jueves, 9 de junio de 2011

París no es una fiesta: Salmoneo Gutiérrez.

Salmoneo Gutiérrez, delegación Tlalpan, México D.F., 8 de agosto de 2010. 

Me parece que nunca falta un argentino en ninguna parte. Así que comenzaré por ahí. Por el argentino. Había un argentino, sentado en el sofá y fumando un cigarrillo. Y cómo buen argentino no estaba solo. Estaba rodeado de un par de mujeres (porque los argentinos siempre están rodeados de mujeres) y éste hablaba, fumaba y bebía, pero sobre todo hablaba, porque a las mujeres les gusta que los argentinos hablen. No los escuchan pero cómo los oyen hablar. Yo por mi parte era mexicano, y aunque se dice que a las gringas les gustan los mexicanos, es lástima que a las mexicanas les gusten los gringos. También había un chileno, que bebía vino tinto y no hablaba mucho. Se limitaba a responder las preguntas que uno le hacía, seco, tajante, sin mucho ánimo. Yo le pregunté de dónde eres y sólo dijo: Chile. No dijo “de Chile”. Únicamente dijo Chile y se zampó un vaso lleno de tinto que sirvió mientras yo le preguntaba de dónde eres. No sé si estaría borracho o su semblante natural era el de un borracho. No sé si así son los chilenos, o así era este chileno. Como sea. Mujeres había también. Estaba una francesa. De Lyon. Venía con un francés de Lyon y se jactaban de ser buenos fumadores de hierba. Y una italiana. La francesa era bellísima. Como todas las francesa. Al menos como todas las francesas de mi imaginación. Ésta, la de la fiesta, era la primera francesa de verdad que yo miraba en la vida. Tenía la tez rosada; un rosa precioso, ojos azules y cabello rubio de encanto. Llevaba sandalias y no usaba maquillaje. Era una belleza de verdad. Y su belleza era del tipo de belleza que te hace pensar en Dios. O dicho de otro modo: el tipo de belleza que no te hace pensar en pornografía. ¿Me explico? La italiana era feísima. Era regordeta, blanca pero de un blanco pálido que no inspiraba el mínimo verso, y de cabello negro y rizado. Llevaba las axilas sin afeitar y llevaba una blusa sin mangas. Al menos debería de llevar mangas, pensé. 

 Y también estaban otros mexicanos. Entre ellos estaba Martin Petrozza, que era el mexicano, el poeta mexicano, que a mí me interesaba. Yo era poeta y había leído a Petrozza en un diario de Colima (La Avanzada) y había quedado prendado de su poesía. Yo no era de Colima, yo era del DF, pero aquella vez estaba en Colima y había leído el diario por un azar de la vida, y cuando me enteré que el poeta Petrozza era del DF también, me dediqué a buscarlo. No fue difícil encontrarlo. Bastó que yo tecleara su nombre en el buscador más famoso de la Web. Obtuve su correo electrónico y le envié una carta. Decir que le envié una carta es decir demasiado. A penas le envié unas líneas donde expresaban mi asombro y mi cariño a la obra del autor. Porque una vez regresado de Colima, leí todo lo que pude del autor. Entonces supe que Martin Petrozza no es un poeta. Pero yo era poeta y me agradaba la idea de pensar en todos los escritores como poetas. Incluso sostenía abiertamente que el acto mismo de escribir, ya sea verso o prosa, es un acto poético y que por ende, todos los escritores son de algún modo poetas. A mi carta Petrozza respondió: ¿De verdad te llamas Salmoneo? Eso fue todo lo que escribió. Firmé la carta con mi nombre: Salmoneo Gutiérrez, y eso fue todo lo que obtuve por respuesta a mi admiración. Entonces le contesté que sí, que ese era mi verdadero nombre y que me sorprendía que un hombre llamado Martin Petrozza se asombrara del nombre de otro hombre. Y Petrozza contestó: La sorpresa no me viene del nombre, sino de que alguien, en este caso tus padres, hayan elegido de entre toda la mitología griega el nombre de Salmoneo. Sí, yo lo sabía, Petrozza tenía razón. De entre toda la mitología griega, llena de grandes y poderosos dioses… no sé cómo ni por qué… mis padres decidieron ponerme Salmoneo. Y es que Salmoneo era un farsante. Dio en la locura de semejarse a Zeus y llevaba unos grandes toneles de metal que al ser azotados por un martillo, repercutían como el trueno. Hacía tremolar antorchas en el aire para simular el rayo. Algunas, arrojadas al viento, iban a quemar a sus vasallos. Éstos, hartos de su orgullo y tiranía rogaron al dios Zeus le pusiera un alto. Zeus le envió un rayo auténtico y acabó con él. Esa es toda la gloria de Salmoneo. Contesté a Martin Petrozza que me gustaría conocerlo y me escribió la dirección donde un amigo suyo daría una fiesta. Aunque aclaraba que no sería precisamente una fiesta. Lo que eso signifique. 

