domingo, 26 de junio de 2011

París no es una fiesta: Diego Fernández.



Diego Fernández, México, D.F., colonia Del Valle, calle Moras, apartamento 201, 20 de agosto de 2010.

No tiene nada de malo fumar un cigarrillo de yerba de vez en cuando. Yo lo hago todo el tiempo y ya ves. No tiene nada de malo fumar un cigarrillo de vez en cuando. Lo malo es si dejás pasar mucho tiempo. Te vienen las ansias. Pero si lo hacés de vez en cuando, no pasa naa. Por ejemplo ahora: no traigo nada encima y estoy contento. Sin necesidad. Mirá cómo no me tiemblan las manos. Camino ligero, ya ves. Sin prisa. Sin tiempo. El tiempo, es relativo. Ya lo dijo Einstein. Así que vámonos despacio pa´ acabar pronto. Me preguntás si conozco a un tal Petrozza. Martin Petrozza. ¿Y vos, pa´ qué querés saber eso? No es bueno meterse donde a uno no le llaman, ¿sabés? Primero me decís de qué va todo esto, ¿es que acaso el tal Petrozza ha matado a alguien? Porque si es eso yo no sé, yo camino ligero, sin broncas. Che, pa´ que me entiendas: no me gusta meter las narices donde ni las debo ni las temo. ¿Qué me decís? ¿Qué pensás ahora?

 ¿Qué esto va a salir publicado? Así cambia la cosa. ¿Qué si conozco a Martin Petrozza? Si lo conozco desde que era un pibe así de chiquito. Es un che boludo. Pero decime, ¿dónde va a ser publicado esto?

 La fiesta que me decís sucedió unos cuatro años ha. ¿De verdad? Cierto, tenés razón, fue hace como un año. En Tlalpan. El tiempo es relativo. Y además de relativo es tramposo. Yo hubiese jurado que hace más de cuatro años de aquello. Pero hace todo ese tiempo yo no estaba aquí. En este apartamento, quiero decir. Este es un buen sitio. Lo comparto con seis colegas más, todos autoexiliados de su tierra. Yo soy de Salto, Argentina. Llegué a México por el noventa y… Por mil novecientos noventa y… Por el noventa y pico, che. Llegué sin un centavo, vos sabés. Ahora he aprendido a ganarme la vida. Doy espectáculos en la colonia Roma. Es que allí la gente es un poco lenta. Pero esto es un secreto, che, no lo vayás a publicar. Mejor publicás que todos los sábados doy lecturas de cuento en el Parque México. Para que vayá la gente. Las doy gratuitas o por una moneda. Mejor ponés que por una moneda, pa´ que vayán preparados. Lecturas de cuento y también hago malabares con fruta. ¡Fruta de verdad, che! Y de paso ponés que soy escritor. Quizá alguna editorial lea esto, ¿qué no, che? Ahora mismo escribo un drama. Una obra sobre Diego Velázquez, el pintor. Es un drama histórico. Bien pegadito a la realidad. No como otros dramas que nomás son puro sensacionalismo.  

 ¿Yo? Yo tengo treinta… Treintaidós años. Pero hace tantos años que tengo treintaidós que ya no sé si es verdad. El tiempo es relativo. Si fuera gato yo sería muy viejo. Quizá ya habría muerto. ¿Alguna vez has pensado en eso, che, en que si fueras gato llegado los quince te da el patatús? O una hormiga. Imaginá que sos una hormiga. ¿Cuánto vive una hormiga? O un mosquito. Apenas nacen ya son mosquitos maduros. Señores mosquito. Nomás unos días y ya están muertos. Pero si fueras Dios… Qué me decís si fueras Dios. Ver morir hombres como mosquitos. No es muy alentador. ¿Vos sabés cuántos años gatunos tiene Dios? 

 Petrozza es menor que yo pero es un pibe estupendo. Tendrá a penas unos cuatro años vida perro. ¿Querés un poquito de yerba? Yo sí. Nomás un poquito. Pa´ calmar el ansia. Voy a armar todo esto mientras me seguís preguntando todo lo que querás. 

