido, y que debíamos salir. Las luces estaban apagadas y el tío llevaba una lámpara de mano con la que nos alumbraba. Carolina, que no le gustaba que nadie le dijera qué coños hacer, se puso a gritar que nos dejar en paz, que no se metiera en lo que no le importaba… y yo… tratando de calmar la cosa, le decía al mesero que nos diera un par de minutos, que ya saldríamos. 

 Vale, nena, la fiesta se acabó, salgamos antes que nos saquen. Regresando a sí, pero no por eso odiando menos al mesero, se subió la blusa, se puso los zapatos (no sé cómo se sacó los zapatos), mientras yo me abotonaba la camisa y el pantalón, y me alineaba un poco. Cuando estuve listo salí. No sentí salir a Carolina. Vamos, nena, le dije, no demores demasiado. El mesero no estaba. Se había compadecido de nosotros. Nena, coño, apúrate. ¡Carolina!, grité y ella gritó: ¡dónde están mis pantalones! ¿Qué?, pregunté extrañado. Mi pantalón, maldición, ¿dónde lo dejaste? Entendiendo la gravedad de la situación, me sumergí bajo las bocinas, a gatas, sin decir una sola palabra, tanteando el suelo en busca del puñetero pantalón. Carolina estaba a punto de llorar. No lo dijo pero yo lo sabía. Asustado, ya que si lloraba toda la furia de su llanto y de su odio iría a parar en mi persona, busqué desesperadamente sin ninguna suerte. Rendido, la tomé de la cintura, y… ¡lo sentí! Un nudo de ropa en su cintura. ¡Carajo, nena, cuál pantalón!, ¡traes falda!, ¡está en tu cintura! Yo había subido la falda de Carolina hasta la cintura, y la tenía como cinturón, achicharrada pero segura. Vale, vale, lo siento dijo, no me di cuenta. 

 Una vez pasado el susto, estuvimos fuera. Bajamos las escaleras y tuvimos que pasar por un pasillo, el pasillo de entrada, donde todos los meseros y trabajadores del maldito bar estaban amontonados. Todos nos miraron, cuchichearon y rieron abiertamente. Carolina pasó segura, caminando como una supermodelo (una de esas supermodelos putas y cínicas) sin inmutarse y yo pasé detrás de ella, fumando un cigarrillo, con actitud y estilo. Como diciendo: qué, ¿nunca lo han hecho debajo de un par de bocinas en un bar? 

 A las afueras del bar, cogimos un taxi y regresamos a casa, a terminar lo que empezamos. 

 Al día siguiente Carolina trajo de vuelta las maletas. Como tantas otras veces





9 comentarios:

  1. jajajaja que bueno estuvo me reí mucho, uno pierde las llaves, la cartera, los paraguas incluso la bolsa; pero los pantalones eso ya es punto y aparte... muy bueno!

    ResponderEliminar
  2. muy entretenido, extrañaba a Carolina

    ResponderEliminar
  3. Citlalli Palacios Garza22 de julio de 2011, 12:07

    Carolina, Simona, mujeres de la vida de Martin Petrozza, resulta muy divertido la forma en la que enfrentas las cosas respecto a tus relaciones, en conclusión siempre terminas siendo Víctima de las decisiones de tus mujeres como les llamas, pero eso te convierte en un tipo simpático y empático, la onda es que no te quita el sueño eso, total lo interesante es vivir como sobrevivientes, así como la noche antes del duelo de montecristo, esa forma de ver la vida me parece muy apetecible. Perder los pantalones, ahhhhhh es peor perder un zapato favorito y sólo quedarte con uno de recuerdo, por mucha pasión, ahhhh pero de eso, yo nada sé, de lo que sí sé es de que siempre creo que pierdo los lentes y resulta que los traigo puesto, ahh, jajaja. Buen texto.

    ResponderEliminar
  4. Casi mori de risa jajajaja , muy bueno , saludos lml,

    ResponderEliminar
  5. jajaja, eres mi heroe. tengo pendiente hacerlo en un bar. un abrazo.
    p.d: te invito a visitar mi blog

    ResponderEliminar
  6. hola martin. gracias por pasar por mi blog. ya te añadi a mi blogroll. un abrazo.

    ResponderEliminar
  7. jajaja!!!...realmente reí bastante con esté relato,un tipo cínico,infiel,alcohólico;pero bastante simpático,atrevido,apasionado,jajaja,por momentos me parecía un tigre castigador y otras tantas un gatito perdido,muy buen relato de verdad.....Saludos a todos

    ResponderEliminar
  8. Jajaja... Recuerdo que una vez "perdi" un old fashion de cristal cortado en un evento muy especial, estaba asustada porque sabia el valor del mismo, y la borrachera no me permitia recordar donde lo habia dejado, o talvez lo habia roto. Mis amigos se rieron hasta hartarse ya que el mesero se lo habia llevado en mi cara. Y yo que lo habia buscado hasta el el baño...

    ResponderEliminar

Related Posts with Thumbnails

Derechos reservados.

Todos los textos de este sitio son de la autoría de quien los firma y están debidamente protegidos bajo la Ley Federal del Derecho de Autor. Para su reproducción total o parcial, favor de contactarse a: redaccion@whiskyenlasrocas.com