 Al llegar a la calle indicada me encontré con un edificio. Yo no conocía a nadie y Petrozza no había escrito su teléfono móvil o el teléfono del apartamento dentro del edificio, ni el número interior del domicilio. Sin embargo no me fue difícil introducirme. A los pocos minutos, pasado mi asombro, llegó un grupo de personas. Venían cargados de cerveza y vino, de cigarrillos, frituras y puros. Entonces me acerqué a uno de ellos y le dije: ¿Petrozza? Lo reconocí al instante. Basta leer un par de textos suyos para reconocerlo en la calle. Llevaba los ojos rojos, la camisa de fuera y un cigarrillo en la mano. Pero más que eso, se le reconoce en algo. En otra cosa. Quizá en la manera de caminar, o en la manera de hablar, o en la manera de existir. Uno lo ve y lo sabe: ese es Martin Petrozza. No hay que ser un genio para reconocerlo. ¿Sí?, preguntó él extrañado. A mí no me extrañó. Supuse que habría olvidado la invitación. Qué tal dije, soy Salmoneo, y le estiré la mano. Petrozza se pasó el cigarrillo a la zurda y me estrechó la mano. ¡Alá, dijo, Salmoneo! Todos sus acompañantes se le quedaron viendo. Este de aquí dijo señalándome, es Salmoneo. Uno de los acompañantes exclamó: ¿Qué? Petrozza no daba explicaciones. Estuve tentado a explicarlo yo. Petrozza actuaba como si ser Salmoneo fuese la cosa más obvia del universo. ¡Salmoneo!, exclamaba, el émulo de Zeus, el que perdió el seso y queriendo semejar al gran dios, fue destruido. Por un segundo pensé que Petrozza realmente estaba loco, o demasiado tomado. Yo era Salmoneo, sí, pero por supuesto que no era el Salmoneo de la mitología griega como él me presentó. Entonces se acercó a Petrozza una mujer. Creo que salió de dentro, o que ya venía con ellos, no lo sé. Era una mujer guapísima. Alta, con clase y del tipo de mujer que te impacta. Le entregó una cerveza destapada y le dijo que si era el mismo Salmoneo que había escrito. Petrozza asintió con la cabeza y la mujer se presentó. Verónica Pinciotti dijo, mucho gusto. 

2

Una vez dentro Petrozza se olvidó de mí. Me hizo pasar y me ofreció asiento en un sillón. Me aventó; literalmente me aventó una cerveza y me olvidó. Se paseaba por todos lados con un cigarrillo en la diestra y un vaso de algo que supuse whisky en la zurda. Hablaba con todos pero con ninguno más de un par de minutos. Así que me quedé allí mirándolo todo. La gente comenzó a llegar. No llegaron muchos. Unas doce o trece personas, entre las que estaban el argentino, el chileno, los franceses y la italiana. Fuera de eso todos éramos compatriotas. 