 Sí, recuerdo que en la fiesta de Tlalpan había un chileno y un par de franceses. Llevaban una mota chida, como dicen aquí. ¿Sabés qué es lo bueno de nosotros los argentinos? Que nosotros no perdemos el acento.  He visto mexicanos en mi tierra hablando como argentinos. O mexicanos que se van a España y regresan españolizados. Incluso unos que se olvidan de su lengua. Chicanos y paisas que se olvidan de su lengua. Pero los argentinos nunca. Vos sabés. Nomás hablamos y ya se sabe de dónde vinimos. Los italianos tampoco pierden su acento. Había una italiana en la fiesta de Tlalpan. Fumaba hashis como nunca había mirado a una mujer fumar. Y estaban los franceses, emocionados con la yerba mexicana. La francesa era muy pero muy linda. Era linda de verdad. Lástima que viniera con el franchute aquel. Yo no podía quejarme, yo venía con una mina… ¡No, yo venía con dos minas, che! ¡Dos minas! ¿Sabés lo que es eso? Yo era el rey de la fiesta. Con mis dos minas, una a cada mano. Para aquí y para allá. Con las dos. De la mano. El rey de la fiesta. Ahora voy a encender esta cosa, hacete para allá, no quiero que te dé mucho el humo o te vayas a volar. Abrí la ventana. Allí. Con la palanca, jalá la palanca. Eso. Así está mucho mejor. Ya tenés aire puro. Tú seguí con la entrevista, yo fumo y respondo.  

 Una de ellas se llamaba Thalía. Era una mina muy maja, como del estilo de… Cómo se llamá. La mina de la tevé, la que sale enseñando todo el… Bueno, el caso es que estaba muy bien. Y yo la seguí hasta el Café. Le pedí permiso para sentarme allí, con ella, y me lo dio. Yo noté que había algo entre los dos. Entre nosotros dos. Me dijo que tenía una amiga. Era una piba alegre. De esas que salen de a tres. Así que ese día las invité a salir. Las invité a la fiesta de Garrison y… No, miento, Garrison me invitó a mí pero no era su fiesta y ellas me invitaron a mí… No, ellas no conocían a Garrison. Entonces Garrison me invitó a mí y yo a ellas… Sí, eso. Es que hace tanto tiempo que ya no recuerdo. ¡No, che! No eran dos, era una. Una mina a la que invité. Se llamaba Thalía, la seguí al Café y me invitó a cenar. Eso. Ella me invitó a cenar y en la cena me presentó a su amiga, que era otra mina maja, y yo las invité a la fiesta de Garrison. Aunque no entiendo quién me invitó a mí. Porque la fiesta de Garrison fue en Tlalpan pero ese no era su apartamento. ¿Te lo podés creer? Dar una fiesta en casa de otro. Hay que estar volado. Uno da fiesta en su casa o no es su fiesta. Aunque ahora que lo pienso, quizá no era fiesta de Garrison. El me invitó, eso sí, y yo invité a las señoritas estas. ¿Querés un vaso de agua? 