 Me levanté y tuve que acercarme a él. No sabía exactamente qué hacer o qué decir, así que me acerqué a él y le pregunté si había leído mis poemas. Recuerdo que le envié algunos poemas. Me miró echándome una nube de tabaco a la cara. En plena cara. Cualquiera en mi lugar habría tenido que hacer un esfuerzo para no volver el estómago, o para no hacer una mueca de asco o pegar a Petrozza pero yo… yo era un fumador. Le pedí a Petrozza un cigarrillo. A la pregunta de mis poemas no respondió. Llamó con la mano a un amigo, me lo presentó: Garrison, dijo. Garrison me estrechó la mano y Petrozza le pidió un cigarrillo. Garrison sacó de la chaqueta una caja de cigarrillos y Petrozza tomó uno, que pensé me daría, pero se lo llevó a la boca, lo encendió y volvió a echarme el humo de la primera bocanada en toda la cara. Aplastó la colilla del cigarrillo que estaba fumando sobre la mesa, directo en la mesa que estaba detrás de él, y tomó el cigarrillo de Garrison. Todo en pocos segundos y con tal naturaleza que te pensabas que aquello lo hacía de toda la vida, o lo ensayara a diario. Aplastar el cigarrillo en la mesa, al tiempo que se pide uno a Garrison, coger el nuevo cigarrillo, llevarlo a la boca, encenderlo con el fuego que le ofrece Garrison, y echarme en la cara la cosa. Y al mismo tiempo olvidarse por completo de mi petición. Pensé que se había olvidado de mi petición. Dando la primera bocanada me estiró el cigarrillo. Lo tomé. Acto seguido se desplazó hasta donde el argentino y le susurró algo al oído. El argentino sacó un cigarrillo de la chaqueta y se lo entregó a Petrozza, que regresó a donde yo, y me pidió el fuego de la colilla de mi cigarrillo para encender el suyo. Y respondió: sí, he leído tus poemas. Asentí con la cabeza esperando que Petrozza dijera algo más pero no lo hizo. ¿Y bien?, pregunté dando una chupada a mi cigarrillo. Petrozza dio una chupada al suyo y expulsando el humo, esta vez dirigido al techo, dijo: la verdad no lo recuerdo. Pero estoy seguro que los he leído, agregó rápidamente. Excusándose. Y luego se largó. Alguien lo llamó y se largó. Supuse que ya había tenido yo mis dos minutos. Petrozza se paseaba por todo el lugar y hablaba con todos, pero con ninguno pasaba de los dos minutos. 

3

Entonces me puse a hablar con la francesa. Primeo intenté hacerlo en español pero la francesa no hablaba español. Y yo no hablo francés. Pero luego se acercó el francés, que era su novio, y me habló en inglés. Yo sabía algo de inglés. Entablamos una conversación banal. Me contó eran de Lyon y estaban aquí porque eran amigos de la Italiana. La italiana estaba aquí porque era amiga de Verónica, y el chileno… El chileno nadie sabía de dónde había salido. El argentino sí. El argentino era amigo de Garrison, el amigo de Petrozza. La francesa se llamaba Alessia y el francés Cédric. Se sentaron al suelo y prepararon un churro de marihuana mientras me contaban todo eso. Decían que en su país la marihuana no es tan buena. Cuando el humo de la hierba se expandió por la pieza se acercó el argentino, y las dos mujeres que no le dejaban un segundo, y el chileno. Se sentaron en círculo junto al par de franceses. El chileno, sin decir una palabra, sacó de un morral que llevaba al cuello un saquito lleno de marihuana. Se puso a expurgar la hierba allí, junto a la hierba de los franceses, y mezcló su hierba con la hierba de los franceses, y yo pensé que éstos armarían un lío, pero yo no sé nada de hierba. Entre el chileno y Cédric liaron un par de cigarrillos de marihuana y cuando el asunto estuvo listo los encendieron y los pasaron entre los que estábamos allí. Pero no los encendieron al mismo tiempo. Primero encendieron uno y luego el otro. Todo esto duró bastante. Cuando el argentino, que quedó junto a mí, me ofreció el porro lo rechacé. Y en algún momento de velada se acercó Petrozza. Se sentó en el sofá y el círculo de fumadores quedó a sus pies. Desde allí le gritó el argentino: andá che, ponete un poquito de café. Y le estiró la mano con el churro. A lo que Petrozza contestó: ¡paso!

 Al poco rato Verónica y Garrison se acercaron a Petrozza. Se colocaron en el sofá y todos estuvimos allí, en el círculo de fumadores. Unos en la gradas, por decirlo de algún modo (los que estaban en el sofá), y otros en la cancha (los que estábamos en el suelo fumando esa cosa). Como yo no estaba fumando me cambié al sofá, junto a Garrison, y no dije absolutamente nada hasta que Petrozza comenzó a hablar. Nadie decía absolutamente nada hasta que Petrozza comenzó a hablar. Nada importante quiero decir. Aunque lo que dijo Petrozza tampoco era importante. Le preguntó al argentino cómo iba con Goethe. El argentino, con un tono de obviedad, contestó: ¿Goethe?, ¡va!, he dejado Goethe. Aquí Garrison y Petrozza estallaron en un ¡QUÉ! Sí, che, dijo el argentino, he descubierto que no es lo mío. Ahora mismo empiezo con Velázquez. Escribiré de Velázquez. Garrison y Petrozza estallaron en risa. Una risa al parecer sin sentido, y contagiaron de risa a Verónica, que me contagió a mí. Y no sé exactamente quien contagió de risa al argentino, o si la risa del argentino era realmente suya, pero se cagó de la risa también. Todos los demás rieron lo mismo. Menos el chileno y los franceses. El chileno miraba al horizonte. O hubiese mirado al horizonte si no se le interpusiera la pared. Los franceses estaban muy ocupados liando otro porro. Y además no hablaban español. No entendían un carajo. La italiana, que era una mujer escandalosa, gritó: ¿de qué reímos cabrones? No hablaba bien el español pero cómo hablaba bien las leperadas. Garrison, más calmado, explicó la situación: el argentino, al que conocía hace algunos años, llevaba todos esos años y más, “unos siete años”, dijo Garriosn, estudiando a Goethe. Deseaba escribir un drama sobre Goethe. Y lo estudió por siete años o más y ahora, de buenas a primeras dice como si fuera lo más natural, me he cambiado a Velázquez. ¿Qué podíamos esperar?, ¿otros siete años para que al final saliera con Malher? Cuando lo entendimos volvimos a reír pero esta vez sin tantas ganas. La italiana reía a carcajadas. Los italianos suelen ser escandalosos. Recordé el último enunciado, el último juicio, en mi memoria. Yo no sabía nada de los italianos, excepto que son escandalosos, y no estaba muy seguro de saberlo de verdad. La italiana ríe en italiano, pensé; y los franceses, ríen en francés; con esa risa desde la garganta o la nariz. Y supuse que nosotros los mexicanos, lo hacíamos en mexicano, y que en todo caso, el chileno, el argentino y nosotros los mexicanos, teníamos una risa latina muy particular para un francés o un italiano. 

4

A las tres de la madrugada Petrozza me interrogó sobre la literatura. ¿Qué es la Literatura?, me preguntó. Ya estaba demasiado bebido para ser tomado enserio. Y yo de verdad no sabía qué es la Literatura. No lo sé dije, creo que la Literatura es… Iba a decir algo cuando Verónica se acercó a las piernas de Petrozza, y al hacerlo se acercó a mí, y preguntó de qué discutíamos y Petrozza se lo dijo. La eterna pregunta, suspiró Verónica y en voz alta, es decir, de manera que todos en la estancia pudieran escucharla, preguntó qué es la Literatura. Se escucharon algunos murmullos. Todos tenían una opinión al respecto, aunque a decir verdad, taxativamente, sólo Garrison, Verónica, el argentino y yo podíamos estar cerca de responder a la pregunta del millón. Petrozza se levantó del sofá, se puso un whisky en las rocas y se sentó a escuchar. Todos hablaron al mismo tiempo. Todos tenían una respuesta a la pregunta eterna. Incluso formaron grupos. El argentino habló con los franceses y con las dos mexicanas que tenía pegadas. Garrison habló con el chileno, cosa que me pareció extrañísima; que el chileno sostuviera una conversación. Verónica habló con la italiana, y Petrozza lo hizo conmigo. Pero no hablamos de Literatura. 