 Esta piba, Alondra, que era la amiga de Thalía, estaba fascinada conmigo, che. Yo estaba fascinado con la francesa y  una mexicana, amiga de Petrozza, Verónica. Me la presentó Petrozza, era una mina con clase, eso sí. La francesa era más bien relajada. Verónica tenía tacones, vos sabés, esa clase de mujer que no sale sin maquillaje. La francesa en cambio era un ángel. Las dos eran unos ángeles. Pero la francesa era un ángel y Verónica era como un ángel del mal. Se notaba. Era una seductora, una estafadora, una… una… ya sabés qué clase de mujer. La francesa era sencilla, noble, sin prejuicios. Verónica tenía el ego por los aires. Bebía con clase. Whisky en las rocas. La francesa no bebía, nomás fumaba. Y Verónica no fumaba, nomás bebía. Llevaba una minifalda. La francesa no, ella vestía un pantalón aguado. Pero iba descalza. Verónica enseñaba toda la pierna pero no iba descalza. Y si me toca decidir me quedo con Verónica. Con el ángel del mal. Pero la francesa era linda, linda, linda. Quizá sí me quedaba con la francesa. Alessia me dijo que se llamaba. Además Alessia era más de mi clase. Pensé que le gustaría ir a Buenos Aires. Estaba pensando mucho en ella. Me gusta crear escenas mentales. Nos imaginé en Río de la Plata, tomados de la mano, montados a caballo, a lo gaucho; y ella feliz de estar allí, y yo feliz de estar con ella, cuando de pronto, un oficial nos detiene. Nos anuncia que somos sospechosos ante la justicia. Alessia me mira extrañada, buscándome la culpa en el rostro y pensando que debió quedarse con el franchute en vez de venir conmigo a Buenos Aires, y dejarlo todo por un sueño. El oficial alega que hay un tipo igualito a mí que vende yerba en la esquina de la calle Esperanza y el Eje 6. Pero yo le digo que no soy yo. Que debe haber un error. Yo no vendo yerba en esa esquina. Entonces Alessia y el oficial me miran pensando que he cometido un error. Que en seguida diré que la esquina en la que yo la vendo es tal. Nada de eso, che, yo no vendo yerba. Y se lo dejo bien clarito al oficial y a Alessia, que aunque no decí nada, se lo sospecha. Pero la yerba que yo cargo no la vendo a nadie. Esa es para mí. Y para ella. Y para todos. Y para vos. ¿Seguro que no querés un poquillo? 

 La italiana era fea. Fumaba bastante. Era fea, fea, fea. Me imaginé a ella rogando que la llevara a mi viaje a Buenos Aires, junto con Alessia, y yo negando rotundamente, y Alessia espantadísima de que la italiana quisiera venir con nosotros. Además gritaba mucho. A mí los gritos no se me dan. O mejor dicho se me dan todos. Yo jamás los doy. Pero cómo me los dan. En la calle la gente me da gritos, me gritan: ¡Ese, che! La gente me llama Che. Como si Che fuese mi nombre. 

 ¿Petrozza?, ah, sí, a Petrozza me lo presentó Garrison, creo que en otra fiesta. Yo iba muy pasado de yerba y él iba pasado de copas. Petrozza no fuma yerba, no es muy dado a esas cosas. Recuerdo que en la fiesta de Tlalpan le invitamos a fumar pero nos rechazó. No lo hacé con mala intención. Le dijimos que se uniera al círculo y dijo que no y se sentó en el sofá, eso sí, cerca de nosotros. Y lo escuché preguntar qué es la Literatura. Antes de eso Garrison ya me había contado todo sobre la Literatura, lo que él se pensaba de la Literatura. Se pensaba que hay que construir objetos. De objetividad. El primer gran logro de un escritor es hacer objetos, decía. Me lo platicó en la cocina, mientras cogía una cerveza del refrigerador. Yo cogí una también pero pensaba si era posible que alguno en la fiesta cargara yerba. Deseaba un cigarrillo de yerba. Lo escuchaba decir que lo importante es hacer historias, con nuestras historias personales, pero que al final fueran historias de muchas personas. De todas las personas. De todos los lectores. Yo le dije que eso estaba muy bien siempre y cuando me explicara cómo. Y me explicó de la subjetividad. De cómo la mayoría de las personas escribe para sí, escriben sentimientos personales que pertenecen a un sólo individuo. Y bebía su cerveza y yo bebía la mía y pensaba que quizá el chileno tuviera yerba. Pensaba preguntárselo en cuanto Garrison me dejara de decir todas esas cosas. Pasaron unos cinco minutos tiempo hombre, pero una eternidad en tiempo Diego. Que es mi tiempo y yo estaba urgido de regresar a donde mis minas, y preguntar al chileno si tenía algo de yerba.  Pero Alondra me interrumpió con algo y ya no pude preguntar nada al Chileno. Thalía y Alondra estaban embobadas conmigo. Yo les contaba cualquier cosa y reían como si fuese un chiste. Y preguntaban algo que me impedía parar de hablar. Yo hablaba pero estaba ansioso de preguntar a alguno de la fiesta si tenía un poquito de yerba. Aunque fuera una bachita pa´ calmar el ansia. Y en algún momento se hizo la luz. El franchute, que hasta ese momento yo envidiaba y consideraba un malparido, sacó una bolsita llena de marihuana. Y el chileno, al que yo conocía de hacemuchos años, pero al que nunca había hablado más de un saludo, se sentó con él y con la francesa, y también sacó más yerba. A mí se me fueron los ojos. Los miraba armar la fiesta y yo callado, esperando el momento de actuar, con las dos minas encima de mí, haciendo preguntas de mi vida y de mi barba. Hasta que me llamaron. Me invitaron a fumar y me bajé del sofá para estar más cerca. Alondra me preguntó si yo de verdad pensaba fumar. No pasá naa con un cigarrillo de yerba, le dije, no pasá naa si fumás de vez en cuando.