 Petrozza me dijo que la francesa estaba buenísima y yo afirmé con la cabeza. Es una diosa, le dije. Me preguntó el nombre de la francesa, él lo había olvidado. Alessia, contesté y dijo, cierto, cierto, Alessia. Y se puspo a hacer rimas con el nombre de la francesa. Rimas soeces. Por ejemplo: A Alessia le gusta lamer la verga. O: Alessia de mi vida y de mi corazón, yo te voy a quitar el calzón, y te voy a meter sin razón, todo mi trozón, etc. Esto me pareció demasiado vulgar por tratarse de la Alessia. La francesa de verdad no inspiraba nada de aquello. Era una mujer que por su belleza inspiraba cariño y respeto. Uno no podía sino hacer el amor con Alessia. Tendría que ser algo muy romántico. Pero Petrozza no parecía tener la misma idea que yo. La miraba fascinado y se la comía con los ojos. Está pero que muy bien esa francesita, me decía. Yo asentía pero no opinaba lo mismo. ¿Y qué me dices de esa?, dijo señalando con las cejas a la italiana. No sé dije, no es mi tipo. Petrozza la miraba y sacaba la lengua simulando que lamía. ¿Acaso es tu tipo?, pregunté. Claro dijo él, todas las mujeres son mi tipo. ¿Enserio?, pregunté asombrado. Yo lo sabía, había leído sus textos, pero quería escucharlo directamente del autor. ¿De verdad te gusta esa mujer?, pregunté. Repito: la italiana era regordeta, de tez blanca como un cadáver y llevaba las axilas sin rasurar. Qué si me gusta, dijo, le daría toda la noche por la cuarenta. No sé a qué se refería con la cuarenta y no me dio tiempo de preguntar. Acto seguido me señaló a las mexicanas que no se despegaban del argentino. Esas tías no están nada mal, dijo. Lástima que estén tan apendejadas con el acento argentino. Pero yo también puedo habla así, dijo y comenzó a hablar en argentino. Y en argentino me preguntó: ¿che, cómo decís que se llama la francesa? Alessia contesté. Podés pensar lo que quieras, dijo, pero a esa Alessia yo me la voy a tirar. No puedo permitir que regrese a su país sin habérmela cogido. Ha venido desde tan lejos, dijo. Entonces señalé con la mirada a Cédric. Petrozza no lo entendía, o fingía no entenderlo. Es su novio, dije. Alzó los hombros, indiferente, y dijo: la mayoría de las  mujeres que nos gustan, tienen novio. No nos vamos a detener por eso. La última frase la dijo dibujando un medio círculo en el aire con la mano que detenía el vaso con whisky y en el acto vació medio whisky sobre mis piernas. Ni siquiera dijo lo siento. Probablemente ni siquiera se enteró. Me parecía demasiado borracho para hacer la mitad de las cosas que se proponía hacer. Se lo estaba tomando muy enserio. Miraba a la francesa fijamente y se juraba a sí mismo que aquella tía, así lo decía: aquella tía, iba a acabar debajo de él antes de que regresara a Paris. Lyon, corregí, Alessia es de Lyon. Como sea dijo y se levantó. A empujones se granjeó un lugar junto a la francesa y comenzó a hablar con ella. Sólo con ella. Directo a ella. Sin importar todo el alboroto e interrupción que esto provocaba. A los pocos minutos el alboroto cesó y Petrozza se quedó allí, sentado junto a Alessia. 

 Lo último que escuché decir a Petrozza fue: eres tan bella como los girasoles de Van Gogh. Esto, en un inglés mal pronunciado. Yu ar biutiful laik Van Gog´s Son flawers.  Estaba ahí, junto a la bella de Alessia, diciéndole que era bella como Los Girasoles de Van Gogh, y Alessia, estaba ahí, escuchándolo… y sonriendo. No lo puedo creer, pensé. 




Salmoneo Gutiérrez.

6 comentarios:

  1. La narracion de este texto es excelente, es fluida, sencilla y te lleva de la mano. Como siempre, un buen trabajo, pero este texto me parece has superado la narrativa de ti mismo. conociendote se que este texto no acaba aqui, verdad? dime!! jajajajajaj espero me soprendas como hasta ahora siempre has sabido hacer, mucho exito!

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  2. Jajajajajajaj you are beautiful like van goghs sun flowers! jajajajaja Petrozza cabrón!!!!

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  3. tirar? por dios, un argentino no dice "Tirar" dirá: garchar, Cojer, voltear, cepillar, pero bajo ningún punto de vista "tirar". Buen texto.

    Felipe

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  4. Bueno, despues de todo no es un argentino hablando sino petrozza imtando a un argentino. la verosimilitud del texto no se afecta por el verbo tirar. =) saludos! excelnte texto y espero el resto

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  5. si alguien me dijera que soy tan bella como los girasoles de vangogh me sentiria muy halagada. buen texto, seguire leyendo XD

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  6. Este texto me parec muy bello en su forma de estar escrito

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