 Primero fumó el francés. Pasó el cigarrillo a la francesa, que fumaba de una manera muy sensual, y yo me quedé mirando mucho tiempo cómo lo hacía. Luego lo pasó al chileno y el chileno me lo pasó a mí. Le di unas fumadas y lo pasé a Thalía pero me dijo que no, asustadísima de que yo estuviera allí, de que todos nosotros, pero sobre todo yo, estuviéramos allí fumando esa cosa. Alondra tampoco quiso probar. Les dije que no temieran, que fumar de vez en vez es bueno para la salud. Pero no me creyeron, venían con todas esas ideas suyas metidas en la cabeza. Ideas de salón. Vos sabés. Se pensaban que yo hacía algo gravísimo. 

 La italiana llegó guiada por el olor. Llegó gritando que quien había sido capaz de fumar sin invitar. Se sentó con nosotros y le pasamos la yerba y fumó bastante bien. Le dije a Alondra que ya podía ver cómo fumar no es cosa del otro mundo. Que mirara lo bien que lo pasábamos todos fumando. Sin acelerarnos. Sin bronca. Y luego llegó Petrozza, que se sentó en el sofá, junto a uno que no sé muy bien de dónde salió. Ya casi no recuerdo si de verdad estuvo allí. Tenía un nombre griego que Petrozza nos explicó al presentarlo en la entrada del edificio. Yo llegué con estas minas cogidas de la mano y en la entrada estaban Petrozza, la mina Verónica, Garrison y el chileno. Salían del edificio y yo les dije adónde van, y me contestaron que por la bebida. Así que los acompañamos por la bebida. Y de regreso, cuando estábamos por entrar se apareció uno que Petrozza presentó y que nadie conocía. Recuerdo que era un nombre griego pero no puedo asegurar nada. 

 Cuando Petrozza preguntó qué es la Literatura, la italiana dijo que para ella la Literatura es como un viaje astral. Es como entrar y salir de ti misma, dijo, y entrar y salir a otra dimensión. El chileno no dijo nada. Y los franceses nomás hablaban en gringo así que yo dije que la Literatura es como una flor… No, no, Thalía dijo que la Literatura es como una flor. Yo no recuerdo que dije pero sé que la Literatura es como una máquina del tiempo, y quizá la italiana tenga un poco razón, como una máquina astral del tiempo. Con mi drama sobre Velázquez, el lector podrá viajar en el tiempo, a cuando Velázquez era un infante o estaba vivo, y observar desde la máquina astral del tiempo, todo lo que vivió Velázquez. Pero lo interesante de la Literatura, lo peculiar, es que no se viaja por la línea tradicional del tiempo. No todo tiene que ser histórico. Se tratá de una línea más flexible, que atraviesa la vida de los hombres y su pensamiento. Podés viajar al pasado a un punto exacto de la ciudad, pero lo mismo podés viajar a un punto del pensamiento. Por ejemplo a lo qué pensaron Wittgenstein o Nietzsche. El momento en que el filósofo escribe su tratado es el momento histórico, y uno puede viajar allá con una novela histórica, pero también puede llegar al pensamiento mismo, que es como llegar al nacimiento del pensamiento, o a un lugar en la línea del tiempo del pensamiento. No todos los pensamientos están escritos. Es indispensable escribirlos para que más adelante, un viajante del tiempo del pensamiento pueda llegar a ellos. Y en ese sentido la Literatura es la máquina, y al mismo tiempo el riel por el que corre. Y las estaciones del tren de la máquina. Cada libro es una estación. Uno se puede bajar en la estación del pensamiento Nietzsche, que tiene su momento histórico en la era después de Cristo, o en la estación Demóstenes, que tiene su momento histórico antes de Cristo. 

 Todos tenían su idea de la Literatura y todos nos creíamos muy originales. Yo también me creía muy original. Pero ahora sé que eso es imposible. Lo supe cuando escribí mi drama sobre Goethe. Antes de terminarlo descubrí que ya estaba escrito. ¡Por alguien más! Alguien ya había escrito cada palabra mía. ¿Te parecé cosa de locos? Pero es verdad, che, y ya no me asombra. No hay idea original. No es increíble que alguien pueda coger algo que está en tu mente. Lo que sí es que es una cosa rarísima. Pero si lo mirás de cerca: las ideas de nuestra mente se crearon con ideas del exterior. Nuestras ideas están todas contaminadas por las ideas de otros. Hasta las ideas originales de verdad. Mirá, poné por ejemplo que vivimos en un mundo en blanco y negro y yo te encargo a vos que hagás un nuevo color. Seguro que me traes como nuevo color al rojo o al amarillo. ¿Y sabés qué, che? Que eso es muy poco original. Cualquiera otro me traería el rojo o el amarillo. O el verde. El caso es que si sólo faltara en la vida el color morado, habríamos de crearlo, tú o yo o cualquier otro. ¿Entendés? Es ir acorralando la creatividad. Hasta agotarla. No hay idea original. Sólo ideas aún no pensadas. Y a mí a veces me pasá que las ideas que pienso ya han sido pensadas. Soy muy dado a pensar lo que ya se pensó. Por ejemplo con Alessia. La francesa. Yo me pesanba lo bueno que sería acercarse a esa belleza, y cuando lo pensé ya estaba Petrozza acercado y susurrando algo a su oído. ¿Y el franchute? El franchute como si naa. Yo pensaba lástima que vienen con el  franchute. Pero hay cosas que es mejor no pensar. Y actuar. Ese Petrozza no se pensó nada. Se levantó del sofá y fue directo con la francesa, se colocó a su lado y comenzó a recitarle cosas al oído. ¿Y la francesa? Encantada de la vida. Alegre. Como un ángel. Sonriendo. Radiante. Como los girasoles: amarillos y radiantes.

 Por cierto, Alondra me dijo que le gustaba Van Gogh. Y que era mejor pintor que Velázquez. Yo le dije que no, que es mejor Velázquez.  




 Diego Fernández.

4 comentarios:

  1. Jajajaja me reí mucho Diego es un che boludo! jajajaajja

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  2. Si no fuera malo esas ancias nunca se aparecerìan, pero cuando llegan es por que se està empezando una nesecidad del cuerpo a esa sustancia y yo creo que a eso se le llama adicciòn, pero sì ustedes dicen que no es malo està bien , al fin y alcabo que es bueno ò malo?? cada perzona tiene diferntes intereses y la forma de penzar de cada uno es diferente. Cada quien aga con su vida como bien le paresca siempre y cuando no joda al projimo.(='-'=)

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  3. Alba Miriam Sánchez27 de junio de 2011, 11:32

    El tiempo es relativo y ademas de relativo... tramposo..

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  4. Ulises Antonio Martinez28 de junio de 2011, 13:22

    Tenes toda la razon, yo estoy pasando por lo mismo tengo 2 mese de no fumar y no sabes la anciedad q me dá.

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